Historias, poesías, reflexiones y críticas literarias. Todo por el amor a la literatura…

Author: Natalia (Page 2 of 7)

El pozo del tiempo

No conseguía dormir. En la calle había algún tipo de vituperio que iba aumentado con cada minuto que pasaba. A lo lejos ya se podían distinguir las sirenas de los automóviles policíacos. La ventana del dormitorio se encontraba en el tercer piso y de cara a la avenida. Normalmente me gustaba quedarme en un piso mucho más elevado cuando visitaba Nueva York, pero mucho había cambiado después del 2022… Y muchas de las opciones que antes tomábamos por sentadas ni siquiera existían.
Miré la hora. Eran las 3:34 de la madrugada. Me dolía la cabeza y debía despertar en menos de cuatro horas.
Decidí levantarme. Tal vez pudiese trabajar un poco. Tenía una entrega en unos días y aún no había comenzado a escribir.
Sabía que procurar dormir a estas alturas sería inane, así que me levanté, vestí y salí subrepticiamente a la calle en busca de un café.

Era una noche de verano cálida y húmeda. Siempre me gustaron las noches veraniegas de Nueva York.
Los policías ya habían aparecido para calmar la situación que me había sacado de mi ligero sueño.
A pesar de tanto escándalo, no parecía sino un baladí. Aún así me dirigí en dirección opuesta. El alba no tardaría en presentarse, así que paseé sosegada y meditativa.

Encontré una pequeña cafetería en una esquina con ambiente europeo. Todas las cadenas de cafeterías habían caído como moscas unos años atrás, empezando con Starbucks. Personalmente, siempre había preferido lugares más acogedores y originales.
Había cogido mi portátil para escribir fuera de la habitación. Necesitaba un entorno nuevo y diferente, tal vez así las ideas fluirían mejor por mi cerebro bloqueado.
Había pasado un callejón donde dos hombres —posiblemente vagabundos— se apaleaban con violencia.

Los eventos de la noche seguían vigentes en mi mente mientras mi mirada se perdía en el infinito de una página en blanco, alimentando la frustración que ya me consumía.
Cada palabra que aparecía en el folio digital resultaba forzada, produciéndome una hiel inmensurable.

Sentada, intentando no estresarme porque las palabras seguían sin aparecer, recordé la cita de Picasso: “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando.” Pues bien, inspiración, aquí me tienes… esperando que tus delicados dedos vengan a masajear mi subconsciente para poder producir frases coherentes.
Tenía que luchar el impulso de echarle un vistazo a mi correo electrónico o averiguar lo que ocurría por Instagram.
Un fuerte estallido me sacó de mi humor taciturno.

“Es la segunda explosión este mes.” Comentó uno de los trabajadores del café, más para sí mismo que para su compañero.
“Deben de ser esos putos nihilistas de nuevo.” Era un hombre de unos sesenta años, con pelo gris, casi blanco y cejas frondosas que le daban un aspecto peculiar a su rostro.

Me debatía si volver a mi habitación o permanecer donde me encontraba, al fin y al cabo, a mi amiga la inspiración parecía importarle poco dónde me había decidido a escribir. Su ausencia me mortificaba.
A través de las amplias ventanas del local se podía observar que el firmamento empezaba a cambiar su vestimenta de un traje oscuro a uno degradado con varios tonos de azul de opaco a más claro.
Había determinado encaminarme al Parque Central antes de que amaneciera. Según me levantaba, el señor con las cejas gruesas salió impetuoso de la cafetería, dejando que la puerta se cerrara estrepitosamente tras él.

Según me movía por las calles de esa jungla de metal y cristal urbana, me fascinaba observar cómo las manos del sol empezaban a acariciar los puntos más elevados de los edificios, destellando su luz a través de los rascacielos como por arte de magia. El reflejo de la luz en el horizonte de cada calle y avenida hacía imposible divisar el lento despertar de un tráfico que en breve plagaría cada rincón de la ciudad.
Era una mañana formidable a pesar de todo. Me resultaba imposible no sentirme bien con esa luz y con la expectativa de pasar gran parte del día en el parque.
En un rincón se encontraba un hombre, vestido con traje de negocios, peinado a la moda, y zapatos que brillaban tanto que uno podía verse reflejado en ellos, gritando a todo pulmón profanidades como si su vida dependiese de ello — tal y como estaban las cosas, tal vez lo hacía.

No se asemejaba a un réprobo, aunque vivíamos en una época en la que nada era lo que parecía. Era como vivir en un universo paralelo.
Según me acercaba al parque, la luz del día había madrugado y el alba traía consigo toda una gama de colores pasteles que iban explotando a través de edificios y árboles en colores más vibrantes y energéticos.
Me sentía más relajada y entusiasmada con la idea de pasear por el parque. Por lo menos algunas partes de la ciudad no habían cambiado. No podía decirse lo mismo de “Lower Manhattan”.

El Parque Central siempre me había resultado un lugar mágico y encantador. Un sitio en el que cualquiera podía encontrar un rincón que proclamar como favorito. Un parque lleno de vida, de cultura y de carisma y, si tenías suerte, hasta podías observar halcones. Sí, Olmstead había conseguido algo increíble al diseñar semejante lugar en el corazón de una de las metrópolis más latentes del mundo.
Me tranquilizaba saber que se había escapado del damnable destino que otras partes de la ciudad no habían sido tan afortunadas de prevenir.

Sentada en un banco del parque junto al lago, cerré los ojos para poder captar mejor lo que me rodeaba. El aire matutino, el canto de los pájaros, el sonido ligeramente lejano del tráfico, el baile de las hojas de los árboles cuando la brisa les susurraba una dulce canción. Aún era bastante temprano y no había casi nadie en el parque.
A lo lejos distinguí una madre exclamando imperiosamente a un niño que parecía estar ocupado con travesuras.
Aún no siendo persona de madrugar, me encantaba la magia de las mañanas.
Allí sentada, disfrutando el momento, prácticamente meditando, perdí esa sensación jodidamente perentoria de escribir. Por primera vez en varias semanas me sentía calmada, tranquila y sosegada.
Respiré hondo y sonreí.

Seguía con los ojos cerrados, aunque era imposible saberlo pues llevaba las gafas de sol puestas.
“¿Irene?” Preguntó una voz familiar. “¿Eres tú?” Esa voz familiar continuaba cuestionando. Me resultaba difícil darle un rostro a mi interlocutor, aunque sabía que me era conocido. Tal vez porque no pertenecía al entorno, tal vez porque no le había escuchado en mucho tiempo. Simplemente no pertenecía a una pauta dada de mis viajes a Nueva York.
Abrí los ojos y, a través de las gafas de sol, cuál no sería mi sorpresa al descubrir al dueño de dicha voz.
“Vaya, vaya. Pero si no es otro que Marcus. Dichosos los ojos que te ven. Han pasado… ¿qué, quince años?”
“Casi dieciseis, para ser exactos.” Respondió éste, su sonrisa tan brillante y bonita como todos esos años atrás. Una de esas sonrisas que iluminan tanto el rostro de quien la viste, como su entorno.
Me levanté apresuradamente (tal vez con demasiado ahínco) para encontrarme con él a medio camino.
Tras un fuerte abrazo entre pasados amantes, Marcus me tomó por los hombros y me alejó de sí a un brazo de distancia para observarme más detenidamente.
“Apenas has cambiado. Tan guapa como siempre.”
“La adulación te abrirá muchas puertas.” Sonreí guiñándole un ojo. Era algo que solíamos decirnos cuando habíamos estado juntos.
“¿Sabes? Leí varios de tus artículos y tus libros. Bravo. Realmente plausibles.” Esa sonrisa otra vez, el contraste entre su piel oscura y esas líneas de perlas ordenadas.
“¿Qué te trae por Nueva York? Eras la última persona que esperaba encontrarme por aquí. Quise cambiar de tema para evitar hablar de mi carrera y el bloqueo creativo que llevaba persiguiéndome meses.
“Jajajajaja… Veo que algunas cosas no cambian nunca.” Respondió éste leyéndome como si yo fuese un libro abierto.
“Bueno, vale, me has pillado. Pero eso es para otro momento. Lo cierto es que estoy realmente interesada en saber por qué te encuentras aquí. Espero que no tenga nada que ver con tu madre.”
“En parte, pero no como crees. Ya sabes cómo es, no ha dejado de trabajar con todo lo que ha pasado, a pesar de que se acerca a los ochenta años. Pero fuerte como un búfalo, es mi madre.” Noté orgullo en su voz. “No es por nada que descendemos de una rama de mezcla de afro-americanos y cheroquis.” Marcus siempre había estado orgulloso de sus raíces, y muy curioso siempre por saber más de ellas.
“Hay un grupo de disidentes que están causando problemas a la organización donde mi madre trabaja actualmente. Cuando me lo comentó, decidí venir e investigar y ver si había algo que pudiera hacer para ayudar.”
“Ya veo yo que algunas cosas no cambian nunca.” Sonreí.
“¿Tienes planes?”
“Lo cierto es que… No. Realmente no.” Sabía que no podría escribir y necesitaba desconectar de mi mente. “¿Qué tienes pensado?”
“Iba a la biblioteca para investigar un poco el asunto de mi madre. Pero no corre prisa, y encontrarte a ti aquí ha sido fortuito. Prefiero pasear contigo y ponernos al día.”
“Sí, creo que me vendría bien. Lo que tenía planeado era, al fin y al cabo, una contingencia que posiblemente me hubiera frustrado más.”
Me miró inquisitivo. Conociéndome bien sabía que yo misma compartiría lo que me sintiera preparada a divulgar.
“Vamos a desayunar algo y luego podemos seguir paseando. Conozco un lugar no muy lejos de aquí.” Miró su reloj, eran cerca de las ocho.

Tras el desayuno decidimos volver al Parque Central y pasear en ese día veraniego tan cálido y agradable.
“Ven, te quiero enseñar un rincón que descubrí no hace mucho.” Marcus me cogió de la mano y, de pronto, sentí como si estuviésemos viviendo en el pasado. No pensé y me dejé llevar.
Después de unos treinta minutos de caminar encontramos un espacio lleno de flores silvestres, un pequeño lago y, juntos a éste, un pozo que parecía desplazado de la era Medieval.
“Juraría que este lugar no aparece en ningún mapa del parque. Mira que me he paseado por este lugar y jamás había visto esto. Y esas flores… No son ni nativas de Norteamérica.
“Lo sé. Es impresionante.” Respondió Marcus maravillado. “Y cada vez que vengo hay flores diferentes.”
Lo miré incrédula. “¿Así que es aquí donde traes a tus ligues cuando vienes a Nueva York?”
“Pues claro, ¿qué, pensabas que eras especial?” Me guiñó el ojo siguiéndome el juego.
Me acerqué al pozo y me senté en el borde de la boca. Era una estructura con un brocal de piedras antiguas como jamás había visto antes.
Me balanceé en la boca del pozo. Me puse en pie y caminé por la misma, reclinándome para ver si lograba ver algo, pero solo conseguía divisar un infinito de oscuridad.
“Cuidado, no te vayas a ca…” Y como si una mano invisible tirara de mí, caí en ese infinito de oscuridad que imaginé sería mi fin.
“¡¡Ireneeeeee!!” Escuché de lejos a Marcus según descendía a mi muerte.
Me vino a la mente el perfecto personaje pérfido y el comienzo del contorno de una historia.
‘Ahora.’ Pensé resignada. ‘Irónico.’
Cerré los ojos y me dejé llevar por lo que no podía controlar.
Cuando los volví a abrir, me encontraba nuevamente en el campo de flores silvestres. El pozo a mi lado, el cielo azul… No entendía lo que había ocurrido.
“Mierda, mierda. ¡Ireneeeeee!” No sé dónde estaba Marcus, pero le oía como a través de una pared.
“¿Marcus? ¿Dónde estás?” Miré a mi alrededor. Me sentía desorientada.
‘¿Qué estulticia es está? Debo estar medio muerta al fondo del pozo imaginando todo esto.’ Sin embargo, algo en mi interior me susurraba que le siguiese llamando con más fuerza.
“¡¿Marcus?!”
“¿Irene? ¿Dónde estás? ¿Estás bien?”
“Sí, eso creo. Sí es que no estoy soñando…”
“Voy a por ayuda. ¿Tienes algo roto?”
“No, mira… Escucha… Estoy aquí… En el campo de flores… No entiendo… Pero tú no estás… Pero el resto es igual… Ojalá pudiera explicarlo mejor, pero no lo comprendo ni yo.”
“Irene, creo que te has dado en la cabeza, lo que dices no tiene sentido.” Aunque procuraba disimularlo, su tono acarreaba un vestigio de condescendencia. No le culpaba, yo misma me preguntaba si acaso no estaba delirando o si sufría una contusión cerebral.
Mi intuición me decía que había algo importante en juego y que lo que me estaba ocurriendo era extraordinario. También sentí que era algo que no podía (o quería) hacer sola.
“¡Marcus! ¡Salta dentro del pozo!” Grité sin pensar.
“¿Qué dices? ¿Cómo saldríamos de allí si no nos encuentra nadie?”
“Escucha. No lo puedo explicar, pero confía en mí. No creo que haya sido coincidencia que nos hayamos encontrado hoy en el parque. Por favor, Marcus, es acuciante que lo hagas ahora.”
“Debo estar loco.” Fue su única respuesta. En un instante estaba junto al pozo.
“¿Qué…?”
“Lo sé, tampoco lo entiendo.” Ayudé a Marcus a levantarse. Miró a su alrededor, intentando colocarse en el entorno.
“Pero si… Es que…”
“Lo sé.” Sabía lo que pensaba porque los mismos pensamientos habían cruzado mi mente.
“¿Qué hacemos?”
“Salgamos de aquí, a ver qué encontramos. Seguimos en el Parque Central, así que supongo que seguiremos en Nueva York.”
“Pero, ¿en qué Nueva York?” Había pensado lo mismo pero no me había atrevido a comunicarlo en voz alta. Nos miramos con una mezcla de nervios y temor. No podía sino pensar en las novelas de ciencia ficción que había leído a lo largo de mi vida.
“Cuando no conseguía dormirme esta mañana, mi día prometía ser prosaico, pero con cada hora se aleja cada vez más de serlo. Me alegra haber salido de mi habitación cuando lo hice.” Le dí un empujón cariñoso con mis hombros.
Según salíamos del parque, Marcus puso su brazo alrededor de mis hombros.
“¿Estás bien?” Me miró, y vi esos ojos verdes castaños que tanto me habían enamorado años atrás, observándome atentamente. “Recuerdo cuando te bloqueabas creativamente, permanecías despierta durante el continicio hasta el amanecer. Comentaste antes que no habías podido dormir…” Su mirada compasiva me invitaba a compartir mis incertidumbres.
“Yo… Veamos a dónde nos lleva esta aventura. Ya te contaré todo cuando hayamos resuelto este misterio.” Vestí una sonrisa cálida sin necesidad de pretensión.

No tardamos mucho en descubrir la aventura en la que habíamos aterrizado. De alguna manera, habíamos viajado al pasado. No un viaje tan ominoso e inquietante como el del Viajero del Tiempo de H.G. Wells, pero mentiría si dijese que no tenía los nervios a flor de piel. Era una noción tan desequilibrada que las garras de mi conocimiento escoriaban con intensidad mi cordura.
“1984…” Dijo de pronto Marcus aun cuando no le había preguntado.
“Eso sería irónico, pero mejor buscamos un periódico para cerciorarnos.”
Marcus no pudo evitar rebuscar en sus bolsillos una dádiva para un vagabundo que dormía arropado en la calle. Encontró una chocolatina y unos cuantos dólares que dejó junto al cuerpo del otro, procurando no molestarlo.

15 de julio, 1984. Esa era la fecha exacta en el periódico.
“¡¿Cómo…?!” Miré a Marcus con una mezcla de admiración y sorpresa.
“Era indefectible. Bueno….más o menos. Pasamos junto al Marriott Marquis que estaba bajo construcción, casi acabado entonces. Adiviné y acerté.”
“Listillo. Bueno, y ¿ahora qué? ¿Sabes lo que significa esto?”
Allí estábamos, aproximadamente cuarenta años en el pasado, capaces de cambiar el futuro y, seamos sinceros, existen en la historia hechos que a muchos nos gustaría poder modificar.
Nos encontrábamos en una situación imposible de dilucidar. No entendíamos la mecánica, ni la teoría… Lo que estábamos viviendo ese día carecía de sentido.
“¿Qué sabes de la teoría de la relatividad?”
“No mucho. Ya sabes que la ciencia ficción nunca fue el género que se me daba bien escribir, así que nunca leí nada de Einstein. “¿Tú?”
“Leí un poco durante mis años universitarios, me interesaba el tema. Aún así, esto no cabe dentro de mi entendimiento y el lado izquierdo de mi cerebro lo rechaza violentamente. Todavía estoy esperando a despertar de este sueño tan extraño. Oye, ¿estás bien? Te noto estaferma.”
Me había parado en la acera. No estaba segura de nada. No podía permitir que el pánico me hiciera presa. Cerré los ojos. Respiré hondo un par de veces. Volví a abrir los ojos. “Sí, ahora estoy bien.”
Pero me asustaba estar en 1984 en Nueva York… Con Marcus. Era una ciudad muy diferente a la del 2023.
“Estoy un poco cagada, si te soy sincera. Esto es 1984, las cosas eran (son) muy diferentes entonces… Que, aunque mejor que hace veinte años desde esta década, sigue siendo difícil. Nueva York no era la ciudad más segura… Y una pareja interracial tampoco lo más común.” Observé que Marcus me observaba de soslayo. “Ya, ya sé que no somos pareja, pero eso no lo puede saber cualquiera que nos vea.”
“¿Quieres regresar al pozo?”
“Sí… Y no.”
“Entiendo. También comprendo tu vacilación. Por una parte podemos dejar una huella que prevenga ciertos acontecimientos, por otro lado podemos jodernos bien jodidos y tal vez perder la oportunidad de regresar. Pero soy algo más optimista que tú y creo que podemos apear cualquier circunstancia que se nos presente por muy ardua que sea.” Afirmó risueño, su sonrisa desplazándose hacia sus ojos claros. De pronto sentí un impulso por besarle que me llevó varios instantes contener.
“¿Sabes a qué me recuerda ésto?”
“22/11/63.”
“Jajajajaj… ¡Cómo me conoces!”
“Demos una vuelta. Tal vez podamos pillar algo para comer. Yo no sé tú, pero a mí me ha entrado un hambre feroz con toda esta emoción.”
Asentí taciturna.
Nos encontrábamos cerca del Empire State Building, tras pasar por Times Square, queríamos evitar esa parte de la ciudad. En 1984 no era la atracción turística en la que se convirtió más adelante. Siempre me había gustado pasear en Manhattan, pero era diferente ahora. No me sentía segura.
“¿Qué te gustaría elidir de los últimos cuarenta años? ¿O borrar por completo?” Pregunté por fin tras un largo silencio caminando, cada cual perdido en su propio mar de pensamientos.
“¿Sabes lo que se me acaba de ocurrir?” Estábamos de camino a 39th St., donde Marcus creía recordar que se encontraba un buen lugar de bocatas.
“Díme.”
“Aquí nadie tiene móviles. No existe la necesidad de ser tan ubicuo.” Sonreí de oreja a oreja. “Es agradable desconectar de todo ese mundo.”
“Cierto. Me pregunto si de algún milagro tenemos cobertura.” Según metió la mano en su bolsillo, puse mi mano con fuerza en su antebrazo.
“¿Qué haces, estás loco? Si alguien te ve te secuestran para estudiarte.” Reí.

El lugar que Marcus recordaba no se encontraba donde su memoria le guiaba.
“Uhm… Juraría que estaba en la 39… Claro que de eso hace mucho y mi memoria no es de lo más fiable.”
“Deja que le pregunte a alguien.” Miré a mi alrededor, una señora mayor, cargando un par de bolsas que parecían bastante pesadas, se nos acercaba despacio.
“Perdona que la moleste, ¿pero conoce un lugar de bocadillos por aquí?” Me dirigí brevemente a Marcus. “¿Recuerdas el nombre?”
“Nueva York algo, algo.” Contestó con una mueca.
La señora miró a Marcus y luego se dirigió hacia mí. Nos observó con reticencia.
“No sé…” Gruñó y se apresuró a alejarse.
“¿Soy yo o los newyorquinos son más amables en nuestra década?”
“No, no creo que seas tú… Había olvidado lo hostil que había sido esta ciudad.”
“Oye, ¿y si no conseguimos regresar a nuestro tiempo? Imagínate que al volver al parque encontramos un pozo vicario?”
“Hablas de eso como si fuese un ser vivo.” Le miré preocupada.
“Tal vez lo es, ¿quiénes somos nosotros para juzgar? Pero, piénsalo. Tal vez el pozo al que regresamos en esta década nos desplaza a una década (¿un siglo?) distinto al nuestro.”
“No me asustes.” No quería ni imaginarlo. ” We’ll cross that bridge when we get there.” Una de mis expresiones favoritas en inglés y que habíamos utilizado mucho cuando habíamos vivido juntos.
“Tienes razón. Al fin y al cabo, hasta un reloj parado acierta la hora dos veces al día.” Bromeó sacando la lengua.
“Graciosillo. Bueno, ¿dónde está ese sitio? Me está entrando hambre.”

Encontramos un lugar, Marcus no estaba seguro si era EL sitio, pero tenía unos bocadillos deliciosos.
Decidimos ir paseando hacia las torres gemelas. Sería toda una experiencia volver a verlas, sintiendo en nuestros corazones el peso de lo que ocurriría en diecisiete años de la fecha en la que nos encontrábamos.
“Podríamos pensar en una manera de pararlo.” Dijo con su mirada posada en la cumbre de los edificios que tenían sus días contados.
“Me encantaría… Y sin parecer pesimista… ¿cómo?”
“No lo sé, pero como Jake Epping en la historia de King, encontró una manera de parar lo que había decidido cambiar. Piensa, tenemos la ventaja de saber el cómo, cuándo y quién. Imagínate el impacto que podríamos tener. Podríamos hasta evitar la presidencia del individuo más contumaz que puso pie en la Casablanca.”
Seguía escéptica. Me encantaba la idea, pero me quedaba atascada en el cómo.
El tiempo era tan abstracto y, en ocasiones, impetuoso.
“También está eso de que no es recomendable cambiar algo en el pasado por cómo puede afectar al futuro de una manera completamente impredecible. Ya sabes, eso de ‘las consecuencias de que una mariposa que aletee en Brasil se sienten en el Amazonas’, o algo así.” Me miró de soslayo. No se lo tragaba.
“Señorita Irene, ¿se ha vuelto usted miedocilla con los años? O tal vez sea que te sientes atascada en el cómo aún.”
Nos acercábamos al lugar donde casi veinte años antes se habían erguido dos rascacielos idénticos. Miré hacia el cielo, incrédula de ser testigo de algo que ya no existía. Nunca había tenido ocasión de verlas en persona antes.
“De todas formas, no sé yo cómo podríamos evitar la destrucción de las Torres Gemelas… O evitar que cierto personaje ocupe la Casa Blanca. Me intriga la posibilidad… pero, ¿cómo?”
Marcus me miró suspicaz. “¿Tú estás segura de que eres escritora? ¿Qué pasó con la Irene de antaño? Realmente estás pasando por una época de sequía creativa, ¿eh?” Dijo entre bromeando y compasivo. No había desdén ni indignación en su tono, sin embargo me sentí pequeña y miserable. Sentía que la imaginación se escapaba de mi poder.

Llegados a West St. nos plantamos prácticamente frente a las torres que, por casi un año habían sido las más altas del mundo, y subimos nuestras miradas al tope de las mismas.
“Son —eran— impresionantes, ¿no crees?”
“Todo un logro arquitectónico. ¿Te puedes creer que sólo hace once años desde este momento que se terminaron de construir? Imagínate el vigor con que debieron trabajar para completarlas.” Asentí, una lágrima tímida deslizándose por mi mejilla al recordar cuál sería su destino final.
“Hagámoslo. ¡Cambiemos la historia!” Teníamos que intentarlo. No sabía cómo, pero sentía que era lo necesario… Y nuestro viaje al pasado no podía ser en vano.
“¡Por fin! Ésta es la mujer que conozco.” Puso una mano en mi cintura, tirándome hacia él, con la otra tomó mi rostro, y me plantó un beso en los labios, tal cual, como cuando habíamos estado juntos. Cuando terminó — ya sea dicho de paso que el beso fue correspondido— me quedé donde me había dejado, estupefacta por unos momentos. “Perdona, no lo pude evitar. De pronto una avalancha de sentimientos y recuerdos me atropellaron y, bueno… “
No pude más que sonreír.
“Manos a la obra. Borremos los acontecimientos más violentos de nuestros tiempos.” Sentía una nueva seguridad en mí misma. Sí, ésto era posible.
De pronto el firmamento se tornó de un gris hosco. Las nubes, preñadas de lágrimas impacientes por escapar, comenzaron sus violentos alaridos que predecían una tormenta típica de los veranos neoyorquinos.
“¡Busquemos cobijo que va a caer la de Dios.” Marcus me cogió de la mano y arrancamos corriendo en busca de protección contra la lluvia inminente.
Entramos corriendo, vagamente mojados, a una de las Torres Gemelas.
Nos abrazamos con cariño. La lluvia veraniega era especial. Durante mis años universitarios había disfrutado paseando por las calles con mis trajes ligeros y mis sandalias, permitiendo que la precipitación se apoderara de mi ser. El aire cálido y las manos húmedas de la ducha natural eran la combinación perfecta en esos días de deleite sin preocupaciones. La nostalgia se apoderó de mí.
Nos miramos, y con mis brazos alrededor de su cuello, le besé con pasión.
Me separé despacio de Marcus.
“Yo no lo siento, es lo mejor que he hecho en todo el año.” Sonreí coqueta.
“¿Me oyes quejándome?” Contestó con humor.
“¡Venga! Busquemos un lugar donde comer. Toda esta emoción me ha abierto el apetito. Por cierto, ya se hace tarde… O buscamos un lugar donde pasar la noche,” una mueca pícara apareció en el semblante de mi compañero, “o regresamos al pozo con la esperanza de volver a nuestro tiempo.” Continué, ignorando la mirada pilla de Marcus.
Se puso serio.
“Creo que nos beneficiaría regresar a nuestro tiempo. Yo no sé tú, pero por regla general no suelo llevar mucho dinero encima, y ninguna de nuestras tarjetas funcionaría en este año, a no ser que te abrieras tu cuenta de niña.” Sacó la lengua burlonamente. “En serio, creo que en nuestro tiempo estaríamos más preparados para elaborar un plan de acción y así tenemos un poco más de espacio y tiempo para rumiar sobre las implicaciones de esta experiencia y de las posibilidades que se nos presentan.”
“Sí, tienes razón. Comamos y regresemos al parque.”

Decidimos coger el metro de Lower Manhattan a Midtown East. Estábamos exhaustos, tanto física como emocionalmente. Cada uno perdido en sus propios pensamientos. Los silencios prolongados con Marcus nunca habían sido incómodos o extraños. Nunca habíamos sentido la necesidad de rellenarlos con cháchara.
Creo que ambos estudiábamos la mejor manera de encarar el desafío y, en cierta manera, la responsabilidad que se nos había presentado con este nuevo conocimiento del viaje en el tiempo.

El metro no era lo que recordaba. Me hacía pensar más bien en el que montaba Akeem en de El Príncipe de Zamunda. Incómoda no describía bien cómo me sentía, era más que eso. Nunca pensé que añoraría mi época, pero lo hacía.
Me sentía dubitativa respecto a volver a está década tras volver a nuestro año.
“Marcus, no sé si es falta de escrúpulos o qué, pero me temo que una vez volvamos a nuestro momento en la historia, si es que podemos, me va a costar encontrar las agallas para regresar al pasado. Son tantas las variables que desconocemos…”
“Es normal que sientas eso, yo también tengo mis dudas. Pero busca aquí,” señaló con el índice hacia el lugar donde se encontraba mi corazón, “y no permitas que tu coco secuestre tu intuición y la persona que ambos sabemos que eres.” Sonrió y le devolví el gesto. Tenía razón, a veces cavilaba demasiado sobre las cosas, lo que muchas veces me incapacitaba actuar.
“A veces creo que me tomo a mí misma demasiado en serio. ¿Fue siempre así?” Pensé en voz alta. Marcus me observaba en silencio, esperando. Le miré melancólica.
“No, no ha sido así siempre. Simplemente estás pasando por una batalla interna que te tiene un poco atascada.” No pasó desapercibido su cambio de forma verbal. Me sentí esperanzada.
En ese momento llegamos a nuestra parada. En breve —y si todo salía bien— volveríamos al verano del 2023.
Al salir del metro observamos que el crepúsculo había adornado el firmamento con colores extraordinarios que explotaban como llamas contra las finas nubes cercanas al horizonte. Era un atardecer cálido, Marcus me cogió de la mano y se acercó hacia mí, sus labios tan cerca de mi boca que sentí cómo se me erizaban los pelos de la nuca. Al oído me susurró:
“Dime, ¿me vas a invitar a una copa cuando lleguemos a tu hotel?”
“¿Y quién dice que te voy a dejar que me acompañes?” Pronuncié socarrona, desprendiéndome juguetona de su agarre. Me di media vuelta según le guiñaba un ojo y seguí caminando hacia el parque.
Podía imaginarme la expresión de Marcus, una ceja enarcada y una semi sonrisa en su semblante.
Llegamos al pozo. Le dirigí una mirada despectiva, más por temor que otra cosa. Los sentimientos son una cosa curiosa, cuando las garras del miedo atrapan nuestras entrañas, los sentimientos negativos se mezclan en nuestro interior y hacen acto de presencia en todo tipo de disfraces. El mío, en ese momento, llevaba puesto el traje del desprecio.

Decidimos saltar al pozo juntos. Echamos una mirada avizora a nuestro alrededor, asegurándonos de que no nos veía nadie.
“Espero que esto funcione.” Apreté la mano de Marcus, le miré nerviosa y, con los ojos cerrados, saltamos juntos.

Al aterrizar al otro lado, era como si el tiempo se hubiese detenido. Allí seguía siendo media mañana. Observamos nuestro entorno, los rascacielos y cualquier otro objeto que pareciera fuera de lugar. Al contrario que el DeLorean que Marty McFly conducía para transportarse en el tiempo, el pozo carecía de reloj para marcar la fecha precisa que deseábamos. Ésto se acercaba más a las entradas misteriosas que llevaban a Narnia.
“Busquemos un lugar donde ver la fecha.”
“Saca tu móvil, si estamos en nuestro tiempo debería funcionar. Los edificios parecen los de nuestra época, al menos desde aquí.” Recomendé. Habíamos empezado a caminar en dirección a Times Square, aunque aún faltaba un largo trecho para salir del parque.
“15 de julio… ¡¡Del 2020!!” Pronunció Marcus. De pronto se formó un nudo en mi garganta y no podía tragar, y mucho menos respirar. “Nooooooo… Pero tampoco es nuestro año… Se nos adelantó un año. Estamos en el 2024.” Dijo al ver que todo el color de mi rostro se desvanecía.
“No jodas. Marcus, es broma, ¿no?” Pregunté, pero vi en sus ojos que no bromeaba.
Me senté en el banco más cercano. Sentía como si me hubiesen dado un puñetazo en el vientre. Respiré hondo. Cerré los ojos. “Bueno, no es tan grave, supongo… Acabar en Nueva York en el verano del 2020 hubiese sido mucho peor. Además, es solo un año.” Volví a abrir los ojos. Sonreí.
“Cierto. Seguro que nuestras tarjetas y demás siguen funcionando, a no ser que nuestros familiares las cancelaran por darnos por desaparecidos.”
“No lo sabremos hasta comprobarlo.” Añadí. A mi izquierda había un sendero maltrecho apenas visible. Me picó la curiosidad.
“Eso no estaba allí antes. Vamos a ver a dónde nos lleva.” Comenté.

Un grito despavorido en la distancia rompió mi flujo creativo. Miré la hora, eran las cinco de la mañana. Llevaba escribiendo horas. Había estado tan absorta en mi historia que había perdido la noción del tiempo. Me percaté de que me dolía el cuello, tenía el cuerpo rígido y el sueño empezaba a adentrarse en mi conciencia.
Huckleberry estaba echado a mis pies, patas extendidas, tal vez soñando que perseguía ardillas.
De pronto sentí unos brazos a mi alrededor. Shawn.
“¿Cómo te va?” Me dijo, plantándome un beso en la mejilla.
“Bastante bien. Mis personajes estaban a punto de adentrarse en un sendero misterioso cuando un grito asustó a mi musa. ¿Qué haces levantado?”
“Ese mismo grito me despertó a mí. Deben de ser los vecinos otra vez con la tele a tope.” Frunció el ceño. “No sé si levantarme y hacer café o volver a la cama.”
“Deja el café. Es sábado. Volvamos a la cama. Mi personaje masculino está basado en ti… Y de tanto escribir sobre ti y tus besos me han entrado ganas de ti (válgame la redundancia).” Le cogí de la mano y le conduje al dormitorio. Huck levantó perezoso la cabeza para investigar a dónde nos dirigíamos, al ver que ninguno de los dos íbamos ni a la cocina ni a buscar su correa para salir a pasear, volvió a bajarla para seguir soñando con lo que fuera que soñaba.


Terminado el 27 de febrero, 2021 (editado el 1 de abril, 2021)

Aprender no conoce fronteras

Jamás creí que aprender pudiese resultar tan desafiante y frustrante. Claro que cuando uno tiene que aprender materias familiares en un idioma no tan conocido, estudiar entra en una dimensión inexplorada. 

Un mes tras llegar a no sólo un país nuevo, sino a un continente completamente ajeno a mis experiencias, en un entorno absolutamente desconocido, no podía sino sentir frustración cada vez que entraba en un aula diferente.
Las clases se dividían por aulas; los estudiantes se desplazaban por los pasillos con calma —o, en ocasiones, con premura— pasando por las taquillas para dejar los libros de la asignatura anterior y recoger el material para la siguiente lección. Era una experiencia absolutamente extraña para mí, vivida tan solo a través de la pantalla del televisor desde mi casa en la pequeña isla de la que provenía. La ventaja era que el instituto se encontraba en California, por lo que era un campus bastante abierto con edificios solitarios que acaparaban un aula única. Resultaba fácil desplazarse de una clase a otra sin perderse.

Sí, intentar comprender algo en un idioma que uno no domina no es tan simple como puede parecer y, cuando al cabo de dos meses aún no entendía exactamente lo que me decían, mis notas en matemática dejaban mucho que desear y las demás asignaturas eran jeroglíficos desconocidos.
Me preguntaba qué demonios me había impulsado a estudiar mi último año del instituto —el equivalente de C.O.U. en España por aquel entonces— en Estados Unidos. Siempre había creído que mi nivel de inglés era bastante elevado, pero esa burbuja no tardó en estallar poco después de aterrizar en el aeropuerto Internacional de San Francisco.

He de admitir que, a pesar de perder la paciencia conmigo misma y castigar mi ineptitud con el idioma, mis profesores hacían lo opuesto. Puedo afirmar con certeza que todos los maestros que tuve en ese año fueron de gran ayuda. Un año en el que había decidido mejorar mi conocimiento del inglés y expandir mi mente viviendo como estudiante de intercambio en un país absolutamente diferente al mío. No hubo ni uno que me hiciera sentir torpe, ignorante o tonta por no entenderles cuando me hablaban, o por no seguir el ritmo de sus clases al comienzo del curso. No, todos mostraron gran compasión y paciencia con mi falta de vocabulario y entendimiento. Varios profesores sobresalieron con el ánimo e integridad que me mostraban, pero uno en especial brilló como lo hace Sirius en el firmamento cuando viste su manto oscuro.
Era mi profesor de literatura y era una de las personas más encantadoras y carismáticas que he tenido el placer de conocer en mi vida. Si tuviera que describirlo diría que podría ser el hermano gemelo de Jim Carrey pero con unos cuantos kilos de más.

Tal vez también destacó porque siempre he sentido inclinación hacia la literatura y leer, y su pasión hacia dicha asignatura era evidente. Creo que ese año que estudié en California y que, por vez primera, leí a Dickens en su idioma original, aumentó mi aprecio hacia el uso de las palabras, el significado que los autores le dan a sus obras y lo bonito que es valorar cómo entrelazan las palabras para crear conjuntos de frases, párrafos y novelas enteras llenas de metáforas y símiles que bailan en las páginas aguardando que el lector las descubra.  

En el tercer trimestre del curso entendía el idioma con tal habilidad que dicho maestro no tuvo reparo en dejarles saber a todos en la clase que, aún tratando con un idioma que no era mi lengua materna, era la segunda en la clase con las notas más altas en una clase de treinta y pico alumnos. No voy a decir que mi ego no se inflamó y por un momento sentí que mi cabeza se expandía hasta alzarme a las nubes. No voy a negar que siempre ha vivido en mí un ser competitivo con las ansias de complacer, y más a los diecisiete años. Y más en un país con un complejo de superioridad obvio. Seguí trabajando duro con esa asignatura hasta el final del curso, no sólo porque me gustaba, sino porque quería que él, mi profesor del instituto favorito, estuviese orgulloso de mí. 

Creo que lo conseguí, el día de graduación me dijo:
“You are a good kid!” Me abrazó y me deseó lo mejor para mi futuro. Fue la última vez que le vi, pero pienso en él con frecuencia y me pregunto cuántas vidas habrá cambiado con su personalidad y su amor a la literatura. 


28 de enero, 2021

El primer año

Tenía miedo. Me asustaba la posibilidad de tener la misma experiencia que el año anterior, cuando nuestra maestra había utilizado tácticas extremas para mantenernos concentrados en las lecciones, sentados cada uno en su sitio y pretendiendo olvidar que éramos niños de cinco años. 

Con mis escasas primaveras, aún no había decidido si ir al colegio era algo que me gustaba o no, si atender un aula llena de niños de mi edad con una figura autoritaria que nos trataba como individuales de  menor inteligencia sería una vivencia que fuese a disfrutar. No estaba segura. Siempre había creído que aprender era algo divertido, algo que alimentaba a esa personita dentro de mí que ansiaba expander su horizonte. Había aprendido a leer por mi cuenta y era una de mis actividades favoritas. Mi primer encuentro con la educación obligatoria no había sido lo más placentera. 

Sin embargo, mis temores se vieron disipados con mi primer encuentro con Juan. Mi primer profesor de primaria. Sería quien guiaría mi amor hacia el aprendizaje y la curiosidad que, aunque innata, se encendió del todo con él. Desde un principio me sentí sosegada y feliz en su presencia. No era la única, todos mis compañeros sentían esa afinidad hacia él. Nos trataba como a sus iguales. Nos respetaba y nos hablaba como personas, algo que a los seis años era difícil encontrar. En un mundo de mayores, siempre nos miraban como estorbos, o como criaturas que tenían que seguir ciertas reglas o estar a la altura de ciertas expectativas. 

En la clase de Juan no era así, en cuanto entrábamos en su aula, nos platicaba como si pudiésemos entenderle, como seres inteligentes capaces de construir nuestras propias ideas y conclusiones que nos facilitaba con un empujón sutil de su parte. 

Seis meses tras empezar el curso, no entendí cómo podía haber sentido tanto miedo aquel primer día. Ya había olvidado a María, nuestra profesora anterior. No sentía el rencor o temor que había sufrido cuando el año con ella acabó. No, Juan nos había mostrado que un profesor podía ser más que alguien que nos alimentaba información de diferentes ámbitos. Nos enseñó también que no era lo que nos enseñaba, sino cómo lo enseñaba, lo que nos hacía mejores individuos, lo que nos preparaba para el futuro y lo que rompería o crearía un amor hacia el aprendizaje. 

Me sentía feliz. Cada día saltaba de la cama para asistir a clase. Si sentía fiebre, me ponía un trapo frío en la frente con la intención de bajar la temperatura para que mis padres no me impidieran atender al colegio. Esas horas que pasaba en clase no sólo aprendía asignaturas, sino también a convertirme en un individuo que quería dejar el planeta en mejor estado que lo encontró. 


27 de enero, 2021

Fruta de oro

“¡¡Corre. Vamos. Está cada vez más cerca!!”
Gritaba Manuel en la distancia. Cada vez se alejaba más; había perdido el rastro de Adrián y Petra como quince minutes antes. Oliver apenas veía de frente, entre el sudor que se deslizaba por su frente hasta caer en sus ojos, y la tormenta de nieve que borraba con furia cualquier vestigio de la ciudad, su mente empezaba a preñarse de pánico.
A sus espaldas sólo lograba escuchar el viento, lo cual le estremecía aún más.
Se encontraba en una situación precaria, si dejaba llevarse por el miedo, sabía que estaría perdido.

Agotado y apenas sin aliento, Oliver cayó desplomado al suelo. Cerró los ojos y prácticamente los volvió a abrir en ese mismo instante. Bajo su peso no se encontraba el asfalto frío de la calle, ni la nieve húmeda. Vestía su pijamas, empapado de sudor.
“¿Dónde…? ¿Qué…?”
Tardó un momento en ajustarse a su entorno. A su derecha estaba la cama… De la que se había caído y por lo cual había dejado aquel mundo onírico atrás para regresar al mundo real. Tenía la boca seca y un dolor en el brazo, que parecía haber amortiguado la caída. A través de la ventana caía la nieve sin recato alguno.
“Otra vez la misma pesadilla…” Suspiró agitado Oliver.
Aún era de noche, pero Oliver no lograba pegar ojo. Era una pesadilla recurrente que nunca terminaba mostrándole al perseguidor, aunque tan solo pensar en ello le producía escalofríos en el espinazo. No era un niño timorato, pero algo en el aire le perturbaba y creaba una atmósfera tenebrosa que transformaba su naturaleza afable y tranquila.
Se acercó a su estantería de libros. Pasó los dedos cuidadosamente por los lomos, intentando elegir uno que le acompañara en la insomnia. Observando un título tras otro, se percató de un sutil baile cacofónico entre ellos, que le deleitó y despejó en parte el malestar que la pesadilla había dejado en su subconsciente.
Se decidió por La Historia Interminable. El mundo que Ende había creado en su maravillosa novela de fantasía siempre despertaba un bienestar en su interior.
Sonrió y, sosegado, volvió a la cama con la mejor compañía posible.

Despertó con la boca abierta y la almohada babeada. El libro había caído al suelo. Miró la hora en su despertador y descubrió que eran las ocho.
El sol había amanecido perezoso poco antes, cubierto de una niebla mística que producía una dicotomía de colores neutros y cálidos, como un baile entre fantasmas y diablos.
Era domingo, día que generalmente pasaba con Manuel, Petra y Víctor. Hoy, sin embargo, le abrumaba un presentimiento ominoso.
Bajó con pereza a la cocina, esperando encontrarse allí a sus padres desayunando. Su madre leyendo el periódico o haciendo crucigramas con su padre mientras tomaban café y escuchaban la radio. Cada domingo durante el mes de diciembre emitían un especial navideño.
Su hermano se había quedado a dormir en casa de su mejor amigo y no volvería hasta la tarde. Estaba solo en casa… El malestar regresó con más rigor y, exasperado, se sentó en el sofá, cubrió su rostro con una almohada y, sin saber por qué, gritó entre sollozos y lamentaciones.
Mientras desayunaba, procurando recordar dónde habían dicho sus padres que estarían, sonó el teléfono. Sobresaltado, miró hacia el responsable del susto, considerando si contestar o no. Se decidió por el afirmativo. Tal vez era Manuel o Víctor, con planes para este domingo frígido.
Al contestar, reconoció la voz de su madre al otro lado del auricular. Le contaba que habían decidido ir temprano al mercadillo navideño. No habían querido despertarle; volverían en unas horas.
“Te hemos dejado unos crepes en el horno.” Dijo con ternura y semi excusándose por dejarle solo.
Tras la conversación, desconcertado, volvió a la mesa, aunque ahora con la ilusión de lo que le esperaba en el horno.

La niebla se había levantado, era una mañana con un cielo azul impecable.
Oliver decidió llamar a Víctor para acercarse a su casa y así disfrutar del domingo. Les restaba una semana de clases antes de comenzar las vacaciones de Navidad. Había mucho que planear.
El teléfono sonó cuatro veces antes de que alguien contestara.
“¿Sí?” Era la voz de Víctor.
“Soy Oliver, ¿qué haces?”
“No mucho. Mis padres han ido al mercadillo navideño y nos han dejado a Silvia y a mí en casa. ¿Y tú?”‘Curioso’, pensó Oliver. Los padres de Víctor habían decidido hacer lo mismo que sus propios padres.
“¿Llamamos a Manuel y Petra y vemos unas pelis?”
Oliver hubiese preferido salir a patinar sobre hielo o deslizarse por las colinas cubiertas de nieve, pero Silvia solo tenía cuatro años y era mucha responsabilidad hacerse cargo de ella cuando andaban fuera. “Me parece bien. ¿Llamas tú? ¿Yo llamo a Adrián?”
“No, Adrián no está. No te acuerdas que nos dijo que sea iba con sus padres a Bora Bora?” Se oyó un silencio al otro lado del auricular. Oliver casi podía escuchar la mente de Víctor cavilando.
“¡Ah! Sí, es verdad. Se fueron ayer, ¿verdad? Bueno, venga, yo los llamo y así les convido a todos a un pastel que hizo mi madre ayer.
Oliver colgó el teléfono. El malestar de la pesadilla regresó.
Poco sabía Oliver que jamás llegaría a casa de Víctor ese día.
Cogió su chaqueta, guantes, bufanda, se puso su gorra roja y, tras dejarle una nota a sus padres, salió por la puerta de camino a casa de Manuel y Petra. El aire frígido acariciaba su rostro con aspereza, mientras los rayos del sol bañaban la nieve virgen que juguetona repartía su brillo por doquier.
Iba caminando por la calle con la mente presa en nimiedades, cuando pasó por un parque cuyo topónimo le hizo sonreír.
De pronto la memoria de la pesadilla regresó a él. El recorrido por el parque junto con el nombre del mismo engarzó una serie de pensamientos y emociones que había tenido durante meses. Se percató de que el mercadillo navideño estaba a medio camino entre la casa de Manuel y Petra y la de Víctor. Sintió una punzada en el pecho que se desplazó con rapidez a su cabeza, y cayó de rodillas en la nieve.
Se levantó con aplomo, pasó por un puente que se elevaba sobre un río que actualmente se encontraba congelado. De repente, observando la belleza del agua en estado sólido, experimentó saudade tan sobrecogedora que le oprimió el pecho.
‘¿Pero qué me pasa hoy?’ Pensó, frotándose con la manga de la chaqueta las lágrimas que aparecieron sin aviso.

Llegando a la puerta de sus amigos decidió que, fuera lo que fuese lo que estaba sintiendo —o presintiendo— iba a confiar en su intuición y su agibílibus.
Con sus catorce años siempre había sabido desenvolverse en situaciones complicadas.
Era una mañana nítida, el firmamento infinítamente azul. Sintió una necesidad desproporcionada de llegar a casa de sus amigos. Su sexto sentido le apresuraba. Se movió impetuoso, como alma que lleva el diablo. ‘Debo estar allí ya’, pensó desasosegado.
Tocó un par de veces a la puerta de sus amigos antes de que vinieran a abrirla.
“Hola Oli. Ya ibas tardando.” Era Petra. Le miraba sonriente con sus enormes ojos verdes de una profundidad perturbadora. ” Venga, entra.” Le hizo paso para que pudiera acceder al interior.
“Gracias. Ya empezaban a caérseme los dedos del frío.” La tele se oía de fondo… Japonés. Los gemelos estarían viendo alguno de sus animés favoritos. “¿Los caballeros del Zodiaco?” Preguntó curioso Oliver al llegar al salón, donde Manuel miraba embelesado la serie japonesa.
“No, Kuromukuro. ¿La has visto?” Respondió Petra cuando Manuel no contestaba.
“Sí. Es buena.”
“No está mal. Pero yo las prefiero con personajes más insidiosos, como lo es Melascula de Nanatsu no Taizai, por ejemplo.” Petra y Oliver se miraron y se encogieron de hombros.

“¿Recuerdan la pesadilla de la que les hablé?” Preguntó Oliver a sus amigos. Se habían reunido en la cocina para tomar un chocolate caliente antes de dirigirse a casa de Víctor.
“Sí, ¿ha vuelto a suceder?” Fue Petra la primera en inquirir, la preocupación presente en su tono.
“Anoche. Lo peor es que llevo todo el día presintiendo que algo ominoso se acerca.”
“¿Qué piensas, Manu?” Le preguntó Petra a su hermano. Se había quedado tácito y pensativo. Oliver y Petra lo miraban con curiosidad, esperando impacientes alguna reacción.
“¡Ey! Planeta Tierra a Manu.” Dijo por fin Oliver, rompiendo el silencio que les ahogaba.
“Perdón… Es que… Resulta que anoche tuve exactamente la misma pesadilla… No le dí demasiada importancia. Supuse que eran vestigios de la memoria de cuando nos hablaste de ella la primera vez. Pero anoche había detalles nuevos. Fue algo portentoso y, asimismo, perturbador.” Oliver y Petra lo miraban con temor en la mirada. ¿Qué significaba todo esto?
“Tal vez sea un anatema.” Sugirió de pronto Petra.
“¿A qué te refieres?” Preguntaron simultáneamente los otros.
“Piénsenlo… La primera vez que Oli tuvo la pesadilla fue la primera noche en la que llegó el mercadillo navideño. ¿Y de dónde vino? ¿Y por qué? Es la primera vez que viene a esta parte de la ciudad. Normalmente suele tener lugar en el centro. ¿Y cómo es que todos nuestros padres decidieron ir TAN temprano el mismo día? ¿No les parece singular?” Petra los miraba expectativa. Sus grandes ojos verdes abiertos como platos, procurando absorber cualquier reacción de sus compañeros. “Sugiero que pasemos por el mercadillo para indagar un poco a ver si descubrimos algo extraño que pueda relacionar todos estos sucesos.” Prosiguió Petra.
“De acuerdo. Creo que ése es un plan congruente. Podemos ir de paso a casa de Víctor.” Añadió Manuel.

Salieron de la casa decididos por descubrir el misterio que les acaecía.
Según se iban acercando al mercadillo, Oliver volvió a sentir una punzada en el pecho, acompañada esta vez de una presciencia.
“Déjà vu!” Exclamó Petra.
Manuel y Víctor la miraron boquiabiertos. Todos habían sentido lo mismo.
“¿Ustedes creen que se lleva a cabo algún tipo de propiciación en el mercadillo?” Preguntó Manuel.
“Tienes que dejar de ver tantas pelis de terror.” Respondió su hermana.

Cuando llegaron al mercadillo descubrieron algo estremecedor. No había ni un adulto. Se movían como personajes en una película a cámara lenta.
Los tres amigos se miraron completamente perplejos. No podían creer lo que veían sus ojos.
En cada puesto había seres que parecían personas normales, excepto que las orejas eran puntiagudas. Oliver imaginó que así debían de ser los Elfos en El Señor de los Anillos. Eran altos y todos tenían el pelo largo y recogido en trenzas.
“¿Qué es esto?” Preguntó Manuel.”¿Dónde se encuentran nuestros padres?”
“¿Qué tipo de calumnia es ésta? Esto ni es un mercadillo ni cuatro pollas.” Dijo Petra alterada.
Oliver no reaccionaba.
“¿Qué han hecho con nuestros padres?” Prosiguió aterrorizada.
De pronto todos dejaron de moverse, excepto las criaturas que Oliver consideraba Elfos. Todos ellos en cada puesto se concentraron en Oliver y sus amigos. “¿Qué está pasando?” Preguntó Petra.
“Vámonos de aquí, por favor.” Imploró Oliver.
La mañana pareció congelarse en ese momento del tiempo y un sigilo abrumador se apoderó de ese instante, en ese frío día en el último mes del año mil novecientos ochenta y seis.
“Tranquilos, no teman.” Susurró la voz armoniosa de uno de los extraños. Los amigos se miraron y buscaron la procedencia de dichas palabras. Mientras observaban para descubrir quién hablaba, la voz volvió a platicar. “No es lo que parece. Nos gustaría explicarles tranquilamente nuestro propósito.” Se percataron entonces que la voz se originaba en sus mentes… Se comunicaban mediante telepatía.
“¿Cómo… ? Esto… ¡Pero no es posible!… ” Se decía Oliver a sí mismo. “¡¡Sicofantas!! ¡¿Cómo están haciendo esto?!” Exclamó furioso y atemorizado.
En un instante el mercadillo, la ciudad y todo lo que conocían desaparecieron. En su lugar apareció un castillo completamente blanco, hecho de mármol. Se encontraba suspendido sobre una nube y, alrededor, nubes por doquier. En cada una había pinos con decoraciones navideñas. Los amigos se quedaron lívidos, boquiabiertos y, por primera vez, sin palabras.
“Mi nombre es Luma.” Era el líder. En el mercadillo había parecido casi humano, pero en su propio entorno, lo veían en su forma natural. Era alto, su piel era de tono anaranjado tirando a castaño, semejante a la arena húmeda de la playa al atardecer, con un brillo especial, como diamantes en la luz. Sus ojos eran grandes y almendrados, de un color esmeralda claro, vivaces e inteligentes. “Nuestra cultura ha existido durante miles de años. Fuimos nosotros quienes originamos la Navidad.”
“¿Qué es ese ruido?” Preguntó Petra. Todos se giraron en dirección a Oliver. Había comenzado a himpar; algo que le ocurría siempre que se ponía nervioso.
“Entiendo que todo esto sea difícil de entender… Y que han aprendido otras versiones de lo que hoy les cuento. Nuestras intenciones son nobles. Sin ánimo de sonar untuoso, nuestro deber es traer felicidad y paz a los planetas bajo nuestra jurisdicción. Procuramos hacerlo sin entrometernos, pero este año hemos necesitado intervenir. Los sueños que han ‘sufrido’ fue un intento fallido por nuestra parte de mantenerles alejados del mercadillo.” Continuó Luma.
“Todo esto carece de incongruidad.” Masculló para sí misma Petra.
“¿Qué andas murmurando…?” Preguntó su hermano.
“Tu hermana tiene dificultad creyendo lo que digo.” Sonrió benevolente Luma. “Comprendo que son ideas disyuntivas y difíciles de asimilar. La única razón por la que necesitábamos mantenerles apartados del mercadillo era porque requeríamos la presencia de sus padres sin hijos, ya que olvidan rápidamente lo que es ser niño. Olvidan la ingenuidad, la pureza y la inocencia de lo esencial de la Navidad. Fue por ello también que montamos el mercadillo exento de las multitudes, nos era más fácil controlar a un número menor de personas. Sentimos la decepción y los trucos, pero es muy importante que el sentimiento que se despierta por Navidad, el de la gratitud, regalar por amor, pasar tiempo con seres queridos y aumentar esa energía que está especialmente vigente durante las Fiestas. Es importante porque su planeta depende de ello.” Los jóvenes empezaban a sentirse más seguros y su confianza hacia Luma y su gente había crecido.
“¿Pero por qué suplantarse en el mercadillo como humanos?” Preguntó Petra que aún era la que más reticencia sentía.
“No nos suplantamos… Los adultos, que ustedes vieron como niños, nos ven tal como somos. Son solo los que se presentan sin invitación, como ustedes, que nos ven como seres humanos, o casi.” Explicó el interlocutor. A pesar de la desconfianza, era prácticamente imposible no creer a Luma. Su energía era pura y exudaba fiducia. No quiero resultar locuaz… Así que hagamos algo. ¿Ven ese árbol a cinco metros a la derecha?” Cuando los jóvenes asintieron, Luma prosiguió.”En él crece un fruto de oro. Es comestible, pero nunca perece. Les invito a que cojan uno y se lo lleven. Lo pueden guardar como souvenir (y tiene mucho valor en su planeta), o si lo ingieren, les trasladará directamente aquí. Cuando vuelvan a su mundo, conscientemente no recordarán nada de esto, aunque en su subconsciente siempre existirá una semilla de lo ocurrido que brotará cuando regresen — SI regresan.” Explicó, concluyendo Su discurso. Los amigos se miraron, asintieron y, satisfechos, pidieron regresar a sus casas.

*********

Oliver despertó en su cama el día de Navidad. Había dormido mejor que nunca y no podía esperar a celebrar el día con su familia. Bajó a la cocina prácticamente saltando como un duende. Sus padres estaban despiertos, preparando un desayuno especial para los hermanos.
“Buenos días”, dijo risueño. Su madre sonrió y le dio un abrazo. Su padre le miró con ternura y pasó su mano por el pelo de su hijo, alborotándoselo.
“Hola, campeón. ¡Ah! Antes de que se me olvide, te llegó un paquete esta mañana. No tiene remitente, pero estaba junto a la puerta. Lo he dejado en la mesa en el salón.” Dijo su padre.
Intrigado, Oliver fue en busca de su paquete. En la mesa encontró una pequeña caja de cartón blanco, con una cinta dorada. La abrió, y dentro había un objeto dorado, del tamaño de una fresa gigante, pero con la forma semejante a la de una cereza. Junto al objeto, una nota: ‘Cómeme para recordar’.
Sin saber por qué, Oliver sonrió, guardó el objeto y la nota en su bolsillo, y se encaminó hacia la cocina.
“En otro momento.” Murmuró para sí mismo. La vida era maravillosa.


4 de enero, 2021 (editado el 24 de enero )

La cena de las mentes

Todos se sentaron a cenar. Cada cual había traído su plato favorito para compartir. Era una cena especial, Nochebuena del 2020. Había sido un año interesante, y tenían muchos asuntos que discutir. 

“Steve, tú predijiste algo parecido a lo que actualmente está ocurriendo, aunque tu estilo siempre ha sido más macabro y dramático.” El fantasma de Orwell había decidido ser el primero en abrir el tema.

“No creas que es algo de lo que me enorgullezco, aunque, por alguna extraña razón, este año las ventas de La Danza de la Muerte se han remontado. No sé si es porque tal vez la gente busca respuestas a sus preguntas, o acaso les da algo de consuelo saber que, de alguna manera, todo se soluciona.” Respondió éste.

“Jamás pensé que llegara a ésto, siempre creí que una sedición de robots ocurriría antes que lo que está acaparando al mundo en estos momentos.” Añadió el fantasma de Asimov. 

“Realmente no me sorprende. Los seres humanos estamos destinados a cometer los mismos fallos y no aprender de ellos hasta que, finalmente, explota en nuestras narices. No es la primera pandemia, aunque, claro está, es la más global.” Sugirió el fantasma de Philip K. Dick. 

“¿Y qué papel nos queda por hacer? ¿Seguimos avisando con nuestra literatura de posibles destinos que sufre la humanidad si no espabilamos, o cambiamos de táctica?” Preguntó Atwood por primera vez. Su mirada inteligente y sagaz, observando a sus compañeros. 

“Creo que debemos seguir fieles a nuestros propósitos. Nuestros géneros alimentan la imaginación de los lectores y tal vez les preparen mejor para situaciones incómodas o difíciles de imaginar.” Agregó el fantasma de Butler con voz suave y serena. Era, junto con Atwood, la única mujer presente.

“¿Y qué podemos hacer?” Cuestionó reflexivo el fantasma de Huxley. 

“Seguir siendo los filósofos que somos, disfrazados de autores de ficción, y alimentando las mentes de quienes las tengan abiertas para aceptar nuestros mensajes.” Añadió el fantasma de Herbert tras permanecer en silencio gran parte de la noche. 

“¿Por qué es nuestra responsabilidad? Si juego el papel del abogado del diablo, déjenme oírles decir, ¿por qué nosotros?” El más joven de los presentes, Palahniuk, decidió participar en la conversación.

Un sigilo ensordecedor absorbió el ambiente. Cada cual miró su plato con tranquilidad, más concentrados en sus propios pensamientos que en la comida. En el exterior soplaba un viento infernal, que presagiaba la llegada de una tormenta invernal. 

“¿Por qué tuvimos que hacer esta cena en Maine? ¿Qué tiene de romántica la nieve?” Declaró, bromeando, más que lamentándose, Orwell. “¿No podíamos hacerlo en Hawaii, en la casa de Herbert? Bastante frío pasé en vida.” Continuó con una queja fingida. 

“No seas tan quejica, anda. No hay nada como una Navidad blanca, y más en época de pandemia. Al menos tiene más sentido encerrarse en casa y no salir. Resulta mínimamente más soportable.” Celebraban la cena en casa de King, así que no podía sino defender su hogar y el Estado que tantas ideas le había dado para sus novelas. 

“Volviendo a la pregunta de Chuck…” Interrumpió Atwood. 

“Sí, es una buena pregunta. Yo personalmente pienso que tenemos un don. No sólo el don de la palabra, pero el don de observar y entender la naturaleza humana. Somos conscientes de lo que somos capaces, tanto en una capacidad positiva como negativa. Es nuestra responsabilidad llevar a cabo ese regalo ‘cósmico’” y aquí Dick pausó momentáneamente guiñándole un ojo a Asimov “y entrar en el subconsciente de cuantos estén disponible a alimentar sus almas con nuestras palabras.” Orwell abrió la boca para empezar a decir algo, pero el interlocutor le detuvo, anticipando lo que éste iba a declarar. “Antes de que digas nada, sé que resulta pedante, o tal vez engreído o altivo decirlo así, pero soy un fantasma y me reservo el derecho a proponer tales observaciones.” Con lo cual todos rieron. 

“Es una pena que Wells no pudiera estar con nosotros esta noche. Él hubiese encontrado la mejor manera de contestar tal pregunta.” Sugirió Butler. 

Se miraron los unos a los otros como si comunicándose telepáticamente. Era un grupo que, aún sin decir una palabra, revelaban mucho. En un silencio sosegado y natural, volvieron a sus platos, cada uno preñado con sus propias cavilaciones. 


8 de enero, 2021

De la calle a un hogar

“¡Ven aquí, Quijote!” Es la voz de ‘mi’ Eider, utiliza ese tono cuando vamos a salir a pasear. Le conocí hace un par de estaciones. Recuerdo que los días empezaban a extenderse y no hacía tanto frío en mi jaula. Ahora es la estación cuando las noches son más largas y el aire más frígido. La sustancia blanca que me produce frío en las patas cubre las aceras y la superficie en los parques.  Los humanos adornan sus casas con luces brillantes, tanto por fuera como por dentro. 

Llevo meses sintiendo que los humanos están más nerviosos y estresados, incluido ‘mi’ Eider. Cuando siento que sus niveles de cortisol aumentan, me acerco a él, pongo mi hocico sobre su regazo e, instintivamente, pasa su mano sobre mi cabeza y sus niveles se estabilizan. No falla nunca. 

Estoy divagando. Lo dicho, nos conocimos en esa estación anterior a la que es muy cálida y agradable, previamente había vivido en una jaula donde me cuidaban relativamente bien. Tenía de comer, se aseguraban de que me mantenía sano, y tenía otros compañeros —que iban y venían— con los que podía charlar. Creo que ése había sido mi hogar durante cuatro o cinco estaciones. Allí es donde viví durante la última época de decoraciones. Los humanos que nos cuidaban en esa época disfrutaban engalanando el lugar. Nos traían algunas golosinas especiales y nos hacían compañía con más frecuencia. 

Aún así, podía resultar desolador, aunque reconozco que era mejor que vivir en las calles, que era donde había pasado la época de decoración anterior a la que viví en la jaula. La calle no es lugar para vivir. Conocí algunos humanos con los que me encariñé que acababan desapareciendo. Algunos estaban enfermos (me lo decía mi olfato). Algunos me daban de comer y pasaba la noche con ellos, compartíamos así el calor en las noches más frías. Durante el día hacía mis rondas por la ciudad, buscando algo de comer y algún compañero con el que comunicarme. Añoraba la compañía de otros perros. Mi vida no había sido siempre tan desesperanzadora. Recuerdo que hubo un período en el que había compartido un hogar con otro compañero y con humanos. Un día desaparecieron y unas personas con una energía indeseable vinieron a buscarnos. Me asusté y escapé corriendo. No era más que un cachorro entonces, aunque parece que hace de ello miles de estaciones, aunque dudo que fuese tanto. 

Como iba diciendo, después de vivir en las calles y mientras vivía en la jaula, hubo una temporada en la que venían muchos humanos a vernos. Ocurría a diario y con frecuencia. Mis compañeros más jóvenes desaparecían primero. Yo procuraba hablar con los humanos… sonreía, saltaba y daba vueltas en mi espacio, procurando llamar la atención y comunicarme con ellos. No muchos me prestaron atención, hasta que llegó Eider. Era una persona nostálgica, triste. Cuando le conocí tenía un vacío dentro que le consumía. Soledad y pérdida. Sí, podía intuir que había perdido a alguien que le importaba. Conocía muy bien ese sentimiento. Cuando puso su mano en las rejas, me acerqué cuidadoso y lamí sus dedos. Sonrió y, desde entonces, hemos sido inseparables. 

Nunca antes había conocido un amor como éste. Un amor en el que sólo quería hacerle sentir bien y ayudarle a rellenar ese vacío. Desde que le conocí me he percatado de que su espíritu taciturno ha ido disminuyendo con cada crepúsculo que transcurre. Su personalidad alegre brilla con un poco más de luz con cada alba nuevo. 

Esta estación con los ornamentos es la mejor que recuerdo. Tal vez estén ocurriendo hechos en el mundo humano que no entiendo, pero sea lo que sea, ha sido la causa por la que ‘mi’ Eider y yo nos hemos encontrado y hemos aprendido a sanar y a comenzar a sentirnos completos. 


8 de enero, 2021

Stardust (Lluvia de estrellas) – Neil Gaiman

¡ALERTA DE SPOILER!

Stardust (Lluvia de estrellas) en una novela de fantasía de Neil Gaiman publicada por primera vez en 1997. Cuenta la historia de Tristan Thorn, hijo de un hada y un ciudadano de The Wall, que decide viajar al mundo de las hadas para traerle una estrella caída del cielo a su amada. Es un joven ingenuo e inocente con un corazón puro y nublado por su amor hacia Victoria. Una vez cruza la frontera con el país de hadas, se embarca en varias aventuras antes y después de encontrarse con Yvaine, la estrella que resulta ser una hermosa joven, de quien se acaba enamorando al final de la historia.
La novela, narrada en tercera persona, cuenta la historia de Tristan e Yvaine, así como la de los hijos de rey que había regido en Stormhold, en el mundo de las hadas. También introduce a tres brujas, que buscan el corazón de la estrella caída para rejuvenecer. Todos los personajes acaban coincidiendo en algún momento u otro, todos en búsqueda de la estrella (los hijos del rey puesto que ella lleva —sin conocer su importancia— la piedra que el rey del país siempre lleva puesto y que tiró por la ventana poco antes de morir, lo que causó que Yvaine cayera del cielo).

Es una historia amena, bien escrita y entretenida. Es un libro de fantasía para adultos, pues hay escenas bastantes gráficas y violentas en la novela. Neil Gaiman hace un buen trabajo atrayendo la atención del lector contando la historia de manera histórica, como si se tratara de un relato ocurrido hace muchos años. Su prosa mantiene las características de la prosa del Romanticismo, lo cual crea un ambiente más realista dado el género de la novela.

Es una novela corta, de menos de 300 páginas que se leen fácilmente. De Gaiman sólo había leído el primer cómic de The Sandman, por lo que descubrir que era el autor de Lluvia de estrellas fue una sorpresa agradable que me introdujo a su estilo literario y me abrió la puerta a un nuevo autor que leeré más en el futuro.

En cuanto a la película, protagonizada por Claire Danes como Yvaine, Charlie Cox como Tristan, Michelle Pfeiffer como la bruja principal, Robert de Niro como el capitán de un barco que los rescata en el cielo y Mark Strong como Septimus (el hijo menor del rey), es divertida y entretenida. Es mucho más suave que la novela, pues está más dirigida hacia un público más joven que la novela. La película es apropiada para todas las edades, con poca violencia y con muchos cambios en relación a la historia de Gaiman. Aunque la película me gusta, no tiene comparación con la novela. El director, Matthew Vaughn, se toma muchas libertades creativas y cambia partes importantes de la novela para aportarle más drama y tensión a la historia. Lo cual no es necesario en un libro, pero tal vez importante para un guión.
No es una buena adaptación del libro, aunque la trama mantiene alerta al espectador hasta el final. Sin embargo, hay aspectos que me molestaron que mostraran en la película como, por ejemplo, el origen de Tristan, algo que no descubre sino al final en la novela, pero que su padre le revela poco después del comienzo de la película.

En breve, recomendaría ambas, considerando que cada cual funciona por separado pero no como conjunto.

Por tanto recomiendo tanto leer la novela como ver la película y dejar que tú, querido lector, llegues a tus propias conclusiones. Me encantaría saber tu perspectiva sobre esta o cualquier otra crítica, así que comparte tu opinión si has leído la novela, visto la película o ambas.

5/5 estrellas a la novela y 7/10 estrellas a la película.

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¡Gracias por leer!


7 de enero, 2020

Última Navidad

Había soñado con una Navidad como aquella desde que era niño. La nieve cubría profundamente todo su entorno. Los tejados parecían adornados con una capa de nata y azúcar. Los alféizares de las ventanas alojaban la blanca masa que buscaba cualquier rincón donde descansar. Las ventanas habían cristalizado el vapor, creando maravillosos patrones en su superficie.
El alba había llegado con una explosión de colores que, junto con el reflejo en la nieve y un toque íntimo en la base de los cirrocúmulos, bailaban coquetos hasta desaparecer en el infinito del firmamento.
Ahora era media mañana y la tormenta de nieve estaría tocando la puerta en breve. No importaba. Adrián disfrutaba con las tormentas, sobre todo cuando se encontraba en casa, rodeado de libros o de buena compañía. Hoy tenía ambas opciones. En la cocina se escuchaba el alboroto de cucharas y otros utensilios batiendo en cuencos, ollas y sartenes peleando por el papel principal, risas y murmullos de su familia que trabajaba en equipo para preparar una cena navideña memorable y, más que nada, deliciosa. Adrián podía imaginarlos peleándose por quién iba a preparar el postre (el plato que más gustaba cocinar en su hogar).
Hoy estaba recostado en el sofá, su madre le había preparado una cama allí para encontrarse más cerca de la actividad familiar. Había estado jugando a las cartas con sus dos hermanos, pero se había agotado, necesitando descansar. Se había quedado dormido, despertando con el estruendo de un cacharro que caía al suelo. Decidió volver a la lectura para averiguar qué hazañas estaría viviendo Frodo Baggins y su amigo Sam Gamgee. Era su libro favorito, uno que había releído al menos tres veces.
Era consciente de que sería su última Navidad, pero estaba en paz. Se sentía feliz y agradecido por tener la familia que tenía y por tener un día tan inolvidable. Ignoraba lo que le esperaría al otro lado, pero el miedo ya lo había superado y se había resignado a una paz interna que le provocaba felicidad y bienestar. No había sido siempre fácil, durante varios meses tras el pronóstico se había sentido irascible e impotente. Había sentido que la vida era injusta y había jugado el papel de víctima en el que era tan fácil caer en circunstancias como la suya.
Poco a poco, había aprendido a aceptarlo, lo cual le había ocasionado sosiego y, para el asombro de los médicos, varios años más de vida. Sin embargo, él sentía la llegada del fin, lo notaba en sus huesos. Le había visitado el espíritu del pasado durante la noche, algo diferente al que había imaginado leyendo “El Cuento de Navidad” de Dickens, aunque prácticamente con un mensaje parecido. Adrián no era ni mínimamente parecido a Scrooge, sin embargo había aprendido que todo ocurría por alguna razón. No estaba seguro si la visita había sido real o parte de un delirio de su enfermedad. El espíritu le había convidado a viajar con él a un pasado no muy remoto, antes de su enfermedad, para mostrarle un aspecto que posiblemente había olvidado. Como en la historia de Dickens, le había avisado durante el viaje que otros dos espíritus le visitarían en las próximas dos noches. A diferencia de las visitas de Scrooge, que ocurrieron en una sola noche, las suyas tendrían que esperar —si acaso no era todo un sueño, un truco de su mente—.
Fuera como fuese, el primer espíritu le había mostrado un momento de su vida en el que había discutido con su madre sobre algo que, en ese momento, resultaba inmensamente importante. Ahora, recordándolo, se percataba de lo nimio que era el asunto. Al despertar esa mañana, había reflexionado sobre todos aquellos momentos, toda esa energía, gastados en trivialidades.
Esperaría impaciente la llegada de los otros dos espíritus, para descubrir cómo poder aprovechar mejor lo que le restaba en este planeta.

6 de enero, 2020

Magia navideña

Había nevado. El suelo estaba cubierto de un manto espeso y brillante de nieve virgen. Tenían un largo camino por recorrer, pues era Nochebuena y la tarea más dura estaba por venir.
Debían recorrer largos trayectos para completar su trabajo. Los incrédulos, cínicos y todos aquellos con una mente altamente científica, no verían los conos rojos desplazarse a través de los caminos de nieve. No verían cómo se movían rápidamente en la noche frígida, con agilidad y precisión absoluta. Bajo esos conos, las figuras diminutas de los duendes barbudos se concentraban en mantener el ritmo que habían utilizado durante tantos siglos para ver sonreír a los más desamparados, a los más necesitados, a los abandonados y maltratados. Eran los Duendecillos Nativideños, o así los denominaba el folclore. Estos seres permanecían en las sombras el resto del año, pero en la noche antes de la mañana de Navidad, hacían sus rutas.
Visitaban orfanatos, perreras, viviendas para los vagabundos, las calles donde otros pasaban la noche por no haber encontrado asilo en algún lugar con cama, ducha o comida.
La labor de los duendecillos era proveer esperanza, amor y compañía a quienes más lo necesitaban durante la época del año en la que todos recordaban lo que era tener —o, por defecto, carecer de— una familia. Su magia era infinita. Creaban comida; todo tipo de manjares para quienes jamás tenían la oportunidad de disfrutar de dichos lujos.
A los niños en los orfanatos les traían golosinas navideñas y algún juguete simple para su entretenimiento. Les contaban historias durante toda la noche, mientras otros duendes iban a las perreras u otros centros donde animales pasaban la noche sin un hogar propio. Otros tantos recorrían las calles para ejercer su magia y recrear habitaciones con hogueras, camas y comida caliente donde uno de ellos se alojaba durante la noche para contar una bonita historia a vagabundos que durante el resto del año buscaban la manera de sobrevivir.

Los Duendecillos Nativideños eran independientes y habían existido durante siglos y siglos, siempre sirviendo a los más necesitados. El único pago que pedían era una sonrisa a cambio de la esperanza que despertaban en los corazones de aquellos a quienes visitaban año tras año.

6 de enero, 2020

La niebla – Stephen King

La Niebla (The Mist en inglés) es una novela corta de terror de Stephen King, publicada por primera vez en 1980 en la antología de novelas cortas Dark Forces. Tras su adaptación cinematográfica, se volvió a publicar independientemente como libro de bolsillo en 2017.

Narrada en primera persona por David Drayton, un artista comercial que vive en un pequeño pueblo en Maine con su mujer e hijo de cinco años, Billy. La historia comienza un día de verano, con una tormenta que trae tras de sí una misteriosa niebla. David y su hijo Billy van al supermercado del centro con su vecino Brent Norton (un abogado de Nueva York que pasa los veranos en Bridgton (el pueblo donde se desenvuelve la trama).

La historia fluye rápidamente, desde el momento en que David y su hijo van al centro hasta el final. Una vez que la niebla empieza a adentrarse en el pueblo, los sucesos ocurren apresuradamente, y el lector es sumergido en la narración de forma más personal al ser contada en primera persona.
Uno de los muchos talentos de King es el éxito que tiene en adentrar al lector en la historia creando personajes que, aún imperfectos, son empáticos y uno se identifica con ellos de una manera u otra. Es imposible no sentir el temor o las inquietudes de sus protagonistas. En el caso de la niebla, el aspecto más interesante es el desarrollo de los diferentes personajes.
Tenemos a David (con su hijo), que crea una unión con un grupo de personas en el supermercado. Gente razonable, pero sin personalidades extremas. Personas dispuestas a escuchar y hacer lo mejor de la situación a pesar de sus miedos y prejuicios. Luego tenemos el grupo de los más metódicos y analíticos, para los cuales lo sobrenatural no cabe en su razonamiento, aún cuando la prueba está en sus narices. Por último, está la señora Carmody. En un principio por su cuenta, delirando sobre dios y cómo les castiga por sus pecados. El resto de los presentes la toman por loca, pero según el miedo se va adentrando en sus mentes y en el interior de sus corazones, empiezan a creer cualquier cosa para poder superar las circunstancias que les rodean y, por tanto, la señora Carmody empieza a tener un notable número de seguidores. Y he ahí donde reside el genio de King. Pone a prueba la naturaleza humana en extremos insospechables e inimaginables. Lleva a sus personajes a la locura absoluta o a adaptarse a lo imposible para poder sobrevivir la experiencia.

Personalmente me gusta leer a King no tanto porque me guste el género de terror, sino por cómo sus personajes se comportan en las circunstancias en las que el escritor los coloca. Novelas de terror que están bien escritas exploran esto. Poe, Shelley, Lovecraft, Bloch, Bradbury… etc., todos ellos observan cuidadosamente cómo sus personajes evolucionan en ambientes extremadamente estresantes. Una buena novela de terror no asusta por la cantidad de sangre o por lo desagradable que llegue a ser, sino por la índole de cada protagonista. Allí está la maestría en escribir este tipo de ficción.
La calidad no es muy buena, pero se ve lo suficientemente bien.

En cuanto a la película, nuevamente Frank Darabont lleva a la pantalla una historia de King sin estropearla y, de hecho, mejorándola. Darabont nos aporta lo que King no hace con sus palabras. Nos da un final definitivo a la historia, nos explica por qué existe la niebla, de dónde viene y por qué ha traído consigo los monstruos que se ocultan en ella. El final de Darabont es, sin duda, muy bueno. Digno de una novela de King.

Marcia Gay Harden, que interpreta a la señora Carmody hace un papel excelente. Una actriz magnífica que le da vida a la fanática religiosa que no busca sino sacrificios humanos para apaciguar la ira de los dioses (según sus propias creencias).
Protagonizada también por Thomas Jane, André Braugher, Laurie Holden y Toby Jones, etc. (Curiosamente, Jeffrey DeMunn, que también aparece en Cadena Perpetua y en La Milla Verde, tiene protagonismo en La Niebla —más así que el mismo personaje en la novela—, y William Sadler, que aparece en Cadena Perpetua, también figura en esta película).
Obviamente, Darabont se tomó varias libertades creativas (aparte de cambiar el final por completo y de darnos explicaciones inexistentes en la novela). Decidió darle más protagonismo a algunos personajes, así como eliminar algunas historias secundarias de la historia principal. Algunos de los personajes que mueren en la novela no lo hacen en la película y viceversa. El fin de la señora Carmody es el mismo en ambos medios.

Por tanto recomiendo tanto leer la novela como ver la película y dejar que tú, querido lector, llegues a tus propias conclusiones. Me encantaría saber tu perspectiva sobre esta o cualquier otra crítica, así que comparte tu opinión si has leído la novela, visto la película o ambas.

4/5 estrellas a la novela y 8/10 estrellas a la película.

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La niebla
Para la película (Amazon CA):
The Mist (Two-Disc Collector’s Edition)

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¡Gracias por leer!


30 de noviembre, 2019

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