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Un largo camino hacia la libertad – Nelson Mandela

La autobiografía de Nelson Mandela: Un largo camino hacia la libertad, cuenta la historia de su vida desde el principio, su infancia en Mvezo, un pequeño pueblo en el distrito de Umtata, a ochocientas millas de La Ciudad del Cabo.

Nos cuenta el origen de su nombre, y por qué recibió varios nombres. Nelson fue el nombre inglés que le dieron en la escuela, aunque su padre le otorgó el nombre Rolihlahla, perteneciente al lenguaje Xhosa que significa “arrancar la rama de un árbol”. A Mandela también se le conocía como Madiba, que era el nombre del clan al que pertenecía. Era una forma de dirigirse a él con respeto.

Lo que más me gustó de este libro es que no parece un biografía. Está escrito de tal manera que parece más una novela de ficción que la historia real del hombre que cambió la política de Sudáfrica. Bueno, seamos justos, no lo hizo solo. Recibió ayuda de un grupo de personas que querían cambiar el sistema político que había regido en Sudáfrica por más de trescientos años.

Cuando a Mandela le informaron de que debía contraer matrimonio por conveniencia, decidió huir de su pueblo e ir a Johannesburgo con un amigo. De ahí su vida política empezó a tomar forma. Mandela siempre estuvo interesado en los estudios. Estudió Derecho y empezó a trabajar en oficinas de abogados. Con el tiempo, él y Oliver Tambo abrieron la primera firma de abogados negros en Johannesburgo.

La vida de Mandela no fue fácil. Luchó por recibir los derechos civiles que todos los seres humanos merecen y que la población negra de Sudáfrica no conseguía. Se les trataba peor que a animales. No tenían ningunos derechos, ni siquiera a votar, por lo que el gobierno que acababa en el poder era siempre de blancos.

El Apartheid en Sudáfrica era deplorable, y cualquier lucha que creaban, el gobierno encontraba una manera de hacerlo ilegal. La frustración crecía y el partido CNA al que pertenecía (que era el partido más moderado y en contra de la violencia), no alcanzaba las metas que pretendían para cambiar la situación socio-política del país. Por lo tanto, crearon un partido que se dedicaría a “actos violentos”. Estos actos no pondrían vidas en peligro, pero se trataba de llamar la atención del gobierno. Cada vez que había un enfrentamiento pacifista por parte de cualquier grupo en Sudáfrica, el gobierno lo convertía en una matanza. Fue por ello que Mandela y un grupo de sus compatriotas en el CNA (Congreso Nacional Africano) se vieron obligados a fundar MK (Umkhonto we Sizwe).

Mandela nunca sintió odio por la gente blanca de su país, y tampoco fue nunca su intención erradicar esa parte de la población. Él quería crear un país en que todas las razas podían convivir en harmonía o, al menos, con un respeto mutuo.

Su lucha le llevó a juicio varias veces. El Juicio de Traición duró durante más de cuatro años, donde los acusados fueron absueltos, pero el gobierno hizo lo imposible para atraparlos de otra manera, y unos años más tarde, le volvieron a arrestar a él y a muchos de los acusados en el Juicio de Traición. Está vez sí fueron condenados porque, según su propia admisión, habían quebrantado las leyes. La cuestión era que las leyes eran corruptas y no tenían otra opción que infringirlas y luchar contra ellas para obtener sus derechos como seres humanos. En 1964 Mandela y sus compatriotas fueron sentenciados a cadena perpetua, empezando en Robben Island.

Durante sus años en prisión, sus hijos crecieron y uno de ellos murió trágicamente en un accidente de auto. No le permitieron atender el funeral. También empezó a escribir sus memorias furtivamente, pero el manuscrito original nunca vio la luz del día. Dentro de la cárcel luchó por algunos derechos como prisioneros. Su argumento era siempre que no eran delincuentes comunes, sino prisioneros políticos y como tales exigía que les trataran con un mínimo de respeto. La mayor parte de las veces perdía las batallas. Pero sí de algo no se le puede culpar a Mandela, era de darse por vencido. El hombre luchó hasta el final. Una lucha que, poco después de recibir la libertad, le convirtió en el primer Presidente negro de Sudáfrica.

Mi calificación para este libro es cinco estrellas de cinco. Está muy bien escrito, es interesante y se aprende muchísimo de la historia de Sudáfrica. Es cierto que al principio me costó un poco entrar en la narrativa, pues habían muchos nombres y muchos detalles que olvidaba fácilmente. Pero según uno se adentra en la vida y experiencias de este hombre tan notable, se hace más difícil soltar la lectura. También me resultó muy interesante porque, a pesar de que había oído hablar del Apartheid y de que la situación en Sudáfrica había sido horrible para la población de color (no sólo los negros, pero indios y cualquier raza que no fuera la blanca sufría alguna especie de racismo y prejuicio), poco sabía realmente de la magnitud del problema. Claro que todos sabemos quién es Nelson Mandela y que fue un gran hombre y que recibió el premio Nobel de la Paz… pero mi conocimiento no llegaba a más. Este libro me abrió los ojos en muchos aspectos. También me gustó que no hablara mucho de Martin Luther King Jr., que aunque vivieron vidas paralelas, lucharon en países diferentes y, en parte, situaciones parecidas y, asimismo, muy distintas.

Recomiendo este libro a cualquiera que esté interesado en aprender algo más de la historia de Sudáfrica y de la vida de Nelson Mandela.


Ahora, comparando el libro con la película, la versión cinematográfica pierde mucho del contenido de la versión escrita.

https://youtu.be/7HXJknSk-5Y

La película se centra mucho más en su vida sentimental, en sus matrimonios y en sus adulterios con su primera esposa (que, según entendí yo en su libro, no ocurrieron). Su esposa sospechaba que la engañaba, pero él le decía que estaba muy envuelto en la causa y en sus ansías de cambiar la situación del país, y que esas reuniones le mantenían ocupado hasta largas horas de la noche. En ningún momento corrobora su autobiografía lo que la película implica. Según él, el matrimonio no funcionó porque su mujer no lograba entender por qué él necesitaba estar tan involucrado políticamente. Sus diferencias eran demasiado como para solventar el matrimonio.

Ese tema aparte, que para mí realmente no lleva peso alguno en la historia y creo que hubiesen dejado mejor fuera, la película no explica en ningún momento lo que le llevó a Johannesburgo, ni porqué ni cómo se involucró en asuntos políticos. Muy por encima muestran las injusticias a las que la población negra se veía sometida y que Mandela condenaba. Pero la película fracasa en mostrar los distintos partidos políticos existentes en esa época. En cómo incluso los diferentes partidos no siempre se ponían de acuerdo. El Juicio de Traición ni siquiera se mencionó en la película, y ese juicio fue la fundación a lo que ocurrió posteriormente.

Pero lo que más me molestó de la película, es que Mandela, en su autobiografía, nombre con énfasis a aquellas personas que fueron muy importantes para el cambio y que trabajaron con él. Personas sin las cuales él no hubiese llegado a la posición a la que llegó. No nombra la relación tan fraternal que existía entre él y sus compatriotas. Tampoco muestra que los guardas en Robben Island apenas hablaban inglés, y que sólo hablaban bien el afrikáans. No muestra tampoco los viajes que hizo Mandela fuera de Sudáfrica para recaudar fondos para ayudar en la lucha contra el gobierno. Sus viajes ayudaron en parte a darle notoriedad internacional. Tampoco queda muy claro por qué finalmente decidieron soltar a los presos, pues no sólo a Mandela, sino también a los demás. No se cuenta cómo casi murió de pulmonía…

Y entiendo que no se puede poner todo lo que contiene un libro de más de seiscientas páginas, pero la película dura casi dos horas y media, y mucho de lo que muestra son sus relaciones amorosas que, en mi opinión, eran importantes, pero no lo más sobresaliente de la historia de su vida.

La película por sí sola está bien. Es una buena película, dirigida por Justin Chadwick (La otra Bolena), con Idris Elba como Nelson Mandela y Naomie Harris como Winnie Madikizela. Ambos actúan muy bien y recuerdo que cuando la vi por primera vez me gustó mucho. Pero si la vas a ver para aprender un poco sobre la historia de Sudáfrica, te recomiendo que leas el libro, pues en la película se han tomado libertades creativas que no pintan del todo los hechos tal y como ocurrieron en la realidad.

Allí queda mi crítica. Si has leído el libro y/o visto la película, comparte tus comentarios. ¿Estás de acuerdo o no con mi crítica? Me encantaría oír lo que tienes que decir. Y ya que estamos hablando de biografías, comparte en la sección de comentarios tu favorito, para añadirlos a mi lista de lecturas.

Gracias por leer!

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To hear my review in English, check out my YouTube video below.


20 de octubre, 2019

3/11 No más

Escribí esta opinión para la revista de marzo de 2004 de la HSA (Hispanic Student Association) en la universidad donde estudiaba en Montreal. Han pasado siete años desde entonces, y muchas cosas han cambiado en España, aunque, de vuelta al PP, siento que se me encoge el corazón al ver una sociead perder la esperanza y depositarla ciegamente en un gobierno que les ha jodido tanto. Veremos qué ocurre en los próximo siete años.

 

Parecía una mañana como otra cualquiera, excepto que estaba despierta antes de las siete. El sol nacía en el horizonte, con su dulce aurora y sus cálidos brazos acariciando las paredes del salón.

En ese momento desconocía que lo que para mí resultaba una nueva bienvenida a la vida, para otras personas había resultado ser la despedida. Ignorar lo que en pocos instantes conocería me mantenía alegre y positiva, sin temor a la vida y con miles de razones para amarla. Empezaba un nuevo día y, precisamente, una nueva línea se dibujaba en mi futuro. Necesitaba conectarme a Internet para averiguar el horario del transporte público, cuando mi mejor amigo me mandó un mensaje e interrumpió el regocijo de mi mañana:

-Doscientas personas han muerto esta mañana- me dijo – en un atentado terrorista perpetrado en unos trenes de Madrid durante la hora punta. Maldita ETA – prosiguió – esta vez se han pasado.-

Incapaz de salir de mi asombro, desconcierto y horror, navegué por el inmenso mundo de Internet para averiguar más. Efectivamente, en El País digital informaban al mundo de los atentados terroristas que tuvieron lugar en Madrid el 11 de marzo de 2004.

Leía en un estado de ansiedad y dolor. “¿Cuándo va a acabar todo esto?” Pensé. Aquella mañana me fui a mi nuevo empleo meditando en todas esas vidas que habían llegado a un fin tan repentivo, violento e inesperado; esas vidas inocentes, perdidas por alguna razón ajena a ellas mismas.

Estaba enfadada, inútilmente frustrada y furiosa con la sociedad y la violencia (paradójicamente). Sentía cómo un odio instantáneo nacía en mi corazón, acrecentándose con cada minuto que pasaba y cada víctima que e imaginaba yaciendo en el suelo.

Llegué a casa aquella noche deseando saber más; no por el morbo que situaciones como esas crean en la mente de cada uno de nosotros, sino porque mi país había sido atacado en el corazón. Un corazón que, pese a mi alineación del mismo, palpitaba en concordancia con el mío.

Las fotos publicadas en los periódicos digitales me perturbaban y molestaban. Quería verlas e, igualmente, ignorarlas. Una tras otra revolvían mi estómago… Entre foto y foto leía las descripciones de algunos de los paramédicos que se encontraban en el lugar de las explosiones, contando el desoladory sobrecogedor sentimiento que les inundaba cuando el móvil de alguno de los fallecidos sonaba. Se me empeñaban los ojos, pensando en esos pobres amigos/familiares intentando localizar a sus seres queridos en vano. Una y otra vez la misma pregunta asomaba mi mente: ¡¿POR QUÉ?! ¿Qué necesidad había de tal atrocidad? Y me sentí culpable e hipócrita… ¿Por qué no lloraba por las víctimas de Irak o de Afganistán? ¿Por las víctimas de la globalización en el mundo entero? ¿De la explotación? ¿Víctimas de cualquier tipo de dictadura y represión? Se me hizo un nudo en la garganta, mi corazón se estremeció y todo mi ser quería explotar en un grito tan sonoro que me oyeran en el mundo entero. Porque un hecho que me afectaba tanto me golpeó en la espalda, y un antiguo fantasma del pasado me susurró al oído, recordándome lo frágil que es nuestro mundo, nuestra sociedad establecida… Y se apoderó de mi alma el pánico y me inundó un temor repentino. “¡No quiero más violencia! ¡No quiero más guerras!” Pensé. “Que acabe todo y vivamos en harmonía.” Si tan sólo fuera así de simple…

Todos mis amigos canarios mostraban indignación con la situación y los hechos acontecidos. El gobierno manipulaba los medios de comunicación (en un país supuestamente democrático) para mantener al pueblo bajo la impresión de que los atentados habían sido obra de ETA, cuando representantes de Al Q’aeda ya habían reconocido ser los responsables.

España entró en una guerra que no le incumbía – y dicho sea de paso, una guerra injusta; pues es bien sabido que la violencia sólo engendra violencia.- Una guerra contra la que sus ciudadanos se manifestaron (tal vez incluso alguno de los estudiantes o trabajadores entre las múltiples víctimas había sido uno de los manifestantes). Una guerra que Aznar apoyó con su ideología fascista, ignorando la voluntad de aquellos que le habían votado. ¡Maldito despotismo disfrazado de democracia!

El próximo año será el 30º aniversario de la muerte de Franco, y parece que España retrocede dos pasos por cada uno que avanza. Los socialistas tuvieron la ocasión de demostrarle al pueblo cansado que Franco dejó atrás que existía la justicia, pero la corrupción les pudo -obviamente, mi mejor amigo me ha recordado que no todo lo que crearon acabó en corrupción; también arreglaron bastante el país, aunque esos detalles se olvidan siempre. Uno tiende a recordar lo negativo y olvidar lo positivo.- Cuando tras trece años (no se cumplieron los catorce que le correspondían) Felipe González, o más bien, el PSOE, perdió las elecciones contra el entonces joven Aznar, una nueva historia se escribía. ¡Y qué mal trató José María Aznar al país que depositó sus esperanzas en él!: el Prestige, el AVE, su “amistad” incondicional con Mr. George Jr., su ideología fascista (apoyó a la fundación francisco franco -mayúsculas omitidas conscientemente-) y un largo etcétera.

Pese a todos esos problemas, tuvieron que morir cerca de doscientas personas (aunque la cifra oficial, según El Instituto Anatómico Forense y la policía científica (bitacoras.com) es de 190 fallecidos) un triste día de invierno, para que los españoles abrieran los ojos y votaran por un nuevo gobierno. ¿Será Zapatero mejor presidente que Aznar? Dicen que “vale más malo conocido que bueno por conocer”, aunque en este caso, peor que Aznar no creo que lo haya (excluyendo a Mr. George Jr. y su perrito faldero Blair; ¡¡¡¡¡¡¡ambos nominados al premio Nobel de la paz!!!!!!!) Como dijeron los españoles el 14 de marzo durante las elecciones generales: “mentirosos, vuestra guerra, nuestros muertos”. Efectivamente son nuestros muertos. Ellos y los miles que mueren a diario en cualquier parte porque, amigos, vivimos en un planeta llamado Tierra, y todos somos ciudadanos del mismo.

 

Marzo 2004