Historias, poesías, reflexiones y críticas literarias. Todo por el amor a la literatura…

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Goodbye, my friend.

Death. The silent partner of life. That which only comes out to play when all your cards have been dealt and you have no more moves left, not even a trick up your sleeve. That’s death. Always sneaking up on everyone, neither out of spite nor maliciously. That’s just who she is; and she has a very hard time being accepted or feeling welcome. We fear her so much that we try all sorts of maneuvers to avoid her; because we know that once you go out to play with her, you never come back. You don’t return to explain what kind of friend she is, or the type of games you played together. You don’t come back to tell us if there were others to play with; whether the game room was dark or a paradise of beautiful sites. And because we don’t know, we don’t want you to go with her. It scares us; and it saddens us not knowing if we’ll ever see you again. When it comes to death, all we know is that she will always come to play with each and everyone of us at some point. That’s the moment when life decides we’ve played long enough with her and proceeds to introduce us to her partner.

When death came to play with you, my friend, I wasn’t even aware life had made that introduction. I stumbled onto that knowledge as a drunk stumbles into the night after one too many drinks.
I thought you were still happily playing with life and enjoying many of her wonderful gifts.
What a slap in the face!
What a sudden notion!

That’s death for you. She takes your hand and drags you away to have you all to herself; even if you haven’t said all your goodbyes, even when you haven’t had a chance to talk to some friends in years.
She just doesn’t care. She has a schedule to follow and many souls to play with.

The suddenness of it all; of finding out you had changed playmates… it made my heart shrink and ache. It made my mind drown in the memories I kept of you.

As I write this, I hope that your new surroundings include a massive movie screen with your favorite movies. I hope your new playground allows you to share your anecdotes, great stories and jokes.
I hope that when we meet again, you can keep your promise to go watch a good movie for once.

Rest in Peace, my friend. Thank you for the memories and for your friendship. You’ll always have a place in my heart!


Adiós, amigo mío.

La muerte. La socia silenciosa de la vida. Aquélla que sólo sale a jugar cuando ya no te quedan más partidas, ni tan siquiera un truco de ases en la manga. Ésa es la muerte. Siempre acercándose a cada cual furtivamente, sin rencor ni maldad. Simplemente es como es; y le cuesta ser aceptada o sentirse bienvenida. La tememos tanto que intentamos todo tipo de maniobras para evitarla; porque sabemos que una vez que sales a jugar con ella, nunca regresarás. No vuelves para explicar qué tipo de amiga es, o qué juegos jugaron juntos. No vuelves para informarnos si habían otros con los que jugaste; si la habitación de juego era oscura o un paraíso de paisajes maravillosos. Y, al no saber, no queremos que te vayas con ella. Nos asusta; y nos entristece no saber si volveremos a verte. Cuando se trata de la muerte, lo único que sabemos con certeza es que siempre vendrá a jugar con todos y cada uno de nosotros en algún momento: cuando la vida decide que hemos jugado suficiente tiempo con ella y pasa a presentarnos a su socia.

Cuando la muerte vino a jugar contigo, amigo mío, ni siquiera era consciente de que la vida ya te la había presentado. Tropecé con ese conocimiento cual borracho tropieza en la noche tras una bebida de más.
Pensé que seguías jugando con la vida y disfrutando de todos sus maravillosos gestos.
¡Menudo bofetón!
¡Menuda noción repentina!

Esa es la muerte. Te coje de la mano y te lleva consigo para tenerte para sí misma; aún si no te has despedido de todos, aún si ni siquiera has tenido la oportunidad de hablar con algunos amigos en años.
A ella eso le es indiferente. Tiene un horario que seguir y muchas almas con las que jugar.

La brusquedad del asunto; de enterarme que cambiaste de amiga de juego… mi corazón se encoge y se acongoja. Mi mente se preña de las memorias que mantengo contigo.

Según escribo esto, espero que tus nuevos alrededores consten de una gigantesca pantalla de cine donde puedas ver tus películas favoritas. Espero que tu nueva zona de juego te permita compartir tus anécdotas, tus historias fantásticas y tus bromas.
Espero que cuando nos veamos de nuevo, puedas mantener tu promesa de ver una buena película por una vez.

Descansa en paz, amigo mío. Gracias por las memorias y por tu amistad. ¡Siempre tendrás un lugar en mi corazón!


8 de septiembre, 2019

Amor Perdido

El teléfono suena sobre la mesa, vibrando sobre la superficie, desplazándose lentamente, cual ser vivo.
Lo miro de reojo. Eres tú. No voy a contestar. Quiero hacerlo — miento, querer no captura las ansias que siento de oír tu voz — porque espero que digas lo que quiero oír. Sin embargo todo está dicho y entre nosotros no queda sino un vacuo precipicio de sentimientos sin explorar, de anhelo sin satisfacer, de abrazos sin nacer y de besos sin sentir.
No hay más que decir. Desnudé mi alma ante ti, posiblemente no del mejor talante, debería habértelo dicho mirándote a los ojos, leer tu expresión y esperar tu reacción. Pero soy un cobarde, siempre lo fui, y aunque me muero por volver a sentirte, a tocarte… sé que no depende de mí. Lo que yo quiero es irrelevante.

Siento haberte dejado esa carta, tan distante. Parece un método tan frío de expresarte lo que habita en mi corazón. Lo dicho, un cobarde. Y ahora me llamas, ¿qué quieres? Le grito al teléfono como si por magia fuera a contestarme con las palabras que nunca pronunciaste. Silencio durante días, y ahora me llamas. Careces de escrúpulos, ignoras mi agonía, mi dolor, y mis deseos. Quiero odiarte, apartarte lo más lejos posible de mi corazón con odio, y aún en esa simple encomienda fracaso. Durante meses me preguntabas qué me sucedía, que me sentías raro. Tras hacer el amor me mirabas a los ojos y por un instante creí ver algo, creí percibir un sentimiento que realmente no existía más que en mi imaginación. Tu mirada penetraba mi alma y sabías que mentía cuando te contestaba que nada ocurría, que todo estaba como debía.

Al regresar a casa intenté recapacitar, pensar claramente. Alejado de ti resultaba más fácil, pues tu encanto y tu presencia en su ausencia aclaraban mi juicio. Por lo que decidí sentarme y escribirte la carta que dejé en tu almohada la última vez que pasamos juntos. Comencé esta humilde correspondencia hace meses, incapaz de llegar al fin de lo que deseaba comunicarte. Logré terminarla la semana pasada.
Aún recuerdo cada palabra, cada frase y cada párrafo. Empecé a añorarte en cuanto la tinta besó por primera vez el papel. Supe que no había marcha atrás.

Hola,

Lo sé, ¡qué forma más original de empezar! Ya sabes que no fui nunca de escribir. Te preguntarás por qué te escribo, por qué no me dirijo a ti cara a cara. Tal vez te preguntes a qué viene esto, cuando las reglas estaban tan bien marcadas. Cuando ya me habías dejado claro lo que sentías (o, en este caso, dejabas de sentir). Tal vez soy culpable de ingenuo, o de soñador… Tal vez soy débil o esperanzado, o tal vez simplemente un tonto. Pero tal vez, y tan solo un infinitamente nimio “tal vez”, exista la mínima posibilidad de que leas esto y suspires, entiendas y sonrías.
Sea como fuere, la razón de mis palabras aquí plasmadas se deben a que NO PUEDO MÁS. No puedo seguir mintiéndome a mí mismo, y no puedo continuar pretendiendo que lo que siento no existe.
Sí, sé que no es algo nuevo, que ya te lo había dicho antes, que son palabras que no quieres oír (leer en este caso), pero las cuales he de dejar respirar y vivir en este papel para que sepas de una vez que TE QUIERO, pero también que quiero estar contigo. Te lo tengo que decir porque quiero que finalmente tomes una decisión basada en todos los hechos que aquí te presento. Tal vez te sorprenda leer esto (no te culpo), pero nunca estuve seguro antes, ahora lo estoy. Conociéndote, ahora mismo tu mente está rindiendo a mil por hora para encontrar razones por las que no funcionaría. Yo te puedo dar cientos de ellas. Pero una razón, una nada más, para sepultar todas las demás. ¿Estás prestando atención? Aquí viene: Te quiero y hacerte feliz es mi mayor deseo. Bien sabes que éstas no son palabras que escapan fácilmente mis labios — en esta instancia, mis manos —. Sabes que no me abro fácilmente, así que, pase lo que pase, espero que aprecies lo delicado que me resulta expresar estos sentimientos.

Hace años que nos conocemos, y yo diría que me conoces mejor que ninguna otra persona, así que tal vez todo esto no te sorprenda tanto como imagine.
Probablemente debí dejar de acostarme contigo cuando supe que me estaba enamorando de ti, mientras que tú te estabas enamorando de otro. ¡Débil! Cobarde y débil… y esperanzado. Idiota, tal vez. Loca y ciegamente enamorado de ti. No sólo por tu sonrisa radiante, ni tus profundos ojos oscuros, ni tu maravilloso cuerpo atractivo o tus labios carnosos. No, todo ello es parte de quien eres, pero cómo me siento cuando estoy contigo es lo que ha conseguido que me pierda en mi amor hacia ti. Puedo imaginar tu rostro escéptico en este instante (tal vez porque nunca has amado así), pero te aseguro que todo lo que necesito para ser feliz es tu alegre compañía, tu fantástico sentido del humor y, en fin, a ti. Simplemente tú.

Si pudiera pedir un deseo en este instante, sería que sintieras lo que yo, y si alguna vez lo haces, aquí estoy. Aquí estaré… ¿Irónico, dices, cuando esta carta es para despedirme? Esta carta es para ayudarte a elegir, porque yo debo salir de este limbo que me tiene atrapado. Ojalá no fuera así, pero igual que tú no puedes mandarle a tu corazón que sienta algo que no siente, yo carezco del poder de detener los sentimientos que el mío por ti profesa. Cuando estoy contigo no puedo evitar querer besarte en público, tocarte, abrazarte… Cuando sé que me odiarías si lo intentase. Lo cual me hace sentir como un juguete con el que te diviertes tras puertas cerradas, pero no te atreves a tocar en presencia de otros. No te reprocho (¿o es esto reprobar algo? Ya no estoy seguro), pero quiero que entiendas por qué necesito hacer esto ahora. No es tan difícil entenderlo: Quiero más de lo que me das.

No puedes imaginar el miedo que me provoca escribirte esto. Saber que no volveré a besarte, tocarte, sentirte. Aún así, es un riesgo que he de tomar porque necesito ir hacia delante. Porque te quiero y tengo que soltarte. Porque me respeto y te respeto y así no merece vivir nadie.

Recuerda: Siempre estaré allí, vaya donde vaya. Vayas donde vayas. Siempre.

El teléfono ha dejado de sonar. De vibrar y moverse. Has dejado un mensaje. Tal vez quieras que te llame. Tal vez es tu manera de despedirte. Tal vez quieras decirme que lo sientes y necesitas saber si estoy sufriendo. Tal vez […]
Sea lo que sea, no puedo. Recojo el teléfono como si pesara una tonelada. Miro la pantalla: ¿Escuchar o borrar?
Si quieres decirme algo que valga la pena, escríbeme una carta.