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Entre dos mundos

Semana tras semana, e incluso meses, Gabriela se embarcó en la búsqueda de su primer apartamento. Cada noche, se retiraba con una sonrisa en el rostro, convencida de que finalmente había descubierto el lugar ideal: con vistas al mar, espacio para sus mascotas y para sí misma, y, sobre todo, un refugio donde podía ser verdaderamente ella misma.

Había ocurrido un día en el que realmente no tenía planeada ninguna visita para explorar un piso más, pero su agente inmobiliario la había llamado con un listado de última hora que sabía le interesaría. 

—Es fenomenal. Sé que te vas a quedar con la boca abierta. Está un poco por encima de tu presupuesto, pero creo que vale la pena… Lo acaban de publicar, y no quiero que te lo pierdas.—

Bueno, había pensado ella. No tenía otros planes y había terminado todo el trabajo que tenía pendiente. Con optimismo y gratitud, se encaminó a su cita inesperada con el agente. 

La primera noche en su piso nuevo —sin decorar y sin tan siquiera tenía una cama hecha y derecha, sino un simple colchón que su madre le había proporcionado— había abierto la puerta del balcón para sentir la brisa recorrer su nuevo espacio y escuchar el canto de las olas según acariciaban con delicadeza la orilla. La luna vigilaba atenta como un centinela que debe llevar la guardia, redonda y brillante como una moneda de plata. 

Fue durante esa primera noche que escuchó un susurro extraño que la atemorizó ligeramente. Películas de terror recorrían con furor su mente para encender su imaginación que recorría caminos posibles e imposibles. 

“Cálmate,” pensó, “seguramente es uno de los bichos haciendo de las suyas.” Pero al mirar a su alrededor, descubrió que todos dormían en su cercanía. No, no eran ellos. 

“El viento, tal vez…” Se dijo, esta vez menos segura de sus palabras. 

—¿Cómo te llamas?— Oyó, como si alguien le hablase del otro lado de la pared. Se sentó en la cama, de repente sin sueño alguno. Primero creyó haberlo imaginado. O tal vez… ¿algún vecino? Pero era imposible. Su agente le había asegurado que las paredes eran gruesas y, aparte, ese lado daba a la calle. 

Pensó en gritar, pero recapacitó y decidió que gritar nunca le había ayudado a ninguna heroína en esas películas de miedo que tanto disfrutaba viendo. 

—¿Quién eres?— Preguntó, la voz le temblaba más de lo que hubiese querido. Decidió que posiblemente estaría soñando, así que le seguiría el juego a esa voz misteriosa.

—¿Me oyes? ¿De verdad me oyes?— La voz parecía alegre y, de cierta manera, inofensiva. Parecía pertenecerle a alguien sosegado.

Gabriela entabló una conversación que se extendió hasta el alba con su desconocido de la pared, que parecía llamarse Isma. Hablaron hasta que los rayos del sol bañaban la superficie del salón, donde había dejado las persianas abiertas. Había sido la mejor noche que había pasado con alguien del sexo opuesto sin estar con él.

Fue la primera noche de muchas, aunque no siempre tan largas. Isma le explicó que, de alguna manera, se había quedado atrapado en ese apartamento, que le había pertenecido a su hermano. Una noche, durante una cena entre amigos en dicho apartamento, un fuego accidental había cobrado su vida. Por suerte, los demás habían escapado. Su hermano, deshecho, había decidido vender el lugar tras renovarlo completamente. Gabi había llorado durante el relato, lágrimas silenciosas que recorrían sus mejillas y humedecían su almohada. 

—Lo siento.— Había dicho con palabras prácticamente inaudibles y que Isma había capturado, así como el sonido que sus lágrimas hacían al caer en la almohada. Gabi sintió cómo una mano invisible le secaba las lágrimas y acariciaba su rostro con ternura. —¿Cómo… ? ¡Te he sentido!— Exclamó sorprendida. 

La manó se apartó precipitadamente, con temor. 

—Lo siento… no era mi intención… no pensé que… No quise incomodarte… Perdona.—

—No lo has hecho… de lo contrario. Simplemente no pensé que fuera posible. Lo cierto es que… bueno… me ha agradado. Por favor, vuelve a hacerlo…— Y sintió su mano nuevamente, dulcemente trazando su mandíbula, sus mejillas, sus labios… donde pausó… ella sintió el aliento de su compañero invisible, y por un segundo percibió una luz ligera, y una leve electricidad recorrió su cuerpo cuando sus labios se unieron en un beso etéreo que les unió en un amor infinito. 

Gabriela descubrió, sin asombro, que estaba enamorada del espíritu que albergaba su apartamento. 


Un amor inesperado

Cuando grité en silencio que estaba preparado para el amor, jamás pensé que el universo me mandaría tal ser para llenar mi corazón. 
No creas que lo vi de esa manera, ni siquiera se me pasó por la cabeza. Solo el tiempo decidiría que era amor, amor verdadero y amor como nunca había sentido antes. Mi corazón estaba lleno, tan lleno de luz y regocijo que… bueno, me estoy adelantando. Voy a empezar por el principio. 
Todo empezó con el final. Al llegar a casa había encontrado una nota en el recibidor junto a sus llaves del apartamento que habíamos compartido durante dos años juntos. 

No puedo más. No estoy feliz. 
Lo siento

Esas habían sido sus últimas palabras. Al intentar llamarla, el número estaba fuera de servicio. Si llamaba a alguno de sus amigos o a su hermana, solo me contestaban que lo dejara y pasara página. Así, como si nada. Como si no hubiésemos compartido sueños, momentos, estragos… y experiencias inolvidables durante más de cinco años. Debía olvidarme de todo ello como si no fuera más que el humo que se desprendió de esa maldita nota que quemé en el fregadero. Un amor esfumado como si nunca hubiese existido. Y tal vez nunca lo hizo. Tal vez lo imaginé. Tal vez lo viví como si hubiese estado encerrado en una burbuja, aislado de lo real y de un mundo que seguía existiendo, apático a mis sentimientos. 

Los próximos seis o siete meses fueron pésimos. Existía pero sin vivir. Era como si funcionara en modo auto-control. Mi mente estaba apagada y mi corazón arrugado como una pasa insípida. Mis amigos procuraban sacarme de mi letargo, bromeando y diciendo que la mejor manera de superarla era liándome con otra… sí, como si me apeteciera meterme en líos ahora. 

Empecé a evitar a todos, incluso ignoraba mi móvil cuando veía que era alguno de ellos. No tenía capacidad emocional más que para mi propio sufrimiento. Según escribo esto me doy cuenta de lo destructivo que era mi comportamiento… y no sé dónde hubiese acabado si no la hubiese encontrado a ella. 

Una mañana desperté, ahogado en una pesadilla en la que pedía amor. En la que rogaba por un amor nuevo que me salvara de mí mismo. El día estaba nublado cuando decidí salir. La tormenta no tardó en despertar. La lluvia golpeaba con fuerza las calles, violenta y sin piedad. A lo lejos los truenos amenazaban con acercarse despacio y traer los rayos con ellos. Me encaminaba a comprar un paquete de Lorazepam, sin los que era incapaz de pegar ojo y que me temía me tenían bien cogido por los cojones en una adicción sutil que había penetrado lentamente en mi vida. Caminaba aprisa, pues había olvidado el paraguas y hacía frío, cuando oí un vago maullar. Venía de un callejón. Un tímido maúllo, como una súplica, un último clamor de ayuda. Me acerqué hacia donde se encontraban unas cajas y cubos de basura, y escuché el gemido más definido. Rebusqué como un ser desesperado ansioso por encontrar la luz al otro lado del túnel. Era como si el gimoteo procediera de mi propia mente, pues era un grito de tal desesperación que resonaba en mi corazón disecado. 

—¿Dónde estás? Bsbsbsbsbsbsbssssss. Gatitoooooooo…. Bsbsbsbsbsbsbsbs….— Silencio… y el maúllo aumentó. Primero prácticamente inaudible, pero con cada bsbsbsbs mío, el grito de desesperación de mi interlocutor de cuatro patas creció. Y, de pronto, apareció. De entre lo que parecían miles de cajas de cartón, apareció una pequeña cabecita blanca con unos ojos enormes, azules como el mar. Seguidos por un cuerpo moteado de manchas grises, dos patas delanteras blancas, como botas que le cabían a la perfección, y dos patas traseras negras. Jamás había visto una criatura tan extraordinaria. Un gato… perdón, una gata, con un vestido tan insólito. 

—¿Estás aquí sola?— La miré con compasión y ternura. ¿Quién habría abandonado a tal criatura? Sorprendentemente, se acercó a mí y se restregó, temblando, contra mis piernas, como si me recordara de otra vida. No se apartó ni se asustó cuando me agaché a recogerla. Decidí llamarla Maisha, que significa vida en suajili. Porque, desde ese momento, mi corazón empezó a latir de nuevo, empezó a inflarse y a palpitar. El amor volvió a correr por mis venas cuando esa criatura inofensiva me miró por primera vez y su pequeña y áspera lengua lamió con ternura mi mano. Ella me devolvió la vida. Ella me salvó. Aquella noche no necesité los somníferos. Tras llevarla al veterinario y asegurarme de que estaba sana, llegar a casa, darle de comer y lavarla, ver una película juntos, nos dormimos hasta la siguiente mañana, cuando un tímido maúllo me despertó para avisarme de que alguien requería su desayuno. 

Mi nueva vida había comenzado. Mi nueva compañera de apartamento había decidido que quería quedarse conmigo. 

Han pasado tres años desde aquel encuentro fortuito. No sé si ella me eligió a mí, o yo a ella, o fue uno de esos momentos de sincronía de los que tanto había oído hablar, pero aquel momento me trajo un amor que jamás supe existía. Un amor absolutamente desinteresado en el que, con estar presente, compartir mi cariño y preocuparme, siendo yo mismo, sin necesidad de fingir, es reciprocado. 


La cena de las mentes

Todos se sentaron a cenar. Cada cual había traído su plato favorito para compartir. Era una cena especial, Nochebuena del 2020. Había sido un año interesante, y tenían muchos asuntos que discutir. 

“Steve, tú predijiste algo parecido a lo que actualmente está ocurriendo, aunque tu estilo siempre ha sido más macabro y dramático.” El fantasma de Orwell había decidido ser el primero en abrir el tema.

“No creas que es algo de lo que me enorgullezco, aunque, por alguna extraña razón, este año las ventas de La Danza de la Muerte se han remontado. No sé si es porque tal vez la gente busca respuestas a sus preguntas, o acaso les da algo de consuelo saber que, de alguna manera, todo se soluciona.” Respondió éste.

“Jamás pensé que llegara a ésto, siempre creí que una sedición de robots ocurriría antes que lo que está acaparando al mundo en estos momentos.” Añadió el fantasma de Asimov. 

“Realmente no me sorprende. Los seres humanos estamos destinados a cometer los mismos fallos y no aprender de ellos hasta que, finalmente, explota en nuestras narices. No es la primera pandemia, aunque, claro está, es la más global.” Sugirió el fantasma de Philip K. Dick. 

“¿Y qué papel nos queda por hacer? ¿Seguimos avisando con nuestra literatura de posibles destinos que sufre la humanidad si no espabilamos, o cambiamos de táctica?” Preguntó Atwood por primera vez. Su mirada inteligente y sagaz, observando a sus compañeros. 

“Creo que debemos seguir fieles a nuestros propósitos. Nuestros géneros alimentan la imaginación de los lectores y tal vez les preparen mejor para situaciones incómodas o difíciles de imaginar.” Agregó el fantasma de Butler con voz suave y serena. Era, junto con Atwood, la única mujer presente.

“¿Y qué podemos hacer?” Cuestionó reflexivo el fantasma de Huxley. 

“Seguir siendo los filósofos que somos, disfrazados de autores de ficción, y alimentando las mentes de quienes las tengan abiertas para aceptar nuestros mensajes.” Añadió el fantasma de Herbert tras permanecer en silencio gran parte de la noche. 

“¿Por qué es nuestra responsabilidad? Si juego el papel del abogado del diablo, déjenme oírles decir, ¿por qué nosotros?” El más joven de los presentes, Palahniuk, decidió participar en la conversación.

Un sigilo ensordecedor absorbió el ambiente. Cada cual miró su plato con tranquilidad, más concentrados en sus propios pensamientos que en la comida. En el exterior soplaba un viento infernal, que presagiaba la llegada de una tormenta invernal. 

“¿Por qué tuvimos que hacer esta cena en Maine? ¿Qué tiene de romántica la nieve?” Declaró, bromeando, más que lamentándose, Orwell. “¿No podíamos hacerlo en Hawaii, en la casa de Herbert? Bastante frío pasé en vida.” Continuó con una queja fingida. 

“No seas tan quejica, anda. No hay nada como una Navidad blanca, y más en época de pandemia. Al menos tiene más sentido encerrarse en casa y no salir. Resulta mínimamente más soportable.” Celebraban la cena en casa de King, así que no podía sino defender su hogar y el Estado que tantas ideas le había dado para sus novelas. 

“Volviendo a la pregunta de Chuck…” Interrumpió Atwood. 

“Sí, es una buena pregunta. Yo personalmente pienso que tenemos un don. No sólo el don de la palabra, pero el don de observar y entender la naturaleza humana. Somos conscientes de lo que somos capaces, tanto en una capacidad positiva como negativa. Es nuestra responsabilidad llevar a cabo ese regalo ‘cósmico’” y aquí Dick pausó momentáneamente guiñándole un ojo a Asimov “y entrar en el subconsciente de cuantos estén disponible a alimentar sus almas con nuestras palabras.” Orwell abrió la boca para empezar a decir algo, pero el interlocutor le detuvo, anticipando lo que éste iba a declarar. “Antes de que digas nada, sé que resulta pedante, o tal vez engreído o altivo decirlo así, pero soy un fantasma y me reservo el derecho a proponer tales observaciones.” Con lo cual todos rieron. 

“Es una pena que Wells no pudiera estar con nosotros esta noche. Él hubiese encontrado la mejor manera de contestar tal pregunta.” Sugirió Butler. 

Se miraron los unos a los otros como si comunicándose telepáticamente. Era un grupo que, aún sin decir una palabra, revelaban mucho. En un silencio sosegado y natural, volvieron a sus platos, cada uno preñado con sus propias cavilaciones. 


8 de enero, 2021

La última reunión

Su reticencia a confiarle su situación era natural. En su vida la habían juzgado y abandonado suficientes veces como para crear esa paranoia y desconfianza inherente a su persona. Eran tiempos de insatisfacción y sedición. No era solo ella… Sabía que las circunstancias eran desafiantes para la gran mayoría. Se sentía débil, frustrada y abatida. Su última pareja la había conminado incesantemente hasta el punto que se había perdido a sí misma. No le apetecía hacer nada. Había quedado en encontrarse con Álex en la tarde para planear y discutir siguientes pasos. Sabía que era arriesgado, pero algo había que hacer. Sin embargo, su amigo había comentado que Lidia le acompañaría. Ésta era una joven insípida y con un alto complejo de superioridad. A ser sinceros, Sara no la soportaba ni aún cuando no abría la boca. Aún así, Lidia al menos pensaba por sí misma. No se la podía acusar de ser gregaria, como la gran mayoría de la gente por esa época. Era prácticamente imposible hablar con alguien de la situación actual sin recibir una mirada extraviada y confusa.
En los últimos cinco años la gente había empezado a cambiar. Cada vez más y más personas aceptaban lo que el gobierno y los medios de comunicación les ofrecía. Era como si un enchufe en el cerebro se hubiese apagado permanentemente. No había otra manera de explicarlo, era incongruente.
Unas semanas antes se había manifestado un grupo de gente —cosa que ocurría cada vez con menos frecuencia y con grupos cada vez más exiguos— lo cual había tenido un final cruento. Pensar en ello le provocaba náuseas. La vida, la sociedad… Se habían convertido en una realidad especular. Lo suficientemente parecida a lo que había sido, pero sin realmente adaptarse del todo.
Esa tarde, durante la reunión, querían encontrar la manera de encauzar una solución apropiada a la organización que luchaba por combatir la presente situación.
El gobierno, con el apoyo de los medios de comunicación, fustigaban a cualquiera que se les opusiera, por lo que las reuniones furtivas en grupo eran cada vez más difíciles de organizar. Tal vez su punto de vista estaba algo enturbiado, pues no le cabía duda de que era una misantrópica. Tal vez misantrópica no era la definición justa. Había numerosas razones por las que sentir gratitud hacia la humanidad, aunque dichas razones eran cada vez más limitadas. No, Sara era más bien una persona taciturna, introvertida y melancólica. Muy inteligente, aunque podía parecer pedante a quienes no la conocían.
Se preparaba para salir a encontrarse con Álex y Lidia. Era un día otoñal y frío. Salió apresuradamente a la calle, donde se encontró con una ligera lluvia en el oscuro atardecer. De camino a la cafetería donde había planeado encontrarse con Álex, fue testigo de un encuentro entre un policía y un transeúnte, donde el agente escupió y empujó al señor, un hombre de una ya avanzada edad. Tal ignominia era común en la nueva sociedad que se había ido formando durante años.
En un poste de electricidad vio un anuncio, o lo que parecía un anuncio. Pero Sara lo reconoció inmediatamente. Era uno de esos mensajes secretos de la sociedad clandestina. Una nota lacónica que escondía el punto de encuentro para la próxima reunión. La noche del día siguiente. Llegó a la cafetería antes que Álex y Lidia. Tenía una idea en mente para discutir con los demás. Una idea que obcecaba el resto.
Lo que la diferenciaba a ella, Álex, Lidia y, en definitiva, gente como ellos, era su interés en escudriñar las circunstancias actuales así como cada noticia publicada en los medios de comunicación masivos.
Álex llegó poco después. Venía solo. Parecía nervioso y agitado. Llevaba las gafas torcidas y el pelo completamente alborotado, como si deseara despegarse de su cabellera. Le perspiraba la frente y su mirada permanecía ausente y furtiva.
—¿Qué ha pasado?— Preguntó Sara alarmada.
—Ssshhh. No grites. Creo que nos vigilan. Se han llevado a Lidia a un vedado.— Respondió casi susurrando.
—¿Pero qué dices?— Contestó Sara. Se tenía que contener para no gritar. —¿Qué podemos hacer?—
—No estoy seguro.— Contestó ausente. A lo lejos un oficial postulaba a todos los transeúntes. Algo común y, en muchos casos, de manera forzada.
Decidieron dejar la cafetería, se sentían muy conspicuos allí sentados, conversando en secreto. Álex quería dictaminar los siguientes pasos a tomar. Había que ser precavidos.
Llegaron a la casa de Álex y se sentaron en silencio en el salón. Álex decidió encender la tele, donde el presidente peroraba un nuevo dictamen acerca de algún evento u otro. No tenía relación con lo que había ocurrido con Lidia.
Era obvio que las autoridades sólo deseaban crear un sentimiento de imprecación en la multitud hacia gente como Lidia… Como Sara.
Sara estaba preocupada por Álex, había tomado una postura pusilánime, lo cual afectaría su plan. Sabía que necesitaba su ayuda, no podía permitir que se echara abajo.
—Tenemos que olvidar este proyecto— Dijo Álex de repente. —Lidia ya les habrá contado todo—
Sara lo miró perpleja. —Vamos a ver, Álex. No puedes elucubrar sobre lo que ha sucedido con Lidia. Tal vez haya ocurrido algo más de lo que no somos conscientes. Creo que lo mejor será esperar unos días.—
De pronto pensó en el mensaje secreto que había divisado de camino a la cafetería, y decidió que asistiría la noche siguiente para recibir más información sobre acontecimientos recientes.
Sara regresó a su casa esa noche preocupada, dejando a Álex sedado en su apartamento. Le había tenido que administrar tranquilizantes, pues había perdido la compostura por completo.

Se sentó en la cama y se llevó las manos a la cara y empezó a llorar. Se sentía completamente inconexa de todo y todos. Un nudo había empezado a formarse en su garganta desde el momento en que había visto a Álex entrar en la cafetería.
El gobierno consideraba cualquier manifestación, encuentro o debate para mejorar la calidad de vida de la mayoría como una ponzoña, por lo cual era increíblemente arriesgado asistir a cualquiera de estos eventos.
Tras haberlo consultado con la almohada, Sara sabía que era la única decisión con sentido que podía tomar. Se encaminó al lugar donde la reunión secreta tenía lugar. Las últimas semanas habían resultado ser una retahíla que parecía conducir a esa noche. A ese momento. A esa reunión furtiva. Llegó al lugar convenido en el mensaje secreto.

Había bastante gente, más de lo que había imaginado. Intentó escuchar una conversación. Los interlocutores hablaban de los últimos prisioneros, así que afinó los oídos en caso de que Lidia fuese nombrada.
—¿Es tu primera vez?— Le preguntaron a sus espaldas.
Sara se dio la vuelta para descubrir un semblante ameno y plácido. Era un señor mayor, alto y en buena forma. Su barba gris, casi blanca, le daba el aspecto de un Papá Noel atlético.

Sara había aprendido a desconfiar de prácticamente cualquiera, y aunque los ojos del desconocido sonreían, no podía estar segura.
—No. He visitado otras juntas en el pasado.— Contestó con reticencia.
Sara observaba con cautela el comportamiento de los presentes. Estaba más atenta a la postura de cada cual, que a lo que se decía. Algo no cuadraba. En lugar de divisar enfado y ansiedad, la mayoría parecían tranquilos y faustos.
Sin duda, había caído en una trampa.

Historia de una noche

Era una noche oscura, acompañada de una lluvia fuerte e incesante. Por los callejones desolados se deslizaba una figura furtiva. Vestía una gabardina tan lúgubre como la misma noche. Por su expresión se infería que su propósito era más que dudoso.
Encontró protección de la lluvia en un portal. Sacó un papel del bolsillo derecho, arrugado y amarillento. Lo desenvolvió y miró el nombre epiceno escrito en el mismo.
Volvió a meter el papel en el bolsillo correspondiente, se preparó para entregarse nuevamente a la lluvia que seguía castigando a todo aquel que se hallara a su alcance. Caminaba con ímpetu hacia su destino. Ya faltaba poco.
Mientras sentía la lluvia azotar sus hombros, imaginaba con tranquilidad el momento en que extirparía el problema en cuestión. Según se iba adentrando aún más en la noche, sentía presciencia de cómo acabaría todo.
Su plan comenzaba a tomar forma en su mente. Una sonrisa maligna se dibujó en su semblante. Se felicitaba a sí mismo por crear un escenario aparentemente inocuo.
Era una noche ominosa. Nubarrones preñados de agua que no dejaban de escupir sobre tanto lo animado como inanimado. La luna llena y amarillenta se dejaba ver tímidamente cuando las nubes se desplazaban brevemente.
“Mi tipo de noche.” Pensó satisfecho.
La incidencia de lo que le traía a ese rincón de la ciudad esa noche venía cocinándose desde años atrás.
Ya estaba cerca. Un pensamiento salaz atravesó su mente. La lujuria por el crimen que acechaba se preñaba en sus entrañas.
Su pasado no le atormentaba jamás. No sentía contrición por ninguno de sus actos. De hecho, fantaseaba con el momento que le había llevado a aventurarse a una noche como aquélla.
No era una persona irascible. Lo que hacía, lo hacía con gusto y calma.
Estaba iracundo por tener que aplazar sus planes anteriores para ocuparse del asunto que le traía a este momento.
“El imbécil ése me había soltado una letanía de sandeces para evitar la misión que me trae a este momento.” Pensó.
Había platicado del asunto con un individuo menudo y enjuto, con quien había trabajado en el pasado. Aquél tampoco había quedado impresionado con las palabras del imbécil.
Entendía que el problema del imbécil era simple: se creía un émulo digno. No lo era. Ni lo más remotamente.
Nuestro protagonista, que ya entraba por la puerta de su destino, no era un caballero. Era, sin más, un pérfido. Un personaje sin escrúpulos y, podría decirse, sin conciencia.
Su alma era un espacio vericueto donde no había lugar para la compasión.
Mientras se adentraba en la oscuridad del almacén abandonado al que por fin había llegado, intentó afinar el oído a cualquier sonido fuera de lugar. La gabardina goteaba con cada movimiento, dejando una pista de su presencia sobre el suelo polvoriento. El eco de sus pasos resonaba en el lugar.
No sentía oprobio alguno por lo que se sentía justificado a hacer esa noche.
La insidia era inminente. El peligro latía en la noche.
“Veo que te decidiste por venir.” Dijo con voz meliflua el extraño de la gabardina.
Entre las sombras se distinguía una silueta. La luz de la luna llena que entraba conspicua por la ventana, descansaba sobre el suelo.
El otro salió de entre las sombras. Lo miró con desdén mientras tiraba el cigarrillo al suelo con el dedo índice y el pulgar.
El hombre de la gabardina miró al otro de soslayo. Era consciente de que sus intenciones era inicuas.
El tipo de las sombras quería denigrar al otro. Tocarle la fibra para hacerle explotar y tener la excusa perfecta para pegarle un tiro entre ceja y ceja con su Smith & Wesson.
Aunque sabía que lo más congruente era dejarlo estar y terminar el trato que le había llevado a ese rincón de la ciudad.
Sin duda, el asunto incipiente, y que los llevaba a ambos a reunirse bajo circunstancias tan sospechosas, era más importante que el desagrado que el hombre de entre las sombras sentía por el otro.
La luna ingente observaba en silencio el intercambio que transcurría entre nuestros misteriosos personajes. La tormenta había acabado y las nubes se habían disipado. Sólo la moneda de plata en el firmamento era testigo de los sucesos nocturnos.
El intercambio tuvo lugar sin incidents, a pesar del desagrado que sentían el uno hacia el otro.
“Al menos el imbécil ése se mordió la lengua y no hizo ningún comentario mordaz.” Se dijo el tipo de la gabardina según salía del almacén.
Toda este asunto era —o parecía— un ovillo de trampas inextricable. Aún así, se dirigía a su destino final con firmeza y determinación. Simplemente se trataba de intercalar sus misiones como si todas formaran parte de un todo común.
Tenía prisa. La iniquidad de su carácter era sin igual.
Se aflojó el cinturón de la gabardina. Tiró el sombrero que le cubría la cara. La luna había vuelto a esconderse tras las nubes que coquetas bailaban con el viento. Cuando se quitó el cinturón de la gabardina, lo arrojó en un callejón por el que pasaba y con fuerza arrancó la gabardina y la echó en el mismo rincón que el sombrero.
Solo el manto oscuro de la noche y algún gato callejero presenciaron la transformación.

En dirección de la luna volaba ahora una extraña criatura de camino a una misión indescriptible.

31 de octubre, 2019

Carta del otro lado

Querida Mariana,

Espero que no llores al leer esto, aunque poco te puedo pedir desde donde te escribo. Es curioso, simplemente la noción de estar escribiéndote desde aquí me resulta inverosímil. Yo, que siempre pensé que “aquí” no existía.
Quiero espiarte cuando leas esto. Será mi manera egoísta de descubrir si realmente te importé. Ni siquiera sé por qué te envío esta carta a ti. ¿Qué explicaciones te puedo dar? Supongo que jamás me creíste tan escrupuloso, o tal vez sea cobarde la palabra correcta.
El caso es que aquí estoy y, ¿sabes qué? No me arrepiento. Supongo que el miedo se apoderó de mí antes de por fin volarme los sesos, como muchas veces había fantaseado hacer. Tantas otras veces en las que no tuve las agallas para llevarlo a cabo. ¿O es cobardía? No estoy seguro. En vida siempre oí que los que que se suicidaban —qué palabra más fea— eran unos cobardes. Que se habían dado por vencidos y ya no querían seguir luchando. Que habían tomado el camino más simple. Déjame decirte, simple no fue. Y tampoco estaba deprimido. Triste, posiblemente. Pero, ¿no eras tú quien me decía siempre que una pena infinita se traslucía a través de mis ojos? Sí. Triste, seguramente. Una tristeza sin cura, crónica, supongo. Tal vez estaba deprimido. ¿Qué sé yo?
Tal vez supuse que ya había vivido lo suficiente. Que había alcanzado muchas metas que jamás pensé lograría. Estarás pensando que cómo pude estar tan seguro… No te lo vas a creer, pero desde este lado puedo oír los pensamientos de la gente. Puedo caminar entre ustedes y escuchar lo que ronda sus mentes. Así que, cuando lo pienses, lo sabré.
Tendrás tantas preguntas. La luz blanca y las memorias que atropellan nuestra conciencia en el momento justo en que el último latido parte de nuestro corazón. Cielo o infierno. Almas perdidas, almas conocidas. ¿Y por qué sigo por aquí? ¿Estoy en el limbo?
No sé qué decirte. Ojalá pudiera explicarte que, desde esta perspectiva, todo tiene más sentido. Las nimiedades que nos preocupaban en vida ni siquiera existen en este espacio. Me veo como era, pero sé que no lo soy. No sé lo que soy, pero tengo mis memorias intactas. De hecho, las recuerdo mejor que ese día, cuando cumplí los treinta y decidí que ya había vivido lo que quería vivir.
¿Fui egoísta? No lo sé. Sin embargo, sé que no fue una decisión que me tomé a la ligera. Fue una decisión que me llevó años ejecutar. Tal vez porque siempre pensé que había algo más. Y, cuando te conocí a ti, realmente lo creí. ‘El amor de mi vida’, me dije. ‘La mujer con la que querría tener un hijo’, me aseguré. Estaba equivocado, como ambos sabemos.
Tal vez toda esta lógica la esté creando para justificar ese acto tan definitivo. Irrevocable. Tal vez me asuste pensar que treinta años no eran suficientes para alcanzar todo mi potencial, por lo que me justifico y digo a mí mismo que lo que hice fue la mejor opción para mí. Curioso cómo los pensamientos no se apagan en este lugar. Tal vez esto sea el infierno: una batalla incesante contra mis pensamientos. La teoría que rondaba en mi mente cuando chupaba la boca de la escopeta, era que, puesto que tú no me querías, y yo a ti más que a la vida misma, no merecía seguir adelante. Me dije que sería imposible amar tan apasionadamente de nuevo. Me convencí de que mi amor hacia ti era puro y real. Ahora lo veo a través de un cristal nítido. Creo que en vida lo miraba todo a través de un cristal de esos gruesos, como los de las botellas de Coca-Cola, donde el cristal es tan grueso y con un tono algo verdoso, que lo que está al otro lado no se distingue con certeza. Mi perspectiva de lo que era amor podía estar algo adulterada por el cristal por el que había decidido observar mi vida. No, no quiero pensar en ello. Sí, debí de amarte tanto que sin ti la vida no tenía sentido. Cuando me confesaste que te habías enamorado, sentí cómo una mano invisible se introdujo en mi pecho, apretó con fuerza mi corazón, y lo estrujó como una esponja vieja y gastada, lista para la basura. Exactamente donde creo que fue a parar mi corazón. En la papelera de lo inservible. Desde ese momento, creo que todo a mi alrededor se convirtió en un manto blanco y negro. Todo carecía de sabor, color, olor, sentido. Mis amigos intentaban animarme, diciendo que había muchos peces en el mar. ¿Qué coño significa eso? ¿Acaso no entendió nunca nadie que no se trataba de cantidad, sino de calidad? Nunca fui uno de esos tíos que buscaban enrollarse con la mayor cantidad de mujeres posibles. Tenía amigos que tenían una lista: las más guapas, las rubias, las morenas, las asiáticas, las negras, las pelirrojas, las gordas, las flacas, las que servían para más de una noche… etc. No todos mis amigos eran así, pero los había, como hay de todo. Yo, sin embargo, me enamoré de ti. Nunca fui muy extrovertido ni iba buscando el amor de mi vida. Simplemente pasó. Nos conocimos casualmente, mediante amigos. Entablamos amistad, nos enrollamos unas cuantas veces. Yo me quedé colgado, y tú saciabas tus deseos carnales. No te lo reprocho, que conste. Eso no es lo que estoy haciendo con esta carta. Perdona si lo ha parecido. Sólo quiero explicarme, tal vez intentar que calces mis zapatos por un corto tiempo para ver a través de esa puñetera botella de cristal. Es cierto que poco después de que me contaras lo de tu nuevo amante sentí desdén hacia ti. Sentí que te perdí el respeto. No me preguntes por qué. Tal vez porque paradójicamente me creía a la altura del mayor altruista de la historia o el mejor novio que pudieras tener. No lo sé. Pero te desprecié durante meses. Sé que te percataste de mi comportamiento y me dejaste, no porque te desagradaba, sino porque no pensabas que sentirte cerca me beneficiara. También por ello te desprecié. ¿Cómo te atrevías a ser más madura que yo? ¿A entender mejor lo que necesitaba? Que no iba realmente de la mano con lo que quería. A menudo lo que necesitamos y lo que queremos no compaginan.
Así seguí varios meses. Ahogándome en mi propio papel de víctima, olvidando el encanto de todo lo que la vida podía regalarme si me abría a la posibilidad. Ya me había encerrado en un cuarto oscuro, había cogido la llave y me la había tragado… y allí dentro se había quedado. Me fui distanciando cada vez más del mundo, de los demás. De mi familia, mis amigos o cualquiera. Cuando lo pienso, no creo que realmente tuviera que ver contigo. Creo que en mí existía un rincón oscuro. Creo que todos lo tenemos, claro que en cada uno se proyecta de manera diferente. En mi caso, me llevó a un aislamiento, una tristeza y un malestar abrumador. Un sentimiento de menosprecio propio, de no valer. Perdí mi trabajo porque no me podía concentrar en lo que hacía, lo que resultó en más tiempo dentro de mi propia mente. Tiempo que realmente no necesitaba. Cada pensamiento que cruzaba mi consciencia se quedaba allí. Lo agarraba como si fuera la verdad absoluta, y me apegaba a él como si mi vida dependiera de ello. ¿Que el pensamiento me decía que era un fracaso y que tenías suerte de no haberte enamorado de mí? Lo sujetaba con fuerza, lo dejaba convencerme un poco más, y me lo metía en el bolsillo para sacarlo en la posteridad cuando necesitaba convencerme nuevamente del desastre andante que era. ¿Que un pensamiento agresivo tocaba a la puerta a punto de echarla abajo y me decía que mi vida era una mierda y que todos en ella estarían mejor sin mí?
“Oye,” le decía “cuánta razón tienes. ¿Te quedas aquí y desarrollas más esa noción para entender mejor en todo lo que he fracasado?”
“Con gusto.” Me respondía, y allí tenía otro compañero disponible a maltratarme y darme de palos cuando se lo pidiese. Estos pensamientos se convirtieron en mis mejores amigos en este cuarto oscuro del que no lograba escapar.
Mis fieles compañeros.

Te comenté antes que este lugar parece real —yo me siento real— pero no lo es. Estoy solo. Al menos, desde que llegué no he visto a nadie. Estoy esperando a ver a todos mis seres queridos, o tal vez los que nos volamos los sesos con una escopeta no tenemos esa opción. No sé qué creer. Lo único de lo que estoy seguro es que dejé el mundo que conocía y estoy aquí. Te explico. Te conté que podía ver y escuchar los pensamientos de los vivos. Pues bien, este lugar es como un paralelo de ese lugar, pero como si estuviese cubierto de una neblina borrosa y blanquecina, o una de esas redes para dormir. Puedo ver, escuchar y sentir, pero no puedo tocar, no puedo ser ni escuchado ni sentido. Como un espejo/cristal de una sala de interrogación policial. No es desagradable. Sé que mis palabras no le hacen justicia a la experiencia de por sí, pero siento calma. También te comenté que los pensamientos aquí no parecen haberse olvidado de mí, pero no son los mismos que me acompañaban en mi cuarto oscuro. No. Estos son más reflexivos. Siento que son lo opuesto a lo que eran. Como si se tratara del yin y el yang. ¿Me entiendes? No me atacan. Aparecen, se sientan en un rincón de mi mente unos instantes, hasta que reconozco su presencia, los escucho y los dejo ir. No me aferro a ellos.
Es curioso sentir calma cuando uno ha decidido dejar el escenario de una manera tan violenta.

He de confesarte que te mentí. Sí que me arrepiento. Cuando paseo por este paralelo de lo que una vez fue, veo la vida de otra manera. Veo que había una solución para cualquier problema. Nada era realmente vano, a pesar de que había momentos en que lo parecía. Los momentos en los que me sentía solo y tenía que elegir entre pagar el alquiler o comer… esos momentos me parecía que no tenían solución. No podía ver cómo salir de esa situación. Me ahogaba en mis propios fracasos y me convencía a mí mismo de que ése era yo: el que nunca conseguía nada de lo que quería. No pude tenerte a ti, perdí mi trabajo, nunca tenía dinero… Sentía como si cada problema contribuyera a la destrucción de la posibilidad de la otra. Sin embargo, aquí, envuelto en una soledad diferente, veo el mundo sin distracciones. Lo veo, pero no lo vivo. No lo siento como cuando era parte de los seres a quienes le latía el corazón. No, paradójicamente, con esta red a mi alrededor, veo más claramente de lo que había visto jamás antes.
¿Cómo voy a conseguir que recibas esta carta? ¿Cómo voy a hacer que llegue a ti? Tengo la certeza de que hay un vínculo entre este mundo y el tuyo, en el que puedo dejar esta carta para que la leas. No quiero que sientas lástima por mí. Tal vez empecé a escribirla con esa intención. Sé que mi pluma era el odio y el rencor en un principio, pero a lo largo de mi relato, y cuanto más tiempo llevo aquí, la compasión se ha apoderado cada vez más de mi corazón rencoroso. Tal vez pienses que he escrito esto de una sola sentada. Te equivocarías en semejante suposición. Empecé a escribir nada más llegar, pero de eso hace treinta años. O al menos treinta años en mi mundo. No sé cuál es el equivalente en el tuyo.

Lo cierto es que te extraño, claro que ya te extrañaba incluso cuando estaba con vida. Te extrañaba porque yo mismo me había alienado del mundo y me había mudado a mi cuarto oscuro. Añoro a todos aquellos a quienes quise; y especialmente siento pudor al saber el sufrimiento que causó no sólo mi muerte tan violenta, sino que mi padre me tuviese que encontrar en el estado en que lo hizo.
Perdona mis palabras tan impetuosas —o si parecieron serlo— al principio de esta carta. Perdóname por haberte empujado de la manera que lo hice. Espero que seas feliz y que sepas que estoy bien donde estoy. Aunque sé que es inútil arrepentirse de lo ya ejecutado, quiero que sepas que el mayor motivo de hacerte llegar esta carta es prevenir que recibas otra de alguna otra persona a la que estimas. No me malentiendas; ni te culpo ni pienso que era tu responsabilidad salvarme. La soledad es así de desgarradora y maldita. Te engaña y te atrapa entre sus garras y te susurra al oído que no le importas a nadie. Sólo te pido que si ves a alguien a quien quieres alejarse poco a poco de ti, extiéndele una mano para que la soledad no le atrape primero. Tal vez eso le ayude a no tragarse la llave del cuarto oscuro.

Cuídate y gracias por tu amistad.
Sinceramente,
Yo.

Si tú o alguien que conoces sufre de depresión y tiene pensamientos suicidas, por favor marca este número:

717 003 717

Allí darás con el Teléfono de la Esperanza para atención en crisis.


20 de octubre, 2019

Mi sueño

El océano siempre me fascinó. Supongo que el hecho de haber crecido en una isla ayudó con esa fascinación casi obsesiva.
Todo lo perteneciente al océano me atraía: su vegetación, el mundo que allí existía tan lejos de nuestro alcance. Lo desconocido, lo singular y lo temido. Entre esto último, los tiburones. Fueron siempre las criaturas que más picaban mi interés. Tal vez porque me sentía en cierto modo identificada con ellos: totalmente incomprendidos. Quería aprender a entenderlos mejor, a comprender su comportamiento, sus costumbres y todo a lo que ellos se refería. Cuando era niña recuerdo haber visto la película Tiburón de Spielberg. Me asustó mucho, pero de una manera que despertaba más aún mi curiosidad.
Había leído que algunas especies de tiburones estaban en vías de extinción. Había leído las atrocidades que algunas culturas ejercían contra estos pobres animales: pescándolos del agua, cortándoles las aletas y arrojándolos vivos de nuevo al agua, para que allí murieran en el fondo del océano, sin poder protegerse, luchar o morir dignamente.

¿Por qué se le temía tanto? Durante mi adolescencia leí todo lo que pude sobre estas pobres criaturas, como que la carne humana no les agradaba. Era más probable que un rayo te alcanzara que ser atacado por un tiburón. Tal vez el miedo existía porque hay tanto del mar abierto que el ser humano no comprende. Tal vez porque no tenemos control sobre las criaturas y todo lo que se esconde en sus profundidades. No lo sé, lo que sabía cuando era joven es que quería trabajar con tiburones. Así que estudié para ser bióloga marina. Tuve ocasiones de observar de cerca a dichos animales. Eran impresionantes.
Ahora, a mis más de 60 años puedo estar orgullosa de mis logros, entre ellos, estudiar un cardumen de tiburones durante años, entablando amistad con uno de ellos. Recuerdo vívidamente los días que me sumergía allí, entre ellos, y Roco (así lo llamé), venía a mí para que le acariciara, tal cual perro de casa. Fue una experiencia increíble.
Desde aquellos días, mucho ha cambiado en el medio ambiente. La captura y carnicería de tiburones en los océanos —todos ellos— fue prohibida hace muchos años. Con el conocimiento, viene la libertad, y cuando la gente se hizo consciente de que la sopa de aleta de tiburón requería tal maltrato, la demanda disminuyó inmensamente.
Hoy en día sigo trabajando con estas criaturas e intentado educar a la gente sobre su naturaleza y su comportamiento para que, tal vez, dejen de ser temidos y, por tanto, dejen de ser animales en vía de extinción.

14 de octubre, 2019

Me toca dejarte

Te miro y siento por ti un amor increíble. Has sido todo lo que una criatura como yo hubiese podido pedir de alguien que le cuidó. En cuanto te vi aquel día a través del cristal de mi prisión supe que eras tú. Tú serías la persona que se ocuparía de mí. Así que intenté llamar tu atención. Salté, grité, di vueltas por mi celda y cuando me paré para ver si mis acrobacias habían surtido efecto, supe enseguida por tu mirada que había cautivado tu corazón. Eras mía.
De pronto estaba en tus brazos, y desde ese momento hemos sido inseparables. Es cierto que a veces me sentía algo atosigada, pero no puedo negar que la atención me gustaba. Y mucho.

Recuerdo nuestro primer paseo, nuestras salidas a los bosques para ir de caminata. Sé que no podías ir sin mí. Yo era tu compás y dirigía el camino con orgullo, siempre delante para que no te perdieras.
Recuerdo cuando me llevabas de viaje allí adonde tú fueras. La primera vez que subí a un avión fue una experiencia de los más irreal. Te notaba nerviosa, supongo que no sabías si me pondría a ladrar de la excitación, el miedo o ambas. También creo que pensabas que utilizaría mi cama como retrete, pues me pusiste algo muy raro alrededor de mis partes privadas. No te lo reprocho, ¿pero no había otra manera?

Lo siento por aquella vez que te preocupé tanto cuando me comí las barras de avena con chocolate oscuro. Me puse malísima. Me hinché como un globo y me llevaste con urgencia y hecha una bola de nervios al lugar ese donde íbamos alguna vez y me pinchaban, observaban, o me daban algo que me hacía dormir. No me gustaba mucho ese sitio, aunque siempre me trataron bien. También lo siento por todas las veces que no podía evitar sino escapar de casa por la puerta trasera para aventurarme al mundo exterior. Descubrir por mí misma y sin tu tutela lo que se ocultaba en el mundo fuera del hogar. Sé que te preocupabas inmensamente cuando desaparecía así, aunque siempre regresaba, sobre todo cuando oía mi bolsa de la comida llamándome. ¡No se te escapaba una! ¡Qué aventuras! Recuerdo cada vez que tenías el corazón roto por alguna razón u otra. Entendí que se debía a que el humano con un olor específico había dejado de aparecer por casa. Nunca entendí por qué dejaban de venir ciertos humanos. Yo jamás te hubiese abandonado… excepto ahora que no tengo otra opción. Sé que me lo perdonarás. En esos momentos me acercaba a ti y me acurrucaba junto a tus piernas, me echaba en tu regazo e intentaba lamer las lágrimas que corrían por tus mejillas. Entonces me abrazabas y me sentía tan afortunada de tenerte a mi lado, que mi corazón se aprieta en mi interior sabiendo que no sé quién te cuidará de aquí en adelante.

Tú sabes que ha llegado el momento. Después de 15 años juntas, mi cuerpo ya no puede más. Hace seis meses descubrieron la razón por la que tenía sangre en la orina, o eso creo, pues después de aquella visita al lugar ese con olor a muchos animales, empezaste a darme unas pastillas con la comida. Me hacían sentir algo mejor, pero tanto tú como yo sabíamos que eso sólo aplazaba ligeramente lo inevitable.
Como sé que la muerte está pisándome los talones, me acerco a ti todo lo que puedo. Me recibes con lágrimas en los ojos, conociendo la razón de mi necesidad de tenerte cerca. No sólo por mí, sino también por ti. Sé que te va a doler, sé que vas a sufrir y posiblemente te prometas no adoptar a otra criatura como yo. Pero yo sé que eres fuerte. Sé que lo superarás y que recordarás todas las aventuras que hemos pasado juntas y tu corazón se llenará de amor y de luz. Sé que querrás repetir la experiencia con un perro nuevo.

Ahora voy a posar mi cabeza aquí sobre tu regazo… Me entra un cansancio abismal… Me pesan los párpados…

15 de octubre, 2019

Amor incondicional

Anoche no pude dormir. Me dolía el estómago. Tuvo que ser algo que comí, aunque no entiendo bien qué. Todo lo que comí hoy olía delicioso, así que dudo que ésa fuera la causa, aún cuando me decidí por recoger comida que no estaba en mi plato. ¿Y quién puede culparme? Allí estaba… ¿el qué? Bueno, no lo sé exactamente, pero a mi olfato le gustó. Estábamos paseando, y lo olí antes de verlo. Estaba oculto detrás de un arbusto, pero fui lo suficientemente sagaz para embocarlo sin que Oliver pudiera impedirlo.
—¡Ja!— Pensé que me había salido con la mía.
Poco después empecé a vomitarlo todo. No solo mi captura furtiva, sino lo que había desayunado. De pronto no me sentía tan bien. Perdí el apetito y solo quería dormir. No me apetecía levantarme. Oliver me miraba con inquietud. Me acariciaba más de lo normal y me preguntaba incesantemente si todo estaba bien. Cuando volví a expulsar los contenidos de mi estómago (o lo que en él quedaba), vi rastros de preocupación en su rostro. Los humanos son fáciles de leer. Enseguida se les dibuja una luz diferente a su alrededor dependiendo de su ánimo: amarillo si están felices, blanco si están sosegados, rojo o naranja si están enfadados, violeta si están preocupados…
Soy muy perceptivo para estas cosas.
La cuestión es que enseguida cogió el objeto ese del que nunca se despega, se lo llevó al oído y en breve me estaba llevando al coche. Estábamos de camino a… bueno, no tardaría en saberlo. Curiosamente, a pesar de que siempre me excitaba y emocionaba cuando íbamos de excursión, me sentía terriblemente apático y desganado. Sólo quería cerrar los ojos y dormir.

Llegamos a nuestro destino.
—¡Oh, no! Reconozco ese olor.— Era el lugar a donde Oliver me llevaba cuando me inyectaban con objetos desagradables y luego me sentía medio raro. Intenté resistirme, pero no tenía fuerzas. Mis patas flaquearon y me derrumbé.
Lo próximo que recuerdo era estar en casa. Oliver echado junto a mí, en el suelo, junto a mi cama. No me sentía muy bien, aunque sí mejor que antes de nuestra pequeña aventura al sitio que no será nombrado. Oliver me miraba con cariño. Su luz era azul claro —preocupación mezclada con tranquilidad—. Le lamí la mano lentamente. Me miró, sus ojos hinchados. ¿Había estado llorando?
—Mi perro tonto— Me dijo y me acarició con cariño la cabeza. Me miró tiernamente y me dio un beso justo donde más me gusta, por encima del hocico, entre ceja y ceja. Cerré los ojos e intenté dormir. Me sentía más tranquilo, aunque como ya he dicho, no logré dormir mucho.
Hoy me siento mejor. Me reconozco más a mí mismo y Oliver me mira sonriente.
En su mano tiene la correa para salir a pasear.
Creo que me siento con ganas y fuerzas para ello.

12 de octubre, 2019

La más fiel compañera de la vida

Recuerdo la primera vez que la conocí, esa extraña sin rostro, apática y cruel. Cruel porque era egoísta y se llevó lo que una vez era parte de mi vida. Cruel porque, aunque no la invitaba, seguiría apareciendo por mi vida para arrebatarme a quienes más quería. Cruel porque, algún día, el suyo sería el último semblante que vería.
Debía tener no más de cinco años y, aunque de eso hace ya mucho tiempo, no lo he olvidado; como si estuviera grabado en una cinta oculta en algún recóndito rincón de mi memoria y, sin problemas, rebobino cuando quiero y revivo cada detalle como si fuera la primera vez.
Me acerqué lentamente a mi padre, lágrimas furtivas recorriendo mis mejillas. Escapaban con rapidez, empañando mi vista, desdibujando su figura. Allí estaba, observándome con cautela, sentado en su sillón favorito. Sus gafas reposaban firmemente sobre su aguda nariz, tras cuyas lentes sus ojos oscuros me examinaban con interés y cariño.  El periódico que había estado leyendo hasta entonces descansaba sobre sus piernas, una cruzada sobre la otra.
Estirado en mis manos se encontraba el cuerpo inanimado de mi pequeña mascota, un ratoncito blanco que había encontrado un día mientras jugaba en el jardín, y que mis padres no habían podido negarme mantener al ver en mis ojos la ilusión de cuidar un ser más débil que yo mismo.

-¿Qué te pasa, Daniel? ¿Qué es lo que llevas en las manos?- Preguntó interesado y preocupado.
Me acerqué hacia él y, sin palabras, le mostré la pequeña criatura que yacía sobre mis manos.
Mi padre se quitó las gafas, colocándolas sobre la mesilla junto al sillón. Cogió el periódico, lo dobló y lo situó junto a las gafas. Observó con cautela al pequeño roedor, y con su mano derecha, me invitó a sentarme sobre sus rodillas.
Yo sollozaba, incapaz de pronunciar una sola palabra. Me miró con ternura y, sin decir nada, me sostuvo en su regazo hasta que las lágrimas iban desapareciendo y el sollozo no era sino un gemido. Mis párpados se sentían pesados y, aunque no quería dejar de observar a mi animalito con la vaga esperanza de que abriría sus pequeños párpados para empezar a mover sus patitas delanteras con el mismo énfasis de cada día, la energía consumida en mis llantos se había convertido en sueño… y el sueño en una oscuridad pasajera que no me traería nuevas aventuras.
Cuando desperté, mi padre estaba sentado junto a mí. Me había llevado a mi cama y había esperado pacientemente a que abriera nuevamente los ojos.
En una pequeña cajita en mi mesilla había colocado a Momo, mi mascota. Descansaba apaciblemente sobre un pequeño trapo verde. Junto a la cajita había una pequeña nota, aunque no sabía lo que en ella había escrito.
-Ven, Daniel, vamos a decirle adiós a tu amiguito-.

Entendí entonces que no volvería a abrir sus ojitos brillantes, que no volvería a jugar con la rueda que había colocado en su jaula, que no volvería a masticar su comida y, entonces, reanudé mi llanto.
Recogió con delicadeza la cajita y la pequeña nota y me esperó junto al marco de la puerta. Cuando llegué a su lado, extendió su brazo y abrió la palma de su mano, invitando la mía a unirse con la suya.
Me guió hasta el jardín, junto a un pequeño agujero que, según mi memoria, no había existido unas horas antes. Mi padre lo había excavado con el propósito de enterrar a la pequeña criatura que descansaba pacíficamente sobre su pequeño trapo. Tan delicado, tan inmóvil. Me resultaba increíble pensar que, la noche anterior, había corrido en su jaula y comido su trocito de queso. Le había dado el que sería su último beso en su peluda y suave cabecita. ¡Qué abstracto era ese sentimiento desconocido! Sentía un hueco en mi interior… parecía provenir del lado izquierdo de mi pecho. Mi corazón palpitaba con rapidez y no entendía por qué. Nunca había sentido un vacío como aquél, que se apoderaba de mi sano juicio y me llenaba la mente con memorias de mi difunto amiguito. Recordaba sus ojitos brillantes y su júbilo (o lo que yo interpretaba como tal) cuando le daba su comida. Recordaba el día que lo encontré, huyendo del gato, su corazón palpitando con rapidez, un pequeño bulto que chocaba incesantemente contra mis dedos infantiles.
Ahora lo miraba y parecía otra criatura… no podía ser Momo. Momo reaparecería en un segundo, con sus juegos y los gemidos típicos de un roedor.
Perdido en mis pensamientos, mis sollozos y el dolor que se intensificaba con cada lágrima, oí las palabras de mi padre como si me hablara a través de una radio; lejano e irreal.
-Daniel, ¿me oyes?- Dijo con delicadeza y paciencia.
Asentí lentamente, como si unas manos invisibles moviesen mi cabeza con precisión y cordura.
-¿Estás preparado para despedirte?-
-S… s… sí, papá… creo que sí- Aunque no sabía muy bien lo que quería decir o cómo me iba a despedir.
Mi padre sacó de su bolsillo la nota que había estado sentada junto a la cajita. Estaba arrugada y parecía que había algo escrito en ella; aunque no le presté mucha atención porque miraba al suelo, a la punta de mis pies, esperando que, cuando volviera a subir la cabeza, Momo estaría nuevamente vivo.

Más de veinte años y numerosos encuentros con esa maldita hermana de la vida han pasado desde aquel día. Hoy no es por mi primera mascota que corren las lágrimas, sino es el tuyo, papá, el ataúd que la tierra se va tragando cautelosamente, enterrando eternamente tu cuerpo.
Mi mano derecha, hundida en la profundidad del bolsillo, aprieta en su puño aquella nota que hace tanto tiempo escribiste para Momo (¿o era para mí?) con tanto cariño y elocuencia.
Mi mente se preña de memorias enternecedoras, e incluso violentas. Nuestras discusiones cuando no era más que un adolescente y soñaba con poseer la luna y comerme el mundo. No más que un muchacho que no distinguía su culo de su cara. Un sabelotodo, como me solía llamar Emma, ¿recuerdas? Emma que ahora llora a mi lado; sus ojos rojos e hinchados, su rostro húmedo cubierto por su llanto. Esa hermana que tanto soportó durante nuestra adolescencia, que me llamó de todo, desde mocoso a come mierda… a fiel amigo. Ella, que me enseñó a ser mejor persona y que, como tú, me pulió para convertirme en el hombre que soy hoy. Y ahora está a mi lado, y ni mis abrazos ni mis caricias pueden disolver ese dolor que la abruma.  ¡Qué impotente me siento! Pero no me avergüenza llorar y que otros descubran las lágrimas que se arrastran por mis mejillas. Tú me enseñaste que un hombre no se avergüenza jamás de sus sentimientos. ¡Cómo te odio! ¡¿Cómo te atreves a dejarnos así?! Siento como si una mano invisible me desgarrara las entrañas y el nudo que sentí aquel día que mi pequeño roedor dejó de ser… ese nudo es ahora más profundo, más insoportable. Apenas puedo respirar, apenas puedo pensar sin volverme loco. Siento como si una parte de mi se hubiese evaporado el mismo momento que me comunicaron que, que.. en fin, que nos dejaste y, en su lugar, no hay sino un vacuo mundo de incertidumbre.
¿Cómo sigue girando el mundo después de esto? Sé que lo hace… la muerte captura a pobres almas inesperadas (a veces incluso aquellas que la ven venir) y, aún así, el mundo sigue girando, el sol sigue brillando, las nubes siguen volando libres y ágiles en el firmamento… todo continúa como si, seamos sinceros, no importara.
Sin embargo… yo, Emma, mamá… seguiremos con el vacío y nuestras vidas nunca serán las mismas porque tú ya no estás.
¿Pero sabes qué? Me consuela el saber que, por haberte tenido en mi vida, ésta ha sido mejor. Mi tristeza fue la tuya, mi regocijo el tuyo, mis incertidumbres morían con tus palabras y tus consejos e, incluso, mis dudas se veían resueltas siempre que, sentado en tu sillón favorito, estabas dispuesto a escucharme. Nunca decías nada, me dejabas deducirlo a mi manera y llegar a mis propias conclusiones, aún cuando sabías que me estamparía… Ésa era tu magia, confiabas lo suficientemente en mí como para saber que volvería a levantarme y, con la cabeza erguida y la mirada fija hacia delante, tomaría la decisión correcta… a lo largo. ¡Cómo te añoro!

Hoy, papá, no te voy a decir adiós, porque, no te has ido. Siempre estarás conmigo, en mi corazón. Tu voz me guiará en mi subconsciente y me animará cuando todo parezca un vasto prado cubierto por un sólido manto de desesperación, temor y oscuridad.
Tú serás mi estrella polar y nuestras memorias juntos (las buenas y las malas) seguirán conmigo hasta que mi mente me traicione.
Hoy, papá, te quiero devolver aquel primer sentimiento de paz que conocí cuando leíste aquella nota para Momo.
Hoy papá, te doy las gracias.
Porque no celebramos la despedida de un ser querido, sino las memorias que nos dejaron compartir con ellos.

“Sé que no volveré a verte y no sé qué sentir.
Sé que lo que siento ahora es tristeza, pesar y un tremendo dolor.
Ya no estás
Te has ido
Me has dejado solo
y todo carece de sentido
No siento mis manos,
ni mis pies sobre el suelo.
Una distancia infinita
se abre entre mi cabeza y la Tierra
Me siento nauseabundo
y, asimismo, abatido y abandonado.
¿Por qué te has ido?
No estaba preparado, no ha habido despedida
Todo acaba con este vacío
que me traga sin piedad.
Paro un momento
y recapacito
Estoy equivocado,
No todo está perdido…
Me queda el recuerdo
alimentado por las memorias
y los momentos juntos vividos.
Espera que pienso y miro
hacia un pasado preñado
de imágenes que ambos compartimos.
Espera que indago y encuentro
tus ojos cariñosos y un sentimiento divino
Porque el amor no tiene fronteras
y aunque no disfrute de tu presencia
el lazo que nos unió
seguirá siempre vivo.”

Según pronuncio las últimas palabras, siento cómo una lágrima se lanza al infinito desde el lado derecho de mi rostro. El papelito tiembla en mis manos. Nadie más que tú y yo conocemos su origen y lo que en él realmente está escrito y por qué. No quise robar todas tus palabras y, he de admitir, tuve que editarlo un poco para que se acogiera más a ti, y no al pequeño roedor que, en otra vida, fue mi mejor amigo.
¡Cómo te echo de menos! Aún me resulta inverosímil que no pueda darte otro abrazo, o ir contigo a una cafetería y hablar de política, deportes o mujeres.
¡Dios, papá… ¿por qué?!

Han pasado ya varios meses desde tu entierro y, aunque sigo añorándote, sé que la vida sigue y así te hubiera gustado verme: dispuesto a continuar, a seguir adelante pese al dolor y a tu ausencia.
Cuando la nostalgia me invade decido volver a las fotos que congelaron en el tiempo nuestros momentos juntos. Pero ya apenas lloro. Al contrario, una sonrisa nace en mi semblante, pues recuerdo todas las memorias que me unen a ti y me recuerdan que, mientras yo siga adelante, tú nunca dejarás de existir.

-Papá… te quiero- susurro mientras vuelvo a guardar nuestras fotos.


Esta historia está dedicada a todos aquellos que han perdido a un ser querido.

Noviembre 2010