Historias, poesías, reflexiones y críticas literarias. Todo por el amor a la literatura…

Month: November 2022

El espejo

Llevaba un largo rato observándome al espejo. No, no era vanidad, era un intento más bien inútil de encontrarme en mi mirada. O, mejor dicho, encontrar a la niña que se escondía en mí a través de mis ojos. Siempre escuché que los ojos eran la ventana al alma, así que me decidí a poner dicha teoría en práctica. Creo que habrían pasado como quince minutos, desesperadamente buscando lo que no lograba encontrar. Tal vez eso es lo que pasa cuando una siente que la vida se le echa encima, los años la ahogan y las arrugas empiezan a asomar en un rostro que no deja lugar a dudas el paso de los años. Tal vez es lo que ocurre cuando el último intento al amor se esfuma, dejando un vacuo tan oscuro y abismal, que parece que un agujero negro se ha introducido para no permitir que la luz, la alegría o la esperanza puedan penetrar. 

Fuera lo que fuese lo que esperaba hallar en aquel ejercicio, no lo conseguí, o tal vez hacer tal afirmación sea algo prematuro, pues algo sí que ocurrió, empero no lo que confiaba descubrir. 

Como he dicho, habían pasado ya varios minutos largos, cuando un destello inesperado apareció en el centro del espejo, justo donde se reflejaba mi nariz. No entendí de dónde procedía aquel brillo extraño, pues ninguna lumbre se reflejaba en ese ángulo, ni tan siquiera la del poderoso astro solar. Intenté ignorarlo y volver a concentrarme en mi mirada. “Venga, venga, venga, Alba, ¿dónde estás?” Insistí frustrada. También había leído en algún lugar que cuando una fuerza las cosas a que ocurran, lo que consigue es lo contrario. Me froté los ojos, y al volver la mirada al espejo, se había creado una especie de ilusión como si el centro fuera líquido y unas ligeras ondulaciones se formaran a partir del centro, cual agua que cambia de forma cuando una gota hace contacto con su superficie. Parecía que el centro del espejo se hubiese derretido y estuviese formado por una capa líquida de plata. Mi primer instinto era tocarlo, pero mi cerebro me avisaba que lo desconocido era peligroso, ¿o no había visto suficientes películas de terror y ciencia ficción en las que alguien mete la mano en algo extraño y se convierte en un ser líquido, o en piedra, o desparece o qué se yo? Pero la curiosidad luchaba con la razón. Por esta vez, la primera ganó la batalla. Recordé el dicho que Stephen King había utilizado en algunas de sus novelas: “la curiosidad mató al gato, pero la satisfacción le devolvió la vida.” Veamos si es verdad, me dije, y metí la mano hasta el hombro, recibiendo un cosquilleo agradable recorrer mi cuerpo, seguido de una fuerza poderosa que me absorbía. Sentí miedo y, asombrosamente, también me sentí exaltada e increíblemente revitalizada. Tal vez, al fin y al cabo, había encontrado a mi niña interior… ella hubiera metido el brazo. 

Cerré los ojos como un reflejo de protección, como si cerrarlos me salvaría la vida si fuese a caer en manos de algún monstruo hambriento o una reina amargada de las de los cuentos de hadas. 

Al abrirlos, me encontré en una casa moderna y amplia. Miré a mi alrededor, esperando encontrarme a los habitantes de tal hogar con algún arma para protegerse de tal intrusa. Al no oír ni ver a nadie, busqué algún lugar donde esconderme, o la puerta de la calle, o un espejo por el que volver a mi humilde vida que tanto dolor me producía en esos momentos. Tal vez me había desmayado y estaba soñando porque me había golpeado la cabeza, muriéndome en esos momentos en el suelo del baño de mi casa. “Qué morbosa eres, por dios,” pensé. Bueno, si estoy en el limbo, podré indagar un poco, ya que estamos. De pronto oí pasos que se apresuraban hacia mí, pero no eran pasos humanos, sino la carrera de un perro que se apresura a la puerta cuando siente la presencia de su amo. Me asusté, pensando que el perro de la casa habría oído algo que mi sentido auditivo no lograba percibir. Desesperada volví a buscar una puerta de salida. Vi la de un balcón y me apresuré a salir, pero según cerraba la puerta, un precioso pastor australiano saltó hacia mí como si fuese lo mejor que le hubiera pasado en todo el día. Aquel que ha tenido un perro sabe lo que es ser recibido por un can que no ha visto a su dueño en horas (¿días?). Caí al suelo sonriendo, y el animal se me subió encima, lamiéndome como si me conociera de toda la vida. Al sentarme descubrí que el balcón tenía vistas al mar: un extenso manto esmeralda cuya superficie se extendía hasta el horizonte. 

Me levanté, acaricié la cabeza de mi fiel amigo, que se había sentado junto a mí. Miré a mi alrededor. Respiré un aire tan puro que sentí que mis pulmones se purificaban con cada aliento. Decidí entrar en la casa e investigar. 

Cuál no sería mi sorpresa al descubrir mis libros favoritos en las estanterías, unas habitaciones y una decoración que reflejaban lo que siempre había soñado que mi hogar ideal sería, y fotos… de mí… mi familia y, por lo visto, una pareja que me hacía sonreír. 

Entré en el baño, pensando que igual me había reencarnado en otra persona, o tal vez esperando encontrarme tirada en el suelo, dispuesta a despertarme. Me miré en el espejo… y allí la vi. A la niña que había intentado encontrar con tanto esfuerzo. Cuando el destello y las ondulaciones volvieron a aparecer, sonreí, salí del cuarto, cerré la puerta, y fui a jugar con mi perro. 


27 de noviembre, 2022

Una puerta inesperada

—Bromeas, ¿verdad? Me estás tomando el pelo. ¡Venga ya!—

—Joder, ¡que no, tía! ¿Por qué iba a inventarme algo así?—

—Vamos a ver… pues para vacilarme un rato… ¿no será hoy el día de los inocentes, verdad?— Hizo un gesto como si estuviera reflexionando, colocando el pulgar y el índice en la barbilla, intentando seguirle la corriente a lo que, sin duda era, una broma estúpida. —¿Has estado leyendo H.G. Wells otra vez? ¿O tal vez te has vuelto a ver la serie esa alemana que tanto te gusta del viaje en el tiempo? Que, por cierto, ¿cómo se llamaba?— Frunció el entrecejo forzando una memoria que no parecía presentarse.

—No, mira, eso da igual. Lo que te digo es serio. Sabía que no me ibas a creer, pero estoy preparado a llevarte para que lo veas por ti misma. ¿Qué tienes que perder? Si me lo estoy inventando… uhmm… limpio tu habitación por un mes… — Contestó, temeroso de que su hermana le ignorara y le dejara sin poder compartir su secreto. ¿Acaso era un secreto? Sin duda alguien más debía haberlo descubierto… claro que el lugar, bueno, no era de lo más conspicuo, a ser sinceros. 

—Un año.— Dijo Amara sonriente, segura de que, si su hermano era tan ingenuo como para aceptar, se libraría de sus tareas hogareñas por todo ese tiempo. Ya estaba imaginando la de cosas que podría hacer con el tiempo libre que ganaría con dicha apuesta.

—Está bien. Vamos.— Respondió seguro de sí mismo. 

Amara se quedó un poco paralizada por la convicción con la que actuaba su hermano, y un tanto preocupada de su estado mental. 

—Tú sabrás. ¿Dónde dijiste que era? ¿En la cueva en la que buceamos aquella vez…?— Su memoria le fallaba de nuevo, pues no lograba recordar exactamente la fecha. 

—Sí, venga, ¡vamos!— Contestó impaciente Ismael. 

Al llegar, el mar bailaba con una calma hipnotizante, los rayos del sol acariciando con ternura su superficie, como si estuviera meciendo sosegadamente sus tenues olas. Su nitidez exponía el fondo que intentaba ocultarse del mundo, arena suave y rocas preparadas a atacar. Se podía, incluso, divisar la abertura de la cueva. Los hermanos estaban preparados, cada cual con sus aletas, gafas y tubo de buceo, listos a pegarse el chaparrón e investigar las alegaciones que Ismael parecía creer firmemente. 

Cuan peces acostumbrados al ritmo del océano, nadaron hacia la cueva. Ismael cogió a su hermana con su mano derecha, y con la izquierda hizo un gesto hacia un lado para indicarle el lugar al que se dirigían. Ella se dejó guiar, hasta que alcanzaron un espacio donde las rocas brillaban con una intensidad sobrenatural, como si estuvieran cubiertas de oro, o un polvo de diamantes. ¿Cómo no había visto antes tal fenómeno? Observó con intriga cómo su hermano apretaba una roca que parecía hecha de cuarzo rosado. De repente, se sintió impulsada hacia las rocas y un miedo invadió su ser. Iba a morir estampada contra esa pared geológica en el fondo del mar. Sin embargo, Ismael seguía sujetando con fuerza su mano, y de pronto notó tierra firme bajo sus pies y aire a su alrededor. Miró a su hermano a través de sus gafas, asombrada e incapaz de creer lo que veía. Ismael se quitó rápidamente los accesorios de buceo, abrió su mochila y sacó de ella una bolsa donde había puesto ropa y zapatos. Le tendió otra bolsa a su hermana. 

—Cámbiate antes de que nos vea nadie— Le dijo, un tono urgente visible en su voz. 

Su hermana le obedeció automáticamente, su cerebro seguía sin poder procesar que se encontraba, en bañador, aún con la piel húmeda del agua que la había rodeado no más de diez minutos antes, en un callejón en lo que parecía una ciudad —¿pero cuál?— estadounidense. 

—Lo sé… parece un sueño, o una pesadilla, dependiendo de tu perspectiva.— Su hermano la observaba con delicadeza, satisfecho de que obedecía sus órdenes y vestía algo que ni siquiera le pertenecía. 

—¿De dónde has sacado estas prendas?—Preguntó embobada, entendiendo por primera vez por qué su hermano había llevado consigo una mochila.

—Ahora te enseño.—Guardó lo que llevaban puesto al entrar en el agua en la bolsa de plástico y metió lo que pudo en la mochila. Lo escondió todo detrás de unos ladrillos sueltos en una pared detrás de unos contenedores de basura. 

—¿Dónde… ? ¿Cómo…?— Empezó a balbucear la joven.

—Jajajaja… espera a que veas el cuándo.— La interrumpió Ismael. Un destello de satisfacción y, más aún de emoción, bailaba en su mirada.

Cogidos de la mano, salieron del callejón como quien sólo ha entrado a indagar por algún ruido que le llamara la atención. Nadie mostró interés alguno por ellos. Amara no podía evitar sino mirar por doquier, encontrando edificios y vehículos que le recordaban a películas de ciencia ficción que había devorado toda su vida. 

—Pero… Es que… no entiendo… ¿cuándo?—

—Creo que la cueva en el mar esconde un portal que nos traslada en el tiempo y el espacio. Estamos en Chicago, de todos los sitios, en 2312.—Esperó la reacción de su hermana con una sonrisa que abordaba una victoria infalible. 

—Pero… yo… y… vamos… ¿siempre vuelves aquí?— Preguntó, algo temerosa e insegura. 

—Sólo he venido dos veces. La última vez me quedé medio día. Pero deberíamos volver pronto. Mamá y papá nos habían dicho de cenar fuera hoy, y no deberíamos tardar. Puedes volver cuando quieras. Parece bastante seguro. Tal vez podamos volver en otra ocasión y quedarnos unos días. Tendremos que planearlo.— Y cogiendo a su hermana de la mano nuevamente, la arrastró unos pasos hasta que ésta volvió algo en sí, asintió con la cabeza, aún algo anonadada, y regresaron al punto de partida, dispuestos a descubrir en el futuro próximo lo que escondía el futuro lejano. 


27 de noviembre, 2022