El alba había llegado con una explosión de colores que, junto con el reflejo en la nieve y un toque íntimo en la base de los cirrocúmulos, bailaban coquetos hasta desaparecer en el infinito del firmamento.
Ahora era media mañana y la tormenta de nieve estaría tocando la puerta en breve. No importaba. Adrián disfrutaba con las tormentas, sobre todo cuando se encontraba en casa, rodeado de libros o de buena compañía. Hoy tenía ambas opciones. En la cocina se escuchaba el alboroto de cucharas y otros utensilios batiendo en cuencos, ollas y sartenes peleando por el papel principal, risas y murmullos de su familia que trabajaba en equipo para preparar una cena navideña memorable y, más que nada, deliciosa. Adrián podía imaginarlos peleándose por quién iba a preparar el postre (el plato que más gustaba cocinar en su hogar).
Hoy estaba recostado en el sofá, su madre le había preparado una cama allí para encontrarse más cerca de la actividad familiar. Había estado jugando a las cartas con sus dos hermanos, pero se había agotado, necesitando descansar. Se había quedado dormido, despertando con el estruendo de un cacharro que caía al suelo. Decidió volver a la lectura para averiguar qué hazañas estaría viviendo Frodo Baggins y su amigo Sam Gamgee. Era su libro favorito, uno que había releído al menos tres veces.
Era consciente de que sería su última Navidad, pero estaba en paz. Se sentía feliz y agradecido por tener la familia que tenía y por tener un día tan inolvidable. Ignoraba lo que le esperaría al otro lado, pero el miedo ya lo había superado y se había resignado a una paz interna que le provocaba felicidad y bienestar. No había sido siempre fácil, durante varios meses tras el pronóstico se había sentido irascible e impotente. Había sentido que la vida era injusta y había jugado el papel de víctima en el que era tan fácil caer en circunstancias como la suya.
Poco a poco, había aprendido a aceptarlo, lo cual le había ocasionado sosiego y, para el asombro de los médicos, varios años más de vida. Sin embargo, él sentía la llegada del fin, lo notaba en sus huesos. Le había visitado el espíritu del pasado durante la noche, algo diferente al que había imaginado leyendo “El Cuento de Navidad” de Dickens, aunque prácticamente con un mensaje parecido. Adrián no era ni mínimamente parecido a Scrooge, sin embargo había aprendido que todo ocurría por alguna razón. No estaba seguro si la visita había sido real o parte de un delirio de su enfermedad. El espíritu le había convidado a viajar con él a un pasado no muy remoto, antes de su enfermedad, para mostrarle un aspecto que posiblemente había olvidado. Como en la historia de Dickens, le había avisado durante el viaje que otros dos espíritus le visitarían en las próximas dos noches. A diferencia de las visitas de Scrooge, que ocurrieron en una sola noche, las suyas tendrían que esperar —si acaso no era todo un sueño, un truco de su mente—.
Fuera como fuese, el primer espíritu le había mostrado un momento de su vida en el que había discutido con su madre sobre algo que, en ese momento, resultaba inmensamente importante. Ahora, recordándolo, se percataba de lo nimio que era el asunto. Al despertar esa mañana, había reflexionado sobre todos aquellos momentos, toda esa energía, gastados en trivialidades.
Esperaría impaciente la llegada de los otros dos espíritus, para descubrir cómo poder aprovechar mejor lo que le restaba en este planeta.
6 de enero, 2020