Natalia y lo que habita su mente

Historias, poesías, reflexiones y críticas literarias. Todo por el amor a la literatura…

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El último superviviente

Llevo caminando sin parar desde ayer. En busca de comida. Hace un par de días tuve la suerte de encontrarme con una foca moribunda que no tenía las fuerzas para huir, luchar o esconderse. Creo que en el fondo le hice un favor. La devoré prácticamente en unos minutos. Si llegó al estómago lo dudo, pues en breve sentí hambre nuevamente. Esta vez más ferozmente y sin piedad. Cuando el cuerpo recibe sustento tras varios días sin probar bocado, no puede sino sufrir más la escasez y la necesidad del alimento.

El otro día casi dejo este planeta. Me quedé aislado en un trozo de hielo que se había separado de la superficie terrestre. Empecé a ir a la deriva, cual náufrago en un bote abandonado, y me asusté. Miré desesperadamente hacia el territorio que dejaba atrás, ansioso y agitado. No pude sino saltar, el agua fresca era un alivio en el calor que llevaba meses sufriendo. Poco antes de llegar a tierra divisé el cachorro de una foca que parecía haberse extraviado. Tenía hambre y tras ese ejercicio me sentía enormemente debilitado. Tuve suerte.
A pesar de esos momentos fortuitos en los que la comida aparece por intervención divina, he aprendido a vivir con la inanición, aunque desconozco cuánto tiempo podré aguantar. Cada vez hay menos nieve, menos hielo. Incluso la temperatura del mar parece haber aumentado. No me he topado con otro de mi especie en mucho tiempo. No hace mucho descubrí la carcasa de uno de los míos.

No entiendo qué pudo haber pasado para llegar a este punto. No comprendo por qué mi hábitat ha ido desapareciendo. Me pregunto… ¿cuando el alimento desaparezca, o el calor me pueda… caeré en el olvido? ¿Yo y los míos? ¿Quedará alguien para recordarnos?
Me temo que son preguntas cuyas respuestas desconozco. Sólo puedo seguir caminando, un pie delante del otro… en espera de lo inevitable.

13 de diciembre, 2019

La última reunión

Su reticencia a confiarle su situación era natural. En su vida la habían juzgado y abandonado suficientes veces como para crear esa paranoia y desconfianza inherente a su persona. Eran tiempos de insatisfacción y sedición. No era solo ella… Sabía que las circunstancias eran desafiantes para la gran mayoría. Se sentía débil, frustrada y abatida. Su última pareja la había conminado incesantemente hasta el punto que se había perdido a sí misma. No le apetecía hacer nada. Había quedado en encontrarse con Álex en la tarde para planear y discutir siguientes pasos. Sabía que era arriesgado, pero algo había que hacer. Sin embargo, su amigo había comentado que Lidia le acompañaría. Ésta era una joven insípida y con un alto complejo de superioridad. A ser sinceros, Sara no la soportaba ni aún cuando no abría la boca. Aún así, Lidia al menos pensaba por sí misma. No se la podía acusar de ser gregaria, como la gran mayoría de la gente por esa época. Era prácticamente imposible hablar con alguien de la situación actual sin recibir una mirada extraviada y confusa.
En los últimos cinco años la gente había empezado a cambiar. Cada vez más y más personas aceptaban lo que el gobierno y los medios de comunicación les ofrecía. Era como si un enchufe en el cerebro se hubiese apagado permanentemente. No había otra manera de explicarlo, era incongruente.
Unas semanas antes se había manifestado un grupo de gente —cosa que ocurría cada vez con menos frecuencia y con grupos cada vez más exiguos— lo cual había tenido un final cruento. Pensar en ello le provocaba náuseas. La vida, la sociedad… Se habían convertido en una realidad especular. Lo suficientemente parecida a lo que había sido, pero sin realmente adaptarse del todo.
Esa tarde, durante la reunión, querían encontrar la manera de encauzar una solución apropiada a la organización que luchaba por combatir la presente situación.
El gobierno, con el apoyo de los medios de comunicación, fustigaban a cualquiera que se les opusiera, por lo que las reuniones furtivas en grupo eran cada vez más difíciles de organizar. Tal vez su punto de vista estaba algo enturbiado, pues no le cabía duda de que era una misantrópica. Tal vez misantrópica no era la definición justa. Había numerosas razones por las que sentir gratitud hacia la humanidad, aunque dichas razones eran cada vez más limitadas. No, Sara era más bien una persona taciturna, introvertida y melancólica. Muy inteligente, aunque podía parecer pedante a quienes no la conocían.
Se preparaba para salir a encontrarse con Álex y Lidia. Era un día otoñal y frío. Salió apresuradamente a la calle, donde se encontró con una ligera lluvia en el oscuro atardecer. De camino a la cafetería donde había planeado encontrarse con Álex, fue testigo de un encuentro entre un policía y un transeúnte, donde el agente escupió y empujó al señor, un hombre de una ya avanzada edad. Tal ignominia era común en la nueva sociedad que se había ido formando durante años.
En un poste de electricidad vio un anuncio, o lo que parecía un anuncio. Pero Sara lo reconoció inmediatamente. Era uno de esos mensajes secretos de la sociedad clandestina. Una nota lacónica que escondía el punto de encuentro para la próxima reunión. La noche del día siguiente. Llegó a la cafetería antes que Álex y Lidia. Tenía una idea en mente para discutir con los demás. Una idea que obcecaba el resto.
Lo que la diferenciaba a ella, Álex, Lidia y, en definitiva, gente como ellos, era su interés en escudriñar las circunstancias actuales así como cada noticia publicada en los medios de comunicación masivos.
Álex llegó poco después. Venía solo. Parecía nervioso y agitado. Llevaba las gafas torcidas y el pelo completamente alborotado, como si deseara despegarse de su cabellera. Le perspiraba la frente y su mirada permanecía ausente y furtiva.
—¿Qué ha pasado?— Preguntó Sara alarmada.
—Ssshhh. No grites. Creo que nos vigilan. Se han llevado a Lidia a un vedado.— Respondió casi susurrando.
—¿Pero qué dices?— Contestó Sara. Se tenía que contener para no gritar. —¿Qué podemos hacer?—
—No estoy seguro.— Contestó ausente. A lo lejos un oficial postulaba a todos los transeúntes. Algo común y, en muchos casos, de manera forzada.
Decidieron dejar la cafetería, se sentían muy conspicuos allí sentados, conversando en secreto. Álex quería dictaminar los siguientes pasos a tomar. Había que ser precavidos.
Llegaron a la casa de Álex y se sentaron en silencio en el salón. Álex decidió encender la tele, donde el presidente peroraba un nuevo dictamen acerca de algún evento u otro. No tenía relación con lo que había ocurrido con Lidia.
Era obvio que las autoridades sólo deseaban crear un sentimiento de imprecación en la multitud hacia gente como Lidia… Como Sara.
Sara estaba preocupada por Álex, había tomado una postura pusilánime, lo cual afectaría su plan. Sabía que necesitaba su ayuda, no podía permitir que se echara abajo.
—Tenemos que olvidar este proyecto— Dijo Álex de repente. —Lidia ya les habrá contado todo—
Sara lo miró perpleja. —Vamos a ver, Álex. No puedes elucubrar sobre lo que ha sucedido con Lidia. Tal vez haya ocurrido algo más de lo que no somos conscientes. Creo que lo mejor será esperar unos días.—
De pronto pensó en el mensaje secreto que había divisado de camino a la cafetería, y decidió que asistiría la noche siguiente para recibir más información sobre acontecimientos recientes.
Sara regresó a su casa esa noche preocupada, dejando a Álex sedado en su apartamento. Le había tenido que administrar tranquilizantes, pues había perdido la compostura por completo.

Se sentó en la cama y se llevó las manos a la cara y empezó a llorar. Se sentía completamente inconexa de todo y todos. Un nudo había empezado a formarse en su garganta desde el momento en que había visto a Álex entrar en la cafetería.
El gobierno consideraba cualquier manifestación, encuentro o debate para mejorar la calidad de vida de la mayoría como una ponzoña, por lo cual era increíblemente arriesgado asistir a cualquiera de estos eventos.
Tras haberlo consultado con la almohada, Sara sabía que era la única decisión con sentido que podía tomar. Se encaminó al lugar donde la reunión secreta tenía lugar. Las últimas semanas habían resultado ser una retahíla que parecía conducir a esa noche. A ese momento. A esa reunión furtiva. Llegó al lugar convenido en el mensaje secreto.

Había bastante gente, más de lo que había imaginado. Intentó escuchar una conversación. Los interlocutores hablaban de los últimos prisioneros, así que afinó los oídos en caso de que Lidia fuese nombrada.
—¿Es tu primera vez?— Le preguntaron a sus espaldas.
Sara se dio la vuelta para descubrir un semblante ameno y plácido. Era un señor mayor, alto y en buena forma. Su barba gris, casi blanca, le daba el aspecto de un Papá Noel atlético.

Sara había aprendido a desconfiar de prácticamente cualquiera, y aunque los ojos del desconocido sonreían, no podía estar segura.
—No. He visitado otras juntas en el pasado.— Contestó con reticencia.
Sara observaba con cautela el comportamiento de los presentes. Estaba más atenta a la postura de cada cual, que a lo que se decía. Algo no cuadraba. En lugar de divisar enfado y ansiedad, la mayoría parecían tranquilos y faustos.
Sin duda, había caído en una trampa.

El cuerpo – Stephen King

Las cuatro estaciones 2
El cuerpo (The Body en inglés) es la tercera novela corta de Las Cuatro Estaciones. Cuenta la historia de la amistad adolescente entre cuatro muchachos, muy distintos el uno del otro. Tenemos a Gordie Lachance que narra la historia ya en su época adulta. Gordie es el escritor del grupo. Tenemos a Chris Chambers, inteligente, leal y valiente. Teddy Duchamp es el imprudente del grupo, que siempre siente la necesidad de demostrar algo y, por último, Vern Tessio, el precavido y temeroso.
El cuerpo es una historia de amistad, de aventura y de encontrarse a sí mismo.
Me hubiera gustado que las cuatro estaciones hubiese acabado con esta historia, claro que entonces se hubiese quedado en tres estaciones y no cuatro. La cuarta historia, El Método de Respiración, me pareció algo fuera de lugar. King explica en el epílogo de la edición que me leí (Different Seasons en inglés) que la añadió para meterle una historia del género de terror sobrenatural por el que se le conoce, ya que su editor le pidió que también incluyera algo de terror.
Como he dicho, la historia de El Cuerpo trata de cuatro amigos adolescentes, que deciden caminar durante casi dos días para encontrar el cuerpo de un muchacho de su misma edad que había desaparecido. Los hermanos mayores de dos de los muchachos también quieren ir a buscar el cuerpo para recibir notoriedad y fama. Al cabo de unos días, y tras algunas aventuras y desventuras, los muchachos llegan al lugar y descubren algo que no les produce la sensación esperada. Poco después llegan los jóvenes mayores, y, tras un enfrentamiento que no llega a la violencia, ambos van por caminos separados. Al final de la novela, el narrador (Gordie), nos cuenta cómo los jóvenes mayores que ellos les pegaron una paliza a él y a los otros que consiguieron alcanzar, y lo que ocurrió con cada uno de sus amigos según crecieron.
Como muchas de las historias, libros o novelas cortas de King, El Cuerpo está narrada en primera persona, lo que cautiva más al lector. El narrador cuenta la historia desde un punto futuro de los eventos que relata, con una perspectiva diferente a la vivida, pues como adulto ha tenido tiempo a recapacitar y descubrirse a sí mismo. Es una historia introspectiva, de descubrimiento personal y de amistades verdaderas.

La adaptación de Rob Reiner —estrenada en 1986— es muy buena (el título de la película es Cuenta Conmigo). La banda sonora es, además, fantástica. Obviamente se toma algunas libertades creativas, y algunos diálogos o sucesos cambian de un personaje a otro entre la novela y la película, pero en general mantiene la integridad de la historia sin modificarla demasiado. Los jóvenes actores de la película: River Phoenix, Wil Wheaton, Corey Feldman y Jerry O’Connell hacen un papel fantástico como nuestros cuatro emprendedores, y narrada por Richard Dreyfuss, que interpreta a Gordie como adulto. También tenemos a Kiefer Sutherland y a John Cusack (como el hermano mayor de Gordie que había fallecido poco antes de los sucesos que acontecen en la narración).

Por lo tanto, le doy 5/5 estrellas a la novela y 9/10 estrellas a la película.


El Método de Respiración, ya la última y cuarta novela corta de Las Cuatro Estaciones, es una historia sobre un club misterioso, donde los miembros cuentan una historia de terror cada año. El club de por sí es un establecimiento enorme, con innumerables habitaciones que conducen a lugares desconocidos. Como Rita Hayworth y La Redención Shawshank y El Cuerpo, El Método de Respiración está narrada en primera persona, por un abogado de avanzada edad que es invitado a un club exclusivo, donde se cuentan las historias ya mencionadas y en esa casa misteriosa con un sinfín de habitaciones y rincones desconocidos y donde el anfitrión es una persona, asimismo, misteriosa.
No hay adaptación de esta historia, al menos, no de momento. ¿Quién sabe? Con todas las adaptaciones que se hacen del material de King, no me extrañaría que ésta también viese la luz del día.
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Crítica literaria de El Cuerpo / El Método de Respiración

21 de noviembre, 2019

Alumno aventajado – Stephen King

Antes que nada, ¡wow! ¡Esta historia es REALMENTE buena! Es horrorosa teniendo en cuenta el tema y los personajes, pero es cautivadora y está magníficamente escrita. En cuanto empecé a leer, no podía poner el libro de lado. Con más de doscientas páginas en inglés, Verano de corrupción (Apt Pupil en inglés), es la novela corta más larga (válgame el oxímoron) de toda la compilación.
Narra la historia de un adolescente, Todd Bowen, que accidentalmente descubre que en su barrio vive un criminal de guerra de la Segunda Guerra Mundial, Kurt Dussander/Arthur Denker.
Bowen hace contacto con Dussander, y le hace frente, amenazándole con exponer su secreto si el viejo no hace lo que él le pida. Al principio Dussander intenta negar las acusaciones, pero cuando ya descubre que el joven le tiene arrinconado, se da por vencido y admite ser quien Bowen dice que es.
Desde un principio podemos ver que Bowen no es un joven “normal”. Según nos adentramos en el relato, nos vamos percatando más y más de que es un psicópata, disfrutando de las historias que el viejo le cuenta (que resulta ser lo que busca). Al principio tiene pesadillas y empieza a afectarle en su vida cotidiana. Sus notas empiezan a deteriorarse y duerme poco. De cierto modo, creo que es porque descubre una parte de sí mismo que sabía que existía, pero nunca había dejado salir. Los relatos de los campos de concentración Nazis que Dussander comparte con él empiezan a despertar ese demonio que había permanecido dormido hasta el momento en que decidió tocar la puerta del viejo. Bowen no es un personaje con el que el lector pueda simpatizar. Al principio, Dussander parece ser una víctima del sadismo del joven. Da cierta pena, pues el lector no entiende bien el pasado de Dussander. Puede que haya sido un oficial de alto rango en la SS, pero a primera vista parece arrepentido de sus actos. Parece que lleva una vida mundana, sin molestar a nadie y preocupándose sólo de sus propios asuntos. Sin embargo, según nos adentramos en la novela y en la naturaleza psicótica de Todd Bowen, también vamos descubriendo que Dussander no es sino un lobo disfrazado de cordero.
Entre viejo y joven se desarrolla una relación simbiótica que atrae las peores cualidades de cada uno. El viejo empieza a recordar el placer que sentía haciendo sufrir a los prisioneros. El lector descubre que uno de sus pasatiempos es atrapar gatos callejeros y asarlos vivos en el horno. No, Dussander no es una víctima. Y según se va desarrollando la historia, vemos cómo su personaje va acaparando más poder y más control sobre la relación que, en un principio, estaba a manos de Bowen.
Ambos conspiran para mantener sus vidas secretas, haciendo lo que sea necesario para que Dussander siga manteniendo secreta su identidad verdadera y Bowen siga escuchando las historias del viejo. Sin embargo, la relación se vuelva cada vez más arriesgada para el joven, ya que tiene menos control sobre el viejo.
Es importante notar que la historia se desarrolla en un período de unos cuatro años, en los que Bowen actúa como si fuera la persona más normal del mundo, haciendo lo que jóvenes de su edad se supone que deben hacer: forma parte de equipos de deporte, se echa novia… etc. Sin embargo, uno de sus pasatiempos es matar a vagabundos a chuchilladas. Algo que el viejo también comienza a hacer, engañándolos para atraerlos a su casa, matándolos allí y enterrándolos en su sótano. Ninguno de los dos sabe lo que el otro está haciendo. Aquí King desarrolla un paralelo entre ambos personajes.
Esto sigue así por algún tiempo, hasta que en una ocasión en la que Dussander empieza a enterrar a una de sus víctimas, sufre un ataque de corazón. He aquí el comienzo del fin de ambos. Llama a Bowen para que le ayude, lo cual hace. No por el viejo, sino por miedo a que se descubra la identidad del viejo, pues tras tanto tiempo, se ha convertido en un cómplice. Una vez en el hospital, descubren que Dussander es en realidad Arthur Denker, criminal de guerra, y le advierten que, en cuanto mejore, lo trasladarán a Israel para someterse a juicio. Algo que el viejo no planea hacer. Dada la oportunidad, se quita la vida. La policía investiga y sospecha que Bowen tiene algo que ver con las muertes de otros vagabundos. Él también se ve acorralado y decide llevar a cabo una de sus fantasías, que es matar con su rifle a conductores en la autopista desde una colina que vigila el paso de los coches.

Si comparamos la novela corta con la película (Verano de corrupción — o El Aprendiz)… ¡Qué decir! La película es, sin más, mediocre. Es una basura absoluta. Bryan Singer estropeó la historia por completo. En la película, Bowen (Brad Renfro) no se convierte en el monstruo que es en la novela. No mata a nadie —excepto a un pájaro que también mata en la novela, pero de otro modo—,ni siquiera al consejero escolar a quien mata frente a su propia casa sin pensarlo dos veces. Tampoco se muestra muy bien la relación que existe entre ambos, y cambian por completo la manera en que Dussander (Ian McKellen) engaña a los vagabundos para atraerlos a su casa. La película es un auténtico fiasco. Yo la vi cuando salió, creo que la fui a ver en el cine en el ’99. Y recuerdo que, aunque no había leído el libro, pensé que era malísima. Ni siquiera McKellen, que es un actor fabuloso y hace muy bien el papel de Dussander, consigue rescatar esa basura de guión. El aspecto más interesante de la novela es cómo King explora esa relación entre ambos, cómo los recuerdos de uno despiertan los demonios del otro. Cómo el viejo va recordando quién era y, por ello, recobrando más vida. Somos testigos de cómo ambos personajes se van alimentando de la energía del otro. Todo eso se pierde en la película cuando Singer decide no desarrollar el personaje de Bowen tal y como aparece en el libro.
Recomiendo que, querido lector, te saltes la película por completo. Hay miles de películas mejores. A no ser que tengas curiosidad por compararla con el libro.

Por lo tanto, le doy 5/5 estrellas a la novela y 2/10 estrellas a la película.

https://youtu.be/qsXVl_UbeAM
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Apt Pupil book & movie review

17 de noviembre, 2019

Rita Hayworth y la redención de Shawshank – Stephen King

¡ALERTA DE SPOILER!

Rita Hayworth y la redención de Shawshank (Rita Hayworth and the Shawshank Redemption en inglés) es la primera novela corta de la compilación Las Cuatro Estaciones. Escrita alrededor de finales de los 70 (según King la escribió tras La Zona Muerta que se publicó en el ’79), no vio la luz del día hasta el ’82, cuando se publicó junto al resto de las novelas cortas que forman parte de este libro.
Narrada en primera persona, Rita Hayworth y la redención de Shawshank cuenta la historia de Andy Dufresne a través de los ojos de Ellis Boyd ‘Red’ Redding, que entabla amistad con Andy.
La historia de Andy no es nueva. Está casado, su mujer le es infiel, planea con dejarlo, discuten, él se emborracha, la sigue… y al día siguiente ella y su amante aparecene muertos. Si a esa trama le sumamos además el comportamiento tranquilo, casi frívolo, de Andy durante el juicio, resulta fácil entender por qué el juez lo condena a cadena perpetua. Nuestro protagonista es inteligente, introvertido y muy astuto. Pero no tiene coartada, y sí motivo y oportunidad. Eso le lleva a Shawshank, donde su conducta sosegada y despreocupada sigue irritando a las personas equivocadas (la mayor razón en la novela por la que el director envía a Tommy a otra prisión). Sin embargo, gracias a su astucia, consigue situarse en una posición de “poder”. Ayuda a los guardias de prisión y al director de la cárcel con sus finanzas y maneras de ahorrar dinero. Porque, verán, Andy era contable cuando era libre. Y un contable muy hábil.

Durante su estancia en Shawshank, Andy cae víctima de “Las hermanas” un grupo de prisioneros que se encaprichan con un nuevo para convertirlo en su esclavo sexual. Cada vez que le atacan, Andy se defiende, aunque siempre sale perdedor. Una vez comienza a ayudar a los empleados de la cárcel con sus finanzas, consigue la protección de los guardias para que los ataques cesen.
Otra característica que consigue que nos encariñemos con Andy es su persistencia. No se deja abatir, no se rinde y lucha por lo que cree justo.
No cabe duda que desde un principio Andy cae muy bien. Su amistad con Red también resulta, de cierta manera, tierna — dadas las circunstancias.
La historia de esta novela corta es una historia de fe, más que nada. Fe en que las injusticias se solucionarán a favor de nuestro protagonista. Fe en que la cárcel le puede robar a un hombre su libertad física, pero no su libertad mental. En parte, también es una crítica al sistema de prisión. Tenemos a nuestro narrador, que ha asistido a varias audiencias para discutir su libertad, y una tras otra vez se la niegan por no decir lo que quieren oír, aún cuando sabemos que se arrepiente por su crimen y que ya no es la misma persona que años antes entró en prisión. También tenemos al personaje que se suicida tras salir de la cárcel, pues “en prisión era alguien y en la calle no es nadie.” Esta lucha interior que tiene lugar cuando a una persona le roban su libertad: o se resigna a lo que le toca (Red) o lucha por lo que se merece (Andy). Tenemos dos personajes relativamente opuestos, pero en cierto modo parecidos. Ésa es la diferencia que les une, y las circunstancias en las que se encuentran son su punto común. Aunque la novela corta me gustó bastante, he de confesar que me llenó más la película (titulada Cadena Perpetua en español). Sentí que la narrativa de la película seguía un curso más natural y que los personajes terciarios estaban mejor establecidos. Frank Darabont, el director, hizo un gran trabajo al darle vida a Brooks Hatlen (James Whitmore), así como a Heywood (William Sadler). Aunque Tim Robbins no es exactamente tal cual lo describe King (en la novela es un personaje bajito, mientras que Tim Robbins ronda los dos metros), no me puedo imaginar a otro actor haciendo el papel de Andy tras leer la novela. Tampoco olvidemos el gran papel que interpreta Morgan Freeman como Red, el director Norton (Bob Gunton) y el capitán de los guardias, Hadley (Clancy Brown).
Otro aspecto que difiere bastante de la novela es el el destino de Tommy (Gil Bellows). En ambos casos, Tommy descubre que el crimen por el que Andy ha sido sentenciado ha sido cometido por otra persona. Ésto lo sabe porque mientras cumplía una corta sentencia por otro crimen en otra cárcel, su vecino de celda le confesó el crimen que se le atribuía a Dufresne. En ambos casos, Tommy intenta ayudar a Andy aportando lo que sabe del caso. En la novela, el director le ofrece una sentencia reducida en otra prisión (Tommy tiene mujer e hija, por lo que no duda en aceptar), mientras que en la película lo manda a matar (pues Tommy insiste en ayudar a Andy). Me gustó más el impacto que tuvo en la película. Más dramático y más cruel. Otro aspecto que cambia de un medio a otro es que en la novela conocemos a varios directores que pasan por Shawshank, mientras que en la película tenemos a uno solo.
Posiblemente, el cambio más drástico (aparte de la muerte de Tommy en la película) fue cómo Andy se hace con su identidad nueva y el dinero que consigue tras escapar de la prisión. Lo cual consigue limpiándole las cuentas a todos los guardias y el director corruptos, dejándoles además en una situación comprometedora que los lleva a ser detenidos. En la película, el director se pega un tiro.
En la novela es dinero que ha ahorrado y un amigo que le ayuda a hacerse con la identidad nueva. Sin duda, la versión de la película es más dramática y le deja a uno satisfecho sabiendo que los injustos “pagan por sus pecados”.
Aún con todos estos cambios, la película mantiene la integridad de la historia y le hace justicia a la novela. Me gustaría ver más adaptaciones de King dirigidas por Darabont. En definitiva, la novela corta es entretenida, donde King desarrolla sus personajes de manera convincente y natural. Lo que también me place de leer Stephen King (como ya he dicho en otras ocasiones) es que no adorna su prosa. No se dedica a meterle metáforas, símiles, o descripciones exuberantes. Hay muchos escritores que quieren mostrar su habilidad con el idioma y su vasto conocimiento de palabras y su dominio del lenguaje. Lo más interesante de este relato es que, aunque está narrado por Red, el protagonista principal es Andy. Creo que King lo hizo así para mantener el suspense y la sorpresa que nos aporta el final.
Otro aspecto interesante de esta novela corta (y de las tres primeras en este libro) es el hecho de que no contiene el motivo sobrenatural característico de las historias de King. Tampoco entran dentro del género de terror, sino más bien drama y ficción.
Shawshank es un buen relato para comenzar esta compilación de novelas cortas fantásticamente escritas, y le abre paso al tono del resto del libro (aunque la última novela sobra, en mi opinión —más sobre ella en la tercera parte de mi crítica de Las Cuatro Estaciones— ).
Sin duda, este libro se ha convertido en mi favorito de novelas cortas de King.

Por lo tanto, le doy 4/5 estrellas a la novela y 10/10 estrellas a la película.

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Rita Hayworth & Shawshank book review / The Shawshank Redemption movie review

14 de noviembre, 2019

La milla verde – Stephen King

¡ALERTA DE SPOILER!

La milla verde (The Green Mile en inglés), es la novela de Stephen King sobre unos guardias de la sección de los condenados a muerte en una prisión, y un prisionero en especial, John Coffey (like the drink, only not spelled the same way). La novela de por sí fue un experimento de Stephen King, pues en lugar de ser publicada en un tomo, la novela se compuso de seis volúmenes de libros de bolsillo: Las gemelas asesinadasUn ratón en el pasilloLas manos de CoffeyUna ejecución espeluznanteViaje nocturno y La hora final de Coffey.

La historia tiene lugar en 1932, en la prisión de “Cold Mountain”. Mencioné que se trata de los guardias de la sección de condenados a muerte. En realidad la prisión carecía de tal sección, y lo que tenían era el Bloque E. Allí iban todos los prisioneros cuyo viaje final sería a lo largo de la milla verde que les llevaría a “Old Sparky”, la silla eléctrica. Sin embargo, la historia la narra nuestro protagonista muchos años más tarde, desde un asilo de ancianos en los años 90.

Narrada en primera persona por nuestro protagonista, Paul Edgecombe, cuenta la historia del último prisionero, John Coffey, que fue ejecutado en Old Sparky durante sus días como guardia en Cold Mountain.

John Coffey es un hombre afroamericano. Alto, grande, musculoso e increíblemente empático. Su apariencia a primera vista sin duda engaña, pues su físico esconde una persona sensible y frágil. Se le acusa de violar y matar a dos niñas gemelas (blancas), pues le encuentran con ambas en sus brazos, ensangrentadas e inmóviles. Él está llorando incontroladamente, y cuando le preguntan, dice: “No lo pude evitar. Intenté cambiarlo, pero ya era demasiado tarde.” Lo cual toman como una confesión. El juicio va rápidamente y lo condenan a muerte.

Los personajes de la prisión son varios y todos tienen un papel importante en la historia: Paul Edgecombe —el narrador, como ya he dicho—, Brutal, Dean, Harry y, como no, Percy Wetmore (el “malo” de la historia). Tampoco podemos olvidar al director de la cárcel (y su esposa) y a la esposa de Edgecombe. Hay algunos guardias más, pero son secundarios y no tan importantes en los eventos que acontecen en la novela. Los prisioneros son varios también, y cada uno tiene su papel. El más importante aparte de Coffey, es Delacroix, un acadiano que había asesinado a su familia y que había adoptado una mascota en prisión, un pequeño ratoncito al que le enseñó a hacer trucos (Mr. Jingles en inglés). Aparte de ellos dos, también se encuentra en la prisión el nativo americano Bitterbuck y más tarde se une al grupo (tras la ejecución de Bitterbuck) Will Wharton, un psicópata que lleva tatuado en el brazo la cara de “Billy el Niño”.

Con dichos protagonistas y dicho escenario, King nos traslada a un mundo donde la justicia no es lo que parece y donde lo sobrenatural transforma la perspectiva y creencias de nuestros personajes.

Como ya comenté, Paul Edgecombe narra la historia ya siendo anciano y cuando todos estos personajes han fallecido excepto él. Lo interesante de este aspecto de la historia, es que se dibujan paralelos entre su vida en el asilo y su vida en Cold Mountain sesenta-y-algo años más tarde. Uno de los empleados en el asilo tiene la misma personalidad que Percy: sádico y cruel.

Percy es el antihéroe perfecto: conectado, ignorante, se da aires de importancia, mientras que todo lo que hace empeora las circunstancias. Es cruel, sádico y disfruta haciendo sufrir a quienes no se pueden defender o no lo hacen.

Cuando uno dice Stephen King, lo primero que viene a la mente es: terror, miedo. Pero algunas de sus novelas e historias no son de terror. La milla verde entra dentro de la categoría de lo sobrenatural, un aspecto oscuro que es el lado oscuro de algunas personas y el suspense del relato. ¿Qué pasará cuando pase la página? En mi opinión, Stephen King es un escritor muy complejo. Sí, su género es mayormente terror y lo sobrenatural, pero no siempre hay terror o supernatural (como veremos más adelante con otras críticas). La milla verde tiene un toque de lo sobrenatural, pero el resto no es terror, aunque sí algunas cosas que son horrorosas, como la muerte de Delacroix o Bill Wharton.

Es una de mis favoritas suyas. Uno siente el dolor humano, la tristeza de Coffey y la relación fraternal entre los guardias del Bloque E. Uno se trasladada a 1932 en Estados Unidos, y vive durante horas con los protagonistas, siempre preguntándose qué pasará. Uno quiere ver sufrir a los “malos” y quiere redimir a los “buenos”. Pero, si estás familiarizado con King, sabes que en la mayor parte de sus novelas mueren muchos de los protagonistas. La cuestión es cuándo.

La novela en inglés tiene exactamente quinientas páginas. Siempre que puedo, intento leer libros en el idioma original, pues siempre siento que algo se pierde en la traducción. Supongo que la versión española tendrá más páginas.

Para alguien que no ha leído Stephen King, le recomendaría esta novela como una primera para leer. Para familiarizarse con su estilo y su prosa. Una de las cosas que hacen que sea tan buen escritor es su representación de la naturaleza humana: lo bueno, lo malo, lo excepcional, lo mediocre y todo lo que se encuentra de por medio. Escribe diálogos muy realistas, y no se entretiene con decorar su narrativa con símiles innecesarios o descripciones alargadas. No. Escribe bien porque uno se identifica siempre con alguno o varios de sus personajes. Porque cuenta su historia para el lector, no para impresionar a nadie. Además, sabe cómo mantener al lector interesado en el transcurso de cientos de páginas.

Por todas esas razones, recomiendo este libro con 5/5 estrellas.

Comparando el libro con la película, la adaptación es sin duda muy buena. Dirigida por Frank Darabont (Cadena perpetua y La Niebla), hace muy buen trabajo adaptando la esencia de la novela en la película. Se toma algunas libertades creativas como, por ejemplo, la manera en que Paul Edgecombe descubre que John Coffey es inocente cambia un poco entre el libro y la película. También la escena en la casa del director de la cárcel cuando Paul, Brutal y Harry llevan a John Coffey a que cure a su mujer del tumor cerebral que la aflige. En la película tampoco entra el enfermero que le hace la vida imposible a Paul en el asilo de ancianos y todo ese abuso. Lo cual tiene sentido, porque creo que de haberlo introducido en la película, serían demasiadas narrativas para mantener una estructura coherente. Creo que el guión que Darabont creó para la pantalla es perfecto, sobre todo porque, como dije, mantiene la esencia e integridad de la novela.

Cada actor hace un papel impresionante, especialmente Michael Clarke Duncan —DEP— (John Coffey) y Doug Hutchison (Percy Wetmore). Claro que todos ellos fueron fenomenales, incluyendo David Morse (Brutal) —en mi opinión un actor bastante subestimado— al igual que Sam Rockwell (Bill Wharton). Tom Hanks (Paul Edgecombe), Barry Pepper (Dean) y Jeffrey DeMunn (Harry) son perfectos para los papeles de los guardias. Doug Hutchison fue perfecto para el papel de Percy. No me puedo imaginar a otro actor haciendo ese papel y haciéndolo tan bien. La película es una de mis favoritas. Le doy nueve estrellas de diez. La recomiendo leyendo el libro o sin leerlo. Creo que libro y película van muy bien de la mano y también independientemente el uno de la otra.

Una de mis novelas favoritas de Stephen King y una de mis películas favoritas de Tom Hanks.

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La milla verde
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The Green Mile book/movie review

11 de noviembre, 2019

Historia de una noche

Era una noche oscura, acompañada de una lluvia fuerte e incesante. Por los callejones desolados se deslizaba una figura furtiva. Vestía una gabardina tan lúgubre como la misma noche. Por su expresión se infería que su propósito era más que dudoso.
Encontró protección de la lluvia en un portal. Sacó un papel del bolsillo derecho, arrugado y amarillento. Lo desenvolvió y miró el nombre epiceno escrito en el mismo.
Volvió a meter el papel en el bolsillo correspondiente, se preparó para entregarse nuevamente a la lluvia que seguía castigando a todo aquel que se hallara a su alcance. Caminaba con ímpetu hacia su destino. Ya faltaba poco.
Mientras sentía la lluvia azotar sus hombros, imaginaba con tranquilidad el momento en que extirparía el problema en cuestión. Según se iba adentrando aún más en la noche, sentía presciencia de cómo acabaría todo.
Su plan comenzaba a tomar forma en su mente. Una sonrisa maligna se dibujó en su semblante. Se felicitaba a sí mismo por crear un escenario aparentemente inocuo.
Era una noche ominosa. Nubarrones preñados de agua que no dejaban de escupir sobre tanto lo animado como inanimado. La luna llena y amarillenta se dejaba ver tímidamente cuando las nubes se desplazaban brevemente.
“Mi tipo de noche.” Pensó satisfecho.
La incidencia de lo que le traía a ese rincón de la ciudad esa noche venía cocinándose desde años atrás.
Ya estaba cerca. Un pensamiento salaz atravesó su mente. La lujuria por el crimen que acechaba se preñaba en sus entrañas.
Su pasado no le atormentaba jamás. No sentía contrición por ninguno de sus actos. De hecho, fantaseaba con el momento que le había llevado a aventurarse a una noche como aquélla.
No era una persona irascible. Lo que hacía, lo hacía con gusto y calma.
Estaba iracundo por tener que aplazar sus planes anteriores para ocuparse del asunto que le traía a este momento.
“El imbécil ése me había soltado una letanía de sandeces para evitar la misión que me trae a este momento.” Pensó.
Había platicado del asunto con un individuo menudo y enjuto, con quien había trabajado en el pasado. Aquél tampoco había quedado impresionado con las palabras del imbécil.
Entendía que el problema del imbécil era simple: se creía un émulo digno. No lo era. Ni lo más remotamente.
Nuestro protagonista, que ya entraba por la puerta de su destino, no era un caballero. Era, sin más, un pérfido. Un personaje sin escrúpulos y, podría decirse, sin conciencia.
Su alma era un espacio vericueto donde no había lugar para la compasión.
Mientras se adentraba en la oscuridad del almacén abandonado al que por fin había llegado, intentó afinar el oído a cualquier sonido fuera de lugar. La gabardina goteaba con cada movimiento, dejando una pista de su presencia sobre el suelo polvoriento. El eco de sus pasos resonaba en el lugar.
No sentía oprobio alguno por lo que se sentía justificado a hacer esa noche.
La insidia era inminente. El peligro latía en la noche.
“Veo que te decidiste por venir.” Dijo con voz meliflua el extraño de la gabardina.
Entre las sombras se distinguía una silueta. La luz de la luna llena que entraba conspicua por la ventana, descansaba sobre el suelo.
El otro salió de entre las sombras. Lo miró con desdén mientras tiraba el cigarrillo al suelo con el dedo índice y el pulgar.
El hombre de la gabardina miró al otro de soslayo. Era consciente de que sus intenciones era inicuas.
El tipo de las sombras quería denigrar al otro. Tocarle la fibra para hacerle explotar y tener la excusa perfecta para pegarle un tiro entre ceja y ceja con su Smith & Wesson.
Aunque sabía que lo más congruente era dejarlo estar y terminar el trato que le había llevado a ese rincón de la ciudad.
Sin duda, el asunto incipiente, y que los llevaba a ambos a reunirse bajo circunstancias tan sospechosas, era más importante que el desagrado que el hombre de entre las sombras sentía por el otro.
La luna ingente observaba en silencio el intercambio que transcurría entre nuestros misteriosos personajes. La tormenta había acabado y las nubes se habían disipado. Sólo la moneda de plata en el firmamento era testigo de los sucesos nocturnos.
El intercambio tuvo lugar sin incidents, a pesar del desagrado que sentían el uno hacia el otro.
“Al menos el imbécil ése se mordió la lengua y no hizo ningún comentario mordaz.” Se dijo el tipo de la gabardina según salía del almacén.
Toda este asunto era —o parecía— un ovillo de trampas inextricable. Aún así, se dirigía a su destino final con firmeza y determinación. Simplemente se trataba de intercalar sus misiones como si todas formaran parte de un todo común.
Tenía prisa. La iniquidad de su carácter era sin igual.
Se aflojó el cinturón de la gabardina. Tiró el sombrero que le cubría la cara. La luna había vuelto a esconderse tras las nubes que coquetas bailaban con el viento. Cuando se quitó el cinturón de la gabardina, lo arrojó en un callejón por el que pasaba y con fuerza arrancó la gabardina y la echó en el mismo rincón que el sombrero.
Solo el manto oscuro de la noche y algún gato callejero presenciaron la transformación.

En dirección de la luna volaba ahora una extraña criatura de camino a una misión indescriptible.

31 de octubre, 2019

Morfar

Mi abuelo fue la primera persona que falleció a la que me sentía realmente unida. No sería la última, de eso no cabe duda. Si algo es certero en esta vida, es que la muerte nos llega a todos tarde o temprano. Si tenemos suerte y vivimos una vida de la que nos podamos enorgullecer, tarde será el número que nos toque.
Era un hombre mayor, ya pasado los ochenta años, pero lo suyo no fue una muerte natural. Sus células se infectaron, tal cual virus infecta un disco duro y destruye todo su contenido hasta que lo hace inservible. Las células de mi abuelo se transformaron de partes íntegras para el funcionamiento de su cuerpo, en monstruosidades de la naturaleza. Partes de su cuerpo que se corrompieron y empezaron a comerse el resto de sus células saludables. Cáncer, señores y señoras.
Curiosa palabra, cáncer. También es el séptimo símbolo del zodíaco y no olvidemos el trópico de Cáncer. Se dice que fue Hipócrates que empezó a utilizar la palabra —proveniente del griego karkinos— para denominar tumores y otras lesiones dentro de tal categoría. Karkinos, bonita palabra. Cangrejo. ¿Por qué se le hizo responsable al pobre cangrejo de llevar la carga de tal palabra? ¿Qué relación tienen esos simpáticos artrópodos crustáceos que caminan de lado para desplazarse con el deterioro de las células humanas? Curiosa coincidencia, supongo. O tal vez haya allí una historia que escapa mi razonamiento. Sea como fuere, esa fue la causa de la salida de mi abuelo de este plano al siguiente. Realmente no puedo decir que dejara este mundo, ¿quién puede saber con certeza dónde acabamos cuando nuestros ojos se cierran por última vez, nuestro corazón deja de palpitar y nuestros pulmones no inhalan más aire? Tal vez mi abuelo, o su energía, siga viajando en este mundo, en otro plano, en otra dimensión. Tal vez le vuelva a ver de alguna forma cuando me toque adentrarme a ese mundo desconocido.

Dejémonos de morbo, y déjenme que les hable un poco de mi abuelo. No era un hombre perfecto, déjenme aclarar eso desde un principio. Claro que nadie lo es. Lo importante es querer a quienes tenemos cerca con todas sus imperfecciones. Lo que sí puedo decir con toda certeza es que mi abuelo me quería. Mi abuelo fue la figura masculina que más me influenció y que mejor ejemplo fue para mí de niña. Era curioso, inteligente, energético y muy impaciente. ¡Extremadamente impaciente! Y no olvidemos tozudo.
También tenía sus defectos. Mi abuelo padecía de alcoholismo. No sé si eso es un defecto, una debilidad, una enfermedad o una combinación de todo eso. Supongo que es más justo decir que era una enfermedad; dicho sea de paso, una que corría en la sangre de su familia. Pero mi abuelo era un borracho alegre.
—Ven aquí. Dame un beso.— Nos decía a mis hermanas y a mí cuando había bebido no una, no dos, sino media docena de cervezas de más. Nos acercábamos a él, nos sentaba en su regazo y nos llenaba la cara de besos mojados.
—Mooooooooooorfar!!! (abuelo en sueco, sin tantas “o”, solo una)— Nos quejábamos. Con la parte posterior de la mano nos secábamos toda la saliva que había dejado plasmada en nuestras mejillas.
Mi abuelo dejó de beber. Cuando realmente importó, mi abuelo eligió a su familia antes que a la bebida.

Todos los años, por su cumpleaños, venían decenas de personas a la casa de campo de mis abuelos para celebrarle un año más. Le encantaba ser el centro de atención, o al menos era la impresión que me daba. Un grupo de sus amigos de un club de vikingos llegaban en un barco vikingo que se lo llevaban para recorrer las aguas del Báltico en el precioso barco (porque realmente era una estructura maravillosa). No recuerdo bien cuánto tiempo pasaba en esas aventuras, lo que recuerdo es que eran esos momentos que le daban un poco más de visibilidad a mi abuela. Mi abuelo era una persona que cautivaba la atención de quienes le rodeaban, lo cual creaba que mi abuela desapareciera un poco. Pero mi abuela le quería, me lo dijo no hace mucho tiempo. Hace unos años, mientras visitaba a mi familia en Suecia, me quedé con mi abuela (ahora ya tiene casi noventa y siete años) y hablamos de tópicos trascendentales que nunca antes habíamos tocado. Hablamos de mi abuelo y de lo mucho que había significado para ella. Compartieron una vida juntos de más de cincuenta años. No sé exactamente cuántos, pero más de los que yo he estado en este mundo. La historia de ellos es suya y no quiero contar algo de lo que no sé mucho, con lo que sí puedo contribuir es con la noción de que había amor, cariño y amistad.

Cuando me mudé a Canadá, mi abuelo siempre hacía el esfuerzo de escribir, de mantener contacto. Incluso se había comprado un ordenador para aprender a utilizarlo y comunicarnos mediante correos electrónicos. Siempre mostró interés por mi vida y por mis aventuras. Era una de las razones por las que le quería. Otra razón que no puedo dejar pasar, es que mi abuelo y yo jugábamos ferozmente al ping-pong. Era muy bueno y me desafiaba jugar con él. Eran momentos agradables. Mis memorias de mi infancia en Suecia son felices y las mantengo con cariño. Mi abuelo fue en gran parte responsable de ello.
Me siento afortunada por haber tenido un abuelo al que quise tanto y me quizo a mí. Un abuelo que a sus sesenta y pico años viajó de Suecia a Lanzarote en bicicleta y apareció como quien vive en el pueblo de al lado. A mi madre casi le da un infarto cuando lo vio.

Era una persona excepcional y soy mejor persona por haberle conocido. En los años desde que nos dejó también he tenido ocasión de conocer mejor a mi abuela.

Tal vez no todo lo aquí escrito sea verdad del todo, pero es mi percepción de mi abuelo y mi experiencia con él, y hacía mucho tiempo que quería compartir algo sobre él —una mota nimia de quien fue—.

Con cariño, le dedico esto a mi abuelo (1919-2001).


10 de octubre, 2019

Me enamoré

Abril

Hoy, al mirarte a los ojos, supe que me había enamorado. Supe que te quería y quería estar contigo. Supe que al dejar tu lado, te estaría añorando, tu perfume, tu sonrisa, tus preguntas…
No me preguntes cómo, ni cuándo ni por qué, pues desconozco la razón por la que mi corazón te eligió a ti. Tal vez fue tu penetrante mirada al hacerme el amor, tal vez tus acciones que desencadenaron una serie de sentimientos en mí que desconocía estar preparada a compartir. Fue hoy, al compartir ese momento íntimo de silencio, mirándonos el uno al otro, cuando me percaté por qué latía con tanta fuerza mi corazón. Sentí la necesidad incontrolable de besarte. No lo hice. “Te quiero.” Te dije. Me miraste como si te hubiera abofeteado con inmensa violencia.
“¿Qué dijiste?” Preguntaste, aturdido.
“Te quiero.” Repetí, perfectamente consciente de que me habías oído la primera vez.
Sentí cómo mi corazón se encogía y cómo me ahogaba un sufrimiento abrumador. Sentí la impaciencia de las lágrimas, luchando por saltar de mis ojos. Me contuve. No quise que me vieras llorar al ver tu reacción.
“No sé qué decirte. ¿No íbamos a mantener una relación casual? ¿Qué pasó?” Tus preguntas eran como puñaladas. Deseaba desesperadamente ver aparecer un agujero bajo mis pies y que la tierra me tragara. Un nudo cada vez más asfixiante se iba formando en mi garganta. Deseé no haber pronunciado aquellas malditas palabras que ya no podía recuperar.
¿Por qué decidí decirlas en ese momento? No lo sé. Tal vez creí que sentías lo mismo, que estabas preparado para recibir mi amor. Tal vez imaginé que sonreirías y dirías, “lo sé, y yo a ti.”
Me enfadé, pero no contigo, conmigo misma por haber sido tan ingenua. Por haberme creído ser la protagonista de una de aquellas películas románticas con las que crecí. ¿Acaso pensé que era Pretty Woman? ¿O Meg Ryan en ‘Cuando Harry encontró a Sally’? “Trágame, tierra”, pensé. “Si existe un dios, que algo ocurra ahora para sacarme de esta situación”, seguí deseando.
Pero nada ocurrió, y sentí que ya no podía contener más las lágrimas. No quería que sospecharas el dolor que tu reacción me había causado, así que fui al baño, pretendiendo tener que orinar; tranquila, compuesta y fría.
“¿Estás bien?” Preguntaste casual.
“Sí, sí…” Mentí. No sentí que realmente te importara. Tu pregunta resultaba superficial y trivial. “¡Qué coño te importa!” Quise decir. Pero no, mantuve mi compostura y, una vez en el baño, lloré en silencio, sentada en el suelo con la espalda contra la puerta. Lloré y me sentí vacía, despreciada e infinitamente pequeña. No sólo me sentí rechazada, pero mi ego se sintió herido.
Se encogió mi corazón y me resultó increíblemente difícil recuperar el aire. Alimentar a mis pulmones con ese oxígeno imprescindible que ahora parecía escapar ahogándome en mi propia tristeza. Me sofocaba; más aún porque sufría en silencio. No podía gritar, no podía hacer un sólo ruido. Mis ojos se hinchaban y sentía cómo mi rostro se distorsionaba, mi expresión no era la misma. Tenía que contenerme. ¿Cómo escapar de esa situación sin parecer que huía?
No podía tardar, así que me limpié la cara con agua fría e hice lo que pude para disfrazar mi aspecto. Un poco de maquillaje, pensamientos agradables…
Estabas sentado en el sofá. Habías apagado el televisor —maldición—. Me mirabas. Me leíste en segundos, pero no dijiste nada. No enseguida. “¿Qué esperabas?” Preguntaste cuando al transcurrir varios minutos yo seguía sin pronunciar palabra. “Sabías muy bien lo que sentía. Sabías que me interesaba otra chica. Sabías que lo nuestro era casual.”
“¿Cómo puede ser tan fácil para ti?” Pensé sin conseguir que las palabras escaparan mis labios, liberándose así de la celda que era mi mente. No pude sino mirarte. Mi mirada clavada en la tuya, perdida en la infinidad de tus ojos oscuros.
“No quiero que sufras. Dime, ¿qué puedo hacer? ¿Será mejor que dejemos de vernos?” Prosiguió.
“¡¡¡¡SÍ!!!!” Gritaba en mi mente, pero las palabras aún prisioneras en la misma, capaces de existir tan solo en mi pensamiento. Seguía mirándote, petrificada en el momento en que me preguntaste qué había dicho cuando ambos sabíamos que me habías escuchado perfectamente. Quise cambiar de tema. Cobarde, lo reconozco, pero la reacción inevitable. No podía ganar. Si te decía que no quería volver a verte, sufriría porque no volvería a verte. Si te decía que no importaba, que podíamos seguir viéndonos como habíamos hecho hasta entonces, sufriría porque sabía que, mientras yo te hacía el amor, tú tenías sexo conmigo. Sabía que mientras yo no podía imaginarme besando a otro, tocando a otro, tú no tendrías reparo en besar, amar o sentir tu cuerpo desnudo contra el de otra. El dolor era insoportable en ambos casos. El dicho resonaba en mi mente —mejor cortar por lo sano que sufrir la agonía—. Sí, claro, en teoría, ¿pero quién coño tiene la sangre tan fría? Yo, desde luego que no.
Estaba petrificada en una situación imposible. ¿Cuándo me volví tan sensible? ¿O siempre lo fui? ¿Por qué no podía ser una de esas mujeres con sangre fría que, al ser rechazadas, se envuelven en los brazos de otro para olvidar? ¿Que, fuertes y decididas, siguen para adelante, dejando atrás lo inútil? Fuertes y capaces de soltar el pasado y dejarlo como tal, reconociendo lo imposible y dejándolo ser.
Tal vez porque mantenía la esperanza de que, tal vez ahora no me querías, pero tarde o temprano lo harías, porque yo era la protagonista de mi vida y, como tal, saldría vencedora. Al fin y al cabo, ¿no lo había hecho siempre? ¿No era cierto que la palabra “no” no cabía en mi vocabulario? ¿Era arrogancia? Probablemente. Pero era joven y estaba dispuesta a comerme el mundo. Había compartido demasiado contigo, te había dado mi corazón. No cabía en mi razonamiento la posibilidad de que tú tenías tu propia voluntad y tu propio corazón y aquello era algo fuera de mi control. ¿Por qué no podía comprender eso? Mi vida hubiese sido otra historia si hubiese reconocido tal hecho. Ahora, en mi vejez, mirando atrás, recordándote y el amor que por ti sentí, posiblemente el más profundo que viví, descubro en retrospectiva lo equivocada que estaba en tantos aspectos. Cabezota (léase delirante). Es la única palabra que mejor describe mi comportamiento en esos años.

Septiembre

No escapé aquel día. Me escondí en mi propio interior. No volvimos a hablar del tema. Yo disimulé como que no me importaba y tenerte cerca se convirtió en mi prioridad. Olvidé cuidarme y supuse que estar lejos de ti dolería más que no tener tu corazón. Cuánto me equivoqué. Durante los meses que siguieron sentía la ardiente necesidad de preguntarte sobre la otra chica, pero cada vez que lo hacía, sentía que el corazón se me encogía un poco cada vez. ¿Lo estaré dañando aún más? Me preguntaba. ¿Por qué te hacía esas preguntas? ¿Era masoquismo? ¿O la inevitable necesidad de añadir drama a mi vida? Preguntas que, hasta este día, no he conseguido contestar.
La mente es un núcleo complejo repleto de circuitos, sensores y todo tipo de nervios. Información que va y viene en milésimas de segundos. Además de todo lo que el cerebro es capaz de conseguir sin la ayuda de nuestro ser consciente, a veces aprende a dejar entrar pensamientos que aparecen de la nada y sin propósito alguno. Pensamientos que tal vez nos enredan el razonamiento y que parecen tan reales y tan posibles, que acabamos creyéndolos. He ahí el problema. Mis pensamientos me abrumaban. Me enganchaba a dichos pensamientos, cual drogadicto a su narcótico preferido. Esos pensamientos crecían y se convertían en sentimientos, y yo misma me encerraba en una realidad inexistente. Creía vehemente que sentías por mí algo que no existía, pero que tú aún no te habías percatado que estaba allí. Tan poderosa era esa creencia, que aún cuando comenzaste una relación seria con otra chica, me negaba a verlo. Podría decirse que padecía de un delirio agudo. No encuentro otra manera de explicarlo o entenderlo. El caso es que seguimos varios meses así. Tú perfectamente desapegado y yo apegándome cada vez más a una fantasía que era incapaz de romper. Incluso cuando sentía que el sexo no era más que sexo y pasabas más tiempo atento a tu teléfono que a lo que yo decía.
Aún así, estaba segura de saber mejor que tú mismo lo que realmente querías.

Enero

Año nuevo, vida nueva. Eso dicen siempre cada año. Como si nuestras personalidades fueran a cambiar mágicamente con el cambio del calendario.
En mi caso, mi historia de ficción seguía vigente en mi mente, aún cuando te notaba cada vez más distanciado y con menos esmero de verme para compartir mi cama. Estaba segura de que tu relación con esa chica (o tal vez otra), se había vuelto más seria. Cosa que nunca me contarías porque, en tales casos, siempre me afectaba demasiado y esa parte de mí que tanto detesto se apoderaba de mi razón y mi vena celosa y posesiva se hacía cargo de mí. No era una sensación agradable. En momentos como aquellos sentía que perdía el control por completo. Así que dejaste de contarme tus otras aventuras. Hasta que te enamoraste. De pronto todo acabó. Sin más. Fui yo la que confesó que ya no podía más. Todo el asunto era muy doloroso. No podía amarte y compartirte por más tiempo, aún cuando no me habías confiado que había otra, yo era consciente de ello. Te dejé, pensando que, como siempre antes, volverías a mí. Esta vez no lo hiciste. Esta vez fue definitivo.

Más adelante…

Dolor como aquél es difícil superar. Me llevó mucho tiempo abrirme a otra persona, y mucho tiempo confiar en mí misma y recuperar mi cordura. Encontrar ese equilibrio que había perdido cuando andaba buscando que tú me validaras.
Cuando lo pienso, me hiciste un favor. Seguir así contigo hubiese sido mi perdición. Todas las puertas que se abrieron en mi vida después de que lo nuestro terminara se debió a que me había vuelto a encontrar a mí misma. A la persona que era antes de ir buscando la validación de tantos hombres (o, tal vez siempre había buscado ese afecto ajeno, en lugar de buscarlo dentro de mí misma). Ahora utilizaba mi tiempo y energía para trabajar en lo que quería hacer con mi vida. Me felicidad se encontraba en mis metas, mis sueños y mis pasiones. Aprendí a conocerme a mí misma y a quererme tal cual era.

No hemos vuelto a hablar en muchos años, pero si alguna vez lees esto, quiero que sepas que agradezco haberte tenido en mi vida. Durante mucho tiempo sentí odio, rencor, desdén y todo tipo de sentimientos negativos hacia ti. Cuando por fin pude soltar toda esa carga que yo misma me echaba encima, entendí que fuiste necesario en mi vida para poder aprender a ser la persona que llegué a ser y que soy ahora, cuarenta años más tarde.
Sí, me enamoré. Tal vez pensabas que esta historia iba sobre ti. En parte, posiblemente, pero trata más del momento en que me enamoré de mí misma y de quién soy y de quién soy capaz (y fui capaz) de ser. En parte, te lo debo a ti.

Gracias por no enamorarte de mí.

20 de octubre, 2019

Un largo camino hacia la libertad – Nelson Mandela

La autobiografía de Nelson Mandela: Un largo camino hacia la libertad, cuenta la historia de su vida desde el principio, su infancia en Mvezo, un pequeño pueblo en el distrito de Umtata, a ochocientas millas de La Ciudad del Cabo.

Nos cuenta el origen de su nombre, y por qué recibió varios nombres. Nelson fue el nombre inglés que le dieron en la escuela, aunque su padre le otorgó el nombre Rolihlahla, perteneciente al lenguaje Xhosa que significa “arrancar la rama de un árbol”. A Mandela también se le conocía como Madiba, que era el nombre del clan al que pertenecía. Era una forma de dirigirse a él con respeto.

Lo que más me gustó de este libro es que no parece un biografía. Está escrito de tal manera que parece más una novela de ficción que la historia real del hombre que cambió la política de Sudáfrica. Bueno, seamos justos, no lo hizo solo. Recibió ayuda de un grupo de personas que querían cambiar el sistema político que había regido en Sudáfrica por más de trescientos años.

Cuando a Mandela le informaron de que debía contraer matrimonio por conveniencia, decidió huir de su pueblo e ir a Johannesburgo con un amigo. De ahí su vida política empezó a tomar forma. Mandela siempre estuvo interesado en los estudios. Estudió Derecho y empezó a trabajar en oficinas de abogados. Con el tiempo, él y Oliver Tambo abrieron la primera firma de abogados negros en Johannesburgo.

La vida de Mandela no fue fácil. Luchó por recibir los derechos civiles que todos los seres humanos merecen y que la población negra de Sudáfrica no conseguía. Se les trataba peor que a animales. No tenían ningunos derechos, ni siquiera a votar, por lo que el gobierno que acababa en el poder era siempre de blancos.

El Apartheid en Sudáfrica era deplorable, y cualquier lucha que creaban, el gobierno encontraba una manera de hacerlo ilegal. La frustración crecía y el partido CNA al que pertenecía (que era el partido más moderado y en contra de la violencia), no alcanzaba las metas que pretendían para cambiar la situación socio-política del país. Por lo tanto, crearon un partido que se dedicaría a “actos violentos”. Estos actos no pondrían vidas en peligro, pero se trataba de llamar la atención del gobierno. Cada vez que había un enfrentamiento pacifista por parte de cualquier grupo en Sudáfrica, el gobierno lo convertía en una matanza. Fue por ello que Mandela y un grupo de sus compatriotas en el CNA (Congreso Nacional Africano) se vieron obligados a fundar MK (Umkhonto we Sizwe).

Mandela nunca sintió odio por la gente blanca de su país, y tampoco fue nunca su intención erradicar esa parte de la población. Él quería crear un país en que todas las razas podían convivir en harmonía o, al menos, con un respeto mutuo.

Su lucha le llevó a juicio varias veces. El Juicio de Traición duró durante más de cuatro años, donde los acusados fueron absueltos, pero el gobierno hizo lo imposible para atraparlos de otra manera, y unos años más tarde, le volvieron a arrestar a él y a muchos de los acusados en el Juicio de Traición. Está vez sí fueron condenados porque, según su propia admisión, habían quebrantado las leyes. La cuestión era que las leyes eran corruptas y no tenían otra opción que infringirlas y luchar contra ellas para obtener sus derechos como seres humanos. En 1964 Mandela y sus compatriotas fueron sentenciados a cadena perpetua, empezando en Robben Island.

Durante sus años en prisión, sus hijos crecieron y uno de ellos murió trágicamente en un accidente de auto. No le permitieron atender el funeral. También empezó a escribir sus memorias furtivamente, pero el manuscrito original nunca vio la luz del día. Dentro de la cárcel luchó por algunos derechos como prisioneros. Su argumento era siempre que no eran delincuentes comunes, sino prisioneros políticos y como tales exigía que les trataran con un mínimo de respeto. La mayor parte de las veces perdía las batallas. Pero sí de algo no se le puede culpar a Mandela, era de darse por vencido. El hombre luchó hasta el final. Una lucha que, poco después de recibir la libertad, le convirtió en el primer Presidente negro de Sudáfrica.

Mi calificación para este libro es cinco estrellas de cinco. Está muy bien escrito, es interesante y se aprende muchísimo de la historia de Sudáfrica. Es cierto que al principio me costó un poco entrar en la narrativa, pues habían muchos nombres y muchos detalles que olvidaba fácilmente. Pero según uno se adentra en la vida y experiencias de este hombre tan notable, se hace más difícil soltar la lectura. También me resultó muy interesante porque, a pesar de que había oído hablar del Apartheid y de que la situación en Sudáfrica había sido horrible para la población de color (no sólo los negros, pero indios y cualquier raza que no fuera la blanca sufría alguna especie de racismo y prejuicio), poco sabía realmente de la magnitud del problema. Claro que todos sabemos quién es Nelson Mandela y que fue un gran hombre y que recibió el premio Nobel de la Paz… pero mi conocimiento no llegaba a más. Este libro me abrió los ojos en muchos aspectos. También me gustó que no hablara mucho de Martin Luther King Jr., que aunque vivieron vidas paralelas, lucharon en países diferentes y, en parte, situaciones parecidas y, asimismo, muy distintas.

Recomiendo este libro a cualquiera que esté interesado en aprender algo más de la historia de Sudáfrica y de la vida de Nelson Mandela.


Ahora, comparando el libro con la película, la versión cinematográfica pierde mucho del contenido de la versión escrita.

https://youtu.be/7HXJknSk-5Y

La película se centra mucho más en su vida sentimental, en sus matrimonios y en sus adulterios con su primera esposa (que, según entendí yo en su libro, no ocurrieron). Su esposa sospechaba que la engañaba, pero él le decía que estaba muy envuelto en la causa y en sus ansías de cambiar la situación del país, y que esas reuniones le mantenían ocupado hasta largas horas de la noche. En ningún momento corrobora su autobiografía lo que la película implica. Según él, el matrimonio no funcionó porque su mujer no lograba entender por qué él necesitaba estar tan involucrado políticamente. Sus diferencias eran demasiado como para solventar el matrimonio.

Ese tema aparte, que para mí realmente no lleva peso alguno en la historia y creo que hubiesen dejado mejor fuera, la película no explica en ningún momento lo que le llevó a Johannesburgo, ni porqué ni cómo se involucró en asuntos políticos. Muy por encima muestran las injusticias a las que la población negra se veía sometida y que Mandela condenaba. Pero la película fracasa en mostrar los distintos partidos políticos existentes en esa época. En cómo incluso los diferentes partidos no siempre se ponían de acuerdo. El Juicio de Traición ni siquiera se mencionó en la película, y ese juicio fue la fundación a lo que ocurrió posteriormente.

Pero lo que más me molestó de la película, es que Mandela, en su autobiografía, nombre con énfasis a aquellas personas que fueron muy importantes para el cambio y que trabajaron con él. Personas sin las cuales él no hubiese llegado a la posición a la que llegó. No nombra la relación tan fraternal que existía entre él y sus compatriotas. Tampoco muestra que los guardas en Robben Island apenas hablaban inglés, y que sólo hablaban bien el afrikáans. No muestra tampoco los viajes que hizo Mandela fuera de Sudáfrica para recaudar fondos para ayudar en la lucha contra el gobierno. Sus viajes ayudaron en parte a darle notoriedad internacional. Tampoco queda muy claro por qué finalmente decidieron soltar a los presos, pues no sólo a Mandela, sino también a los demás. No se cuenta cómo casi murió de pulmonía…

Y entiendo que no se puede poner todo lo que contiene un libro de más de seiscientas páginas, pero la película dura casi dos horas y media, y mucho de lo que muestra son sus relaciones amorosas que, en mi opinión, eran importantes, pero no lo más sobresaliente de la historia de su vida.

La película por sí sola está bien. Es una buena película, dirigida por Justin Chadwick (La otra Bolena), con Idris Elba como Nelson Mandela y Naomie Harris como Winnie Madikizela. Ambos actúan muy bien y recuerdo que cuando la vi por primera vez me gustó mucho. Pero si la vas a ver para aprender un poco sobre la historia de Sudáfrica, te recomiendo que leas el libro, pues en la película se han tomado libertades creativas que no pintan del todo los hechos tal y como ocurrieron en la realidad.

Allí queda mi crítica. Si has leído el libro y/o visto la película, comparte tus comentarios. ¿Estás de acuerdo o no con mi crítica? Me encantaría oír lo que tienes que decir. Y ya que estamos hablando de biografías, comparte en la sección de comentarios tu favorito, para añadirlos a mi lista de lecturas.

Gracias por leer!

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20 de octubre, 2019

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