Natalia y lo que habita su mente

Historias, poesías, reflexiones y críticas literarias. Todo por el amor a la literatura…

Page 7 of 7

3/11 No más

Escribí esta opinión para la revista de marzo de 2004 de la HSA (Hispanic Student Association) en la universidad donde estudiaba en Montreal. Han pasado siete años desde entonces, y muchas cosas han cambiado en España, aunque, de vuelta al PP, siento que se me encoge el corazón al ver una sociead perder la esperanza y depositarla ciegamente en un gobierno que les ha jodido tanto. Veremos qué ocurre en los próximo siete años.

 

Parecía una mañana como otra cualquiera, excepto que estaba despierta antes de las siete. El sol nacía en el horizonte, con su dulce aurora y sus cálidos brazos acariciando las paredes del salón.

En ese momento desconocía que lo que para mí resultaba una nueva bienvenida a la vida, para otras personas había resultado ser la despedida. Ignorar lo que en pocos instantes conocería me mantenía alegre y positiva, sin temor a la vida y con miles de razones para amarla. Empezaba un nuevo día y, precisamente, una nueva línea se dibujaba en mi futuro. Necesitaba conectarme a Internet para averiguar el horario del transporte público, cuando mi mejor amigo me mandó un mensaje e interrumpió el regocijo de mi mañana:

-Doscientas personas han muerto esta mañana- me dijo – en un atentado terrorista perpetrado en unos trenes de Madrid durante la hora punta. Maldita ETA – prosiguió – esta vez se han pasado.-

Incapaz de salir de mi asombro, desconcierto y horror, navegué por el inmenso mundo de Internet para averiguar más. Efectivamente, en El País digital informaban al mundo de los atentados terroristas que tuvieron lugar en Madrid el 11 de marzo de 2004.

Leía en un estado de ansiedad y dolor. “¿Cuándo va a acabar todo esto?” Pensé. Aquella mañana me fui a mi nuevo empleo meditando en todas esas vidas que habían llegado a un fin tan repentivo, violento e inesperado; esas vidas inocentes, perdidas por alguna razón ajena a ellas mismas.

Estaba enfadada, inútilmente frustrada y furiosa con la sociedad y la violencia (paradójicamente). Sentía cómo un odio instantáneo nacía en mi corazón, acrecentándose con cada minuto que pasaba y cada víctima que e imaginaba yaciendo en el suelo.

Llegué a casa aquella noche deseando saber más; no por el morbo que situaciones como esas crean en la mente de cada uno de nosotros, sino porque mi país había sido atacado en el corazón. Un corazón que, pese a mi alineación del mismo, palpitaba en concordancia con el mío.

Las fotos publicadas en los periódicos digitales me perturbaban y molestaban. Quería verlas e, igualmente, ignorarlas. Una tras otra revolvían mi estómago… Entre foto y foto leía las descripciones de algunos de los paramédicos que se encontraban en el lugar de las explosiones, contando el desoladory sobrecogedor sentimiento que les inundaba cuando el móvil de alguno de los fallecidos sonaba. Se me empeñaban los ojos, pensando en esos pobres amigos/familiares intentando localizar a sus seres queridos en vano. Una y otra vez la misma pregunta asomaba mi mente: ¡¿POR QUÉ?! ¿Qué necesidad había de tal atrocidad? Y me sentí culpable e hipócrita… ¿Por qué no lloraba por las víctimas de Irak o de Afganistán? ¿Por las víctimas de la globalización en el mundo entero? ¿De la explotación? ¿Víctimas de cualquier tipo de dictadura y represión? Se me hizo un nudo en la garganta, mi corazón se estremeció y todo mi ser quería explotar en un grito tan sonoro que me oyeran en el mundo entero. Porque un hecho que me afectaba tanto me golpeó en la espalda, y un antiguo fantasma del pasado me susurró al oído, recordándome lo frágil que es nuestro mundo, nuestra sociedad establecida… Y se apoderó de mi alma el pánico y me inundó un temor repentino. “¡No quiero más violencia! ¡No quiero más guerras!” Pensé. “Que acabe todo y vivamos en harmonía.” Si tan sólo fuera así de simple…

Todos mis amigos canarios mostraban indignación con la situación y los hechos acontecidos. El gobierno manipulaba los medios de comunicación (en un país supuestamente democrático) para mantener al pueblo bajo la impresión de que los atentados habían sido obra de ETA, cuando representantes de Al Q’aeda ya habían reconocido ser los responsables.

España entró en una guerra que no le incumbía – y dicho sea de paso, una guerra injusta; pues es bien sabido que la violencia sólo engendra violencia.- Una guerra contra la que sus ciudadanos se manifestaron (tal vez incluso alguno de los estudiantes o trabajadores entre las múltiples víctimas había sido uno de los manifestantes). Una guerra que Aznar apoyó con su ideología fascista, ignorando la voluntad de aquellos que le habían votado. ¡Maldito despotismo disfrazado de democracia!

El próximo año será el 30º aniversario de la muerte de Franco, y parece que España retrocede dos pasos por cada uno que avanza. Los socialistas tuvieron la ocasión de demostrarle al pueblo cansado que Franco dejó atrás que existía la justicia, pero la corrupción les pudo -obviamente, mi mejor amigo me ha recordado que no todo lo que crearon acabó en corrupción; también arreglaron bastante el país, aunque esos detalles se olvidan siempre. Uno tiende a recordar lo negativo y olvidar lo positivo.- Cuando tras trece años (no se cumplieron los catorce que le correspondían) Felipe González, o más bien, el PSOE, perdió las elecciones contra el entonces joven Aznar, una nueva historia se escribía. ¡Y qué mal trató José María Aznar al país que depositó sus esperanzas en él!: el Prestige, el AVE, su “amistad” incondicional con Mr. George Jr., su ideología fascista (apoyó a la fundación francisco franco -mayúsculas omitidas conscientemente-) y un largo etcétera.

Pese a todos esos problemas, tuvieron que morir cerca de doscientas personas (aunque la cifra oficial, según El Instituto Anatómico Forense y la policía científica (bitacoras.com) es de 190 fallecidos) un triste día de invierno, para que los españoles abrieran los ojos y votaran por un nuevo gobierno. ¿Será Zapatero mejor presidente que Aznar? Dicen que “vale más malo conocido que bueno por conocer”, aunque en este caso, peor que Aznar no creo que lo haya (excluyendo a Mr. George Jr. y su perrito faldero Blair; ¡¡¡¡¡¡¡ambos nominados al premio Nobel de la paz!!!!!!!) Como dijeron los españoles el 14 de marzo durante las elecciones generales: “mentirosos, vuestra guerra, nuestros muertos”. Efectivamente son nuestros muertos. Ellos y los miles que mueren a diario en cualquier parte porque, amigos, vivimos en un planeta llamado Tierra, y todos somos ciudadanos del mismo.

 

Marzo 2004

La curiosidad del inmigrante

inmigrar.
(Del lat. immigrāre).
1. intr. Dicho del natural de un país: Llegar a otro para establecerse en él, especialmente con idea de formar nuevas colonias o domiciliarse en las ya formadas.
2. intr. Dicho de un animal: Instalarse en un territorio distinto del suyo originario.

exilio.
(Del lat. exilĭum).
1. m. Separación de una persona de la tierra en que vive.
2. m. Expatriación, generalmente por motivos políticos.
3. m. Efecto de estar exiliada una persona.
4. m. Lugar en que vive el exiliado.
Observando la definición que tan elocuentemente nos ofrece la RAE, inmigrar no parece sino un hecho mecánico que forma parte de la evolución del ser humano. Comparándolo con el exilio vemos cómo uno es voluntario mientras que el otro es ajeno a uno mismo (situaciones políticas, sociales, religiosas)
La inmigración – y por defecto el exilio – han llegado a formar parte natural de nuestras vidas diarias. Permanecer en el mismo lugar ya no es considerado interesante. Me explico. Obviamente, la persona que sale de su país por razones ajenas a sí mismo o, en otras palabras, que se ve forzado a dejar su patria por desacuerdos con su gobierno, grupos religiosos que con su fanatismo aniquilan todo aquello que se mueve o, simplemente, la pobreza es tan dueña de su vida que busca una salida en otro lugar, no tiene otra opción sino escapar, exiliarse. Ya no es por ser interesante o aventurero, sino que busca la supervivencia y un mejor nivel de vida (generalmente acaba en un lugar explotado por un gobierno capitalista que le arranca todas las ganas de vivir con las garras de la avaricia).
Siendo yo misma inmigrante y no exiliada, no deseo entrar en un tema que no he experimentado, por lo que me integraré en la inmigración y lo que para mí ha signifi cado dejar mi país para llegar a otro… tal vez un alma miserable se identifi que con la mía. Llegué hace poco más de seis años. Dejé un país que económicamente se ha desarrollado a la velocidad de la luz desde la muerte de su dictador, Franco. Y no sólo vengo de un lugar que no tiene problemas políticos (obvios) , sino que, además vivía en una isla cuyo clima se mantenía a una temperatura moderada durante todo el año.
¿Por qué Canadá? Me preguntan con rostros atónitos y fuera de sí los canadienses. Supongo que la mejor excusa que tengo es la universidad… claro que siempre está la curiosidad. ¿Qué se encuentra al otro lado del charco? Me preguntaba con frecuencia en mi niñez. Y la curiosidad se encendía con los años. Dice el dicho en inglés: “Curiosity killed the cat” a lo que un personaje en una novela de Stephen King replica: “and satisfaction brought him back”. Y no puedo sino sonreír cuando pienso en esa segunda parte. En efecto, la curiosidad me trajo a este país… pero la añoranza es más fuerte que la satisfacción. Nunca fui nacionalista, hasta que dejé mi país. Creo que, en general, uno nunca llega a adaptarse por completo a un nuevo ambiente aún cuando se es extrovertido y abierto a otras culturas. Siempre se piensa atrás y se anhela lo que un día se tomó por sentado; ya sea la familia, o los amigos, o las playas, o el sol radiante, o las horas extras de luz en el invierno… Y uno intenta formar parte de la nueva sociedad a la que ha llegado, pero cuando esa melancolía se presenta aún cuando no ha sido invitada, uno comienza a rodearse de gente de su cultura o que le recuerdan a la misma. Uno se siente más aceptado e identifi cado con “su misma gente” y empieza a alienarse de la sociedad que le rodea, lo cual causa una segregación cultural y étnica.
Lo difícil no es inmigrar, ni adaptarse, es mantener el papel que se ha deseado jugar en la vida, en este caso, el de ciudadano en una cultura ajena a la de uno mismo.

Noviembre 2004

La más fiel compañera de la vida

Recuerdo la primera vez que la conocí, esa extraña sin rostro, apática y cruel. Cruel porque era egoísta y se llevó lo que una vez era parte de mi vida. Cruel porque, aunque no la invitaba, seguiría apareciendo por mi vida para arrebatarme a quienes más quería. Cruel porque, algún día, el suyo sería el último semblante que vería.
Debía tener no más de cinco años y, aunque de eso hace ya mucho tiempo, no lo he olvidado; como si estuviera grabado en una cinta oculta en algún recóndito rincón de mi memoria y, sin problemas, rebobino cuando quiero y revivo cada detalle como si fuera la primera vez.
Me acerqué lentamente a mi padre, lágrimas furtivas recorriendo mis mejillas. Escapaban con rapidez, empañando mi vista, desdibujando su figura. Allí estaba, observándome con cautela, sentado en su sillón favorito. Sus gafas reposaban firmemente sobre su aguda nariz, tras cuyas lentes sus ojos oscuros me examinaban con interés y cariño.  El periódico que había estado leyendo hasta entonces descansaba sobre sus piernas, una cruzada sobre la otra.
Estirado en mis manos se encontraba el cuerpo inanimado de mi pequeña mascota, un ratoncito blanco que había encontrado un día mientras jugaba en el jardín, y que mis padres no habían podido negarme mantener al ver en mis ojos la ilusión de cuidar un ser más débil que yo mismo.

-¿Qué te pasa, Daniel? ¿Qué es lo que llevas en las manos?- Preguntó interesado y preocupado.
Me acerqué hacia él y, sin palabras, le mostré la pequeña criatura que yacía sobre mis manos.
Mi padre se quitó las gafas, colocándolas sobre la mesilla junto al sillón. Cogió el periódico, lo dobló y lo situó junto a las gafas. Observó con cautela al pequeño roedor, y con su mano derecha, me invitó a sentarme sobre sus rodillas.
Yo sollozaba, incapaz de pronunciar una sola palabra. Me miró con ternura y, sin decir nada, me sostuvo en su regazo hasta que las lágrimas iban desapareciendo y el sollozo no era sino un gemido. Mis párpados se sentían pesados y, aunque no quería dejar de observar a mi animalito con la vaga esperanza de que abriría sus pequeños párpados para empezar a mover sus patitas delanteras con el mismo énfasis de cada día, la energía consumida en mis llantos se había convertido en sueño… y el sueño en una oscuridad pasajera que no me traería nuevas aventuras.
Cuando desperté, mi padre estaba sentado junto a mí. Me había llevado a mi cama y había esperado pacientemente a que abriera nuevamente los ojos.
En una pequeña cajita en mi mesilla había colocado a Momo, mi mascota. Descansaba apaciblemente sobre un pequeño trapo verde. Junto a la cajita había una pequeña nota, aunque no sabía lo que en ella había escrito.
-Ven, Daniel, vamos a decirle adiós a tu amiguito-.

Entendí entonces que no volvería a abrir sus ojitos brillantes, que no volvería a jugar con la rueda que había colocado en su jaula, que no volvería a masticar su comida y, entonces, reanudé mi llanto.
Recogió con delicadeza la cajita y la pequeña nota y me esperó junto al marco de la puerta. Cuando llegué a su lado, extendió su brazo y abrió la palma de su mano, invitando la mía a unirse con la suya.
Me guió hasta el jardín, junto a un pequeño agujero que, según mi memoria, no había existido unas horas antes. Mi padre lo había excavado con el propósito de enterrar a la pequeña criatura que descansaba pacíficamente sobre su pequeño trapo. Tan delicado, tan inmóvil. Me resultaba increíble pensar que, la noche anterior, había corrido en su jaula y comido su trocito de queso. Le había dado el que sería su último beso en su peluda y suave cabecita. ¡Qué abstracto era ese sentimiento desconocido! Sentía un hueco en mi interior… parecía provenir del lado izquierdo de mi pecho. Mi corazón palpitaba con rapidez y no entendía por qué. Nunca había sentido un vacío como aquél, que se apoderaba de mi sano juicio y me llenaba la mente con memorias de mi difunto amiguito. Recordaba sus ojitos brillantes y su júbilo (o lo que yo interpretaba como tal) cuando le daba su comida. Recordaba el día que lo encontré, huyendo del gato, su corazón palpitando con rapidez, un pequeño bulto que chocaba incesantemente contra mis dedos infantiles.
Ahora lo miraba y parecía otra criatura… no podía ser Momo. Momo reaparecería en un segundo, con sus juegos y los gemidos típicos de un roedor.
Perdido en mis pensamientos, mis sollozos y el dolor que se intensificaba con cada lágrima, oí las palabras de mi padre como si me hablara a través de una radio; lejano e irreal.
-Daniel, ¿me oyes?- Dijo con delicadeza y paciencia.
Asentí lentamente, como si unas manos invisibles moviesen mi cabeza con precisión y cordura.
-¿Estás preparado para despedirte?-
-S… s… sí, papá… creo que sí- Aunque no sabía muy bien lo que quería decir o cómo me iba a despedir.
Mi padre sacó de su bolsillo la nota que había estado sentada junto a la cajita. Estaba arrugada y parecía que había algo escrito en ella; aunque no le presté mucha atención porque miraba al suelo, a la punta de mis pies, esperando que, cuando volviera a subir la cabeza, Momo estaría nuevamente vivo.

Más de veinte años y numerosos encuentros con esa maldita hermana de la vida han pasado desde aquel día. Hoy no es por mi primera mascota que corren las lágrimas, sino es el tuyo, papá, el ataúd que la tierra se va tragando cautelosamente, enterrando eternamente tu cuerpo.
Mi mano derecha, hundida en la profundidad del bolsillo, aprieta en su puño aquella nota que hace tanto tiempo escribiste para Momo (¿o era para mí?) con tanto cariño y elocuencia.
Mi mente se preña de memorias enternecedoras, e incluso violentas. Nuestras discusiones cuando no era más que un adolescente y soñaba con poseer la luna y comerme el mundo. No más que un muchacho que no distinguía su culo de su cara. Un sabelotodo, como me solía llamar Emma, ¿recuerdas? Emma que ahora llora a mi lado; sus ojos rojos e hinchados, su rostro húmedo cubierto por su llanto. Esa hermana que tanto soportó durante nuestra adolescencia, que me llamó de todo, desde mocoso a come mierda… a fiel amigo. Ella, que me enseñó a ser mejor persona y que, como tú, me pulió para convertirme en el hombre que soy hoy. Y ahora está a mi lado, y ni mis abrazos ni mis caricias pueden disolver ese dolor que la abruma.  ¡Qué impotente me siento! Pero no me avergüenza llorar y que otros descubran las lágrimas que se arrastran por mis mejillas. Tú me enseñaste que un hombre no se avergüenza jamás de sus sentimientos. ¡Cómo te odio! ¡¿Cómo te atreves a dejarnos así?! Siento como si una mano invisible me desgarrara las entrañas y el nudo que sentí aquel día que mi pequeño roedor dejó de ser… ese nudo es ahora más profundo, más insoportable. Apenas puedo respirar, apenas puedo pensar sin volverme loco. Siento como si una parte de mi se hubiese evaporado el mismo momento que me comunicaron que, que.. en fin, que nos dejaste y, en su lugar, no hay sino un vacuo mundo de incertidumbre.
¿Cómo sigue girando el mundo después de esto? Sé que lo hace… la muerte captura a pobres almas inesperadas (a veces incluso aquellas que la ven venir) y, aún así, el mundo sigue girando, el sol sigue brillando, las nubes siguen volando libres y ágiles en el firmamento… todo continúa como si, seamos sinceros, no importara.
Sin embargo… yo, Emma, mamá… seguiremos con el vacío y nuestras vidas nunca serán las mismas porque tú ya no estás.
¿Pero sabes qué? Me consuela el saber que, por haberte tenido en mi vida, ésta ha sido mejor. Mi tristeza fue la tuya, mi regocijo el tuyo, mis incertidumbres morían con tus palabras y tus consejos e, incluso, mis dudas se veían resueltas siempre que, sentado en tu sillón favorito, estabas dispuesto a escucharme. Nunca decías nada, me dejabas deducirlo a mi manera y llegar a mis propias conclusiones, aún cuando sabías que me estamparía… Ésa era tu magia, confiabas lo suficientemente en mí como para saber que volvería a levantarme y, con la cabeza erguida y la mirada fija hacia delante, tomaría la decisión correcta… a lo largo. ¡Cómo te añoro!

Hoy, papá, no te voy a decir adiós, porque, no te has ido. Siempre estarás conmigo, en mi corazón. Tu voz me guiará en mi subconsciente y me animará cuando todo parezca un vasto prado cubierto por un sólido manto de desesperación, temor y oscuridad.
Tú serás mi estrella polar y nuestras memorias juntos (las buenas y las malas) seguirán conmigo hasta que mi mente me traicione.
Hoy, papá, te quiero devolver aquel primer sentimiento de paz que conocí cuando leíste aquella nota para Momo.
Hoy papá, te doy las gracias.
Porque no celebramos la despedida de un ser querido, sino las memorias que nos dejaron compartir con ellos.

“Sé que no volveré a verte y no sé qué sentir.
Sé que lo que siento ahora es tristeza, pesar y un tremendo dolor.
Ya no estás
Te has ido
Me has dejado solo
y todo carece de sentido
No siento mis manos,
ni mis pies sobre el suelo.
Una distancia infinita
se abre entre mi cabeza y la Tierra
Me siento nauseabundo
y, asimismo, abatido y abandonado.
¿Por qué te has ido?
No estaba preparado, no ha habido despedida
Todo acaba con este vacío
que me traga sin piedad.
Paro un momento
y recapacito
Estoy equivocado,
No todo está perdido…
Me queda el recuerdo
alimentado por las memorias
y los momentos juntos vividos.
Espera que pienso y miro
hacia un pasado preñado
de imágenes que ambos compartimos.
Espera que indago y encuentro
tus ojos cariñosos y un sentimiento divino
Porque el amor no tiene fronteras
y aunque no disfrute de tu presencia
el lazo que nos unió
seguirá siempre vivo.”

Según pronuncio las últimas palabras, siento cómo una lágrima se lanza al infinito desde el lado derecho de mi rostro. El papelito tiembla en mis manos. Nadie más que tú y yo conocemos su origen y lo que en él realmente está escrito y por qué. No quise robar todas tus palabras y, he de admitir, tuve que editarlo un poco para que se acogiera más a ti, y no al pequeño roedor que, en otra vida, fue mi mejor amigo.
¡Cómo te echo de menos! Aún me resulta inverosímil que no pueda darte otro abrazo, o ir contigo a una cafetería y hablar de política, deportes o mujeres.
¡Dios, papá… ¿por qué?!

Han pasado ya varios meses desde tu entierro y, aunque sigo añorándote, sé que la vida sigue y así te hubiera gustado verme: dispuesto a continuar, a seguir adelante pese al dolor y a tu ausencia.
Cuando la nostalgia me invade decido volver a las fotos que congelaron en el tiempo nuestros momentos juntos. Pero ya apenas lloro. Al contrario, una sonrisa nace en mi semblante, pues recuerdo todas las memorias que me unen a ti y me recuerdan que, mientras yo siga adelante, tú nunca dejarás de existir.

-Papá… te quiero- susurro mientras vuelvo a guardar nuestras fotos.


Esta historia está dedicada a todos aquellos que han perdido a un ser querido.

Noviembre 2010

Soledad

No me toques con esa mano,
fría, muerta y aterradora.
No quiero sentir tu vacío,
ni que me tientes con esos dedos delicados.
No me engañas,
sé lo que buscas.
No cederé a tus súplicas,
no seré tu prisionera.
Apártate de mí,
no te daré mi alma.
Te doy la espalda
y saludo a tu enemigo.
No me ha visto
mas yo no desisto.
Le extiendo la mano,
aunque no la toca.
Me mira con desprecio
y el pánico me invade.
Me miras con ternura…
¡Yo no te quiero!
Me buscas…
Procuro escaparme.
¿No ves que me asustas?
¿Que busco una salida?
Corro, huyo, persigo a tu enemigo…
pero le he perdido.
Con una lágrima solitaria
que lentamente atraviesa mi mejilla,
te miro y me sonríes.
Mis brazos te buscan,
cuando te encuentran
me percato que estoy perdida.
Soledad,
aquí me tienes…
única amiga,
mi peor enemiga.

Abril 2005

Mi estación más querida

Me has vuelto a dejar.
Tu ausencia le ha abierto la puerta
a la memoria desoladora
de tu cálida mano sobre mi piel,
tu dulce caricia rozando suavemente mis hombros desnudos,
tu tierno beso sobre mis pies.
Aunque acabas de desaparecer
he empezado a añorarte
antes de verte por última vez,
anhelando el volverte a ver,
a sentirte y disfrutar de tu presencia.
Te recuerdo y siento
la misma nostalgia
cada vez que me das la espalda
para darle paso a aquel que te
mata lenta y suavemente.
Sé que es tu destino,
que así como te has ido,
un día volverás.
Pero mi amor me atrapa
y siento que no asomarás con tu
alegre canción y tus ganas de bailar
tu bonito semblante.
Me desespero y pienso
el efecto que en mí dejas
es un tesoro sin ti ausente.
Recapacito y pienso,
me convenzo y siento,
que precisamente te quiero más
porque no siempre estás cuando te deseo.

Octubre 2010

El océano de mi corazón

Tocándome como lo hacías en el pasado
tus manos más frías,
pero igualmente suaves.
Cubriendo mi cuerpo con tus húmedos labios
y dejando en mi piel tu sabor salado.
Amándote con tanta intensidad…
o más,
porque te he añorado.
Te miro y tiemblo,
porque sé que el adiós se acerca.
Te miro y cierro los ojos,
para inhalar tu amargo y dulce aroma.
Con tu lengua lames,
tu humilde señora,
que con hospitalidad te acoge
e incondicionalmente te ama.
Te añoro tanto,
tus sonoros ronquidos,
o tus suaves murmullos.
Me voy…
Te dejo…
Pero no temas,
pues en el corazón siempre te llevo.

Julio 2006

Newer posts »