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Carta del otro lado

Querida Mariana,

Espero que no llores al leer esto, aunque poco te puedo pedir desde donde te escribo. Es curioso, simplemente la noción de estar escribiéndote desde aquí me resulta inverosímil. Yo, que siempre pensé que “aquí” no existía.
Quiero espiarte cuando leas esto. Será mi manera egoísta de descubrir si realmente te importé. Ni siquiera sé por qué te envío esta carta a ti. ¿Qué explicaciones te puedo dar? Supongo que jamás me creíste tan escrupuloso, o tal vez sea cobarde la palabra correcta.
El caso es que aquí estoy y, ¿sabes qué? No me arrepiento. Supongo que el miedo se apoderó de mí antes de por fin volarme los sesos, como muchas veces había fantaseado hacer. Tantas otras veces en las que no tuve las agallas para llevarlo a cabo. ¿O es cobardía? No estoy seguro. En vida siempre oí que los que que se suicidaban —qué palabra más fea— eran unos cobardes. Que se habían dado por vencidos y ya no querían seguir luchando. Que habían tomado el camino más simple. Déjame decirte, simple no fue. Y tampoco estaba deprimido. Triste, posiblemente. Pero, ¿no eras tú quien me decía siempre que una pena infinita se traslucía a través de mis ojos? Sí. Triste, seguramente. Una tristeza sin cura, crónica, supongo. Tal vez estaba deprimido. ¿Qué sé yo?
Tal vez supuse que ya había vivido lo suficiente. Que había alcanzado muchas metas que jamás pensé lograría. Estarás pensando que cómo pude estar tan seguro… No te lo vas a creer, pero desde este lado puedo oír los pensamientos de la gente. Puedo caminar entre ustedes y escuchar lo que ronda sus mentes. Así que, cuando lo pienses, lo sabré.
Tendrás tantas preguntas. La luz blanca y las memorias que atropellan nuestra conciencia en el momento justo en que el último latido parte de nuestro corazón. Cielo o infierno. Almas perdidas, almas conocidas. ¿Y por qué sigo por aquí? ¿Estoy en el limbo?
No sé qué decirte. Ojalá pudiera explicarte que, desde esta perspectiva, todo tiene más sentido. Las nimiedades que nos preocupaban en vida ni siquiera existen en este espacio. Me veo como era, pero sé que no lo soy. No sé lo que soy, pero tengo mis memorias intactas. De hecho, las recuerdo mejor que ese día, cuando cumplí los treinta y decidí que ya había vivido lo que quería vivir.
¿Fui egoísta? No lo sé. Sin embargo, sé que no fue una decisión que me tomé a la ligera. Fue una decisión que me llevó años ejecutar. Tal vez porque siempre pensé que había algo más. Y, cuando te conocí a ti, realmente lo creí. ‘El amor de mi vida’, me dije. ‘La mujer con la que querría tener un hijo’, me aseguré. Estaba equivocado, como ambos sabemos.
Tal vez toda esta lógica la esté creando para justificar ese acto tan definitivo. Irrevocable. Tal vez me asuste pensar que treinta años no eran suficientes para alcanzar todo mi potencial, por lo que me justifico y digo a mí mismo que lo que hice fue la mejor opción para mí. Curioso cómo los pensamientos no se apagan en este lugar. Tal vez esto sea el infierno: una batalla incesante contra mis pensamientos. La teoría que rondaba en mi mente cuando chupaba la boca de la escopeta, era que, puesto que tú no me querías, y yo a ti más que a la vida misma, no merecía seguir adelante. Me dije que sería imposible amar tan apasionadamente de nuevo. Me convencí de que mi amor hacia ti era puro y real. Ahora lo veo a través de un cristal nítido. Creo que en vida lo miraba todo a través de un cristal de esos gruesos, como los de las botellas de Coca-Cola, donde el cristal es tan grueso y con un tono algo verdoso, que lo que está al otro lado no se distingue con certeza. Mi perspectiva de lo que era amor podía estar algo adulterada por el cristal por el que había decidido observar mi vida. No, no quiero pensar en ello. Sí, debí de amarte tanto que sin ti la vida no tenía sentido. Cuando me confesaste que te habías enamorado, sentí cómo una mano invisible se introdujo en mi pecho, apretó con fuerza mi corazón, y lo estrujó como una esponja vieja y gastada, lista para la basura. Exactamente donde creo que fue a parar mi corazón. En la papelera de lo inservible. Desde ese momento, creo que todo a mi alrededor se convirtió en un manto blanco y negro. Todo carecía de sabor, color, olor, sentido. Mis amigos intentaban animarme, diciendo que había muchos peces en el mar. ¿Qué coño significa eso? ¿Acaso no entendió nunca nadie que no se trataba de cantidad, sino de calidad? Nunca fui uno de esos tíos que buscaban enrollarse con la mayor cantidad de mujeres posibles. Tenía amigos que tenían una lista: las más guapas, las rubias, las morenas, las asiáticas, las negras, las pelirrojas, las gordas, las flacas, las que servían para más de una noche… etc. No todos mis amigos eran así, pero los había, como hay de todo. Yo, sin embargo, me enamoré de ti. Nunca fui muy extrovertido ni iba buscando el amor de mi vida. Simplemente pasó. Nos conocimos casualmente, mediante amigos. Entablamos amistad, nos enrollamos unas cuantas veces. Yo me quedé colgado, y tú saciabas tus deseos carnales. No te lo reprocho, que conste. Eso no es lo que estoy haciendo con esta carta. Perdona si lo ha parecido. Sólo quiero explicarme, tal vez intentar que calces mis zapatos por un corto tiempo para ver a través de esa puñetera botella de cristal. Es cierto que poco después de que me contaras lo de tu nuevo amante sentí desdén hacia ti. Sentí que te perdí el respeto. No me preguntes por qué. Tal vez porque paradójicamente me creía a la altura del mayor altruista de la historia o el mejor novio que pudieras tener. No lo sé. Pero te desprecié durante meses. Sé que te percataste de mi comportamiento y me dejaste, no porque te desagradaba, sino porque no pensabas que sentirte cerca me beneficiara. También por ello te desprecié. ¿Cómo te atrevías a ser más madura que yo? ¿A entender mejor lo que necesitaba? Que no iba realmente de la mano con lo que quería. A menudo lo que necesitamos y lo que queremos no compaginan.
Así seguí varios meses. Ahogándome en mi propio papel de víctima, olvidando el encanto de todo lo que la vida podía regalarme si me abría a la posibilidad. Ya me había encerrado en un cuarto oscuro, había cogido la llave y me la había tragado… y allí dentro se había quedado. Me fui distanciando cada vez más del mundo, de los demás. De mi familia, mis amigos o cualquiera. Cuando lo pienso, no creo que realmente tuviera que ver contigo. Creo que en mí existía un rincón oscuro. Creo que todos lo tenemos, claro que en cada uno se proyecta de manera diferente. En mi caso, me llevó a un aislamiento, una tristeza y un malestar abrumador. Un sentimiento de menosprecio propio, de no valer. Perdí mi trabajo porque no me podía concentrar en lo que hacía, lo que resultó en más tiempo dentro de mi propia mente. Tiempo que realmente no necesitaba. Cada pensamiento que cruzaba mi consciencia se quedaba allí. Lo agarraba como si fuera la verdad absoluta, y me apegaba a él como si mi vida dependiera de ello. ¿Que el pensamiento me decía que era un fracaso y que tenías suerte de no haberte enamorado de mí? Lo sujetaba con fuerza, lo dejaba convencerme un poco más, y me lo metía en el bolsillo para sacarlo en la posteridad cuando necesitaba convencerme nuevamente del desastre andante que era. ¿Que un pensamiento agresivo tocaba a la puerta a punto de echarla abajo y me decía que mi vida era una mierda y que todos en ella estarían mejor sin mí?
“Oye,” le decía “cuánta razón tienes. ¿Te quedas aquí y desarrollas más esa noción para entender mejor en todo lo que he fracasado?”
“Con gusto.” Me respondía, y allí tenía otro compañero disponible a maltratarme y darme de palos cuando se lo pidiese. Estos pensamientos se convirtieron en mis mejores amigos en este cuarto oscuro del que no lograba escapar.
Mis fieles compañeros.

Te comenté antes que este lugar parece real —yo me siento real— pero no lo es. Estoy solo. Al menos, desde que llegué no he visto a nadie. Estoy esperando a ver a todos mis seres queridos, o tal vez los que nos volamos los sesos con una escopeta no tenemos esa opción. No sé qué creer. Lo único de lo que estoy seguro es que dejé el mundo que conocía y estoy aquí. Te explico. Te conté que podía ver y escuchar los pensamientos de los vivos. Pues bien, este lugar es como un paralelo de ese lugar, pero como si estuviese cubierto de una neblina borrosa y blanquecina, o una de esas redes para dormir. Puedo ver, escuchar y sentir, pero no puedo tocar, no puedo ser ni escuchado ni sentido. Como un espejo/cristal de una sala de interrogación policial. No es desagradable. Sé que mis palabras no le hacen justicia a la experiencia de por sí, pero siento calma. También te comenté que los pensamientos aquí no parecen haberse olvidado de mí, pero no son los mismos que me acompañaban en mi cuarto oscuro. No. Estos son más reflexivos. Siento que son lo opuesto a lo que eran. Como si se tratara del yin y el yang. ¿Me entiendes? No me atacan. Aparecen, se sientan en un rincón de mi mente unos instantes, hasta que reconozco su presencia, los escucho y los dejo ir. No me aferro a ellos.
Es curioso sentir calma cuando uno ha decidido dejar el escenario de una manera tan violenta.

He de confesarte que te mentí. Sí que me arrepiento. Cuando paseo por este paralelo de lo que una vez fue, veo la vida de otra manera. Veo que había una solución para cualquier problema. Nada era realmente vano, a pesar de que había momentos en que lo parecía. Los momentos en los que me sentía solo y tenía que elegir entre pagar el alquiler o comer… esos momentos me parecía que no tenían solución. No podía ver cómo salir de esa situación. Me ahogaba en mis propios fracasos y me convencía a mí mismo de que ése era yo: el que nunca conseguía nada de lo que quería. No pude tenerte a ti, perdí mi trabajo, nunca tenía dinero… Sentía como si cada problema contribuyera a la destrucción de la posibilidad de la otra. Sin embargo, aquí, envuelto en una soledad diferente, veo el mundo sin distracciones. Lo veo, pero no lo vivo. No lo siento como cuando era parte de los seres a quienes le latía el corazón. No, paradójicamente, con esta red a mi alrededor, veo más claramente de lo que había visto jamás antes.
¿Cómo voy a conseguir que recibas esta carta? ¿Cómo voy a hacer que llegue a ti? Tengo la certeza de que hay un vínculo entre este mundo y el tuyo, en el que puedo dejar esta carta para que la leas. No quiero que sientas lástima por mí. Tal vez empecé a escribirla con esa intención. Sé que mi pluma era el odio y el rencor en un principio, pero a lo largo de mi relato, y cuanto más tiempo llevo aquí, la compasión se ha apoderado cada vez más de mi corazón rencoroso. Tal vez pienses que he escrito esto de una sola sentada. Te equivocarías en semejante suposición. Empecé a escribir nada más llegar, pero de eso hace treinta años. O al menos treinta años en mi mundo. No sé cuál es el equivalente en el tuyo.

Lo cierto es que te extraño, claro que ya te extrañaba incluso cuando estaba con vida. Te extrañaba porque yo mismo me había alienado del mundo y me había mudado a mi cuarto oscuro. Añoro a todos aquellos a quienes quise; y especialmente siento pudor al saber el sufrimiento que causó no sólo mi muerte tan violenta, sino que mi padre me tuviese que encontrar en el estado en que lo hizo.
Perdona mis palabras tan impetuosas —o si parecieron serlo— al principio de esta carta. Perdóname por haberte empujado de la manera que lo hice. Espero que seas feliz y que sepas que estoy bien donde estoy. Aunque sé que es inútil arrepentirse de lo ya ejecutado, quiero que sepas que el mayor motivo de hacerte llegar esta carta es prevenir que recibas otra de alguna otra persona a la que estimas. No me malentiendas; ni te culpo ni pienso que era tu responsabilidad salvarme. La soledad es así de desgarradora y maldita. Te engaña y te atrapa entre sus garras y te susurra al oído que no le importas a nadie. Sólo te pido que si ves a alguien a quien quieres alejarse poco a poco de ti, extiéndele una mano para que la soledad no le atrape primero. Tal vez eso le ayude a no tragarse la llave del cuarto oscuro.

Cuídate y gracias por tu amistad.
Sinceramente,
Yo.

Si tú o alguien que conoces sufre de depresión y tiene pensamientos suicidas, por favor marca este número:

717 003 717

Allí darás con el Teléfono de la Esperanza para atención en crisis.


20 de octubre, 2019

Goodbye, my friend.

Death. The silent partner of life. That which only comes out to play when all your cards have been dealt and you have no more moves left, not even a trick up your sleeve. That’s death. Always sneaking up on everyone, neither out of spite nor maliciously. That’s just who she is; and she has a very hard time being accepted or feeling welcome. We fear her so much that we try all sorts of maneuvers to avoid her; because we know that once you go out to play with her, you never come back. You don’t return to explain what kind of friend she is, or the type of games you played together. You don’t come back to tell us if there were others to play with; whether the game room was dark or a paradise of beautiful sites. And because we don’t know, we don’t want you to go with her. It scares us; and it saddens us not knowing if we’ll ever see you again. When it comes to death, all we know is that she will always come to play with each and everyone of us at some point. That’s the moment when life decides we’ve played long enough with her and proceeds to introduce us to her partner.

When death came to play with you, my friend, I wasn’t even aware life had made that introduction. I stumbled onto that knowledge as a drunk stumbles into the night after one too many drinks.
I thought you were still happily playing with life and enjoying many of her wonderful gifts.
What a slap in the face!
What a sudden notion!

That’s death for you. She takes your hand and drags you away to have you all to herself; even if you haven’t said all your goodbyes, even when you haven’t had a chance to talk to some friends in years.
She just doesn’t care. She has a schedule to follow and many souls to play with.

The suddenness of it all; of finding out you had changed playmates… it made my heart shrink and ache. It made my mind drown in the memories I kept of you.

As I write this, I hope that your new surroundings include a massive movie screen with your favorite movies. I hope your new playground allows you to share your anecdotes, great stories and jokes.
I hope that when we meet again, you can keep your promise to go watch a good movie for once.

Rest in Peace, my friend. Thank you for the memories and for your friendship. You’ll always have a place in my heart!


Adiós, amigo mío.

La muerte. La socia silenciosa de la vida. Aquélla que sólo sale a jugar cuando ya no te quedan más partidas, ni tan siquiera un truco de ases en la manga. Ésa es la muerte. Siempre acercándose a cada cual furtivamente, sin rencor ni maldad. Simplemente es como es; y le cuesta ser aceptada o sentirse bienvenida. La tememos tanto que intentamos todo tipo de maniobras para evitarla; porque sabemos que una vez que sales a jugar con ella, nunca regresarás. No vuelves para explicar qué tipo de amiga es, o qué juegos jugaron juntos. No vuelves para informarnos si habían otros con los que jugaste; si la habitación de juego era oscura o un paraíso de paisajes maravillosos. Y, al no saber, no queremos que te vayas con ella. Nos asusta; y nos entristece no saber si volveremos a verte. Cuando se trata de la muerte, lo único que sabemos con certeza es que siempre vendrá a jugar con todos y cada uno de nosotros en algún momento: cuando la vida decide que hemos jugado suficiente tiempo con ella y pasa a presentarnos a su socia.

Cuando la muerte vino a jugar contigo, amigo mío, ni siquiera era consciente de que la vida ya te la había presentado. Tropecé con ese conocimiento cual borracho tropieza en la noche tras una bebida de más.
Pensé que seguías jugando con la vida y disfrutando de todos sus maravillosos gestos.
¡Menudo bofetón!
¡Menuda noción repentina!

Esa es la muerte. Te coje de la mano y te lleva consigo para tenerte para sí misma; aún si no te has despedido de todos, aún si ni siquiera has tenido la oportunidad de hablar con algunos amigos en años.
A ella eso le es indiferente. Tiene un horario que seguir y muchas almas con las que jugar.

La brusquedad del asunto; de enterarme que cambiaste de amiga de juego… mi corazón se encoge y se acongoja. Mi mente se preña de las memorias que mantengo contigo.

Según escribo esto, espero que tus nuevos alrededores consten de una gigantesca pantalla de cine donde puedas ver tus películas favoritas. Espero que tu nueva zona de juego te permita compartir tus anécdotas, tus historias fantásticas y tus bromas.
Espero que cuando nos veamos de nuevo, puedas mantener tu promesa de ver una buena película por una vez.

Descansa en paz, amigo mío. Gracias por las memorias y por tu amistad. ¡Siempre tendrás un lugar en mi corazón!


8 de septiembre, 2019

Racismo

Esto lo escribí a los 16 años. Aunque he crecido un poco desde entonces y tenido más experiencias en la vida y he conocido más gente y culturas, la idea principal de la reflexión sigue allí y quise compartirla con los lectores de este humilde blog.

Racismo: Ésa es una palabra que cuando la oigo en cualquier lugar me vienen a la mente términos como prejuicio, ignorancia, enemistad, injusticia… y otros que no sería necesario mencionar.
Yo creo que cada uno tiene su idea escrita sobre lo que es el racismo, todos tendrán su opinión poco subjetiva de lo que esta indigna palabra significa. En realidad, ¿qué es el racismo? ¿Es sólo objeto de nuestra imaginación? ¿Es un hecho? ¿O es algo que alguien inventó?
Yo creo, ahora que lo pienso, que esta palabra ha sido creada para justificar el comportamiento de superioridad de algunos sobre otros.
Porque, si no, ¿cómo se puede juzgar a un ser humano por su color de piel? ¿Cómo es que hay gente que al ver a alguna persona de distinto color de piel que la suya propia caminando por una acera, se pasan a la otra? ¿Cómo se puede justificar que una persona tenga miedo a otra por ser de otro color, si no diciendo que es racista? Es increíble pensar en esto, es increíble pensar que hay un grupo formado por tres K que matan a aquella gente que no tiene su mismo color de piel y, más allá, a aquellos que defienden que el color no impide que todos los seres humanos sean… seres humanos.
Siguiendo la teoría de los “racistas”: “son personas de diferente color, hay que acabar con ellos”… ¿no habría entonces que acabar con todos? ¿no habría entonces que matarse unos a otros? Al fin y al cabo, estoy segura de que no hay dos personas que posean el mismo color en el tono de su piel, ni siquiera habrá dos personas iguales… ¿o sí? ¿No es eso lo que caracteriza al mundo? ¿La diversidad? ¿La diferencia? En este mundo, en este mundo tan hermoso, lo más bonito de él es que todo es diferente, es lo más bello que La Naturaleza ha otorgado. Es lo más hermoso que la Madre Tierra posee. ¿Es que acaso hay dos paisajes iguales? ¿Es que si a un grupo de personas no les gusta el verdor se dedican a acabar con él?
¿Hasta cuándo va a durar esto? Quizás quede mucho por aprender, de eso estoy segura. Hay que aprender que la belleza está en el interior, que no todo lo blanco es puro y eso es una metáfora. En realidad, no se puede juzgar a un ser humano por tener su piel oscura, blanca o morena; por tener rasgos africanos, anglosajones o indios… No se puede pretender que todos seamos iguales. No se debe querer hacer “un solo”, no se debe hacer al ser humano al gusto de unos cuantos que no respetan la intimidad de un orgulloso por su color de piel. En realidad, los blancos nunca han (hemos) sido quiénes para juzgar a nadie. Somos la raza más reciente e ignorante. La sabiduría la poseen aquellos que han vivido y pertenecido a este planeta durante milenios sin corromperlo, ensuciarlo o maltratarlo.
No digo que todos los blancos seamos malos. No.
Hay en este mundo toda clase de personas: buenas, malas, inocentes, ingenuas, odiosas, malévolas… y eso ya no depende de nada más que de su propio corazón. El guía de la vida, el que nos lleva por el buen camino y nos conduce a nuestro destino y el corazón no tiene color, como no lo tiene la bondad, la generosidad, el amor, la ternura, la verdadera belleza…
Lo realmente increíble del racismo es que surgió de la nada, es que aquel que padece esta “enfermedad”, “aprende” a odiar a todo aquel ser humano que tenga la piel no de su color, que tenga una raza diferente a la suya.
El racismo ha sido una palabra que, además de entrar en el diccionario, entra en el corazón de algunos seres humanos (?) cerrando no sólo sus ojos para cegarlos, sino también sus corazones que siguen el dicho “ojos que no ven, corazón que no siente”.
Es realmente penoso descubrir que hay vidas que nacen para ser inculcadas al racismo. Les enseñan a odiar (…)
(…) En realidad hay que mirarlo bien. ¿Es que acaso un niño de dos años juzga a alguien porque es diferente a sí mismo? Este niño es inocente, es libre porque nadie le ha enseñado algo que quizás ni siquiera piense. Nadie le ha enseñado a juzgar por las apariencias, nadie le ha enseñado a no mirar el interior antes de juzgar. Un niño de esta edad no juzga, vive sin molestar, por eso hay que prestar más atención a los niños, no hay que enseñarles, ellos han de aprender de la vida y de sus diferentes calles. Ellos han de buscar el camino que les guía su corazón, han de aprender de los conocimientos que ellos mismos tienen. Al fin y al cabo, no todos los genios fueron estudiantes modelo.
Pero me desvío un poco del tema, aunque no del todo… ¿quién sabe realmente por qué es racista si es que lo es?

Mayo, 1994