—¡Venga, vamos!—
—Es que… ahora no sé.—
—No seas gallina. Siempre decías que esto era una fantasía tuya, y ahora que lo estamos haciendo, ¿te vas a echar atrás?—
—Bueno… es que por algo es una fantasía. Una vez hecho ya no resulta tan interesante, ¿no?—
—No me vengas con esas. Ahora, sé una buena niña y cierra los ojos.—
Resignada, Gabriela cerró los ojos. Procuró poner a prueba sus poderes de visualización para señalar un sitio que realmente le intrigara. Uno de esos paraísos recónditos a los que siempre había soñado ir. Carola agarró a su hermana por los hombros, le dio dos vueltas y dijo:
—Ahora. Señala.—
Asustada, emocionada y con la mente preñada de anticipación, señaló con firmeza un punto en la pared donde se encontraba el mapa del mundo que años antes las hermanas habían colgado en la pared del salón. Oyó a Carola exclamar levemente, pero no conseguía deducir si con emoción o desilusión. Tenía los ojos cerrados tan fuertemente que casi sentía dolor de mantenerlos así. Con mucha cautela decidió abrirlos, despacio y con algo de temor. Su hermana se había dirigido hacia el mapa para colocar una chincheta en la zona donde poco antes había apuntado el dedo de Gabriela.
Era primavera, habían decidido llevar a cabo su aventura en esa época del año porque, cayera donde fuera el dedo del azar (literal y figurativamente), era la mejor época para viajar. Cualquier punto geográfico con que se encaprichara la serendipia sería moderado en términos de clima.
Con sus mochilas de viaje esperaban emocionadas en cola para facturar sus equipajes. Tenían sus billetes, pasaportes y la excitación de un nuevo viaje a un lugar por descubrir. Todo era automático, así que cuando les llegó su turno, colocaron sus maletas —se habían cerciorado en casa de que pesaran menos del límite de veintitrés kilos cada una— y se encaminaron a la puerta de embarque.
—¡Qué emoción, oye!— Dijo Carola con el tono un par de decibelios por encima de lo normal.
—¡Lo sé!— Contestó igualmente animada su hermana.
Sentadas en el avión, miraron por la ventana. El cielo oscuro se escondía tras nubes primaverales, cargadas de agua y vida nueva. El aeropuerto, una estructura estéril y creada mayormente de vidrio y metal, observaba impasible el ir y venir de los aviones en cada una de sus terminales. Todos esos brazos que abrían camino a nuevas experiencias y aventuras.
—Señores y señoras, bienvenidos a bordo. Mi nombre es Felipe Fernández y es un placer ser el capitán de este vuelo para llevarlos con toda seguridad a su destino, Qatar. El vuelo aproximado será de unas 6 horas y media. Llegaremos a su destino sobre las cinco y media de la mañana. Por favor, presten atención a continuación a las instrucciones de seguridad. Gracias por viajar con nosotros y les deseo un viaje ameno.—
Las hermanas se miraron y se sonrieron con complicidad, manteniendo un secreto que sólo ellas conocían.
—¿Cuánto tiempo tenemos que esperar en Qatar antes de embarcar otra vez?— Preguntó Gabriela.
—A ver… déjame que mire… —Sacó el billete de su cartera de viaje para comprobar el horario —… pues unas cuatro horas.
—Tampoco es tanto… así no tenemos que estresarnos para encontrar a donde ir en el aeropuerto de Hamad.—
—¿Qué es lo primero que quieres hacer cuando lleguemos a nuestro destino final?— Se interesó Carola.
—¿No lo sabes? ¡Desde luego! Y dices conocerme, ¿no?— Sacó la lengua a su hermana, cual si tuviera diez años y le guiñó un ojo. —Encontrar la mayor cantidad de árboles Sakura posible.—
—Jajajaj… sabía que dirías eso. Sin duda. Eso haremos, aunque no sé si en Tokio encontraremos muchos. Aunque tiempo no nos faltará para hacerlo.—
Las hermanas se estrecharon la mano, se miraron con cariño y cada una cogió un libro para leer durante el viaje, mientras el avión despegaba.