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Entre dos mundos

Semana tras semana, e incluso meses, Gabriela se embarcó en la búsqueda de su primer apartamento. Cada noche, se retiraba con una sonrisa en el rostro, convencida de que finalmente había descubierto el lugar ideal: con vistas al mar, espacio para sus mascotas y para sí misma, y, sobre todo, un refugio donde podía ser verdaderamente ella misma.

Había ocurrido un día en el que realmente no tenía planeada ninguna visita para explorar un piso más, pero su agente inmobiliario la había llamado con un listado de última hora que sabía le interesaría. 

—Es fenomenal. Sé que te vas a quedar con la boca abierta. Está un poco por encima de tu presupuesto, pero creo que vale la pena… Lo acaban de publicar, y no quiero que te lo pierdas.—

Bueno, había pensado ella. No tenía otros planes y había terminado todo el trabajo que tenía pendiente. Con optimismo y gratitud, se encaminó a su cita inesperada con el agente. 

La primera noche en su piso nuevo —sin decorar y sin tan siquiera tenía una cama hecha y derecha, sino un simple colchón que su madre le había proporcionado— había abierto la puerta del balcón para sentir la brisa recorrer su nuevo espacio y escuchar el canto de las olas según acariciaban con delicadeza la orilla. La luna vigilaba atenta como un centinela que debe llevar la guardia, redonda y brillante como una moneda de plata. 

Fue durante esa primera noche que escuchó un susurro extraño que la atemorizó ligeramente. Películas de terror recorrían con furor su mente para encender su imaginación que recorría caminos posibles e imposibles. 

“Cálmate,” pensó, “seguramente es uno de los bichos haciendo de las suyas.” Pero al mirar a su alrededor, descubrió que todos dormían en su cercanía. No, no eran ellos. 

“El viento, tal vez…” Se dijo, esta vez menos segura de sus palabras. 

—¿Cómo te llamas?— Oyó, como si alguien le hablase del otro lado de la pared. Se sentó en la cama, de repente sin sueño alguno. Primero creyó haberlo imaginado. O tal vez… ¿algún vecino? Pero era imposible. Su agente le había asegurado que las paredes eran gruesas y, aparte, ese lado daba a la calle. 

Pensó en gritar, pero recapacitó y decidió que gritar nunca le había ayudado a ninguna heroína en esas películas de miedo que tanto disfrutaba viendo. 

—¿Quién eres?— Preguntó, la voz le temblaba más de lo que hubiese querido. Decidió que posiblemente estaría soñando, así que le seguiría el juego a esa voz misteriosa.

—¿Me oyes? ¿De verdad me oyes?— La voz parecía alegre y, de cierta manera, inofensiva. Parecía pertenecerle a alguien sosegado.

Gabriela entabló una conversación que se extendió hasta el alba con su desconocido de la pared, que parecía llamarse Isma. Hablaron hasta que los rayos del sol bañaban la superficie del salón, donde había dejado las persianas abiertas. Había sido la mejor noche que había pasado con alguien del sexo opuesto sin estar con él.

Fue la primera noche de muchas, aunque no siempre tan largas. Isma le explicó que, de alguna manera, se había quedado atrapado en ese apartamento, que le había pertenecido a su hermano. Una noche, durante una cena entre amigos en dicho apartamento, un fuego accidental había cobrado su vida. Por suerte, los demás habían escapado. Su hermano, deshecho, había decidido vender el lugar tras renovarlo completamente. Gabi había llorado durante el relato, lágrimas silenciosas que recorrían sus mejillas y humedecían su almohada. 

—Lo siento.— Había dicho con palabras prácticamente inaudibles y que Isma había capturado, así como el sonido que sus lágrimas hacían al caer en la almohada. Gabi sintió cómo una mano invisible le secaba las lágrimas y acariciaba su rostro con ternura. —¿Cómo… ? ¡Te he sentido!— Exclamó sorprendida. 

La manó se apartó precipitadamente, con temor. 

—Lo siento… no era mi intención… no pensé que… No quise incomodarte… Perdona.—

—No lo has hecho… de lo contrario. Simplemente no pensé que fuera posible. Lo cierto es que… bueno… me ha agradado. Por favor, vuelve a hacerlo…— Y sintió su mano nuevamente, dulcemente trazando su mandíbula, sus mejillas, sus labios… donde pausó… ella sintió el aliento de su compañero invisible, y por un segundo percibió una luz ligera, y una leve electricidad recorrió su cuerpo cuando sus labios se unieron en un beso etéreo que les unió en un amor infinito. 

Gabriela descubrió, sin asombro, que estaba enamorada del espíritu que albergaba su apartamento. 


Una puerta inesperada

—Bromeas, ¿verdad? Me estás tomando el pelo. ¡Venga ya!—

—Joder, ¡que no, tía! ¿Por qué iba a inventarme algo así?—

—Vamos a ver… pues para vacilarme un rato… ¿no será hoy el día de los inocentes, verdad?— Hizo un gesto como si estuviera reflexionando, colocando el pulgar y el índice en la barbilla, intentando seguirle la corriente a lo que, sin duda era, una broma estúpida. —¿Has estado leyendo H.G. Wells otra vez? ¿O tal vez te has vuelto a ver la serie esa alemana que tanto te gusta del viaje en el tiempo? Que, por cierto, ¿cómo se llamaba?— Frunció el entrecejo forzando una memoria que no parecía presentarse.

—No, mira, eso da igual. Lo que te digo es serio. Sabía que no me ibas a creer, pero estoy preparado a llevarte para que lo veas por ti misma. ¿Qué tienes que perder? Si me lo estoy inventando… uhmm… limpio tu habitación por un mes… — Contestó, temeroso de que su hermana le ignorara y le dejara sin poder compartir su secreto. ¿Acaso era un secreto? Sin duda alguien más debía haberlo descubierto… claro que el lugar, bueno, no era de lo más conspicuo, a ser sinceros. 

—Un año.— Dijo Amara sonriente, segura de que, si su hermano era tan ingenuo como para aceptar, se libraría de sus tareas hogareñas por todo ese tiempo. Ya estaba imaginando la de cosas que podría hacer con el tiempo libre que ganaría con dicha apuesta.

—Está bien. Vamos.— Respondió seguro de sí mismo. 

Amara se quedó un poco paralizada por la convicción con la que actuaba su hermano, y un tanto preocupada de su estado mental. 

—Tú sabrás. ¿Dónde dijiste que era? ¿En la cueva en la que buceamos aquella vez…?— Su memoria le fallaba de nuevo, pues no lograba recordar exactamente la fecha. 

—Sí, venga, ¡vamos!— Contestó impaciente Ismael. 

Al llegar, el mar bailaba con una calma hipnotizante, los rayos del sol acariciando con ternura su superficie, como si estuviera meciendo sosegadamente sus tenues olas. Su nitidez exponía el fondo que intentaba ocultarse del mundo, arena suave y rocas preparadas a atacar. Se podía, incluso, divisar la abertura de la cueva. Los hermanos estaban preparados, cada cual con sus aletas, gafas y tubo de buceo, listos a pegarse el chaparrón e investigar las alegaciones que Ismael parecía creer firmemente. 

Cuan peces acostumbrados al ritmo del océano, nadaron hacia la cueva. Ismael cogió a su hermana con su mano derecha, y con la izquierda hizo un gesto hacia un lado para indicarle el lugar al que se dirigían. Ella se dejó guiar, hasta que alcanzaron un espacio donde las rocas brillaban con una intensidad sobrenatural, como si estuvieran cubiertas de oro, o un polvo de diamantes. ¿Cómo no había visto antes tal fenómeno? Observó con intriga cómo su hermano apretaba una roca que parecía hecha de cuarzo rosado. De repente, se sintió impulsada hacia las rocas y un miedo invadió su ser. Iba a morir estampada contra esa pared geológica en el fondo del mar. Sin embargo, Ismael seguía sujetando con fuerza su mano, y de pronto notó tierra firme bajo sus pies y aire a su alrededor. Miró a su hermano a través de sus gafas, asombrada e incapaz de creer lo que veía. Ismael se quitó rápidamente los accesorios de buceo, abrió su mochila y sacó de ella una bolsa donde había puesto ropa y zapatos. Le tendió otra bolsa a su hermana. 

—Cámbiate antes de que nos vea nadie— Le dijo, un tono urgente visible en su voz. 

Su hermana le obedeció automáticamente, su cerebro seguía sin poder procesar que se encontraba, en bañador, aún con la piel húmeda del agua que la había rodeado no más de diez minutos antes, en un callejón en lo que parecía una ciudad —¿pero cuál?— estadounidense. 

—Lo sé… parece un sueño, o una pesadilla, dependiendo de tu perspectiva.— Su hermano la observaba con delicadeza, satisfecho de que obedecía sus órdenes y vestía algo que ni siquiera le pertenecía. 

—¿De dónde has sacado estas prendas?—Preguntó embobada, entendiendo por primera vez por qué su hermano había llevado consigo una mochila.

—Ahora te enseño.—Guardó lo que llevaban puesto al entrar en el agua en la bolsa de plástico y metió lo que pudo en la mochila. Lo escondió todo detrás de unos ladrillos sueltos en una pared detrás de unos contenedores de basura. 

—¿Dónde… ? ¿Cómo…?— Empezó a balbucear la joven.

—Jajajaja… espera a que veas el cuándo.— La interrumpió Ismael. Un destello de satisfacción y, más aún de emoción, bailaba en su mirada.

Cogidos de la mano, salieron del callejón como quien sólo ha entrado a indagar por algún ruido que le llamara la atención. Nadie mostró interés alguno por ellos. Amara no podía evitar sino mirar por doquier, encontrando edificios y vehículos que le recordaban a películas de ciencia ficción que había devorado toda su vida. 

—Pero… Es que… no entiendo… ¿cuándo?—

—Creo que la cueva en el mar esconde un portal que nos traslada en el tiempo y el espacio. Estamos en Chicago, de todos los sitios, en 2312.—Esperó la reacción de su hermana con una sonrisa que abordaba una victoria infalible. 

—Pero… yo… y… vamos… ¿siempre vuelves aquí?— Preguntó, algo temerosa e insegura. 

—Sólo he venido dos veces. La última vez me quedé medio día. Pero deberíamos volver pronto. Mamá y papá nos habían dicho de cenar fuera hoy, y no deberíamos tardar. Puedes volver cuando quieras. Parece bastante seguro. Tal vez podamos volver en otra ocasión y quedarnos unos días. Tendremos que planearlo.— Y cogiendo a su hermana de la mano nuevamente, la arrastró unos pasos hasta que ésta volvió algo en sí, asintió con la cabeza, aún algo anonadada, y regresaron al punto de partida, dispuestos a descubrir en el futuro próximo lo que escondía el futuro lejano. 


27 de noviembre, 2022 

El pozo del tiempo

No conseguía dormir. En la calle había algún tipo de vituperio que iba aumentado con cada minuto que pasaba. A lo lejos ya se podían distinguir las sirenas de los automóviles policíacos. La ventana del dormitorio se encontraba en el tercer piso y de cara a la avenida. Normalmente me gustaba quedarme en un piso mucho más elevado cuando visitaba Nueva York, pero mucho había cambiado después del 2022… Y muchas de las opciones que antes tomábamos por sentadas ni siquiera existían.
Miré la hora. Eran las 3:34 de la madrugada. Me dolía la cabeza y debía despertar en menos de cuatro horas.
Decidí levantarme. Tal vez pudiese trabajar un poco. Tenía una entrega en unos días y aún no había comenzado a escribir.
Sabía que procurar dormir a estas alturas sería inane, así que me levanté, vestí y salí subrepticiamente a la calle en busca de un café.

Era una noche de verano cálida y húmeda. Siempre me gustaron las noches veraniegas de Nueva York.
Los policías ya habían aparecido para calmar la situación que me había sacado de mi ligero sueño.
A pesar de tanto escándalo, no parecía sino un baladí. Aún así me dirigí en dirección opuesta. El alba no tardaría en presentarse, así que paseé sosegada y meditativa.

Encontré una pequeña cafetería en una esquina con ambiente europeo. Todas las cadenas de cafeterías habían caído como moscas unos años atrás, empezando con Starbucks. Personalmente, siempre había preferido lugares más acogedores y originales.
Había cogido mi portátil para escribir fuera de la habitación. Necesitaba un entorno nuevo y diferente, tal vez así las ideas fluirían mejor por mi cerebro bloqueado.
Había pasado un callejón donde dos hombres —posiblemente vagabundos— se apaleaban con violencia.

Los eventos de la noche seguían vigentes en mi mente mientras mi mirada se perdía en el infinito de una página en blanco, alimentando la frustración que ya me consumía.
Cada palabra que aparecía en el folio digital resultaba forzada, produciéndome una hiel inmensurable.

Sentada, intentando no estresarme porque las palabras seguían sin aparecer, recordé la cita de Picasso: “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando.” Pues bien, inspiración, aquí me tienes… esperando que tus delicados dedos vengan a masajear mi subconsciente para poder producir frases coherentes.
Tenía que luchar el impulso de echarle un vistazo a mi correo electrónico o averiguar lo que ocurría por Instagram.
Un fuerte estallido me sacó de mi humor taciturno.

“Es la segunda explosión este mes.” Comentó uno de los trabajadores del café, más para sí mismo que para su compañero.
“Deben de ser esos putos nihilistas de nuevo.” Era un hombre de unos sesenta años, con pelo gris, casi blanco y cejas frondosas que le daban un aspecto peculiar a su rostro.

Me debatía si volver a mi habitación o permanecer donde me encontraba, al fin y al cabo, a mi amiga la inspiración parecía importarle poco dónde me había decidido a escribir. Su ausencia me mortificaba.
A través de las amplias ventanas del local se podía observar que el firmamento empezaba a cambiar su vestimenta de un traje oscuro a uno degradado con varios tonos de azul de opaco a más claro.
Había determinado encaminarme al Parque Central antes de que amaneciera. Según me levantaba, el señor con las cejas gruesas salió impetuoso de la cafetería, dejando que la puerta se cerrara estrepitosamente tras él.

Según me movía por las calles de esa jungla de metal y cristal urbana, me fascinaba observar cómo las manos del sol empezaban a acariciar los puntos más elevados de los edificios, destellando su luz a través de los rascacielos como por arte de magia. El reflejo de la luz en el horizonte de cada calle y avenida hacía imposible divisar el lento despertar de un tráfico que en breve plagaría cada rincón de la ciudad.
Era una mañana formidable a pesar de todo. Me resultaba imposible no sentirme bien con esa luz y con la expectativa de pasar gran parte del día en el parque.
En un rincón se encontraba un hombre, vestido con traje de negocios, peinado a la moda, y zapatos que brillaban tanto que uno podía verse reflejado en ellos, gritando a todo pulmón profanidades como si su vida dependiese de ello — tal y como estaban las cosas, tal vez lo hacía.

No se asemejaba a un réprobo, aunque vivíamos en una época en la que nada era lo que parecía. Era como vivir en un universo paralelo.
Según me acercaba al parque, la luz del día había madrugado y el alba traía consigo toda una gama de colores pasteles que iban explotando a través de edificios y árboles en colores más vibrantes y energéticos.
Me sentía más relajada y entusiasmada con la idea de pasear por el parque. Por lo menos algunas partes de la ciudad no habían cambiado. No podía decirse lo mismo de “Lower Manhattan”.

El Parque Central siempre me había resultado un lugar mágico y encantador. Un sitio en el que cualquiera podía encontrar un rincón que proclamar como favorito. Un parque lleno de vida, de cultura y de carisma y, si tenías suerte, hasta podías observar halcones. Sí, Olmstead había conseguido algo increíble al diseñar semejante lugar en el corazón de una de las metrópolis más latentes del mundo.
Me tranquilizaba saber que se había escapado del damnable destino que otras partes de la ciudad no habían sido tan afortunadas de prevenir.

Sentada en un banco del parque junto al lago, cerré los ojos para poder captar mejor lo que me rodeaba. El aire matutino, el canto de los pájaros, el sonido ligeramente lejano del tráfico, el baile de las hojas de los árboles cuando la brisa les susurraba una dulce canción. Aún era bastante temprano y no había casi nadie en el parque.
A lo lejos distinguí una madre exclamando imperiosamente a un niño que parecía estar ocupado con travesuras.
Aún no siendo persona de madrugar, me encantaba la magia de las mañanas.
Allí sentada, disfrutando el momento, prácticamente meditando, perdí esa sensación jodidamente perentoria de escribir. Por primera vez en varias semanas me sentía calmada, tranquila y sosegada.
Respiré hondo y sonreí.

Seguía con los ojos cerrados, aunque era imposible saberlo pues llevaba las gafas de sol puestas.
“¿Irene?” Preguntó una voz familiar. “¿Eres tú?” Esa voz familiar continuaba cuestionando. Me resultaba difícil darle un rostro a mi interlocutor, aunque sabía que me era conocido. Tal vez porque no pertenecía al entorno, tal vez porque no le había escuchado en mucho tiempo. Simplemente no pertenecía a una pauta dada de mis viajes a Nueva York.
Abrí los ojos y, a través de las gafas de sol, cuál no sería mi sorpresa al descubrir al dueño de dicha voz.
“Vaya, vaya. Pero si no es otro que Marcus. Dichosos los ojos que te ven. Han pasado… ¿qué, quince años?”
“Casi dieciseis, para ser exactos.” Respondió éste, su sonrisa tan brillante y bonita como todos esos años atrás. Una de esas sonrisas que iluminan tanto el rostro de quien la viste, como su entorno.
Me levanté apresuradamente (tal vez con demasiado ahínco) para encontrarme con él a medio camino.
Tras un fuerte abrazo entre pasados amantes, Marcus me tomó por los hombros y me alejó de sí a un brazo de distancia para observarme más detenidamente.
“Apenas has cambiado. Tan guapa como siempre.”
“La adulación te abrirá muchas puertas.” Sonreí guiñándole un ojo. Era algo que solíamos decirnos cuando habíamos estado juntos.
“¿Sabes? Leí varios de tus artículos y tus libros. Bravo. Realmente plausibles.” Esa sonrisa otra vez, el contraste entre su piel oscura y esas líneas de perlas ordenadas.
“¿Qué te trae por Nueva York? Eras la última persona que esperaba encontrarme por aquí. Quise cambiar de tema para evitar hablar de mi carrera y el bloqueo creativo que llevaba persiguiéndome meses.
“Jajajajaja… Veo que algunas cosas no cambian nunca.” Respondió éste leyéndome como si yo fuese un libro abierto.
“Bueno, vale, me has pillado. Pero eso es para otro momento. Lo cierto es que estoy realmente interesada en saber por qué te encuentras aquí. Espero que no tenga nada que ver con tu madre.”
“En parte, pero no como crees. Ya sabes cómo es, no ha dejado de trabajar con todo lo que ha pasado, a pesar de que se acerca a los ochenta años. Pero fuerte como un búfalo, es mi madre.” Noté orgullo en su voz. “No es por nada que descendemos de una rama de mezcla de afro-americanos y cheroquis.” Marcus siempre había estado orgulloso de sus raíces, y muy curioso siempre por saber más de ellas.
“Hay un grupo de disidentes que están causando problemas a la organización donde mi madre trabaja actualmente. Cuando me lo comentó, decidí venir e investigar y ver si había algo que pudiera hacer para ayudar.”
“Ya veo yo que algunas cosas no cambian nunca.” Sonreí.
“¿Tienes planes?”
“Lo cierto es que… No. Realmente no.” Sabía que no podría escribir y necesitaba desconectar de mi mente. “¿Qué tienes pensado?”
“Iba a la biblioteca para investigar un poco el asunto de mi madre. Pero no corre prisa, y encontrarte a ti aquí ha sido fortuito. Prefiero pasear contigo y ponernos al día.”
“Sí, creo que me vendría bien. Lo que tenía planeado era, al fin y al cabo, una contingencia que posiblemente me hubiera frustrado más.”
Me miró inquisitivo. Conociéndome bien sabía que yo misma compartiría lo que me sintiera preparada a divulgar.
“Vamos a desayunar algo y luego podemos seguir paseando. Conozco un lugar no muy lejos de aquí.” Miró su reloj, eran cerca de las ocho.

Tras el desayuno decidimos volver al Parque Central y pasear en ese día veraniego tan cálido y agradable.
“Ven, te quiero enseñar un rincón que descubrí no hace mucho.” Marcus me cogió de la mano y, de pronto, sentí como si estuviésemos viviendo en el pasado. No pensé y me dejé llevar.
Después de unos treinta minutos de caminar encontramos un espacio lleno de flores silvestres, un pequeño lago y, juntos a éste, un pozo que parecía desplazado de la era Medieval.
“Juraría que este lugar no aparece en ningún mapa del parque. Mira que me he paseado por este lugar y jamás había visto esto. Y esas flores… No son ni nativas de Norteamérica.
“Lo sé. Es impresionante.” Respondió Marcus maravillado. “Y cada vez que vengo hay flores diferentes.”
Lo miré incrédula. “¿Así que es aquí donde traes a tus ligues cuando vienes a Nueva York?”
“Pues claro, ¿qué, pensabas que eras especial?” Me guiñó el ojo siguiéndome el juego.
Me acerqué al pozo y me senté en el borde de la boca. Era una estructura con un brocal de piedras antiguas como jamás había visto antes.
Me balanceé en la boca del pozo. Me puse en pie y caminé por la misma, reclinándome para ver si lograba ver algo, pero solo conseguía divisar un infinito de oscuridad.
“Cuidado, no te vayas a ca…” Y como si una mano invisible tirara de mí, caí en ese infinito de oscuridad que imaginé sería mi fin.
“¡¡Ireneeeeee!!” Escuché de lejos a Marcus según descendía a mi muerte.
Me vino a la mente el perfecto personaje pérfido y el comienzo del contorno de una historia.
‘Ahora.’ Pensé resignada. ‘Irónico.’
Cerré los ojos y me dejé llevar por lo que no podía controlar.
Cuando los volví a abrir, me encontraba nuevamente en el campo de flores silvestres. El pozo a mi lado, el cielo azul… No entendía lo que había ocurrido.
“Mierda, mierda. ¡Ireneeeeee!” No sé dónde estaba Marcus, pero le oía como a través de una pared.
“¿Marcus? ¿Dónde estás?” Miré a mi alrededor. Me sentía desorientada.
‘¿Qué estulticia es está? Debo estar medio muerta al fondo del pozo imaginando todo esto.’ Sin embargo, algo en mi interior me susurraba que le siguiese llamando con más fuerza.
“¡¿Marcus?!”
“¿Irene? ¿Dónde estás? ¿Estás bien?”
“Sí, eso creo. Sí es que no estoy soñando…”
“Voy a por ayuda. ¿Tienes algo roto?”
“No, mira… Escucha… Estoy aquí… En el campo de flores… No entiendo… Pero tú no estás… Pero el resto es igual… Ojalá pudiera explicarlo mejor, pero no lo comprendo ni yo.”
“Irene, creo que te has dado en la cabeza, lo que dices no tiene sentido.” Aunque procuraba disimularlo, su tono acarreaba un vestigio de condescendencia. No le culpaba, yo misma me preguntaba si acaso no estaba delirando o si sufría una contusión cerebral.
Mi intuición me decía que había algo importante en juego y que lo que me estaba ocurriendo era extraordinario. También sentí que era algo que no podía (o quería) hacer sola.
“¡Marcus! ¡Salta dentro del pozo!” Grité sin pensar.
“¿Qué dices? ¿Cómo saldríamos de allí si no nos encuentra nadie?”
“Escucha. No lo puedo explicar, pero confía en mí. No creo que haya sido coincidencia que nos hayamos encontrado hoy en el parque. Por favor, Marcus, es acuciante que lo hagas ahora.”
“Debo estar loco.” Fue su única respuesta. En un instante estaba junto al pozo.
“¿Qué…?”
“Lo sé, tampoco lo entiendo.” Ayudé a Marcus a levantarse. Miró a su alrededor, intentando colocarse en el entorno.
“Pero si… Es que…”
“Lo sé.” Sabía lo que pensaba porque los mismos pensamientos habían cruzado mi mente.
“¿Qué hacemos?”
“Salgamos de aquí, a ver qué encontramos. Seguimos en el Parque Central, así que supongo que seguiremos en Nueva York.”
“Pero, ¿en qué Nueva York?” Había pensado lo mismo pero no me había atrevido a comunicarlo en voz alta. Nos miramos con una mezcla de nervios y temor. No podía sino pensar en las novelas de ciencia ficción que había leído a lo largo de mi vida.
“Cuando no conseguía dormirme esta mañana, mi día prometía ser prosaico, pero con cada hora se aleja cada vez más de serlo. Me alegra haber salido de mi habitación cuando lo hice.” Le dí un empujón cariñoso con mis hombros.
Según salíamos del parque, Marcus puso su brazo alrededor de mis hombros.
“¿Estás bien?” Me miró, y vi esos ojos verdes castaños que tanto me habían enamorado años atrás, observándome atentamente. “Recuerdo cuando te bloqueabas creativamente, permanecías despierta durante el continicio hasta el amanecer. Comentaste antes que no habías podido dormir…” Su mirada compasiva me invitaba a compartir mis incertidumbres.
“Yo… Veamos a dónde nos lleva esta aventura. Ya te contaré todo cuando hayamos resuelto este misterio.” Vestí una sonrisa cálida sin necesidad de pretensión.

No tardamos mucho en descubrir la aventura en la que habíamos aterrizado. De alguna manera, habíamos viajado al pasado. No un viaje tan ominoso e inquietante como el del Viajero del Tiempo de H.G. Wells, pero mentiría si dijese que no tenía los nervios a flor de piel. Era una noción tan desequilibrada que las garras de mi conocimiento escoriaban con intensidad mi cordura.
“1984…” Dijo de pronto Marcus aun cuando no le había preguntado.
“Eso sería irónico, pero mejor buscamos un periódico para cerciorarnos.”
Marcus no pudo evitar rebuscar en sus bolsillos una dádiva para un vagabundo que dormía arropado en la calle. Encontró una chocolatina y unos cuantos dólares que dejó junto al cuerpo del otro, procurando no molestarlo.

15 de julio, 1984. Esa era la fecha exacta en el periódico.
“¡¿Cómo…?!” Miré a Marcus con una mezcla de admiración y sorpresa.
“Era indefectible. Bueno….más o menos. Pasamos junto al Marriott Marquis que estaba bajo construcción, casi acabado entonces. Adiviné y acerté.”
“Listillo. Bueno, y ¿ahora qué? ¿Sabes lo que significa esto?”
Allí estábamos, aproximadamente cuarenta años en el pasado, capaces de cambiar el futuro y, seamos sinceros, existen en la historia hechos que a muchos nos gustaría poder modificar.
Nos encontrábamos en una situación imposible de dilucidar. No entendíamos la mecánica, ni la teoría… Lo que estábamos viviendo ese día carecía de sentido.
“¿Qué sabes de la teoría de la relatividad?”
“No mucho. Ya sabes que la ciencia ficción nunca fue el género que se me daba bien escribir, así que nunca leí nada de Einstein. “¿Tú?”
“Leí un poco durante mis años universitarios, me interesaba el tema. Aún así, esto no cabe dentro de mi entendimiento y el lado izquierdo de mi cerebro lo rechaza violentamente. Todavía estoy esperando a despertar de este sueño tan extraño. Oye, ¿estás bien? Te noto estaferma.”
Me había parado en la acera. No estaba segura de nada. No podía permitir que el pánico me hiciera presa. Cerré los ojos. Respiré hondo un par de veces. Volví a abrir los ojos. “Sí, ahora estoy bien.”
Pero me asustaba estar en 1984 en Nueva York… Con Marcus. Era una ciudad muy diferente a la del 2023.
“Estoy un poco cagada, si te soy sincera. Esto es 1984, las cosas eran (son) muy diferentes entonces… Que, aunque mejor que hace veinte años desde esta década, sigue siendo difícil. Nueva York no era la ciudad más segura… Y una pareja interracial tampoco lo más común.” Observé que Marcus me observaba de soslayo. “Ya, ya sé que no somos pareja, pero eso no lo puede saber cualquiera que nos vea.”
“¿Quieres regresar al pozo?”
“Sí… Y no.”
“Entiendo. También comprendo tu vacilación. Por una parte podemos dejar una huella que prevenga ciertos acontecimientos, por otro lado podemos jodernos bien jodidos y tal vez perder la oportunidad de regresar. Pero soy algo más optimista que tú y creo que podemos apear cualquier circunstancia que se nos presente por muy ardua que sea.” Afirmó risueño, su sonrisa desplazándose hacia sus ojos claros. De pronto sentí un impulso por besarle que me llevó varios instantes contener.
“¿Sabes a qué me recuerda ésto?”
“22/11/63.”
“Jajajajaj… ¡Cómo me conoces!”
“Demos una vuelta. Tal vez podamos pillar algo para comer. Yo no sé tú, pero a mí me ha entrado un hambre feroz con toda esta emoción.”
Asentí taciturna.
Nos encontrábamos cerca del Empire State Building, tras pasar por Times Square, queríamos evitar esa parte de la ciudad. En 1984 no era la atracción turística en la que se convirtió más adelante. Siempre me había gustado pasear en Manhattan, pero era diferente ahora. No me sentía segura.
“¿Qué te gustaría elidir de los últimos cuarenta años? ¿O borrar por completo?” Pregunté por fin tras un largo silencio caminando, cada cual perdido en su propio mar de pensamientos.
“¿Sabes lo que se me acaba de ocurrir?” Estábamos de camino a 39th St., donde Marcus creía recordar que se encontraba un buen lugar de bocatas.
“Díme.”
“Aquí nadie tiene móviles. No existe la necesidad de ser tan ubicuo.” Sonreí de oreja a oreja. “Es agradable desconectar de todo ese mundo.”
“Cierto. Me pregunto si de algún milagro tenemos cobertura.” Según metió la mano en su bolsillo, puse mi mano con fuerza en su antebrazo.
“¿Qué haces, estás loco? Si alguien te ve te secuestran para estudiarte.” Reí.

El lugar que Marcus recordaba no se encontraba donde su memoria le guiaba.
“Uhm… Juraría que estaba en la 39… Claro que de eso hace mucho y mi memoria no es de lo más fiable.”
“Deja que le pregunte a alguien.” Miré a mi alrededor, una señora mayor, cargando un par de bolsas que parecían bastante pesadas, se nos acercaba despacio.
“Perdona que la moleste, ¿pero conoce un lugar de bocadillos por aquí?” Me dirigí brevemente a Marcus. “¿Recuerdas el nombre?”
“Nueva York algo, algo.” Contestó con una mueca.
La señora miró a Marcus y luego se dirigió hacia mí. Nos observó con reticencia.
“No sé…” Gruñó y se apresuró a alejarse.
“¿Soy yo o los newyorquinos son más amables en nuestra década?”
“No, no creo que seas tú… Había olvidado lo hostil que había sido esta ciudad.”
“Oye, ¿y si no conseguimos regresar a nuestro tiempo? Imagínate que al volver al parque encontramos un pozo vicario?”
“Hablas de eso como si fuese un ser vivo.” Le miré preocupada.
“Tal vez lo es, ¿quiénes somos nosotros para juzgar? Pero, piénsalo. Tal vez el pozo al que regresamos en esta década nos desplaza a una década (¿un siglo?) distinto al nuestro.”
“No me asustes.” No quería ni imaginarlo. ” We’ll cross that bridge when we get there.” Una de mis expresiones favoritas en inglés y que habíamos utilizado mucho cuando habíamos vivido juntos.
“Tienes razón. Al fin y al cabo, hasta un reloj parado acierta la hora dos veces al día.” Bromeó sacando la lengua.
“Graciosillo. Bueno, ¿dónde está ese sitio? Me está entrando hambre.”

Encontramos un lugar, Marcus no estaba seguro si era EL sitio, pero tenía unos bocadillos deliciosos.
Decidimos ir paseando hacia las torres gemelas. Sería toda una experiencia volver a verlas, sintiendo en nuestros corazones el peso de lo que ocurriría en diecisiete años de la fecha en la que nos encontrábamos.
“Podríamos pensar en una manera de pararlo.” Dijo con su mirada posada en la cumbre de los edificios que tenían sus días contados.
“Me encantaría… Y sin parecer pesimista… ¿cómo?”
“No lo sé, pero como Jake Epping en la historia de King, encontró una manera de parar lo que había decidido cambiar. Piensa, tenemos la ventaja de saber el cómo, cuándo y quién. Imagínate el impacto que podríamos tener. Podríamos hasta evitar la presidencia del individuo más contumaz que puso pie en la Casablanca.”
Seguía escéptica. Me encantaba la idea, pero me quedaba atascada en el cómo.
El tiempo era tan abstracto y, en ocasiones, impetuoso.
“También está eso de que no es recomendable cambiar algo en el pasado por cómo puede afectar al futuro de una manera completamente impredecible. Ya sabes, eso de ‘las consecuencias de que una mariposa que aletee en Brasil se sienten en el Amazonas’, o algo así.” Me miró de soslayo. No se lo tragaba.
“Señorita Irene, ¿se ha vuelto usted miedocilla con los años? O tal vez sea que te sientes atascada en el cómo aún.”
Nos acercábamos al lugar donde casi veinte años antes se habían erguido dos rascacielos idénticos. Miré hacia el cielo, incrédula de ser testigo de algo que ya no existía. Nunca había tenido ocasión de verlas en persona antes.
“De todas formas, no sé yo cómo podríamos evitar la destrucción de las Torres Gemelas… O evitar que cierto personaje ocupe la Casa Blanca. Me intriga la posibilidad… pero, ¿cómo?”
Marcus me miró suspicaz. “¿Tú estás segura de que eres escritora? ¿Qué pasó con la Irene de antaño? Realmente estás pasando por una época de sequía creativa, ¿eh?” Dijo entre bromeando y compasivo. No había desdén ni indignación en su tono, sin embargo me sentí pequeña y miserable. Sentía que la imaginación se escapaba de mi poder.

Llegados a West St. nos plantamos prácticamente frente a las torres que, por casi un año habían sido las más altas del mundo, y subimos nuestras miradas al tope de las mismas.
“Son —eran— impresionantes, ¿no crees?”
“Todo un logro arquitectónico. ¿Te puedes creer que sólo hace once años desde este momento que se terminaron de construir? Imagínate el vigor con que debieron trabajar para completarlas.” Asentí, una lágrima tímida deslizándose por mi mejilla al recordar cuál sería su destino final.
“Hagámoslo. ¡Cambiemos la historia!” Teníamos que intentarlo. No sabía cómo, pero sentía que era lo necesario… Y nuestro viaje al pasado no podía ser en vano.
“¡Por fin! Ésta es la mujer que conozco.” Puso una mano en mi cintura, tirándome hacia él, con la otra tomó mi rostro, y me plantó un beso en los labios, tal cual, como cuando habíamos estado juntos. Cuando terminó — ya sea dicho de paso que el beso fue correspondido— me quedé donde me había dejado, estupefacta por unos momentos. “Perdona, no lo pude evitar. De pronto una avalancha de sentimientos y recuerdos me atropellaron y, bueno… “
No pude más que sonreír.
“Manos a la obra. Borremos los acontecimientos más violentos de nuestros tiempos.” Sentía una nueva seguridad en mí misma. Sí, ésto era posible.
De pronto el firmamento se tornó de un gris hosco. Las nubes, preñadas de lágrimas impacientes por escapar, comenzaron sus violentos alaridos que predecían una tormenta típica de los veranos neoyorquinos.
“¡Busquemos cobijo que va a caer la de Dios.” Marcus me cogió de la mano y arrancamos corriendo en busca de protección contra la lluvia inminente.
Entramos corriendo, vagamente mojados, a una de las Torres Gemelas.
Nos abrazamos con cariño. La lluvia veraniega era especial. Durante mis años universitarios había disfrutado paseando por las calles con mis trajes ligeros y mis sandalias, permitiendo que la precipitación se apoderara de mi ser. El aire cálido y las manos húmedas de la ducha natural eran la combinación perfecta en esos días de deleite sin preocupaciones. La nostalgia se apoderó de mí.
Nos miramos, y con mis brazos alrededor de su cuello, le besé con pasión.
Me separé despacio de Marcus.
“Yo no lo siento, es lo mejor que he hecho en todo el año.” Sonreí coqueta.
“¿Me oyes quejándome?” Contestó con humor.
“¡Venga! Busquemos un lugar donde comer. Toda esta emoción me ha abierto el apetito. Por cierto, ya se hace tarde… O buscamos un lugar donde pasar la noche,” una mueca pícara apareció en el semblante de mi compañero, “o regresamos al pozo con la esperanza de volver a nuestro tiempo.” Continué, ignorando la mirada pilla de Marcus.
Se puso serio.
“Creo que nos beneficiaría regresar a nuestro tiempo. Yo no sé tú, pero por regla general no suelo llevar mucho dinero encima, y ninguna de nuestras tarjetas funcionaría en este año, a no ser que te abrieras tu cuenta de niña.” Sacó la lengua burlonamente. “En serio, creo que en nuestro tiempo estaríamos más preparados para elaborar un plan de acción y así tenemos un poco más de espacio y tiempo para rumiar sobre las implicaciones de esta experiencia y de las posibilidades que se nos presentan.”
“Sí, tienes razón. Comamos y regresemos al parque.”

Decidimos coger el metro de Lower Manhattan a Midtown East. Estábamos exhaustos, tanto física como emocionalmente. Cada uno perdido en sus propios pensamientos. Los silencios prolongados con Marcus nunca habían sido incómodos o extraños. Nunca habíamos sentido la necesidad de rellenarlos con cháchara.
Creo que ambos estudiábamos la mejor manera de encarar el desafío y, en cierta manera, la responsabilidad que se nos había presentado con este nuevo conocimiento del viaje en el tiempo.

El metro no era lo que recordaba. Me hacía pensar más bien en el que montaba Akeem en de El Príncipe de Zamunda. Incómoda no describía bien cómo me sentía, era más que eso. Nunca pensé que añoraría mi época, pero lo hacía.
Me sentía dubitativa respecto a volver a está década tras volver a nuestro año.
“Marcus, no sé si es falta de escrúpulos o qué, pero me temo que una vez volvamos a nuestro momento en la historia, si es que podemos, me va a costar encontrar las agallas para regresar al pasado. Son tantas las variables que desconocemos…”
“Es normal que sientas eso, yo también tengo mis dudas. Pero busca aquí,” señaló con el índice hacia el lugar donde se encontraba mi corazón, “y no permitas que tu coco secuestre tu intuición y la persona que ambos sabemos que eres.” Sonrió y le devolví el gesto. Tenía razón, a veces cavilaba demasiado sobre las cosas, lo que muchas veces me incapacitaba actuar.
“A veces creo que me tomo a mí misma demasiado en serio. ¿Fue siempre así?” Pensé en voz alta. Marcus me observaba en silencio, esperando. Le miré melancólica.
“No, no ha sido así siempre. Simplemente estás pasando por una batalla interna que te tiene un poco atascada.” No pasó desapercibido su cambio de forma verbal. Me sentí esperanzada.
En ese momento llegamos a nuestra parada. En breve —y si todo salía bien— volveríamos al verano del 2023.
Al salir del metro observamos que el crepúsculo había adornado el firmamento con colores extraordinarios que explotaban como llamas contra las finas nubes cercanas al horizonte. Era un atardecer cálido, Marcus me cogió de la mano y se acercó hacia mí, sus labios tan cerca de mi boca que sentí cómo se me erizaban los pelos de la nuca. Al oído me susurró:
“Dime, ¿me vas a invitar a una copa cuando lleguemos a tu hotel?”
“¿Y quién dice que te voy a dejar que me acompañes?” Pronuncié socarrona, desprendiéndome juguetona de su agarre. Me di media vuelta según le guiñaba un ojo y seguí caminando hacia el parque.
Podía imaginarme la expresión de Marcus, una ceja enarcada y una semi sonrisa en su semblante.
Llegamos al pozo. Le dirigí una mirada despectiva, más por temor que otra cosa. Los sentimientos son una cosa curiosa, cuando las garras del miedo atrapan nuestras entrañas, los sentimientos negativos se mezclan en nuestro interior y hacen acto de presencia en todo tipo de disfraces. El mío, en ese momento, llevaba puesto el traje del desprecio.

Decidimos saltar al pozo juntos. Echamos una mirada avizora a nuestro alrededor, asegurándonos de que no nos veía nadie.
“Espero que esto funcione.” Apreté la mano de Marcus, le miré nerviosa y, con los ojos cerrados, saltamos juntos.

Al aterrizar al otro lado, era como si el tiempo se hubiese detenido. Allí seguía siendo media mañana. Observamos nuestro entorno, los rascacielos y cualquier otro objeto que pareciera fuera de lugar. Al contrario que el DeLorean que Marty McFly conducía para transportarse en el tiempo, el pozo carecía de reloj para marcar la fecha precisa que deseábamos. Ésto se acercaba más a las entradas misteriosas que llevaban a Narnia.
“Busquemos un lugar donde ver la fecha.”
“Saca tu móvil, si estamos en nuestro tiempo debería funcionar. Los edificios parecen los de nuestra época, al menos desde aquí.” Recomendé. Habíamos empezado a caminar en dirección a Times Square, aunque aún faltaba un largo trecho para salir del parque.
“15 de julio… ¡¡Del 2020!!” Pronunció Marcus. De pronto se formó un nudo en mi garganta y no podía tragar, y mucho menos respirar. “Nooooooo… Pero tampoco es nuestro año… Se nos adelantó un año. Estamos en el 2024.” Dijo al ver que todo el color de mi rostro se desvanecía.
“No jodas. Marcus, es broma, ¿no?” Pregunté, pero vi en sus ojos que no bromeaba.
Me senté en el banco más cercano. Sentía como si me hubiesen dado un puñetazo en el vientre. Respiré hondo. Cerré los ojos. “Bueno, no es tan grave, supongo… Acabar en Nueva York en el verano del 2020 hubiese sido mucho peor. Además, es solo un año.” Volví a abrir los ojos. Sonreí.
“Cierto. Seguro que nuestras tarjetas y demás siguen funcionando, a no ser que nuestros familiares las cancelaran por darnos por desaparecidos.”
“No lo sabremos hasta comprobarlo.” Añadí. A mi izquierda había un sendero maltrecho apenas visible. Me picó la curiosidad.
“Eso no estaba allí antes. Vamos a ver a dónde nos lleva.” Comenté.

Un grito despavorido en la distancia rompió mi flujo creativo. Miré la hora, eran las cinco de la mañana. Llevaba escribiendo horas. Había estado tan absorta en mi historia que había perdido la noción del tiempo. Me percaté de que me dolía el cuello, tenía el cuerpo rígido y el sueño empezaba a adentrarse en mi conciencia.
Huckleberry estaba echado a mis pies, patas extendidas, tal vez soñando que perseguía ardillas.
De pronto sentí unos brazos a mi alrededor. Shawn.
“¿Cómo te va?” Me dijo, plantándome un beso en la mejilla.
“Bastante bien. Mis personajes estaban a punto de adentrarse en un sendero misterioso cuando un grito asustó a mi musa. ¿Qué haces levantado?”
“Ese mismo grito me despertó a mí. Deben de ser los vecinos otra vez con la tele a tope.” Frunció el ceño. “No sé si levantarme y hacer café o volver a la cama.”
“Deja el café. Es sábado. Volvamos a la cama. Mi personaje masculino está basado en ti… Y de tanto escribir sobre ti y tus besos me han entrado ganas de ti (válgame la redundancia).” Le cogí de la mano y le conduje al dormitorio. Huck levantó perezoso la cabeza para investigar a dónde nos dirigíamos, al ver que ninguno de los dos íbamos ni a la cocina ni a buscar su correa para salir a pasear, volvió a bajarla para seguir soñando con lo que fuera que soñaba.


Terminado el 27 de febrero, 2021 (editado el 1 de abril, 2021)

Fruta de oro

“¡¡Corre. Vamos. Está cada vez más cerca!!”
Gritaba Manuel en la distancia. Cada vez se alejaba más; había perdido el rastro de Adrián y Petra como quince minutes antes. Oliver apenas veía de frente, entre el sudor que se deslizaba por su frente hasta caer en sus ojos, y la tormenta de nieve que borraba con furia cualquier vestigio de la ciudad, su mente empezaba a preñarse de pánico.
A sus espaldas sólo lograba escuchar el viento, lo cual le estremecía aún más.
Se encontraba en una situación precaria, si dejaba llevarse por el miedo, sabía que estaría perdido.

Agotado y apenas sin aliento, Oliver cayó desplomado al suelo. Cerró los ojos y prácticamente los volvió a abrir en ese mismo instante. Bajo su peso no se encontraba el asfalto frío de la calle, ni la nieve húmeda. Vestía su pijamas, empapado de sudor.
“¿Dónde…? ¿Qué…?”
Tardó un momento en ajustarse a su entorno. A su derecha estaba la cama… De la que se había caído y por lo cual había dejado aquel mundo onírico atrás para regresar al mundo real. Tenía la boca seca y un dolor en el brazo, que parecía haber amortiguado la caída. A través de la ventana caía la nieve sin recato alguno.
“Otra vez la misma pesadilla…” Suspiró agitado Oliver.
Aún era de noche, pero Oliver no lograba pegar ojo. Era una pesadilla recurrente que nunca terminaba mostrándole al perseguidor, aunque tan solo pensar en ello le producía escalofríos en el espinazo. No era un niño timorato, pero algo en el aire le perturbaba y creaba una atmósfera tenebrosa que transformaba su naturaleza afable y tranquila.
Se acercó a su estantería de libros. Pasó los dedos cuidadosamente por los lomos, intentando elegir uno que le acompañara en la insomnia. Observando un título tras otro, se percató de un sutil baile cacofónico entre ellos, que le deleitó y despejó en parte el malestar que la pesadilla había dejado en su subconsciente.
Se decidió por La Historia Interminable. El mundo que Ende había creado en su maravillosa novela de fantasía siempre despertaba un bienestar en su interior.
Sonrió y, sosegado, volvió a la cama con la mejor compañía posible.

Despertó con la boca abierta y la almohada babeada. El libro había caído al suelo. Miró la hora en su despertador y descubrió que eran las ocho.
El sol había amanecido perezoso poco antes, cubierto de una niebla mística que producía una dicotomía de colores neutros y cálidos, como un baile entre fantasmas y diablos.
Era domingo, día que generalmente pasaba con Manuel, Petra y Víctor. Hoy, sin embargo, le abrumaba un presentimiento ominoso.
Bajó con pereza a la cocina, esperando encontrarse allí a sus padres desayunando. Su madre leyendo el periódico o haciendo crucigramas con su padre mientras tomaban café y escuchaban la radio. Cada domingo durante el mes de diciembre emitían un especial navideño.
Su hermano se había quedado a dormir en casa de su mejor amigo y no volvería hasta la tarde. Estaba solo en casa… El malestar regresó con más rigor y, exasperado, se sentó en el sofá, cubrió su rostro con una almohada y, sin saber por qué, gritó entre sollozos y lamentaciones.
Mientras desayunaba, procurando recordar dónde habían dicho sus padres que estarían, sonó el teléfono. Sobresaltado, miró hacia el responsable del susto, considerando si contestar o no. Se decidió por el afirmativo. Tal vez era Manuel o Víctor, con planes para este domingo frígido.
Al contestar, reconoció la voz de su madre al otro lado del auricular. Le contaba que habían decidido ir temprano al mercadillo navideño. No habían querido despertarle; volverían en unas horas.
“Te hemos dejado unos crepes en el horno.” Dijo con ternura y semi excusándose por dejarle solo.
Tras la conversación, desconcertado, volvió a la mesa, aunque ahora con la ilusión de lo que le esperaba en el horno.

La niebla se había levantado, era una mañana con un cielo azul impecable.
Oliver decidió llamar a Víctor para acercarse a su casa y así disfrutar del domingo. Les restaba una semana de clases antes de comenzar las vacaciones de Navidad. Había mucho que planear.
El teléfono sonó cuatro veces antes de que alguien contestara.
“¿Sí?” Era la voz de Víctor.
“Soy Oliver, ¿qué haces?”
“No mucho. Mis padres han ido al mercadillo navideño y nos han dejado a Silvia y a mí en casa. ¿Y tú?”‘Curioso’, pensó Oliver. Los padres de Víctor habían decidido hacer lo mismo que sus propios padres.
“¿Llamamos a Manuel y Petra y vemos unas pelis?”
Oliver hubiese preferido salir a patinar sobre hielo o deslizarse por las colinas cubiertas de nieve, pero Silvia solo tenía cuatro años y era mucha responsabilidad hacerse cargo de ella cuando andaban fuera. “Me parece bien. ¿Llamas tú? ¿Yo llamo a Adrián?”
“No, Adrián no está. No te acuerdas que nos dijo que sea iba con sus padres a Bora Bora?” Se oyó un silencio al otro lado del auricular. Oliver casi podía escuchar la mente de Víctor cavilando.
“¡Ah! Sí, es verdad. Se fueron ayer, ¿verdad? Bueno, venga, yo los llamo y así les convido a todos a un pastel que hizo mi madre ayer.
Oliver colgó el teléfono. El malestar de la pesadilla regresó.
Poco sabía Oliver que jamás llegaría a casa de Víctor ese día.
Cogió su chaqueta, guantes, bufanda, se puso su gorra roja y, tras dejarle una nota a sus padres, salió por la puerta de camino a casa de Manuel y Petra. El aire frígido acariciaba su rostro con aspereza, mientras los rayos del sol bañaban la nieve virgen que juguetona repartía su brillo por doquier.
Iba caminando por la calle con la mente presa en nimiedades, cuando pasó por un parque cuyo topónimo le hizo sonreír.
De pronto la memoria de la pesadilla regresó a él. El recorrido por el parque junto con el nombre del mismo engarzó una serie de pensamientos y emociones que había tenido durante meses. Se percató de que el mercadillo navideño estaba a medio camino entre la casa de Manuel y Petra y la de Víctor. Sintió una punzada en el pecho que se desplazó con rapidez a su cabeza, y cayó de rodillas en la nieve.
Se levantó con aplomo, pasó por un puente que se elevaba sobre un río que actualmente se encontraba congelado. De repente, observando la belleza del agua en estado sólido, experimentó saudade tan sobrecogedora que le oprimió el pecho.
‘¿Pero qué me pasa hoy?’ Pensó, frotándose con la manga de la chaqueta las lágrimas que aparecieron sin aviso.

Llegando a la puerta de sus amigos decidió que, fuera lo que fuese lo que estaba sintiendo —o presintiendo— iba a confiar en su intuición y su agibílibus.
Con sus catorce años siempre había sabido desenvolverse en situaciones complicadas.
Era una mañana nítida, el firmamento infinítamente azul. Sintió una necesidad desproporcionada de llegar a casa de sus amigos. Su sexto sentido le apresuraba. Se movió impetuoso, como alma que lleva el diablo. ‘Debo estar allí ya’, pensó desasosegado.
Tocó un par de veces a la puerta de sus amigos antes de que vinieran a abrirla.
“Hola Oli. Ya ibas tardando.” Era Petra. Le miraba sonriente con sus enormes ojos verdes de una profundidad perturbadora. ” Venga, entra.” Le hizo paso para que pudiera acceder al interior.
“Gracias. Ya empezaban a caérseme los dedos del frío.” La tele se oía de fondo… Japonés. Los gemelos estarían viendo alguno de sus animés favoritos. “¿Los caballeros del Zodiaco?” Preguntó curioso Oliver al llegar al salón, donde Manuel miraba embelesado la serie japonesa.
“No, Kuromukuro. ¿La has visto?” Respondió Petra cuando Manuel no contestaba.
“Sí. Es buena.”
“No está mal. Pero yo las prefiero con personajes más insidiosos, como lo es Melascula de Nanatsu no Taizai, por ejemplo.” Petra y Oliver se miraron y se encogieron de hombros.

“¿Recuerdan la pesadilla de la que les hablé?” Preguntó Oliver a sus amigos. Se habían reunido en la cocina para tomar un chocolate caliente antes de dirigirse a casa de Víctor.
“Sí, ¿ha vuelto a suceder?” Fue Petra la primera en inquirir, la preocupación presente en su tono.
“Anoche. Lo peor es que llevo todo el día presintiendo que algo ominoso se acerca.”
“¿Qué piensas, Manu?” Le preguntó Petra a su hermano. Se había quedado tácito y pensativo. Oliver y Petra lo miraban con curiosidad, esperando impacientes alguna reacción.
“¡Ey! Planeta Tierra a Manu.” Dijo por fin Oliver, rompiendo el silencio que les ahogaba.
“Perdón… Es que… Resulta que anoche tuve exactamente la misma pesadilla… No le dí demasiada importancia. Supuse que eran vestigios de la memoria de cuando nos hablaste de ella la primera vez. Pero anoche había detalles nuevos. Fue algo portentoso y, asimismo, perturbador.” Oliver y Petra lo miraban con temor en la mirada. ¿Qué significaba todo esto?
“Tal vez sea un anatema.” Sugirió de pronto Petra.
“¿A qué te refieres?” Preguntaron simultáneamente los otros.
“Piénsenlo… La primera vez que Oli tuvo la pesadilla fue la primera noche en la que llegó el mercadillo navideño. ¿Y de dónde vino? ¿Y por qué? Es la primera vez que viene a esta parte de la ciudad. Normalmente suele tener lugar en el centro. ¿Y cómo es que todos nuestros padres decidieron ir TAN temprano el mismo día? ¿No les parece singular?” Petra los miraba expectativa. Sus grandes ojos verdes abiertos como platos, procurando absorber cualquier reacción de sus compañeros. “Sugiero que pasemos por el mercadillo para indagar un poco a ver si descubrimos algo extraño que pueda relacionar todos estos sucesos.” Prosiguió Petra.
“De acuerdo. Creo que ése es un plan congruente. Podemos ir de paso a casa de Víctor.” Añadió Manuel.

Salieron de la casa decididos por descubrir el misterio que les acaecía.
Según se iban acercando al mercadillo, Oliver volvió a sentir una punzada en el pecho, acompañada esta vez de una presciencia.
“Déjà vu!” Exclamó Petra.
Manuel y Víctor la miraron boquiabiertos. Todos habían sentido lo mismo.
“¿Ustedes creen que se lleva a cabo algún tipo de propiciación en el mercadillo?” Preguntó Manuel.
“Tienes que dejar de ver tantas pelis de terror.” Respondió su hermana.

Cuando llegaron al mercadillo descubrieron algo estremecedor. No había ni un adulto. Se movían como personajes en una película a cámara lenta.
Los tres amigos se miraron completamente perplejos. No podían creer lo que veían sus ojos.
En cada puesto había seres que parecían personas normales, excepto que las orejas eran puntiagudas. Oliver imaginó que así debían de ser los Elfos en El Señor de los Anillos. Eran altos y todos tenían el pelo largo y recogido en trenzas.
“¿Qué es esto?” Preguntó Manuel.”¿Dónde se encuentran nuestros padres?”
“¿Qué tipo de calumnia es ésta? Esto ni es un mercadillo ni cuatro pollas.” Dijo Petra alterada.
Oliver no reaccionaba.
“¿Qué han hecho con nuestros padres?” Prosiguió aterrorizada.
De pronto todos dejaron de moverse, excepto las criaturas que Oliver consideraba Elfos. Todos ellos en cada puesto se concentraron en Oliver y sus amigos. “¿Qué está pasando?” Preguntó Petra.
“Vámonos de aquí, por favor.” Imploró Oliver.
La mañana pareció congelarse en ese momento del tiempo y un sigilo abrumador se apoderó de ese instante, en ese frío día en el último mes del año mil novecientos ochenta y seis.
“Tranquilos, no teman.” Susurró la voz armoniosa de uno de los extraños. Los amigos se miraron y buscaron la procedencia de dichas palabras. Mientras observaban para descubrir quién hablaba, la voz volvió a platicar. “No es lo que parece. Nos gustaría explicarles tranquilamente nuestro propósito.” Se percataron entonces que la voz se originaba en sus mentes… Se comunicaban mediante telepatía.
“¿Cómo… ? Esto… ¡Pero no es posible!… ” Se decía Oliver a sí mismo. “¡¡Sicofantas!! ¡¿Cómo están haciendo esto?!” Exclamó furioso y atemorizado.
En un instante el mercadillo, la ciudad y todo lo que conocían desaparecieron. En su lugar apareció un castillo completamente blanco, hecho de mármol. Se encontraba suspendido sobre una nube y, alrededor, nubes por doquier. En cada una había pinos con decoraciones navideñas. Los amigos se quedaron lívidos, boquiabiertos y, por primera vez, sin palabras.
“Mi nombre es Luma.” Era el líder. En el mercadillo había parecido casi humano, pero en su propio entorno, lo veían en su forma natural. Era alto, su piel era de tono anaranjado tirando a castaño, semejante a la arena húmeda de la playa al atardecer, con un brillo especial, como diamantes en la luz. Sus ojos eran grandes y almendrados, de un color esmeralda claro, vivaces e inteligentes. “Nuestra cultura ha existido durante miles de años. Fuimos nosotros quienes originamos la Navidad.”
“¿Qué es ese ruido?” Preguntó Petra. Todos se giraron en dirección a Oliver. Había comenzado a himpar; algo que le ocurría siempre que se ponía nervioso.
“Entiendo que todo esto sea difícil de entender… Y que han aprendido otras versiones de lo que hoy les cuento. Nuestras intenciones son nobles. Sin ánimo de sonar untuoso, nuestro deber es traer felicidad y paz a los planetas bajo nuestra jurisdicción. Procuramos hacerlo sin entrometernos, pero este año hemos necesitado intervenir. Los sueños que han ‘sufrido’ fue un intento fallido por nuestra parte de mantenerles alejados del mercadillo.” Continuó Luma.
“Todo esto carece de incongruidad.” Masculló para sí misma Petra.
“¿Qué andas murmurando…?” Preguntó su hermano.
“Tu hermana tiene dificultad creyendo lo que digo.” Sonrió benevolente Luma. “Comprendo que son ideas disyuntivas y difíciles de asimilar. La única razón por la que necesitábamos mantenerles apartados del mercadillo era porque requeríamos la presencia de sus padres sin hijos, ya que olvidan rápidamente lo que es ser niño. Olvidan la ingenuidad, la pureza y la inocencia de lo esencial de la Navidad. Fue por ello también que montamos el mercadillo exento de las multitudes, nos era más fácil controlar a un número menor de personas. Sentimos la decepción y los trucos, pero es muy importante que el sentimiento que se despierta por Navidad, el de la gratitud, regalar por amor, pasar tiempo con seres queridos y aumentar esa energía que está especialmente vigente durante las Fiestas. Es importante porque su planeta depende de ello.” Los jóvenes empezaban a sentirse más seguros y su confianza hacia Luma y su gente había crecido.
“¿Pero por qué suplantarse en el mercadillo como humanos?” Preguntó Petra que aún era la que más reticencia sentía.
“No nos suplantamos… Los adultos, que ustedes vieron como niños, nos ven tal como somos. Son solo los que se presentan sin invitación, como ustedes, que nos ven como seres humanos, o casi.” Explicó el interlocutor. A pesar de la desconfianza, era prácticamente imposible no creer a Luma. Su energía era pura y exudaba fiducia. No quiero resultar locuaz… Así que hagamos algo. ¿Ven ese árbol a cinco metros a la derecha?” Cuando los jóvenes asintieron, Luma prosiguió.”En él crece un fruto de oro. Es comestible, pero nunca perece. Les invito a que cojan uno y se lo lleven. Lo pueden guardar como souvenir (y tiene mucho valor en su planeta), o si lo ingieren, les trasladará directamente aquí. Cuando vuelvan a su mundo, conscientemente no recordarán nada de esto, aunque en su subconsciente siempre existirá una semilla de lo ocurrido que brotará cuando regresen — SI regresan.” Explicó, concluyendo Su discurso. Los amigos se miraron, asintieron y, satisfechos, pidieron regresar a sus casas.

*********

Oliver despertó en su cama el día de Navidad. Había dormido mejor que nunca y no podía esperar a celebrar el día con su familia. Bajó a la cocina prácticamente saltando como un duende. Sus padres estaban despiertos, preparando un desayuno especial para los hermanos.
“Buenos días”, dijo risueño. Su madre sonrió y le dio un abrazo. Su padre le miró con ternura y pasó su mano por el pelo de su hijo, alborotándoselo.
“Hola, campeón. ¡Ah! Antes de que se me olvide, te llegó un paquete esta mañana. No tiene remitente, pero estaba junto a la puerta. Lo he dejado en la mesa en el salón.” Dijo su padre.
Intrigado, Oliver fue en busca de su paquete. En la mesa encontró una pequeña caja de cartón blanco, con una cinta dorada. La abrió, y dentro había un objeto dorado, del tamaño de una fresa gigante, pero con la forma semejante a la de una cereza. Junto al objeto, una nota: ‘Cómeme para recordar’.
Sin saber por qué, Oliver sonrió, guardó el objeto y la nota en su bolsillo, y se encaminó hacia la cocina.
“En otro momento.” Murmuró para sí mismo. La vida era maravillosa.


4 de enero, 2021 (editado el 24 de enero )

Carta del otro lado

Querida Mariana,

Espero que no llores al leer esto, aunque poco te puedo pedir desde donde te escribo. Es curioso, simplemente la noción de estar escribiéndote desde aquí me resulta inverosímil. Yo, que siempre pensé que “aquí” no existía.
Quiero espiarte cuando leas esto. Será mi manera egoísta de descubrir si realmente te importé. Ni siquiera sé por qué te envío esta carta a ti. ¿Qué explicaciones te puedo dar? Supongo que jamás me creíste tan escrupuloso, o tal vez sea cobarde la palabra correcta.
El caso es que aquí estoy y, ¿sabes qué? No me arrepiento. Supongo que el miedo se apoderó de mí antes de por fin volarme los sesos, como muchas veces había fantaseado hacer. Tantas otras veces en las que no tuve las agallas para llevarlo a cabo. ¿O es cobardía? No estoy seguro. En vida siempre oí que los que que se suicidaban —qué palabra más fea— eran unos cobardes. Que se habían dado por vencidos y ya no querían seguir luchando. Que habían tomado el camino más simple. Déjame decirte, simple no fue. Y tampoco estaba deprimido. Triste, posiblemente. Pero, ¿no eras tú quien me decía siempre que una pena infinita se traslucía a través de mis ojos? Sí. Triste, seguramente. Una tristeza sin cura, crónica, supongo. Tal vez estaba deprimido. ¿Qué sé yo?
Tal vez supuse que ya había vivido lo suficiente. Que había alcanzado muchas metas que jamás pensé lograría. Estarás pensando que cómo pude estar tan seguro… No te lo vas a creer, pero desde este lado puedo oír los pensamientos de la gente. Puedo caminar entre ustedes y escuchar lo que ronda sus mentes. Así que, cuando lo pienses, lo sabré.
Tendrás tantas preguntas. La luz blanca y las memorias que atropellan nuestra conciencia en el momento justo en que el último latido parte de nuestro corazón. Cielo o infierno. Almas perdidas, almas conocidas. ¿Y por qué sigo por aquí? ¿Estoy en el limbo?
No sé qué decirte. Ojalá pudiera explicarte que, desde esta perspectiva, todo tiene más sentido. Las nimiedades que nos preocupaban en vida ni siquiera existen en este espacio. Me veo como era, pero sé que no lo soy. No sé lo que soy, pero tengo mis memorias intactas. De hecho, las recuerdo mejor que ese día, cuando cumplí los treinta y decidí que ya había vivido lo que quería vivir.
¿Fui egoísta? No lo sé. Sin embargo, sé que no fue una decisión que me tomé a la ligera. Fue una decisión que me llevó años ejecutar. Tal vez porque siempre pensé que había algo más. Y, cuando te conocí a ti, realmente lo creí. ‘El amor de mi vida’, me dije. ‘La mujer con la que querría tener un hijo’, me aseguré. Estaba equivocado, como ambos sabemos.
Tal vez toda esta lógica la esté creando para justificar ese acto tan definitivo. Irrevocable. Tal vez me asuste pensar que treinta años no eran suficientes para alcanzar todo mi potencial, por lo que me justifico y digo a mí mismo que lo que hice fue la mejor opción para mí. Curioso cómo los pensamientos no se apagan en este lugar. Tal vez esto sea el infierno: una batalla incesante contra mis pensamientos. La teoría que rondaba en mi mente cuando chupaba la boca de la escopeta, era que, puesto que tú no me querías, y yo a ti más que a la vida misma, no merecía seguir adelante. Me dije que sería imposible amar tan apasionadamente de nuevo. Me convencí de que mi amor hacia ti era puro y real. Ahora lo veo a través de un cristal nítido. Creo que en vida lo miraba todo a través de un cristal de esos gruesos, como los de las botellas de Coca-Cola, donde el cristal es tan grueso y con un tono algo verdoso, que lo que está al otro lado no se distingue con certeza. Mi perspectiva de lo que era amor podía estar algo adulterada por el cristal por el que había decidido observar mi vida. No, no quiero pensar en ello. Sí, debí de amarte tanto que sin ti la vida no tenía sentido. Cuando me confesaste que te habías enamorado, sentí cómo una mano invisible se introdujo en mi pecho, apretó con fuerza mi corazón, y lo estrujó como una esponja vieja y gastada, lista para la basura. Exactamente donde creo que fue a parar mi corazón. En la papelera de lo inservible. Desde ese momento, creo que todo a mi alrededor se convirtió en un manto blanco y negro. Todo carecía de sabor, color, olor, sentido. Mis amigos intentaban animarme, diciendo que había muchos peces en el mar. ¿Qué coño significa eso? ¿Acaso no entendió nunca nadie que no se trataba de cantidad, sino de calidad? Nunca fui uno de esos tíos que buscaban enrollarse con la mayor cantidad de mujeres posibles. Tenía amigos que tenían una lista: las más guapas, las rubias, las morenas, las asiáticas, las negras, las pelirrojas, las gordas, las flacas, las que servían para más de una noche… etc. No todos mis amigos eran así, pero los había, como hay de todo. Yo, sin embargo, me enamoré de ti. Nunca fui muy extrovertido ni iba buscando el amor de mi vida. Simplemente pasó. Nos conocimos casualmente, mediante amigos. Entablamos amistad, nos enrollamos unas cuantas veces. Yo me quedé colgado, y tú saciabas tus deseos carnales. No te lo reprocho, que conste. Eso no es lo que estoy haciendo con esta carta. Perdona si lo ha parecido. Sólo quiero explicarme, tal vez intentar que calces mis zapatos por un corto tiempo para ver a través de esa puñetera botella de cristal. Es cierto que poco después de que me contaras lo de tu nuevo amante sentí desdén hacia ti. Sentí que te perdí el respeto. No me preguntes por qué. Tal vez porque paradójicamente me creía a la altura del mayor altruista de la historia o el mejor novio que pudieras tener. No lo sé. Pero te desprecié durante meses. Sé que te percataste de mi comportamiento y me dejaste, no porque te desagradaba, sino porque no pensabas que sentirte cerca me beneficiara. También por ello te desprecié. ¿Cómo te atrevías a ser más madura que yo? ¿A entender mejor lo que necesitaba? Que no iba realmente de la mano con lo que quería. A menudo lo que necesitamos y lo que queremos no compaginan.
Así seguí varios meses. Ahogándome en mi propio papel de víctima, olvidando el encanto de todo lo que la vida podía regalarme si me abría a la posibilidad. Ya me había encerrado en un cuarto oscuro, había cogido la llave y me la había tragado… y allí dentro se había quedado. Me fui distanciando cada vez más del mundo, de los demás. De mi familia, mis amigos o cualquiera. Cuando lo pienso, no creo que realmente tuviera que ver contigo. Creo que en mí existía un rincón oscuro. Creo que todos lo tenemos, claro que en cada uno se proyecta de manera diferente. En mi caso, me llevó a un aislamiento, una tristeza y un malestar abrumador. Un sentimiento de menosprecio propio, de no valer. Perdí mi trabajo porque no me podía concentrar en lo que hacía, lo que resultó en más tiempo dentro de mi propia mente. Tiempo que realmente no necesitaba. Cada pensamiento que cruzaba mi consciencia se quedaba allí. Lo agarraba como si fuera la verdad absoluta, y me apegaba a él como si mi vida dependiera de ello. ¿Que el pensamiento me decía que era un fracaso y que tenías suerte de no haberte enamorado de mí? Lo sujetaba con fuerza, lo dejaba convencerme un poco más, y me lo metía en el bolsillo para sacarlo en la posteridad cuando necesitaba convencerme nuevamente del desastre andante que era. ¿Que un pensamiento agresivo tocaba a la puerta a punto de echarla abajo y me decía que mi vida era una mierda y que todos en ella estarían mejor sin mí?
“Oye,” le decía “cuánta razón tienes. ¿Te quedas aquí y desarrollas más esa noción para entender mejor en todo lo que he fracasado?”
“Con gusto.” Me respondía, y allí tenía otro compañero disponible a maltratarme y darme de palos cuando se lo pidiese. Estos pensamientos se convirtieron en mis mejores amigos en este cuarto oscuro del que no lograba escapar.
Mis fieles compañeros.

Te comenté antes que este lugar parece real —yo me siento real— pero no lo es. Estoy solo. Al menos, desde que llegué no he visto a nadie. Estoy esperando a ver a todos mis seres queridos, o tal vez los que nos volamos los sesos con una escopeta no tenemos esa opción. No sé qué creer. Lo único de lo que estoy seguro es que dejé el mundo que conocía y estoy aquí. Te explico. Te conté que podía ver y escuchar los pensamientos de los vivos. Pues bien, este lugar es como un paralelo de ese lugar, pero como si estuviese cubierto de una neblina borrosa y blanquecina, o una de esas redes para dormir. Puedo ver, escuchar y sentir, pero no puedo tocar, no puedo ser ni escuchado ni sentido. Como un espejo/cristal de una sala de interrogación policial. No es desagradable. Sé que mis palabras no le hacen justicia a la experiencia de por sí, pero siento calma. También te comenté que los pensamientos aquí no parecen haberse olvidado de mí, pero no son los mismos que me acompañaban en mi cuarto oscuro. No. Estos son más reflexivos. Siento que son lo opuesto a lo que eran. Como si se tratara del yin y el yang. ¿Me entiendes? No me atacan. Aparecen, se sientan en un rincón de mi mente unos instantes, hasta que reconozco su presencia, los escucho y los dejo ir. No me aferro a ellos.
Es curioso sentir calma cuando uno ha decidido dejar el escenario de una manera tan violenta.

He de confesarte que te mentí. Sí que me arrepiento. Cuando paseo por este paralelo de lo que una vez fue, veo la vida de otra manera. Veo que había una solución para cualquier problema. Nada era realmente vano, a pesar de que había momentos en que lo parecía. Los momentos en los que me sentía solo y tenía que elegir entre pagar el alquiler o comer… esos momentos me parecía que no tenían solución. No podía ver cómo salir de esa situación. Me ahogaba en mis propios fracasos y me convencía a mí mismo de que ése era yo: el que nunca conseguía nada de lo que quería. No pude tenerte a ti, perdí mi trabajo, nunca tenía dinero… Sentía como si cada problema contribuyera a la destrucción de la posibilidad de la otra. Sin embargo, aquí, envuelto en una soledad diferente, veo el mundo sin distracciones. Lo veo, pero no lo vivo. No lo siento como cuando era parte de los seres a quienes le latía el corazón. No, paradójicamente, con esta red a mi alrededor, veo más claramente de lo que había visto jamás antes.
¿Cómo voy a conseguir que recibas esta carta? ¿Cómo voy a hacer que llegue a ti? Tengo la certeza de que hay un vínculo entre este mundo y el tuyo, en el que puedo dejar esta carta para que la leas. No quiero que sientas lástima por mí. Tal vez empecé a escribirla con esa intención. Sé que mi pluma era el odio y el rencor en un principio, pero a lo largo de mi relato, y cuanto más tiempo llevo aquí, la compasión se ha apoderado cada vez más de mi corazón rencoroso. Tal vez pienses que he escrito esto de una sola sentada. Te equivocarías en semejante suposición. Empecé a escribir nada más llegar, pero de eso hace treinta años. O al menos treinta años en mi mundo. No sé cuál es el equivalente en el tuyo.

Lo cierto es que te extraño, claro que ya te extrañaba incluso cuando estaba con vida. Te extrañaba porque yo mismo me había alienado del mundo y me había mudado a mi cuarto oscuro. Añoro a todos aquellos a quienes quise; y especialmente siento pudor al saber el sufrimiento que causó no sólo mi muerte tan violenta, sino que mi padre me tuviese que encontrar en el estado en que lo hizo.
Perdona mis palabras tan impetuosas —o si parecieron serlo— al principio de esta carta. Perdóname por haberte empujado de la manera que lo hice. Espero que seas feliz y que sepas que estoy bien donde estoy. Aunque sé que es inútil arrepentirse de lo ya ejecutado, quiero que sepas que el mayor motivo de hacerte llegar esta carta es prevenir que recibas otra de alguna otra persona a la que estimas. No me malentiendas; ni te culpo ni pienso que era tu responsabilidad salvarme. La soledad es así de desgarradora y maldita. Te engaña y te atrapa entre sus garras y te susurra al oído que no le importas a nadie. Sólo te pido que si ves a alguien a quien quieres alejarse poco a poco de ti, extiéndele una mano para que la soledad no le atrape primero. Tal vez eso le ayude a no tragarse la llave del cuarto oscuro.

Cuídate y gracias por tu amistad.
Sinceramente,
Yo.

Si tú o alguien que conoces sufre de depresión y tiene pensamientos suicidas, por favor marca este número:

717 003 717

Allí darás con el Teléfono de la Esperanza para atención en crisis.


20 de octubre, 2019

Amor incondicional

Anoche no pude dormir. Me dolía el estómago. Tuvo que ser algo que comí, aunque no entiendo bien qué. Todo lo que comí hoy olía delicioso, así que dudo que ésa fuera la causa, aún cuando me decidí por recoger comida que no estaba en mi plato. ¿Y quién puede culparme? Allí estaba… ¿el qué? Bueno, no lo sé exactamente, pero a mi olfato le gustó. Estábamos paseando, y lo olí antes de verlo. Estaba oculto detrás de un arbusto, pero fui lo suficientemente sagaz para embocarlo sin que Oliver pudiera impedirlo.
—¡Ja!— Pensé que me había salido con la mía.
Poco después empecé a vomitarlo todo. No solo mi captura furtiva, sino lo que había desayunado. De pronto no me sentía tan bien. Perdí el apetito y solo quería dormir. No me apetecía levantarme. Oliver me miraba con inquietud. Me acariciaba más de lo normal y me preguntaba incesantemente si todo estaba bien. Cuando volví a expulsar los contenidos de mi estómago (o lo que en él quedaba), vi rastros de preocupación en su rostro. Los humanos son fáciles de leer. Enseguida se les dibuja una luz diferente a su alrededor dependiendo de su ánimo: amarillo si están felices, blanco si están sosegados, rojo o naranja si están enfadados, violeta si están preocupados…
Soy muy perceptivo para estas cosas.
La cuestión es que enseguida cogió el objeto ese del que nunca se despega, se lo llevó al oído y en breve me estaba llevando al coche. Estábamos de camino a… bueno, no tardaría en saberlo. Curiosamente, a pesar de que siempre me excitaba y emocionaba cuando íbamos de excursión, me sentía terriblemente apático y desganado. Sólo quería cerrar los ojos y dormir.

Llegamos a nuestro destino.
—¡Oh, no! Reconozco ese olor.— Era el lugar a donde Oliver me llevaba cuando me inyectaban con objetos desagradables y luego me sentía medio raro. Intenté resistirme, pero no tenía fuerzas. Mis patas flaquearon y me derrumbé.
Lo próximo que recuerdo era estar en casa. Oliver echado junto a mí, en el suelo, junto a mi cama. No me sentía muy bien, aunque sí mejor que antes de nuestra pequeña aventura al sitio que no será nombrado. Oliver me miraba con cariño. Su luz era azul claro —preocupación mezclada con tranquilidad—. Le lamí la mano lentamente. Me miró, sus ojos hinchados. ¿Había estado llorando?
—Mi perro tonto— Me dijo y me acarició con cariño la cabeza. Me miró tiernamente y me dio un beso justo donde más me gusta, por encima del hocico, entre ceja y ceja. Cerré los ojos e intenté dormir. Me sentía más tranquilo, aunque como ya he dicho, no logré dormir mucho.
Hoy me siento mejor. Me reconozco más a mí mismo y Oliver me mira sonriente.
En su mano tiene la correa para salir a pasear.
Creo que me siento con ganas y fuerzas para ello.

12 de octubre, 2019