Historias, poesías, reflexiones y críticas literarias. Todo por el amor a la literatura…

Category: Cuentos

La cena de las mentes

Todos se sentaron a cenar. Cada cual había traído su plato favorito para compartir. Era una cena especial, Nochebuena del 2020. Había sido un año interesante, y tenían muchos asuntos que discutir. 

“Steve, tú predijiste algo parecido a lo que actualmente está ocurriendo, aunque tu estilo siempre ha sido más macabro y dramático.” El fantasma de Orwell había decidido ser el primero en abrir el tema.

“No creas que es algo de lo que me enorgullezco, aunque, por alguna extraña razón, este año las ventas de La Danza de la Muerte se han remontado. No sé si es porque tal vez la gente busca respuestas a sus preguntas, o acaso les da algo de consuelo saber que, de alguna manera, todo se soluciona.” Respondió éste.

“Jamás pensé que llegara a ésto, siempre creí que una sedición de robots ocurriría antes que lo que está acaparando al mundo en estos momentos.” Añadió el fantasma de Asimov. 

“Realmente no me sorprende. Los seres humanos estamos destinados a cometer los mismos fallos y no aprender de ellos hasta que, finalmente, explota en nuestras narices. No es la primera pandemia, aunque, claro está, es la más global.” Sugirió el fantasma de Philip K. Dick. 

“¿Y qué papel nos queda por hacer? ¿Seguimos avisando con nuestra literatura de posibles destinos que sufre la humanidad si no espabilamos, o cambiamos de táctica?” Preguntó Atwood por primera vez. Su mirada inteligente y sagaz, observando a sus compañeros. 

“Creo que debemos seguir fieles a nuestros propósitos. Nuestros géneros alimentan la imaginación de los lectores y tal vez les preparen mejor para situaciones incómodas o difíciles de imaginar.” Agregó el fantasma de Butler con voz suave y serena. Era, junto con Atwood, la única mujer presente.

“¿Y qué podemos hacer?” Cuestionó reflexivo el fantasma de Huxley. 

“Seguir siendo los filósofos que somos, disfrazados de autores de ficción, y alimentando las mentes de quienes las tengan abiertas para aceptar nuestros mensajes.” Añadió el fantasma de Herbert tras permanecer en silencio gran parte de la noche. 

“¿Por qué es nuestra responsabilidad? Si juego el papel del abogado del diablo, déjenme oírles decir, ¿por qué nosotros?” El más joven de los presentes, Palahniuk, decidió participar en la conversación.

Un sigilo ensordecedor absorbió el ambiente. Cada cual miró su plato con tranquilidad, más concentrados en sus propios pensamientos que en la comida. En el exterior soplaba un viento infernal, que presagiaba la llegada de una tormenta invernal. 

“¿Por qué tuvimos que hacer esta cena en Maine? ¿Qué tiene de romántica la nieve?” Declaró, bromeando, más que lamentándose, Orwell. “¿No podíamos hacerlo en Hawaii, en la casa de Herbert? Bastante frío pasé en vida.” Continuó con una queja fingida. 

“No seas tan quejica, anda. No hay nada como una Navidad blanca, y más en época de pandemia. Al menos tiene más sentido encerrarse en casa y no salir. Resulta mínimamente más soportable.” Celebraban la cena en casa de King, así que no podía sino defender su hogar y el Estado que tantas ideas le había dado para sus novelas. 

“Volviendo a la pregunta de Chuck…” Interrumpió Atwood. 

“Sí, es una buena pregunta. Yo personalmente pienso que tenemos un don. No sólo el don de la palabra, pero el don de observar y entender la naturaleza humana. Somos conscientes de lo que somos capaces, tanto en una capacidad positiva como negativa. Es nuestra responsabilidad llevar a cabo ese regalo ‘cósmico’” y aquí Dick pausó momentáneamente guiñándole un ojo a Asimov “y entrar en el subconsciente de cuantos estén disponible a alimentar sus almas con nuestras palabras.” Orwell abrió la boca para empezar a decir algo, pero el interlocutor le detuvo, anticipando lo que éste iba a declarar. “Antes de que digas nada, sé que resulta pedante, o tal vez engreído o altivo decirlo así, pero soy un fantasma y me reservo el derecho a proponer tales observaciones.” Con lo cual todos rieron. 

“Es una pena que Wells no pudiera estar con nosotros esta noche. Él hubiese encontrado la mejor manera de contestar tal pregunta.” Sugirió Butler. 

Se miraron los unos a los otros como si comunicándose telepáticamente. Era un grupo que, aún sin decir una palabra, revelaban mucho. En un silencio sosegado y natural, volvieron a sus platos, cada uno preñado con sus propias cavilaciones. 


8 de enero, 2021

De la calle a un hogar

“¡Ven aquí, Quijote!” Es la voz de ‘mi’ Eider, utiliza ese tono cuando vamos a salir a pasear. Le conocí hace un par de estaciones. Recuerdo que los días empezaban a extenderse y no hacía tanto frío en mi jaula. Ahora es la estación cuando las noches son más largas y el aire más frígido. La sustancia blanca que me produce frío en las patas cubre las aceras y la superficie en los parques.  Los humanos adornan sus casas con luces brillantes, tanto por fuera como por dentro. 

Llevo meses sintiendo que los humanos están más nerviosos y estresados, incluido ‘mi’ Eider. Cuando siento que sus niveles de cortisol aumentan, me acerco a él, pongo mi hocico sobre su regazo e, instintivamente, pasa su mano sobre mi cabeza y sus niveles se estabilizan. No falla nunca. 

Estoy divagando. Lo dicho, nos conocimos en esa estación anterior a la que es muy cálida y agradable, previamente había vivido en una jaula donde me cuidaban relativamente bien. Tenía de comer, se aseguraban de que me mantenía sano, y tenía otros compañeros —que iban y venían— con los que podía charlar. Creo que ése había sido mi hogar durante cuatro o cinco estaciones. Allí es donde viví durante la última época de decoraciones. Los humanos que nos cuidaban en esa época disfrutaban engalanando el lugar. Nos traían algunas golosinas especiales y nos hacían compañía con más frecuencia. 

Aún así, podía resultar desolador, aunque reconozco que era mejor que vivir en las calles, que era donde había pasado la época de decoración anterior a la que viví en la jaula. La calle no es lugar para vivir. Conocí algunos humanos con los que me encariñé que acababan desapareciendo. Algunos estaban enfermos (me lo decía mi olfato). Algunos me daban de comer y pasaba la noche con ellos, compartíamos así el calor en las noches más frías. Durante el día hacía mis rondas por la ciudad, buscando algo de comer y algún compañero con el que comunicarme. Añoraba la compañía de otros perros. Mi vida no había sido siempre tan desesperanzadora. Recuerdo que hubo un período en el que había compartido un hogar con otro compañero y con humanos. Un día desaparecieron y unas personas con una energía indeseable vinieron a buscarnos. Me asusté y escapé corriendo. No era más que un cachorro entonces, aunque parece que hace de ello miles de estaciones, aunque dudo que fuese tanto. 

Como iba diciendo, después de vivir en las calles y mientras vivía en la jaula, hubo una temporada en la que venían muchos humanos a vernos. Ocurría a diario y con frecuencia. Mis compañeros más jóvenes desaparecían primero. Yo procuraba hablar con los humanos… sonreía, saltaba y daba vueltas en mi espacio, procurando llamar la atención y comunicarme con ellos. No muchos me prestaron atención, hasta que llegó Eider. Era una persona nostálgica, triste. Cuando le conocí tenía un vacío dentro que le consumía. Soledad y pérdida. Sí, podía intuir que había perdido a alguien que le importaba. Conocía muy bien ese sentimiento. Cuando puso su mano en las rejas, me acerqué cuidadoso y lamí sus dedos. Sonrió y, desde entonces, hemos sido inseparables. 

Nunca antes había conocido un amor como éste. Un amor en el que sólo quería hacerle sentir bien y ayudarle a rellenar ese vacío. Desde que le conocí me he percatado de que su espíritu taciturno ha ido disminuyendo con cada crepúsculo que transcurre. Su personalidad alegre brilla con un poco más de luz con cada alba nuevo. 

Esta estación con los ornamentos es la mejor que recuerdo. Tal vez estén ocurriendo hechos en el mundo humano que no entiendo, pero sea lo que sea, ha sido la causa por la que ‘mi’ Eider y yo nos hemos encontrado y hemos aprendido a sanar y a comenzar a sentirnos completos. 


8 de enero, 2021

Última Navidad

Había soñado con una Navidad como aquella desde que era niño. La nieve cubría profundamente todo su entorno. Los tejados parecían adornados con una capa de nata y azúcar. Los alféizares de las ventanas alojaban la blanca masa que buscaba cualquier rincón donde descansar. Las ventanas habían cristalizado el vapor, creando maravillosos patrones en su superficie.
El alba había llegado con una explosión de colores que, junto con el reflejo en la nieve y un toque íntimo en la base de los cirrocúmulos, bailaban coquetos hasta desaparecer en el infinito del firmamento.
Ahora era media mañana y la tormenta de nieve estaría tocando la puerta en breve. No importaba. Adrián disfrutaba con las tormentas, sobre todo cuando se encontraba en casa, rodeado de libros o de buena compañía. Hoy tenía ambas opciones. En la cocina se escuchaba el alboroto de cucharas y otros utensilios batiendo en cuencos, ollas y sartenes peleando por el papel principal, risas y murmullos de su familia que trabajaba en equipo para preparar una cena navideña memorable y, más que nada, deliciosa. Adrián podía imaginarlos peleándose por quién iba a preparar el postre (el plato que más gustaba cocinar en su hogar).
Hoy estaba recostado en el sofá, su madre le había preparado una cama allí para encontrarse más cerca de la actividad familiar. Había estado jugando a las cartas con sus dos hermanos, pero se había agotado, necesitando descansar. Se había quedado dormido, despertando con el estruendo de un cacharro que caía al suelo. Decidió volver a la lectura para averiguar qué hazañas estaría viviendo Frodo Baggins y su amigo Sam Gamgee. Era su libro favorito, uno que había releído al menos tres veces.
Era consciente de que sería su última Navidad, pero estaba en paz. Se sentía feliz y agradecido por tener la familia que tenía y por tener un día tan inolvidable. Ignoraba lo que le esperaría al otro lado, pero el miedo ya lo había superado y se había resignado a una paz interna que le provocaba felicidad y bienestar. No había sido siempre fácil, durante varios meses tras el pronóstico se había sentido irascible e impotente. Había sentido que la vida era injusta y había jugado el papel de víctima en el que era tan fácil caer en circunstancias como la suya.
Poco a poco, había aprendido a aceptarlo, lo cual le había ocasionado sosiego y, para el asombro de los médicos, varios años más de vida. Sin embargo, él sentía la llegada del fin, lo notaba en sus huesos. Le había visitado el espíritu del pasado durante la noche, algo diferente al que había imaginado leyendo “El Cuento de Navidad” de Dickens, aunque prácticamente con un mensaje parecido. Adrián no era ni mínimamente parecido a Scrooge, sin embargo había aprendido que todo ocurría por alguna razón. No estaba seguro si la visita había sido real o parte de un delirio de su enfermedad. El espíritu le había convidado a viajar con él a un pasado no muy remoto, antes de su enfermedad, para mostrarle un aspecto que posiblemente había olvidado. Como en la historia de Dickens, le había avisado durante el viaje que otros dos espíritus le visitarían en las próximas dos noches. A diferencia de las visitas de Scrooge, que ocurrieron en una sola noche, las suyas tendrían que esperar —si acaso no era todo un sueño, un truco de su mente—.
Fuera como fuese, el primer espíritu le había mostrado un momento de su vida en el que había discutido con su madre sobre algo que, en ese momento, resultaba inmensamente importante. Ahora, recordándolo, se percataba de lo nimio que era el asunto. Al despertar esa mañana, había reflexionado sobre todos aquellos momentos, toda esa energía, gastados en trivialidades.
Esperaría impaciente la llegada de los otros dos espíritus, para descubrir cómo poder aprovechar mejor lo que le restaba en este planeta.

6 de enero, 2020

Magia navideña

Había nevado. El suelo estaba cubierto de un manto espeso y brillante de nieve virgen. Tenían un largo camino por recorrer, pues era Nochebuena y la tarea más dura estaba por venir.
Debían recorrer largos trayectos para completar su trabajo. Los incrédulos, cínicos y todos aquellos con una mente altamente científica, no verían los conos rojos desplazarse a través de los caminos de nieve. No verían cómo se movían rápidamente en la noche frígida, con agilidad y precisión absoluta. Bajo esos conos, las figuras diminutas de los duendes barbudos se concentraban en mantener el ritmo que habían utilizado durante tantos siglos para ver sonreír a los más desamparados, a los más necesitados, a los abandonados y maltratados. Eran los Duendecillos Nativideños, o así los denominaba el folclore. Estos seres permanecían en las sombras el resto del año, pero en la noche antes de la mañana de Navidad, hacían sus rutas.
Visitaban orfanatos, perreras, viviendas para los vagabundos, las calles donde otros pasaban la noche por no haber encontrado asilo en algún lugar con cama, ducha o comida.
La labor de los duendecillos era proveer esperanza, amor y compañía a quienes más lo necesitaban durante la época del año en la que todos recordaban lo que era tener —o, por defecto, carecer de— una familia. Su magia era infinita. Creaban comida; todo tipo de manjares para quienes jamás tenían la oportunidad de disfrutar de dichos lujos.
A los niños en los orfanatos les traían golosinas navideñas y algún juguete simple para su entretenimiento. Les contaban historias durante toda la noche, mientras otros duendes iban a las perreras u otros centros donde animales pasaban la noche sin un hogar propio. Otros tantos recorrían las calles para ejercer su magia y recrear habitaciones con hogueras, camas y comida caliente donde uno de ellos se alojaba durante la noche para contar una bonita historia a vagabundos que durante el resto del año buscaban la manera de sobrevivir.

Los Duendecillos Nativideños eran independientes y habían existido durante siglos y siglos, siempre sirviendo a los más necesitados. El único pago que pedían era una sonrisa a cambio de la esperanza que despertaban en los corazones de aquellos a quienes visitaban año tras año.

6 de enero, 2020

El mapa

—¡Venga, vamos!—
—Es que… ahora no sé.—
—No seas gallina. Siempre decías que esto era una fantasía tuya, y ahora que lo estamos haciendo, ¿te vas a echar atrás?—
—Bueno… es que por algo es una fantasía. Una vez hecho ya no resulta tan interesante, ¿no?—
—No me vengas con esas. Ahora, sé una buena niña y cierra los ojos.—

Resignada, Gabriela cerró los ojos. Procuró poner a prueba sus poderes de visualización para señalar un sitio que realmente le intrigara. Uno de esos paraísos recónditos a los que siempre había soñado ir. Carola agarró a su hermana por los hombros, le dio dos vueltas y dijo:
—Ahora. Señala.—
Asustada, emocionada y con la mente preñada de anticipación, señaló con firmeza un punto en la pared donde se encontraba el mapa del mundo que años antes las hermanas habían colgado en la pared del salón. Oyó a Carola exclamar levemente, pero no conseguía deducir si con emoción o desilusión. Tenía los ojos cerrados tan fuertemente que casi sentía dolor de mantenerlos así. Con mucha cautela decidió abrirlos, despacio y con algo de temor. Su hermana se había dirigido hacia el mapa para colocar una chincheta en la zona donde poco antes había apuntado el dedo de Gabriela.

Era primavera, habían decidido llevar a cabo su aventura en esa época del año porque, cayera donde fuera el dedo del azar (literal y figurativamente), era la mejor época para viajar. Cualquier punto geográfico con que se encaprichara la serendipia sería moderado en términos de clima.
Con sus mochilas de viaje esperaban emocionadas en cola para facturar sus equipajes. Tenían sus billetes, pasaportes y la excitación de un nuevo viaje a un lugar por descubrir. Todo era automático, así que cuando les llegó su turno, colocaron sus maletas —se habían cerciorado en casa de que pesaran menos del límite de veintitrés kilos cada una— y se encaminaron a la puerta de embarque.

—¡Qué emoción, oye!— Dijo Carola con el tono un par de decibelios por encima de lo normal.
—¡Lo sé!— Contestó igualmente animada su hermana.

Sentadas en el avión, miraron por la ventana. El cielo oscuro se escondía tras nubes primaverales, cargadas de agua y vida nueva. El aeropuerto, una estructura estéril y creada mayormente de vidrio y metal, observaba impasible el ir y venir de los aviones en cada una de sus terminales. Todos esos brazos que abrían camino a nuevas experiencias y aventuras.

—Señores y señoras, bienvenidos a bordo. Mi nombre es Felipe Fernández y es un placer ser el capitán de este vuelo para llevarlos con toda seguridad a su destino, Qatar. El vuelo aproximado será de unas 6 horas y media. Llegaremos a su destino sobre las cinco y media de la mañana. Por favor, presten atención a continuación a las instrucciones de seguridad. Gracias por viajar con nosotros y les deseo un viaje ameno.—

Las hermanas se miraron y se sonrieron con complicidad, manteniendo un secreto que sólo ellas conocían.

—¿Cuánto tiempo tenemos que esperar en Qatar antes de embarcar otra vez?— Preguntó Gabriela.
—A ver… déjame que mire… —Sacó el billete de su cartera de viaje para comprobar el horario —… pues unas cuatro horas.
—Tampoco es tanto… así no tenemos que estresarnos para encontrar a donde ir en el  aeropuerto de Hamad.—
—¿Qué es lo primero que quieres hacer cuando lleguemos a nuestro destino final?— Se interesó Carola.
—¿No lo sabes? ¡Desde luego! Y dices conocerme, ¿no?— Sacó la lengua a su hermana, cual si tuviera diez años y le guiñó un ojo. —Encontrar la mayor cantidad de árboles Sakura posible.—
—Jajajaj… sabía que dirías eso. Sin duda. Eso haremos, aunque no sé si en Tokio encontraremos muchos. Aunque tiempo no nos faltará para hacerlo.—

Las hermanas se estrecharon la mano, se miraron con cariño y cada una cogió un libro para leer durante el viaje, mientras el avión despegaba.

La ausencia de las estrellas

Este cuento lo escribí a los 15 años. Mi abuelo yacía en el hospital tras un accidente de coche a causa de un derrame cerebral. Quería hacerle sentir mejor cuando lo fuera a visitar, así que le escribí “La ausencia de las estrellas”. Hace años que no lo leo, así que será tanta sorpresa para mí como para ti, querido lector. Aquí lo presento sin ediciones desde que lo escribí hace 18 años.

Era una mañana de primavera. Una mañana en la que el sol mostraba su infinita belleza posando en el siempre y brillante azul cielo.
Los cirros jugueteaban a través de la lejanía más alta en el firmamento. Los bosques cantaban una dulce melodía a compás de la tierna brisa que acariciaba, a su vez, la hierba y los pétalos de las flores.
Las olas lloraban la triste canción de su soledad mientras lamían las duras y grices rocas.
Allí, sentada, se encontraba Nina. Pensaba en qué podría hacer.
De pronto alzó su mirada al profundo cielo y posó todo su cuerpo sobre las rocas. Acomodó sus manos tras su cabeza y meditó. Quería que oscureciese para observar las estrellas y encontrar en ellas una siempre sincera respuesta.
Sí, le gustaban las estrellas. En ellas veía la esperanza de lo divino y lucía en su brillo la eterna felicidad de la humanidad. Cada vez que las veía, sentía como si algo bonito y esperanzador invadiera cada rincón de su corazón.
Cada estrella era para ella como una gota de felicidad. Pensaba que cada persona tendría su estrella menos ella, y es que a ella todas las estrellas le parecían hermosas. Le parecía injusto tener que elegir una entre tantas.
Era como pedirle a un cantante que renunciara a la melodía de la canción teniendo sólo la letra.
Elegir una estrella, era hacerle daño a la naturaleza, que tan divinamente había colocado tantos astros luminosos en su oscuro manto lleno de magia, y a sí misma, ya que la belleza no se puede medir de mayor a menor. Porque cuando hay varias cosas bellas, no hay dónde elegir.
La astronomía le fascinaba, sabía que aunque no le diera dinero de mayor, sí le daría felicidad y sabiduría. Ella consideraba riqueza al saber, y ella quería aprenderlo todo acerca de lo desconocido fuera de su planeta.
Estando allí acostada, en las rocas y pensando, se quedó dormida.
De pronto y escandalizada se despertó. Ante sí se encontraba la cosa más horrible que jamás hubiera visto. El cielo “no brillaba”. No, no tenía estrellas, ni luna, ni a la siempre visible Venus. Sólo quedaba la negra seda de la noche, que envolvía a todo aquello que la rodeaba.
En un principio, Nina pensó que era una de esas nochees en que no se veían las estrellas ni nada, aunque seguía algo asombrada y preocupada, ya que lo que sí se veía siempre era la hermosa Polar, que ese día, precisamente, no brillaba por su luz, sino más bien por su ausencia.
Nina pensó que lo mejor sería volver a la casa, comer algo y acostarse nuevamente, ya que le invadía un pesado sueño.
Comentó con los demás, mientras comía, lo extraño de la inesperada desaparición de sus más valiosos diamantes nocturnos, aunque ellos le dieron poca importancia, lo cual la tranquilizó algo… aunque su tranquilidad no duraría mucho (…)
Se acostó.
El despertador la despertó a las nueva y media del siguiente día. Como cada mañana, lo primero que hizo fue estirar un poco su cuerpo y frotarse los ojos para despertar mejor. Secundariamente se dirigió al baño a lavar la suave tez de su rostro para, así, despertar completamente.
Cuando por fin estaba totalmente despierta, se enfadó. Aún era de noche (…)
“¡Rayos y truenos! Ese despertador las va a pagar”. Pensó enfadada.
Lo cogió con enfado y se dirigió a otro reloj de la casa, luego a otro y otro (?). Todos marcaban las nueve y media.
“Entonces, ¿qué pasaba?” El sol ya debería de haber salido, en un día de primavera, el sol amanecía más temprano que nunca.
Encendió el televisor, miró la hora… “las nueve y media”.
Los demás se despertaron y miraron extrañados a su entorno. Todo estaba oscuro y triste. Nada lucía, mas que las bombillas de la casa.
En las noticias comentaban que ese día el sol no había salido aún. Toda la sociedad se derrumbaba. No había luz y por lo tanto, tampoco vida. Todos permanecían en sus casa, a la espera de su más preciado tesoro, el sol.
Nina pensaba que si supiera algo más de los astros, podría explicar lo sucedido, pero nadie sabía lo suficiente.
Nada era ciencia cierta, ni tan siquiera el sol. ¿Quién podría afirmar ahora que éste alguna vez existió? Nadie, y eso era lo preocupante.
Nina tenía la teoría, por lo poco que sabía, que quizás el sol y su luz que les había llegado, era tan sólo la luz de un astro que permaneció hasta… entonces y que por su velocidad en años luz, habría alcanzado otra galaxia.
Había pasasdo una semana, y ni Nina ni su familia tenían buen aspecto. Aparentaban cansados y desanimados. Pronto las bombillas se fundirían y ni siquiera sabían cuándo dormir. En las noticias habían anunciado que los satélites no habían detectado ningún astro por ningún lado, ¿y si se los había tragado algún agujero negro desconocido? ¿Sí, ese conjunto de electrones magenéticos?
Lo cierto es que no habían astros ni planetas que se vieran y todo por la oscuridad.
Estaba claro que lo que eran los astros, ya no eran. No existían, nadie tenía certezas ni seguridad… todo era nada.
Tampoco podían comer porque la comida se estropeaba… sin luz… no hay vida.
Todo era horrible… si Nina hubiera sabido algo más de los astros… su naturaleza… su origen… su intensidad… pero… allí estaba, sintiéndose inútil.
Había logrado superar una semana más, aunque dudaba de su resistencia para llegar más allá de uno ó dos días. Por eso decidió apoderarse de la situación, no permitir que el pánico se apoderara de sus temores, por eso, una brillante idea surgió de su cabeza. Habló con sus padres y demás, les había advertido lo que tenía previsto para salvar al mundo, aunque sin lugar a dudas, no pretendía ser ninguna heroína, sólo, salvar a la humanidad… que tenía mucho que aprender.

La joven cogió todas las estufas que enchufó a un satélite, éstas estaban enchufadas a su vez al sistema eléctrico de la casa.
Había como una cantidad aproximada de ocho ó diez estufas que se veían unidas a un enorme satélite. Las encendió, el calor propagado por las mismas era tan ferviente que el satélite empezó a calentarse y enrojecer, empezaba a salir humo y, como el satélite estaba, a su vez, conectado a la red televisiva, seguía recogiendo ondas. Pero como ahora su funcionamiento era transversal, pues acumulaba todas las ondas que, al llegar a un punto límite de calor, dejó salir con un color rojizo directamente al infinito del espacio.
De pronto, empezó a brillar la seda negra. Las perlas más caras habían vuelto a la vida. Cada vez había más y, de pronto, no se veía ninguna. Un color azul claro se había apoderado de la noche.
Enseguida apareció el sol, cada vez se acercaba más y calentaba mucho, demasiado. Estaba muy cerca, quizás bastante.
Todo se quemaba y se secaba. Nina empezaba a sentir el calor en sus huesos. Veía cómo sus familiares se iban derritiendo poco a poco, al igual que ella… había cometido un error. Había conectado demasiadas estufas y el calor provocado había sido superior al que transmitía el sol en esa zona.
Se derretía, por lo menos le quedaba la esperanza que al otro lado del mundo no le ocurriese nada de eso.
Se quemaba, sentía calor, mucho calor… calor, calor…
“Me quemo, me quemo”, repetía Nina sobre las rocas de la playa. Abrió los ojos. Ante sí lucía el brillante sol, a la misma distancia de siempre. El mar dejaba paso a la tranquilidad y la brisa marina recordaba a Nina que todo había sido una pesadilla.
Era mediodía, el sol quemaba y sus tripas resonaban como el choque de las olas con las rocas.
¡Era hora de comer! Luego lo estudiaría todo acerca de los astros, pero paciencia, amigos. Toda una vida de saber la espera. Ya aprenderá.

Abril 1994

Es obviamente un cuento bastante juvenil, pero pese a ello, con su moraleja. Se podría editar y pulir, pero he preferido dejarlo como estaba cuando lo escribí por primera vez.