Crecí en una isla anclada en el Atlántico, al oeste de la formidable África. Era una isla tan pequeña que desde cualquier punto de la misma podía olerse la salitre del océano y verse el mar expandirse por doquier. El azul nítido lamiendo las orillas con la espuma de sus olas por un lado y besando el furtivo horizonte por el otro.

Vivir mis aventuras en tal entorno era una fantasía digna de las peripecias de Huckleberry Finn, especialmente aquel verano que jamás olvidaré.

Las clases habían acabado unas semanas antes y mis amigos y yo esperábamos ansiosos el día de nuestra acampada en la playa. Cuando éramos menores siempre nos acompañaban adultos, pero ahora éramos “mayores” y no necesitábamos su supervisión. Con trece años uno es capaz de defenderse contra cualquier peligro que una acampada pudiese atraer.

Mi mejor amigo pasó a buscarme para encontrarnos con los demás en la parada del bus, que nos llevaría a nuestra playa favorita. El alba asomaba su semblante sonriente y cálido según nos encaminábamos a nuestro destino. Al llegar, la mañana nos acogió con brazos tiernos, acariciándonos con manos frescas. Esa brisa matutina siempre me motivaba a levantarme temprano, así como recibir el día con una explosión de colores emanando del horizonte.

La arena bajo nuestros pies no había despertado aún, pues su tacto gélido se hundía profundamente bajo nuestros pies. Era típico en esa época del año, al principio del verano, cuando las mañanas eran aún frescas y por las noches era necesario estar abrigado para no pasar frío.

Habíamos empaquetado todo lo necesario: tiendas de campaña, sacos de dormir, chucherías, comida — bocatas de tortilla y ensalada (lo cual habían metido nuestros padres para asegurarse de que comíamos algo sano). —

Ese primer día pasó a la velocidad de la luz. En lo que llegamos, preparamos las casetas, nos organizamos, paseamos, nos bañamos, jugamos en la playa bajo la vigilancia solemne del sol, y dormimos nuestras siestas—sólo para despertarnos y volver a bañarnos—había transcurrido la mañana y gran parte de la tarde. Nos percatamos que no habíamos comido cuando nuestros estómagos nos avisaron con sus gruñidos que querían sustento. ¡Ah! ¡Comer cuando uno está muerto de hambre! No hay nada mejor. Garantizado.

Con la llegada del sepulcro preparamos una hoguera y nos sentamos alrededor, comiendo “chuches” y contando chistes, historias de miedo, y riéndonos los unos de los otros. Obviamente no faltaron los pedos y eructos de los más groseros. De recordarlo, sonrío. La felicidad e inocencia de ser niño. Cuando todo era más simple y las angustias de ser adulto pertenecían a otra generación.

Yo dormía en una caseta con tres de mis amigos. Tardamos en dormirnos, contando chistes y bromeando. No faltaron los comentarios rudos e insensibles contra algunos de nuestros profesores. No era maldad, simplemente ignorancia infantil.

Me desperté al oír un zambullido. No sabía qué hora era. No tenía reloj y mis amigos dormían. Miré a mi alrededor y decidí que había sido parte de mi sueño. Cuando ya casi me había sucumbido el sueño nuevamente, lo volví a oír. Esta vez estaba segura. Me senté y me froté los ojos. Medio dormida salí hacia fuera. Pensé que tal vez alguno de mis amigos más traviesos había decido ir a por una zambullida en medio de la noche. La luna observaba serena con su rostro redondo, parecía sonriente. El firmamento estaba bañado de estrellas formando constelaciones o brillando por su cuenta. Todo estaba apacible a mi alrededor.

Cuando decidí regresar a mi caseta, volví a oír el movimiento en el mar y vi cómo se formaban ondas no muy lejos de un grupo de rocas, a unos metros de nuestras casetas.

Decidí acercarme más para satisfacer mi curiosidad. En mi mente oía la voz de mi madre susurrándome “la curiosidad mató al gato, Amaya” y yo, molesta, le contestaría “sí, pero Stephen King dice que la satisfacción lo revivió.” Una sonrisa pícara se dibujó en mi semblante ante mi imaginada victoria.

Escalé por las rocas, esperando encontrar un gran pez curioso por el mundo que existía en la superficie, o tratando de conversar con la sabia luna. Fuera como fuese, no apareció nada. Me senté y empezaba a quedarme dormida cuando un sonido me sacó de mi cansancio. Cuando dirigí la mirada al lugar del que provenía el ruido, me tuve que frotar los ojos varias veces. ¡No podía creer lo que veía: ante mí se encontraba una sirena! No la típica sirena de las películas de Disney, ni siquiera sé si es una caracterización justa. Era un ser mágico, de eso no cabe duda. Era la criatura más bella que había visto jamás. Sus escamas, que le cubrían por encima de la cintura y bajando hacia donde deberían estar sus piernas si fuese humana, brillaban y se reflejaban contra la luz de la luna como si fuesen diamantes. También se cubría con escamas su pecho, codos y la parte posterior de las manos y dedos. Su piel brillaba como si fuese plata y sus ojos eran azul-grisáceos, inmensos y expresivos en el rostro más hermoso que pueda existir. No tenía nariz, era más bien como una especia de branquias paralelas, apenas visibles. Sus labios… ¿Cómo los puedo describir? Carnosos, pero formados de una especie de escamas doradas. Era una especie de piedra preciosa viviente. No pareció perturbarse al verme, más bien, me miró profundamente y tanto su mirada como sus labios sonrieron y volvió a sumergirse en la profundidad del mar. Esperé, atrapada en un encanto, sin poder moverme de mi sitio, esperando impaciente que volviera a salir. No lo hizo. Ni las noches siguientes. Jamás olvidaré esa noche. A veces me pregunto si lo soñé, aunque lo que sentí fue real. Un encantamiento y un respeto renovado hacia ese mar infinito.