Historias, poesías, reflexiones y críticas literarias. Todo por el amor a la literatura…

Month: January 2021

Aprender no conoce fronteras

Jamás creí que aprender pudiese resultar tan desafiante y frustrante. Claro que cuando uno tiene que aprender materias familiares en un idioma no tan conocido, estudiar entra en una dimensión inexplorada. 

Un mes tras llegar a no sólo un país nuevo, sino a un continente completamente ajeno a mis experiencias, en un entorno absolutamente desconocido, no podía sino sentir frustración cada vez que entraba en un aula diferente.
Las clases se dividían por aulas; los estudiantes se desplazaban por los pasillos con calma —o, en ocasiones, con premura— pasando por las taquillas para dejar los libros de la asignatura anterior y recoger el material para la siguiente lección. Era una experiencia absolutamente extraña para mí, vivida tan solo a través de la pantalla del televisor desde mi casa en la pequeña isla de la que provenía. La ventaja era que el instituto se encontraba en California, por lo que era un campus bastante abierto con edificios solitarios que acaparaban un aula única. Resultaba fácil desplazarse de una clase a otra sin perderse.

Sí, intentar comprender algo en un idioma que uno no domina no es tan simple como puede parecer y, cuando al cabo de dos meses aún no entendía exactamente lo que me decían, mis notas en matemática dejaban mucho que desear y las demás asignaturas eran jeroglíficos desconocidos.
Me preguntaba qué demonios me había impulsado a estudiar mi último año del instituto —el equivalente de C.O.U. en España por aquel entonces— en Estados Unidos. Siempre había creído que mi nivel de inglés era bastante elevado, pero esa burbuja no tardó en estallar poco después de aterrizar en el aeropuerto Internacional de San Francisco.

He de admitir que, a pesar de perder la paciencia conmigo misma y castigar mi ineptitud con el idioma, mis profesores hacían lo opuesto. Puedo afirmar con certeza que todos los maestros que tuve en ese año fueron de gran ayuda. Un año en el que había decidido mejorar mi conocimiento del inglés y expandir mi mente viviendo como estudiante de intercambio en un país absolutamente diferente al mío. No hubo ni uno que me hiciera sentir torpe, ignorante o tonta por no entenderles cuando me hablaban, o por no seguir el ritmo de sus clases al comienzo del curso. No, todos mostraron gran compasión y paciencia con mi falta de vocabulario y entendimiento. Varios profesores sobresalieron con el ánimo e integridad que me mostraban, pero uno en especial brilló como lo hace Sirius en el firmamento cuando viste su manto oscuro.
Era mi profesor de literatura y era una de las personas más encantadoras y carismáticas que he tenido el placer de conocer en mi vida. Si tuviera que describirlo diría que podría ser el hermano gemelo de Jim Carrey pero con unos cuantos kilos de más.

Tal vez también destacó porque siempre he sentido inclinación hacia la literatura y leer, y su pasión hacia dicha asignatura era evidente. Creo que ese año que estudié en California y que, por vez primera, leí a Dickens en su idioma original, aumentó mi aprecio hacia el uso de las palabras, el significado que los autores le dan a sus obras y lo bonito que es valorar cómo entrelazan las palabras para crear conjuntos de frases, párrafos y novelas enteras llenas de metáforas y símiles que bailan en las páginas aguardando que el lector las descubra.  

En el tercer trimestre del curso entendía el idioma con tal habilidad que dicho maestro no tuvo reparo en dejarles saber a todos en la clase que, aún tratando con un idioma que no era mi lengua materna, era la segunda en la clase con las notas más altas en una clase de treinta y pico alumnos. No voy a decir que mi ego no se inflamó y por un momento sentí que mi cabeza se expandía hasta alzarme a las nubes. No voy a negar que siempre ha vivido en mí un ser competitivo con las ansias de complacer, y más a los diecisiete años. Y más en un país con un complejo de superioridad obvio. Seguí trabajando duro con esa asignatura hasta el final del curso, no sólo porque me gustaba, sino porque quería que él, mi profesor del instituto favorito, estuviese orgulloso de mí. 

Creo que lo conseguí, el día de graduación me dijo:
“You are a good kid!” Me abrazó y me deseó lo mejor para mi futuro. Fue la última vez que le vi, pero pienso en él con frecuencia y me pregunto cuántas vidas habrá cambiado con su personalidad y su amor a la literatura. 


28 de enero, 2021

El primer año

Tenía miedo. Me asustaba la posibilidad de tener la misma experiencia que el año anterior, cuando nuestra maestra había utilizado tácticas extremas para mantenernos concentrados en las lecciones, sentados cada uno en su sitio y pretendiendo olvidar que éramos niños de cinco años. 

Con mis escasas primaveras, aún no había decidido si ir al colegio era algo que me gustaba o no, si atender un aula llena de niños de mi edad con una figura autoritaria que nos trataba como individuales de  menor inteligencia sería una vivencia que fuese a disfrutar. No estaba segura. Siempre había creído que aprender era algo divertido, algo que alimentaba a esa personita dentro de mí que ansiaba expander su horizonte. Había aprendido a leer por mi cuenta y era una de mis actividades favoritas. Mi primer encuentro con la educación obligatoria no había sido lo más placentera. 

Sin embargo, mis temores se vieron disipados con mi primer encuentro con Juan. Mi primer profesor de primaria. Sería quien guiaría mi amor hacia el aprendizaje y la curiosidad que, aunque innata, se encendió del todo con él. Desde un principio me sentí sosegada y feliz en su presencia. No era la única, todos mis compañeros sentían esa afinidad hacia él. Nos trataba como a sus iguales. Nos respetaba y nos hablaba como personas, algo que a los seis años era difícil encontrar. En un mundo de mayores, siempre nos miraban como estorbos, o como criaturas que tenían que seguir ciertas reglas o estar a la altura de ciertas expectativas. 

En la clase de Juan no era así, en cuanto entrábamos en su aula, nos platicaba como si pudiésemos entenderle, como seres inteligentes capaces de construir nuestras propias ideas y conclusiones que nos facilitaba con un empujón sutil de su parte. 

Seis meses tras empezar el curso, no entendí cómo podía haber sentido tanto miedo aquel primer día. Ya había olvidado a María, nuestra profesora anterior. No sentía el rencor o temor que había sufrido cuando el año con ella acabó. No, Juan nos había mostrado que un profesor podía ser más que alguien que nos alimentaba información de diferentes ámbitos. Nos enseñó también que no era lo que nos enseñaba, sino cómo lo enseñaba, lo que nos hacía mejores individuos, lo que nos preparaba para el futuro y lo que rompería o crearía un amor hacia el aprendizaje. 

Me sentía feliz. Cada día saltaba de la cama para asistir a clase. Si sentía fiebre, me ponía un trapo frío en la frente con la intención de bajar la temperatura para que mis padres no me impidieran atender al colegio. Esas horas que pasaba en clase no sólo aprendía asignaturas, sino también a convertirme en un individuo que quería dejar el planeta en mejor estado que lo encontró. 


27 de enero, 2021

Fruta de oro

“¡¡Corre. Vamos. Está cada vez más cerca!!”
Gritaba Manuel en la distancia. Cada vez se alejaba más; había perdido el rastro de Adrián y Petra como quince minutes antes. Oliver apenas veía de frente, entre el sudor que se deslizaba por su frente hasta caer en sus ojos, y la tormenta de nieve que borraba con furia cualquier vestigio de la ciudad, su mente empezaba a preñarse de pánico.
A sus espaldas sólo lograba escuchar el viento, lo cual le estremecía aún más.
Se encontraba en una situación precaria, si dejaba llevarse por el miedo, sabía que estaría perdido.

Agotado y apenas sin aliento, Oliver cayó desplomado al suelo. Cerró los ojos y prácticamente los volvió a abrir en ese mismo instante. Bajo su peso no se encontraba el asfalto frío de la calle, ni la nieve húmeda. Vestía su pijamas, empapado de sudor.
“¿Dónde…? ¿Qué…?”
Tardó un momento en ajustarse a su entorno. A su derecha estaba la cama… De la que se había caído y por lo cual había dejado aquel mundo onírico atrás para regresar al mundo real. Tenía la boca seca y un dolor en el brazo, que parecía haber amortiguado la caída. A través de la ventana caía la nieve sin recato alguno.
“Otra vez la misma pesadilla…” Suspiró agitado Oliver.
Aún era de noche, pero Oliver no lograba pegar ojo. Era una pesadilla recurrente que nunca terminaba mostrándole al perseguidor, aunque tan solo pensar en ello le producía escalofríos en el espinazo. No era un niño timorato, pero algo en el aire le perturbaba y creaba una atmósfera tenebrosa que transformaba su naturaleza afable y tranquila.
Se acercó a su estantería de libros. Pasó los dedos cuidadosamente por los lomos, intentando elegir uno que le acompañara en la insomnia. Observando un título tras otro, se percató de un sutil baile cacofónico entre ellos, que le deleitó y despejó en parte el malestar que la pesadilla había dejado en su subconsciente.
Se decidió por La Historia Interminable. El mundo que Ende había creado en su maravillosa novela de fantasía siempre despertaba un bienestar en su interior.
Sonrió y, sosegado, volvió a la cama con la mejor compañía posible.

Despertó con la boca abierta y la almohada babeada. El libro había caído al suelo. Miró la hora en su despertador y descubrió que eran las ocho.
El sol había amanecido perezoso poco antes, cubierto de una niebla mística que producía una dicotomía de colores neutros y cálidos, como un baile entre fantasmas y diablos.
Era domingo, día que generalmente pasaba con Manuel, Petra y Víctor. Hoy, sin embargo, le abrumaba un presentimiento ominoso.
Bajó con pereza a la cocina, esperando encontrarse allí a sus padres desayunando. Su madre leyendo el periódico o haciendo crucigramas con su padre mientras tomaban café y escuchaban la radio. Cada domingo durante el mes de diciembre emitían un especial navideño.
Su hermano se había quedado a dormir en casa de su mejor amigo y no volvería hasta la tarde. Estaba solo en casa… El malestar regresó con más rigor y, exasperado, se sentó en el sofá, cubrió su rostro con una almohada y, sin saber por qué, gritó entre sollozos y lamentaciones.
Mientras desayunaba, procurando recordar dónde habían dicho sus padres que estarían, sonó el teléfono. Sobresaltado, miró hacia el responsable del susto, considerando si contestar o no. Se decidió por el afirmativo. Tal vez era Manuel o Víctor, con planes para este domingo frígido.
Al contestar, reconoció la voz de su madre al otro lado del auricular. Le contaba que habían decidido ir temprano al mercadillo navideño. No habían querido despertarle; volverían en unas horas.
“Te hemos dejado unos crepes en el horno.” Dijo con ternura y semi excusándose por dejarle solo.
Tras la conversación, desconcertado, volvió a la mesa, aunque ahora con la ilusión de lo que le esperaba en el horno.

La niebla se había levantado, era una mañana con un cielo azul impecable.
Oliver decidió llamar a Víctor para acercarse a su casa y así disfrutar del domingo. Les restaba una semana de clases antes de comenzar las vacaciones de Navidad. Había mucho que planear.
El teléfono sonó cuatro veces antes de que alguien contestara.
“¿Sí?” Era la voz de Víctor.
“Soy Oliver, ¿qué haces?”
“No mucho. Mis padres han ido al mercadillo navideño y nos han dejado a Silvia y a mí en casa. ¿Y tú?”‘Curioso’, pensó Oliver. Los padres de Víctor habían decidido hacer lo mismo que sus propios padres.
“¿Llamamos a Manuel y Petra y vemos unas pelis?”
Oliver hubiese preferido salir a patinar sobre hielo o deslizarse por las colinas cubiertas de nieve, pero Silvia solo tenía cuatro años y era mucha responsabilidad hacerse cargo de ella cuando andaban fuera. “Me parece bien. ¿Llamas tú? ¿Yo llamo a Adrián?”
“No, Adrián no está. No te acuerdas que nos dijo que sea iba con sus padres a Bora Bora?” Se oyó un silencio al otro lado del auricular. Oliver casi podía escuchar la mente de Víctor cavilando.
“¡Ah! Sí, es verdad. Se fueron ayer, ¿verdad? Bueno, venga, yo los llamo y así les convido a todos a un pastel que hizo mi madre ayer.
Oliver colgó el teléfono. El malestar de la pesadilla regresó.
Poco sabía Oliver que jamás llegaría a casa de Víctor ese día.
Cogió su chaqueta, guantes, bufanda, se puso su gorra roja y, tras dejarle una nota a sus padres, salió por la puerta de camino a casa de Manuel y Petra. El aire frígido acariciaba su rostro con aspereza, mientras los rayos del sol bañaban la nieve virgen que juguetona repartía su brillo por doquier.
Iba caminando por la calle con la mente presa en nimiedades, cuando pasó por un parque cuyo topónimo le hizo sonreír.
De pronto la memoria de la pesadilla regresó a él. El recorrido por el parque junto con el nombre del mismo engarzó una serie de pensamientos y emociones que había tenido durante meses. Se percató de que el mercadillo navideño estaba a medio camino entre la casa de Manuel y Petra y la de Víctor. Sintió una punzada en el pecho que se desplazó con rapidez a su cabeza, y cayó de rodillas en la nieve.
Se levantó con aplomo, pasó por un puente que se elevaba sobre un río que actualmente se encontraba congelado. De repente, observando la belleza del agua en estado sólido, experimentó saudade tan sobrecogedora que le oprimió el pecho.
‘¿Pero qué me pasa hoy?’ Pensó, frotándose con la manga de la chaqueta las lágrimas que aparecieron sin aviso.

Llegando a la puerta de sus amigos decidió que, fuera lo que fuese lo que estaba sintiendo —o presintiendo— iba a confiar en su intuición y su agibílibus.
Con sus catorce años siempre había sabido desenvolverse en situaciones complicadas.
Era una mañana nítida, el firmamento infinítamente azul. Sintió una necesidad desproporcionada de llegar a casa de sus amigos. Su sexto sentido le apresuraba. Se movió impetuoso, como alma que lleva el diablo. ‘Debo estar allí ya’, pensó desasosegado.
Tocó un par de veces a la puerta de sus amigos antes de que vinieran a abrirla.
“Hola Oli. Ya ibas tardando.” Era Petra. Le miraba sonriente con sus enormes ojos verdes de una profundidad perturbadora. ” Venga, entra.” Le hizo paso para que pudiera acceder al interior.
“Gracias. Ya empezaban a caérseme los dedos del frío.” La tele se oía de fondo… Japonés. Los gemelos estarían viendo alguno de sus animés favoritos. “¿Los caballeros del Zodiaco?” Preguntó curioso Oliver al llegar al salón, donde Manuel miraba embelesado la serie japonesa.
“No, Kuromukuro. ¿La has visto?” Respondió Petra cuando Manuel no contestaba.
“Sí. Es buena.”
“No está mal. Pero yo las prefiero con personajes más insidiosos, como lo es Melascula de Nanatsu no Taizai, por ejemplo.” Petra y Oliver se miraron y se encogieron de hombros.

“¿Recuerdan la pesadilla de la que les hablé?” Preguntó Oliver a sus amigos. Se habían reunido en la cocina para tomar un chocolate caliente antes de dirigirse a casa de Víctor.
“Sí, ¿ha vuelto a suceder?” Fue Petra la primera en inquirir, la preocupación presente en su tono.
“Anoche. Lo peor es que llevo todo el día presintiendo que algo ominoso se acerca.”
“¿Qué piensas, Manu?” Le preguntó Petra a su hermano. Se había quedado tácito y pensativo. Oliver y Petra lo miraban con curiosidad, esperando impacientes alguna reacción.
“¡Ey! Planeta Tierra a Manu.” Dijo por fin Oliver, rompiendo el silencio que les ahogaba.
“Perdón… Es que… Resulta que anoche tuve exactamente la misma pesadilla… No le dí demasiada importancia. Supuse que eran vestigios de la memoria de cuando nos hablaste de ella la primera vez. Pero anoche había detalles nuevos. Fue algo portentoso y, asimismo, perturbador.” Oliver y Petra lo miraban con temor en la mirada. ¿Qué significaba todo esto?
“Tal vez sea un anatema.” Sugirió de pronto Petra.
“¿A qué te refieres?” Preguntaron simultáneamente los otros.
“Piénsenlo… La primera vez que Oli tuvo la pesadilla fue la primera noche en la que llegó el mercadillo navideño. ¿Y de dónde vino? ¿Y por qué? Es la primera vez que viene a esta parte de la ciudad. Normalmente suele tener lugar en el centro. ¿Y cómo es que todos nuestros padres decidieron ir TAN temprano el mismo día? ¿No les parece singular?” Petra los miraba expectativa. Sus grandes ojos verdes abiertos como platos, procurando absorber cualquier reacción de sus compañeros. “Sugiero que pasemos por el mercadillo para indagar un poco a ver si descubrimos algo extraño que pueda relacionar todos estos sucesos.” Prosiguió Petra.
“De acuerdo. Creo que ése es un plan congruente. Podemos ir de paso a casa de Víctor.” Añadió Manuel.

Salieron de la casa decididos por descubrir el misterio que les acaecía.
Según se iban acercando al mercadillo, Oliver volvió a sentir una punzada en el pecho, acompañada esta vez de una presciencia.
“Déjà vu!” Exclamó Petra.
Manuel y Víctor la miraron boquiabiertos. Todos habían sentido lo mismo.
“¿Ustedes creen que se lleva a cabo algún tipo de propiciación en el mercadillo?” Preguntó Manuel.
“Tienes que dejar de ver tantas pelis de terror.” Respondió su hermana.

Cuando llegaron al mercadillo descubrieron algo estremecedor. No había ni un adulto. Se movían como personajes en una película a cámara lenta.
Los tres amigos se miraron completamente perplejos. No podían creer lo que veían sus ojos.
En cada puesto había seres que parecían personas normales, excepto que las orejas eran puntiagudas. Oliver imaginó que así debían de ser los Elfos en El Señor de los Anillos. Eran altos y todos tenían el pelo largo y recogido en trenzas.
“¿Qué es esto?” Preguntó Manuel.”¿Dónde se encuentran nuestros padres?”
“¿Qué tipo de calumnia es ésta? Esto ni es un mercadillo ni cuatro pollas.” Dijo Petra alterada.
Oliver no reaccionaba.
“¿Qué han hecho con nuestros padres?” Prosiguió aterrorizada.
De pronto todos dejaron de moverse, excepto las criaturas que Oliver consideraba Elfos. Todos ellos en cada puesto se concentraron en Oliver y sus amigos. “¿Qué está pasando?” Preguntó Petra.
“Vámonos de aquí, por favor.” Imploró Oliver.
La mañana pareció congelarse en ese momento del tiempo y un sigilo abrumador se apoderó de ese instante, en ese frío día en el último mes del año mil novecientos ochenta y seis.
“Tranquilos, no teman.” Susurró la voz armoniosa de uno de los extraños. Los amigos se miraron y buscaron la procedencia de dichas palabras. Mientras observaban para descubrir quién hablaba, la voz volvió a platicar. “No es lo que parece. Nos gustaría explicarles tranquilamente nuestro propósito.” Se percataron entonces que la voz se originaba en sus mentes… Se comunicaban mediante telepatía.
“¿Cómo… ? Esto… ¡Pero no es posible!… ” Se decía Oliver a sí mismo. “¡¡Sicofantas!! ¡¿Cómo están haciendo esto?!” Exclamó furioso y atemorizado.
En un instante el mercadillo, la ciudad y todo lo que conocían desaparecieron. En su lugar apareció un castillo completamente blanco, hecho de mármol. Se encontraba suspendido sobre una nube y, alrededor, nubes por doquier. En cada una había pinos con decoraciones navideñas. Los amigos se quedaron lívidos, boquiabiertos y, por primera vez, sin palabras.
“Mi nombre es Luma.” Era el líder. En el mercadillo había parecido casi humano, pero en su propio entorno, lo veían en su forma natural. Era alto, su piel era de tono anaranjado tirando a castaño, semejante a la arena húmeda de la playa al atardecer, con un brillo especial, como diamantes en la luz. Sus ojos eran grandes y almendrados, de un color esmeralda claro, vivaces e inteligentes. “Nuestra cultura ha existido durante miles de años. Fuimos nosotros quienes originamos la Navidad.”
“¿Qué es ese ruido?” Preguntó Petra. Todos se giraron en dirección a Oliver. Había comenzado a himpar; algo que le ocurría siempre que se ponía nervioso.
“Entiendo que todo esto sea difícil de entender… Y que han aprendido otras versiones de lo que hoy les cuento. Nuestras intenciones son nobles. Sin ánimo de sonar untuoso, nuestro deber es traer felicidad y paz a los planetas bajo nuestra jurisdicción. Procuramos hacerlo sin entrometernos, pero este año hemos necesitado intervenir. Los sueños que han ‘sufrido’ fue un intento fallido por nuestra parte de mantenerles alejados del mercadillo.” Continuó Luma.
“Todo esto carece de incongruidad.” Masculló para sí misma Petra.
“¿Qué andas murmurando…?” Preguntó su hermano.
“Tu hermana tiene dificultad creyendo lo que digo.” Sonrió benevolente Luma. “Comprendo que son ideas disyuntivas y difíciles de asimilar. La única razón por la que necesitábamos mantenerles apartados del mercadillo era porque requeríamos la presencia de sus padres sin hijos, ya que olvidan rápidamente lo que es ser niño. Olvidan la ingenuidad, la pureza y la inocencia de lo esencial de la Navidad. Fue por ello también que montamos el mercadillo exento de las multitudes, nos era más fácil controlar a un número menor de personas. Sentimos la decepción y los trucos, pero es muy importante que el sentimiento que se despierta por Navidad, el de la gratitud, regalar por amor, pasar tiempo con seres queridos y aumentar esa energía que está especialmente vigente durante las Fiestas. Es importante porque su planeta depende de ello.” Los jóvenes empezaban a sentirse más seguros y su confianza hacia Luma y su gente había crecido.
“¿Pero por qué suplantarse en el mercadillo como humanos?” Preguntó Petra que aún era la que más reticencia sentía.
“No nos suplantamos… Los adultos, que ustedes vieron como niños, nos ven tal como somos. Son solo los que se presentan sin invitación, como ustedes, que nos ven como seres humanos, o casi.” Explicó el interlocutor. A pesar de la desconfianza, era prácticamente imposible no creer a Luma. Su energía era pura y exudaba fiducia. No quiero resultar locuaz… Así que hagamos algo. ¿Ven ese árbol a cinco metros a la derecha?” Cuando los jóvenes asintieron, Luma prosiguió.”En él crece un fruto de oro. Es comestible, pero nunca perece. Les invito a que cojan uno y se lo lleven. Lo pueden guardar como souvenir (y tiene mucho valor en su planeta), o si lo ingieren, les trasladará directamente aquí. Cuando vuelvan a su mundo, conscientemente no recordarán nada de esto, aunque en su subconsciente siempre existirá una semilla de lo ocurrido que brotará cuando regresen — SI regresan.” Explicó, concluyendo Su discurso. Los amigos se miraron, asintieron y, satisfechos, pidieron regresar a sus casas.

*********

Oliver despertó en su cama el día de Navidad. Había dormido mejor que nunca y no podía esperar a celebrar el día con su familia. Bajó a la cocina prácticamente saltando como un duende. Sus padres estaban despiertos, preparando un desayuno especial para los hermanos.
“Buenos días”, dijo risueño. Su madre sonrió y le dio un abrazo. Su padre le miró con ternura y pasó su mano por el pelo de su hijo, alborotándoselo.
“Hola, campeón. ¡Ah! Antes de que se me olvide, te llegó un paquete esta mañana. No tiene remitente, pero estaba junto a la puerta. Lo he dejado en la mesa en el salón.” Dijo su padre.
Intrigado, Oliver fue en busca de su paquete. En la mesa encontró una pequeña caja de cartón blanco, con una cinta dorada. La abrió, y dentro había un objeto dorado, del tamaño de una fresa gigante, pero con la forma semejante a la de una cereza. Junto al objeto, una nota: ‘Cómeme para recordar’.
Sin saber por qué, Oliver sonrió, guardó el objeto y la nota en su bolsillo, y se encaminó hacia la cocina.
“En otro momento.” Murmuró para sí mismo. La vida era maravillosa.


4 de enero, 2021 (editado el 24 de enero )

La cena de las mentes

Todos se sentaron a cenar. Cada cual había traído su plato favorito para compartir. Era una cena especial, Nochebuena del 2020. Había sido un año interesante, y tenían muchos asuntos que discutir. 

“Steve, tú predijiste algo parecido a lo que actualmente está ocurriendo, aunque tu estilo siempre ha sido más macabro y dramático.” El fantasma de Orwell había decidido ser el primero en abrir el tema.

“No creas que es algo de lo que me enorgullezco, aunque, por alguna extraña razón, este año las ventas de La Danza de la Muerte se han remontado. No sé si es porque tal vez la gente busca respuestas a sus preguntas, o acaso les da algo de consuelo saber que, de alguna manera, todo se soluciona.” Respondió éste.

“Jamás pensé que llegara a ésto, siempre creí que una sedición de robots ocurriría antes que lo que está acaparando al mundo en estos momentos.” Añadió el fantasma de Asimov. 

“Realmente no me sorprende. Los seres humanos estamos destinados a cometer los mismos fallos y no aprender de ellos hasta que, finalmente, explota en nuestras narices. No es la primera pandemia, aunque, claro está, es la más global.” Sugirió el fantasma de Philip K. Dick. 

“¿Y qué papel nos queda por hacer? ¿Seguimos avisando con nuestra literatura de posibles destinos que sufre la humanidad si no espabilamos, o cambiamos de táctica?” Preguntó Atwood por primera vez. Su mirada inteligente y sagaz, observando a sus compañeros. 

“Creo que debemos seguir fieles a nuestros propósitos. Nuestros géneros alimentan la imaginación de los lectores y tal vez les preparen mejor para situaciones incómodas o difíciles de imaginar.” Agregó el fantasma de Butler con voz suave y serena. Era, junto con Atwood, la única mujer presente.

“¿Y qué podemos hacer?” Cuestionó reflexivo el fantasma de Huxley. 

“Seguir siendo los filósofos que somos, disfrazados de autores de ficción, y alimentando las mentes de quienes las tengan abiertas para aceptar nuestros mensajes.” Añadió el fantasma de Herbert tras permanecer en silencio gran parte de la noche. 

“¿Por qué es nuestra responsabilidad? Si juego el papel del abogado del diablo, déjenme oírles decir, ¿por qué nosotros?” El más joven de los presentes, Palahniuk, decidió participar en la conversación.

Un sigilo ensordecedor absorbió el ambiente. Cada cual miró su plato con tranquilidad, más concentrados en sus propios pensamientos que en la comida. En el exterior soplaba un viento infernal, que presagiaba la llegada de una tormenta invernal. 

“¿Por qué tuvimos que hacer esta cena en Maine? ¿Qué tiene de romántica la nieve?” Declaró, bromeando, más que lamentándose, Orwell. “¿No podíamos hacerlo en Hawaii, en la casa de Herbert? Bastante frío pasé en vida.” Continuó con una queja fingida. 

“No seas tan quejica, anda. No hay nada como una Navidad blanca, y más en época de pandemia. Al menos tiene más sentido encerrarse en casa y no salir. Resulta mínimamente más soportable.” Celebraban la cena en casa de King, así que no podía sino defender su hogar y el Estado que tantas ideas le había dado para sus novelas. 

“Volviendo a la pregunta de Chuck…” Interrumpió Atwood. 

“Sí, es una buena pregunta. Yo personalmente pienso que tenemos un don. No sólo el don de la palabra, pero el don de observar y entender la naturaleza humana. Somos conscientes de lo que somos capaces, tanto en una capacidad positiva como negativa. Es nuestra responsabilidad llevar a cabo ese regalo ‘cósmico’” y aquí Dick pausó momentáneamente guiñándole un ojo a Asimov “y entrar en el subconsciente de cuantos estén disponible a alimentar sus almas con nuestras palabras.” Orwell abrió la boca para empezar a decir algo, pero el interlocutor le detuvo, anticipando lo que éste iba a declarar. “Antes de que digas nada, sé que resulta pedante, o tal vez engreído o altivo decirlo así, pero soy un fantasma y me reservo el derecho a proponer tales observaciones.” Con lo cual todos rieron. 

“Es una pena que Wells no pudiera estar con nosotros esta noche. Él hubiese encontrado la mejor manera de contestar tal pregunta.” Sugirió Butler. 

Se miraron los unos a los otros como si comunicándose telepáticamente. Era un grupo que, aún sin decir una palabra, revelaban mucho. En un silencio sosegado y natural, volvieron a sus platos, cada uno preñado con sus propias cavilaciones. 


8 de enero, 2021

De la calle a un hogar

“¡Ven aquí, Quijote!” Es la voz de ‘mi’ Eider, utiliza ese tono cuando vamos a salir a pasear. Le conocí hace un par de estaciones. Recuerdo que los días empezaban a extenderse y no hacía tanto frío en mi jaula. Ahora es la estación cuando las noches son más largas y el aire más frígido. La sustancia blanca que me produce frío en las patas cubre las aceras y la superficie en los parques.  Los humanos adornan sus casas con luces brillantes, tanto por fuera como por dentro. 

Llevo meses sintiendo que los humanos están más nerviosos y estresados, incluido ‘mi’ Eider. Cuando siento que sus niveles de cortisol aumentan, me acerco a él, pongo mi hocico sobre su regazo e, instintivamente, pasa su mano sobre mi cabeza y sus niveles se estabilizan. No falla nunca. 

Estoy divagando. Lo dicho, nos conocimos en esa estación anterior a la que es muy cálida y agradable, previamente había vivido en una jaula donde me cuidaban relativamente bien. Tenía de comer, se aseguraban de que me mantenía sano, y tenía otros compañeros —que iban y venían— con los que podía charlar. Creo que ése había sido mi hogar durante cuatro o cinco estaciones. Allí es donde viví durante la última época de decoraciones. Los humanos que nos cuidaban en esa época disfrutaban engalanando el lugar. Nos traían algunas golosinas especiales y nos hacían compañía con más frecuencia. 

Aún así, podía resultar desolador, aunque reconozco que era mejor que vivir en las calles, que era donde había pasado la época de decoración anterior a la que viví en la jaula. La calle no es lugar para vivir. Conocí algunos humanos con los que me encariñé que acababan desapareciendo. Algunos estaban enfermos (me lo decía mi olfato). Algunos me daban de comer y pasaba la noche con ellos, compartíamos así el calor en las noches más frías. Durante el día hacía mis rondas por la ciudad, buscando algo de comer y algún compañero con el que comunicarme. Añoraba la compañía de otros perros. Mi vida no había sido siempre tan desesperanzadora. Recuerdo que hubo un período en el que había compartido un hogar con otro compañero y con humanos. Un día desaparecieron y unas personas con una energía indeseable vinieron a buscarnos. Me asusté y escapé corriendo. No era más que un cachorro entonces, aunque parece que hace de ello miles de estaciones, aunque dudo que fuese tanto. 

Como iba diciendo, después de vivir en las calles y mientras vivía en la jaula, hubo una temporada en la que venían muchos humanos a vernos. Ocurría a diario y con frecuencia. Mis compañeros más jóvenes desaparecían primero. Yo procuraba hablar con los humanos… sonreía, saltaba y daba vueltas en mi espacio, procurando llamar la atención y comunicarme con ellos. No muchos me prestaron atención, hasta que llegó Eider. Era una persona nostálgica, triste. Cuando le conocí tenía un vacío dentro que le consumía. Soledad y pérdida. Sí, podía intuir que había perdido a alguien que le importaba. Conocía muy bien ese sentimiento. Cuando puso su mano en las rejas, me acerqué cuidadoso y lamí sus dedos. Sonrió y, desde entonces, hemos sido inseparables. 

Nunca antes había conocido un amor como éste. Un amor en el que sólo quería hacerle sentir bien y ayudarle a rellenar ese vacío. Desde que le conocí me he percatado de que su espíritu taciturno ha ido disminuyendo con cada crepúsculo que transcurre. Su personalidad alegre brilla con un poco más de luz con cada alba nuevo. 

Esta estación con los ornamentos es la mejor que recuerdo. Tal vez estén ocurriendo hechos en el mundo humano que no entiendo, pero sea lo que sea, ha sido la causa por la que ‘mi’ Eider y yo nos hemos encontrado y hemos aprendido a sanar y a comenzar a sentirnos completos. 


8 de enero, 2021