Historias, poesías, reflexiones y críticas literarias. Todo por el amor a la literatura…

Month: January 2020

Stardust (Lluvia de estrellas) – Neil Gaiman

¡ALERTA DE SPOILER!

Stardust (Lluvia de estrellas) en una novela de fantasía de Neil Gaiman publicada por primera vez en 1997. Cuenta la historia de Tristan Thorn, hijo de un hada y un ciudadano de The Wall, que decide viajar al mundo de las hadas para traerle una estrella caída del cielo a su amada. Es un joven ingenuo e inocente con un corazón puro y nublado por su amor hacia Victoria. Una vez cruza la frontera con el país de hadas, se embarca en varias aventuras antes y después de encontrarse con Yvaine, la estrella que resulta ser una hermosa joven, de quien se acaba enamorando al final de la historia.
La novela, narrada en tercera persona, cuenta la historia de Tristan e Yvaine, así como la de los hijos de rey que había regido en Stormhold, en el mundo de las hadas. También introduce a tres brujas, que buscan el corazón de la estrella caída para rejuvenecer. Todos los personajes acaban coincidiendo en algún momento u otro, todos en búsqueda de la estrella (los hijos del rey puesto que ella lleva —sin conocer su importancia— la piedra que el rey del país siempre lleva puesto y que tiró por la ventana poco antes de morir, lo que causó que Yvaine cayera del cielo).

Es una historia amena, bien escrita y entretenida. Es un libro de fantasía para adultos, pues hay escenas bastantes gráficas y violentas en la novela. Neil Gaiman hace un buen trabajo atrayendo la atención del lector contando la historia de manera histórica, como si se tratara de un relato ocurrido hace muchos años. Su prosa mantiene las características de la prosa del Romanticismo, lo cual crea un ambiente más realista dado el género de la novela.

Es una novela corta, de menos de 300 páginas que se leen fácilmente. De Gaiman sólo había leído el primer cómic de The Sandman, por lo que descubrir que era el autor de Lluvia de estrellas fue una sorpresa agradable que me introdujo a su estilo literario y me abrió la puerta a un nuevo autor que leeré más en el futuro.

En cuanto a la película, protagonizada por Claire Danes como Yvaine, Charlie Cox como Tristan, Michelle Pfeiffer como la bruja principal, Robert de Niro como el capitán de un barco que los rescata en el cielo y Mark Strong como Septimus (el hijo menor del rey), es divertida y entretenida. Es mucho más suave que la novela, pues está más dirigida hacia un público más joven que la novela. La película es apropiada para todas las edades, con poca violencia y con muchos cambios en relación a la historia de Gaiman. Aunque la película me gusta, no tiene comparación con la novela. El director, Matthew Vaughn, se toma muchas libertades creativas y cambia partes importantes de la novela para aportarle más drama y tensión a la historia. Lo cual no es necesario en un libro, pero tal vez importante para un guión.
No es una buena adaptación del libro, aunque la trama mantiene alerta al espectador hasta el final. Sin embargo, hay aspectos que me molestaron que mostraran en la película como, por ejemplo, el origen de Tristan, algo que no descubre sino al final en la novela, pero que su padre le revela poco después del comienzo de la película.

En breve, recomendaría ambas, considerando que cada cual funciona por separado pero no como conjunto.

Por tanto recomiendo tanto leer la novela como ver la película y dejar que tú, querido lector, llegues a tus propias conclusiones. Me encantaría saber tu perspectiva sobre esta o cualquier otra crítica, así que comparte tu opinión si has leído la novela, visto la película o ambas.

5/5 estrellas a la novela y 7/10 estrellas a la película.

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Stardust book/movie review in English

¡Gracias por leer!


7 de enero, 2020

Última Navidad

Había soñado con una Navidad como aquella desde que era niño. La nieve cubría profundamente todo su entorno. Los tejados parecían adornados con una capa de nata y azúcar. Los alféizares de las ventanas alojaban la blanca masa que buscaba cualquier rincón donde descansar. Las ventanas habían cristalizado el vapor, creando maravillosos patrones en su superficie.
El alba había llegado con una explosión de colores que, junto con el reflejo en la nieve y un toque íntimo en la base de los cirrocúmulos, bailaban coquetos hasta desaparecer en el infinito del firmamento.
Ahora era media mañana y la tormenta de nieve estaría tocando la puerta en breve. No importaba. Adrián disfrutaba con las tormentas, sobre todo cuando se encontraba en casa, rodeado de libros o de buena compañía. Hoy tenía ambas opciones. En la cocina se escuchaba el alboroto de cucharas y otros utensilios batiendo en cuencos, ollas y sartenes peleando por el papel principal, risas y murmullos de su familia que trabajaba en equipo para preparar una cena navideña memorable y, más que nada, deliciosa. Adrián podía imaginarlos peleándose por quién iba a preparar el postre (el plato que más gustaba cocinar en su hogar).
Hoy estaba recostado en el sofá, su madre le había preparado una cama allí para encontrarse más cerca de la actividad familiar. Había estado jugando a las cartas con sus dos hermanos, pero se había agotado, necesitando descansar. Se había quedado dormido, despertando con el estruendo de un cacharro que caía al suelo. Decidió volver a la lectura para averiguar qué hazañas estaría viviendo Frodo Baggins y su amigo Sam Gamgee. Era su libro favorito, uno que había releído al menos tres veces.
Era consciente de que sería su última Navidad, pero estaba en paz. Se sentía feliz y agradecido por tener la familia que tenía y por tener un día tan inolvidable. Ignoraba lo que le esperaría al otro lado, pero el miedo ya lo había superado y se había resignado a una paz interna que le provocaba felicidad y bienestar. No había sido siempre fácil, durante varios meses tras el pronóstico se había sentido irascible e impotente. Había sentido que la vida era injusta y había jugado el papel de víctima en el que era tan fácil caer en circunstancias como la suya.
Poco a poco, había aprendido a aceptarlo, lo cual le había ocasionado sosiego y, para el asombro de los médicos, varios años más de vida. Sin embargo, él sentía la llegada del fin, lo notaba en sus huesos. Le había visitado el espíritu del pasado durante la noche, algo diferente al que había imaginado leyendo “El Cuento de Navidad” de Dickens, aunque prácticamente con un mensaje parecido. Adrián no era ni mínimamente parecido a Scrooge, sin embargo había aprendido que todo ocurría por alguna razón. No estaba seguro si la visita había sido real o parte de un delirio de su enfermedad. El espíritu le había convidado a viajar con él a un pasado no muy remoto, antes de su enfermedad, para mostrarle un aspecto que posiblemente había olvidado. Como en la historia de Dickens, le había avisado durante el viaje que otros dos espíritus le visitarían en las próximas dos noches. A diferencia de las visitas de Scrooge, que ocurrieron en una sola noche, las suyas tendrían que esperar —si acaso no era todo un sueño, un truco de su mente—.
Fuera como fuese, el primer espíritu le había mostrado un momento de su vida en el que había discutido con su madre sobre algo que, en ese momento, resultaba inmensamente importante. Ahora, recordándolo, se percataba de lo nimio que era el asunto. Al despertar esa mañana, había reflexionado sobre todos aquellos momentos, toda esa energía, gastados en trivialidades.
Esperaría impaciente la llegada de los otros dos espíritus, para descubrir cómo poder aprovechar mejor lo que le restaba en este planeta.

6 de enero, 2020

Magia navideña

Había nevado. El suelo estaba cubierto de un manto espeso y brillante de nieve virgen. Tenían un largo camino por recorrer, pues era Nochebuena y la tarea más dura estaba por venir.
Debían recorrer largos trayectos para completar su trabajo. Los incrédulos, cínicos y todos aquellos con una mente altamente científica, no verían los conos rojos desplazarse a través de los caminos de nieve. No verían cómo se movían rápidamente en la noche frígida, con agilidad y precisión absoluta. Bajo esos conos, las figuras diminutas de los duendes barbudos se concentraban en mantener el ritmo que habían utilizado durante tantos siglos para ver sonreír a los más desamparados, a los más necesitados, a los abandonados y maltratados. Eran los Duendecillos Nativideños, o así los denominaba el folclore. Estos seres permanecían en las sombras el resto del año, pero en la noche antes de la mañana de Navidad, hacían sus rutas.
Visitaban orfanatos, perreras, viviendas para los vagabundos, las calles donde otros pasaban la noche por no haber encontrado asilo en algún lugar con cama, ducha o comida.
La labor de los duendecillos era proveer esperanza, amor y compañía a quienes más lo necesitaban durante la época del año en la que todos recordaban lo que era tener —o, por defecto, carecer de— una familia. Su magia era infinita. Creaban comida; todo tipo de manjares para quienes jamás tenían la oportunidad de disfrutar de dichos lujos.
A los niños en los orfanatos les traían golosinas navideñas y algún juguete simple para su entretenimiento. Les contaban historias durante toda la noche, mientras otros duendes iban a las perreras u otros centros donde animales pasaban la noche sin un hogar propio. Otros tantos recorrían las calles para ejercer su magia y recrear habitaciones con hogueras, camas y comida caliente donde uno de ellos se alojaba durante la noche para contar una bonita historia a vagabundos que durante el resto del año buscaban la manera de sobrevivir.

Los Duendecillos Nativideños eran independientes y habían existido durante siglos y siglos, siempre sirviendo a los más necesitados. El único pago que pedían era una sonrisa a cambio de la esperanza que despertaban en los corazones de aquellos a quienes visitaban año tras año.

6 de enero, 2020