Historias, poesías, reflexiones y críticas literarias. Todo por el amor a la literatura…

El primer año

Tenía miedo. Me asustaba la posibilidad de tener la misma experiencia que el año anterior, cuando nuestra maestra había utilizado tácticas extremas para mantenernos concentrados en las lecciones, sentados cada uno en su sitio y pretendiendo olvidar que éramos niños de cinco años. 

Con mis escasas primaveras, aún no había decidido si ir al colegio era algo que me gustaba o no, si atender un aula llena de niños de mi edad con una figura autoritaria que nos trataba como individuales de  menor inteligencia sería una vivencia que fuese a disfrutar. No estaba segura. Siempre había creído que aprender era algo divertido, algo que alimentaba a esa personita dentro de mí que ansiaba expander su horizonte. Había aprendido a leer por mi cuenta y era una de mis actividades favoritas. Mi primer encuentro con la educación obligatoria no había sido lo más placentera. 

Sin embargo, mis temores se vieron disipados con mi primer encuentro con Juan. Mi primer profesor de primaria. Sería quien guiaría mi amor hacia el aprendizaje y la curiosidad que, aunque innata, se encendió del todo con él. Desde un principio me sentí sosegada y feliz en su presencia. No era la única, todos mis compañeros sentían esa afinidad hacia él. Nos trataba como a sus iguales. Nos respetaba y nos hablaba como personas, algo que a los seis años era difícil encontrar. En un mundo de mayores, siempre nos miraban como estorbos, o como criaturas que tenían que seguir ciertas reglas o estar a la altura de ciertas expectativas. 

En la clase de Juan no era así, en cuanto entrábamos en su aula, nos platicaba como si pudiésemos entenderle, como seres inteligentes capaces de construir nuestras propias ideas y conclusiones que nos facilitaba con un empujón sutil de su parte. 

Seis meses tras empezar el curso, no entendí cómo podía haber sentido tanto miedo aquel primer día. Ya había olvidado a María, nuestra profesora anterior. No sentía el rencor o temor que había sufrido cuando el año con ella acabó. No, Juan nos había mostrado que un profesor podía ser más que alguien que nos alimentaba información de diferentes ámbitos. Nos enseñó también que no era lo que nos enseñaba, sino cómo lo enseñaba, lo que nos hacía mejores individuos, lo que nos preparaba para el futuro y lo que rompería o crearía un amor hacia el aprendizaje. 

Me sentía feliz. Cada día saltaba de la cama para asistir a clase. Si sentía fiebre, me ponía un trapo frío en la frente con la intención de bajar la temperatura para que mis padres no me impidieran atender al colegio. Esas horas que pasaba en clase no sólo aprendía asignaturas, sino también a convertirme en un individuo que quería dejar el planeta en mejor estado que lo encontró. 


27 de enero, 2021

3 Comments

  1. Cabrónidas

    Por el contrario, yo siempre he creído que tuve que abandonar mi verdadera educación por la obligación de ir a la escuela.

    • Natalia

      Yo creo que depende mucho de los profesores que uno tiene. También creo que el sistema educativo está roto y no permite que uno encuentre lo que realmente quiere hacer, pues nos enseñan a todos lo mismo y de la misma manera, como si hubiésemos salido del mismo molde. Aún así, espero que hayas conseguido hacer algo que te llene y te haga feliz.

  2. Natalia

    Entiendo a qué te refieres. Creo que el sistema educativo no es el mejor. Yo tuve muchos años y muchas clases que no disfruté, sin embargo, esos dos primeros años sembraron una semilla en mí que me ayudó a apreciar aprender, no tanto ir a la escuela, pues no creo que sea lo mismo 😉 Se puede aprender de todo y, lo dicho, no creo que el que te obliguen a aprender asignaturas que tal vez no estén alineados con tu vocación sea la mejor manera de inculcar a niños y jóvenes que están aprendiendo a conocerse.
    Gracias por tu comentario 🙂

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