Historias, poesías, reflexiones y críticas literarias. Todo por el amor a la literatura…

Month: December 2019

La niebla – Stephen King

La Niebla (The Mist en inglés) es una novela corta de terror de Stephen King, publicada por primera vez en 1980 en la antología de novelas cortas Dark Forces. Tras su adaptación cinematográfica, se volvió a publicar independientemente como libro de bolsillo en 2017.

Narrada en primera persona por David Drayton, un artista comercial que vive en un pequeño pueblo en Maine con su mujer e hijo de cinco años, Billy. La historia comienza un día de verano, con una tormenta que trae tras de sí una misteriosa niebla. David y su hijo Billy van al supermercado del centro con su vecino Brent Norton (un abogado de Nueva York que pasa los veranos en Bridgton (el pueblo donde se desenvuelve la trama).

La historia fluye rápidamente, desde el momento en que David y su hijo van al centro hasta el final. Una vez que la niebla empieza a adentrarse en el pueblo, los sucesos ocurren apresuradamente, y el lector es sumergido en la narración de forma más personal al ser contada en primera persona.
Uno de los muchos talentos de King es el éxito que tiene en adentrar al lector en la historia creando personajes que, aún imperfectos, son empáticos y uno se identifica con ellos de una manera u otra. Es imposible no sentir el temor o las inquietudes de sus protagonistas. En el caso de la niebla, el aspecto más interesante es el desarrollo de los diferentes personajes.
Tenemos a David (con su hijo), que crea una unión con un grupo de personas en el supermercado. Gente razonable, pero sin personalidades extremas. Personas dispuestas a escuchar y hacer lo mejor de la situación a pesar de sus miedos y prejuicios. Luego tenemos el grupo de los más metódicos y analíticos, para los cuales lo sobrenatural no cabe en su razonamiento, aún cuando la prueba está en sus narices. Por último, está la señora Carmody. En un principio por su cuenta, delirando sobre dios y cómo les castiga por sus pecados. El resto de los presentes la toman por loca, pero según el miedo se va adentrando en sus mentes y en el interior de sus corazones, empiezan a creer cualquier cosa para poder superar las circunstancias que les rodean y, por tanto, la señora Carmody empieza a tener un notable número de seguidores. Y he ahí donde reside el genio de King. Pone a prueba la naturaleza humana en extremos insospechables e inimaginables. Lleva a sus personajes a la locura absoluta o a adaptarse a lo imposible para poder sobrevivir la experiencia.

Personalmente me gusta leer a King no tanto porque me guste el género de terror, sino por cómo sus personajes se comportan en las circunstancias en las que el escritor los coloca. Novelas de terror que están bien escritas exploran esto. Poe, Shelley, Lovecraft, Bloch, Bradbury… etc., todos ellos observan cuidadosamente cómo sus personajes evolucionan en ambientes extremadamente estresantes. Una buena novela de terror no asusta por la cantidad de sangre o por lo desagradable que llegue a ser, sino por la índole de cada protagonista. Allí está la maestría en escribir este tipo de ficción.
La calidad no es muy buena, pero se ve lo suficientemente bien.

En cuanto a la película, nuevamente Frank Darabont lleva a la pantalla una historia de King sin estropearla y, de hecho, mejorándola. Darabont nos aporta lo que King no hace con sus palabras. Nos da un final definitivo a la historia, nos explica por qué existe la niebla, de dónde viene y por qué ha traído consigo los monstruos que se ocultan en ella. El final de Darabont es, sin duda, muy bueno. Digno de una novela de King.

Marcia Gay Harden, que interpreta a la señora Carmody hace un papel excelente. Una actriz magnífica que le da vida a la fanática religiosa que no busca sino sacrificios humanos para apaciguar la ira de los dioses (según sus propias creencias).
Protagonizada también por Thomas Jane, André Braugher, Laurie Holden y Toby Jones, etc. (Curiosamente, Jeffrey DeMunn, que también aparece en Cadena Perpetua y en La Milla Verde, tiene protagonismo en La Niebla —más así que el mismo personaje en la novela—, y William Sadler, que aparece en Cadena Perpetua, también figura en esta película).
Obviamente, Darabont se tomó varias libertades creativas (aparte de cambiar el final por completo y de darnos explicaciones inexistentes en la novela). Decidió darle más protagonismo a algunos personajes, así como eliminar algunas historias secundarias de la historia principal. Algunos de los personajes que mueren en la novela no lo hacen en la película y viceversa. El fin de la señora Carmody es el mismo en ambos medios.

Por tanto recomiendo tanto leer la novela como ver la película y dejar que tú, querido lector, llegues a tus propias conclusiones. Me encantaría saber tu perspectiva sobre esta o cualquier otra crítica, así que comparte tu opinión si has leído la novela, visto la película o ambas.

4/5 estrellas a la novela y 8/10 estrellas a la película.

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The Mist Review in English

¡Gracias por leer!


30 de noviembre, 2019

El último superviviente

Llevo caminando sin parar desde ayer. En busca de comida. Hace un par de días tuve la suerte de encontrarme con una foca moribunda que no tenía las fuerzas para huir, luchar o esconderse. Creo que en el fondo le hice un favor. La devoré prácticamente en unos minutos. Si llegó al estómago lo dudo, pues en breve sentí hambre nuevamente. Esta vez más ferozmente y sin piedad. Cuando el cuerpo recibe sustento tras varios días sin probar bocado, no puede sino sufrir más la escasez y la necesidad del alimento.

El otro día casi dejo este planeta. Me quedé aislado en un trozo de hielo que se había separado de la superficie terrestre. Empecé a ir a la deriva, cual náufrago en un bote abandonado, y me asusté. Miré desesperadamente hacia el territorio que dejaba atrás, ansioso y agitado. No pude sino saltar, el agua fresca era un alivio en el calor que llevaba meses sufriendo. Poco antes de llegar a tierra divisé el cachorro de una foca que parecía haberse extraviado. Tenía hambre y tras ese ejercicio me sentía enormemente debilitado. Tuve suerte.
A pesar de esos momentos fortuitos en los que la comida aparece por intervención divina, he aprendido a vivir con la inanición, aunque desconozco cuánto tiempo podré aguantar. Cada vez hay menos nieve, menos hielo. Incluso la temperatura del mar parece haber aumentado. No me he topado con otro de mi especie en mucho tiempo. No hace mucho descubrí la carcasa de uno de los míos.

No entiendo qué pudo haber pasado para llegar a este punto. No comprendo por qué mi hábitat ha ido desapareciendo. Me pregunto… ¿cuando el alimento desaparezca, o el calor me pueda… caeré en el olvido? ¿Yo y los míos? ¿Quedará alguien para recordarnos?
Me temo que son preguntas cuyas respuestas desconozco. Sólo puedo seguir caminando, un pie delante del otro… en espera de lo inevitable.

13 de diciembre, 2019

La última reunión

Su reticencia a confiarle su situación era natural. En su vida la habían juzgado y abandonado suficientes veces como para crear esa paranoia y desconfianza inherente a su persona. Eran tiempos de insatisfacción y sedición. No era solo ella… Sabía que las circunstancias eran desafiantes para la gran mayoría. Se sentía débil, frustrada y abatida. Su última pareja la había conminado incesantemente hasta el punto que se había perdido a sí misma. No le apetecía hacer nada. Había quedado en encontrarse con Álex en la tarde para planear y discutir siguientes pasos. Sabía que era arriesgado, pero algo había que hacer. Sin embargo, su amigo había comentado que Lidia le acompañaría. Ésta era una joven insípida y con un alto complejo de superioridad. A ser sinceros, Sara no la soportaba ni aún cuando no abría la boca. Aún así, Lidia al menos pensaba por sí misma. No se la podía acusar de ser gregaria, como la gran mayoría de la gente por esa época. Era prácticamente imposible hablar con alguien de la situación actual sin recibir una mirada extraviada y confusa.
En los últimos cinco años la gente había empezado a cambiar. Cada vez más y más personas aceptaban lo que el gobierno y los medios de comunicación les ofrecía. Era como si un enchufe en el cerebro se hubiese apagado permanentemente. No había otra manera de explicarlo, era incongruente.
Unas semanas antes se había manifestado un grupo de gente —cosa que ocurría cada vez con menos frecuencia y con grupos cada vez más exiguos— lo cual había tenido un final cruento. Pensar en ello le provocaba náuseas. La vida, la sociedad… Se habían convertido en una realidad especular. Lo suficientemente parecida a lo que había sido, pero sin realmente adaptarse del todo.
Esa tarde, durante la reunión, querían encontrar la manera de encauzar una solución apropiada a la organización que luchaba por combatir la presente situación.
El gobierno, con el apoyo de los medios de comunicación, fustigaban a cualquiera que se les opusiera, por lo que las reuniones furtivas en grupo eran cada vez más difíciles de organizar. Tal vez su punto de vista estaba algo enturbiado, pues no le cabía duda de que era una misantrópica. Tal vez misantrópica no era la definición justa. Había numerosas razones por las que sentir gratitud hacia la humanidad, aunque dichas razones eran cada vez más limitadas. No, Sara era más bien una persona taciturna, introvertida y melancólica. Muy inteligente, aunque podía parecer pedante a quienes no la conocían.
Se preparaba para salir a encontrarse con Álex y Lidia. Era un día otoñal y frío. Salió apresuradamente a la calle, donde se encontró con una ligera lluvia en el oscuro atardecer. De camino a la cafetería donde había planeado encontrarse con Álex, fue testigo de un encuentro entre un policía y un transeúnte, donde el agente escupió y empujó al señor, un hombre de una ya avanzada edad. Tal ignominia era común en la nueva sociedad que se había ido formando durante años.
En un poste de electricidad vio un anuncio, o lo que parecía un anuncio. Pero Sara lo reconoció inmediatamente. Era uno de esos mensajes secretos de la sociedad clandestina. Una nota lacónica que escondía el punto de encuentro para la próxima reunión. La noche del día siguiente. Llegó a la cafetería antes que Álex y Lidia. Tenía una idea en mente para discutir con los demás. Una idea que obcecaba el resto.
Lo que la diferenciaba a ella, Álex, Lidia y, en definitiva, gente como ellos, era su interés en escudriñar las circunstancias actuales así como cada noticia publicada en los medios de comunicación masivos.
Álex llegó poco después. Venía solo. Parecía nervioso y agitado. Llevaba las gafas torcidas y el pelo completamente alborotado, como si deseara despegarse de su cabellera. Le perspiraba la frente y su mirada permanecía ausente y furtiva.
—¿Qué ha pasado?— Preguntó Sara alarmada.
—Ssshhh. No grites. Creo que nos vigilan. Se han llevado a Lidia a un vedado.— Respondió casi susurrando.
—¿Pero qué dices?— Contestó Sara. Se tenía que contener para no gritar. —¿Qué podemos hacer?—
—No estoy seguro.— Contestó ausente. A lo lejos un oficial postulaba a todos los transeúntes. Algo común y, en muchos casos, de manera forzada.
Decidieron dejar la cafetería, se sentían muy conspicuos allí sentados, conversando en secreto. Álex quería dictaminar los siguientes pasos a tomar. Había que ser precavidos.
Llegaron a la casa de Álex y se sentaron en silencio en el salón. Álex decidió encender la tele, donde el presidente peroraba un nuevo dictamen acerca de algún evento u otro. No tenía relación con lo que había ocurrido con Lidia.
Era obvio que las autoridades sólo deseaban crear un sentimiento de imprecación en la multitud hacia gente como Lidia… Como Sara.
Sara estaba preocupada por Álex, había tomado una postura pusilánime, lo cual afectaría su plan. Sabía que necesitaba su ayuda, no podía permitir que se echara abajo.
—Tenemos que olvidar este proyecto— Dijo Álex de repente. —Lidia ya les habrá contado todo—
Sara lo miró perpleja. —Vamos a ver, Álex. No puedes elucubrar sobre lo que ha sucedido con Lidia. Tal vez haya ocurrido algo más de lo que no somos conscientes. Creo que lo mejor será esperar unos días.—
De pronto pensó en el mensaje secreto que había divisado de camino a la cafetería, y decidió que asistiría la noche siguiente para recibir más información sobre acontecimientos recientes.
Sara regresó a su casa esa noche preocupada, dejando a Álex sedado en su apartamento. Le había tenido que administrar tranquilizantes, pues había perdido la compostura por completo.

Se sentó en la cama y se llevó las manos a la cara y empezó a llorar. Se sentía completamente inconexa de todo y todos. Un nudo había empezado a formarse en su garganta desde el momento en que había visto a Álex entrar en la cafetería.
El gobierno consideraba cualquier manifestación, encuentro o debate para mejorar la calidad de vida de la mayoría como una ponzoña, por lo cual era increíblemente arriesgado asistir a cualquiera de estos eventos.
Tras haberlo consultado con la almohada, Sara sabía que era la única decisión con sentido que podía tomar. Se encaminó al lugar donde la reunión secreta tenía lugar. Las últimas semanas habían resultado ser una retahíla que parecía conducir a esa noche. A ese momento. A esa reunión furtiva. Llegó al lugar convenido en el mensaje secreto.

Había bastante gente, más de lo que había imaginado. Intentó escuchar una conversación. Los interlocutores hablaban de los últimos prisioneros, así que afinó los oídos en caso de que Lidia fuese nombrada.
—¿Es tu primera vez?— Le preguntaron a sus espaldas.
Sara se dio la vuelta para descubrir un semblante ameno y plácido. Era un señor mayor, alto y en buena forma. Su barba gris, casi blanca, le daba el aspecto de un Papá Noel atlético.

Sara había aprendido a desconfiar de prácticamente cualquiera, y aunque los ojos del desconocido sonreían, no podía estar segura.
—No. He visitado otras juntas en el pasado.— Contestó con reticencia.
Sara observaba con cautela el comportamiento de los presentes. Estaba más atenta a la postura de cada cual, que a lo que se decía. Algo no cuadraba. En lugar de divisar enfado y ansiedad, la mayoría parecían tranquilos y faustos.
Sin duda, había caído en una trampa.