Historias, poesías, reflexiones y críticas literarias. Todo por el amor a la literatura…

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Entre dos mundos

Semana tras semana, e incluso meses, Gabriela se embarcó en la búsqueda de su primer apartamento. Cada noche, se retiraba con una sonrisa en el rostro, convencida de que finalmente había descubierto el lugar ideal: con vistas al mar, espacio para sus mascotas y para sí misma, y, sobre todo, un refugio donde podía ser verdaderamente ella misma.

Había ocurrido un día en el que realmente no tenía planeada ninguna visita para explorar un piso más, pero su agente inmobiliario la había llamado con un listado de última hora que sabía le interesaría. 

—Es fenomenal. Sé que te vas a quedar con la boca abierta. Está un poco por encima de tu presupuesto, pero creo que vale la pena… Lo acaban de publicar, y no quiero que te lo pierdas.—

Bueno, había pensado ella. No tenía otros planes y había terminado todo el trabajo que tenía pendiente. Con optimismo y gratitud, se encaminó a su cita inesperada con el agente. 

La primera noche en su piso nuevo —sin decorar y sin tan siquiera tenía una cama hecha y derecha, sino un simple colchón que su madre le había proporcionado— había abierto la puerta del balcón para sentir la brisa recorrer su nuevo espacio y escuchar el canto de las olas según acariciaban con delicadeza la orilla. La luna vigilaba atenta como un centinela que debe llevar la guardia, redonda y brillante como una moneda de plata. 

Fue durante esa primera noche que escuchó un susurro extraño que la atemorizó ligeramente. Películas de terror recorrían con furor su mente para encender su imaginación que recorría caminos posibles e imposibles. 

“Cálmate,” pensó, “seguramente es uno de los bichos haciendo de las suyas.” Pero al mirar a su alrededor, descubrió que todos dormían en su cercanía. No, no eran ellos. 

“El viento, tal vez…” Se dijo, esta vez menos segura de sus palabras. 

—¿Cómo te llamas?— Oyó, como si alguien le hablase del otro lado de la pared. Se sentó en la cama, de repente sin sueño alguno. Primero creyó haberlo imaginado. O tal vez… ¿algún vecino? Pero era imposible. Su agente le había asegurado que las paredes eran gruesas y, aparte, ese lado daba a la calle. 

Pensó en gritar, pero recapacitó y decidió que gritar nunca le había ayudado a ninguna heroína en esas películas de miedo que tanto disfrutaba viendo. 

—¿Quién eres?— Preguntó, la voz le temblaba más de lo que hubiese querido. Decidió que posiblemente estaría soñando, así que le seguiría el juego a esa voz misteriosa.

—¿Me oyes? ¿De verdad me oyes?— La voz parecía alegre y, de cierta manera, inofensiva. Parecía pertenecerle a alguien sosegado.

Gabriela entabló una conversación que se extendió hasta el alba con su desconocido de la pared, que parecía llamarse Isma. Hablaron hasta que los rayos del sol bañaban la superficie del salón, donde había dejado las persianas abiertas. Había sido la mejor noche que había pasado con alguien del sexo opuesto sin estar con él.

Fue la primera noche de muchas, aunque no siempre tan largas. Isma le explicó que, de alguna manera, se había quedado atrapado en ese apartamento, que le había pertenecido a su hermano. Una noche, durante una cena entre amigos en dicho apartamento, un fuego accidental había cobrado su vida. Por suerte, los demás habían escapado. Su hermano, deshecho, había decidido vender el lugar tras renovarlo completamente. Gabi había llorado durante el relato, lágrimas silenciosas que recorrían sus mejillas y humedecían su almohada. 

—Lo siento.— Había dicho con palabras prácticamente inaudibles y que Isma había capturado, así como el sonido que sus lágrimas hacían al caer en la almohada. Gabi sintió cómo una mano invisible le secaba las lágrimas y acariciaba su rostro con ternura. —¿Cómo… ? ¡Te he sentido!— Exclamó sorprendida. 

La manó se apartó precipitadamente, con temor. 

—Lo siento… no era mi intención… no pensé que… No quise incomodarte… Perdona.—

—No lo has hecho… de lo contrario. Simplemente no pensé que fuera posible. Lo cierto es que… bueno… me ha agradado. Por favor, vuelve a hacerlo…— Y sintió su mano nuevamente, dulcemente trazando su mandíbula, sus mejillas, sus labios… donde pausó… ella sintió el aliento de su compañero invisible, y por un segundo percibió una luz ligera, y una leve electricidad recorrió su cuerpo cuando sus labios se unieron en un beso etéreo que les unió en un amor infinito. 

Gabriela descubrió, sin asombro, que estaba enamorada del espíritu que albergaba su apartamento. 


Un amor inesperado

Cuando grité en silencio que estaba preparado para el amor, jamás pensé que el universo me mandaría tal ser para llenar mi corazón. 
No creas que lo vi de esa manera, ni siquiera se me pasó por la cabeza. Solo el tiempo decidiría que era amor, amor verdadero y amor como nunca había sentido antes. Mi corazón estaba lleno, tan lleno de luz y regocijo que… bueno, me estoy adelantando. Voy a empezar por el principio. 
Todo empezó con el final. Al llegar a casa había encontrado una nota en el recibidor junto a sus llaves del apartamento que habíamos compartido durante dos años juntos. 

No puedo más. No estoy feliz. 
Lo siento

Esas habían sido sus últimas palabras. Al intentar llamarla, el número estaba fuera de servicio. Si llamaba a alguno de sus amigos o a su hermana, solo me contestaban que lo dejara y pasara página. Así, como si nada. Como si no hubiésemos compartido sueños, momentos, estragos… y experiencias inolvidables durante más de cinco años. Debía olvidarme de todo ello como si no fuera más que el humo que se desprendió de esa maldita nota que quemé en el fregadero. Un amor esfumado como si nunca hubiese existido. Y tal vez nunca lo hizo. Tal vez lo imaginé. Tal vez lo viví como si hubiese estado encerrado en una burbuja, aislado de lo real y de un mundo que seguía existiendo, apático a mis sentimientos. 

Los próximos seis o siete meses fueron pésimos. Existía pero sin vivir. Era como si funcionara en modo auto-control. Mi mente estaba apagada y mi corazón arrugado como una pasa insípida. Mis amigos procuraban sacarme de mi letargo, bromeando y diciendo que la mejor manera de superarla era liándome con otra… sí, como si me apeteciera meterme en líos ahora. 

Empecé a evitar a todos, incluso ignoraba mi móvil cuando veía que era alguno de ellos. No tenía capacidad emocional más que para mi propio sufrimiento. Según escribo esto me doy cuenta de lo destructivo que era mi comportamiento… y no sé dónde hubiese acabado si no la hubiese encontrado a ella. 

Una mañana desperté, ahogado en una pesadilla en la que pedía amor. En la que rogaba por un amor nuevo que me salvara de mí mismo. El día estaba nublado cuando decidí salir. La tormenta no tardó en despertar. La lluvia golpeaba con fuerza las calles, violenta y sin piedad. A lo lejos los truenos amenazaban con acercarse despacio y traer los rayos con ellos. Me encaminaba a comprar un paquete de Lorazepam, sin los que era incapaz de pegar ojo y que me temía me tenían bien cogido por los cojones en una adicción sutil que había penetrado lentamente en mi vida. Caminaba aprisa, pues había olvidado el paraguas y hacía frío, cuando oí un vago maullar. Venía de un callejón. Un tímido maúllo, como una súplica, un último clamor de ayuda. Me acerqué hacia donde se encontraban unas cajas y cubos de basura, y escuché el gemido más definido. Rebusqué como un ser desesperado ansioso por encontrar la luz al otro lado del túnel. Era como si el gimoteo procediera de mi propia mente, pues era un grito de tal desesperación que resonaba en mi corazón disecado. 

—¿Dónde estás? Bsbsbsbsbsbsbssssss. Gatitoooooooo…. Bsbsbsbsbsbsbsbs….— Silencio… y el maúllo aumentó. Primero prácticamente inaudible, pero con cada bsbsbsbs mío, el grito de desesperación de mi interlocutor de cuatro patas creció. Y, de pronto, apareció. De entre lo que parecían miles de cajas de cartón, apareció una pequeña cabecita blanca con unos ojos enormes, azules como el mar. Seguidos por un cuerpo moteado de manchas grises, dos patas delanteras blancas, como botas que le cabían a la perfección, y dos patas traseras negras. Jamás había visto una criatura tan extraordinaria. Un gato… perdón, una gata, con un vestido tan insólito. 

—¿Estás aquí sola?— La miré con compasión y ternura. ¿Quién habría abandonado a tal criatura? Sorprendentemente, se acercó a mí y se restregó, temblando, contra mis piernas, como si me recordara de otra vida. No se apartó ni se asustó cuando me agaché a recogerla. Decidí llamarla Maisha, que significa vida en suajili. Porque, desde ese momento, mi corazón empezó a latir de nuevo, empezó a inflarse y a palpitar. El amor volvió a correr por mis venas cuando esa criatura inofensiva me miró por primera vez y su pequeña y áspera lengua lamió con ternura mi mano. Ella me devolvió la vida. Ella me salvó. Aquella noche no necesité los somníferos. Tras llevarla al veterinario y asegurarme de que estaba sana, llegar a casa, darle de comer y lavarla, ver una película juntos, nos dormimos hasta la siguiente mañana, cuando un tímido maúllo me despertó para avisarme de que alguien requería su desayuno. 

Mi nueva vida había comenzado. Mi nueva compañera de apartamento había decidido que quería quedarse conmigo. 

Han pasado tres años desde aquel encuentro fortuito. No sé si ella me eligió a mí, o yo a ella, o fue uno de esos momentos de sincronía de los que tanto había oído hablar, pero aquel momento me trajo un amor que jamás supe existía. Un amor absolutamente desinteresado en el que, con estar presente, compartir mi cariño y preocuparme, siendo yo mismo, sin necesidad de fingir, es reciprocado. 


De la calle a un hogar

“¡Ven aquí, Quijote!” Es la voz de ‘mi’ Eider, utiliza ese tono cuando vamos a salir a pasear. Le conocí hace un par de estaciones. Recuerdo que los días empezaban a extenderse y no hacía tanto frío en mi jaula. Ahora es la estación cuando las noches son más largas y el aire más frígido. La sustancia blanca que me produce frío en las patas cubre las aceras y la superficie en los parques.  Los humanos adornan sus casas con luces brillantes, tanto por fuera como por dentro. 

Llevo meses sintiendo que los humanos están más nerviosos y estresados, incluido ‘mi’ Eider. Cuando siento que sus niveles de cortisol aumentan, me acerco a él, pongo mi hocico sobre su regazo e, instintivamente, pasa su mano sobre mi cabeza y sus niveles se estabilizan. No falla nunca. 

Estoy divagando. Lo dicho, nos conocimos en esa estación anterior a la que es muy cálida y agradable, previamente había vivido en una jaula donde me cuidaban relativamente bien. Tenía de comer, se aseguraban de que me mantenía sano, y tenía otros compañeros —que iban y venían— con los que podía charlar. Creo que ése había sido mi hogar durante cuatro o cinco estaciones. Allí es donde viví durante la última época de decoraciones. Los humanos que nos cuidaban en esa época disfrutaban engalanando el lugar. Nos traían algunas golosinas especiales y nos hacían compañía con más frecuencia. 

Aún así, podía resultar desolador, aunque reconozco que era mejor que vivir en las calles, que era donde había pasado la época de decoración anterior a la que viví en la jaula. La calle no es lugar para vivir. Conocí algunos humanos con los que me encariñé que acababan desapareciendo. Algunos estaban enfermos (me lo decía mi olfato). Algunos me daban de comer y pasaba la noche con ellos, compartíamos así el calor en las noches más frías. Durante el día hacía mis rondas por la ciudad, buscando algo de comer y algún compañero con el que comunicarme. Añoraba la compañía de otros perros. Mi vida no había sido siempre tan desesperanzadora. Recuerdo que hubo un período en el que había compartido un hogar con otro compañero y con humanos. Un día desaparecieron y unas personas con una energía indeseable vinieron a buscarnos. Me asusté y escapé corriendo. No era más que un cachorro entonces, aunque parece que hace de ello miles de estaciones, aunque dudo que fuese tanto. 

Como iba diciendo, después de vivir en las calles y mientras vivía en la jaula, hubo una temporada en la que venían muchos humanos a vernos. Ocurría a diario y con frecuencia. Mis compañeros más jóvenes desaparecían primero. Yo procuraba hablar con los humanos… sonreía, saltaba y daba vueltas en mi espacio, procurando llamar la atención y comunicarme con ellos. No muchos me prestaron atención, hasta que llegó Eider. Era una persona nostálgica, triste. Cuando le conocí tenía un vacío dentro que le consumía. Soledad y pérdida. Sí, podía intuir que había perdido a alguien que le importaba. Conocía muy bien ese sentimiento. Cuando puso su mano en las rejas, me acerqué cuidadoso y lamí sus dedos. Sonrió y, desde entonces, hemos sido inseparables. 

Nunca antes había conocido un amor como éste. Un amor en el que sólo quería hacerle sentir bien y ayudarle a rellenar ese vacío. Desde que le conocí me he percatado de que su espíritu taciturno ha ido disminuyendo con cada crepúsculo que transcurre. Su personalidad alegre brilla con un poco más de luz con cada alba nuevo. 

Esta estación con los ornamentos es la mejor que recuerdo. Tal vez estén ocurriendo hechos en el mundo humano que no entiendo, pero sea lo que sea, ha sido la causa por la que ‘mi’ Eider y yo nos hemos encontrado y hemos aprendido a sanar y a comenzar a sentirnos completos. 


8 de enero, 2021

Magia navideña

Había nevado. El suelo estaba cubierto de un manto espeso y brillante de nieve virgen. Tenían un largo camino por recorrer, pues era Nochebuena y la tarea más dura estaba por venir.
Debían recorrer largos trayectos para completar su trabajo. Los incrédulos, cínicos y todos aquellos con una mente altamente científica, no verían los conos rojos desplazarse a través de los caminos de nieve. No verían cómo se movían rápidamente en la noche frígida, con agilidad y precisión absoluta. Bajo esos conos, las figuras diminutas de los duendes barbudos se concentraban en mantener el ritmo que habían utilizado durante tantos siglos para ver sonreír a los más desamparados, a los más necesitados, a los abandonados y maltratados. Eran los Duendecillos Nativideños, o así los denominaba el folclore. Estos seres permanecían en las sombras el resto del año, pero en la noche antes de la mañana de Navidad, hacían sus rutas.
Visitaban orfanatos, perreras, viviendas para los vagabundos, las calles donde otros pasaban la noche por no haber encontrado asilo en algún lugar con cama, ducha o comida.
La labor de los duendecillos era proveer esperanza, amor y compañía a quienes más lo necesitaban durante la época del año en la que todos recordaban lo que era tener —o, por defecto, carecer de— una familia. Su magia era infinita. Creaban comida; todo tipo de manjares para quienes jamás tenían la oportunidad de disfrutar de dichos lujos.
A los niños en los orfanatos les traían golosinas navideñas y algún juguete simple para su entretenimiento. Les contaban historias durante toda la noche, mientras otros duendes iban a las perreras u otros centros donde animales pasaban la noche sin un hogar propio. Otros tantos recorrían las calles para ejercer su magia y recrear habitaciones con hogueras, camas y comida caliente donde uno de ellos se alojaba durante la noche para contar una bonita historia a vagabundos que durante el resto del año buscaban la manera de sobrevivir.

Los Duendecillos Nativideños eran independientes y habían existido durante siglos y siglos, siempre sirviendo a los más necesitados. El único pago que pedían era una sonrisa a cambio de la esperanza que despertaban en los corazones de aquellos a quienes visitaban año tras año.

6 de enero, 2020

Morfar

Mi abuelo fue la primera persona que falleció a la que me sentía realmente unida. No sería la última, de eso no cabe duda. Si algo es certero en esta vida, es que la muerte nos llega a todos tarde o temprano. Si tenemos suerte y vivimos una vida de la que nos podamos enorgullecer, tarde será el número que nos toque.
Era un hombre mayor, ya pasado los ochenta años, pero lo suyo no fue una muerte natural. Sus células se infectaron, tal cual virus infecta un disco duro y destruye todo su contenido hasta que lo hace inservible. Las células de mi abuelo se transformaron de partes íntegras para el funcionamiento de su cuerpo, en monstruosidades de la naturaleza. Partes de su cuerpo que se corrompieron y empezaron a comerse el resto de sus células saludables. Cáncer, señores y señoras.
Curiosa palabra, cáncer. También es el séptimo símbolo del zodíaco y no olvidemos el trópico de Cáncer. Se dice que fue Hipócrates que empezó a utilizar la palabra —proveniente del griego karkinos— para denominar tumores y otras lesiones dentro de tal categoría. Karkinos, bonita palabra. Cangrejo. ¿Por qué se le hizo responsable al pobre cangrejo de llevar la carga de tal palabra? ¿Qué relación tienen esos simpáticos artrópodos crustáceos que caminan de lado para desplazarse con el deterioro de las células humanas? Curiosa coincidencia, supongo. O tal vez haya allí una historia que escapa mi razonamiento. Sea como fuere, esa fue la causa de la salida de mi abuelo de este plano al siguiente. Realmente no puedo decir que dejara este mundo, ¿quién puede saber con certeza dónde acabamos cuando nuestros ojos se cierran por última vez, nuestro corazón deja de palpitar y nuestros pulmones no inhalan más aire? Tal vez mi abuelo, o su energía, siga viajando en este mundo, en otro plano, en otra dimensión. Tal vez le vuelva a ver de alguna forma cuando me toque adentrarme a ese mundo desconocido.

Dejémonos de morbo, y déjenme que les hable un poco de mi abuelo. No era un hombre perfecto, déjenme aclarar eso desde un principio. Claro que nadie lo es. Lo importante es querer a quienes tenemos cerca con todas sus imperfecciones. Lo que sí puedo decir con toda certeza es que mi abuelo me quería. Mi abuelo fue la figura masculina que más me influenció y que mejor ejemplo fue para mí de niña. Era curioso, inteligente, energético y muy impaciente. ¡Extremadamente impaciente! Y no olvidemos tozudo.
También tenía sus defectos. Mi abuelo padecía de alcoholismo. No sé si eso es un defecto, una debilidad, una enfermedad o una combinación de todo eso. Supongo que es más justo decir que era una enfermedad; dicho sea de paso, una que corría en la sangre de su familia. Pero mi abuelo era un borracho alegre.
—Ven aquí. Dame un beso.— Nos decía a mis hermanas y a mí cuando había bebido no una, no dos, sino media docena de cervezas de más. Nos acercábamos a él, nos sentaba en su regazo y nos llenaba la cara de besos mojados.
—Mooooooooooorfar!!! (abuelo en sueco, sin tantas “o”, solo una)— Nos quejábamos. Con la parte posterior de la mano nos secábamos toda la saliva que había dejado plasmada en nuestras mejillas.
Mi abuelo dejó de beber. Cuando realmente importó, mi abuelo eligió a su familia antes que a la bebida.

Todos los años, por su cumpleaños, venían decenas de personas a la casa de campo de mis abuelos para celebrarle un año más. Le encantaba ser el centro de atención, o al menos era la impresión que me daba. Un grupo de sus amigos de un club de vikingos llegaban en un barco vikingo que se lo llevaban para recorrer las aguas del Báltico en el precioso barco (porque realmente era una estructura maravillosa). No recuerdo bien cuánto tiempo pasaba en esas aventuras, lo que recuerdo es que eran esos momentos que le daban un poco más de visibilidad a mi abuela. Mi abuelo era una persona que cautivaba la atención de quienes le rodeaban, lo cual creaba que mi abuela desapareciera un poco. Pero mi abuela le quería, me lo dijo no hace mucho tiempo. Hace unos años, mientras visitaba a mi familia en Suecia, me quedé con mi abuela (ahora ya tiene casi noventa y siete años) y hablamos de tópicos trascendentales que nunca antes habíamos tocado. Hablamos de mi abuelo y de lo mucho que había significado para ella. Compartieron una vida juntos de más de cincuenta años. No sé exactamente cuántos, pero más de los que yo he estado en este mundo. La historia de ellos es suya y no quiero contar algo de lo que no sé mucho, con lo que sí puedo contribuir es con la noción de que había amor, cariño y amistad.

Cuando me mudé a Canadá, mi abuelo siempre hacía el esfuerzo de escribir, de mantener contacto. Incluso se había comprado un ordenador para aprender a utilizarlo y comunicarnos mediante correos electrónicos. Siempre mostró interés por mi vida y por mis aventuras. Era una de las razones por las que le quería. Otra razón que no puedo dejar pasar, es que mi abuelo y yo jugábamos ferozmente al ping-pong. Era muy bueno y me desafiaba jugar con él. Eran momentos agradables. Mis memorias de mi infancia en Suecia son felices y las mantengo con cariño. Mi abuelo fue en gran parte responsable de ello.
Me siento afortunada por haber tenido un abuelo al que quise tanto y me quizo a mí. Un abuelo que a sus sesenta y pico años viajó de Suecia a Lanzarote en bicicleta y apareció como quien vive en el pueblo de al lado. A mi madre casi le da un infarto cuando lo vio.

Era una persona excepcional y soy mejor persona por haberle conocido. En los años desde que nos dejó también he tenido ocasión de conocer mejor a mi abuela.

Tal vez no todo lo aquí escrito sea verdad del todo, pero es mi percepción de mi abuelo y mi experiencia con él, y hacía mucho tiempo que quería compartir algo sobre él —una mota nimia de quien fue—.

Con cariño, le dedico esto a mi abuelo (1919-2001).


10 de octubre, 2019

Me enamoré

Abril

Hoy, al mirarte a los ojos, supe que me había enamorado. Supe que te quería y quería estar contigo. Supe que al dejar tu lado, te estaría añorando, tu perfume, tu sonrisa, tus preguntas…
No me preguntes cómo, ni cuándo ni por qué, pues desconozco la razón por la que mi corazón te eligió a ti. Tal vez fue tu penetrante mirada al hacerme el amor, tal vez tus acciones que desencadenaron una serie de sentimientos en mí que desconocía estar preparada a compartir. Fue hoy, al compartir ese momento íntimo de silencio, mirándonos el uno al otro, cuando me percaté por qué latía con tanta fuerza mi corazón. Sentí la necesidad incontrolable de besarte. No lo hice. “Te quiero.” Te dije. Me miraste como si te hubiera abofeteado con inmensa violencia.
“¿Qué dijiste?” Preguntaste, aturdido.
“Te quiero.” Repetí, perfectamente consciente de que me habías oído la primera vez.
Sentí cómo mi corazón se encogía y cómo me ahogaba un sufrimiento abrumador. Sentí la impaciencia de las lágrimas, luchando por saltar de mis ojos. Me contuve. No quise que me vieras llorar al ver tu reacción.
“No sé qué decirte. ¿No íbamos a mantener una relación casual? ¿Qué pasó?” Tus preguntas eran como puñaladas. Deseaba desesperadamente ver aparecer un agujero bajo mis pies y que la tierra me tragara. Un nudo cada vez más asfixiante se iba formando en mi garganta. Deseé no haber pronunciado aquellas malditas palabras que ya no podía recuperar.
¿Por qué decidí decirlas en ese momento? No lo sé. Tal vez creí que sentías lo mismo, que estabas preparado para recibir mi amor. Tal vez imaginé que sonreirías y dirías, “lo sé, y yo a ti.”
Me enfadé, pero no contigo, conmigo misma por haber sido tan ingenua. Por haberme creído ser la protagonista de una de aquellas películas románticas con las que crecí. ¿Acaso pensé que era Pretty Woman? ¿O Meg Ryan en ‘Cuando Harry encontró a Sally’? “Trágame, tierra”, pensé. “Si existe un dios, que algo ocurra ahora para sacarme de esta situación”, seguí deseando.
Pero nada ocurrió, y sentí que ya no podía contener más las lágrimas. No quería que sospecharas el dolor que tu reacción me había causado, así que fui al baño, pretendiendo tener que orinar; tranquila, compuesta y fría.
“¿Estás bien?” Preguntaste casual.
“Sí, sí…” Mentí. No sentí que realmente te importara. Tu pregunta resultaba superficial y trivial. “¡Qué coño te importa!” Quise decir. Pero no, mantuve mi compostura y, una vez en el baño, lloré en silencio, sentada en el suelo con la espalda contra la puerta. Lloré y me sentí vacía, despreciada e infinitamente pequeña. No sólo me sentí rechazada, pero mi ego se sintió herido.
Se encogió mi corazón y me resultó increíblemente difícil recuperar el aire. Alimentar a mis pulmones con ese oxígeno imprescindible que ahora parecía escapar ahogándome en mi propia tristeza. Me sofocaba; más aún porque sufría en silencio. No podía gritar, no podía hacer un sólo ruido. Mis ojos se hinchaban y sentía cómo mi rostro se distorsionaba, mi expresión no era la misma. Tenía que contenerme. ¿Cómo escapar de esa situación sin parecer que huía?
No podía tardar, así que me limpié la cara con agua fría e hice lo que pude para disfrazar mi aspecto. Un poco de maquillaje, pensamientos agradables…
Estabas sentado en el sofá. Habías apagado el televisor —maldición—. Me mirabas. Me leíste en segundos, pero no dijiste nada. No enseguida. “¿Qué esperabas?” Preguntaste cuando al transcurrir varios minutos yo seguía sin pronunciar palabra. “Sabías muy bien lo que sentía. Sabías que me interesaba otra chica. Sabías que lo nuestro era casual.”
“¿Cómo puede ser tan fácil para ti?” Pensé sin conseguir que las palabras escaparan mis labios, liberándose así de la celda que era mi mente. No pude sino mirarte. Mi mirada clavada en la tuya, perdida en la infinidad de tus ojos oscuros.
“No quiero que sufras. Dime, ¿qué puedo hacer? ¿Será mejor que dejemos de vernos?” Prosiguió.
“¡¡¡¡SÍ!!!!” Gritaba en mi mente, pero las palabras aún prisioneras en la misma, capaces de existir tan solo en mi pensamiento. Seguía mirándote, petrificada en el momento en que me preguntaste qué había dicho cuando ambos sabíamos que me habías escuchado perfectamente. Quise cambiar de tema. Cobarde, lo reconozco, pero la reacción inevitable. No podía ganar. Si te decía que no quería volver a verte, sufriría porque no volvería a verte. Si te decía que no importaba, que podíamos seguir viéndonos como habíamos hecho hasta entonces, sufriría porque sabía que, mientras yo te hacía el amor, tú tenías sexo conmigo. Sabía que mientras yo no podía imaginarme besando a otro, tocando a otro, tú no tendrías reparo en besar, amar o sentir tu cuerpo desnudo contra el de otra. El dolor era insoportable en ambos casos. El dicho resonaba en mi mente —mejor cortar por lo sano que sufrir la agonía—. Sí, claro, en teoría, ¿pero quién coño tiene la sangre tan fría? Yo, desde luego que no.
Estaba petrificada en una situación imposible. ¿Cuándo me volví tan sensible? ¿O siempre lo fui? ¿Por qué no podía ser una de esas mujeres con sangre fría que, al ser rechazadas, se envuelven en los brazos de otro para olvidar? ¿Que, fuertes y decididas, siguen para adelante, dejando atrás lo inútil? Fuertes y capaces de soltar el pasado y dejarlo como tal, reconociendo lo imposible y dejándolo ser.
Tal vez porque mantenía la esperanza de que, tal vez ahora no me querías, pero tarde o temprano lo harías, porque yo era la protagonista de mi vida y, como tal, saldría vencedora. Al fin y al cabo, ¿no lo había hecho siempre? ¿No era cierto que la palabra “no” no cabía en mi vocabulario? ¿Era arrogancia? Probablemente. Pero era joven y estaba dispuesta a comerme el mundo. Había compartido demasiado contigo, te había dado mi corazón. No cabía en mi razonamiento la posibilidad de que tú tenías tu propia voluntad y tu propio corazón y aquello era algo fuera de mi control. ¿Por qué no podía comprender eso? Mi vida hubiese sido otra historia si hubiese reconocido tal hecho. Ahora, en mi vejez, mirando atrás, recordándote y el amor que por ti sentí, posiblemente el más profundo que viví, descubro en retrospectiva lo equivocada que estaba en tantos aspectos. Cabezota (léase delirante). Es la única palabra que mejor describe mi comportamiento en esos años.

Septiembre

No escapé aquel día. Me escondí en mi propio interior. No volvimos a hablar del tema. Yo disimulé como que no me importaba y tenerte cerca se convirtió en mi prioridad. Olvidé cuidarme y supuse que estar lejos de ti dolería más que no tener tu corazón. Cuánto me equivoqué. Durante los meses que siguieron sentía la ardiente necesidad de preguntarte sobre la otra chica, pero cada vez que lo hacía, sentía que el corazón se me encogía un poco cada vez. ¿Lo estaré dañando aún más? Me preguntaba. ¿Por qué te hacía esas preguntas? ¿Era masoquismo? ¿O la inevitable necesidad de añadir drama a mi vida? Preguntas que, hasta este día, no he conseguido contestar.
La mente es un núcleo complejo repleto de circuitos, sensores y todo tipo de nervios. Información que va y viene en milésimas de segundos. Además de todo lo que el cerebro es capaz de conseguir sin la ayuda de nuestro ser consciente, a veces aprende a dejar entrar pensamientos que aparecen de la nada y sin propósito alguno. Pensamientos que tal vez nos enredan el razonamiento y que parecen tan reales y tan posibles, que acabamos creyéndolos. He ahí el problema. Mis pensamientos me abrumaban. Me enganchaba a dichos pensamientos, cual drogadicto a su narcótico preferido. Esos pensamientos crecían y se convertían en sentimientos, y yo misma me encerraba en una realidad inexistente. Creía vehemente que sentías por mí algo que no existía, pero que tú aún no te habías percatado que estaba allí. Tan poderosa era esa creencia, que aún cuando comenzaste una relación seria con otra chica, me negaba a verlo. Podría decirse que padecía de un delirio agudo. No encuentro otra manera de explicarlo o entenderlo. El caso es que seguimos varios meses así. Tú perfectamente desapegado y yo apegándome cada vez más a una fantasía que era incapaz de romper. Incluso cuando sentía que el sexo no era más que sexo y pasabas más tiempo atento a tu teléfono que a lo que yo decía.
Aún así, estaba segura de saber mejor que tú mismo lo que realmente querías.

Enero

Año nuevo, vida nueva. Eso dicen siempre cada año. Como si nuestras personalidades fueran a cambiar mágicamente con el cambio del calendario.
En mi caso, mi historia de ficción seguía vigente en mi mente, aún cuando te notaba cada vez más distanciado y con menos esmero de verme para compartir mi cama. Estaba segura de que tu relación con esa chica (o tal vez otra), se había vuelto más seria. Cosa que nunca me contarías porque, en tales casos, siempre me afectaba demasiado y esa parte de mí que tanto detesto se apoderaba de mi razón y mi vena celosa y posesiva se hacía cargo de mí. No era una sensación agradable. En momentos como aquellos sentía que perdía el control por completo. Así que dejaste de contarme tus otras aventuras. Hasta que te enamoraste. De pronto todo acabó. Sin más. Fui yo la que confesó que ya no podía más. Todo el asunto era muy doloroso. No podía amarte y compartirte por más tiempo, aún cuando no me habías confiado que había otra, yo era consciente de ello. Te dejé, pensando que, como siempre antes, volverías a mí. Esta vez no lo hiciste. Esta vez fue definitivo.

Más adelante…

Dolor como aquél es difícil superar. Me llevó mucho tiempo abrirme a otra persona, y mucho tiempo confiar en mí misma y recuperar mi cordura. Encontrar ese equilibrio que había perdido cuando andaba buscando que tú me validaras.
Cuando lo pienso, me hiciste un favor. Seguir así contigo hubiese sido mi perdición. Todas las puertas que se abrieron en mi vida después de que lo nuestro terminara se debió a que me había vuelto a encontrar a mí misma. A la persona que era antes de ir buscando la validación de tantos hombres (o, tal vez siempre había buscado ese afecto ajeno, en lugar de buscarlo dentro de mí misma). Ahora utilizaba mi tiempo y energía para trabajar en lo que quería hacer con mi vida. Me felicidad se encontraba en mis metas, mis sueños y mis pasiones. Aprendí a conocerme a mí misma y a quererme tal cual era.

No hemos vuelto a hablar en muchos años, pero si alguna vez lees esto, quiero que sepas que agradezco haberte tenido en mi vida. Durante mucho tiempo sentí odio, rencor, desdén y todo tipo de sentimientos negativos hacia ti. Cuando por fin pude soltar toda esa carga que yo misma me echaba encima, entendí que fuiste necesario en mi vida para poder aprender a ser la persona que llegué a ser y que soy ahora, cuarenta años más tarde.
Sí, me enamoré. Tal vez pensabas que esta historia iba sobre ti. En parte, posiblemente, pero trata más del momento en que me enamoré de mí misma y de quién soy y de quién soy capaz (y fui capaz) de ser. En parte, te lo debo a ti.

Gracias por no enamorarte de mí.

20 de octubre, 2019

Carta del otro lado

Querida Mariana,

Espero que no llores al leer esto, aunque poco te puedo pedir desde donde te escribo. Es curioso, simplemente la noción de estar escribiéndote desde aquí me resulta inverosímil. Yo, que siempre pensé que “aquí” no existía.
Quiero espiarte cuando leas esto. Será mi manera egoísta de descubrir si realmente te importé. Ni siquiera sé por qué te envío esta carta a ti. ¿Qué explicaciones te puedo dar? Supongo que jamás me creíste tan escrupuloso, o tal vez sea cobarde la palabra correcta.
El caso es que aquí estoy y, ¿sabes qué? No me arrepiento. Supongo que el miedo se apoderó de mí antes de por fin volarme los sesos, como muchas veces había fantaseado hacer. Tantas otras veces en las que no tuve las agallas para llevarlo a cabo. ¿O es cobardía? No estoy seguro. En vida siempre oí que los que que se suicidaban —qué palabra más fea— eran unos cobardes. Que se habían dado por vencidos y ya no querían seguir luchando. Que habían tomado el camino más simple. Déjame decirte, simple no fue. Y tampoco estaba deprimido. Triste, posiblemente. Pero, ¿no eras tú quien me decía siempre que una pena infinita se traslucía a través de mis ojos? Sí. Triste, seguramente. Una tristeza sin cura, crónica, supongo. Tal vez estaba deprimido. ¿Qué sé yo?
Tal vez supuse que ya había vivido lo suficiente. Que había alcanzado muchas metas que jamás pensé lograría. Estarás pensando que cómo pude estar tan seguro… No te lo vas a creer, pero desde este lado puedo oír los pensamientos de la gente. Puedo caminar entre ustedes y escuchar lo que ronda sus mentes. Así que, cuando lo pienses, lo sabré.
Tendrás tantas preguntas. La luz blanca y las memorias que atropellan nuestra conciencia en el momento justo en que el último latido parte de nuestro corazón. Cielo o infierno. Almas perdidas, almas conocidas. ¿Y por qué sigo por aquí? ¿Estoy en el limbo?
No sé qué decirte. Ojalá pudiera explicarte que, desde esta perspectiva, todo tiene más sentido. Las nimiedades que nos preocupaban en vida ni siquiera existen en este espacio. Me veo como era, pero sé que no lo soy. No sé lo que soy, pero tengo mis memorias intactas. De hecho, las recuerdo mejor que ese día, cuando cumplí los treinta y decidí que ya había vivido lo que quería vivir.
¿Fui egoísta? No lo sé. Sin embargo, sé que no fue una decisión que me tomé a la ligera. Fue una decisión que me llevó años ejecutar. Tal vez porque siempre pensé que había algo más. Y, cuando te conocí a ti, realmente lo creí. ‘El amor de mi vida’, me dije. ‘La mujer con la que querría tener un hijo’, me aseguré. Estaba equivocado, como ambos sabemos.
Tal vez toda esta lógica la esté creando para justificar ese acto tan definitivo. Irrevocable. Tal vez me asuste pensar que treinta años no eran suficientes para alcanzar todo mi potencial, por lo que me justifico y digo a mí mismo que lo que hice fue la mejor opción para mí. Curioso cómo los pensamientos no se apagan en este lugar. Tal vez esto sea el infierno: una batalla incesante contra mis pensamientos. La teoría que rondaba en mi mente cuando chupaba la boca de la escopeta, era que, puesto que tú no me querías, y yo a ti más que a la vida misma, no merecía seguir adelante. Me dije que sería imposible amar tan apasionadamente de nuevo. Me convencí de que mi amor hacia ti era puro y real. Ahora lo veo a través de un cristal nítido. Creo que en vida lo miraba todo a través de un cristal de esos gruesos, como los de las botellas de Coca-Cola, donde el cristal es tan grueso y con un tono algo verdoso, que lo que está al otro lado no se distingue con certeza. Mi perspectiva de lo que era amor podía estar algo adulterada por el cristal por el que había decidido observar mi vida. No, no quiero pensar en ello. Sí, debí de amarte tanto que sin ti la vida no tenía sentido. Cuando me confesaste que te habías enamorado, sentí cómo una mano invisible se introdujo en mi pecho, apretó con fuerza mi corazón, y lo estrujó como una esponja vieja y gastada, lista para la basura. Exactamente donde creo que fue a parar mi corazón. En la papelera de lo inservible. Desde ese momento, creo que todo a mi alrededor se convirtió en un manto blanco y negro. Todo carecía de sabor, color, olor, sentido. Mis amigos intentaban animarme, diciendo que había muchos peces en el mar. ¿Qué coño significa eso? ¿Acaso no entendió nunca nadie que no se trataba de cantidad, sino de calidad? Nunca fui uno de esos tíos que buscaban enrollarse con la mayor cantidad de mujeres posibles. Tenía amigos que tenían una lista: las más guapas, las rubias, las morenas, las asiáticas, las negras, las pelirrojas, las gordas, las flacas, las que servían para más de una noche… etc. No todos mis amigos eran así, pero los había, como hay de todo. Yo, sin embargo, me enamoré de ti. Nunca fui muy extrovertido ni iba buscando el amor de mi vida. Simplemente pasó. Nos conocimos casualmente, mediante amigos. Entablamos amistad, nos enrollamos unas cuantas veces. Yo me quedé colgado, y tú saciabas tus deseos carnales. No te lo reprocho, que conste. Eso no es lo que estoy haciendo con esta carta. Perdona si lo ha parecido. Sólo quiero explicarme, tal vez intentar que calces mis zapatos por un corto tiempo para ver a través de esa puñetera botella de cristal. Es cierto que poco después de que me contaras lo de tu nuevo amante sentí desdén hacia ti. Sentí que te perdí el respeto. No me preguntes por qué. Tal vez porque paradójicamente me creía a la altura del mayor altruista de la historia o el mejor novio que pudieras tener. No lo sé. Pero te desprecié durante meses. Sé que te percataste de mi comportamiento y me dejaste, no porque te desagradaba, sino porque no pensabas que sentirte cerca me beneficiara. También por ello te desprecié. ¿Cómo te atrevías a ser más madura que yo? ¿A entender mejor lo que necesitaba? Que no iba realmente de la mano con lo que quería. A menudo lo que necesitamos y lo que queremos no compaginan.
Así seguí varios meses. Ahogándome en mi propio papel de víctima, olvidando el encanto de todo lo que la vida podía regalarme si me abría a la posibilidad. Ya me había encerrado en un cuarto oscuro, había cogido la llave y me la había tragado… y allí dentro se había quedado. Me fui distanciando cada vez más del mundo, de los demás. De mi familia, mis amigos o cualquiera. Cuando lo pienso, no creo que realmente tuviera que ver contigo. Creo que en mí existía un rincón oscuro. Creo que todos lo tenemos, claro que en cada uno se proyecta de manera diferente. En mi caso, me llevó a un aislamiento, una tristeza y un malestar abrumador. Un sentimiento de menosprecio propio, de no valer. Perdí mi trabajo porque no me podía concentrar en lo que hacía, lo que resultó en más tiempo dentro de mi propia mente. Tiempo que realmente no necesitaba. Cada pensamiento que cruzaba mi consciencia se quedaba allí. Lo agarraba como si fuera la verdad absoluta, y me apegaba a él como si mi vida dependiera de ello. ¿Que el pensamiento me decía que era un fracaso y que tenías suerte de no haberte enamorado de mí? Lo sujetaba con fuerza, lo dejaba convencerme un poco más, y me lo metía en el bolsillo para sacarlo en la posteridad cuando necesitaba convencerme nuevamente del desastre andante que era. ¿Que un pensamiento agresivo tocaba a la puerta a punto de echarla abajo y me decía que mi vida era una mierda y que todos en ella estarían mejor sin mí?
“Oye,” le decía “cuánta razón tienes. ¿Te quedas aquí y desarrollas más esa noción para entender mejor en todo lo que he fracasado?”
“Con gusto.” Me respondía, y allí tenía otro compañero disponible a maltratarme y darme de palos cuando se lo pidiese. Estos pensamientos se convirtieron en mis mejores amigos en este cuarto oscuro del que no lograba escapar.
Mis fieles compañeros.

Te comenté antes que este lugar parece real —yo me siento real— pero no lo es. Estoy solo. Al menos, desde que llegué no he visto a nadie. Estoy esperando a ver a todos mis seres queridos, o tal vez los que nos volamos los sesos con una escopeta no tenemos esa opción. No sé qué creer. Lo único de lo que estoy seguro es que dejé el mundo que conocía y estoy aquí. Te explico. Te conté que podía ver y escuchar los pensamientos de los vivos. Pues bien, este lugar es como un paralelo de ese lugar, pero como si estuviese cubierto de una neblina borrosa y blanquecina, o una de esas redes para dormir. Puedo ver, escuchar y sentir, pero no puedo tocar, no puedo ser ni escuchado ni sentido. Como un espejo/cristal de una sala de interrogación policial. No es desagradable. Sé que mis palabras no le hacen justicia a la experiencia de por sí, pero siento calma. También te comenté que los pensamientos aquí no parecen haberse olvidado de mí, pero no son los mismos que me acompañaban en mi cuarto oscuro. No. Estos son más reflexivos. Siento que son lo opuesto a lo que eran. Como si se tratara del yin y el yang. ¿Me entiendes? No me atacan. Aparecen, se sientan en un rincón de mi mente unos instantes, hasta que reconozco su presencia, los escucho y los dejo ir. No me aferro a ellos.
Es curioso sentir calma cuando uno ha decidido dejar el escenario de una manera tan violenta.

He de confesarte que te mentí. Sí que me arrepiento. Cuando paseo por este paralelo de lo que una vez fue, veo la vida de otra manera. Veo que había una solución para cualquier problema. Nada era realmente vano, a pesar de que había momentos en que lo parecía. Los momentos en los que me sentía solo y tenía que elegir entre pagar el alquiler o comer… esos momentos me parecía que no tenían solución. No podía ver cómo salir de esa situación. Me ahogaba en mis propios fracasos y me convencía a mí mismo de que ése era yo: el que nunca conseguía nada de lo que quería. No pude tenerte a ti, perdí mi trabajo, nunca tenía dinero… Sentía como si cada problema contribuyera a la destrucción de la posibilidad de la otra. Sin embargo, aquí, envuelto en una soledad diferente, veo el mundo sin distracciones. Lo veo, pero no lo vivo. No lo siento como cuando era parte de los seres a quienes le latía el corazón. No, paradójicamente, con esta red a mi alrededor, veo más claramente de lo que había visto jamás antes.
¿Cómo voy a conseguir que recibas esta carta? ¿Cómo voy a hacer que llegue a ti? Tengo la certeza de que hay un vínculo entre este mundo y el tuyo, en el que puedo dejar esta carta para que la leas. No quiero que sientas lástima por mí. Tal vez empecé a escribirla con esa intención. Sé que mi pluma era el odio y el rencor en un principio, pero a lo largo de mi relato, y cuanto más tiempo llevo aquí, la compasión se ha apoderado cada vez más de mi corazón rencoroso. Tal vez pienses que he escrito esto de una sola sentada. Te equivocarías en semejante suposición. Empecé a escribir nada más llegar, pero de eso hace treinta años. O al menos treinta años en mi mundo. No sé cuál es el equivalente en el tuyo.

Lo cierto es que te extraño, claro que ya te extrañaba incluso cuando estaba con vida. Te extrañaba porque yo mismo me había alienado del mundo y me había mudado a mi cuarto oscuro. Añoro a todos aquellos a quienes quise; y especialmente siento pudor al saber el sufrimiento que causó no sólo mi muerte tan violenta, sino que mi padre me tuviese que encontrar en el estado en que lo hizo.
Perdona mis palabras tan impetuosas —o si parecieron serlo— al principio de esta carta. Perdóname por haberte empujado de la manera que lo hice. Espero que seas feliz y que sepas que estoy bien donde estoy. Aunque sé que es inútil arrepentirse de lo ya ejecutado, quiero que sepas que el mayor motivo de hacerte llegar esta carta es prevenir que recibas otra de alguna otra persona a la que estimas. No me malentiendas; ni te culpo ni pienso que era tu responsabilidad salvarme. La soledad es así de desgarradora y maldita. Te engaña y te atrapa entre sus garras y te susurra al oído que no le importas a nadie. Sólo te pido que si ves a alguien a quien quieres alejarse poco a poco de ti, extiéndele una mano para que la soledad no le atrape primero. Tal vez eso le ayude a no tragarse la llave del cuarto oscuro.

Cuídate y gracias por tu amistad.
Sinceramente,
Yo.

Si tú o alguien que conoces sufre de depresión y tiene pensamientos suicidas, por favor marca este número:

717 003 717

Allí darás con el Teléfono de la Esperanza para atención en crisis.


20 de octubre, 2019

Me toca dejarte

Te miro y siento por ti un amor increíble. Has sido todo lo que una criatura como yo hubiese podido pedir de alguien que le cuidó. En cuanto te vi aquel día a través del cristal de mi prisión supe que eras tú. Tú serías la persona que se ocuparía de mí. Así que intenté llamar tu atención. Salté, grité, di vueltas por mi celda y cuando me paré para ver si mis acrobacias habían surtido efecto, supe enseguida por tu mirada que había cautivado tu corazón. Eras mía.
De pronto estaba en tus brazos, y desde ese momento hemos sido inseparables. Es cierto que a veces me sentía algo atosigada, pero no puedo negar que la atención me gustaba. Y mucho.

Recuerdo nuestro primer paseo, nuestras salidas a los bosques para ir de caminata. Sé que no podías ir sin mí. Yo era tu compás y dirigía el camino con orgullo, siempre delante para que no te perdieras.
Recuerdo cuando me llevabas de viaje allí adonde tú fueras. La primera vez que subí a un avión fue una experiencia de los más irreal. Te notaba nerviosa, supongo que no sabías si me pondría a ladrar de la excitación, el miedo o ambas. También creo que pensabas que utilizaría mi cama como retrete, pues me pusiste algo muy raro alrededor de mis partes privadas. No te lo reprocho, ¿pero no había otra manera?

Lo siento por aquella vez que te preocupé tanto cuando me comí las barras de avena con chocolate oscuro. Me puse malísima. Me hinché como un globo y me llevaste con urgencia y hecha una bola de nervios al lugar ese donde íbamos alguna vez y me pinchaban, observaban, o me daban algo que me hacía dormir. No me gustaba mucho ese sitio, aunque siempre me trataron bien. También lo siento por todas las veces que no podía evitar sino escapar de casa por la puerta trasera para aventurarme al mundo exterior. Descubrir por mí misma y sin tu tutela lo que se ocultaba en el mundo fuera del hogar. Sé que te preocupabas inmensamente cuando desaparecía así, aunque siempre regresaba, sobre todo cuando oía mi bolsa de la comida llamándome. ¡No se te escapaba una! ¡Qué aventuras! Recuerdo cada vez que tenías el corazón roto por alguna razón u otra. Entendí que se debía a que el humano con un olor específico había dejado de aparecer por casa. Nunca entendí por qué dejaban de venir ciertos humanos. Yo jamás te hubiese abandonado… excepto ahora que no tengo otra opción. Sé que me lo perdonarás. En esos momentos me acercaba a ti y me acurrucaba junto a tus piernas, me echaba en tu regazo e intentaba lamer las lágrimas que corrían por tus mejillas. Entonces me abrazabas y me sentía tan afortunada de tenerte a mi lado, que mi corazón se aprieta en mi interior sabiendo que no sé quién te cuidará de aquí en adelante.

Tú sabes que ha llegado el momento. Después de 15 años juntas, mi cuerpo ya no puede más. Hace seis meses descubrieron la razón por la que tenía sangre en la orina, o eso creo, pues después de aquella visita al lugar ese con olor a muchos animales, empezaste a darme unas pastillas con la comida. Me hacían sentir algo mejor, pero tanto tú como yo sabíamos que eso sólo aplazaba ligeramente lo inevitable.
Como sé que la muerte está pisándome los talones, me acerco a ti todo lo que puedo. Me recibes con lágrimas en los ojos, conociendo la razón de mi necesidad de tenerte cerca. No sólo por mí, sino también por ti. Sé que te va a doler, sé que vas a sufrir y posiblemente te prometas no adoptar a otra criatura como yo. Pero yo sé que eres fuerte. Sé que lo superarás y que recordarás todas las aventuras que hemos pasado juntas y tu corazón se llenará de amor y de luz. Sé que querrás repetir la experiencia con un perro nuevo.

Ahora voy a posar mi cabeza aquí sobre tu regazo… Me entra un cansancio abismal… Me pesan los párpados…

15 de octubre, 2019

Amor incondicional

Anoche no pude dormir. Me dolía el estómago. Tuvo que ser algo que comí, aunque no entiendo bien qué. Todo lo que comí hoy olía delicioso, así que dudo que ésa fuera la causa, aún cuando me decidí por recoger comida que no estaba en mi plato. ¿Y quién puede culparme? Allí estaba… ¿el qué? Bueno, no lo sé exactamente, pero a mi olfato le gustó. Estábamos paseando, y lo olí antes de verlo. Estaba oculto detrás de un arbusto, pero fui lo suficientemente sagaz para embocarlo sin que Oliver pudiera impedirlo.
—¡Ja!— Pensé que me había salido con la mía.
Poco después empecé a vomitarlo todo. No solo mi captura furtiva, sino lo que había desayunado. De pronto no me sentía tan bien. Perdí el apetito y solo quería dormir. No me apetecía levantarme. Oliver me miraba con inquietud. Me acariciaba más de lo normal y me preguntaba incesantemente si todo estaba bien. Cuando volví a expulsar los contenidos de mi estómago (o lo que en él quedaba), vi rastros de preocupación en su rostro. Los humanos son fáciles de leer. Enseguida se les dibuja una luz diferente a su alrededor dependiendo de su ánimo: amarillo si están felices, blanco si están sosegados, rojo o naranja si están enfadados, violeta si están preocupados…
Soy muy perceptivo para estas cosas.
La cuestión es que enseguida cogió el objeto ese del que nunca se despega, se lo llevó al oído y en breve me estaba llevando al coche. Estábamos de camino a… bueno, no tardaría en saberlo. Curiosamente, a pesar de que siempre me excitaba y emocionaba cuando íbamos de excursión, me sentía terriblemente apático y desganado. Sólo quería cerrar los ojos y dormir.

Llegamos a nuestro destino.
—¡Oh, no! Reconozco ese olor.— Era el lugar a donde Oliver me llevaba cuando me inyectaban con objetos desagradables y luego me sentía medio raro. Intenté resistirme, pero no tenía fuerzas. Mis patas flaquearon y me derrumbé.
Lo próximo que recuerdo era estar en casa. Oliver echado junto a mí, en el suelo, junto a mi cama. No me sentía muy bien, aunque sí mejor que antes de nuestra pequeña aventura al sitio que no será nombrado. Oliver me miraba con cariño. Su luz era azul claro —preocupación mezclada con tranquilidad—. Le lamí la mano lentamente. Me miró, sus ojos hinchados. ¿Había estado llorando?
—Mi perro tonto— Me dijo y me acarició con cariño la cabeza. Me miró tiernamente y me dio un beso justo donde más me gusta, por encima del hocico, entre ceja y ceja. Cerré los ojos e intenté dormir. Me sentía más tranquilo, aunque como ya he dicho, no logré dormir mucho.
Hoy me siento mejor. Me reconozco más a mí mismo y Oliver me mira sonriente.
En su mano tiene la correa para salir a pasear.
Creo que me siento con ganas y fuerzas para ello.

12 de octubre, 2019

Las cenizas

Así que a esto se reduce tu existencia. O tal vez sean nuestros recuerdos que acaban de esta manera, en una bolsa que pesa unos cuantos gramos. Hace dos semanas te tenía en mi regazo, ronroneando tranquilamente. Acariciaba tu cabecita y, es cierto, estabas más delgado, más débil y tus días parecían cada vez más pesados. Empero te veía vital y con ánimos. 
Hasta que de pronto tu cuerpo ya no pudo más… y me dejaste. Ahora, lo único que me queda de ti es una cajita con una bolsita que posee tus restos. El polvo de lo que fuiste. Eso, y el vacío que dejó tu ausencia. Tu lugar favorito en el sofá o en el suelo junto a la puerta del balcón no son sino lugares del apartamento.

Te extraño, amigo mío, aunque mantengo con cariño el lazo que nos unió durante todos esos años. Todas nuestras experiencias juntos y todo lo que viviste conmigo: mi primer marido, mis subsecuentes parejas, todas las mudanzas que tanto te estresaban, incluyendo de una provincia a otra, las visitas al veterinario, el susto que me diste cuando unos años antes casi mueres. Eras una criatura resistente… hasta que dejaste de serlo. 

Gracias por haberme elegido para cuidarte. Te quise, te quiero, te querré.


14 de octubre, 2019

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