Llevo caminando sin parar desde ayer. En busca de comida. Hace un par de días tuve la suerte de encontrarme con una foca moribunda que no tenía las fuerzas para huir, luchar o esconderse. Creo que en el fondo le hice un favor. La devoré prácticamente en unos minutos. Si llegó al estómago lo dudo, pues en breve sentí hambre nuevamente. Esta vez más ferozmente y sin piedad. Cuando el cuerpo recibe sustento tras varios días sin probar bocado, no puede sino sufrir más la escasez y la necesidad del alimento.

El otro día casi dejo este planeta. Me quedé aislado en un trozo de hielo que se había separado de la superficie terrestre. Empecé a ir a la deriva, cual náufrago en un bote abandonado, y me asusté. Miré desesperadamente hacia el territorio que dejaba atrás, ansioso y agitado. No pude sino saltar, el agua fresca era un alivio en el calor que llevaba meses sufriendo. Poco antes de llegar a tierra divisé el cachorro de una foca que parecía haberse extraviado. Tenía hambre y tras ese ejercicio me sentía enormemente debilitado. Tuve suerte.
A pesar de esos momentos fortuitos en los que la comida aparece por intervención divina, he aprendido a vivir con la inanición, aunque desconozco cuánto tiempo podré aguantar. Cada vez hay menos nieve, menos hielo. Incluso la temperatura del mar parece haber aumentado. No me he topado con otro de mi especie en mucho tiempo. No hace mucho descubrí la carcasa de uno de los míos.

No entiendo qué pudo haber pasado para llegar a este punto. No comprendo por qué mi hábitat ha ido desapareciendo. Me pregunto… ¿cuando el alimento desaparezca, o el calor me pueda… caeré en el olvido? ¿Yo y los míos? ¿Quedará alguien para recordarnos?
Me temo que son preguntas cuyas respuestas desconozco. Sólo puedo seguir caminando, un pie delante del otro… en espera de lo inevitable.

13 de diciembre, 2019