Historias, poesías, reflexiones y críticas literarias. Todo por el amor a la literatura…

Tag: Soledad

De la calle a un hogar

“¡Ven aquí, Quijote!” Es la voz de ‘mi’ Eider, utiliza ese tono cuando vamos a salir a pasear. Le conocí hace un par de estaciones. Recuerdo que los días empezaban a extenderse y no hacía tanto frío en mi jaula. Ahora es la estación cuando las noches son más largas y el aire más frígido. La sustancia blanca que me produce frío en las patas cubre las aceras y la superficie en los parques.  Los humanos adornan sus casas con luces brillantes, tanto por fuera como por dentro. 

Llevo meses sintiendo que los humanos están más nerviosos y estresados, incluido ‘mi’ Eider. Cuando siento que sus niveles de cortisol aumentan, me acerco a él, pongo mi hocico sobre su regazo e, instintivamente, pasa su mano sobre mi cabeza y sus niveles se estabilizan. No falla nunca. 

Estoy divagando. Lo dicho, nos conocimos en esa estación anterior a la que es muy cálida y agradable, previamente había vivido en una jaula donde me cuidaban relativamente bien. Tenía de comer, se aseguraban de que me mantenía sano, y tenía otros compañeros —que iban y venían— con los que podía charlar. Creo que ése había sido mi hogar durante cuatro o cinco estaciones. Allí es donde viví durante la última época de decoraciones. Los humanos que nos cuidaban en esa época disfrutaban engalanando el lugar. Nos traían algunas golosinas especiales y nos hacían compañía con más frecuencia. 

Aún así, podía resultar desolador, aunque reconozco que era mejor que vivir en las calles, que era donde había pasado la época de decoración anterior a la que viví en la jaula. La calle no es lugar para vivir. Conocí algunos humanos con los que me encariñé que acababan desapareciendo. Algunos estaban enfermos (me lo decía mi olfato). Algunos me daban de comer y pasaba la noche con ellos, compartíamos así el calor en las noches más frías. Durante el día hacía mis rondas por la ciudad, buscando algo de comer y algún compañero con el que comunicarme. Añoraba la compañía de otros perros. Mi vida no había sido siempre tan desesperanzadora. Recuerdo que hubo un período en el que había compartido un hogar con otro compañero y con humanos. Un día desaparecieron y unas personas con una energía indeseable vinieron a buscarnos. Me asusté y escapé corriendo. No era más que un cachorro entonces, aunque parece que hace de ello miles de estaciones, aunque dudo que fuese tanto. 

Como iba diciendo, después de vivir en las calles y mientras vivía en la jaula, hubo una temporada en la que venían muchos humanos a vernos. Ocurría a diario y con frecuencia. Mis compañeros más jóvenes desaparecían primero. Yo procuraba hablar con los humanos… sonreía, saltaba y daba vueltas en mi espacio, procurando llamar la atención y comunicarme con ellos. No muchos me prestaron atención, hasta que llegó Eider. Era una persona nostálgica, triste. Cuando le conocí tenía un vacío dentro que le consumía. Soledad y pérdida. Sí, podía intuir que había perdido a alguien que le importaba. Conocía muy bien ese sentimiento. Cuando puso su mano en las rejas, me acerqué cuidadoso y lamí sus dedos. Sonrió y, desde entonces, hemos sido inseparables. 

Nunca antes había conocido un amor como éste. Un amor en el que sólo quería hacerle sentir bien y ayudarle a rellenar ese vacío. Desde que le conocí me he percatado de que su espíritu taciturno ha ido disminuyendo con cada crepúsculo que transcurre. Su personalidad alegre brilla con un poco más de luz con cada alba nuevo. 

Esta estación con los ornamentos es la mejor que recuerdo. Tal vez estén ocurriendo hechos en el mundo humano que no entiendo, pero sea lo que sea, ha sido la causa por la que ‘mi’ Eider y yo nos hemos encontrado y hemos aprendido a sanar y a comenzar a sentirnos completos. 


8 de enero, 2021

Carta del otro lado

Querida Mariana,

Espero que no llores al leer esto, aunque poco te puedo pedir desde donde te escribo. Es curioso, simplemente la noción de estar escribiéndote desde aquí me resulta inverosímil. Yo, que siempre pensé que “aquí” no existía.
Quiero espiarte cuando leas esto. Será mi manera egoísta de descubrir si realmente te importé. Ni siquiera sé por qué te envío esta carta a ti. ¿Qué explicaciones te puedo dar? Supongo que jamás me creíste tan escrupuloso, o tal vez sea cobarde la palabra correcta.
El caso es que aquí estoy y, ¿sabes qué? No me arrepiento. Supongo que el miedo se apoderó de mí antes de por fin volarme los sesos, como muchas veces había fantaseado hacer. Tantas otras veces en las que no tuve las agallas para llevarlo a cabo. ¿O es cobardía? No estoy seguro. En vida siempre oí que los que que se suicidaban —qué palabra más fea— eran unos cobardes. Que se habían dado por vencidos y ya no querían seguir luchando. Que habían tomado el camino más simple. Déjame decirte, simple no fue. Y tampoco estaba deprimido. Triste, posiblemente. Pero, ¿no eras tú quien me decía siempre que una pena infinita se traslucía a través de mis ojos? Sí. Triste, seguramente. Una tristeza sin cura, crónica, supongo. Tal vez estaba deprimido. ¿Qué sé yo?
Tal vez supuse que ya había vivido lo suficiente. Que había alcanzado muchas metas que jamás pensé lograría. Estarás pensando que cómo pude estar tan seguro… No te lo vas a creer, pero desde este lado puedo oír los pensamientos de la gente. Puedo caminar entre ustedes y escuchar lo que ronda sus mentes. Así que, cuando lo pienses, lo sabré.
Tendrás tantas preguntas. La luz blanca y las memorias que atropellan nuestra conciencia en el momento justo en que el último latido parte de nuestro corazón. Cielo o infierno. Almas perdidas, almas conocidas. ¿Y por qué sigo por aquí? ¿Estoy en el limbo?
No sé qué decirte. Ojalá pudiera explicarte que, desde esta perspectiva, todo tiene más sentido. Las nimiedades que nos preocupaban en vida ni siquiera existen en este espacio. Me veo como era, pero sé que no lo soy. No sé lo que soy, pero tengo mis memorias intactas. De hecho, las recuerdo mejor que ese día, cuando cumplí los treinta y decidí que ya había vivido lo que quería vivir.
¿Fui egoísta? No lo sé. Sin embargo, sé que no fue una decisión que me tomé a la ligera. Fue una decisión que me llevó años ejecutar. Tal vez porque siempre pensé que había algo más. Y, cuando te conocí a ti, realmente lo creí. ‘El amor de mi vida’, me dije. ‘La mujer con la que querría tener un hijo’, me aseguré. Estaba equivocado, como ambos sabemos.
Tal vez toda esta lógica la esté creando para justificar ese acto tan definitivo. Irrevocable. Tal vez me asuste pensar que treinta años no eran suficientes para alcanzar todo mi potencial, por lo que me justifico y digo a mí mismo que lo que hice fue la mejor opción para mí. Curioso cómo los pensamientos no se apagan en este lugar. Tal vez esto sea el infierno: una batalla incesante contra mis pensamientos. La teoría que rondaba en mi mente cuando chupaba la boca de la escopeta, era que, puesto que tú no me querías, y yo a ti más que a la vida misma, no merecía seguir adelante. Me dije que sería imposible amar tan apasionadamente de nuevo. Me convencí de que mi amor hacia ti era puro y real. Ahora lo veo a través de un cristal nítido. Creo que en vida lo miraba todo a través de un cristal de esos gruesos, como los de las botellas de Coca-Cola, donde el cristal es tan grueso y con un tono algo verdoso, que lo que está al otro lado no se distingue con certeza. Mi perspectiva de lo que era amor podía estar algo adulterada por el cristal por el que había decidido observar mi vida. No, no quiero pensar en ello. Sí, debí de amarte tanto que sin ti la vida no tenía sentido. Cuando me confesaste que te habías enamorado, sentí cómo una mano invisible se introdujo en mi pecho, apretó con fuerza mi corazón, y lo estrujó como una esponja vieja y gastada, lista para la basura. Exactamente donde creo que fue a parar mi corazón. En la papelera de lo inservible. Desde ese momento, creo que todo a mi alrededor se convirtió en un manto blanco y negro. Todo carecía de sabor, color, olor, sentido. Mis amigos intentaban animarme, diciendo que había muchos peces en el mar. ¿Qué coño significa eso? ¿Acaso no entendió nunca nadie que no se trataba de cantidad, sino de calidad? Nunca fui uno de esos tíos que buscaban enrollarse con la mayor cantidad de mujeres posibles. Tenía amigos que tenían una lista: las más guapas, las rubias, las morenas, las asiáticas, las negras, las pelirrojas, las gordas, las flacas, las que servían para más de una noche… etc. No todos mis amigos eran así, pero los había, como hay de todo. Yo, sin embargo, me enamoré de ti. Nunca fui muy extrovertido ni iba buscando el amor de mi vida. Simplemente pasó. Nos conocimos casualmente, mediante amigos. Entablamos amistad, nos enrollamos unas cuantas veces. Yo me quedé colgado, y tú saciabas tus deseos carnales. No te lo reprocho, que conste. Eso no es lo que estoy haciendo con esta carta. Perdona si lo ha parecido. Sólo quiero explicarme, tal vez intentar que calces mis zapatos por un corto tiempo para ver a través de esa puñetera botella de cristal. Es cierto que poco después de que me contaras lo de tu nuevo amante sentí desdén hacia ti. Sentí que te perdí el respeto. No me preguntes por qué. Tal vez porque paradójicamente me creía a la altura del mayor altruista de la historia o el mejor novio que pudieras tener. No lo sé. Pero te desprecié durante meses. Sé que te percataste de mi comportamiento y me dejaste, no porque te desagradaba, sino porque no pensabas que sentirte cerca me beneficiara. También por ello te desprecié. ¿Cómo te atrevías a ser más madura que yo? ¿A entender mejor lo que necesitaba? Que no iba realmente de la mano con lo que quería. A menudo lo que necesitamos y lo que queremos no compaginan.
Así seguí varios meses. Ahogándome en mi propio papel de víctima, olvidando el encanto de todo lo que la vida podía regalarme si me abría a la posibilidad. Ya me había encerrado en un cuarto oscuro, había cogido la llave y me la había tragado… y allí dentro se había quedado. Me fui distanciando cada vez más del mundo, de los demás. De mi familia, mis amigos o cualquiera. Cuando lo pienso, no creo que realmente tuviera que ver contigo. Creo que en mí existía un rincón oscuro. Creo que todos lo tenemos, claro que en cada uno se proyecta de manera diferente. En mi caso, me llevó a un aislamiento, una tristeza y un malestar abrumador. Un sentimiento de menosprecio propio, de no valer. Perdí mi trabajo porque no me podía concentrar en lo que hacía, lo que resultó en más tiempo dentro de mi propia mente. Tiempo que realmente no necesitaba. Cada pensamiento que cruzaba mi consciencia se quedaba allí. Lo agarraba como si fuera la verdad absoluta, y me apegaba a él como si mi vida dependiera de ello. ¿Que el pensamiento me decía que era un fracaso y que tenías suerte de no haberte enamorado de mí? Lo sujetaba con fuerza, lo dejaba convencerme un poco más, y me lo metía en el bolsillo para sacarlo en la posteridad cuando necesitaba convencerme nuevamente del desastre andante que era. ¿Que un pensamiento agresivo tocaba a la puerta a punto de echarla abajo y me decía que mi vida era una mierda y que todos en ella estarían mejor sin mí?
“Oye,” le decía “cuánta razón tienes. ¿Te quedas aquí y desarrollas más esa noción para entender mejor en todo lo que he fracasado?”
“Con gusto.” Me respondía, y allí tenía otro compañero disponible a maltratarme y darme de palos cuando se lo pidiese. Estos pensamientos se convirtieron en mis mejores amigos en este cuarto oscuro del que no lograba escapar.
Mis fieles compañeros.

Te comenté antes que este lugar parece real —yo me siento real— pero no lo es. Estoy solo. Al menos, desde que llegué no he visto a nadie. Estoy esperando a ver a todos mis seres queridos, o tal vez los que nos volamos los sesos con una escopeta no tenemos esa opción. No sé qué creer. Lo único de lo que estoy seguro es que dejé el mundo que conocía y estoy aquí. Te explico. Te conté que podía ver y escuchar los pensamientos de los vivos. Pues bien, este lugar es como un paralelo de ese lugar, pero como si estuviese cubierto de una neblina borrosa y blanquecina, o una de esas redes para dormir. Puedo ver, escuchar y sentir, pero no puedo tocar, no puedo ser ni escuchado ni sentido. Como un espejo/cristal de una sala de interrogación policial. No es desagradable. Sé que mis palabras no le hacen justicia a la experiencia de por sí, pero siento calma. También te comenté que los pensamientos aquí no parecen haberse olvidado de mí, pero no son los mismos que me acompañaban en mi cuarto oscuro. No. Estos son más reflexivos. Siento que son lo opuesto a lo que eran. Como si se tratara del yin y el yang. ¿Me entiendes? No me atacan. Aparecen, se sientan en un rincón de mi mente unos instantes, hasta que reconozco su presencia, los escucho y los dejo ir. No me aferro a ellos.
Es curioso sentir calma cuando uno ha decidido dejar el escenario de una manera tan violenta.

He de confesarte que te mentí. Sí que me arrepiento. Cuando paseo por este paralelo de lo que una vez fue, veo la vida de otra manera. Veo que había una solución para cualquier problema. Nada era realmente vano, a pesar de que había momentos en que lo parecía. Los momentos en los que me sentía solo y tenía que elegir entre pagar el alquiler o comer… esos momentos me parecía que no tenían solución. No podía ver cómo salir de esa situación. Me ahogaba en mis propios fracasos y me convencía a mí mismo de que ése era yo: el que nunca conseguía nada de lo que quería. No pude tenerte a ti, perdí mi trabajo, nunca tenía dinero… Sentía como si cada problema contribuyera a la destrucción de la posibilidad de la otra. Sin embargo, aquí, envuelto en una soledad diferente, veo el mundo sin distracciones. Lo veo, pero no lo vivo. No lo siento como cuando era parte de los seres a quienes le latía el corazón. No, paradójicamente, con esta red a mi alrededor, veo más claramente de lo que había visto jamás antes.
¿Cómo voy a conseguir que recibas esta carta? ¿Cómo voy a hacer que llegue a ti? Tengo la certeza de que hay un vínculo entre este mundo y el tuyo, en el que puedo dejar esta carta para que la leas. No quiero que sientas lástima por mí. Tal vez empecé a escribirla con esa intención. Sé que mi pluma era el odio y el rencor en un principio, pero a lo largo de mi relato, y cuanto más tiempo llevo aquí, la compasión se ha apoderado cada vez más de mi corazón rencoroso. Tal vez pienses que he escrito esto de una sola sentada. Te equivocarías en semejante suposición. Empecé a escribir nada más llegar, pero de eso hace treinta años. O al menos treinta años en mi mundo. No sé cuál es el equivalente en el tuyo.

Lo cierto es que te extraño, claro que ya te extrañaba incluso cuando estaba con vida. Te extrañaba porque yo mismo me había alienado del mundo y me había mudado a mi cuarto oscuro. Añoro a todos aquellos a quienes quise; y especialmente siento pudor al saber el sufrimiento que causó no sólo mi muerte tan violenta, sino que mi padre me tuviese que encontrar en el estado en que lo hizo.
Perdona mis palabras tan impetuosas —o si parecieron serlo— al principio de esta carta. Perdóname por haberte empujado de la manera que lo hice. Espero que seas feliz y que sepas que estoy bien donde estoy. Aunque sé que es inútil arrepentirse de lo ya ejecutado, quiero que sepas que el mayor motivo de hacerte llegar esta carta es prevenir que recibas otra de alguna otra persona a la que estimas. No me malentiendas; ni te culpo ni pienso que era tu responsabilidad salvarme. La soledad es así de desgarradora y maldita. Te engaña y te atrapa entre sus garras y te susurra al oído que no le importas a nadie. Sólo te pido que si ves a alguien a quien quieres alejarse poco a poco de ti, extiéndele una mano para que la soledad no le atrape primero. Tal vez eso le ayude a no tragarse la llave del cuarto oscuro.

Cuídate y gracias por tu amistad.
Sinceramente,
Yo.

Si tú o alguien que conoces sufre de depresión y tiene pensamientos suicidas, por favor marca este número:

717 003 717

Allí darás con el Teléfono de la Esperanza para atención en crisis.


20 de octubre, 2019

Soledad

La soledad es un tema que me persigue desde muy temprana edad. Puede que sea por ello que me gusta escribir sobre esta amiga tan fiel. Me ayuda escribir cuando me siento baja de ánimos y, como la soledad se me acerca de vez en cuando, le dedico unas líneas como agradecimiento por la inspiración que me ofrece.

Soledad, soledad
Triste y amarga soledad.
Te despoja de toda libertad
y te aparta de la verdad.
Tan fría y sombría
que te absorbe todo tu ser
y te deja sin ningún querer.
Te sientes abandonado
gran amigo de lo odiado
y sin respuestas a tus preguntas,
llorando y pensando te acuestas.
Música de fondo
que te hace reflexionar
llegas a lo más hondo
y no dejas nunca de pensar.
¡Oh, maldita soledad,
ladrona de amistad,
desgarra tu dignidad
y te envuelve sin piedad!
Si tú supieras
que lo que más temo
es que te fueras…
que me quedara sin ti.
No piensas sin llorar,
sólo quieres que te quieran,
sólo deseas amar,
deseas no sentirte así.
No hay nada peor
que sentirse solo
no se le comprara ningún temor,
porque no hay otro.
La muerte a tu lado
es todo un regalo
yo prefiero morir
que de este modo vivir.
Cómo odio sentirme así
te quiero a ti,
quiero que estés junto a mí
y que me digas que no estoy sola, como creí.
Ojalá todo se basara
en la compañía del amor,
no habría vida amarga
contigo en mi corazón.

Mayo, 1994

Soledad

No me toques con esa mano,
fría, muerta y aterradora.
No quiero sentir tu vacío,
ni que me tientes con esos dedos delicados.
No me engañas,
sé lo que buscas.
No cederé a tus súplicas,
no seré tu prisionera.
Apártate de mí,
no te daré mi alma.
Te doy la espalda
y saludo a tu enemigo.
No me ha visto
mas yo no desisto.
Le extiendo la mano,
aunque no la toca.
Me mira con desprecio
y el pánico me invade.
Me miras con ternura…
¡Yo no te quiero!
Me buscas…
Procuro escaparme.
¿No ves que me asustas?
¿Que busco una salida?
Corro, huyo, persigo a tu enemigo…
pero le he perdido.
Con una lágrima solitaria
que lentamente atraviesa mi mejilla,
te miro y me sonríes.
Mis brazos te buscan,
cuando te encuentran
me percato que estoy perdida.
Soledad,
aquí me tienes…
única amiga,
mi peor enemiga.

Abril 2005