Historias, poesías, reflexiones y críticas literarias. Todo por el amor a la literatura…

Tag: relaciones

Amor Perdido

El teléfono suena sobre la mesa, vibrando sobre la superficie, desplazándose lentamente, cual ser vivo.
Lo miro de reojo. Eres tú. No voy a contestar. Quiero hacerlo — miento, querer no captura las ansias que siento de oír tu voz — porque espero que digas lo que quiero oír. Sin embargo todo está dicho y entre nosotros no queda sino un vacuo precipicio de sentimientos sin explorar, de anhelo sin satisfacer, de abrazos sin nacer y de besos sin sentir.
No hay más que decir. Desnudé mi alma ante ti, posiblemente no del mejor talante, debería habértelo dicho mirándote a los ojos, leer tu expresión y esperar tu reacción. Pero soy un cobarde, siempre lo fui, y aunque me muero por volver a sentirte, a tocarte… sé que no depende de mí. Lo que yo quiero es irrelevante.

Siento haberte dejado esa carta, tan distante. Parece un método tan frío de expresarte lo que habita en mi corazón. Lo dicho, un cobarde. Y ahora me llamas, ¿qué quieres? Le grito al teléfono como si por magia fuera a contestarme con las palabras que nunca pronunciaste. Silencio durante días, y ahora me llamas. Careces de escrúpulos, ignoras mi agonía, mi dolor, y mis deseos. Quiero odiarte, apartarte lo más lejos posible de mi corazón con odio, y aún en esa simple encomienda fracaso. Durante meses me preguntabas qué me sucedía, que me sentías raro. Tras hacer el amor me mirabas a los ojos y por un instante creí ver algo, creí percibir un sentimiento que realmente no existía más que en mi imaginación. Tu mirada penetraba mi alma y sabías que mentía cuando te contestaba que nada ocurría, que todo estaba como debía.

Al regresar a casa intenté recapacitar, pensar claramente. Alejado de ti resultaba más fácil, pues tu encanto y tu presencia en su ausencia aclaraban mi juicio. Por lo que decidí sentarme y escribirte la carta que dejé en tu almohada la última vez que pasamos juntos. Comencé esta humilde correspondencia hace meses, incapaz de llegar al fin de lo que deseaba comunicarte. Logré terminarla la semana pasada.
Aún recuerdo cada palabra, cada frase y cada párrafo. Empecé a añorarte en cuanto la tinta besó por primera vez el papel. Supe que no había marcha atrás.

Hola,

Lo sé, ¡qué forma más original de empezar! Ya sabes que no fui nunca de escribir. Te preguntarás por qué te escribo, por qué no me dirijo a ti cara a cara. Tal vez te preguntes a qué viene esto, cuando las reglas estaban tan bien marcadas. Cuando ya me habías dejado claro lo que sentías (o, en este caso, dejabas de sentir). Tal vez soy culpable de ingenuo, o de soñador… Tal vez soy débil o esperanzado, o tal vez simplemente un tonto. Pero tal vez, y tan solo un infinitamente nimio “tal vez”, exista la mínima posibilidad de que leas esto y suspires, entiendas y sonrías.
Sea como fuere, la razón de mis palabras aquí plasmadas se deben a que NO PUEDO MÁS. No puedo seguir mintiéndome a mí mismo, y no puedo continuar pretendiendo que lo que siento no existe.
Sí, sé que no es algo nuevo, que ya te lo había dicho antes, que son palabras que no quieres oír (leer en este caso), pero las cuales he de dejar respirar y vivir en este papel para que sepas de una vez que TE QUIERO, pero también que quiero estar contigo. Te lo tengo que decir porque quiero que finalmente tomes una decisión basada en todos los hechos que aquí te presento. Tal vez te sorprenda leer esto (no te culpo), pero nunca estuve seguro antes, ahora lo estoy. Conociéndote, ahora mismo tu mente está rindiendo a mil por hora para encontrar razones por las que no funcionaría. Yo te puedo dar cientos de ellas. Pero una razón, una nada más, para sepultar todas las demás. ¿Estás prestando atención? Aquí viene: Te quiero y hacerte feliz es mi mayor deseo. Bien sabes que éstas no son palabras que escapan fácilmente mis labios — en esta instancia, mis manos —. Sabes que no me abro fácilmente, así que, pase lo que pase, espero que aprecies lo delicado que me resulta expresar estos sentimientos.

Hace años que nos conocemos, y yo diría que me conoces mejor que ninguna otra persona, así que tal vez todo esto no te sorprenda tanto como imagine.
Probablemente debí dejar de acostarme contigo cuando supe que me estaba enamorando de ti, mientras que tú te estabas enamorando de otro. ¡Débil! Cobarde y débil… y esperanzado. Idiota, tal vez. Loca y ciegamente enamorado de ti. No sólo por tu sonrisa radiante, ni tus profundos ojos oscuros, ni tu maravilloso cuerpo atractivo o tus labios carnosos. No, todo ello es parte de quien eres, pero cómo me siento cuando estoy contigo es lo que ha conseguido que me pierda en mi amor hacia ti. Puedo imaginar tu rostro escéptico en este instante (tal vez porque nunca has amado así), pero te aseguro que todo lo que necesito para ser feliz es tu alegre compañía, tu fantástico sentido del humor y, en fin, a ti. Simplemente tú.

Si pudiera pedir un deseo en este instante, sería que sintieras lo que yo, y si alguna vez lo haces, aquí estoy. Aquí estaré… ¿Irónico, dices, cuando esta carta es para despedirme? Esta carta es para ayudarte a elegir, porque yo debo salir de este limbo que me tiene atrapado. Ojalá no fuera así, pero igual que tú no puedes mandarle a tu corazón que sienta algo que no siente, yo carezco del poder de detener los sentimientos que el mío por ti profesa. Cuando estoy contigo no puedo evitar querer besarte en público, tocarte, abrazarte… Cuando sé que me odiarías si lo intentase. Lo cual me hace sentir como un juguete con el que te diviertes tras puertas cerradas, pero no te atreves a tocar en presencia de otros. No te reprocho (¿o es esto reprobar algo? Ya no estoy seguro), pero quiero que entiendas por qué necesito hacer esto ahora. No es tan difícil entenderlo: Quiero más de lo que me das.

No puedes imaginar el miedo que me provoca escribirte esto. Saber que no volveré a besarte, tocarte, sentirte. Aún así, es un riesgo que he de tomar porque necesito ir hacia delante. Porque te quiero y tengo que soltarte. Porque me respeto y te respeto y así no merece vivir nadie.

Recuerda: Siempre estaré allí, vaya donde vaya. Vayas donde vayas. Siempre.

El teléfono ha dejado de sonar. De vibrar y moverse. Has dejado un mensaje. Tal vez quieras que te llame. Tal vez es tu manera de despedirte. Tal vez quieras decirme que lo sientes y necesitas saber si estoy sufriendo. Tal vez […]
Sea lo que sea, no puedo. Recojo el teléfono como si pesara una tonelada. Miro la pantalla: ¿Escuchar o borrar?
Si quieres decirme algo que valga la pena, escríbeme una carta.


Pregunta

Su cabeza descansaba sobre su pecho. Ambos permanecían desnudos y sudados tras haber compartido sus cuerpos el uno con el otro. Ella estaba allí acostada, pensativa; cavilando sobre la respuesta a la pregunta que él le acababa de hacer. No sabía bien cómo contestar, pero sabía que no podía permanecer callada. Él empezaría a inquietarse y preguntarle nuevamente. “¿Qué es lo que quieres?” Había preguntado. Una cuestión en naturaleza tan simple… y sin embargo, tan maldita y difícil de contestar.

“Supongo” dijo finalmente “que quiero las cosas simples de la vida: alegría, felicidad, libertad…”

“¿Y cómo son ésas las cosas simples?” Preguntó con una sonrisa pícara. Se sentía filosófico y dispuesto a escarbar su mente.

“Pues…” empezó, devolviéndole la sonrisa “… están a nuestro alcance. Por lo tanto, lo único que se encuentra de por medio somos nosotros mismos.” Le guiñó un ojo. Él se percató de que estaba fingiendo timidez.

“Ahora no haces sino irte por las ramas. ¿Por qué no dices lo que realmente quieres decir?” Preguntó, mirándola con sus ojos marrones penetrantes.

Ella sintió como si le estuviera estudiando el alma, leyéndole los ojos y descubriendo la verdad que se escondía tras de ellos. No le gustaba cuando él sabía más de lo que ella quería compartir. Sin embargo, le encantaba que la conociera tan bien.

Ella sabía lo que quería, ¿o no?. Pensaba que lo sabía. No quería pronunciar las palabras porque significaría expresar lo que se encontraba en su corazón y no estaba preparada para ello. Más aún, sabía que ÉL no estaba preparado para ello. Él disfrutaba de su compañía, ¿pero cuánto? No estaba segura. Era difícil descifrar lo que él sentía.

“Te quiero a ti.” Quería decir, pero el mero pensamiento de las palabras saliendo de sus labios le secaban la boca y un nudo se formaba en su estómago. Simplemente no podía.

Por lo tanto, sonrió.

“¿Por qué tienes que ser tan fastidioso y exigente? Los deseos van y vienen. Lo que quiero hoy no es necesariamente lo mismo que querré mañana o dentro de una semana. ¿Qué quieres tú?”

Le acarició su pecho desnudo, su piel suave bajo su tacto. Él cerró los ojos, viviendo el momento. No pensó sino en la pregunta. Sabía lo que quería, ¿pero querría oírlo ella?

“No, no, preciosa. Eso no lo puedes hacer.” Dijo, la tomó por las muñecas y se sentó suavemente sobre ella, contemplando sus ojos verdes profundamente. La mirada de él era tan intimidatoria que tuvo que evadirla.

“¿Hacer qué?” Preguntó, perfectamente consciente de a qué se refería.

“Devolver la pregunta antes de contestarla.” Dijo, soltando una de sus muñecas y pasando sus dedos a través de su pecho y su estómago. Ella se sintió vagamente excitada y movió su cabeza hacia la de él para besarle. Él se alejó, provocándola y castigándola.

“No. No antes de que hayas contestado. ¿Qué quieres?”

“¿Por qué quieres saberlo con tanto fervor?”

“Porque soy persona curiosa y es una pregunta simple. ¿Por qué tienes que complicarla más de lo que realmente es?”

“Eso es cuestión de percepción.” Contestó ella, levemente molesta.

“Sin duda. Pero sigues evadiendo la pregunta, y cuanto más lo haces, más me pregunto por qué.” Dijo juguetón, consciente de su desagrado.

“Hagamos un trato. Dejemos la pregunta sobre la mesa y la responderé cuando sienta que es un buen momento para mí y esté preparada para ello, sea lo que sea lo que quiera.”

“Me parece justo.” Dijo, sonriendo, acercando el cuerpo de ella hacia el suyo, besando su cuello, enlazando sus dedos entre los de ella, su aliento en su oreja, suavemente, él susurra:

“Yo sé lo que quiero. Te quiero a ti.” Ella suspira, una tenue sonrisa dibujándose en su semblante. Él besa sus labios.

La más fiel compañera de la vida

Recuerdo la primera vez que la conocí, esa extraña sin rostro, apática y cruel. Cruel porque era egoísta y se llevó lo que una vez era parte de mi vida. Cruel porque, aunque no la invitaba, seguiría apareciendo por mi vida para arrebatarme a quienes más quería. Cruel porque, algún día, el suyo sería el último semblante que vería.
Debía tener no más de cinco años y, aunque de eso hace ya mucho tiempo, no lo he olvidado; como si estuviera grabado en una cinta oculta en algún recóndito rincón de mi memoria y, sin problemas, rebobino cuando quiero y revivo cada detalle como si fuera la primera vez.
Me acerqué lentamente a mi padre, lágrimas furtivas recorriendo mis mejillas. Escapaban con rapidez, empañando mi vista, desdibujando su figura. Allí estaba, observándome con cautela, sentado en su sillón favorito. Sus gafas reposaban firmemente sobre su aguda nariz, tras cuyas lentes sus ojos oscuros me examinaban con interés y cariño.  El periódico que había estado leyendo hasta entonces descansaba sobre sus piernas, una cruzada sobre la otra.
Estirado en mis manos se encontraba el cuerpo inanimado de mi pequeña mascota, un ratoncito blanco que había encontrado un día mientras jugaba en el jardín, y que mis padres no habían podido negarme mantener al ver en mis ojos la ilusión de cuidar un ser más débil que yo mismo.

-¿Qué te pasa, Daniel? ¿Qué es lo que llevas en las manos?- Preguntó interesado y preocupado.
Me acerqué hacia él y, sin palabras, le mostré la pequeña criatura que yacía sobre mis manos.
Mi padre se quitó las gafas, colocándolas sobre la mesilla junto al sillón. Cogió el periódico, lo dobló y lo situó junto a las gafas. Observó con cautela al pequeño roedor, y con su mano derecha, me invitó a sentarme sobre sus rodillas.
Yo sollozaba, incapaz de pronunciar una sola palabra. Me miró con ternura y, sin decir nada, me sostuvo en su regazo hasta que las lágrimas iban desapareciendo y el sollozo no era sino un gemido. Mis párpados se sentían pesados y, aunque no quería dejar de observar a mi animalito con la vaga esperanza de que abriría sus pequeños párpados para empezar a mover sus patitas delanteras con el mismo énfasis de cada día, la energía consumida en mis llantos se había convertido en sueño… y el sueño en una oscuridad pasajera que no me traería nuevas aventuras.
Cuando desperté, mi padre estaba sentado junto a mí. Me había llevado a mi cama y había esperado pacientemente a que abriera nuevamente los ojos.
En una pequeña cajita en mi mesilla había colocado a Momo, mi mascota. Descansaba apaciblemente sobre un pequeño trapo verde. Junto a la cajita había una pequeña nota, aunque no sabía lo que en ella había escrito.
-Ven, Daniel, vamos a decirle adiós a tu amiguito-.

Entendí entonces que no volvería a abrir sus ojitos brillantes, que no volvería a jugar con la rueda que había colocado en su jaula, que no volvería a masticar su comida y, entonces, reanudé mi llanto.
Recogió con delicadeza la cajita y la pequeña nota y me esperó junto al marco de la puerta. Cuando llegué a su lado, extendió su brazo y abrió la palma de su mano, invitando la mía a unirse con la suya.
Me guió hasta el jardín, junto a un pequeño agujero que, según mi memoria, no había existido unas horas antes. Mi padre lo había excavado con el propósito de enterrar a la pequeña criatura que descansaba pacíficamente sobre su pequeño trapo. Tan delicado, tan inmóvil. Me resultaba increíble pensar que, la noche anterior, había corrido en su jaula y comido su trocito de queso. Le había dado el que sería su último beso en su peluda y suave cabecita. ¡Qué abstracto era ese sentimiento desconocido! Sentía un hueco en mi interior… parecía provenir del lado izquierdo de mi pecho. Mi corazón palpitaba con rapidez y no entendía por qué. Nunca había sentido un vacío como aquél, que se apoderaba de mi sano juicio y me llenaba la mente con memorias de mi difunto amiguito. Recordaba sus ojitos brillantes y su júbilo (o lo que yo interpretaba como tal) cuando le daba su comida. Recordaba el día que lo encontré, huyendo del gato, su corazón palpitando con rapidez, un pequeño bulto que chocaba incesantemente contra mis dedos infantiles.
Ahora lo miraba y parecía otra criatura… no podía ser Momo. Momo reaparecería en un segundo, con sus juegos y los gemidos típicos de un roedor.
Perdido en mis pensamientos, mis sollozos y el dolor que se intensificaba con cada lágrima, oí las palabras de mi padre como si me hablara a través de una radio; lejano e irreal.
-Daniel, ¿me oyes?- Dijo con delicadeza y paciencia.
Asentí lentamente, como si unas manos invisibles moviesen mi cabeza con precisión y cordura.
-¿Estás preparado para despedirte?-
-S… s… sí, papá… creo que sí- Aunque no sabía muy bien lo que quería decir o cómo me iba a despedir.
Mi padre sacó de su bolsillo la nota que había estado sentada junto a la cajita. Estaba arrugada y parecía que había algo escrito en ella; aunque no le presté mucha atención porque miraba al suelo, a la punta de mis pies, esperando que, cuando volviera a subir la cabeza, Momo estaría nuevamente vivo.

Más de veinte años y numerosos encuentros con esa maldita hermana de la vida han pasado desde aquel día. Hoy no es por mi primera mascota que corren las lágrimas, sino es el tuyo, papá, el ataúd que la tierra se va tragando cautelosamente, enterrando eternamente tu cuerpo.
Mi mano derecha, hundida en la profundidad del bolsillo, aprieta en su puño aquella nota que hace tanto tiempo escribiste para Momo (¿o era para mí?) con tanto cariño y elocuencia.
Mi mente se preña de memorias enternecedoras, e incluso violentas. Nuestras discusiones cuando no era más que un adolescente y soñaba con poseer la luna y comerme el mundo. No más que un muchacho que no distinguía su culo de su cara. Un sabelotodo, como me solía llamar Emma, ¿recuerdas? Emma que ahora llora a mi lado; sus ojos rojos e hinchados, su rostro húmedo cubierto por su llanto. Esa hermana que tanto soportó durante nuestra adolescencia, que me llamó de todo, desde mocoso a come mierda… a fiel amigo. Ella, que me enseñó a ser mejor persona y que, como tú, me pulió para convertirme en el hombre que soy hoy. Y ahora está a mi lado, y ni mis abrazos ni mis caricias pueden disolver ese dolor que la abruma.  ¡Qué impotente me siento! Pero no me avergüenza llorar y que otros descubran las lágrimas que se arrastran por mis mejillas. Tú me enseñaste que un hombre no se avergüenza jamás de sus sentimientos. ¡Cómo te odio! ¡¿Cómo te atreves a dejarnos así?! Siento como si una mano invisible me desgarrara las entrañas y el nudo que sentí aquel día que mi pequeño roedor dejó de ser… ese nudo es ahora más profundo, más insoportable. Apenas puedo respirar, apenas puedo pensar sin volverme loco. Siento como si una parte de mi se hubiese evaporado el mismo momento que me comunicaron que, que.. en fin, que nos dejaste y, en su lugar, no hay sino un vacuo mundo de incertidumbre.
¿Cómo sigue girando el mundo después de esto? Sé que lo hace… la muerte captura a pobres almas inesperadas (a veces incluso aquellas que la ven venir) y, aún así, el mundo sigue girando, el sol sigue brillando, las nubes siguen volando libres y ágiles en el firmamento… todo continúa como si, seamos sinceros, no importara.
Sin embargo… yo, Emma, mamá… seguiremos con el vacío y nuestras vidas nunca serán las mismas porque tú ya no estás.
¿Pero sabes qué? Me consuela el saber que, por haberte tenido en mi vida, ésta ha sido mejor. Mi tristeza fue la tuya, mi regocijo el tuyo, mis incertidumbres morían con tus palabras y tus consejos e, incluso, mis dudas se veían resueltas siempre que, sentado en tu sillón favorito, estabas dispuesto a escucharme. Nunca decías nada, me dejabas deducirlo a mi manera y llegar a mis propias conclusiones, aún cuando sabías que me estamparía… Ésa era tu magia, confiabas lo suficientemente en mí como para saber que volvería a levantarme y, con la cabeza erguida y la mirada fija hacia delante, tomaría la decisión correcta… a lo largo. ¡Cómo te añoro!

Hoy, papá, no te voy a decir adiós, porque, no te has ido. Siempre estarás conmigo, en mi corazón. Tu voz me guiará en mi subconsciente y me animará cuando todo parezca un vasto prado cubierto por un sólido manto de desesperación, temor y oscuridad.
Tú serás mi estrella polar y nuestras memorias juntos (las buenas y las malas) seguirán conmigo hasta que mi mente me traicione.
Hoy, papá, te quiero devolver aquel primer sentimiento de paz que conocí cuando leíste aquella nota para Momo.
Hoy papá, te doy las gracias.
Porque no celebramos la despedida de un ser querido, sino las memorias que nos dejaron compartir con ellos.

“Sé que no volveré a verte y no sé qué sentir.
Sé que lo que siento ahora es tristeza, pesar y un tremendo dolor.
Ya no estás
Te has ido
Me has dejado solo
y todo carece de sentido
No siento mis manos,
ni mis pies sobre el suelo.
Una distancia infinita
se abre entre mi cabeza y la Tierra
Me siento nauseabundo
y, asimismo, abatido y abandonado.
¿Por qué te has ido?
No estaba preparado, no ha habido despedida
Todo acaba con este vacío
que me traga sin piedad.
Paro un momento
y recapacito
Estoy equivocado,
No todo está perdido…
Me queda el recuerdo
alimentado por las memorias
y los momentos juntos vividos.
Espera que pienso y miro
hacia un pasado preñado
de imágenes que ambos compartimos.
Espera que indago y encuentro
tus ojos cariñosos y un sentimiento divino
Porque el amor no tiene fronteras
y aunque no disfrute de tu presencia
el lazo que nos unió
seguirá siempre vivo.”

Según pronuncio las últimas palabras, siento cómo una lágrima se lanza al infinito desde el lado derecho de mi rostro. El papelito tiembla en mis manos. Nadie más que tú y yo conocemos su origen y lo que en él realmente está escrito y por qué. No quise robar todas tus palabras y, he de admitir, tuve que editarlo un poco para que se acogiera más a ti, y no al pequeño roedor que, en otra vida, fue mi mejor amigo.
¡Cómo te echo de menos! Aún me resulta inverosímil que no pueda darte otro abrazo, o ir contigo a una cafetería y hablar de política, deportes o mujeres.
¡Dios, papá… ¿por qué?!

Han pasado ya varios meses desde tu entierro y, aunque sigo añorándote, sé que la vida sigue y así te hubiera gustado verme: dispuesto a continuar, a seguir adelante pese al dolor y a tu ausencia.
Cuando la nostalgia me invade decido volver a las fotos que congelaron en el tiempo nuestros momentos juntos. Pero ya apenas lloro. Al contrario, una sonrisa nace en mi semblante, pues recuerdo todas las memorias que me unen a ti y me recuerdan que, mientras yo siga adelante, tú nunca dejarás de existir.

-Papá… te quiero- susurro mientras vuelvo a guardar nuestras fotos.


Esta historia está dedicada a todos aquellos que han perdido a un ser querido.

Noviembre 2010