Tal vez resulte algo cliché escribir una poesía sobre lo que es poesía, pero no sería la primera. De hecho, aquí plasmo una corta de Gustavo Adolfo Bécquer:
“¿Qué es poesía?” dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
“¿Qué es poesía?” ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.
Es realmente preciosa. Simple y concisa. La mía es algo más larga y, como era mi estilo en aquel entonces, un tanto más enrevesada. No me demoro más, y ya juzgará el lector lo que le parece.
¿Qué es poesía?
Quizás sea la canción
que nace en tu corazón.
Puede que no:
puede que sean las palabras,
que no salen cuando hablas.
¿Pero qué es realmente?
Es belleza y es tristeza,
es una amarga metáfora,
o un alegre conjunto de letras.
Es algo que a duras penas nace,
que difícilmente crece
y que tristemente muere.
¿Pero cuándo es bella la poesía?
Cuando te la ha dictado tu interior,
cuando no debes usar la razón,
cuando, al escribir, pierdes la noción,
cuando, sin buscarlo, ves lo que has hecho:
has revelado algo que te inquieta.
¿No es bonito?
Creer que las palabras no importan,
cuando realmente importan.
Cuando descubres la hermosura
de una humilde escritura.
Porque ya no eres vulnerable,
ahora eres alguien,
que sin buscarlo ni pensarlo,
has llegado a otro corazón solitario.
Sí, expresarse es poesía,
ser tú mismo al escribir es poesía,
vivir tu vida mediante palabras…
es, sin más… poesía.
Pero, cuán importante es amar lo escrito
cuando por fin le has dado sentido.
¿Es realmente poesía,
si el corazón no ha sido el guía?
¿Es realmente poesía
no amar lo creado
y escribir sin sentir
lo ya acabado?
Septiembre, 1994