Historias, poesías, reflexiones y críticas literarias. Todo por el amor a la literatura…

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Me toca dejarte

Te miro y siento por ti un amor increíble. Has sido todo lo que una criatura como yo hubiese podido pedir de alguien que le cuidó. En cuanto te vi aquel día a través del cristal de mi prisión supe que eras tú. Tú serías la persona que se ocuparía de mí. Así que intenté llamar tu atención. Salté, grité, di vueltas por mi celda y cuando me paré para ver si mis acrobacias habían surtido efecto, supe enseguida por tu mirada que había cautivado tu corazón. Eras mía.
De pronto estaba en tus brazos, y desde ese momento hemos sido inseparables. Es cierto que a veces me sentía algo atosigada, pero no puedo negar que la atención me gustaba. Y mucho.

Recuerdo nuestro primer paseo, nuestras salidas a los bosques para ir de caminata. Sé que no podías ir sin mí. Yo era tu compás y dirigía el camino con orgullo, siempre delante para que no te perdieras.
Recuerdo cuando me llevabas de viaje allí adonde tú fueras. La primera vez que subí a un avión fue una experiencia de los más irreal. Te notaba nerviosa, supongo que no sabías si me pondría a ladrar de la excitación, el miedo o ambas. También creo que pensabas que utilizaría mi cama como retrete, pues me pusiste algo muy raro alrededor de mis partes privadas. No te lo reprocho, ¿pero no había otra manera?

Lo siento por aquella vez que te preocupé tanto cuando me comí las barras de avena con chocolate oscuro. Me puse malísima. Me hinché como un globo y me llevaste con urgencia y hecha una bola de nervios al lugar ese donde íbamos alguna vez y me pinchaban, observaban, o me daban algo que me hacía dormir. No me gustaba mucho ese sitio, aunque siempre me trataron bien. También lo siento por todas las veces que no podía evitar sino escapar de casa por la puerta trasera para aventurarme al mundo exterior. Descubrir por mí misma y sin tu tutela lo que se ocultaba en el mundo fuera del hogar. Sé que te preocupabas inmensamente cuando desaparecía así, aunque siempre regresaba, sobre todo cuando oía mi bolsa de la comida llamándome. ¡No se te escapaba una! ¡Qué aventuras! Recuerdo cada vez que tenías el corazón roto por alguna razón u otra. Entendí que se debía a que el humano con un olor específico había dejado de aparecer por casa. Nunca entendí por qué dejaban de venir ciertos humanos. Yo jamás te hubiese abandonado… excepto ahora que no tengo otra opción. Sé que me lo perdonarás. En esos momentos me acercaba a ti y me acurrucaba junto a tus piernas, me echaba en tu regazo e intentaba lamer las lágrimas que corrían por tus mejillas. Entonces me abrazabas y me sentía tan afortunada de tenerte a mi lado, que mi corazón se aprieta en mi interior sabiendo que no sé quién te cuidará de aquí en adelante.

Tú sabes que ha llegado el momento. Después de 15 años juntas, mi cuerpo ya no puede más. Hace seis meses descubrieron la razón por la que tenía sangre en la orina, o eso creo, pues después de aquella visita al lugar ese con olor a muchos animales, empezaste a darme unas pastillas con la comida. Me hacían sentir algo mejor, pero tanto tú como yo sabíamos que eso sólo aplazaba ligeramente lo inevitable.
Como sé que la muerte está pisándome los talones, me acerco a ti todo lo que puedo. Me recibes con lágrimas en los ojos, conociendo la razón de mi necesidad de tenerte cerca. No sólo por mí, sino también por ti. Sé que te va a doler, sé que vas a sufrir y posiblemente te prometas no adoptar a otra criatura como yo. Pero yo sé que eres fuerte. Sé que lo superarás y que recordarás todas las aventuras que hemos pasado juntas y tu corazón se llenará de amor y de luz. Sé que querrás repetir la experiencia con un perro nuevo.

Ahora voy a posar mi cabeza aquí sobre tu regazo… Me entra un cansancio abismal… Me pesan los párpados…

15 de octubre, 2019

Amor incondicional

Anoche no pude dormir. Me dolía el estómago. Tuvo que ser algo que comí, aunque no entiendo bien qué. Todo lo que comí hoy olía delicioso, así que dudo que ésa fuera la causa, aún cuando me decidí por recoger comida que no estaba en mi plato. ¿Y quién puede culparme? Allí estaba… ¿el qué? Bueno, no lo sé exactamente, pero a mi olfato le gustó. Estábamos paseando, y lo olí antes de verlo. Estaba oculto detrás de un arbusto, pero fui lo suficientemente sagaz para embocarlo sin que Oliver pudiera impedirlo.
—¡Ja!— Pensé que me había salido con la mía.
Poco después empecé a vomitarlo todo. No solo mi captura furtiva, sino lo que había desayunado. De pronto no me sentía tan bien. Perdí el apetito y solo quería dormir. No me apetecía levantarme. Oliver me miraba con inquietud. Me acariciaba más de lo normal y me preguntaba incesantemente si todo estaba bien. Cuando volví a expulsar los contenidos de mi estómago (o lo que en él quedaba), vi rastros de preocupación en su rostro. Los humanos son fáciles de leer. Enseguida se les dibuja una luz diferente a su alrededor dependiendo de su ánimo: amarillo si están felices, blanco si están sosegados, rojo o naranja si están enfadados, violeta si están preocupados…
Soy muy perceptivo para estas cosas.
La cuestión es que enseguida cogió el objeto ese del que nunca se despega, se lo llevó al oído y en breve me estaba llevando al coche. Estábamos de camino a… bueno, no tardaría en saberlo. Curiosamente, a pesar de que siempre me excitaba y emocionaba cuando íbamos de excursión, me sentía terriblemente apático y desganado. Sólo quería cerrar los ojos y dormir.

Llegamos a nuestro destino.
—¡Oh, no! Reconozco ese olor.— Era el lugar a donde Oliver me llevaba cuando me inyectaban con objetos desagradables y luego me sentía medio raro. Intenté resistirme, pero no tenía fuerzas. Mis patas flaquearon y me derrumbé.
Lo próximo que recuerdo era estar en casa. Oliver echado junto a mí, en el suelo, junto a mi cama. No me sentía muy bien, aunque sí mejor que antes de nuestra pequeña aventura al sitio que no será nombrado. Oliver me miraba con cariño. Su luz era azul claro —preocupación mezclada con tranquilidad—. Le lamí la mano lentamente. Me miró, sus ojos hinchados. ¿Había estado llorando?
—Mi perro tonto— Me dijo y me acarició con cariño la cabeza. Me miró tiernamente y me dio un beso justo donde más me gusta, por encima del hocico, entre ceja y ceja. Cerré los ojos e intenté dormir. Me sentía más tranquilo, aunque como ya he dicho, no logré dormir mucho.
Hoy me siento mejor. Me reconozco más a mí mismo y Oliver me mira sonriente.
En su mano tiene la correa para salir a pasear.
Creo que me siento con ganas y fuerzas para ello.

12 de octubre, 2019

La vida

Otro poema sobre la vida. Esta vez más corto que el anterior.

Es un libro abierto
que refleja un deseo,
y no uno, sino dos… y tres,
pero la vuelta a la hoja no le des,
encontrarás, si lo haces,
una hoja en blanco; no lo dudes.

Sólo puedes avanzar,
pero no tengas prisa en terminar,
satisfecho puedes estar
si has sabido aprovechar,
el recorrido a través de las páginas
que te ha brindado tu comprensión.

Estarás contento de la razón
que te habrá otorgado el corazón
por saber vivir la vida
con cariño, amor y emoción.
Sigue viviendo la vida
y disfruta la lectura con alegría.

1994 (mes desconocido).