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Category: Reflexiones

Islas Afortunadas


En algún lugar en el Océano Atlántico, junto a la costa africana (a unos cien kilómetros al oeste de Marruecos y unos mil kilómetros al sur de España), se encuentran ocho hermosas hermanas bañándose en las aguas vigorosas del Atlántico. Allí descansan sosegadamente, sin perturbarse por lo que ocurre en el mundo, disfrutando de su relación simbiótica con el océano que tan tiernamente acaricia sus cuerpos volcánicos y precipitosos. Estas hermosas tierras, cada una con su personalidad distintiva y sus bellas cualidades, se conocen como Las Islas Canarias. 

Tuve la suerte de crecer en la isla situada más al este, Lanzarote: rodeada de un océano donde habitan criaturas increíbles e interesantes, cubierta de playas con una arena cálida, sedosa y suave, capaz de abrazar tu piel al echarte sobre ella con gozo absoluto. Una isla cubierta de lava y volcanes que te recuerda a películas de ciencia ficción pretendiendo ser Marte o mundos desconocidos que nadan libremente en las corrientes del universo (donde, de hecho, películas como “Enemigo Mío” (1985) fue rodada).

Una isla tan pequeña que la podrías recorrer en coche en un día y encontrarte con paisajes tan diferentes y enriquecedores que resultaría increíble creer que te encuentras en el mismo lugar. ¡Sí! Allí es donde crecí yo. No cambiaría ninguna de esas tardes al volver de la playa —mi madre gritándonos a mi hermana y a mí para que saliésemos del agua antes de convertirnos en delfines y así poder regresar a casa— por nada en este mundo. El sol escondiéndose tras el horizonte, mezclándose con el mar, creando una explosión de colores, despidiéndose del cielo con un abrazo que solo los amantes más íntimos entienden, uniendo sus fuerzas y transcendiendo esa orgía de tonos en llamas  a las nubes próximas y cualquier otra superficie que sus brazos dilatados alcanzaban. No podría imaginarme un lugar mejor en el que pasar mi infancia y crecer: mis memorias de esa vida me causan regocijo cuando me visitan.

No fue sino el año en el que estuve en California como estudiantes de intercambio en mi último año del bachillerato que recapacité sobre el nombre de las islas. Conocidas también como Las Islas Afortunadas (retomaré este punto más adelante), nunca consideré demasiado la razón por la que el grupo de islas a las que pertenece Lanzarote se llama Islas Canarias. Algunos chicos en mi clase de cálculo en Estados Unidos se metían conmigo por parecerles un nombre cómico. 

—¿Hay muchos (pájaros) canarios allí?— Me preguntaban, procurando provocarme. 

—Pues… no, la verdad.— Contestaba perpleja. Pero se había despertado en mi una curiosidad intensa de averiguar por qué, de hecho, tal nombre. 

Cuando decidí buscarlo por aquel entonces (hay que tener en cuenta que no existía ni Google ni ningún buscador, así que la enciclopedia era nuestro “buscador análogo”), decía que el nombre provenía del latín canis, que significa perro. Así que las Islas Canarias se convirtieron en mi mente en las Islas de los Perros. Cuando empecé a escribir esta reflexión, indagué un poco más, dando así con diferentes teorías en relación a la procedencia de dicho nombre. 

Se dice que las llamaron Islas de los Perros porque cuando los primeros exploradores llegaron, encontraron allí muchos perros salvajes (lo cual es cuestionable e imposible de probar). Otra teoría afirma que se debe al amplio número de lobos marinos (también conocidas como focas monjes) que se encontraban en el mar alrededor de las islas (inexistentes actualmente en las islas puesto que son una especie en peligro de extinción). Otra hipótesis es que puede provenir de la tribu beréber “Canarii”, puesto que se cree que la población de las Canarias proviene del noroeste de África. En cualquiera de los casos, ninguna de estas teorías se puede comprobar del todo, así que lo dejo en manos de tu imaginación para que adoptes la que más te agrade. A mí, personalmente, me gusta la idea de las focas, puesto que me encantan los animales marinos, y pensar que compartí esas mismas aguas donde me bañé con tanta frecuencia con esas preciosas criaturas me resulta fantásticamente enternecedor. 

Prometí volver al nombre de Islas Afortunadas, algo que se las llama afectuosamente hoy en día y cuyo origen es aún más difícil de comprobar, puesto que dicha teoría está mezclada con la mitología —¡genial, un tema que me fascina!—.

He aquí la historia que se esconde tras el telón de ese nombre. 

En la mitología griega, se creía que existía un grupo de islas donde crecía cualquier cosa sin mucho esfuerzo, algo más allá de las Columnas de Hércules (lo que hoy en día es el Estrecho de Gibraltar).  Dice la leyenda que Hércules se encaminaría hasta el fin del mundo en busca de unas manzanas doradas protegidas por las Hespérides (diosas ninfa de la tarde y del oeste, hijas de Atlas). Hércules triunfó con su tarea, que le llevó al otro lado de las Columnas de Hércules, llegando así al hogar paradisíaco de dichas doncellas. Se cree que ese lugar eran las Islas Canarias. 

Yo siempre creí que se llamaban Islas Afortunadas por el clima templado, siempre tan agradable —ni con demasiado calor, ni demasiado frío— y en un lugar que nunca enojaba demasiado a la madre Naturaleza, aunque en los últimos años han habido más tormentas y fuegos forestales. 

Con este pequeño ensayo he procurado explicar el nombre tan elocuentemente como he podido y con la intención de mantener tu atención y no aburrirte a muerte, querido lector. Empero, a ti que tal vez no conoces muy bien las islas o su situación socio-política, tal vez te preguntes que si se encuentran tan cerca de África deberían pertenecer a dicho continente. No es así. Las Canarias, como tantos otros lugares alrededor del mundo, fueron parte de la expansión del imperio español durante sus años de conquista por la época de los Reyes Católicos. Durante mucho tiempo, España y Portugal se pelearon, como niños con un juguete nuevo, por tomar el control de las islas —su situación geográfica era muy propensa al comercio marítimo—. Durante mis años en el instituto, mi profesora de historia nos contó —bromeando— que, básicamente, durante el Tratado de Alcazobas, echaron una moneda a cara y cruz y a ver a quién le tocaba. Como sabemos, a España le tocó Canarias, mientras que Portugal se hizo con Madeira, Azores y Cabo Verde. Tiene gracia, si te paras a pensarlo. 

Espero que te haya resultado una lectura amena y, tal vez, hayas aprendido algo nuevo que no conocías. Si nunca has visitado, te recomiendo unas vacaciones en esas hermosas islas, llenas de belleza y cultura. Descúbrelas y la magia que esconden en sus rincones. 

Gracias por leer. 


Morfar

Mi abuelo fue la primera persona que falleció a la que me sentía realmente unida. No sería la última, de eso no cabe duda. Si algo es certero en esta vida, es que la muerte nos llega a todos tarde o temprano. Si tenemos suerte y vivimos una vida de la que nos podamos enorgullecer, tarde será el número que nos toque.
Era un hombre mayor, ya pasado los ochenta años, pero lo suyo no fue una muerte natural. Sus células se infectaron, tal cual virus infecta un disco duro y destruye todo su contenido hasta que lo hace inservible. Las células de mi abuelo se transformaron de partes íntegras para el funcionamiento de su cuerpo, en monstruosidades de la naturaleza. Partes de su cuerpo que se corrompieron y empezaron a comerse el resto de sus células saludables. Cáncer, señores y señoras.
Curiosa palabra, cáncer. También es el séptimo símbolo del zodíaco y no olvidemos el trópico de Cáncer. Se dice que fue Hipócrates que empezó a utilizar la palabra —proveniente del griego karkinos— para denominar tumores y otras lesiones dentro de tal categoría. Karkinos, bonita palabra. Cangrejo. ¿Por qué se le hizo responsable al pobre cangrejo de llevar la carga de tal palabra? ¿Qué relación tienen esos simpáticos artrópodos crustáceos que caminan de lado para desplazarse con el deterioro de las células humanas? Curiosa coincidencia, supongo. O tal vez haya allí una historia que escapa mi razonamiento. Sea como fuere, esa fue la causa de la salida de mi abuelo de este plano al siguiente. Realmente no puedo decir que dejara este mundo, ¿quién puede saber con certeza dónde acabamos cuando nuestros ojos se cierran por última vez, nuestro corazón deja de palpitar y nuestros pulmones no inhalan más aire? Tal vez mi abuelo, o su energía, siga viajando en este mundo, en otro plano, en otra dimensión. Tal vez le vuelva a ver de alguna forma cuando me toque adentrarme a ese mundo desconocido.

Dejémonos de morbo, y déjenme que les hable un poco de mi abuelo. No era un hombre perfecto, déjenme aclarar eso desde un principio. Claro que nadie lo es. Lo importante es querer a quienes tenemos cerca con todas sus imperfecciones. Lo que sí puedo decir con toda certeza es que mi abuelo me quería. Mi abuelo fue la figura masculina que más me influenció y que mejor ejemplo fue para mí de niña. Era curioso, inteligente, energético y muy impaciente. ¡Extremadamente impaciente! Y no olvidemos tozudo.
También tenía sus defectos. Mi abuelo padecía de alcoholismo. No sé si eso es un defecto, una debilidad, una enfermedad o una combinación de todo eso. Supongo que es más justo decir que era una enfermedad; dicho sea de paso, una que corría en la sangre de su familia. Pero mi abuelo era un borracho alegre.
—Ven aquí. Dame un beso.— Nos decía a mis hermanas y a mí cuando había bebido no una, no dos, sino media docena de cervezas de más. Nos acercábamos a él, nos sentaba en su regazo y nos llenaba la cara de besos mojados.
—Mooooooooooorfar!!! (abuelo en sueco, sin tantas “o”, solo una)— Nos quejábamos. Con la parte posterior de la mano nos secábamos toda la saliva que había dejado plasmada en nuestras mejillas.
Mi abuelo dejó de beber. Cuando realmente importó, mi abuelo eligió a su familia antes que a la bebida.

Todos los años, por su cumpleaños, venían decenas de personas a la casa de campo de mis abuelos para celebrarle un año más. Le encantaba ser el centro de atención, o al menos era la impresión que me daba. Un grupo de sus amigos de un club de vikingos llegaban en un barco vikingo que se lo llevaban para recorrer las aguas del Báltico en el precioso barco (porque realmente era una estructura maravillosa). No recuerdo bien cuánto tiempo pasaba en esas aventuras, lo que recuerdo es que eran esos momentos que le daban un poco más de visibilidad a mi abuela. Mi abuelo era una persona que cautivaba la atención de quienes le rodeaban, lo cual creaba que mi abuela desapareciera un poco. Pero mi abuela le quería, me lo dijo no hace mucho tiempo. Hace unos años, mientras visitaba a mi familia en Suecia, me quedé con mi abuela (ahora ya tiene casi noventa y siete años) y hablamos de tópicos trascendentales que nunca antes habíamos tocado. Hablamos de mi abuelo y de lo mucho que había significado para ella. Compartieron una vida juntos de más de cincuenta años. No sé exactamente cuántos, pero más de los que yo he estado en este mundo. La historia de ellos es suya y no quiero contar algo de lo que no sé mucho, con lo que sí puedo contribuir es con la noción de que había amor, cariño y amistad.

Cuando me mudé a Canadá, mi abuelo siempre hacía el esfuerzo de escribir, de mantener contacto. Incluso se había comprado un ordenador para aprender a utilizarlo y comunicarnos mediante correos electrónicos. Siempre mostró interés por mi vida y por mis aventuras. Era una de las razones por las que le quería. Otra razón que no puedo dejar pasar, es que mi abuelo y yo jugábamos ferozmente al ping-pong. Era muy bueno y me desafiaba jugar con él. Eran momentos agradables. Mis memorias de mi infancia en Suecia son felices y las mantengo con cariño. Mi abuelo fue en gran parte responsable de ello.
Me siento afortunada por haber tenido un abuelo al que quise tanto y me quizo a mí. Un abuelo que a sus sesenta y pico años viajó de Suecia a Lanzarote en bicicleta y apareció como quien vive en el pueblo de al lado. A mi madre casi le da un infarto cuando lo vio.

Era una persona excepcional y soy mejor persona por haberle conocido. En los años desde que nos dejó también he tenido ocasión de conocer mejor a mi abuela.

Tal vez no todo lo aquí escrito sea verdad del todo, pero es mi percepción de mi abuelo y mi experiencia con él, y hacía mucho tiempo que quería compartir algo sobre él —una mota nimia de quien fue—.

Con cariño, le dedico esto a mi abuelo (1919-2001).


10 de octubre, 2019

Las cenizas

Así que a esto se reduce tu existencia. O tal vez sean nuestros recuerdos que acaban de esta manera, en una bolsa que pesa unos cuantos gramos. Hace dos semanas te tenía en mi regazo, ronroneando tranquilamente. Acariciaba tu cabecita y, es cierto, estabas más delgado, más débil y tus días parecían cada vez más pesados. Empero te veía vital y con ánimos. 
Hasta que de pronto tu cuerpo ya no pudo más… y me dejaste. Ahora, lo único que me queda de ti es una cajita con una bolsita que posee tus restos. El polvo de lo que fuiste. Eso, y el vacío que dejó tu ausencia. Tu lugar favorito en el sofá o en el suelo junto a la puerta del balcón no son sino lugares del apartamento.

Te extraño, amigo mío, aunque mantengo con cariño el lazo que nos unió durante todos esos años. Todas nuestras experiencias juntos y todo lo que viviste conmigo: mi primer marido, mis subsecuentes parejas, todas las mudanzas que tanto te estresaban, incluyendo de una provincia a otra, las visitas al veterinario, el susto que me diste cuando unos años antes casi mueres. Eras una criatura resistente… hasta que dejaste de serlo. 

Gracias por haberme elegido para cuidarte. Te quise, te quiero, te querré.


14 de octubre, 2019

Goodbye, my friend.

Death. The silent partner of life. That which only comes out to play when all your cards have been dealt and you have no more moves left, not even a trick up your sleeve. That’s death. Always sneaking up on everyone, neither out of spite nor maliciously. That’s just who she is; and she has a very hard time being accepted or feeling welcome. We fear her so much that we try all sorts of maneuvers to avoid her; because we know that once you go out to play with her, you never come back. You don’t return to explain what kind of friend she is, or the type of games you played together. You don’t come back to tell us if there were others to play with; whether the game room was dark or a paradise of beautiful sites. And because we don’t know, we don’t want you to go with her. It scares us; and it saddens us not knowing if we’ll ever see you again. When it comes to death, all we know is that she will always come to play with each and everyone of us at some point. That’s the moment when life decides we’ve played long enough with her and proceeds to introduce us to her partner.

When death came to play with you, my friend, I wasn’t even aware life had made that introduction. I stumbled onto that knowledge as a drunk stumbles into the night after one too many drinks.
I thought you were still happily playing with life and enjoying many of her wonderful gifts.
What a slap in the face!
What a sudden notion!

That’s death for you. She takes your hand and drags you away to have you all to herself; even if you haven’t said all your goodbyes, even when you haven’t had a chance to talk to some friends in years.
She just doesn’t care. She has a schedule to follow and many souls to play with.

The suddenness of it all; of finding out you had changed playmates… it made my heart shrink and ache. It made my mind drown in the memories I kept of you.

As I write this, I hope that your new surroundings include a massive movie screen with your favorite movies. I hope your new playground allows you to share your anecdotes, great stories and jokes.
I hope that when we meet again, you can keep your promise to go watch a good movie for once.

Rest in Peace, my friend. Thank you for the memories and for your friendship. You’ll always have a place in my heart!


Adiós, amigo mío.

La muerte. La socia silenciosa de la vida. Aquélla que sólo sale a jugar cuando ya no te quedan más partidas, ni tan siquiera un truco de ases en la manga. Ésa es la muerte. Siempre acercándose a cada cual furtivamente, sin rencor ni maldad. Simplemente es como es; y le cuesta ser aceptada o sentirse bienvenida. La tememos tanto que intentamos todo tipo de maniobras para evitarla; porque sabemos que una vez que sales a jugar con ella, nunca regresarás. No vuelves para explicar qué tipo de amiga es, o qué juegos jugaron juntos. No vuelves para informarnos si habían otros con los que jugaste; si la habitación de juego era oscura o un paraíso de paisajes maravillosos. Y, al no saber, no queremos que te vayas con ella. Nos asusta; y nos entristece no saber si volveremos a verte. Cuando se trata de la muerte, lo único que sabemos con certeza es que siempre vendrá a jugar con todos y cada uno de nosotros en algún momento: cuando la vida decide que hemos jugado suficiente tiempo con ella y pasa a presentarnos a su socia.

Cuando la muerte vino a jugar contigo, amigo mío, ni siquiera era consciente de que la vida ya te la había presentado. Tropecé con ese conocimiento cual borracho tropieza en la noche tras una bebida de más.
Pensé que seguías jugando con la vida y disfrutando de todos sus maravillosos gestos.
¡Menudo bofetón!
¡Menuda noción repentina!

Esa es la muerte. Te coje de la mano y te lleva consigo para tenerte para sí misma; aún si no te has despedido de todos, aún si ni siquiera has tenido la oportunidad de hablar con algunos amigos en años.
A ella eso le es indiferente. Tiene un horario que seguir y muchas almas con las que jugar.

La brusquedad del asunto; de enterarme que cambiaste de amiga de juego… mi corazón se encoge y se acongoja. Mi mente se preña de las memorias que mantengo contigo.

Según escribo esto, espero que tus nuevos alrededores consten de una gigantesca pantalla de cine donde puedas ver tus películas favoritas. Espero que tu nueva zona de juego te permita compartir tus anécdotas, tus historias fantásticas y tus bromas.
Espero que cuando nos veamos de nuevo, puedas mantener tu promesa de ver una buena película por una vez.

Descansa en paz, amigo mío. Gracias por las memorias y por tu amistad. ¡Siempre tendrás un lugar en mi corazón!


8 de septiembre, 2019

Hermanas

A mis hermanas

Cuando me senté a leerme mis antiguos escritos (poemas, reflexiones, cuentos y demás), se me hizo obvio que una gran mayoría iba dedicada a diferentes sujetos que, en algún momento u otro, significaron algo para mí y ocuparon un lugar en mi corazón. Para mi pesar, descubrí que no había dirigido ninguno de estos escritos a las más significantes constantes en mi vida, mis tres preciosísimas y fabulosas hermanas.

Al fin y al cabo, me he percatado de que amores van  y vienen, amistades (no las más profundas, pero la gran mayoría) no duran para siempre e ídolos pierden prioridad con los años. Sin embargo, el lazo que se comparte con una hermana es indescriptible y, aún así, aquí estoy, intentando describir lo imposible.

Cuando era aún una niña, y mi hermana mayor, Gabi, empezó un noviazgo, le pregunté si le quería a él más que a mí. Entonces, para mí el amor sólo tenía un significado, pues desconocía aquél de aspecto romántico. Gabi me contestó con dulzura, -Es diferente, Nati. A ti te quiero mucho de una manera, y a él también, pero en otro sentido-. Al no entenderlo, me sentí herida, pues pensé “¿Cómo puede ser? ¡Nosotras somos hermanas!”. Pero uno crece y, para bien o para mal, va comprendiendo diferentes realidades de la vida. Las variables siempre serán variables, pero sin las constantes, esas variables pierden un poco de brillo.

Y aquí me encuentro, sentada frente al ordenador, con miles de ideas de cómo empezar a organizar y desarrollar estos pensamientos que necesitan ser expresados.

Gabi

Gabi es una de esas personas con un instinto maternal innato. Es una de sus cualidades más destacadas. Está presente cuando la veo con sus hijos y estaba presente en mi niñez cuando nos cuidaba a Caro y a mí en la ausencia de nuestros padres. Gabi es una persona tan bondadosa que siempre ha puesto a los demás antes de sí misma. Es generosa y le abre el corazón a todo aquel que se lo merezca. Es vulnerable y fuerte al mismo tiempo. Y, más que nada, Gabi es alguien con quien se puede hablar de cualquier preocupación con el conocimiento de que no te juzgará por tus decisiones o actos.

Cuando tuve el placer de compartir piso con ella a los 16-17 años, se convirtió en una de mis mejores amigas. Y para mí ese paso significó mucho porque, al existir 8 años de diferencia entre nosotras, nunca sentí (antes de esa fase en que me iba convirtiendo en una mujer) que éramos más que hermanas. Pero llegó el momento en que ese lazo se formó y nada lo destrozaría, aún con la distancia que nos separa y el gran océano que nos divide actualmente.

Anteriormente comenté que Gabi era una persona fuerte. Y lo es. Ha vivido muchas adversidades en su vida y, aún así, nunca ha sentido lástima por sí misma. Siempre ha seguido adelante aún cuando parecía que la vida le daba la espalda. Sí, es una persona digna de respeto y  cualquiera que tenga el privilegio de conocerla, sabrá que mis palabras no le hacen justicia a ese alma que emana tanto amor y cariño.

Gabi ha sido y es un pilar en el que me he apoyado y sé que siempre podré apoyarme. Es mi agua cuando tengo sed, mi calor cuando tengo frío, mi frescor cuando tengo calor y la mano que me ayuda a salir de los hoyos más profundos en los que caiga.

Te quiero, Gabi, y espero darte tanto a ti como tú me has dado a mí.

Caro

Caro es una de esas personas que no se dejan ver por lo que tienen que ofrecer hasta que hayan establecido una confianza con alguien. Es dura y frágil al mismo tiempo. Es difícil encontrarle ese lado dulce, pues lo esconde tras una máscara impenetrable.

Sin embargo, nosotras, sus hermanas, la conocemos y entendemos su carácter. Es increíblemente generosa con lo que tiene y siempre comparte con quienes quiere. Le gusta ayudar y regalar y ver la alegría reflejada en los ojos de aquellos a quienes tiene el placer de asistir.

A veces creo que tiene un corazón tan grande que es imposible que le pueda caber en el pecho.  Su sonrisa es tan sincera y bonita, que ilumina cualquier lugar al que va.

Caro y yo compartimos mucho durante nuestra infancia. Descubrimos y jugamos juntas. Éramos las mejores de las amigas, aunque no faltaran las peleas y los piques entre nosotras. Nos queríamos y odiábamos simultáneamente, pero siempre estábamos allí la una para la otra.

En la escuela, Caro era mi protectora. Si algún niño (o niña) se metía conmigo, ella venía al rescate. A pesar de llevarme poco más de dos años, siempre fue físicamente más fuerte y directa que yo. Nadie pisoteaba a mi hermana. Es una de las características que más he envidado de ella, sabe defenderse y no aceptar el abuso de nadie. Si algo le parece injusto, lo dice. La respeto inmensamente por ello.

Caro es generalmente justa, y sus hermanas somos su más preciado tesoro. No hay nada que no haría por nosotras si a su alcance está ayudarnos.

Caro, te quiero inmensamente y espero ser tanto para ti como tú lo has sido para mí.

Yure

Yure llegó a mi vida bastante tarde. Reconozco que en un principio no me hizo la menor gracia perder mi estatus de hermana menor y “peque” de la familia, pero en cuanto la vi, me enamoré de ella.

Recuerdo el primer momento que me abrazó. Tenía dos años y fue en la casa de campo de mis abuelos en Suecia. Yo estaba sentada en el suelo, jugando con ella. Se me acercó, caminando como cualquier infante a esa edad, torpe e impaciente. Llevaba una gran sonrisa en el semblante, con sus mejillas rechonchas, su pelo rubio y lleno de rizos. Se me acercó y abrazó mi cabeza como si fuera lo más importante en su vida. En ese momento sentí que el corazón me dio un vuelco, pues sentí algo que jamás había sentido jamás. Un amor infinito e incapaz de reconocer fronteras.

Yure me salvó de mí misma. Al dejar de ser la más pequeña de la familia, me convertí en una persona y aprendí a madurar. La cuidé gran parte de su infancia. Cuando mis padres se separaron, me convertí en una figura paterna. La llevaba a la guardería (y más adelante a la escuela), la iba a recoger, le daba de comer, la acostaba. En cierto sentido, tuve la experiencia de ser como una especie de madre sin serlo.

Uno de los hechos más dolorosos de mi vida, es el no haber estado junto a Yure cuando crecía y se convertía de niña en adolescente y de adolescente en mujer. Aún así, estamos muy unidas. Hablamos con frecuencia y compartimos muchos secretos y experiencias, aún con la distancia.

Yure es una mujer joven muy sabia. A veces me sorprende cómo reacciona a momentos e instancias de su vida o los consejos que me da sobre la mía. Es increíblemente madura en algunos sentidos y, a pesar de la edad que nos separa, me resulta fácil hablar con ella.

Yure, te quiero y espero significar para ti tanto como tú para mí.

Conclusión

Dicen que uno no elige a su famila. Bueno, claramente, es así. Tenemos el fortunio de elegir a nuestros amigos, parejas e incluso compañeros de piso, pero la familia es algo con lo que nacemos. O, tal vez, sea más propiamente dicho que son un grupo de personas a las que llegamos al mundo. Puede que ya estén allí cuando nacemos (como hermanos mayores, tíos, padres, abuelos…) o puede que lleguen más tarde (hermanos, primos, sobrinos…). En cualquier caso, no tenemos dicho en quiénes nos tocan.

Yo he tenido la suerte de nacer en una familia donde mis hermanas son fantásticas. Cada una con una personalidad brillante y algo distinto que ofrecer. Cada una con un corazón de oro y un hombro disponible si necesito llorar. Hermanas que, no sólo son hermanas, son mejores amigas. Les puedo contar cualquier cosa y sé que no me juzgarán. Es posible que en ocasiones no estén de acuerdo con mis decisiones o actos, así como yo con los de ellas, pero no nos juzgamos. Escuchamos, entendemos y, si es necesario, aconsejamos.

La mayor dificultad en mi vida es la lejanía que me separa de mis hermanas. Pese a ello, siempre las siento cerca y ubicadas muy profundamente en mi corazón, con memorias, momentos y conversaciones compartidas.

No hay nada más preciado que tener tres pilares en los que apoyarme cuando me flaquean las rodillas y pienso que ya no puedo seguir adelante y, asimismo, convertirme en ese pilar para darle fuerzas a ellas.

Gabi, Caro y Yure, gracias por ser mis hermanas y estar allí para mí en lo bueno, lo malo y lo peor. Gracias por ser mis amigas y quererme como yo a ustedes. Gracias por hacerme en parte la persona que soy y recordarme siempre de lo que valgo y lo mucho que tengo que ofrecer.

Con todo mi amor y cariño, esto es para ustedes.

Racismo

Esto lo escribí a los 16 años. Aunque he crecido un poco desde entonces y tenido más experiencias en la vida y he conocido más gente y culturas, la idea principal de la reflexión sigue allí y quise compartirla con los lectores de este humilde blog.

Racismo: Ésa es una palabra que cuando la oigo en cualquier lugar me vienen a la mente términos como prejuicio, ignorancia, enemistad, injusticia… y otros que no sería necesario mencionar.
Yo creo que cada uno tiene su idea escrita sobre lo que es el racismo, todos tendrán su opinión poco subjetiva de lo que esta indigna palabra significa. En realidad, ¿qué es el racismo? ¿Es sólo objeto de nuestra imaginación? ¿Es un hecho? ¿O es algo que alguien inventó?
Yo creo, ahora que lo pienso, que esta palabra ha sido creada para justificar el comportamiento de superioridad de algunos sobre otros.
Porque, si no, ¿cómo se puede juzgar a un ser humano por su color de piel? ¿Cómo es que hay gente que al ver a alguna persona de distinto color de piel que la suya propia caminando por una acera, se pasan a la otra? ¿Cómo se puede justificar que una persona tenga miedo a otra por ser de otro color, si no diciendo que es racista? Es increíble pensar en esto, es increíble pensar que hay un grupo formado por tres K que matan a aquella gente que no tiene su mismo color de piel y, más allá, a aquellos que defienden que el color no impide que todos los seres humanos sean… seres humanos.
Siguiendo la teoría de los “racistas”: “son personas de diferente color, hay que acabar con ellos”… ¿no habría entonces que acabar con todos? ¿no habría entonces que matarse unos a otros? Al fin y al cabo, estoy segura de que no hay dos personas que posean el mismo color en el tono de su piel, ni siquiera habrá dos personas iguales… ¿o sí? ¿No es eso lo que caracteriza al mundo? ¿La diversidad? ¿La diferencia? En este mundo, en este mundo tan hermoso, lo más bonito de él es que todo es diferente, es lo más bello que La Naturaleza ha otorgado. Es lo más hermoso que la Madre Tierra posee. ¿Es que acaso hay dos paisajes iguales? ¿Es que si a un grupo de personas no les gusta el verdor se dedican a acabar con él?
¿Hasta cuándo va a durar esto? Quizás quede mucho por aprender, de eso estoy segura. Hay que aprender que la belleza está en el interior, que no todo lo blanco es puro y eso es una metáfora. En realidad, no se puede juzgar a un ser humano por tener su piel oscura, blanca o morena; por tener rasgos africanos, anglosajones o indios… No se puede pretender que todos seamos iguales. No se debe querer hacer “un solo”, no se debe hacer al ser humano al gusto de unos cuantos que no respetan la intimidad de un orgulloso por su color de piel. En realidad, los blancos nunca han (hemos) sido quiénes para juzgar a nadie. Somos la raza más reciente e ignorante. La sabiduría la poseen aquellos que han vivido y pertenecido a este planeta durante milenios sin corromperlo, ensuciarlo o maltratarlo.
No digo que todos los blancos seamos malos. No.
Hay en este mundo toda clase de personas: buenas, malas, inocentes, ingenuas, odiosas, malévolas… y eso ya no depende de nada más que de su propio corazón. El guía de la vida, el que nos lleva por el buen camino y nos conduce a nuestro destino y el corazón no tiene color, como no lo tiene la bondad, la generosidad, el amor, la ternura, la verdadera belleza…
Lo realmente increíble del racismo es que surgió de la nada, es que aquel que padece esta “enfermedad”, “aprende” a odiar a todo aquel ser humano que tenga la piel no de su color, que tenga una raza diferente a la suya.
El racismo ha sido una palabra que, además de entrar en el diccionario, entra en el corazón de algunos seres humanos (?) cerrando no sólo sus ojos para cegarlos, sino también sus corazones que siguen el dicho “ojos que no ven, corazón que no siente”.
Es realmente penoso descubrir que hay vidas que nacen para ser inculcadas al racismo. Les enseñan a odiar (…)
(…) En realidad hay que mirarlo bien. ¿Es que acaso un niño de dos años juzga a alguien porque es diferente a sí mismo? Este niño es inocente, es libre porque nadie le ha enseñado algo que quizás ni siquiera piense. Nadie le ha enseñado a juzgar por las apariencias, nadie le ha enseñado a no mirar el interior antes de juzgar. Un niño de esta edad no juzga, vive sin molestar, por eso hay que prestar más atención a los niños, no hay que enseñarles, ellos han de aprender de la vida y de sus diferentes calles. Ellos han de buscar el camino que les guía su corazón, han de aprender de los conocimientos que ellos mismos tienen. Al fin y al cabo, no todos los genios fueron estudiantes modelo.
Pero me desvío un poco del tema, aunque no del todo… ¿quién sabe realmente por qué es racista si es que lo es?

Mayo, 1994

3/11 No más

Escribí esta opinión para la revista de marzo de 2004 de la HSA (Hispanic Student Association) en la universidad donde estudiaba en Montreal. Han pasado siete años desde entonces, y muchas cosas han cambiado en España, aunque, de vuelta al PP, siento que se me encoge el corazón al ver una sociead perder la esperanza y depositarla ciegamente en un gobierno que les ha jodido tanto. Veremos qué ocurre en los próximo siete años.

 

Parecía una mañana como otra cualquiera, excepto que estaba despierta antes de las siete. El sol nacía en el horizonte, con su dulce aurora y sus cálidos brazos acariciando las paredes del salón.

En ese momento desconocía que lo que para mí resultaba una nueva bienvenida a la vida, para otras personas había resultado ser la despedida. Ignorar lo que en pocos instantes conocería me mantenía alegre y positiva, sin temor a la vida y con miles de razones para amarla. Empezaba un nuevo día y, precisamente, una nueva línea se dibujaba en mi futuro. Necesitaba conectarme a Internet para averiguar el horario del transporte público, cuando mi mejor amigo me mandó un mensaje e interrumpió el regocijo de mi mañana:

-Doscientas personas han muerto esta mañana- me dijo – en un atentado terrorista perpetrado en unos trenes de Madrid durante la hora punta. Maldita ETA – prosiguió – esta vez se han pasado.-

Incapaz de salir de mi asombro, desconcierto y horror, navegué por el inmenso mundo de Internet para averiguar más. Efectivamente, en El País digital informaban al mundo de los atentados terroristas que tuvieron lugar en Madrid el 11 de marzo de 2004.

Leía en un estado de ansiedad y dolor. “¿Cuándo va a acabar todo esto?” Pensé. Aquella mañana me fui a mi nuevo empleo meditando en todas esas vidas que habían llegado a un fin tan repentivo, violento e inesperado; esas vidas inocentes, perdidas por alguna razón ajena a ellas mismas.

Estaba enfadada, inútilmente frustrada y furiosa con la sociedad y la violencia (paradójicamente). Sentía cómo un odio instantáneo nacía en mi corazón, acrecentándose con cada minuto que pasaba y cada víctima que e imaginaba yaciendo en el suelo.

Llegué a casa aquella noche deseando saber más; no por el morbo que situaciones como esas crean en la mente de cada uno de nosotros, sino porque mi país había sido atacado en el corazón. Un corazón que, pese a mi alineación del mismo, palpitaba en concordancia con el mío.

Las fotos publicadas en los periódicos digitales me perturbaban y molestaban. Quería verlas e, igualmente, ignorarlas. Una tras otra revolvían mi estómago… Entre foto y foto leía las descripciones de algunos de los paramédicos que se encontraban en el lugar de las explosiones, contando el desoladory sobrecogedor sentimiento que les inundaba cuando el móvil de alguno de los fallecidos sonaba. Se me empeñaban los ojos, pensando en esos pobres amigos/familiares intentando localizar a sus seres queridos en vano. Una y otra vez la misma pregunta asomaba mi mente: ¡¿POR QUÉ?! ¿Qué necesidad había de tal atrocidad? Y me sentí culpable e hipócrita… ¿Por qué no lloraba por las víctimas de Irak o de Afganistán? ¿Por las víctimas de la globalización en el mundo entero? ¿De la explotación? ¿Víctimas de cualquier tipo de dictadura y represión? Se me hizo un nudo en la garganta, mi corazón se estremeció y todo mi ser quería explotar en un grito tan sonoro que me oyeran en el mundo entero. Porque un hecho que me afectaba tanto me golpeó en la espalda, y un antiguo fantasma del pasado me susurró al oído, recordándome lo frágil que es nuestro mundo, nuestra sociedad establecida… Y se apoderó de mi alma el pánico y me inundó un temor repentino. “¡No quiero más violencia! ¡No quiero más guerras!” Pensé. “Que acabe todo y vivamos en harmonía.” Si tan sólo fuera así de simple…

Todos mis amigos canarios mostraban indignación con la situación y los hechos acontecidos. El gobierno manipulaba los medios de comunicación (en un país supuestamente democrático) para mantener al pueblo bajo la impresión de que los atentados habían sido obra de ETA, cuando representantes de Al Q’aeda ya habían reconocido ser los responsables.

España entró en una guerra que no le incumbía – y dicho sea de paso, una guerra injusta; pues es bien sabido que la violencia sólo engendra violencia.- Una guerra contra la que sus ciudadanos se manifestaron (tal vez incluso alguno de los estudiantes o trabajadores entre las múltiples víctimas había sido uno de los manifestantes). Una guerra que Aznar apoyó con su ideología fascista, ignorando la voluntad de aquellos que le habían votado. ¡Maldito despotismo disfrazado de democracia!

El próximo año será el 30º aniversario de la muerte de Franco, y parece que España retrocede dos pasos por cada uno que avanza. Los socialistas tuvieron la ocasión de demostrarle al pueblo cansado que Franco dejó atrás que existía la justicia, pero la corrupción les pudo -obviamente, mi mejor amigo me ha recordado que no todo lo que crearon acabó en corrupción; también arreglaron bastante el país, aunque esos detalles se olvidan siempre. Uno tiende a recordar lo negativo y olvidar lo positivo.- Cuando tras trece años (no se cumplieron los catorce que le correspondían) Felipe González, o más bien, el PSOE, perdió las elecciones contra el entonces joven Aznar, una nueva historia se escribía. ¡Y qué mal trató José María Aznar al país que depositó sus esperanzas en él!: el Prestige, el AVE, su “amistad” incondicional con Mr. George Jr., su ideología fascista (apoyó a la fundación francisco franco -mayúsculas omitidas conscientemente-) y un largo etcétera.

Pese a todos esos problemas, tuvieron que morir cerca de doscientas personas (aunque la cifra oficial, según El Instituto Anatómico Forense y la policía científica (bitacoras.com) es de 190 fallecidos) un triste día de invierno, para que los españoles abrieran los ojos y votaran por un nuevo gobierno. ¿Será Zapatero mejor presidente que Aznar? Dicen que “vale más malo conocido que bueno por conocer”, aunque en este caso, peor que Aznar no creo que lo haya (excluyendo a Mr. George Jr. y su perrito faldero Blair; ¡¡¡¡¡¡¡ambos nominados al premio Nobel de la paz!!!!!!!) Como dijeron los españoles el 14 de marzo durante las elecciones generales: “mentirosos, vuestra guerra, nuestros muertos”. Efectivamente son nuestros muertos. Ellos y los miles que mueren a diario en cualquier parte porque, amigos, vivimos en un planeta llamado Tierra, y todos somos ciudadanos del mismo.

 

Marzo 2004

La curiosidad del inmigrante

inmigrar.
(Del lat. immigrāre).
1. intr. Dicho del natural de un país: Llegar a otro para establecerse en él, especialmente con idea de formar nuevas colonias o domiciliarse en las ya formadas.
2. intr. Dicho de un animal: Instalarse en un territorio distinto del suyo originario.

exilio.
(Del lat. exilĭum).
1. m. Separación de una persona de la tierra en que vive.
2. m. Expatriación, generalmente por motivos políticos.
3. m. Efecto de estar exiliada una persona.
4. m. Lugar en que vive el exiliado.
Observando la definición que tan elocuentemente nos ofrece la RAE, inmigrar no parece sino un hecho mecánico que forma parte de la evolución del ser humano. Comparándolo con el exilio vemos cómo uno es voluntario mientras que el otro es ajeno a uno mismo (situaciones políticas, sociales, religiosas)
La inmigración – y por defecto el exilio – han llegado a formar parte natural de nuestras vidas diarias. Permanecer en el mismo lugar ya no es considerado interesante. Me explico. Obviamente, la persona que sale de su país por razones ajenas a sí mismo o, en otras palabras, que se ve forzado a dejar su patria por desacuerdos con su gobierno, grupos religiosos que con su fanatismo aniquilan todo aquello que se mueve o, simplemente, la pobreza es tan dueña de su vida que busca una salida en otro lugar, no tiene otra opción sino escapar, exiliarse. Ya no es por ser interesante o aventurero, sino que busca la supervivencia y un mejor nivel de vida (generalmente acaba en un lugar explotado por un gobierno capitalista que le arranca todas las ganas de vivir con las garras de la avaricia).
Siendo yo misma inmigrante y no exiliada, no deseo entrar en un tema que no he experimentado, por lo que me integraré en la inmigración y lo que para mí ha signifi cado dejar mi país para llegar a otro… tal vez un alma miserable se identifi que con la mía. Llegué hace poco más de seis años. Dejé un país que económicamente se ha desarrollado a la velocidad de la luz desde la muerte de su dictador, Franco. Y no sólo vengo de un lugar que no tiene problemas políticos (obvios) , sino que, además vivía en una isla cuyo clima se mantenía a una temperatura moderada durante todo el año.
¿Por qué Canadá? Me preguntan con rostros atónitos y fuera de sí los canadienses. Supongo que la mejor excusa que tengo es la universidad… claro que siempre está la curiosidad. ¿Qué se encuentra al otro lado del charco? Me preguntaba con frecuencia en mi niñez. Y la curiosidad se encendía con los años. Dice el dicho en inglés: “Curiosity killed the cat” a lo que un personaje en una novela de Stephen King replica: “and satisfaction brought him back”. Y no puedo sino sonreír cuando pienso en esa segunda parte. En efecto, la curiosidad me trajo a este país… pero la añoranza es más fuerte que la satisfacción. Nunca fui nacionalista, hasta que dejé mi país. Creo que, en general, uno nunca llega a adaptarse por completo a un nuevo ambiente aún cuando se es extrovertido y abierto a otras culturas. Siempre se piensa atrás y se anhela lo que un día se tomó por sentado; ya sea la familia, o los amigos, o las playas, o el sol radiante, o las horas extras de luz en el invierno… Y uno intenta formar parte de la nueva sociedad a la que ha llegado, pero cuando esa melancolía se presenta aún cuando no ha sido invitada, uno comienza a rodearse de gente de su cultura o que le recuerdan a la misma. Uno se siente más aceptado e identifi cado con “su misma gente” y empieza a alienarse de la sociedad que le rodea, lo cual causa una segregación cultural y étnica.
Lo difícil no es inmigrar, ni adaptarse, es mantener el papel que se ha deseado jugar en la vida, en este caso, el de ciudadano en una cultura ajena a la de uno mismo.

Noviembre 2004