Cuando grité en silencio que estaba preparado para el amor, jamás pensé que el universo me mandaría tal ser para llenar mi corazón.
No creas que lo vi de esa manera, ni siquiera se me pasó por la cabeza. Solo el tiempo decidiría que era amor, amor verdadero y amor como nunca había sentido antes. Mi corazón estaba lleno, tan lleno de luz y regocijo que… bueno, me estoy adelantando. Voy a empezar por el principio.
Todo empezó con el final. Al llegar a casa había encontrado una nota en el recibidor junto a sus llaves del apartamento que habíamos compartido durante dos años juntos.
No puedo más. No estoy feliz.
Lo siento
Esas habían sido sus últimas palabras. Al intentar llamarla, el número estaba fuera de servicio. Si llamaba a alguno de sus amigos o a su hermana, solo me contestaban que lo dejara y pasara página. Así, como si nada. Como si no hubiésemos compartido sueños, momentos, estragos… y experiencias inolvidables durante más de cinco años. Debía olvidarme de todo ello como si no fuera más que el humo que se desprendió de esa maldita nota que quemé en el fregadero. Un amor esfumado como si nunca hubiese existido. Y tal vez nunca lo hizo. Tal vez lo imaginé. Tal vez lo viví como si hubiese estado encerrado en una burbuja, aislado de lo real y de un mundo que seguía existiendo, apático a mis sentimientos.
Los próximos seis o siete meses fueron pésimos. Existía pero sin vivir. Era como si funcionara en modo auto-control. Mi mente estaba apagada y mi corazón arrugado como una pasa insípida. Mis amigos procuraban sacarme de mi letargo, bromeando y diciendo que la mejor manera de superarla era liándome con otra… sí, como si me apeteciera meterme en líos ahora.
Empecé a evitar a todos, incluso ignoraba mi móvil cuando veía que era alguno de ellos. No tenía capacidad emocional más que para mi propio sufrimiento. Según escribo esto me doy cuenta de lo destructivo que era mi comportamiento… y no sé dónde hubiese acabado si no la hubiese encontrado a ella.
Una mañana desperté, ahogado en una pesadilla en la que pedía amor. En la que rogaba por un amor nuevo que me salvara de mí mismo. El día estaba nublado cuando decidí salir. La tormenta no tardó en despertar. La lluvia golpeaba con fuerza las calles, violenta y sin piedad. A lo lejos los truenos amenazaban con acercarse despacio y traer los rayos con ellos. Me encaminaba a comprar un paquete de Lorazepam, sin los que era incapaz de pegar ojo y que me temía me tenían bien cogido por los cojones en una adicción sutil que había penetrado lentamente en mi vida. Caminaba aprisa, pues había olvidado el paraguas y hacía frío, cuando oí un vago maullar. Venía de un callejón. Un tímido maúllo, como una súplica, un último clamor de ayuda. Me acerqué hacia donde se encontraban unas cajas y cubos de basura, y escuché el gemido más definido. Rebusqué como un ser desesperado ansioso por encontrar la luz al otro lado del túnel. Era como si el gimoteo procediera de mi propia mente, pues era un grito de tal desesperación que resonaba en mi corazón disecado.
—¿Dónde estás? Bsbsbsbsbsbsbssssss. Gatitoooooooo…. Bsbsbsbsbsbsbsbs….— Silencio… y el maúllo aumentó. Primero prácticamente inaudible, pero con cada bsbsbsbs mío, el grito de desesperación de mi interlocutor de cuatro patas creció. Y, de pronto, apareció. De entre lo que parecían miles de cajas de cartón, apareció una pequeña cabecita blanca con unos ojos enormes, azules como el mar. Seguidos por un cuerpo moteado de manchas grises, dos patas delanteras blancas, como botas que le cabían a la perfección, y dos patas traseras negras. Jamás había visto una criatura tan extraordinaria. Un gato… perdón, una gata, con un vestido tan insólito.
—¿Estás aquí sola?— La miré con compasión y ternura. ¿Quién habría abandonado a tal criatura? Sorprendentemente, se acercó a mí y se restregó, temblando, contra mis piernas, como si me recordara de otra vida. No se apartó ni se asustó cuando me agaché a recogerla. Decidí llamarla Maisha, que significa vida en suajili. Porque, desde ese momento, mi corazón empezó a latir de nuevo, empezó a inflarse y a palpitar. El amor volvió a correr por mis venas cuando esa criatura inofensiva me miró por primera vez y su pequeña y áspera lengua lamió con ternura mi mano. Ella me devolvió la vida. Ella me salvó. Aquella noche no necesité los somníferos. Tras llevarla al veterinario y asegurarme de que estaba sana, llegar a casa, darle de comer y lavarla, ver una película juntos, nos dormimos hasta la siguiente mañana, cuando un tímido maúllo me despertó para avisarme de que alguien requería su desayuno.
Mi nueva vida había comenzado. Mi nueva compañera de apartamento había decidido que quería quedarse conmigo.
Han pasado tres años desde aquel encuentro fortuito. No sé si ella me eligió a mí, o yo a ella, o fue uno de esos momentos de sincronía de los que tanto había oído hablar, pero aquel momento me trajo un amor que jamás supe existía. Un amor absolutamente desinteresado en el que, con estar presente, compartir mi cariño y preocuparme, siendo yo mismo, sin necesidad de fingir, es reciprocado.
30 de mayo, 2024