Historias, poesías, reflexiones y críticas literarias. Todo por el amor a la literatura…

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Un amor inesperado

Cuando grité en silencio que estaba preparado para el amor, jamás pensé que el universo me mandaría tal ser para llenar mi corazón. 
No creas que lo vi de esa manera, ni siquiera se me pasó por la cabeza. Solo el tiempo decidiría que era amor, amor verdadero y amor como nunca había sentido antes. Mi corazón estaba lleno, tan lleno de luz y regocijo que… bueno, me estoy adelantando. Voy a empezar por el principio. 
Todo empezó con el final. Al llegar a casa había encontrado una nota en el recibidor junto a sus llaves del apartamento que habíamos compartido durante dos años juntos. 

No puedo más. No estoy feliz. 
Lo siento

Esas habían sido sus últimas palabras. Al intentar llamarla, el número estaba fuera de servicio. Si llamaba a alguno de sus amigos o a su hermana, solo me contestaban que lo dejara y pasara página. Así, como si nada. Como si no hubiésemos compartido sueños, momentos, estragos… y experiencias inolvidables durante más de cinco años. Debía olvidarme de todo ello como si no fuera más que el humo que se desprendió de esa maldita nota que quemé en el fregadero. Un amor esfumado como si nunca hubiese existido. Y tal vez nunca lo hizo. Tal vez lo imaginé. Tal vez lo viví como si hubiese estado encerrado en una burbuja, aislado de lo real y de un mundo que seguía existiendo, apático a mis sentimientos. 

Los próximos seis o siete meses fueron pésimos. Existía pero sin vivir. Era como si funcionara en modo auto-control. Mi mente estaba apagada y mi corazón arrugado como una pasa insípida. Mis amigos procuraban sacarme de mi letargo, bromeando y diciendo que la mejor manera de superarla era liándome con otra… sí, como si me apeteciera meterme en líos ahora. 

Empecé a evitar a todos, incluso ignoraba mi móvil cuando veía que era alguno de ellos. No tenía capacidad emocional más que para mi propio sufrimiento. Según escribo esto me doy cuenta de lo destructivo que era mi comportamiento… y no sé dónde hubiese acabado si no la hubiese encontrado a ella. 

Una mañana desperté, ahogado en una pesadilla en la que pedía amor. En la que rogaba por un amor nuevo que me salvara de mí mismo. El día estaba nublado cuando decidí salir. La tormenta no tardó en despertar. La lluvia golpeaba con fuerza las calles, violenta y sin piedad. A lo lejos los truenos amenazaban con acercarse despacio y traer los rayos con ellos. Me encaminaba a comprar un paquete de Lorazepam, sin los que era incapaz de pegar ojo y que me temía me tenían bien cogido por los cojones en una adicción sutil que había penetrado lentamente en mi vida. Caminaba aprisa, pues había olvidado el paraguas y hacía frío, cuando oí un vago maullar. Venía de un callejón. Un tímido maúllo, como una súplica, un último clamor de ayuda. Me acerqué hacia donde se encontraban unas cajas y cubos de basura, y escuché el gemido más definido. Rebusqué como un ser desesperado ansioso por encontrar la luz al otro lado del túnel. Era como si el gimoteo procediera de mi propia mente, pues era un grito de tal desesperación que resonaba en mi corazón disecado. 

—¿Dónde estás? Bsbsbsbsbsbsbssssss. Gatitoooooooo…. Bsbsbsbsbsbsbsbs….— Silencio… y el maúllo aumentó. Primero prácticamente inaudible, pero con cada bsbsbsbs mío, el grito de desesperación de mi interlocutor de cuatro patas creció. Y, de pronto, apareció. De entre lo que parecían miles de cajas de cartón, apareció una pequeña cabecita blanca con unos ojos enormes, azules como el mar. Seguidos por un cuerpo moteado de manchas grises, dos patas delanteras blancas, como botas que le cabían a la perfección, y dos patas traseras negras. Jamás había visto una criatura tan extraordinaria. Un gato… perdón, una gata, con un vestido tan insólito. 

—¿Estás aquí sola?— La miré con compasión y ternura. ¿Quién habría abandonado a tal criatura? Sorprendentemente, se acercó a mí y se restregó, temblando, contra mis piernas, como si me recordara de otra vida. No se apartó ni se asustó cuando me agaché a recogerla. Decidí llamarla Maisha, que significa vida en suajili. Porque, desde ese momento, mi corazón empezó a latir de nuevo, empezó a inflarse y a palpitar. El amor volvió a correr por mis venas cuando esa criatura inofensiva me miró por primera vez y su pequeña y áspera lengua lamió con ternura mi mano. Ella me devolvió la vida. Ella me salvó. Aquella noche no necesité los somníferos. Tras llevarla al veterinario y asegurarme de que estaba sana, llegar a casa, darle de comer y lavarla, ver una película juntos, nos dormimos hasta la siguiente mañana, cuando un tímido maúllo me despertó para avisarme de que alguien requería su desayuno. 

Mi nueva vida había comenzado. Mi nueva compañera de apartamento había decidido que quería quedarse conmigo. 

Han pasado tres años desde aquel encuentro fortuito. No sé si ella me eligió a mí, o yo a ella, o fue uno de esos momentos de sincronía de los que tanto había oído hablar, pero aquel momento me trajo un amor que jamás supe existía. Un amor absolutamente desinteresado en el que, con estar presente, compartir mi cariño y preocuparme, siendo yo mismo, sin necesidad de fingir, es reciprocado. 


De la calle a un hogar

“¡Ven aquí, Quijote!” Es la voz de ‘mi’ Eider, utiliza ese tono cuando vamos a salir a pasear. Le conocí hace un par de estaciones. Recuerdo que los días empezaban a extenderse y no hacía tanto frío en mi jaula. Ahora es la estación cuando las noches son más largas y el aire más frígido. La sustancia blanca que me produce frío en las patas cubre las aceras y la superficie en los parques.  Los humanos adornan sus casas con luces brillantes, tanto por fuera como por dentro. 

Llevo meses sintiendo que los humanos están más nerviosos y estresados, incluido ‘mi’ Eider. Cuando siento que sus niveles de cortisol aumentan, me acerco a él, pongo mi hocico sobre su regazo e, instintivamente, pasa su mano sobre mi cabeza y sus niveles se estabilizan. No falla nunca. 

Estoy divagando. Lo dicho, nos conocimos en esa estación anterior a la que es muy cálida y agradable, previamente había vivido en una jaula donde me cuidaban relativamente bien. Tenía de comer, se aseguraban de que me mantenía sano, y tenía otros compañeros —que iban y venían— con los que podía charlar. Creo que ése había sido mi hogar durante cuatro o cinco estaciones. Allí es donde viví durante la última época de decoraciones. Los humanos que nos cuidaban en esa época disfrutaban engalanando el lugar. Nos traían algunas golosinas especiales y nos hacían compañía con más frecuencia. 

Aún así, podía resultar desolador, aunque reconozco que era mejor que vivir en las calles, que era donde había pasado la época de decoración anterior a la que viví en la jaula. La calle no es lugar para vivir. Conocí algunos humanos con los que me encariñé que acababan desapareciendo. Algunos estaban enfermos (me lo decía mi olfato). Algunos me daban de comer y pasaba la noche con ellos, compartíamos así el calor en las noches más frías. Durante el día hacía mis rondas por la ciudad, buscando algo de comer y algún compañero con el que comunicarme. Añoraba la compañía de otros perros. Mi vida no había sido siempre tan desesperanzadora. Recuerdo que hubo un período en el que había compartido un hogar con otro compañero y con humanos. Un día desaparecieron y unas personas con una energía indeseable vinieron a buscarnos. Me asusté y escapé corriendo. No era más que un cachorro entonces, aunque parece que hace de ello miles de estaciones, aunque dudo que fuese tanto. 

Como iba diciendo, después de vivir en las calles y mientras vivía en la jaula, hubo una temporada en la que venían muchos humanos a vernos. Ocurría a diario y con frecuencia. Mis compañeros más jóvenes desaparecían primero. Yo procuraba hablar con los humanos… sonreía, saltaba y daba vueltas en mi espacio, procurando llamar la atención y comunicarme con ellos. No muchos me prestaron atención, hasta que llegó Eider. Era una persona nostálgica, triste. Cuando le conocí tenía un vacío dentro que le consumía. Soledad y pérdida. Sí, podía intuir que había perdido a alguien que le importaba. Conocía muy bien ese sentimiento. Cuando puso su mano en las rejas, me acerqué cuidadoso y lamí sus dedos. Sonrió y, desde entonces, hemos sido inseparables. 

Nunca antes había conocido un amor como éste. Un amor en el que sólo quería hacerle sentir bien y ayudarle a rellenar ese vacío. Desde que le conocí me he percatado de que su espíritu taciturno ha ido disminuyendo con cada crepúsculo que transcurre. Su personalidad alegre brilla con un poco más de luz con cada alba nuevo. 

Esta estación con los ornamentos es la mejor que recuerdo. Tal vez estén ocurriendo hechos en el mundo humano que no entiendo, pero sea lo que sea, ha sido la causa por la que ‘mi’ Eider y yo nos hemos encontrado y hemos aprendido a sanar y a comenzar a sentirnos completos. 


8 de enero, 2021

Me toca dejarte

Te miro y siento por ti un amor increíble. Has sido todo lo que una criatura como yo hubiese podido pedir de alguien que le cuidó. En cuanto te vi aquel día a través del cristal de mi prisión supe que eras tú. Tú serías la persona que se ocuparía de mí. Así que intenté llamar tu atención. Salté, grité, di vueltas por mi celda y cuando me paré para ver si mis acrobacias habían surtido efecto, supe enseguida por tu mirada que había cautivado tu corazón. Eras mía.
De pronto estaba en tus brazos, y desde ese momento hemos sido inseparables. Es cierto que a veces me sentía algo atosigada, pero no puedo negar que la atención me gustaba. Y mucho.

Recuerdo nuestro primer paseo, nuestras salidas a los bosques para ir de caminata. Sé que no podías ir sin mí. Yo era tu compás y dirigía el camino con orgullo, siempre delante para que no te perdieras.
Recuerdo cuando me llevabas de viaje allí adonde tú fueras. La primera vez que subí a un avión fue una experiencia de los más irreal. Te notaba nerviosa, supongo que no sabías si me pondría a ladrar de la excitación, el miedo o ambas. También creo que pensabas que utilizaría mi cama como retrete, pues me pusiste algo muy raro alrededor de mis partes privadas. No te lo reprocho, ¿pero no había otra manera?

Lo siento por aquella vez que te preocupé tanto cuando me comí las barras de avena con chocolate oscuro. Me puse malísima. Me hinché como un globo y me llevaste con urgencia y hecha una bola de nervios al lugar ese donde íbamos alguna vez y me pinchaban, observaban, o me daban algo que me hacía dormir. No me gustaba mucho ese sitio, aunque siempre me trataron bien. También lo siento por todas las veces que no podía evitar sino escapar de casa por la puerta trasera para aventurarme al mundo exterior. Descubrir por mí misma y sin tu tutela lo que se ocultaba en el mundo fuera del hogar. Sé que te preocupabas inmensamente cuando desaparecía así, aunque siempre regresaba, sobre todo cuando oía mi bolsa de la comida llamándome. ¡No se te escapaba una! ¡Qué aventuras! Recuerdo cada vez que tenías el corazón roto por alguna razón u otra. Entendí que se debía a que el humano con un olor específico había dejado de aparecer por casa. Nunca entendí por qué dejaban de venir ciertos humanos. Yo jamás te hubiese abandonado… excepto ahora que no tengo otra opción. Sé que me lo perdonarás. En esos momentos me acercaba a ti y me acurrucaba junto a tus piernas, me echaba en tu regazo e intentaba lamer las lágrimas que corrían por tus mejillas. Entonces me abrazabas y me sentía tan afortunada de tenerte a mi lado, que mi corazón se aprieta en mi interior sabiendo que no sé quién te cuidará de aquí en adelante.

Tú sabes que ha llegado el momento. Después de 15 años juntas, mi cuerpo ya no puede más. Hace seis meses descubrieron la razón por la que tenía sangre en la orina, o eso creo, pues después de aquella visita al lugar ese con olor a muchos animales, empezaste a darme unas pastillas con la comida. Me hacían sentir algo mejor, pero tanto tú como yo sabíamos que eso sólo aplazaba ligeramente lo inevitable.
Como sé que la muerte está pisándome los talones, me acerco a ti todo lo que puedo. Me recibes con lágrimas en los ojos, conociendo la razón de mi necesidad de tenerte cerca. No sólo por mí, sino también por ti. Sé que te va a doler, sé que vas a sufrir y posiblemente te prometas no adoptar a otra criatura como yo. Pero yo sé que eres fuerte. Sé que lo superarás y que recordarás todas las aventuras que hemos pasado juntas y tu corazón se llenará de amor y de luz. Sé que querrás repetir la experiencia con un perro nuevo.

Ahora voy a posar mi cabeza aquí sobre tu regazo… Me entra un cansancio abismal… Me pesan los párpados…

15 de octubre, 2019

Las cenizas

Así que a esto se reduce tu existencia. O tal vez sean nuestros recuerdos que acaban de esta manera, en una bolsa que pesa unos cuantos gramos. Hace dos semanas te tenía en mi regazo, ronroneando tranquilamente. Acariciaba tu cabecita y, es cierto, estabas más delgado, más débil y tus días parecían cada vez más pesados. Empero te veía vital y con ánimos. 
Hasta que de pronto tu cuerpo ya no pudo más… y me dejaste. Ahora, lo único que me queda de ti es una cajita con una bolsita que posee tus restos. El polvo de lo que fuiste. Eso, y el vacío que dejó tu ausencia. Tu lugar favorito en el sofá o en el suelo junto a la puerta del balcón no son sino lugares del apartamento.

Te extraño, amigo mío, aunque mantengo con cariño el lazo que nos unió durante todos esos años. Todas nuestras experiencias juntos y todo lo que viviste conmigo: mi primer marido, mis subsecuentes parejas, todas las mudanzas que tanto te estresaban, incluyendo de una provincia a otra, las visitas al veterinario, el susto que me diste cuando unos años antes casi mueres. Eras una criatura resistente… hasta que dejaste de serlo. 

Gracias por haberme elegido para cuidarte. Te quise, te quiero, te querré.


14 de octubre, 2019

Goodbye, my friend.

Death. The silent partner of life. That which only comes out to play when all your cards have been dealt and you have no more moves left, not even a trick up your sleeve. That’s death. Always sneaking up on everyone, neither out of spite nor maliciously. That’s just who she is; and she has a very hard time being accepted or feeling welcome. We fear her so much that we try all sorts of maneuvers to avoid her; because we know that once you go out to play with her, you never come back. You don’t return to explain what kind of friend she is, or the type of games you played together. You don’t come back to tell us if there were others to play with; whether the game room was dark or a paradise of beautiful sites. And because we don’t know, we don’t want you to go with her. It scares us; and it saddens us not knowing if we’ll ever see you again. When it comes to death, all we know is that she will always come to play with each and everyone of us at some point. That’s the moment when life decides we’ve played long enough with her and proceeds to introduce us to her partner.

When death came to play with you, my friend, I wasn’t even aware life had made that introduction. I stumbled onto that knowledge as a drunk stumbles into the night after one too many drinks.
I thought you were still happily playing with life and enjoying many of her wonderful gifts.
What a slap in the face!
What a sudden notion!

That’s death for you. She takes your hand and drags you away to have you all to herself; even if you haven’t said all your goodbyes, even when you haven’t had a chance to talk to some friends in years.
She just doesn’t care. She has a schedule to follow and many souls to play with.

The suddenness of it all; of finding out you had changed playmates… it made my heart shrink and ache. It made my mind drown in the memories I kept of you.

As I write this, I hope that your new surroundings include a massive movie screen with your favorite movies. I hope your new playground allows you to share your anecdotes, great stories and jokes.
I hope that when we meet again, you can keep your promise to go watch a good movie for once.

Rest in Peace, my friend. Thank you for the memories and for your friendship. You’ll always have a place in my heart!


Adiós, amigo mío.

La muerte. La socia silenciosa de la vida. Aquélla que sólo sale a jugar cuando ya no te quedan más partidas, ni tan siquiera un truco de ases en la manga. Ésa es la muerte. Siempre acercándose a cada cual furtivamente, sin rencor ni maldad. Simplemente es como es; y le cuesta ser aceptada o sentirse bienvenida. La tememos tanto que intentamos todo tipo de maniobras para evitarla; porque sabemos que una vez que sales a jugar con ella, nunca regresarás. No vuelves para explicar qué tipo de amiga es, o qué juegos jugaron juntos. No vuelves para informarnos si habían otros con los que jugaste; si la habitación de juego era oscura o un paraíso de paisajes maravillosos. Y, al no saber, no queremos que te vayas con ella. Nos asusta; y nos entristece no saber si volveremos a verte. Cuando se trata de la muerte, lo único que sabemos con certeza es que siempre vendrá a jugar con todos y cada uno de nosotros en algún momento: cuando la vida decide que hemos jugado suficiente tiempo con ella y pasa a presentarnos a su socia.

Cuando la muerte vino a jugar contigo, amigo mío, ni siquiera era consciente de que la vida ya te la había presentado. Tropecé con ese conocimiento cual borracho tropieza en la noche tras una bebida de más.
Pensé que seguías jugando con la vida y disfrutando de todos sus maravillosos gestos.
¡Menudo bofetón!
¡Menuda noción repentina!

Esa es la muerte. Te coje de la mano y te lleva consigo para tenerte para sí misma; aún si no te has despedido de todos, aún si ni siquiera has tenido la oportunidad de hablar con algunos amigos en años.
A ella eso le es indiferente. Tiene un horario que seguir y muchas almas con las que jugar.

La brusquedad del asunto; de enterarme que cambiaste de amiga de juego… mi corazón se encoge y se acongoja. Mi mente se preña de las memorias que mantengo contigo.

Según escribo esto, espero que tus nuevos alrededores consten de una gigantesca pantalla de cine donde puedas ver tus películas favoritas. Espero que tu nueva zona de juego te permita compartir tus anécdotas, tus historias fantásticas y tus bromas.
Espero que cuando nos veamos de nuevo, puedas mantener tu promesa de ver una buena película por una vez.

Descansa en paz, amigo mío. Gracias por las memorias y por tu amistad. ¡Siempre tendrás un lugar en mi corazón!


8 de septiembre, 2019

Sin nombre

Este cuento – o relato – lo encontré mientras buscaba cosas de mi juventud que añadir a este blog. Me parece que tiene potencial, pero parece que no logré escribir mucho y lo dejé sin terminar. Así que aquí lo voy poniendo y tal vez a los lectores se les ocurran ideas para seguirlo. Tal vez podamos hacer de éste, un relato de colaboración. Me encantará oir ideas y sugerencias. Yo, por mi parte, intentaré añadir algo para seguir el relato y no dejarlo así, sin un medio ni un final.
Lo he editado desde el original, para mejorarlo (o eso creo que he hecho).

Allí estaba sentado. Apartado del resto, ojeaba en silencio y con cautela las destrozadas páginas de un periódico de agosto.
Corrían lágrimas por su rostro. ¿Le extrañaba, quizás? Sin duda, algo sentía. Su corazón palpitaba con fuerza cada vez que su mirada caía sobre esa página.
La foto, el reportaje. Todo le decía que el morbo se hallaba presente, que quien lo había escrito lo había hecho con el subjetivismo propio de ese tipo de artículos. Tal vez no. Probablemente su imaginación le jugaba una mala pasada.
No podía dejar de pensarlo. Al fin y al cabo, se sentía culpable y reinaba en su interior un profundo sentimiento de frustración y desasosiego. ¿Por qué? Él no era responsable de lo ocurrido.
Volvió a mirarlo. El título. Le volvía a decir que el artículo era lúgubre, funesto, sombrío y cargado de mucho desagrado que despertaba un sentimiento de hostilidad en su persona.
Lo pensaba de nuevo; no podía ser cierto. Al observar nuevamente la foto se percató que sus ojos se humedecían cada vez más y las lágrimas corrían rápidamente por sus mejillas. Acariciaba la foto, a su hijo. Yacía en la acera. Muerto.
“¿Cómo? ¿Por qué él?” Se preguntaba incesablemente.
“Si no hubiésemos discutido, entonces él…” Decía murmurando, con la voz entrecortada y apenas audible.
“Quizás haya sido un error traerte aquí. Pensé que te animaría estar entre amigos y socializar con nuevos contactos.” Le echó una mirada de soslayo al periódico que apretaba su amigo entre las manos.”Pero veo que eres incapaz de despojarte de ese viejo periódico sucio”. Concluyó resignado y con algo de resentimiento.
“Yo…” sollozó. Parecía un niño inmaduro y frustrado. No sabía ni siquiera dónde estaba o cómo había llegado allí. Permanecía demasiado ensimismado como para tratar de hablar.
“Vamos, Jose” le dijo Marco, su mejor amigo. Le había apoyado desde el principio, desde que hacía casi dos meses le habían notificado de la muerte prematura y presuntamente accidental de su hijo.
“Sí… creo que sea lo mejor. Yo… lo… siento” Se disculpó taciturno.
Volvió a su taller en el centro de la ciudad. Pensó que posiblemente podría olvidar si se daba la oportunidad. Nublar su mente con proyectos futuros. Dejar el pasado en manos de lo inevitable y proseguir con su vida, aún siendo consciente que el vacío que le había dejado la pérdida de su hijo no se llenaría jamás.
Sin embargo, había algo que le daba vueltas en un recóndito lugar de la mente. Era un malestar, un sentimiento que iba más allá de su pérdida. Algo en su mente le convencía de que aquella maldita noche no transcurrió como lo relataba el dichoso artículo. No cuadraba del todo.
Esos pensamientos le llevaron a la última discusión que mantuvo con su hijo, la cual transcurrió, precisamente, la noche de su muerte.

La más fiel compañera de la vida

Recuerdo la primera vez que la conocí, esa extraña sin rostro, apática y cruel. Cruel porque era egoísta y se llevó lo que una vez era parte de mi vida. Cruel porque, aunque no la invitaba, seguiría apareciendo por mi vida para arrebatarme a quienes más quería. Cruel porque, algún día, el suyo sería el último semblante que vería.
Debía tener no más de cinco años y, aunque de eso hace ya mucho tiempo, no lo he olvidado; como si estuviera grabado en una cinta oculta en algún recóndito rincón de mi memoria y, sin problemas, rebobino cuando quiero y revivo cada detalle como si fuera la primera vez.
Me acerqué lentamente a mi padre, lágrimas furtivas recorriendo mis mejillas. Escapaban con rapidez, empañando mi vista, desdibujando su figura. Allí estaba, observándome con cautela, sentado en su sillón favorito. Sus gafas reposaban firmemente sobre su aguda nariz, tras cuyas lentes sus ojos oscuros me examinaban con interés y cariño.  El periódico que había estado leyendo hasta entonces descansaba sobre sus piernas, una cruzada sobre la otra.
Estirado en mis manos se encontraba el cuerpo inanimado de mi pequeña mascota, un ratoncito blanco que había encontrado un día mientras jugaba en el jardín, y que mis padres no habían podido negarme mantener al ver en mis ojos la ilusión de cuidar un ser más débil que yo mismo.

-¿Qué te pasa, Daniel? ¿Qué es lo que llevas en las manos?- Preguntó interesado y preocupado.
Me acerqué hacia él y, sin palabras, le mostré la pequeña criatura que yacía sobre mis manos.
Mi padre se quitó las gafas, colocándolas sobre la mesilla junto al sillón. Cogió el periódico, lo dobló y lo situó junto a las gafas. Observó con cautela al pequeño roedor, y con su mano derecha, me invitó a sentarme sobre sus rodillas.
Yo sollozaba, incapaz de pronunciar una sola palabra. Me miró con ternura y, sin decir nada, me sostuvo en su regazo hasta que las lágrimas iban desapareciendo y el sollozo no era sino un gemido. Mis párpados se sentían pesados y, aunque no quería dejar de observar a mi animalito con la vaga esperanza de que abriría sus pequeños párpados para empezar a mover sus patitas delanteras con el mismo énfasis de cada día, la energía consumida en mis llantos se había convertido en sueño… y el sueño en una oscuridad pasajera que no me traería nuevas aventuras.
Cuando desperté, mi padre estaba sentado junto a mí. Me había llevado a mi cama y había esperado pacientemente a que abriera nuevamente los ojos.
En una pequeña cajita en mi mesilla había colocado a Momo, mi mascota. Descansaba apaciblemente sobre un pequeño trapo verde. Junto a la cajita había una pequeña nota, aunque no sabía lo que en ella había escrito.
-Ven, Daniel, vamos a decirle adiós a tu amiguito-.

Entendí entonces que no volvería a abrir sus ojitos brillantes, que no volvería a jugar con la rueda que había colocado en su jaula, que no volvería a masticar su comida y, entonces, reanudé mi llanto.
Recogió con delicadeza la cajita y la pequeña nota y me esperó junto al marco de la puerta. Cuando llegué a su lado, extendió su brazo y abrió la palma de su mano, invitando la mía a unirse con la suya.
Me guió hasta el jardín, junto a un pequeño agujero que, según mi memoria, no había existido unas horas antes. Mi padre lo había excavado con el propósito de enterrar a la pequeña criatura que descansaba pacíficamente sobre su pequeño trapo. Tan delicado, tan inmóvil. Me resultaba increíble pensar que, la noche anterior, había corrido en su jaula y comido su trocito de queso. Le había dado el que sería su último beso en su peluda y suave cabecita. ¡Qué abstracto era ese sentimiento desconocido! Sentía un hueco en mi interior… parecía provenir del lado izquierdo de mi pecho. Mi corazón palpitaba con rapidez y no entendía por qué. Nunca había sentido un vacío como aquél, que se apoderaba de mi sano juicio y me llenaba la mente con memorias de mi difunto amiguito. Recordaba sus ojitos brillantes y su júbilo (o lo que yo interpretaba como tal) cuando le daba su comida. Recordaba el día que lo encontré, huyendo del gato, su corazón palpitando con rapidez, un pequeño bulto que chocaba incesantemente contra mis dedos infantiles.
Ahora lo miraba y parecía otra criatura… no podía ser Momo. Momo reaparecería en un segundo, con sus juegos y los gemidos típicos de un roedor.
Perdido en mis pensamientos, mis sollozos y el dolor que se intensificaba con cada lágrima, oí las palabras de mi padre como si me hablara a través de una radio; lejano e irreal.
-Daniel, ¿me oyes?- Dijo con delicadeza y paciencia.
Asentí lentamente, como si unas manos invisibles moviesen mi cabeza con precisión y cordura.
-¿Estás preparado para despedirte?-
-S… s… sí, papá… creo que sí- Aunque no sabía muy bien lo que quería decir o cómo me iba a despedir.
Mi padre sacó de su bolsillo la nota que había estado sentada junto a la cajita. Estaba arrugada y parecía que había algo escrito en ella; aunque no le presté mucha atención porque miraba al suelo, a la punta de mis pies, esperando que, cuando volviera a subir la cabeza, Momo estaría nuevamente vivo.

Más de veinte años y numerosos encuentros con esa maldita hermana de la vida han pasado desde aquel día. Hoy no es por mi primera mascota que corren las lágrimas, sino es el tuyo, papá, el ataúd que la tierra se va tragando cautelosamente, enterrando eternamente tu cuerpo.
Mi mano derecha, hundida en la profundidad del bolsillo, aprieta en su puño aquella nota que hace tanto tiempo escribiste para Momo (¿o era para mí?) con tanto cariño y elocuencia.
Mi mente se preña de memorias enternecedoras, e incluso violentas. Nuestras discusiones cuando no era más que un adolescente y soñaba con poseer la luna y comerme el mundo. No más que un muchacho que no distinguía su culo de su cara. Un sabelotodo, como me solía llamar Emma, ¿recuerdas? Emma que ahora llora a mi lado; sus ojos rojos e hinchados, su rostro húmedo cubierto por su llanto. Esa hermana que tanto soportó durante nuestra adolescencia, que me llamó de todo, desde mocoso a come mierda… a fiel amigo. Ella, que me enseñó a ser mejor persona y que, como tú, me pulió para convertirme en el hombre que soy hoy. Y ahora está a mi lado, y ni mis abrazos ni mis caricias pueden disolver ese dolor que la abruma.  ¡Qué impotente me siento! Pero no me avergüenza llorar y que otros descubran las lágrimas que se arrastran por mis mejillas. Tú me enseñaste que un hombre no se avergüenza jamás de sus sentimientos. ¡Cómo te odio! ¡¿Cómo te atreves a dejarnos así?! Siento como si una mano invisible me desgarrara las entrañas y el nudo que sentí aquel día que mi pequeño roedor dejó de ser… ese nudo es ahora más profundo, más insoportable. Apenas puedo respirar, apenas puedo pensar sin volverme loco. Siento como si una parte de mi se hubiese evaporado el mismo momento que me comunicaron que, que.. en fin, que nos dejaste y, en su lugar, no hay sino un vacuo mundo de incertidumbre.
¿Cómo sigue girando el mundo después de esto? Sé que lo hace… la muerte captura a pobres almas inesperadas (a veces incluso aquellas que la ven venir) y, aún así, el mundo sigue girando, el sol sigue brillando, las nubes siguen volando libres y ágiles en el firmamento… todo continúa como si, seamos sinceros, no importara.
Sin embargo… yo, Emma, mamá… seguiremos con el vacío y nuestras vidas nunca serán las mismas porque tú ya no estás.
¿Pero sabes qué? Me consuela el saber que, por haberte tenido en mi vida, ésta ha sido mejor. Mi tristeza fue la tuya, mi regocijo el tuyo, mis incertidumbres morían con tus palabras y tus consejos e, incluso, mis dudas se veían resueltas siempre que, sentado en tu sillón favorito, estabas dispuesto a escucharme. Nunca decías nada, me dejabas deducirlo a mi manera y llegar a mis propias conclusiones, aún cuando sabías que me estamparía… Ésa era tu magia, confiabas lo suficientemente en mí como para saber que volvería a levantarme y, con la cabeza erguida y la mirada fija hacia delante, tomaría la decisión correcta… a lo largo. ¡Cómo te añoro!

Hoy, papá, no te voy a decir adiós, porque, no te has ido. Siempre estarás conmigo, en mi corazón. Tu voz me guiará en mi subconsciente y me animará cuando todo parezca un vasto prado cubierto por un sólido manto de desesperación, temor y oscuridad.
Tú serás mi estrella polar y nuestras memorias juntos (las buenas y las malas) seguirán conmigo hasta que mi mente me traicione.
Hoy, papá, te quiero devolver aquel primer sentimiento de paz que conocí cuando leíste aquella nota para Momo.
Hoy papá, te doy las gracias.
Porque no celebramos la despedida de un ser querido, sino las memorias que nos dejaron compartir con ellos.

“Sé que no volveré a verte y no sé qué sentir.
Sé que lo que siento ahora es tristeza, pesar y un tremendo dolor.
Ya no estás
Te has ido
Me has dejado solo
y todo carece de sentido
No siento mis manos,
ni mis pies sobre el suelo.
Una distancia infinita
se abre entre mi cabeza y la Tierra
Me siento nauseabundo
y, asimismo, abatido y abandonado.
¿Por qué te has ido?
No estaba preparado, no ha habido despedida
Todo acaba con este vacío
que me traga sin piedad.
Paro un momento
y recapacito
Estoy equivocado,
No todo está perdido…
Me queda el recuerdo
alimentado por las memorias
y los momentos juntos vividos.
Espera que pienso y miro
hacia un pasado preñado
de imágenes que ambos compartimos.
Espera que indago y encuentro
tus ojos cariñosos y un sentimiento divino
Porque el amor no tiene fronteras
y aunque no disfrute de tu presencia
el lazo que nos unió
seguirá siempre vivo.”

Según pronuncio las últimas palabras, siento cómo una lágrima se lanza al infinito desde el lado derecho de mi rostro. El papelito tiembla en mis manos. Nadie más que tú y yo conocemos su origen y lo que en él realmente está escrito y por qué. No quise robar todas tus palabras y, he de admitir, tuve que editarlo un poco para que se acogiera más a ti, y no al pequeño roedor que, en otra vida, fue mi mejor amigo.
¡Cómo te echo de menos! Aún me resulta inverosímil que no pueda darte otro abrazo, o ir contigo a una cafetería y hablar de política, deportes o mujeres.
¡Dios, papá… ¿por qué?!

Han pasado ya varios meses desde tu entierro y, aunque sigo añorándote, sé que la vida sigue y así te hubiera gustado verme: dispuesto a continuar, a seguir adelante pese al dolor y a tu ausencia.
Cuando la nostalgia me invade decido volver a las fotos que congelaron en el tiempo nuestros momentos juntos. Pero ya apenas lloro. Al contrario, una sonrisa nace en mi semblante, pues recuerdo todas las memorias que me unen a ti y me recuerdan que, mientras yo siga adelante, tú nunca dejarás de existir.

-Papá… te quiero- susurro mientras vuelvo a guardar nuestras fotos.


Esta historia está dedicada a todos aquellos que han perdido a un ser querido.

Noviembre 2010