“No llores” Me había dicho. Me había mirado con tristeza y preocupación. Intenté contener las lágrimas, impacientes por deslizarse por mis mejillas. Cuanto más procuraba reprimirlas, más apretaba el nudo en la garganta. No podía respirar, y rompí en un sollozo que se transformó en un llanto incesante.
Mi mundo se derrumbaba. Unos meses antes había perdido mi trabajo. La semana pasada —cuando ésas habían sido las últimas palabras que me dijo antes de dejarme, sin otra explicación mas que había dejado de amarme— perdí mi corazón.
Estaba extraviada y derrotada. Pensaba mucho en mi vida en las últimas semanas. No estaba segura de si quería continuar con la carrera que pasé tantos años estudiando.
Esa noche, acostada en el sofá, mirando a través de las ventanas de la terraza de mi apartamento, veía una ciudad dormida, envuelta en un firmamento oscuro y con sus edificios adornados de luces constantes.
La almohada donde descansaba mi rostro estaba húmeda de llorar. Desenfocado —pues mi atención estaba concentrada en la ciudad— se encontraba un pequeño envase, tirado, con unas píldoras blancas esparcidas por la mesa. Algunas de ellas estaban en mi mano.
Me sentía sofocada por un vacío que no dejaba de tragarme. No me dejaba escapar, y cuando conseguía subir a la superficie y sentir la brisa de la vida en mi faz, me volvía a tirar hacia abajo con sus dedos extensos y viscosos.
Centré mi atención en las píldoras. En la etiqueta del frasco se podía leer el nombre Zolpidem. Había conseguido una receta del médico poco después de perder mi trabajo al padecer de insomnio. Mi situación no había mejorado tras algunas entrevistas sin salida. Observé las pastillas blancas en mi mano… las lágrimas seguían cayendo. No conseguía detenerlas. Estaban furiosas y se precipitaban por escapar.
Extendí el brazo en el sofá, posando la cabeza sobre el mismo. Insegura de mi decisión; aunque sentía que era la única salida. Sin trabajo, no conseguiría mantener mi apartamento. No tendría dónde ir. Me sentía sola y abandonada. Estaba segura de que nadie me extrañaría lo suficiente.
En esos pensamientos andaba cavilando cuando sentí el peso del sueño abrumarme y tomarme presa. Se me cerraban los ojos poco a poco, y los párpados desempeñaron apresuradamente su labor, permitiendo la entrada al subconsciente.
Cuando recuperé la conciencia, el cielo había despertado. Una explosión de colores pastel había vestido el firmamento con diferentes tonos. Una orgía de rosados, violetas, azules y un pellizco de amarillo y naranja pintaban el horizonte. El amanecer había aparecido en el momento que más lo necesitaba —para recordarme que un nuevo día había nacido y, con él, el ánimo para seguir adelante.