—Bromeas, ¿verdad? Me estás tomando el pelo. ¡Venga ya!—

—Joder, ¡que no, tía! ¿Por qué iba a inventarme algo así?—

—Vamos a ver… pues para vacilarme un rato… ¿no será hoy el día de los inocentes, verdad?— Hizo un gesto como si estuviera reflexionando, colocando el pulgar y el índice en la barbilla, intentando seguirle la corriente a lo que, sin duda era, una broma estúpida. —¿Has estado leyendo H.G. Wells otra vez? ¿O tal vez te has vuelto a ver la serie esa alemana que tanto te gusta del viaje en el tiempo? Que, por cierto, ¿cómo se llamaba?— Frunció el entrecejo forzando una memoria que no parecía presentarse.

—No, mira, eso da igual. Lo que te digo es serio. Sabía que no me ibas a creer, pero estoy preparado a llevarte para que lo veas por ti misma. ¿Qué tienes que perder? Si me lo estoy inventando… uhmm… limpio tu habitación por un mes… — Contestó, temeroso de que su hermana le ignorara y le dejara sin poder compartir su secreto. ¿Acaso era un secreto? Sin duda alguien más debía haberlo descubierto… claro que el lugar, bueno, no era de lo más conspicuo, a ser sinceros. 

—Un año.— Dijo Amara sonriente, segura de que, si su hermano era tan ingenuo como para aceptar, se libraría de sus tareas hogareñas por todo ese tiempo. Ya estaba imaginando la de cosas que podría hacer con el tiempo libre que ganaría con dicha apuesta.

—Está bien. Vamos.— Respondió seguro de sí mismo. 

Amara se quedó un poco paralizada por la convicción con la que actuaba su hermano, y un tanto preocupada de su estado mental. 

—Tú sabrás. ¿Dónde dijiste que era? ¿En la cueva en la que buceamos aquella vez…?— Su memoria le fallaba de nuevo, pues no lograba recordar exactamente la fecha. 

—Sí, venga, ¡vamos!— Contestó impaciente Ismael. 

Al llegar, el mar bailaba con una calma hipnotizante, los rayos del sol acariciando con ternura su superficie, como si estuviera meciendo sosegadamente sus tenues olas. Su nitidez exponía el fondo que intentaba ocultarse del mundo, arena suave y rocas preparadas a atacar. Se podía, incluso, divisar la abertura de la cueva. Los hermanos estaban preparados, cada cual con sus aletas, gafas y tubo de buceo, listos a pegarse el chaparrón e investigar las alegaciones que Ismael parecía creer firmemente. 

Cuan peces acostumbrados al ritmo del océano, nadaron hacia la cueva. Ismael cogió a su hermana con su mano derecha, y con la izquierda hizo un gesto hacia un lado para indicarle el lugar al que se dirigían. Ella se dejó guiar, hasta que alcanzaron un espacio donde las rocas brillaban con una intensidad sobrenatural, como si estuvieran cubiertas de oro, o un polvo de diamantes. ¿Cómo no había visto antes tal fenómeno? Observó con intriga cómo su hermano apretaba una roca que parecía hecha de cuarzo rosado. De repente, se sintió impulsada hacia las rocas y un miedo invadió su ser. Iba a morir estampada contra esa pared geológica en el fondo del mar. Sin embargo, Ismael seguía sujetando con fuerza su mano, y de pronto notó tierra firme bajo sus pies y aire a su alrededor. Miró a su hermano a través de sus gafas, asombrada e incapaz de creer lo que veía. Ismael se quitó rápidamente los accesorios de buceo, abrió su mochila y sacó de ella una bolsa donde había puesto ropa y zapatos. Le tendió otra bolsa a su hermana. 

—Cámbiate antes de que nos vea nadie— Le dijo, un tono urgente visible en su voz. 

Su hermana le obedeció automáticamente, su cerebro seguía sin poder procesar que se encontraba, en bañador, aún con la piel húmeda del agua que la había rodeado no más de diez minutos antes, en un callejón en lo que parecía una ciudad —¿pero cuál?— estadounidense. 

—Lo sé… parece un sueño, o una pesadilla, dependiendo de tu perspectiva.— Su hermano la observaba con delicadeza, satisfecho de que obedecía sus órdenes y vestía algo que ni siquiera le pertenecía. 

—¿De dónde has sacado estas prendas?—Preguntó embobada, entendiendo por primera vez por qué su hermano había llevado consigo una mochila.

—Ahora te enseño.—Guardó lo que llevaban puesto al entrar en el agua en la bolsa de plástico y metió lo que pudo en la mochila. Lo escondió todo detrás de unos ladrillos sueltos en una pared detrás de unos contenedores de basura. 

—¿Dónde… ? ¿Cómo…?— Empezó a balbucear la joven.

—Jajajaja… espera a que veas el cuándo.— La interrumpió Ismael. Un destello de satisfacción y, más aún de emoción, bailaba en su mirada.

Cogidos de la mano, salieron del callejón como quien sólo ha entrado a indagar por algún ruido que le llamara la atención. Nadie mostró interés alguno por ellos. Amara no podía evitar sino mirar por doquier, encontrando edificios y vehículos que le recordaban a películas de ciencia ficción que había devorado toda su vida. 

—Pero… Es que… no entiendo… ¿cuándo?—

—Creo que la cueva en el mar esconde un portal que nos traslada en el tiempo y el espacio. Estamos en Chicago, de todos los sitios, en 2312.—Esperó la reacción de su hermana con una sonrisa que abordaba una victoria infalible. 

—Pero… yo… y… vamos… ¿siempre vuelves aquí?— Preguntó, algo temerosa e insegura. 

—Sólo he venido dos veces. La última vez me quedé medio día. Pero deberíamos volver pronto. Mamá y papá nos habían dicho de cenar fuera hoy, y no deberíamos tardar. Puedes volver cuando quieras. Parece bastante seguro. Tal vez podamos volver en otra ocasión y quedarnos unos días. Tendremos que planearlo.— Y cogiendo a su hermana de la mano nuevamente, la arrastró unos pasos hasta que ésta volvió algo en sí, asintió con la cabeza, aún algo anonadada, y regresaron al punto de partida, dispuestos a descubrir en el futuro próximo lo que escondía el futuro lejano. 


27 de noviembre, 2022