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Entre dos mundos

Semana tras semana, e incluso meses, Gabriela se embarcó en la búsqueda de su primer apartamento. Cada noche, se retiraba con una sonrisa en el rostro, convencida de que finalmente había descubierto el lugar ideal: con vistas al mar, espacio para sus mascotas y para sí misma, y, sobre todo, un refugio donde podía ser verdaderamente ella misma.

Había ocurrido un día en el que realmente no tenía planeada ninguna visita para explorar un piso más, pero su agente inmobiliario la había llamado con un listado de última hora que sabía le interesaría. 

—Es fenomenal. Sé que te vas a quedar con la boca abierta. Está un poco por encima de tu presupuesto, pero creo que vale la pena… Lo acaban de publicar, y no quiero que te lo pierdas.—

Bueno, había pensado ella. No tenía otros planes y había terminado todo el trabajo que tenía pendiente. Con optimismo y gratitud, se encaminó a su cita inesperada con el agente. 

La primera noche en su piso nuevo —sin decorar y sin tan siquiera tenía una cama hecha y derecha, sino un simple colchón que su madre le había proporcionado— había abierto la puerta del balcón para sentir la brisa recorrer su nuevo espacio y escuchar el canto de las olas según acariciaban con delicadeza la orilla. La luna vigilaba atenta como un centinela que debe llevar la guardia, redonda y brillante como una moneda de plata. 

Fue durante esa primera noche que escuchó un susurro extraño que la atemorizó ligeramente. Películas de terror recorrían con furor su mente para encender su imaginación que recorría caminos posibles e imposibles. 

“Cálmate,” pensó, “seguramente es uno de los bichos haciendo de las suyas.” Pero al mirar a su alrededor, descubrió que todos dormían en su cercanía. No, no eran ellos. 

“El viento, tal vez…” Se dijo, esta vez menos segura de sus palabras. 

—¿Cómo te llamas?— Oyó, como si alguien le hablase del otro lado de la pared. Se sentó en la cama, de repente sin sueño alguno. Primero creyó haberlo imaginado. O tal vez… ¿algún vecino? Pero era imposible. Su agente le había asegurado que las paredes eran gruesas y, aparte, ese lado daba a la calle. 

Pensó en gritar, pero recapacitó y decidió que gritar nunca le había ayudado a ninguna heroína en esas películas de miedo que tanto disfrutaba viendo. 

—¿Quién eres?— Preguntó, la voz le temblaba más de lo que hubiese querido. Decidió que posiblemente estaría soñando, así que le seguiría el juego a esa voz misteriosa.

—¿Me oyes? ¿De verdad me oyes?— La voz parecía alegre y, de cierta manera, inofensiva. Parecía pertenecerle a alguien sosegado.

Gabriela entabló una conversación que se extendió hasta el alba con su desconocido de la pared, que parecía llamarse Isma. Hablaron hasta que los rayos del sol bañaban la superficie del salón, donde había dejado las persianas abiertas. Había sido la mejor noche que había pasado con alguien del sexo opuesto sin estar con él.

Fue la primera noche de muchas, aunque no siempre tan largas. Isma le explicó que, de alguna manera, se había quedado atrapado en ese apartamento, que le había pertenecido a su hermano. Una noche, durante una cena entre amigos en dicho apartamento, un fuego accidental había cobrado su vida. Por suerte, los demás habían escapado. Su hermano, deshecho, había decidido vender el lugar tras renovarlo completamente. Gabi había llorado durante el relato, lágrimas silenciosas que recorrían sus mejillas y humedecían su almohada. 

—Lo siento.— Había dicho con palabras prácticamente inaudibles y que Isma había capturado, así como el sonido que sus lágrimas hacían al caer en la almohada. Gabi sintió cómo una mano invisible le secaba las lágrimas y acariciaba su rostro con ternura. —¿Cómo… ? ¡Te he sentido!— Exclamó sorprendida. 

La manó se apartó precipitadamente, con temor. 

—Lo siento… no era mi intención… no pensé que… No quise incomodarte… Perdona.—

—No lo has hecho… de lo contrario. Simplemente no pensé que fuera posible. Lo cierto es que… bueno… me ha agradado. Por favor, vuelve a hacerlo…— Y sintió su mano nuevamente, dulcemente trazando su mandíbula, sus mejillas, sus labios… donde pausó… ella sintió el aliento de su compañero invisible, y por un segundo percibió una luz ligera, y una leve electricidad recorrió su cuerpo cuando sus labios se unieron en un beso etéreo que les unió en un amor infinito. 

Gabriela descubrió, sin asombro, que estaba enamorada del espíritu que albergaba su apartamento. 


Historia de una noche

Era una noche oscura, acompañada de una lluvia fuerte e incesante. Por los callejones desolados se deslizaba una figura furtiva. Vestía una gabardina tan lúgubre como la misma noche. Por su expresión se infería que su propósito era más que dudoso.
Encontró protección de la lluvia en un portal. Sacó un papel del bolsillo derecho, arrugado y amarillento. Lo desenvolvió y miró el nombre epiceno escrito en el mismo.
Volvió a meter el papel en el bolsillo correspondiente, se preparó para entregarse nuevamente a la lluvia que seguía castigando a todo aquel que se hallara a su alcance. Caminaba con ímpetu hacia su destino. Ya faltaba poco.
Mientras sentía la lluvia azotar sus hombros, imaginaba con tranquilidad el momento en que extirparía el problema en cuestión. Según se iba adentrando aún más en la noche, sentía presciencia de cómo acabaría todo.
Su plan comenzaba a tomar forma en su mente. Una sonrisa maligna se dibujó en su semblante. Se felicitaba a sí mismo por crear un escenario aparentemente inocuo.
Era una noche ominosa. Nubarrones preñados de agua que no dejaban de escupir sobre tanto lo animado como inanimado. La luna llena y amarillenta se dejaba ver tímidamente cuando las nubes se desplazaban brevemente.
“Mi tipo de noche.” Pensó satisfecho.
La incidencia de lo que le traía a ese rincón de la ciudad esa noche venía cocinándose desde años atrás.
Ya estaba cerca. Un pensamiento salaz atravesó su mente. La lujuria por el crimen que acechaba se preñaba en sus entrañas.
Su pasado no le atormentaba jamás. No sentía contrición por ninguno de sus actos. De hecho, fantaseaba con el momento que le había llevado a aventurarse a una noche como aquélla.
No era una persona irascible. Lo que hacía, lo hacía con gusto y calma.
Estaba iracundo por tener que aplazar sus planes anteriores para ocuparse del asunto que le traía a este momento.
“El imbécil ése me había soltado una letanía de sandeces para evitar la misión que me trae a este momento.” Pensó.
Había platicado del asunto con un individuo menudo y enjuto, con quien había trabajado en el pasado. Aquél tampoco había quedado impresionado con las palabras del imbécil.
Entendía que el problema del imbécil era simple: se creía un émulo digno. No lo era. Ni lo más remotamente.
Nuestro protagonista, que ya entraba por la puerta de su destino, no era un caballero. Era, sin más, un pérfido. Un personaje sin escrúpulos y, podría decirse, sin conciencia.
Su alma era un espacio vericueto donde no había lugar para la compasión.
Mientras se adentraba en la oscuridad del almacén abandonado al que por fin había llegado, intentó afinar el oído a cualquier sonido fuera de lugar. La gabardina goteaba con cada movimiento, dejando una pista de su presencia sobre el suelo polvoriento. El eco de sus pasos resonaba en el lugar.
No sentía oprobio alguno por lo que se sentía justificado a hacer esa noche.
La insidia era inminente. El peligro latía en la noche.
“Veo que te decidiste por venir.” Dijo con voz meliflua el extraño de la gabardina.
Entre las sombras se distinguía una silueta. La luz de la luna llena que entraba conspicua por la ventana, descansaba sobre el suelo.
El otro salió de entre las sombras. Lo miró con desdén mientras tiraba el cigarrillo al suelo con el dedo índice y el pulgar.
El hombre de la gabardina miró al otro de soslayo. Era consciente de que sus intenciones era inicuas.
El tipo de las sombras quería denigrar al otro. Tocarle la fibra para hacerle explotar y tener la excusa perfecta para pegarle un tiro entre ceja y ceja con su Smith & Wesson.
Aunque sabía que lo más congruente era dejarlo estar y terminar el trato que le había llevado a ese rincón de la ciudad.
Sin duda, el asunto incipiente, y que los llevaba a ambos a reunirse bajo circunstancias tan sospechosas, era más importante que el desagrado que el hombre de entre las sombras sentía por el otro.
La luna ingente observaba en silencio el intercambio que transcurría entre nuestros misteriosos personajes. La tormenta había acabado y las nubes se habían disipado. Sólo la moneda de plata en el firmamento era testigo de los sucesos nocturnos.
El intercambio tuvo lugar sin incidents, a pesar del desagrado que sentían el uno hacia el otro.
“Al menos el imbécil ése se mordió la lengua y no hizo ningún comentario mordaz.” Se dijo el tipo de la gabardina según salía del almacén.
Toda este asunto era —o parecía— un ovillo de trampas inextricable. Aún así, se dirigía a su destino final con firmeza y determinación. Simplemente se trataba de intercalar sus misiones como si todas formaran parte de un todo común.
Tenía prisa. La iniquidad de su carácter era sin igual.
Se aflojó el cinturón de la gabardina. Tiró el sombrero que le cubría la cara. La luna había vuelto a esconderse tras las nubes que coquetas bailaban con el viento. Cuando se quitó el cinturón de la gabardina, lo arrojó en un callejón por el que pasaba y con fuerza arrancó la gabardina y la echó en el mismo rincón que el sombrero.
Solo el manto oscuro de la noche y algún gato callejero presenciaron la transformación.

En dirección de la luna volaba ahora una extraña criatura de camino a una misión indescriptible.

31 de octubre, 2019