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Fruta de oro

“¡¡Corre. Vamos. Está cada vez más cerca!!”
Gritaba Manuel en la distancia. Cada vez se alejaba más; había perdido el rastro de Adrián y Petra como quince minutes antes. Oliver apenas veía de frente, entre el sudor que se deslizaba por su frente hasta caer en sus ojos, y la tormenta de nieve que borraba con furia cualquier vestigio de la ciudad, su mente empezaba a preñarse de pánico.
A sus espaldas sólo lograba escuchar el viento, lo cual le estremecía aún más.
Se encontraba en una situación precaria, si dejaba llevarse por el miedo, sabía que estaría perdido.

Agotado y apenas sin aliento, Oliver cayó desplomado al suelo. Cerró los ojos y prácticamente los volvió a abrir en ese mismo instante. Bajo su peso no se encontraba el asfalto frío de la calle, ni la nieve húmeda. Vestía su pijamas, empapado de sudor.
“¿Dónde…? ¿Qué…?”
Tardó un momento en ajustarse a su entorno. A su derecha estaba la cama… De la que se había caído y por lo cual había dejado aquel mundo onírico atrás para regresar al mundo real. Tenía la boca seca y un dolor en el brazo, que parecía haber amortiguado la caída. A través de la ventana caía la nieve sin recato alguno.
“Otra vez la misma pesadilla…” Suspiró agitado Oliver.
Aún era de noche, pero Oliver no lograba pegar ojo. Era una pesadilla recurrente que nunca terminaba mostrándole al perseguidor, aunque tan solo pensar en ello le producía escalofríos en el espinazo. No era un niño timorato, pero algo en el aire le perturbaba y creaba una atmósfera tenebrosa que transformaba su naturaleza afable y tranquila.
Se acercó a su estantería de libros. Pasó los dedos cuidadosamente por los lomos, intentando elegir uno que le acompañara en la insomnia. Observando un título tras otro, se percató de un sutil baile cacofónico entre ellos, que le deleitó y despejó en parte el malestar que la pesadilla había dejado en su subconsciente.
Se decidió por La Historia Interminable. El mundo que Ende había creado en su maravillosa novela de fantasía siempre despertaba un bienestar en su interior.
Sonrió y, sosegado, volvió a la cama con la mejor compañía posible.

Despertó con la boca abierta y la almohada babeada. El libro había caído al suelo. Miró la hora en su despertador y descubrió que eran las ocho.
El sol había amanecido perezoso poco antes, cubierto de una niebla mística que producía una dicotomía de colores neutros y cálidos, como un baile entre fantasmas y diablos.
Era domingo, día que generalmente pasaba con Manuel, Petra y Víctor. Hoy, sin embargo, le abrumaba un presentimiento ominoso.
Bajó con pereza a la cocina, esperando encontrarse allí a sus padres desayunando. Su madre leyendo el periódico o haciendo crucigramas con su padre mientras tomaban café y escuchaban la radio. Cada domingo durante el mes de diciembre emitían un especial navideño.
Su hermano se había quedado a dormir en casa de su mejor amigo y no volvería hasta la tarde. Estaba solo en casa… El malestar regresó con más rigor y, exasperado, se sentó en el sofá, cubrió su rostro con una almohada y, sin saber por qué, gritó entre sollozos y lamentaciones.
Mientras desayunaba, procurando recordar dónde habían dicho sus padres que estarían, sonó el teléfono. Sobresaltado, miró hacia el responsable del susto, considerando si contestar o no. Se decidió por el afirmativo. Tal vez era Manuel o Víctor, con planes para este domingo frígido.
Al contestar, reconoció la voz de su madre al otro lado del auricular. Le contaba que habían decidido ir temprano al mercadillo navideño. No habían querido despertarle; volverían en unas horas.
“Te hemos dejado unos crepes en el horno.” Dijo con ternura y semi excusándose por dejarle solo.
Tras la conversación, desconcertado, volvió a la mesa, aunque ahora con la ilusión de lo que le esperaba en el horno.

La niebla se había levantado, era una mañana con un cielo azul impecable.
Oliver decidió llamar a Víctor para acercarse a su casa y así disfrutar del domingo. Les restaba una semana de clases antes de comenzar las vacaciones de Navidad. Había mucho que planear.
El teléfono sonó cuatro veces antes de que alguien contestara.
“¿Sí?” Era la voz de Víctor.
“Soy Oliver, ¿qué haces?”
“No mucho. Mis padres han ido al mercadillo navideño y nos han dejado a Silvia y a mí en casa. ¿Y tú?”‘Curioso’, pensó Oliver. Los padres de Víctor habían decidido hacer lo mismo que sus propios padres.
“¿Llamamos a Manuel y Petra y vemos unas pelis?”
Oliver hubiese preferido salir a patinar sobre hielo o deslizarse por las colinas cubiertas de nieve, pero Silvia solo tenía cuatro años y era mucha responsabilidad hacerse cargo de ella cuando andaban fuera. “Me parece bien. ¿Llamas tú? ¿Yo llamo a Adrián?”
“No, Adrián no está. No te acuerdas que nos dijo que sea iba con sus padres a Bora Bora?” Se oyó un silencio al otro lado del auricular. Oliver casi podía escuchar la mente de Víctor cavilando.
“¡Ah! Sí, es verdad. Se fueron ayer, ¿verdad? Bueno, venga, yo los llamo y así les convido a todos a un pastel que hizo mi madre ayer.
Oliver colgó el teléfono. El malestar de la pesadilla regresó.
Poco sabía Oliver que jamás llegaría a casa de Víctor ese día.
Cogió su chaqueta, guantes, bufanda, se puso su gorra roja y, tras dejarle una nota a sus padres, salió por la puerta de camino a casa de Manuel y Petra. El aire frígido acariciaba su rostro con aspereza, mientras los rayos del sol bañaban la nieve virgen que juguetona repartía su brillo por doquier.
Iba caminando por la calle con la mente presa en nimiedades, cuando pasó por un parque cuyo topónimo le hizo sonreír.
De pronto la memoria de la pesadilla regresó a él. El recorrido por el parque junto con el nombre del mismo engarzó una serie de pensamientos y emociones que había tenido durante meses. Se percató de que el mercadillo navideño estaba a medio camino entre la casa de Manuel y Petra y la de Víctor. Sintió una punzada en el pecho que se desplazó con rapidez a su cabeza, y cayó de rodillas en la nieve.
Se levantó con aplomo, pasó por un puente que se elevaba sobre un río que actualmente se encontraba congelado. De repente, observando la belleza del agua en estado sólido, experimentó saudade tan sobrecogedora que le oprimió el pecho.
‘¿Pero qué me pasa hoy?’ Pensó, frotándose con la manga de la chaqueta las lágrimas que aparecieron sin aviso.

Llegando a la puerta de sus amigos decidió que, fuera lo que fuese lo que estaba sintiendo —o presintiendo— iba a confiar en su intuición y su agibílibus.
Con sus catorce años siempre había sabido desenvolverse en situaciones complicadas.
Era una mañana nítida, el firmamento infinítamente azul. Sintió una necesidad desproporcionada de llegar a casa de sus amigos. Su sexto sentido le apresuraba. Se movió impetuoso, como alma que lleva el diablo. ‘Debo estar allí ya’, pensó desasosegado.
Tocó un par de veces a la puerta de sus amigos antes de que vinieran a abrirla.
“Hola Oli. Ya ibas tardando.” Era Petra. Le miraba sonriente con sus enormes ojos verdes de una profundidad perturbadora. ” Venga, entra.” Le hizo paso para que pudiera acceder al interior.
“Gracias. Ya empezaban a caérseme los dedos del frío.” La tele se oía de fondo… Japonés. Los gemelos estarían viendo alguno de sus animés favoritos. “¿Los caballeros del Zodiaco?” Preguntó curioso Oliver al llegar al salón, donde Manuel miraba embelesado la serie japonesa.
“No, Kuromukuro. ¿La has visto?” Respondió Petra cuando Manuel no contestaba.
“Sí. Es buena.”
“No está mal. Pero yo las prefiero con personajes más insidiosos, como lo es Melascula de Nanatsu no Taizai, por ejemplo.” Petra y Oliver se miraron y se encogieron de hombros.

“¿Recuerdan la pesadilla de la que les hablé?” Preguntó Oliver a sus amigos. Se habían reunido en la cocina para tomar un chocolate caliente antes de dirigirse a casa de Víctor.
“Sí, ¿ha vuelto a suceder?” Fue Petra la primera en inquirir, la preocupación presente en su tono.
“Anoche. Lo peor es que llevo todo el día presintiendo que algo ominoso se acerca.”
“¿Qué piensas, Manu?” Le preguntó Petra a su hermano. Se había quedado tácito y pensativo. Oliver y Petra lo miraban con curiosidad, esperando impacientes alguna reacción.
“¡Ey! Planeta Tierra a Manu.” Dijo por fin Oliver, rompiendo el silencio que les ahogaba.
“Perdón… Es que… Resulta que anoche tuve exactamente la misma pesadilla… No le dí demasiada importancia. Supuse que eran vestigios de la memoria de cuando nos hablaste de ella la primera vez. Pero anoche había detalles nuevos. Fue algo portentoso y, asimismo, perturbador.” Oliver y Petra lo miraban con temor en la mirada. ¿Qué significaba todo esto?
“Tal vez sea un anatema.” Sugirió de pronto Petra.
“¿A qué te refieres?” Preguntaron simultáneamente los otros.
“Piénsenlo… La primera vez que Oli tuvo la pesadilla fue la primera noche en la que llegó el mercadillo navideño. ¿Y de dónde vino? ¿Y por qué? Es la primera vez que viene a esta parte de la ciudad. Normalmente suele tener lugar en el centro. ¿Y cómo es que todos nuestros padres decidieron ir TAN temprano el mismo día? ¿No les parece singular?” Petra los miraba expectativa. Sus grandes ojos verdes abiertos como platos, procurando absorber cualquier reacción de sus compañeros. “Sugiero que pasemos por el mercadillo para indagar un poco a ver si descubrimos algo extraño que pueda relacionar todos estos sucesos.” Prosiguió Petra.
“De acuerdo. Creo que ése es un plan congruente. Podemos ir de paso a casa de Víctor.” Añadió Manuel.

Salieron de la casa decididos por descubrir el misterio que les acaecía.
Según se iban acercando al mercadillo, Oliver volvió a sentir una punzada en el pecho, acompañada esta vez de una presciencia.
“Déjà vu!” Exclamó Petra.
Manuel y Víctor la miraron boquiabiertos. Todos habían sentido lo mismo.
“¿Ustedes creen que se lleva a cabo algún tipo de propiciación en el mercadillo?” Preguntó Manuel.
“Tienes que dejar de ver tantas pelis de terror.” Respondió su hermana.

Cuando llegaron al mercadillo descubrieron algo estremecedor. No había ni un adulto. Se movían como personajes en una película a cámara lenta.
Los tres amigos se miraron completamente perplejos. No podían creer lo que veían sus ojos.
En cada puesto había seres que parecían personas normales, excepto que las orejas eran puntiagudas. Oliver imaginó que así debían de ser los Elfos en El Señor de los Anillos. Eran altos y todos tenían el pelo largo y recogido en trenzas.
“¿Qué es esto?” Preguntó Manuel.”¿Dónde se encuentran nuestros padres?”
“¿Qué tipo de calumnia es ésta? Esto ni es un mercadillo ni cuatro pollas.” Dijo Petra alterada.
Oliver no reaccionaba.
“¿Qué han hecho con nuestros padres?” Prosiguió aterrorizada.
De pronto todos dejaron de moverse, excepto las criaturas que Oliver consideraba Elfos. Todos ellos en cada puesto se concentraron en Oliver y sus amigos. “¿Qué está pasando?” Preguntó Petra.
“Vámonos de aquí, por favor.” Imploró Oliver.
La mañana pareció congelarse en ese momento del tiempo y un sigilo abrumador se apoderó de ese instante, en ese frío día en el último mes del año mil novecientos ochenta y seis.
“Tranquilos, no teman.” Susurró la voz armoniosa de uno de los extraños. Los amigos se miraron y buscaron la procedencia de dichas palabras. Mientras observaban para descubrir quién hablaba, la voz volvió a platicar. “No es lo que parece. Nos gustaría explicarles tranquilamente nuestro propósito.” Se percataron entonces que la voz se originaba en sus mentes… Se comunicaban mediante telepatía.
“¿Cómo… ? Esto… ¡Pero no es posible!… ” Se decía Oliver a sí mismo. “¡¡Sicofantas!! ¡¿Cómo están haciendo esto?!” Exclamó furioso y atemorizado.
En un instante el mercadillo, la ciudad y todo lo que conocían desaparecieron. En su lugar apareció un castillo completamente blanco, hecho de mármol. Se encontraba suspendido sobre una nube y, alrededor, nubes por doquier. En cada una había pinos con decoraciones navideñas. Los amigos se quedaron lívidos, boquiabiertos y, por primera vez, sin palabras.
“Mi nombre es Luma.” Era el líder. En el mercadillo había parecido casi humano, pero en su propio entorno, lo veían en su forma natural. Era alto, su piel era de tono anaranjado tirando a castaño, semejante a la arena húmeda de la playa al atardecer, con un brillo especial, como diamantes en la luz. Sus ojos eran grandes y almendrados, de un color esmeralda claro, vivaces e inteligentes. “Nuestra cultura ha existido durante miles de años. Fuimos nosotros quienes originamos la Navidad.”
“¿Qué es ese ruido?” Preguntó Petra. Todos se giraron en dirección a Oliver. Había comenzado a himpar; algo que le ocurría siempre que se ponía nervioso.
“Entiendo que todo esto sea difícil de entender… Y que han aprendido otras versiones de lo que hoy les cuento. Nuestras intenciones son nobles. Sin ánimo de sonar untuoso, nuestro deber es traer felicidad y paz a los planetas bajo nuestra jurisdicción. Procuramos hacerlo sin entrometernos, pero este año hemos necesitado intervenir. Los sueños que han ‘sufrido’ fue un intento fallido por nuestra parte de mantenerles alejados del mercadillo.” Continuó Luma.
“Todo esto carece de incongruidad.” Masculló para sí misma Petra.
“¿Qué andas murmurando…?” Preguntó su hermano.
“Tu hermana tiene dificultad creyendo lo que digo.” Sonrió benevolente Luma. “Comprendo que son ideas disyuntivas y difíciles de asimilar. La única razón por la que necesitábamos mantenerles apartados del mercadillo era porque requeríamos la presencia de sus padres sin hijos, ya que olvidan rápidamente lo que es ser niño. Olvidan la ingenuidad, la pureza y la inocencia de lo esencial de la Navidad. Fue por ello también que montamos el mercadillo exento de las multitudes, nos era más fácil controlar a un número menor de personas. Sentimos la decepción y los trucos, pero es muy importante que el sentimiento que se despierta por Navidad, el de la gratitud, regalar por amor, pasar tiempo con seres queridos y aumentar esa energía que está especialmente vigente durante las Fiestas. Es importante porque su planeta depende de ello.” Los jóvenes empezaban a sentirse más seguros y su confianza hacia Luma y su gente había crecido.
“¿Pero por qué suplantarse en el mercadillo como humanos?” Preguntó Petra que aún era la que más reticencia sentía.
“No nos suplantamos… Los adultos, que ustedes vieron como niños, nos ven tal como somos. Son solo los que se presentan sin invitación, como ustedes, que nos ven como seres humanos, o casi.” Explicó el interlocutor. A pesar de la desconfianza, era prácticamente imposible no creer a Luma. Su energía era pura y exudaba fiducia. No quiero resultar locuaz… Así que hagamos algo. ¿Ven ese árbol a cinco metros a la derecha?” Cuando los jóvenes asintieron, Luma prosiguió.”En él crece un fruto de oro. Es comestible, pero nunca perece. Les invito a que cojan uno y se lo lleven. Lo pueden guardar como souvenir (y tiene mucho valor en su planeta), o si lo ingieren, les trasladará directamente aquí. Cuando vuelvan a su mundo, conscientemente no recordarán nada de esto, aunque en su subconsciente siempre existirá una semilla de lo ocurrido que brotará cuando regresen — SI regresan.” Explicó, concluyendo Su discurso. Los amigos se miraron, asintieron y, satisfechos, pidieron regresar a sus casas.

*********

Oliver despertó en su cama el día de Navidad. Había dormido mejor que nunca y no podía esperar a celebrar el día con su familia. Bajó a la cocina prácticamente saltando como un duende. Sus padres estaban despiertos, preparando un desayuno especial para los hermanos.
“Buenos días”, dijo risueño. Su madre sonrió y le dio un abrazo. Su padre le miró con ternura y pasó su mano por el pelo de su hijo, alborotándoselo.
“Hola, campeón. ¡Ah! Antes de que se me olvide, te llegó un paquete esta mañana. No tiene remitente, pero estaba junto a la puerta. Lo he dejado en la mesa en el salón.” Dijo su padre.
Intrigado, Oliver fue en busca de su paquete. En la mesa encontró una pequeña caja de cartón blanco, con una cinta dorada. La abrió, y dentro había un objeto dorado, del tamaño de una fresa gigante, pero con la forma semejante a la de una cereza. Junto al objeto, una nota: ‘Cómeme para recordar’.
Sin saber por qué, Oliver sonrió, guardó el objeto y la nota en su bolsillo, y se encaminó hacia la cocina.
“En otro momento.” Murmuró para sí mismo. La vida era maravillosa.


4 de enero, 2021 (editado el 24 de enero )

La ausencia de las estrellas

Este cuento lo escribí a los 15 años. Mi abuelo yacía en el hospital tras un accidente de coche a causa de un derrame cerebral. Quería hacerle sentir mejor cuando lo fuera a visitar, así que le escribí “La ausencia de las estrellas”. Hace años que no lo leo, así que será tanta sorpresa para mí como para ti, querido lector. Aquí lo presento sin ediciones desde que lo escribí hace 18 años.

Era una mañana de primavera. Una mañana en la que el sol mostraba su infinita belleza posando en el siempre y brillante azul cielo.
Los cirros jugueteaban a través de la lejanía más alta en el firmamento. Los bosques cantaban una dulce melodía a compás de la tierna brisa que acariciaba, a su vez, la hierba y los pétalos de las flores.
Las olas lloraban la triste canción de su soledad mientras lamían las duras y grices rocas.
Allí, sentada, se encontraba Nina. Pensaba en qué podría hacer.
De pronto alzó su mirada al profundo cielo y posó todo su cuerpo sobre las rocas. Acomodó sus manos tras su cabeza y meditó. Quería que oscureciese para observar las estrellas y encontrar en ellas una siempre sincera respuesta.
Sí, le gustaban las estrellas. En ellas veía la esperanza de lo divino y lucía en su brillo la eterna felicidad de la humanidad. Cada vez que las veía, sentía como si algo bonito y esperanzador invadiera cada rincón de su corazón.
Cada estrella era para ella como una gota de felicidad. Pensaba que cada persona tendría su estrella menos ella, y es que a ella todas las estrellas le parecían hermosas. Le parecía injusto tener que elegir una entre tantas.
Era como pedirle a un cantante que renunciara a la melodía de la canción teniendo sólo la letra.
Elegir una estrella, era hacerle daño a la naturaleza, que tan divinamente había colocado tantos astros luminosos en su oscuro manto lleno de magia, y a sí misma, ya que la belleza no se puede medir de mayor a menor. Porque cuando hay varias cosas bellas, no hay dónde elegir.
La astronomía le fascinaba, sabía que aunque no le diera dinero de mayor, sí le daría felicidad y sabiduría. Ella consideraba riqueza al saber, y ella quería aprenderlo todo acerca de lo desconocido fuera de su planeta.
Estando allí acostada, en las rocas y pensando, se quedó dormida.
De pronto y escandalizada se despertó. Ante sí se encontraba la cosa más horrible que jamás hubiera visto. El cielo “no brillaba”. No, no tenía estrellas, ni luna, ni a la siempre visible Venus. Sólo quedaba la negra seda de la noche, que envolvía a todo aquello que la rodeaba.
En un principio, Nina pensó que era una de esas nochees en que no se veían las estrellas ni nada, aunque seguía algo asombrada y preocupada, ya que lo que sí se veía siempre era la hermosa Polar, que ese día, precisamente, no brillaba por su luz, sino más bien por su ausencia.
Nina pensó que lo mejor sería volver a la casa, comer algo y acostarse nuevamente, ya que le invadía un pesado sueño.
Comentó con los demás, mientras comía, lo extraño de la inesperada desaparición de sus más valiosos diamantes nocturnos, aunque ellos le dieron poca importancia, lo cual la tranquilizó algo… aunque su tranquilidad no duraría mucho (…)
Se acostó.
El despertador la despertó a las nueva y media del siguiente día. Como cada mañana, lo primero que hizo fue estirar un poco su cuerpo y frotarse los ojos para despertar mejor. Secundariamente se dirigió al baño a lavar la suave tez de su rostro para, así, despertar completamente.
Cuando por fin estaba totalmente despierta, se enfadó. Aún era de noche (…)
“¡Rayos y truenos! Ese despertador las va a pagar”. Pensó enfadada.
Lo cogió con enfado y se dirigió a otro reloj de la casa, luego a otro y otro (?). Todos marcaban las nueve y media.
“Entonces, ¿qué pasaba?” El sol ya debería de haber salido, en un día de primavera, el sol amanecía más temprano que nunca.
Encendió el televisor, miró la hora… “las nueve y media”.
Los demás se despertaron y miraron extrañados a su entorno. Todo estaba oscuro y triste. Nada lucía, mas que las bombillas de la casa.
En las noticias comentaban que ese día el sol no había salido aún. Toda la sociedad se derrumbaba. No había luz y por lo tanto, tampoco vida. Todos permanecían en sus casa, a la espera de su más preciado tesoro, el sol.
Nina pensaba que si supiera algo más de los astros, podría explicar lo sucedido, pero nadie sabía lo suficiente.
Nada era ciencia cierta, ni tan siquiera el sol. ¿Quién podría afirmar ahora que éste alguna vez existió? Nadie, y eso era lo preocupante.
Nina tenía la teoría, por lo poco que sabía, que quizás el sol y su luz que les había llegado, era tan sólo la luz de un astro que permaneció hasta… entonces y que por su velocidad en años luz, habría alcanzado otra galaxia.
Había pasasdo una semana, y ni Nina ni su familia tenían buen aspecto. Aparentaban cansados y desanimados. Pronto las bombillas se fundirían y ni siquiera sabían cuándo dormir. En las noticias habían anunciado que los satélites no habían detectado ningún astro por ningún lado, ¿y si se los había tragado algún agujero negro desconocido? ¿Sí, ese conjunto de electrones magenéticos?
Lo cierto es que no habían astros ni planetas que se vieran y todo por la oscuridad.
Estaba claro que lo que eran los astros, ya no eran. No existían, nadie tenía certezas ni seguridad… todo era nada.
Tampoco podían comer porque la comida se estropeaba… sin luz… no hay vida.
Todo era horrible… si Nina hubiera sabido algo más de los astros… su naturaleza… su origen… su intensidad… pero… allí estaba, sintiéndose inútil.
Había logrado superar una semana más, aunque dudaba de su resistencia para llegar más allá de uno ó dos días. Por eso decidió apoderarse de la situación, no permitir que el pánico se apoderara de sus temores, por eso, una brillante idea surgió de su cabeza. Habló con sus padres y demás, les había advertido lo que tenía previsto para salvar al mundo, aunque sin lugar a dudas, no pretendía ser ninguna heroína, sólo, salvar a la humanidad… que tenía mucho que aprender.

La joven cogió todas las estufas que enchufó a un satélite, éstas estaban enchufadas a su vez al sistema eléctrico de la casa.
Había como una cantidad aproximada de ocho ó diez estufas que se veían unidas a un enorme satélite. Las encendió, el calor propagado por las mismas era tan ferviente que el satélite empezó a calentarse y enrojecer, empezaba a salir humo y, como el satélite estaba, a su vez, conectado a la red televisiva, seguía recogiendo ondas. Pero como ahora su funcionamiento era transversal, pues acumulaba todas las ondas que, al llegar a un punto límite de calor, dejó salir con un color rojizo directamente al infinito del espacio.
De pronto, empezó a brillar la seda negra. Las perlas más caras habían vuelto a la vida. Cada vez había más y, de pronto, no se veía ninguna. Un color azul claro se había apoderado de la noche.
Enseguida apareció el sol, cada vez se acercaba más y calentaba mucho, demasiado. Estaba muy cerca, quizás bastante.
Todo se quemaba y se secaba. Nina empezaba a sentir el calor en sus huesos. Veía cómo sus familiares se iban derritiendo poco a poco, al igual que ella… había cometido un error. Había conectado demasiadas estufas y el calor provocado había sido superior al que transmitía el sol en esa zona.
Se derretía, por lo menos le quedaba la esperanza que al otro lado del mundo no le ocurriese nada de eso.
Se quemaba, sentía calor, mucho calor… calor, calor…
“Me quemo, me quemo”, repetía Nina sobre las rocas de la playa. Abrió los ojos. Ante sí lucía el brillante sol, a la misma distancia de siempre. El mar dejaba paso a la tranquilidad y la brisa marina recordaba a Nina que todo había sido una pesadilla.
Era mediodía, el sol quemaba y sus tripas resonaban como el choque de las olas con las rocas.
¡Era hora de comer! Luego lo estudiaría todo acerca de los astros, pero paciencia, amigos. Toda una vida de saber la espera. Ya aprenderá.

Abril 1994

Es obviamente un cuento bastante juvenil, pero pese a ello, con su moraleja. Se podría editar y pulir, pero he preferido dejarlo como estaba cuando lo escribí por primera vez.