Así que a esto se reduce tu existencia. O tal vez sean nuestros recuerdos que acaban de esta manera, en una bolsa que pesa unos cuantos gramos. Hace dos semanas te tenía en mi regazo, ronroneando tranquilamente. Acariciaba tu cabecita y, es cierto, estabas más delgado, más débil y tus días parecían cada vez más pesados. Empero te veía vital y con ánimos.
Hasta que de pronto tu cuerpo ya no pudo más… y me dejaste. Ahora, lo único que me queda de ti es una cajita con una bolsita que posee tus restos. El polvo de lo que fuiste. Eso, y el vacío que dejó tu ausencia. Tu lugar favorito en el sofá o en el suelo junto a la puerta del balcón no son sino lugares del apartamento.
Te extraño, amigo mío, aunque mantengo con cariño el lazo que nos unió durante todos esos años. Todas nuestras experiencias juntos y todo lo que viviste conmigo: mi primer marido, mis subsecuentes parejas, todas las mudanzas que tanto te estresaban, incluyendo de una provincia a otra, las visitas al veterinario, el susto que me diste cuando unos años antes casi mueres. Eras una criatura resistente… hasta que dejaste de serlo.
Gracias por haberme elegido para cuidarte. Te quise, te quiero, te querré.
14 de octubre, 2019