Natalia y lo que habita su mente

Historias, poesías, reflexiones y críticas literarias. Todo por el amor a la literatura…

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El mapa

—¡Venga, vamos!—
—Es que… ahora no sé.—
—No seas gallina. Siempre decías que esto era una fantasía tuya, y ahora que lo estamos haciendo, ¿te vas a echar atrás?—
—Bueno… es que por algo es una fantasía. Una vez hecho ya no resulta tan interesante, ¿no?—
—No me vengas con esas. Ahora, sé una buena niña y cierra los ojos.—

Resignada, Gabriela cerró los ojos. Procuró poner a prueba sus poderes de visualización para señalar un sitio que realmente le intrigara. Uno de esos paraísos recónditos a los que siempre había soñado ir. Carola agarró a su hermana por los hombros, le dio dos vueltas y dijo:
—Ahora. Señala.—
Asustada, emocionada y con la mente preñada de anticipación, señaló con firmeza un punto en la pared donde se encontraba el mapa del mundo que años antes las hermanas habían colgado en la pared del salón. Oyó a Carola exclamar levemente, pero no conseguía deducir si con emoción o desilusión. Tenía los ojos cerrados tan fuertemente que casi sentía dolor de mantenerlos así. Con mucha cautela decidió abrirlos, despacio y con algo de temor. Su hermana se había dirigido hacia el mapa para colocar una chincheta en la zona donde poco antes había apuntado el dedo de Gabriela.

Era primavera, habían decidido llevar a cabo su aventura en esa época del año porque, cayera donde fuera el dedo del azar (literal y figurativamente), era la mejor época para viajar. Cualquier punto geográfico con que se encaprichara la serendipia sería moderado en términos de clima.
Con sus mochilas de viaje esperaban emocionadas en cola para facturar sus equipajes. Tenían sus billetes, pasaportes y la excitación de un nuevo viaje a un lugar por descubrir. Todo era automático, así que cuando les llegó su turno, colocaron sus maletas —se habían cerciorado en casa de que pesaran menos del límite de veintitrés kilos cada una— y se encaminaron a la puerta de embarque.

—¡Qué emoción, oye!— Dijo Carola con el tono un par de decibelios por encima de lo normal.
—¡Lo sé!— Contestó igualmente animada su hermana.

Sentadas en el avión, miraron por la ventana. El cielo oscuro se escondía tras nubes primaverales, cargadas de agua y vida nueva. El aeropuerto, una estructura estéril y creada mayormente de vidrio y metal, observaba impasible el ir y venir de los aviones en cada una de sus terminales. Todos esos brazos que abrían camino a nuevas experiencias y aventuras.

—Señores y señoras, bienvenidos a bordo. Mi nombre es Felipe Fernández y es un placer ser el capitán de este vuelo para llevarlos con toda seguridad a su destino, Qatar. El vuelo aproximado será de unas 6 horas y media. Llegaremos a su destino sobre las cinco y media de la mañana. Por favor, presten atención a continuación a las instrucciones de seguridad. Gracias por viajar con nosotros y les deseo un viaje ameno.—

Las hermanas se miraron y se sonrieron con complicidad, manteniendo un secreto que sólo ellas conocían.

—¿Cuánto tiempo tenemos que esperar en Qatar antes de embarcar otra vez?— Preguntó Gabriela.
—A ver… déjame que mire… —Sacó el billete de su cartera de viaje para comprobar el horario —… pues unas cuatro horas.
—Tampoco es tanto… así no tenemos que estresarnos para encontrar a donde ir en el  aeropuerto de Hamad.—
—¿Qué es lo primero que quieres hacer cuando lleguemos a nuestro destino final?— Se interesó Carola.
—¿No lo sabes? ¡Desde luego! Y dices conocerme, ¿no?— Sacó la lengua a su hermana, cual si tuviera diez años y le guiñó un ojo. —Encontrar la mayor cantidad de árboles Sakura posible.—
—Jajajaj… sabía que dirías eso. Sin duda. Eso haremos, aunque no sé si en Tokio encontraremos muchos. Aunque tiempo no nos faltará para hacerlo.—

Las hermanas se estrecharon la mano, se miraron con cariño y cada una cogió un libro para leer durante el viaje, mientras el avión despegaba.

Amor Perdido

El teléfono suena sobre la mesa, vibrando sobre la superficie, desplazándose lentamente, cual ser vivo.
Lo miro de reojo. Eres tú. No voy a contestar. Quiero hacerlo — miento, querer no captura las ansias que siento de oír tu voz — porque espero que digas lo que quiero oír. Sin embargo todo está dicho y entre nosotros no queda sino un vacuo precipicio de sentimientos sin explorar, de anhelo sin satisfacer, de abrazos sin nacer y de besos sin sentir.
No hay más que decir. Desnudé mi alma ante ti, posiblemente no del mejor talante, debería habértelo dicho mirándote a los ojos, leer tu expresión y esperar tu reacción. Pero soy un cobarde, siempre lo fui, y aunque me muero por volver a sentirte, a tocarte… sé que no depende de mí. Lo que yo quiero es irrelevante.

Siento haberte dejado esa carta, tan distante. Parece un método tan frío de expresarte lo que habita en mi corazón. Lo dicho, un cobarde. Y ahora me llamas, ¿qué quieres? Le grito al teléfono como si por magia fuera a contestarme con las palabras que nunca pronunciaste. Silencio durante días, y ahora me llamas. Careces de escrúpulos, ignoras mi agonía, mi dolor, y mis deseos. Quiero odiarte, apartarte lo más lejos posible de mi corazón con odio, y aún en esa simple encomienda fracaso. Durante meses me preguntabas qué me sucedía, que me sentías raro. Tras hacer el amor me mirabas a los ojos y por un instante creí ver algo, creí percibir un sentimiento que realmente no existía más que en mi imaginación. Tu mirada penetraba mi alma y sabías que mentía cuando te contestaba que nada ocurría, que todo estaba como debía.

Al regresar a casa intenté recapacitar, pensar claramente. Alejado de ti resultaba más fácil, pues tu encanto y tu presencia en su ausencia aclaraban mi juicio. Por lo que decidí sentarme y escribirte la carta que dejé en tu almohada la última vez que pasamos juntos. Comencé esta humilde correspondencia hace meses, incapaz de llegar al fin de lo que deseaba comunicarte. Logré terminarla la semana pasada.
Aún recuerdo cada palabra, cada frase y cada párrafo. Empecé a añorarte en cuanto la tinta besó por primera vez el papel. Supe que no había marcha atrás.

Hola,

Lo sé, ¡qué forma más original de empezar! Ya sabes que no fui nunca de escribir. Te preguntarás por qué te escribo, por qué no me dirijo a ti cara a cara. Tal vez te preguntes a qué viene esto, cuando las reglas estaban tan bien marcadas. Cuando ya me habías dejado claro lo que sentías (o, en este caso, dejabas de sentir). Tal vez soy culpable de ingenuo, o de soñador… Tal vez soy débil o esperanzado, o tal vez simplemente un tonto. Pero tal vez, y tan solo un infinitamente nimio “tal vez”, exista la mínima posibilidad de que leas esto y suspires, entiendas y sonrías.
Sea como fuere, la razón de mis palabras aquí plasmadas se deben a que NO PUEDO MÁS. No puedo seguir mintiéndome a mí mismo, y no puedo continuar pretendiendo que lo que siento no existe.
Sí, sé que no es algo nuevo, que ya te lo había dicho antes, que son palabras que no quieres oír (leer en este caso), pero las cuales he de dejar respirar y vivir en este papel para que sepas de una vez que TE QUIERO, pero también que quiero estar contigo. Te lo tengo que decir porque quiero que finalmente tomes una decisión basada en todos los hechos que aquí te presento. Tal vez te sorprenda leer esto (no te culpo), pero nunca estuve seguro antes, ahora lo estoy. Conociéndote, ahora mismo tu mente está rindiendo a mil por hora para encontrar razones por las que no funcionaría. Yo te puedo dar cientos de ellas. Pero una razón, una nada más, para sepultar todas las demás. ¿Estás prestando atención? Aquí viene: Te quiero y hacerte feliz es mi mayor deseo. Bien sabes que éstas no son palabras que escapan fácilmente mis labios — en esta instancia, mis manos —. Sabes que no me abro fácilmente, así que, pase lo que pase, espero que aprecies lo delicado que me resulta expresar estos sentimientos.

Hace años que nos conocemos, y yo diría que me conoces mejor que ninguna otra persona, así que tal vez todo esto no te sorprenda tanto como imagine.
Probablemente debí dejar de acostarme contigo cuando supe que me estaba enamorando de ti, mientras que tú te estabas enamorando de otro. ¡Débil! Cobarde y débil… y esperanzado. Idiota, tal vez. Loca y ciegamente enamorado de ti. No sólo por tu sonrisa radiante, ni tus profundos ojos oscuros, ni tu maravilloso cuerpo atractivo o tus labios carnosos. No, todo ello es parte de quien eres, pero cómo me siento cuando estoy contigo es lo que ha conseguido que me pierda en mi amor hacia ti. Puedo imaginar tu rostro escéptico en este instante (tal vez porque nunca has amado así), pero te aseguro que todo lo que necesito para ser feliz es tu alegre compañía, tu fantástico sentido del humor y, en fin, a ti. Simplemente tú.

Si pudiera pedir un deseo en este instante, sería que sintieras lo que yo, y si alguna vez lo haces, aquí estoy. Aquí estaré… ¿Irónico, dices, cuando esta carta es para despedirme? Esta carta es para ayudarte a elegir, porque yo debo salir de este limbo que me tiene atrapado. Ojalá no fuera así, pero igual que tú no puedes mandarle a tu corazón que sienta algo que no siente, yo carezco del poder de detener los sentimientos que el mío por ti profesa. Cuando estoy contigo no puedo evitar querer besarte en público, tocarte, abrazarte… Cuando sé que me odiarías si lo intentase. Lo cual me hace sentir como un juguete con el que te diviertes tras puertas cerradas, pero no te atreves a tocar en presencia de otros. No te reprocho (¿o es esto reprobar algo? Ya no estoy seguro), pero quiero que entiendas por qué necesito hacer esto ahora. No es tan difícil entenderlo: Quiero más de lo que me das.

No puedes imaginar el miedo que me provoca escribirte esto. Saber que no volveré a besarte, tocarte, sentirte. Aún así, es un riesgo que he de tomar porque necesito ir hacia delante. Porque te quiero y tengo que soltarte. Porque me respeto y te respeto y así no merece vivir nadie.

Recuerda: Siempre estaré allí, vaya donde vaya. Vayas donde vayas. Siempre.

El teléfono ha dejado de sonar. De vibrar y moverse. Has dejado un mensaje. Tal vez quieras que te llame. Tal vez es tu manera de despedirte. Tal vez quieras decirme que lo sientes y necesitas saber si estoy sufriendo. Tal vez […]
Sea lo que sea, no puedo. Recojo el teléfono como si pesara una tonelada. Miro la pantalla: ¿Escuchar o borrar?
Si quieres decirme algo que valga la pena, escríbeme una carta.


El beso

Magia, deseo y anhelo
se despertaron en mí
cuando tus dulces labios
a los míos se unieron.

Magia, excitación y añoranza
sentí cuando tu traviesa lengua
en mi boca se perdió,
buscando la mía con pasión.

Magia, nostalgia y flaqueza
se apoderaron de mí
cuando todo empezó con ese beso.

Zozobra, agitación y perdición
me aprisionaron cuando
tus labios de los míos se ausentaron.

Zozobra, tristeza y miedo
sufrí cuando supe que
no volvería a vivir por ese beso.

12 de marzo, 2012

Verano

Me has vuelto a dejar.
Tu ausencia le ha abierto la puerta
a la memoria desoladora
de tu cálida mano sobre mi piel,
tu dulce caricia rozando
suavemente mis desnudos hombros,
tu tierno beso sobre mis pies.

Aunque acabas de desaparecer,
he empezado a añorarte
antes de verte por última vez,
anhelando el volverte a ver,
sentirte y disfrutarte como antes.

Te recuerdo y siento
la misma nostalgia
cada vez que me das la espalda,
para abrirle paso a quien
te mata lenta y suavemente
con su entrada.

Sé que es tu destino,
que así como desapareces,
un día regresarás.
Que parece lejano,
pero tu rostro asomarás.

Empero mi temor me atrapa,
siento que no mostrarás
tu alegre semblante,
acompañado de su alegre canción
y tus ganas de bailar.

Me desespero y pienso
el efecto que en mí dejas,
es un tesoro sin ti ausente.

Recapacito y pienso,
me convenzo y siento…
que precisamente te quiero más
porque cuando más te deseo,
no siempre estás.

23 de octubre, 2010

La criatura más bella

Crecí en una isla anclada en el Atlántico, al oeste de la formidable África. Era una isla tan pequeña que desde cualquier punto de la misma podía olerse la salitre del océano y verse el mar expandirse por doquier. El azul nítido lamiendo las orillas con la espuma de sus olas por un lado y besando el furtivo horizonte por el otro.

Vivir mis aventuras en tal entorno era una fantasía digna de las peripecias de Huckleberry Finn, especialmente aquel verano que jamás olvidaré.

Las clases habían acabado unas semanas antes y mis amigos y yo esperábamos ansiosos el día de nuestra acampada en la playa. Cuando éramos menores siempre nos acompañaban adultos, pero ahora éramos “mayores” y no necesitábamos su supervisión. Con trece años uno es capaz de defenderse contra cualquier peligro que una acampada pudiese atraer.

Mi mejor amigo pasó a buscarme para encontrarnos con los demás en la parada del bus, que nos llevaría a nuestra playa favorita. El alba asomaba su semblante sonriente y cálido según nos encaminábamos a nuestro destino. Al llegar, la mañana nos acogió con brazos tiernos, acariciándonos con manos frescas. Esa brisa matutina siempre me motivaba a levantarme temprano, así como recibir el día con una explosión de colores emanando del horizonte.

La arena bajo nuestros pies no había despertado aún, pues su tacto gélido se hundía profundamente bajo nuestros pies. Era típico en esa época del año, al principio del verano, cuando las mañanas eran aún frescas y por las noches era necesario estar abrigado para no pasar frío.

Habíamos empaquetado todo lo necesario: tiendas de campaña, sacos de dormir, chucherías, comida — bocatas de tortilla y ensalada (lo cual habían metido nuestros padres para asegurarse de que comíamos algo sano). —

Ese primer día pasó a la velocidad de la luz. En lo que llegamos, preparamos las casetas, nos organizamos, paseamos, nos bañamos, jugamos en la playa bajo la vigilancia solemne del sol, y dormimos nuestras siestas—sólo para despertarnos y volver a bañarnos—había transcurrido la mañana y gran parte de la tarde. Nos percatamos que no habíamos comido cuando nuestros estómagos nos avisaron con sus gruñidos que querían sustento. ¡Ah! ¡Comer cuando uno está muerto de hambre! No hay nada mejor. Garantizado.

Con la llegada del sepulcro preparamos una hoguera y nos sentamos alrededor, comiendo “chuches” y contando chistes, historias de miedo, y riéndonos los unos de los otros. Obviamente no faltaron los pedos y eructos de los más groseros. De recordarlo, sonrío. La felicidad e inocencia de ser niño. Cuando todo era más simple y las angustias de ser adulto pertenecían a otra generación.

Yo dormía en una caseta con tres de mis amigos. Tardamos en dormirnos, contando chistes y bromeando. No faltaron los comentarios rudos e insensibles contra algunos de nuestros profesores. No era maldad, simplemente ignorancia infantil.

Me desperté al oír un zambullido. No sabía qué hora era. No tenía reloj y mis amigos dormían. Miré a mi alrededor y decidí que había sido parte de mi sueño. Cuando ya casi me había sucumbido el sueño nuevamente, lo volví a oír. Esta vez estaba segura. Me senté y me froté los ojos. Medio dormida salí hacia fuera. Pensé que tal vez alguno de mis amigos más traviesos había decido ir a por una zambullida en medio de la noche. La luna observaba serena con su rostro redondo, parecía sonriente. El firmamento estaba bañado de estrellas formando constelaciones o brillando por su cuenta. Todo estaba apacible a mi alrededor.

Cuando decidí regresar a mi caseta, volví a oír el movimiento en el mar y vi cómo se formaban ondas no muy lejos de un grupo de rocas, a unos metros de nuestras casetas.

Decidí acercarme más para satisfacer mi curiosidad. En mi mente oía la voz de mi madre susurrándome “la curiosidad mató al gato, Amaya” y yo, molesta, le contestaría “sí, pero Stephen King dice que la satisfacción lo revivió.” Una sonrisa pícara se dibujó en mi semblante ante mi imaginada victoria.

Escalé por las rocas, esperando encontrar un gran pez curioso por el mundo que existía en la superficie, o tratando de conversar con la sabia luna. Fuera como fuese, no apareció nada. Me senté y empezaba a quedarme dormida cuando un sonido me sacó de mi cansancio. Cuando dirigí la mirada al lugar del que provenía el ruido, me tuve que frotar los ojos varias veces. ¡No podía creer lo que veía: ante mí se encontraba una sirena! No la típica sirena de las películas de Disney, ni siquiera sé si es una caracterización justa. Era un ser mágico, de eso no cabe duda. Era la criatura más bella que había visto jamás. Sus escamas, que le cubrían por encima de la cintura y bajando hacia donde deberían estar sus piernas si fuese humana, brillaban y se reflejaban contra la luz de la luna como si fuesen diamantes. También se cubría con escamas su pecho, codos y la parte posterior de las manos y dedos. Su piel brillaba como si fuese plata y sus ojos eran azul-grisáceos, inmensos y expresivos en el rostro más hermoso que pueda existir. No tenía nariz, era más bien como una especia de branquias paralelas, apenas visibles. Sus labios… ¿Cómo los puedo describir? Carnosos, pero formados de una especie de escamas doradas. Era una especie de piedra preciosa viviente. No pareció perturbarse al verme, más bien, me miró profundamente y tanto su mirada como sus labios sonrieron y volvió a sumergirse en la profundidad del mar. Esperé, atrapada en un encanto, sin poder moverme de mi sitio, esperando impaciente que volviera a salir. No lo hizo. Ni las noches siguientes. Jamás olvidaré esa noche. A veces me pregunto si lo soñé, aunque lo que sentí fue real. Un encantamiento y un respeto renovado hacia ese mar infinito.

Amanecer

“No llores” Me había dicho. Me había mirado con tristeza y preocupación. Intenté contener las lágrimas, impacientes por deslizarse por mis mejillas. Cuanto más procuraba reprimirlas, más apretaba el nudo en la garganta. No podía respirar, y rompí en un sollozo que se transformó en un llanto incesante.

Mi mundo se derrumbaba. Unos meses antes había perdido mi trabajo. La semana pasada —cuando ésas habían sido las últimas palabras que me dijo antes de dejarme, sin otra explicación mas que había dejado de amarme—  perdí mi corazón.

Estaba extraviada y derrotada. Pensaba mucho en mi vida en las últimas semanas. No estaba segura de si quería continuar con la carrera que pasé tantos años estudiando.

Esa noche, acostada en el sofá, mirando a través de las ventanas de la terraza de mi apartamento, veía una ciudad dormida, envuelta en un firmamento oscuro y con sus edificios adornados de luces constantes.

La almohada donde descansaba mi rostro estaba húmeda de llorar. Desenfocado —pues mi atención estaba concentrada en la ciudad— se encontraba un pequeño envase, tirado, con unas píldoras blancas esparcidas por la mesa. Algunas de ellas estaban en mi mano.

Me sentía sofocada por un vacío que no dejaba de tragarme. No me dejaba escapar, y cuando conseguía subir a la superficie y sentir la brisa de la vida en mi faz, me volvía a tirar hacia abajo con sus dedos extensos y viscosos.

Centré mi atención en las píldoras. En la etiqueta del frasco se podía leer el nombre Zolpidem. Había conseguido una receta del médico poco después de perder mi trabajo al padecer de insomnio. Mi situación no había mejorado tras algunas entrevistas sin salida. Observé las pastillas blancas en mi mano… las lágrimas seguían cayendo. No conseguía detenerlas. Estaban furiosas y se precipitaban por escapar.

Extendí el brazo en el sofá, posando la cabeza sobre el mismo. Insegura de mi decisión; aunque sentía que era la única salida. Sin trabajo, no conseguiría mantener mi apartamento. No tendría dónde ir. Me sentía sola y abandonada. Estaba segura de que nadie me extrañaría lo suficiente.

En esos pensamientos andaba cavilando cuando sentí el peso del sueño abrumarme y tomarme presa. Se me cerraban los ojos poco a poco, y los párpados desempeñaron apresuradamente su labor, permitiendo la entrada al subconsciente.

Cuando recuperé la conciencia, el cielo había despertado. Una explosión de colores pastel había vestido el firmamento con diferentes tonos. Una orgía de rosados, violetas, azules y un pellizco de amarillo y naranja pintaban el horizonte. El amanecer había aparecido en el momento que más lo necesitaba —para recordarme que un nuevo día había nacido y, con él, el ánimo para seguir adelante.

Un beso

Un beso no es sólo un beso;
Es un momento de complicidad,
Es un comienzo sin un final,
Es el latido de dos corazones
y el palpitar de un sentimiento,
Es la unión de dos almas
y el nacimiento de un secreto.

Un beso no es sólo un beso;
Es la realidad más pura,
La verdad más desnuda,
Es lo infinitamente ilógico
en lo lógicamente perfecto,
Es hablar sinceramente
sin articular palabra.

Un beso no es sólo un beso;
Es un contexto del todo
explicado con la ausencia de la razón,
Es una historia contada
y una historia por contar.

Un beso no es sólo un beso;
Es un saludo
y una larga despedida,
Es un te quiero
un te añoro
y un reencuentro.

Un beso es la oportunidad de perderse
en un mundo sin límites
es, sin más, un infinito de esperanza.

Noviembre, 2014

Pregunta

Su cabeza descansaba sobre su pecho. Ambos permanecían desnudos y sudados tras haber compartido sus cuerpos el uno con el otro. Ella estaba allí acostada, pensativa; cavilando sobre la respuesta a la pregunta que él le acababa de hacer. No sabía bien cómo contestar, pero sabía que no podía permanecer callada. Él empezaría a inquietarse y preguntarle nuevamente. “¿Qué es lo que quieres?” Había preguntado. Una cuestión en naturaleza tan simple… y sin embargo, tan maldita y difícil de contestar.

“Supongo” dijo finalmente “que quiero las cosas simples de la vida: alegría, felicidad, libertad…”

“¿Y cómo son ésas las cosas simples?” Preguntó con una sonrisa pícara. Se sentía filosófico y dispuesto a escarbar su mente.

“Pues…” empezó, devolviéndole la sonrisa “… están a nuestro alcance. Por lo tanto, lo único que se encuentra de por medio somos nosotros mismos.” Le guiñó un ojo. Él se percató de que estaba fingiendo timidez.

“Ahora no haces sino irte por las ramas. ¿Por qué no dices lo que realmente quieres decir?” Preguntó, mirándola con sus ojos marrones penetrantes.

Ella sintió como si le estuviera estudiando el alma, leyéndole los ojos y descubriendo la verdad que se escondía tras de ellos. No le gustaba cuando él sabía más de lo que ella quería compartir. Sin embargo, le encantaba que la conociera tan bien.

Ella sabía lo que quería, ¿o no?. Pensaba que lo sabía. No quería pronunciar las palabras porque significaría expresar lo que se encontraba en su corazón y no estaba preparada para ello. Más aún, sabía que ÉL no estaba preparado para ello. Él disfrutaba de su compañía, ¿pero cuánto? No estaba segura. Era difícil descifrar lo que él sentía.

“Te quiero a ti.” Quería decir, pero el mero pensamiento de las palabras saliendo de sus labios le secaban la boca y un nudo se formaba en su estómago. Simplemente no podía.

Por lo tanto, sonrió.

“¿Por qué tienes que ser tan fastidioso y exigente? Los deseos van y vienen. Lo que quiero hoy no es necesariamente lo mismo que querré mañana o dentro de una semana. ¿Qué quieres tú?”

Le acarició su pecho desnudo, su piel suave bajo su tacto. Él cerró los ojos, viviendo el momento. No pensó sino en la pregunta. Sabía lo que quería, ¿pero querría oírlo ella?

“No, no, preciosa. Eso no lo puedes hacer.” Dijo, la tomó por las muñecas y se sentó suavemente sobre ella, contemplando sus ojos verdes profundamente. La mirada de él era tan intimidatoria que tuvo que evadirla.

“¿Hacer qué?” Preguntó, perfectamente consciente de a qué se refería.

“Devolver la pregunta antes de contestarla.” Dijo, soltando una de sus muñecas y pasando sus dedos a través de su pecho y su estómago. Ella se sintió vagamente excitada y movió su cabeza hacia la de él para besarle. Él se alejó, provocándola y castigándola.

“No. No antes de que hayas contestado. ¿Qué quieres?”

“¿Por qué quieres saberlo con tanto fervor?”

“Porque soy persona curiosa y es una pregunta simple. ¿Por qué tienes que complicarla más de lo que realmente es?”

“Eso es cuestión de percepción.” Contestó ella, levemente molesta.

“Sin duda. Pero sigues evadiendo la pregunta, y cuanto más lo haces, más me pregunto por qué.” Dijo juguetón, consciente de su desagrado.

“Hagamos un trato. Dejemos la pregunta sobre la mesa y la responderé cuando sienta que es un buen momento para mí y esté preparada para ello, sea lo que sea lo que quiera.”

“Me parece justo.” Dijo, sonriendo, acercando el cuerpo de ella hacia el suyo, besando su cuello, enlazando sus dedos entre los de ella, su aliento en su oreja, suavemente, él susurra:

“Yo sé lo que quiero. Te quiero a ti.” Ella suspira, una tenue sonrisa dibujándose en su semblante. Él besa sus labios.

Hermanas

A mis hermanas

Cuando me senté a leerme mis antiguos escritos (poemas, reflexiones, cuentos y demás), se me hizo obvio que una gran mayoría iba dedicada a diferentes sujetos que, en algún momento u otro, significaron algo para mí y ocuparon un lugar en mi corazón. Para mi pesar, descubrí que no había dirigido ninguno de estos escritos a las más significantes constantes en mi vida, mis tres preciosísimas y fabulosas hermanas.

Al fin y al cabo, me he percatado de que amores van  y vienen, amistades (no las más profundas, pero la gran mayoría) no duran para siempre e ídolos pierden prioridad con los años. Sin embargo, el lazo que se comparte con una hermana es indescriptible y, aún así, aquí estoy, intentando describir lo imposible.

Cuando era aún una niña, y mi hermana mayor, Gabi, empezó un noviazgo, le pregunté si le quería a él más que a mí. Entonces, para mí el amor sólo tenía un significado, pues desconocía aquél de aspecto romántico. Gabi me contestó con dulzura, -Es diferente, Nati. A ti te quiero mucho de una manera, y a él también, pero en otro sentido-. Al no entenderlo, me sentí herida, pues pensé “¿Cómo puede ser? ¡Nosotras somos hermanas!”. Pero uno crece y, para bien o para mal, va comprendiendo diferentes realidades de la vida. Las variables siempre serán variables, pero sin las constantes, esas variables pierden un poco de brillo.

Y aquí me encuentro, sentada frente al ordenador, con miles de ideas de cómo empezar a organizar y desarrollar estos pensamientos que necesitan ser expresados.

Gabi

Gabi es una de esas personas con un instinto maternal innato. Es una de sus cualidades más destacadas. Está presente cuando la veo con sus hijos y estaba presente en mi niñez cuando nos cuidaba a Caro y a mí en la ausencia de nuestros padres. Gabi es una persona tan bondadosa que siempre ha puesto a los demás antes de sí misma. Es generosa y le abre el corazón a todo aquel que se lo merezca. Es vulnerable y fuerte al mismo tiempo. Y, más que nada, Gabi es alguien con quien se puede hablar de cualquier preocupación con el conocimiento de que no te juzgará por tus decisiones o actos.

Cuando tuve el placer de compartir piso con ella a los 16-17 años, se convirtió en una de mis mejores amigas. Y para mí ese paso significó mucho porque, al existir 8 años de diferencia entre nosotras, nunca sentí (antes de esa fase en que me iba convirtiendo en una mujer) que éramos más que hermanas. Pero llegó el momento en que ese lazo se formó y nada lo destrozaría, aún con la distancia que nos separa y el gran océano que nos divide actualmente.

Anteriormente comenté que Gabi era una persona fuerte. Y lo es. Ha vivido muchas adversidades en su vida y, aún así, nunca ha sentido lástima por sí misma. Siempre ha seguido adelante aún cuando parecía que la vida le daba la espalda. Sí, es una persona digna de respeto y  cualquiera que tenga el privilegio de conocerla, sabrá que mis palabras no le hacen justicia a ese alma que emana tanto amor y cariño.

Gabi ha sido y es un pilar en el que me he apoyado y sé que siempre podré apoyarme. Es mi agua cuando tengo sed, mi calor cuando tengo frío, mi frescor cuando tengo calor y la mano que me ayuda a salir de los hoyos más profundos en los que caiga.

Te quiero, Gabi, y espero darte tanto a ti como tú me has dado a mí.

Caro

Caro es una de esas personas que no se dejan ver por lo que tienen que ofrecer hasta que hayan establecido una confianza con alguien. Es dura y frágil al mismo tiempo. Es difícil encontrarle ese lado dulce, pues lo esconde tras una máscara impenetrable.

Sin embargo, nosotras, sus hermanas, la conocemos y entendemos su carácter. Es increíblemente generosa con lo que tiene y siempre comparte con quienes quiere. Le gusta ayudar y regalar y ver la alegría reflejada en los ojos de aquellos a quienes tiene el placer de asistir.

A veces creo que tiene un corazón tan grande que es imposible que le pueda caber en el pecho.  Su sonrisa es tan sincera y bonita, que ilumina cualquier lugar al que va.

Caro y yo compartimos mucho durante nuestra infancia. Descubrimos y jugamos juntas. Éramos las mejores de las amigas, aunque no faltaran las peleas y los piques entre nosotras. Nos queríamos y odiábamos simultáneamente, pero siempre estábamos allí la una para la otra.

En la escuela, Caro era mi protectora. Si algún niño (o niña) se metía conmigo, ella venía al rescate. A pesar de llevarme poco más de dos años, siempre fue físicamente más fuerte y directa que yo. Nadie pisoteaba a mi hermana. Es una de las características que más he envidado de ella, sabe defenderse y no aceptar el abuso de nadie. Si algo le parece injusto, lo dice. La respeto inmensamente por ello.

Caro es generalmente justa, y sus hermanas somos su más preciado tesoro. No hay nada que no haría por nosotras si a su alcance está ayudarnos.

Caro, te quiero inmensamente y espero ser tanto para ti como tú lo has sido para mí.

Yure

Yure llegó a mi vida bastante tarde. Reconozco que en un principio no me hizo la menor gracia perder mi estatus de hermana menor y “peque” de la familia, pero en cuanto la vi, me enamoré de ella.

Recuerdo el primer momento que me abrazó. Tenía dos años y fue en la casa de campo de mis abuelos en Suecia. Yo estaba sentada en el suelo, jugando con ella. Se me acercó, caminando como cualquier infante a esa edad, torpe e impaciente. Llevaba una gran sonrisa en el semblante, con sus mejillas rechonchas, su pelo rubio y lleno de rizos. Se me acercó y abrazó mi cabeza como si fuera lo más importante en su vida. En ese momento sentí que el corazón me dio un vuelco, pues sentí algo que jamás había sentido jamás. Un amor infinito e incapaz de reconocer fronteras.

Yure me salvó de mí misma. Al dejar de ser la más pequeña de la familia, me convertí en una persona y aprendí a madurar. La cuidé gran parte de su infancia. Cuando mis padres se separaron, me convertí en una figura paterna. La llevaba a la guardería (y más adelante a la escuela), la iba a recoger, le daba de comer, la acostaba. En cierto sentido, tuve la experiencia de ser como una especie de madre sin serlo.

Uno de los hechos más dolorosos de mi vida, es el no haber estado junto a Yure cuando crecía y se convertía de niña en adolescente y de adolescente en mujer. Aún así, estamos muy unidas. Hablamos con frecuencia y compartimos muchos secretos y experiencias, aún con la distancia.

Yure es una mujer joven muy sabia. A veces me sorprende cómo reacciona a momentos e instancias de su vida o los consejos que me da sobre la mía. Es increíblemente madura en algunos sentidos y, a pesar de la edad que nos separa, me resulta fácil hablar con ella.

Yure, te quiero y espero significar para ti tanto como tú para mí.

Conclusión

Dicen que uno no elige a su famila. Bueno, claramente, es así. Tenemos el fortunio de elegir a nuestros amigos, parejas e incluso compañeros de piso, pero la familia es algo con lo que nacemos. O, tal vez, sea más propiamente dicho que son un grupo de personas a las que llegamos al mundo. Puede que ya estén allí cuando nacemos (como hermanos mayores, tíos, padres, abuelos…) o puede que lleguen más tarde (hermanos, primos, sobrinos…). En cualquier caso, no tenemos dicho en quiénes nos tocan.

Yo he tenido la suerte de nacer en una familia donde mis hermanas son fantásticas. Cada una con una personalidad brillante y algo distinto que ofrecer. Cada una con un corazón de oro y un hombro disponible si necesito llorar. Hermanas que, no sólo son hermanas, son mejores amigas. Les puedo contar cualquier cosa y sé que no me juzgarán. Es posible que en ocasiones no estén de acuerdo con mis decisiones o actos, así como yo con los de ellas, pero no nos juzgamos. Escuchamos, entendemos y, si es necesario, aconsejamos.

La mayor dificultad en mi vida es la lejanía que me separa de mis hermanas. Pese a ello, siempre las siento cerca y ubicadas muy profundamente en mi corazón, con memorias, momentos y conversaciones compartidas.

No hay nada más preciado que tener tres pilares en los que apoyarme cuando me flaquean las rodillas y pienso que ya no puedo seguir adelante y, asimismo, convertirme en ese pilar para darle fuerzas a ellas.

Gabi, Caro y Yure, gracias por ser mis hermanas y estar allí para mí en lo bueno, lo malo y lo peor. Gracias por ser mis amigas y quererme como yo a ustedes. Gracias por hacerme en parte la persona que soy y recordarme siempre de lo que valgo y lo mucho que tengo que ofrecer.

Con todo mi amor y cariño, esto es para ustedes.

La Madre Tierra

Dedicada a nuestro querido planeta que tanto nos ha dado y tan poco hemos reciprocado. Tal vez le escriba una más reciente, pues esta poesía es de mi juventud.


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¡Ojalá La Tierra no llorara
y el hombre no matara!
Oigo su dolor
que va creciendo lentamente.
Grita, nadie la escucha.
Su sufrimiento es el mío,
y en su hija la Naturaleza
descubro lo mal que lo está pasando.
No sé qué hacer,
no quiero cerrar los ojos y pretender…
Le abro mi corazón y le regalo mi amor.
La Tierra se está muriendo,
nadie la está ayudando.
Todo a ella se lo debemos,
pero nada agradecemos.
Sin justicia y con malicia,
sus entrañas comemos,
y ella está llorando.


Agosto, 1995

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