Historias, poesías, reflexiones y críticas literarias. Todo por el amor a la literatura…

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Historia de una noche

Era una noche oscura, acompañada de una lluvia fuerte e incesante. Por los callejones desolados se deslizaba una figura furtiva. Vestía una gabardina tan lúgubre como la misma noche. Por su expresión se infería que su propósito era más que dudoso.
Encontró protección de la lluvia en un portal. Sacó un papel del bolsillo derecho, arrugado y amarillento. Lo desenvolvió y miró el nombre epiceno escrito en el mismo.
Volvió a meter el papel en el bolsillo correspondiente, se preparó para entregarse nuevamente a la lluvia que seguía castigando a todo aquel que se hallara a su alcance. Caminaba con ímpetu hacia su destino. Ya faltaba poco.
Mientras sentía la lluvia azotar sus hombros, imaginaba con tranquilidad el momento en que extirparía el problema en cuestión. Según se iba adentrando aún más en la noche, sentía presciencia de cómo acabaría todo.
Su plan comenzaba a tomar forma en su mente. Una sonrisa maligna se dibujó en su semblante. Se felicitaba a sí mismo por crear un escenario aparentemente inocuo.
Era una noche ominosa. Nubarrones preñados de agua que no dejaban de escupir sobre tanto lo animado como inanimado. La luna llena y amarillenta se dejaba ver tímidamente cuando las nubes se desplazaban brevemente.
“Mi tipo de noche.” Pensó satisfecho.
La incidencia de lo que le traía a ese rincón de la ciudad esa noche venía cocinándose desde años atrás.
Ya estaba cerca. Un pensamiento salaz atravesó su mente. La lujuria por el crimen que acechaba se preñaba en sus entrañas.
Su pasado no le atormentaba jamás. No sentía contrición por ninguno de sus actos. De hecho, fantaseaba con el momento que le había llevado a aventurarse a una noche como aquélla.
No era una persona irascible. Lo que hacía, lo hacía con gusto y calma.
Estaba iracundo por tener que aplazar sus planes anteriores para ocuparse del asunto que le traía a este momento.
“El imbécil ése me había soltado una letanía de sandeces para evitar la misión que me trae a este momento.” Pensó.
Había platicado del asunto con un individuo menudo y enjuto, con quien había trabajado en el pasado. Aquél tampoco había quedado impresionado con las palabras del imbécil.
Entendía que el problema del imbécil era simple: se creía un émulo digno. No lo era. Ni lo más remotamente.
Nuestro protagonista, que ya entraba por la puerta de su destino, no era un caballero. Era, sin más, un pérfido. Un personaje sin escrúpulos y, podría decirse, sin conciencia.
Su alma era un espacio vericueto donde no había lugar para la compasión.
Mientras se adentraba en la oscuridad del almacén abandonado al que por fin había llegado, intentó afinar el oído a cualquier sonido fuera de lugar. La gabardina goteaba con cada movimiento, dejando una pista de su presencia sobre el suelo polvoriento. El eco de sus pasos resonaba en el lugar.
No sentía oprobio alguno por lo que se sentía justificado a hacer esa noche.
La insidia era inminente. El peligro latía en la noche.
“Veo que te decidiste por venir.” Dijo con voz meliflua el extraño de la gabardina.
Entre las sombras se distinguía una silueta. La luz de la luna llena que entraba conspicua por la ventana, descansaba sobre el suelo.
El otro salió de entre las sombras. Lo miró con desdén mientras tiraba el cigarrillo al suelo con el dedo índice y el pulgar.
El hombre de la gabardina miró al otro de soslayo. Era consciente de que sus intenciones era inicuas.
El tipo de las sombras quería denigrar al otro. Tocarle la fibra para hacerle explotar y tener la excusa perfecta para pegarle un tiro entre ceja y ceja con su Smith & Wesson.
Aunque sabía que lo más congruente era dejarlo estar y terminar el trato que le había llevado a ese rincón de la ciudad.
Sin duda, el asunto incipiente, y que los llevaba a ambos a reunirse bajo circunstancias tan sospechosas, era más importante que el desagrado que el hombre de entre las sombras sentía por el otro.
La luna ingente observaba en silencio el intercambio que transcurría entre nuestros misteriosos personajes. La tormenta había acabado y las nubes se habían disipado. Sólo la moneda de plata en el firmamento era testigo de los sucesos nocturnos.
El intercambio tuvo lugar sin incidents, a pesar del desagrado que sentían el uno hacia el otro.
“Al menos el imbécil ése se mordió la lengua y no hizo ningún comentario mordaz.” Se dijo el tipo de la gabardina según salía del almacén.
Toda este asunto era —o parecía— un ovillo de trampas inextricable. Aún así, se dirigía a su destino final con firmeza y determinación. Simplemente se trataba de intercalar sus misiones como si todas formaran parte de un todo común.
Tenía prisa. La iniquidad de su carácter era sin igual.
Se aflojó el cinturón de la gabardina. Tiró el sombrero que le cubría la cara. La luna había vuelto a esconderse tras las nubes que coquetas bailaban con el viento. Cuando se quitó el cinturón de la gabardina, lo arrojó en un callejón por el que pasaba y con fuerza arrancó la gabardina y la echó en el mismo rincón que el sombrero.
Solo el manto oscuro de la noche y algún gato callejero presenciaron la transformación.

En dirección de la luna volaba ahora una extraña criatura de camino a una misión indescriptible.

31 de octubre, 2019

Me enamoré

Abril

Hoy, al mirarte a los ojos, supe que me había enamorado. Supe que te quería y quería estar contigo. Supe que al dejar tu lado, te estaría añorando, tu perfume, tu sonrisa, tus preguntas…
No me preguntes cómo, ni cuándo ni por qué, pues desconozco la razón por la que mi corazón te eligió a ti. Tal vez fue tu penetrante mirada al hacerme el amor, tal vez tus acciones que desencadenaron una serie de sentimientos en mí que desconocía estar preparada a compartir. Fue hoy, al compartir ese momento íntimo de silencio, mirándonos el uno al otro, cuando me percaté por qué latía con tanta fuerza mi corazón. Sentí la necesidad incontrolable de besarte. No lo hice. “Te quiero.” Te dije. Me miraste como si te hubiera abofeteado con inmensa violencia.
“¿Qué dijiste?” Preguntaste, aturdido.
“Te quiero.” Repetí, perfectamente consciente de que me habías oído la primera vez.
Sentí cómo mi corazón se encogía y cómo me ahogaba un sufrimiento abrumador. Sentí la impaciencia de las lágrimas, luchando por saltar de mis ojos. Me contuve. No quise que me vieras llorar al ver tu reacción.
“No sé qué decirte. ¿No íbamos a mantener una relación casual? ¿Qué pasó?” Tus preguntas eran como puñaladas. Deseaba desesperadamente ver aparecer un agujero bajo mis pies y que la tierra me tragara. Un nudo cada vez más asfixiante se iba formando en mi garganta. Deseé no haber pronunciado aquellas malditas palabras que ya no podía recuperar.
¿Por qué decidí decirlas en ese momento? No lo sé. Tal vez creí que sentías lo mismo, que estabas preparado para recibir mi amor. Tal vez imaginé que sonreirías y dirías, “lo sé, y yo a ti.”
Me enfadé, pero no contigo, conmigo misma por haber sido tan ingenua. Por haberme creído ser la protagonista de una de aquellas películas románticas con las que crecí. ¿Acaso pensé que era Pretty Woman? ¿O Meg Ryan en ‘Cuando Harry encontró a Sally’? “Trágame, tierra”, pensé. “Si existe un dios, que algo ocurra ahora para sacarme de esta situación”, seguí deseando.
Pero nada ocurrió, y sentí que ya no podía contener más las lágrimas. No quería que sospecharas el dolor que tu reacción me había causado, así que fui al baño, pretendiendo tener que orinar; tranquila, compuesta y fría.
“¿Estás bien?” Preguntaste casual.
“Sí, sí…” Mentí. No sentí que realmente te importara. Tu pregunta resultaba superficial y trivial. “¡Qué coño te importa!” Quise decir. Pero no, mantuve mi compostura y, una vez en el baño, lloré en silencio, sentada en el suelo con la espalda contra la puerta. Lloré y me sentí vacía, despreciada e infinitamente pequeña. No sólo me sentí rechazada, pero mi ego se sintió herido.
Se encogió mi corazón y me resultó increíblemente difícil recuperar el aire. Alimentar a mis pulmones con ese oxígeno imprescindible que ahora parecía escapar ahogándome en mi propia tristeza. Me sofocaba; más aún porque sufría en silencio. No podía gritar, no podía hacer un sólo ruido. Mis ojos se hinchaban y sentía cómo mi rostro se distorsionaba, mi expresión no era la misma. Tenía que contenerme. ¿Cómo escapar de esa situación sin parecer que huía?
No podía tardar, así que me limpié la cara con agua fría e hice lo que pude para disfrazar mi aspecto. Un poco de maquillaje, pensamientos agradables…
Estabas sentado en el sofá. Habías apagado el televisor —maldición—. Me mirabas. Me leíste en segundos, pero no dijiste nada. No enseguida. “¿Qué esperabas?” Preguntaste cuando al transcurrir varios minutos yo seguía sin pronunciar palabra. “Sabías muy bien lo que sentía. Sabías que me interesaba otra chica. Sabías que lo nuestro era casual.”
“¿Cómo puede ser tan fácil para ti?” Pensé sin conseguir que las palabras escaparan mis labios, liberándose así de la celda que era mi mente. No pude sino mirarte. Mi mirada clavada en la tuya, perdida en la infinidad de tus ojos oscuros.
“No quiero que sufras. Dime, ¿qué puedo hacer? ¿Será mejor que dejemos de vernos?” Prosiguió.
“¡¡¡¡SÍ!!!!” Gritaba en mi mente, pero las palabras aún prisioneras en la misma, capaces de existir tan solo en mi pensamiento. Seguía mirándote, petrificada en el momento en que me preguntaste qué había dicho cuando ambos sabíamos que me habías escuchado perfectamente. Quise cambiar de tema. Cobarde, lo reconozco, pero la reacción inevitable. No podía ganar. Si te decía que no quería volver a verte, sufriría porque no volvería a verte. Si te decía que no importaba, que podíamos seguir viéndonos como habíamos hecho hasta entonces, sufriría porque sabía que, mientras yo te hacía el amor, tú tenías sexo conmigo. Sabía que mientras yo no podía imaginarme besando a otro, tocando a otro, tú no tendrías reparo en besar, amar o sentir tu cuerpo desnudo contra el de otra. El dolor era insoportable en ambos casos. El dicho resonaba en mi mente —mejor cortar por lo sano que sufrir la agonía—. Sí, claro, en teoría, ¿pero quién coño tiene la sangre tan fría? Yo, desde luego que no.
Estaba petrificada en una situación imposible. ¿Cuándo me volví tan sensible? ¿O siempre lo fui? ¿Por qué no podía ser una de esas mujeres con sangre fría que, al ser rechazadas, se envuelven en los brazos de otro para olvidar? ¿Que, fuertes y decididas, siguen para adelante, dejando atrás lo inútil? Fuertes y capaces de soltar el pasado y dejarlo como tal, reconociendo lo imposible y dejándolo ser.
Tal vez porque mantenía la esperanza de que, tal vez ahora no me querías, pero tarde o temprano lo harías, porque yo era la protagonista de mi vida y, como tal, saldría vencedora. Al fin y al cabo, ¿no lo había hecho siempre? ¿No era cierto que la palabra “no” no cabía en mi vocabulario? ¿Era arrogancia? Probablemente. Pero era joven y estaba dispuesta a comerme el mundo. Había compartido demasiado contigo, te había dado mi corazón. No cabía en mi razonamiento la posibilidad de que tú tenías tu propia voluntad y tu propio corazón y aquello era algo fuera de mi control. ¿Por qué no podía comprender eso? Mi vida hubiese sido otra historia si hubiese reconocido tal hecho. Ahora, en mi vejez, mirando atrás, recordándote y el amor que por ti sentí, posiblemente el más profundo que viví, descubro en retrospectiva lo equivocada que estaba en tantos aspectos. Cabezota (léase delirante). Es la única palabra que mejor describe mi comportamiento en esos años.

Septiembre

No escapé aquel día. Me escondí en mi propio interior. No volvimos a hablar del tema. Yo disimulé como que no me importaba y tenerte cerca se convirtió en mi prioridad. Olvidé cuidarme y supuse que estar lejos de ti dolería más que no tener tu corazón. Cuánto me equivoqué. Durante los meses que siguieron sentía la ardiente necesidad de preguntarte sobre la otra chica, pero cada vez que lo hacía, sentía que el corazón se me encogía un poco cada vez. ¿Lo estaré dañando aún más? Me preguntaba. ¿Por qué te hacía esas preguntas? ¿Era masoquismo? ¿O la inevitable necesidad de añadir drama a mi vida? Preguntas que, hasta este día, no he conseguido contestar.
La mente es un núcleo complejo repleto de circuitos, sensores y todo tipo de nervios. Información que va y viene en milésimas de segundos. Además de todo lo que el cerebro es capaz de conseguir sin la ayuda de nuestro ser consciente, a veces aprende a dejar entrar pensamientos que aparecen de la nada y sin propósito alguno. Pensamientos que tal vez nos enredan el razonamiento y que parecen tan reales y tan posibles, que acabamos creyéndolos. He ahí el problema. Mis pensamientos me abrumaban. Me enganchaba a dichos pensamientos, cual drogadicto a su narcótico preferido. Esos pensamientos crecían y se convertían en sentimientos, y yo misma me encerraba en una realidad inexistente. Creía vehemente que sentías por mí algo que no existía, pero que tú aún no te habías percatado que estaba allí. Tan poderosa era esa creencia, que aún cuando comenzaste una relación seria con otra chica, me negaba a verlo. Podría decirse que padecía de un delirio agudo. No encuentro otra manera de explicarlo o entenderlo. El caso es que seguimos varios meses así. Tú perfectamente desapegado y yo apegándome cada vez más a una fantasía que era incapaz de romper. Incluso cuando sentía que el sexo no era más que sexo y pasabas más tiempo atento a tu teléfono que a lo que yo decía.
Aún así, estaba segura de saber mejor que tú mismo lo que realmente querías.

Enero

Año nuevo, vida nueva. Eso dicen siempre cada año. Como si nuestras personalidades fueran a cambiar mágicamente con el cambio del calendario.
En mi caso, mi historia de ficción seguía vigente en mi mente, aún cuando te notaba cada vez más distanciado y con menos esmero de verme para compartir mi cama. Estaba segura de que tu relación con esa chica (o tal vez otra), se había vuelto más seria. Cosa que nunca me contarías porque, en tales casos, siempre me afectaba demasiado y esa parte de mí que tanto detesto se apoderaba de mi razón y mi vena celosa y posesiva se hacía cargo de mí. No era una sensación agradable. En momentos como aquellos sentía que perdía el control por completo. Así que dejaste de contarme tus otras aventuras. Hasta que te enamoraste. De pronto todo acabó. Sin más. Fui yo la que confesó que ya no podía más. Todo el asunto era muy doloroso. No podía amarte y compartirte por más tiempo, aún cuando no me habías confiado que había otra, yo era consciente de ello. Te dejé, pensando que, como siempre antes, volverías a mí. Esta vez no lo hiciste. Esta vez fue definitivo.

Más adelante…

Dolor como aquél es difícil superar. Me llevó mucho tiempo abrirme a otra persona, y mucho tiempo confiar en mí misma y recuperar mi cordura. Encontrar ese equilibrio que había perdido cuando andaba buscando que tú me validaras.
Cuando lo pienso, me hiciste un favor. Seguir así contigo hubiese sido mi perdición. Todas las puertas que se abrieron en mi vida después de que lo nuestro terminara se debió a que me había vuelto a encontrar a mí misma. A la persona que era antes de ir buscando la validación de tantos hombres (o, tal vez siempre había buscado ese afecto ajeno, en lugar de buscarlo dentro de mí misma). Ahora utilizaba mi tiempo y energía para trabajar en lo que quería hacer con mi vida. Me felicidad se encontraba en mis metas, mis sueños y mis pasiones. Aprendí a conocerme a mí misma y a quererme tal cual era.

No hemos vuelto a hablar en muchos años, pero si alguna vez lees esto, quiero que sepas que agradezco haberte tenido en mi vida. Durante mucho tiempo sentí odio, rencor, desdén y todo tipo de sentimientos negativos hacia ti. Cuando por fin pude soltar toda esa carga que yo misma me echaba encima, entendí que fuiste necesario en mi vida para poder aprender a ser la persona que llegué a ser y que soy ahora, cuarenta años más tarde.
Sí, me enamoré. Tal vez pensabas que esta historia iba sobre ti. En parte, posiblemente, pero trata más del momento en que me enamoré de mí misma y de quién soy y de quién soy capaz (y fui capaz) de ser. En parte, te lo debo a ti.

Gracias por no enamorarte de mí.

20 de octubre, 2019

Carta del otro lado

Querida Mariana,

Espero que no llores al leer esto, aunque poco te puedo pedir desde donde te escribo. Es curioso, simplemente la noción de estar escribiéndote desde aquí me resulta inverosímil. Yo, que siempre pensé que “aquí” no existía.
Quiero espiarte cuando leas esto. Será mi manera egoísta de descubrir si realmente te importé. Ni siquiera sé por qué te envío esta carta a ti. ¿Qué explicaciones te puedo dar? Supongo que jamás me creíste tan escrupuloso, o tal vez sea cobarde la palabra correcta.
El caso es que aquí estoy y, ¿sabes qué? No me arrepiento. Supongo que el miedo se apoderó de mí antes de por fin volarme los sesos, como muchas veces había fantaseado hacer. Tantas otras veces en las que no tuve las agallas para llevarlo a cabo. ¿O es cobardía? No estoy seguro. En vida siempre oí que los que que se suicidaban —qué palabra más fea— eran unos cobardes. Que se habían dado por vencidos y ya no querían seguir luchando. Que habían tomado el camino más simple. Déjame decirte, simple no fue. Y tampoco estaba deprimido. Triste, posiblemente. Pero, ¿no eras tú quien me decía siempre que una pena infinita se traslucía a través de mis ojos? Sí. Triste, seguramente. Una tristeza sin cura, crónica, supongo. Tal vez estaba deprimido. ¿Qué sé yo?
Tal vez supuse que ya había vivido lo suficiente. Que había alcanzado muchas metas que jamás pensé lograría. Estarás pensando que cómo pude estar tan seguro… No te lo vas a creer, pero desde este lado puedo oír los pensamientos de la gente. Puedo caminar entre ustedes y escuchar lo que ronda sus mentes. Así que, cuando lo pienses, lo sabré.
Tendrás tantas preguntas. La luz blanca y las memorias que atropellan nuestra conciencia en el momento justo en que el último latido parte de nuestro corazón. Cielo o infierno. Almas perdidas, almas conocidas. ¿Y por qué sigo por aquí? ¿Estoy en el limbo?
No sé qué decirte. Ojalá pudiera explicarte que, desde esta perspectiva, todo tiene más sentido. Las nimiedades que nos preocupaban en vida ni siquiera existen en este espacio. Me veo como era, pero sé que no lo soy. No sé lo que soy, pero tengo mis memorias intactas. De hecho, las recuerdo mejor que ese día, cuando cumplí los treinta y decidí que ya había vivido lo que quería vivir.
¿Fui egoísta? No lo sé. Sin embargo, sé que no fue una decisión que me tomé a la ligera. Fue una decisión que me llevó años ejecutar. Tal vez porque siempre pensé que había algo más. Y, cuando te conocí a ti, realmente lo creí. ‘El amor de mi vida’, me dije. ‘La mujer con la que querría tener un hijo’, me aseguré. Estaba equivocado, como ambos sabemos.
Tal vez toda esta lógica la esté creando para justificar ese acto tan definitivo. Irrevocable. Tal vez me asuste pensar que treinta años no eran suficientes para alcanzar todo mi potencial, por lo que me justifico y digo a mí mismo que lo que hice fue la mejor opción para mí. Curioso cómo los pensamientos no se apagan en este lugar. Tal vez esto sea el infierno: una batalla incesante contra mis pensamientos. La teoría que rondaba en mi mente cuando chupaba la boca de la escopeta, era que, puesto que tú no me querías, y yo a ti más que a la vida misma, no merecía seguir adelante. Me dije que sería imposible amar tan apasionadamente de nuevo. Me convencí de que mi amor hacia ti era puro y real. Ahora lo veo a través de un cristal nítido. Creo que en vida lo miraba todo a través de un cristal de esos gruesos, como los de las botellas de Coca-Cola, donde el cristal es tan grueso y con un tono algo verdoso, que lo que está al otro lado no se distingue con certeza. Mi perspectiva de lo que era amor podía estar algo adulterada por el cristal por el que había decidido observar mi vida. No, no quiero pensar en ello. Sí, debí de amarte tanto que sin ti la vida no tenía sentido. Cuando me confesaste que te habías enamorado, sentí cómo una mano invisible se introdujo en mi pecho, apretó con fuerza mi corazón, y lo estrujó como una esponja vieja y gastada, lista para la basura. Exactamente donde creo que fue a parar mi corazón. En la papelera de lo inservible. Desde ese momento, creo que todo a mi alrededor se convirtió en un manto blanco y negro. Todo carecía de sabor, color, olor, sentido. Mis amigos intentaban animarme, diciendo que había muchos peces en el mar. ¿Qué coño significa eso? ¿Acaso no entendió nunca nadie que no se trataba de cantidad, sino de calidad? Nunca fui uno de esos tíos que buscaban enrollarse con la mayor cantidad de mujeres posibles. Tenía amigos que tenían una lista: las más guapas, las rubias, las morenas, las asiáticas, las negras, las pelirrojas, las gordas, las flacas, las que servían para más de una noche… etc. No todos mis amigos eran así, pero los había, como hay de todo. Yo, sin embargo, me enamoré de ti. Nunca fui muy extrovertido ni iba buscando el amor de mi vida. Simplemente pasó. Nos conocimos casualmente, mediante amigos. Entablamos amistad, nos enrollamos unas cuantas veces. Yo me quedé colgado, y tú saciabas tus deseos carnales. No te lo reprocho, que conste. Eso no es lo que estoy haciendo con esta carta. Perdona si lo ha parecido. Sólo quiero explicarme, tal vez intentar que calces mis zapatos por un corto tiempo para ver a través de esa puñetera botella de cristal. Es cierto que poco después de que me contaras lo de tu nuevo amante sentí desdén hacia ti. Sentí que te perdí el respeto. No me preguntes por qué. Tal vez porque paradójicamente me creía a la altura del mayor altruista de la historia o el mejor novio que pudieras tener. No lo sé. Pero te desprecié durante meses. Sé que te percataste de mi comportamiento y me dejaste, no porque te desagradaba, sino porque no pensabas que sentirte cerca me beneficiara. También por ello te desprecié. ¿Cómo te atrevías a ser más madura que yo? ¿A entender mejor lo que necesitaba? Que no iba realmente de la mano con lo que quería. A menudo lo que necesitamos y lo que queremos no compaginan.
Así seguí varios meses. Ahogándome en mi propio papel de víctima, olvidando el encanto de todo lo que la vida podía regalarme si me abría a la posibilidad. Ya me había encerrado en un cuarto oscuro, había cogido la llave y me la había tragado… y allí dentro se había quedado. Me fui distanciando cada vez más del mundo, de los demás. De mi familia, mis amigos o cualquiera. Cuando lo pienso, no creo que realmente tuviera que ver contigo. Creo que en mí existía un rincón oscuro. Creo que todos lo tenemos, claro que en cada uno se proyecta de manera diferente. En mi caso, me llevó a un aislamiento, una tristeza y un malestar abrumador. Un sentimiento de menosprecio propio, de no valer. Perdí mi trabajo porque no me podía concentrar en lo que hacía, lo que resultó en más tiempo dentro de mi propia mente. Tiempo que realmente no necesitaba. Cada pensamiento que cruzaba mi consciencia se quedaba allí. Lo agarraba como si fuera la verdad absoluta, y me apegaba a él como si mi vida dependiera de ello. ¿Que el pensamiento me decía que era un fracaso y que tenías suerte de no haberte enamorado de mí? Lo sujetaba con fuerza, lo dejaba convencerme un poco más, y me lo metía en el bolsillo para sacarlo en la posteridad cuando necesitaba convencerme nuevamente del desastre andante que era. ¿Que un pensamiento agresivo tocaba a la puerta a punto de echarla abajo y me decía que mi vida era una mierda y que todos en ella estarían mejor sin mí?
“Oye,” le decía “cuánta razón tienes. ¿Te quedas aquí y desarrollas más esa noción para entender mejor en todo lo que he fracasado?”
“Con gusto.” Me respondía, y allí tenía otro compañero disponible a maltratarme y darme de palos cuando se lo pidiese. Estos pensamientos se convirtieron en mis mejores amigos en este cuarto oscuro del que no lograba escapar.
Mis fieles compañeros.

Te comenté antes que este lugar parece real —yo me siento real— pero no lo es. Estoy solo. Al menos, desde que llegué no he visto a nadie. Estoy esperando a ver a todos mis seres queridos, o tal vez los que nos volamos los sesos con una escopeta no tenemos esa opción. No sé qué creer. Lo único de lo que estoy seguro es que dejé el mundo que conocía y estoy aquí. Te explico. Te conté que podía ver y escuchar los pensamientos de los vivos. Pues bien, este lugar es como un paralelo de ese lugar, pero como si estuviese cubierto de una neblina borrosa y blanquecina, o una de esas redes para dormir. Puedo ver, escuchar y sentir, pero no puedo tocar, no puedo ser ni escuchado ni sentido. Como un espejo/cristal de una sala de interrogación policial. No es desagradable. Sé que mis palabras no le hacen justicia a la experiencia de por sí, pero siento calma. También te comenté que los pensamientos aquí no parecen haberse olvidado de mí, pero no son los mismos que me acompañaban en mi cuarto oscuro. No. Estos son más reflexivos. Siento que son lo opuesto a lo que eran. Como si se tratara del yin y el yang. ¿Me entiendes? No me atacan. Aparecen, se sientan en un rincón de mi mente unos instantes, hasta que reconozco su presencia, los escucho y los dejo ir. No me aferro a ellos.
Es curioso sentir calma cuando uno ha decidido dejar el escenario de una manera tan violenta.

He de confesarte que te mentí. Sí que me arrepiento. Cuando paseo por este paralelo de lo que una vez fue, veo la vida de otra manera. Veo que había una solución para cualquier problema. Nada era realmente vano, a pesar de que había momentos en que lo parecía. Los momentos en los que me sentía solo y tenía que elegir entre pagar el alquiler o comer… esos momentos me parecía que no tenían solución. No podía ver cómo salir de esa situación. Me ahogaba en mis propios fracasos y me convencía a mí mismo de que ése era yo: el que nunca conseguía nada de lo que quería. No pude tenerte a ti, perdí mi trabajo, nunca tenía dinero… Sentía como si cada problema contribuyera a la destrucción de la posibilidad de la otra. Sin embargo, aquí, envuelto en una soledad diferente, veo el mundo sin distracciones. Lo veo, pero no lo vivo. No lo siento como cuando era parte de los seres a quienes le latía el corazón. No, paradójicamente, con esta red a mi alrededor, veo más claramente de lo que había visto jamás antes.
¿Cómo voy a conseguir que recibas esta carta? ¿Cómo voy a hacer que llegue a ti? Tengo la certeza de que hay un vínculo entre este mundo y el tuyo, en el que puedo dejar esta carta para que la leas. No quiero que sientas lástima por mí. Tal vez empecé a escribirla con esa intención. Sé que mi pluma era el odio y el rencor en un principio, pero a lo largo de mi relato, y cuanto más tiempo llevo aquí, la compasión se ha apoderado cada vez más de mi corazón rencoroso. Tal vez pienses que he escrito esto de una sola sentada. Te equivocarías en semejante suposición. Empecé a escribir nada más llegar, pero de eso hace treinta años. O al menos treinta años en mi mundo. No sé cuál es el equivalente en el tuyo.

Lo cierto es que te extraño, claro que ya te extrañaba incluso cuando estaba con vida. Te extrañaba porque yo mismo me había alienado del mundo y me había mudado a mi cuarto oscuro. Añoro a todos aquellos a quienes quise; y especialmente siento pudor al saber el sufrimiento que causó no sólo mi muerte tan violenta, sino que mi padre me tuviese que encontrar en el estado en que lo hizo.
Perdona mis palabras tan impetuosas —o si parecieron serlo— al principio de esta carta. Perdóname por haberte empujado de la manera que lo hice. Espero que seas feliz y que sepas que estoy bien donde estoy. Aunque sé que es inútil arrepentirse de lo ya ejecutado, quiero que sepas que el mayor motivo de hacerte llegar esta carta es prevenir que recibas otra de alguna otra persona a la que estimas. No me malentiendas; ni te culpo ni pienso que era tu responsabilidad salvarme. La soledad es así de desgarradora y maldita. Te engaña y te atrapa entre sus garras y te susurra al oído que no le importas a nadie. Sólo te pido que si ves a alguien a quien quieres alejarse poco a poco de ti, extiéndele una mano para que la soledad no le atrape primero. Tal vez eso le ayude a no tragarse la llave del cuarto oscuro.

Cuídate y gracias por tu amistad.
Sinceramente,
Yo.

Si tú o alguien que conoces sufre de depresión y tiene pensamientos suicidas, por favor marca este número:

717 003 717

Allí darás con el Teléfono de la Esperanza para atención en crisis.


20 de octubre, 2019

Mi sueño

El océano siempre me fascinó. Supongo que el hecho de haber crecido en una isla ayudó con esa fascinación casi obsesiva.
Todo lo perteneciente al océano me atraía: su vegetación, el mundo que allí existía tan lejos de nuestro alcance. Lo desconocido, lo singular y lo temido. Entre esto último, los tiburones. Fueron siempre las criaturas que más picaban mi interés. Tal vez porque me sentía en cierto modo identificada con ellos: totalmente incomprendidos. Quería aprender a entenderlos mejor, a comprender su comportamiento, sus costumbres y todo a lo que ellos se refería. Cuando era niña recuerdo haber visto la película Tiburón de Spielberg. Me asustó mucho, pero de una manera que despertaba más aún mi curiosidad.
Había leído que algunas especies de tiburones estaban en vías de extinción. Había leído las atrocidades que algunas culturas ejercían contra estos pobres animales: pescándolos del agua, cortándoles las aletas y arrojándolos vivos de nuevo al agua, para que allí murieran en el fondo del océano, sin poder protegerse, luchar o morir dignamente.

¿Por qué se le temía tanto? Durante mi adolescencia leí todo lo que pude sobre estas pobres criaturas, como que la carne humana no les agradaba. Era más probable que un rayo te alcanzara que ser atacado por un tiburón. Tal vez el miedo existía porque hay tanto del mar abierto que el ser humano no comprende. Tal vez porque no tenemos control sobre las criaturas y todo lo que se esconde en sus profundidades. No lo sé, lo que sabía cuando era joven es que quería trabajar con tiburones. Así que estudié para ser bióloga marina. Tuve ocasiones de observar de cerca a dichos animales. Eran impresionantes.
Ahora, a mis más de 60 años puedo estar orgullosa de mis logros, entre ellos, estudiar un cardumen de tiburones durante años, entablando amistad con uno de ellos. Recuerdo vívidamente los días que me sumergía allí, entre ellos, y Roco (así lo llamé), venía a mí para que le acariciara, tal cual perro de casa. Fue una experiencia increíble.
Desde aquellos días, mucho ha cambiado en el medio ambiente. La captura y carnicería de tiburones en los océanos —todos ellos— fue prohibida hace muchos años. Con el conocimiento, viene la libertad, y cuando la gente se hizo consciente de que la sopa de aleta de tiburón requería tal maltrato, la demanda disminuyó inmensamente.
Hoy en día sigo trabajando con estas criaturas e intentado educar a la gente sobre su naturaleza y su comportamiento para que, tal vez, dejen de ser temidos y, por tanto, dejen de ser animales en vía de extinción.

14 de octubre, 2019

Me toca dejarte

Te miro y siento por ti un amor increíble. Has sido todo lo que una criatura como yo hubiese podido pedir de alguien que le cuidó. En cuanto te vi aquel día a través del cristal de mi prisión supe que eras tú. Tú serías la persona que se ocuparía de mí. Así que intenté llamar tu atención. Salté, grité, di vueltas por mi celda y cuando me paré para ver si mis acrobacias habían surtido efecto, supe enseguida por tu mirada que había cautivado tu corazón. Eras mía.
De pronto estaba en tus brazos, y desde ese momento hemos sido inseparables. Es cierto que a veces me sentía algo atosigada, pero no puedo negar que la atención me gustaba. Y mucho.

Recuerdo nuestro primer paseo, nuestras salidas a los bosques para ir de caminata. Sé que no podías ir sin mí. Yo era tu compás y dirigía el camino con orgullo, siempre delante para que no te perdieras.
Recuerdo cuando me llevabas de viaje allí adonde tú fueras. La primera vez que subí a un avión fue una experiencia de los más irreal. Te notaba nerviosa, supongo que no sabías si me pondría a ladrar de la excitación, el miedo o ambas. También creo que pensabas que utilizaría mi cama como retrete, pues me pusiste algo muy raro alrededor de mis partes privadas. No te lo reprocho, ¿pero no había otra manera?

Lo siento por aquella vez que te preocupé tanto cuando me comí las barras de avena con chocolate oscuro. Me puse malísima. Me hinché como un globo y me llevaste con urgencia y hecha una bola de nervios al lugar ese donde íbamos alguna vez y me pinchaban, observaban, o me daban algo que me hacía dormir. No me gustaba mucho ese sitio, aunque siempre me trataron bien. También lo siento por todas las veces que no podía evitar sino escapar de casa por la puerta trasera para aventurarme al mundo exterior. Descubrir por mí misma y sin tu tutela lo que se ocultaba en el mundo fuera del hogar. Sé que te preocupabas inmensamente cuando desaparecía así, aunque siempre regresaba, sobre todo cuando oía mi bolsa de la comida llamándome. ¡No se te escapaba una! ¡Qué aventuras! Recuerdo cada vez que tenías el corazón roto por alguna razón u otra. Entendí que se debía a que el humano con un olor específico había dejado de aparecer por casa. Nunca entendí por qué dejaban de venir ciertos humanos. Yo jamás te hubiese abandonado… excepto ahora que no tengo otra opción. Sé que me lo perdonarás. En esos momentos me acercaba a ti y me acurrucaba junto a tus piernas, me echaba en tu regazo e intentaba lamer las lágrimas que corrían por tus mejillas. Entonces me abrazabas y me sentía tan afortunada de tenerte a mi lado, que mi corazón se aprieta en mi interior sabiendo que no sé quién te cuidará de aquí en adelante.

Tú sabes que ha llegado el momento. Después de 15 años juntas, mi cuerpo ya no puede más. Hace seis meses descubrieron la razón por la que tenía sangre en la orina, o eso creo, pues después de aquella visita al lugar ese con olor a muchos animales, empezaste a darme unas pastillas con la comida. Me hacían sentir algo mejor, pero tanto tú como yo sabíamos que eso sólo aplazaba ligeramente lo inevitable.
Como sé que la muerte está pisándome los talones, me acerco a ti todo lo que puedo. Me recibes con lágrimas en los ojos, conociendo la razón de mi necesidad de tenerte cerca. No sólo por mí, sino también por ti. Sé que te va a doler, sé que vas a sufrir y posiblemente te prometas no adoptar a otra criatura como yo. Pero yo sé que eres fuerte. Sé que lo superarás y que recordarás todas las aventuras que hemos pasado juntas y tu corazón se llenará de amor y de luz. Sé que querrás repetir la experiencia con un perro nuevo.

Ahora voy a posar mi cabeza aquí sobre tu regazo… Me entra un cansancio abismal… Me pesan los párpados…

15 de octubre, 2019

Amor incondicional

Anoche no pude dormir. Me dolía el estómago. Tuvo que ser algo que comí, aunque no entiendo bien qué. Todo lo que comí hoy olía delicioso, así que dudo que ésa fuera la causa, aún cuando me decidí por recoger comida que no estaba en mi plato. ¿Y quién puede culparme? Allí estaba… ¿el qué? Bueno, no lo sé exactamente, pero a mi olfato le gustó. Estábamos paseando, y lo olí antes de verlo. Estaba oculto detrás de un arbusto, pero fui lo suficientemente sagaz para embocarlo sin que Oliver pudiera impedirlo.
—¡Ja!— Pensé que me había salido con la mía.
Poco después empecé a vomitarlo todo. No solo mi captura furtiva, sino lo que había desayunado. De pronto no me sentía tan bien. Perdí el apetito y solo quería dormir. No me apetecía levantarme. Oliver me miraba con inquietud. Me acariciaba más de lo normal y me preguntaba incesantemente si todo estaba bien. Cuando volví a expulsar los contenidos de mi estómago (o lo que en él quedaba), vi rastros de preocupación en su rostro. Los humanos son fáciles de leer. Enseguida se les dibuja una luz diferente a su alrededor dependiendo de su ánimo: amarillo si están felices, blanco si están sosegados, rojo o naranja si están enfadados, violeta si están preocupados…
Soy muy perceptivo para estas cosas.
La cuestión es que enseguida cogió el objeto ese del que nunca se despega, se lo llevó al oído y en breve me estaba llevando al coche. Estábamos de camino a… bueno, no tardaría en saberlo. Curiosamente, a pesar de que siempre me excitaba y emocionaba cuando íbamos de excursión, me sentía terriblemente apático y desganado. Sólo quería cerrar los ojos y dormir.

Llegamos a nuestro destino.
—¡Oh, no! Reconozco ese olor.— Era el lugar a donde Oliver me llevaba cuando me inyectaban con objetos desagradables y luego me sentía medio raro. Intenté resistirme, pero no tenía fuerzas. Mis patas flaquearon y me derrumbé.
Lo próximo que recuerdo era estar en casa. Oliver echado junto a mí, en el suelo, junto a mi cama. No me sentía muy bien, aunque sí mejor que antes de nuestra pequeña aventura al sitio que no será nombrado. Oliver me miraba con cariño. Su luz era azul claro —preocupación mezclada con tranquilidad—. Le lamí la mano lentamente. Me miró, sus ojos hinchados. ¿Había estado llorando?
—Mi perro tonto— Me dijo y me acarició con cariño la cabeza. Me miró tiernamente y me dio un beso justo donde más me gusta, por encima del hocico, entre ceja y ceja. Cerré los ojos e intenté dormir. Me sentía más tranquilo, aunque como ya he dicho, no logré dormir mucho.
Hoy me siento mejor. Me reconozco más a mí mismo y Oliver me mira sonriente.
En su mano tiene la correa para salir a pasear.
Creo que me siento con ganas y fuerzas para ello.

12 de octubre, 2019

Un viaje inolvidable

Viajar siempre fue una especie de terapia para mi alma. Esta vez, necesitaba terapia para mi corazón. Me lo habían vuelto a romper, y no tenía ni fuerzas ni ganas de volver a arreglarlo, así que decidí que mi mejor opción era huir. Escaparme de la miseria, de un trabajo que odiaba, de una relación que me había dejado ahogada en inseguridad y desgana. No podía más, pero sabía que a partir de ese momento era simplemente ir hacia delante. 

Muchos años atrás había descubierto un viaje que había puesto en mi lista de viajes por completar. Se trataba del Zephyr, un viaje que me llevaría de Chicago a San Francisco en tren. Había leído artículos y opiniones muy positivas de la experiencia, así que decidí indagar en mis ahorros, empaquetar una mochila ligera, y encaminarme hacia mi nueva aventura —o sea, mi intento de encontrarme a mí misma nuevamente—.
Al llegar a Chicago me encaminé a la estación de tren preparada a absorber una experiencia como ninguna otra. Siempre me había gustado viajar en tren: era relajante y ameno. Era primavera, y la naturaleza empezaba a volver a la vida, así que no tenía más que expectativas de una experiencia positiva.
Había reservado una habitación: mejor que un asiento y no tan lujoso como un dormitorio. Para mí era suficiente y necesitaba la privacidad. Quería reflexionar sobre mi vida mientras me perdía en el paisaje.
El tren pasó por más de la mitad del país, recorriendo Illinois, Iowa, Nebraska, Colorado, Utah, Nevada y California. Contemplé paisajes para los cuales no hay palabras que les hagan justicia. Colores que sólo la Naturaleza es capaz de crear, lugares vírgenes y libres del contacto humano.
Lo que más me impresionó fue el impacto que el viaje tuvo en mí. Sin duda, recibí el efecto que andaba buscando, pero nunca imaginé que llegaría a tal profundidad de mi alma.

Por fin me vuelvo a sentir completa, yo misma. No necesito pretender ser quien no soy y no necesito impresionar a nadie. Ese viaje me mostró lo que yo sola no lograba ver. 


22 de septiembre, 2019

Un viaje increíble

Un viaje increíble

“¡Abuelo!” Le miré sorprendida. Se encontraba frente a mí, en la puerta de casa, con una sonrisa, su mochila, bicicleta, un pantalón corto y sus playeras. 

“¿Qué haces aquí?” Fue lo único que se me ocurrió preguntar. 

“He venido a visitarles.” Dijo simplemente, como si viviese en el pueblo de al lado. 

Le ofrecí entrar, y mis hermanas y yo le observábamos como si se tratara de un extraterrestre. Nos resultaba insólito tenerle allí, en nuestra cocina, hablando de su día como quien habla de su rutina laboral.

Mamá llegó del trabajo ese día al anochecer. Estaría cansada y no estábamos muy seguras de su reacción. Abuelo nos había contado que era una visita sorpresa y ni siquiera ella sabía que estaría allí. Le habíamos pedido que nos contara todo sobre su viaje y visita en cuanto mamá llegase, así todas seríamos testigos de su aventura simultáneamente. 
Nunca olvidaré la expresión de mamá al verle allí sentado, tomándose un café. Tan ameno y agradable como siempre. Su reacción inicial fue de absoluta negación, como si estuviese viendo un fantasma. Su reacción consecuente fue de acercarse a él, reír y abrazarle.

“Pero… ¿qué haces aquí? ¿Cómo llegaste aquí? ¿Cuándo viniste? ¿Por qué no me avisaste que ibas a venir? Te hubiésemos ido a recoger al aeropuerto…”
Abuelo la miraba con paciencia y en silencio, permitiéndole sus preguntas y confusión, para luego empezar a narrar su aventura.

“No vine en avión.” Contestó. Aunque había visto su bicicleta al verle, mi cerebro no computaba lo que decía. ¿Cómo que no había venido en avión? ¿Si vivíamos en una isla, al sur de España? Abuelo vivía en Noruega. ¿Cómo podía llegar a una isla…? ¡Oh! Un barco…
“Decidí que quería venir a verles, y también quise hacer un viaje como nunca lo he hecho. En bicicleta…”

“¡¿Qué dices?! ¿Estás loco? Pero si eres un hombre de sesenta y cinco años, ¿y has venido aquí en bicicleta tú solo?” Preguntó mamá incrédula, dejando entrever su lado protector hacia su padre.

Abuelo nos contó cómo había empaquetado lo necesario en su mochila, había cogido su bicicleta, se había encaminado al sur, bajo las múltiples protestas de abuela, quien había tenido que prometer guardar el secreto. Había recorrido parte de Noruega hasta entrar en Suecia, desde donde había cogido un transbordador hacia Dinamarca desde Malmö. Había llegado a Dinamarca tras unos días, pues había tomado alojamiento tanto en Noruega como en Suecia para descansar y reponer energías. 
Desde Dinamarca había pasado cerca de Hamburgo —quiso viajar junto a la costa o cerca de la misma—, luego Bremen hasta llegar a los Países Bajos, que recorrió rápidamente. Entró en Bélgica donde descansó en Bruges, para continuar al día siguiente hacia Francia. Una vez en allí decidió relajar un poco la velocidad. Pasó unos días en París, visitando unos amigos que vivían allí. Siguió rumbo hacia el sur, pasando por Tours y avanzando hacia la costa oeste del país, donde decidió alojarse unos días en un pequeño pueblo junto a la costa. Poco antes de llegar a la frontera con España, decidió cambiar su rumbo de oeste a este, pasando al sur de Toulouse, para ir junto a Andorra y entrar en el país de los conejos. Una vez en España se alojó unos días en Barcelona, para continuar su camino hacia el sur. Nos contó que recorrió la costa mediterránea de España, descansando en Valencia, disfrutando un poco de las playas y la comida valenciana. También decidió desviarse de su ruta para alojarse en Granada, visitar la Alhambra, y contemplar la maravillosa arquitectura del lugar.
Una vez en Cádiz tomó el barco que le dejaría en nuestra isla.

“El resto” dijo “es historia”. Terminó con una sonrisa que mostraba una línea de dientes alineados y resplandecientes. 
Estaba moreno y delgado de su viaje. Revitalizado como nunca le había visto antes.
Mamá lo observaba pensativa y con respeto. No podía creer que su padre hubiese hecho un viaje tan increíble.

De eso hace ya más de treinta años. Abuelo ya no sigue con nosotros, pero esa memoria siempre seguirá vigente en mi mente. Voy a seguir su ejemplo, y cuando tenga sesenta y cinco años haré mi propio viaje increíble.


22 de septiembre, 2019

Amor Perdido

El teléfono suena sobre la mesa, vibrando sobre la superficie, desplazándose lentamente, cual ser vivo.
Lo miro de reojo. Eres tú. No voy a contestar. Quiero hacerlo — miento, querer no captura las ansias que siento de oír tu voz — porque espero que digas lo que quiero oír. Sin embargo todo está dicho y entre nosotros no queda sino un vacuo precipicio de sentimientos sin explorar, de anhelo sin satisfacer, de abrazos sin nacer y de besos sin sentir.
No hay más que decir. Desnudé mi alma ante ti, posiblemente no del mejor talante, debería habértelo dicho mirándote a los ojos, leer tu expresión y esperar tu reacción. Pero soy un cobarde, siempre lo fui, y aunque me muero por volver a sentirte, a tocarte… sé que no depende de mí. Lo que yo quiero es irrelevante.

Siento haberte dejado esa carta, tan distante. Parece un método tan frío de expresarte lo que habita en mi corazón. Lo dicho, un cobarde. Y ahora me llamas, ¿qué quieres? Le grito al teléfono como si por magia fuera a contestarme con las palabras que nunca pronunciaste. Silencio durante días, y ahora me llamas. Careces de escrúpulos, ignoras mi agonía, mi dolor, y mis deseos. Quiero odiarte, apartarte lo más lejos posible de mi corazón con odio, y aún en esa simple encomienda fracaso. Durante meses me preguntabas qué me sucedía, que me sentías raro. Tras hacer el amor me mirabas a los ojos y por un instante creí ver algo, creí percibir un sentimiento que realmente no existía más que en mi imaginación. Tu mirada penetraba mi alma y sabías que mentía cuando te contestaba que nada ocurría, que todo estaba como debía.

Al regresar a casa intenté recapacitar, pensar claramente. Alejado de ti resultaba más fácil, pues tu encanto y tu presencia en su ausencia aclaraban mi juicio. Por lo que decidí sentarme y escribirte la carta que dejé en tu almohada la última vez que pasamos juntos. Comencé esta humilde correspondencia hace meses, incapaz de llegar al fin de lo que deseaba comunicarte. Logré terminarla la semana pasada.
Aún recuerdo cada palabra, cada frase y cada párrafo. Empecé a añorarte en cuanto la tinta besó por primera vez el papel. Supe que no había marcha atrás.

Hola,

Lo sé, ¡qué forma más original de empezar! Ya sabes que no fui nunca de escribir. Te preguntarás por qué te escribo, por qué no me dirijo a ti cara a cara. Tal vez te preguntes a qué viene esto, cuando las reglas estaban tan bien marcadas. Cuando ya me habías dejado claro lo que sentías (o, en este caso, dejabas de sentir). Tal vez soy culpable de ingenuo, o de soñador… Tal vez soy débil o esperanzado, o tal vez simplemente un tonto. Pero tal vez, y tan solo un infinitamente nimio “tal vez”, exista la mínima posibilidad de que leas esto y suspires, entiendas y sonrías.
Sea como fuere, la razón de mis palabras aquí plasmadas se deben a que NO PUEDO MÁS. No puedo seguir mintiéndome a mí mismo, y no puedo continuar pretendiendo que lo que siento no existe.
Sí, sé que no es algo nuevo, que ya te lo había dicho antes, que son palabras que no quieres oír (leer en este caso), pero las cuales he de dejar respirar y vivir en este papel para que sepas de una vez que TE QUIERO, pero también que quiero estar contigo. Te lo tengo que decir porque quiero que finalmente tomes una decisión basada en todos los hechos que aquí te presento. Tal vez te sorprenda leer esto (no te culpo), pero nunca estuve seguro antes, ahora lo estoy. Conociéndote, ahora mismo tu mente está rindiendo a mil por hora para encontrar razones por las que no funcionaría. Yo te puedo dar cientos de ellas. Pero una razón, una nada más, para sepultar todas las demás. ¿Estás prestando atención? Aquí viene: Te quiero y hacerte feliz es mi mayor deseo. Bien sabes que éstas no son palabras que escapan fácilmente mis labios — en esta instancia, mis manos —. Sabes que no me abro fácilmente, así que, pase lo que pase, espero que aprecies lo delicado que me resulta expresar estos sentimientos.

Hace años que nos conocemos, y yo diría que me conoces mejor que ninguna otra persona, así que tal vez todo esto no te sorprenda tanto como imagine.
Probablemente debí dejar de acostarme contigo cuando supe que me estaba enamorando de ti, mientras que tú te estabas enamorando de otro. ¡Débil! Cobarde y débil… y esperanzado. Idiota, tal vez. Loca y ciegamente enamorado de ti. No sólo por tu sonrisa radiante, ni tus profundos ojos oscuros, ni tu maravilloso cuerpo atractivo o tus labios carnosos. No, todo ello es parte de quien eres, pero cómo me siento cuando estoy contigo es lo que ha conseguido que me pierda en mi amor hacia ti. Puedo imaginar tu rostro escéptico en este instante (tal vez porque nunca has amado así), pero te aseguro que todo lo que necesito para ser feliz es tu alegre compañía, tu fantástico sentido del humor y, en fin, a ti. Simplemente tú.

Si pudiera pedir un deseo en este instante, sería que sintieras lo que yo, y si alguna vez lo haces, aquí estoy. Aquí estaré… ¿Irónico, dices, cuando esta carta es para despedirme? Esta carta es para ayudarte a elegir, porque yo debo salir de este limbo que me tiene atrapado. Ojalá no fuera así, pero igual que tú no puedes mandarle a tu corazón que sienta algo que no siente, yo carezco del poder de detener los sentimientos que el mío por ti profesa. Cuando estoy contigo no puedo evitar querer besarte en público, tocarte, abrazarte… Cuando sé que me odiarías si lo intentase. Lo cual me hace sentir como un juguete con el que te diviertes tras puertas cerradas, pero no te atreves a tocar en presencia de otros. No te reprocho (¿o es esto reprobar algo? Ya no estoy seguro), pero quiero que entiendas por qué necesito hacer esto ahora. No es tan difícil entenderlo: Quiero más de lo que me das.

No puedes imaginar el miedo que me provoca escribirte esto. Saber que no volveré a besarte, tocarte, sentirte. Aún así, es un riesgo que he de tomar porque necesito ir hacia delante. Porque te quiero y tengo que soltarte. Porque me respeto y te respeto y así no merece vivir nadie.

Recuerda: Siempre estaré allí, vaya donde vaya. Vayas donde vayas. Siempre.

El teléfono ha dejado de sonar. De vibrar y moverse. Has dejado un mensaje. Tal vez quieras que te llame. Tal vez es tu manera de despedirte. Tal vez quieras decirme que lo sientes y necesitas saber si estoy sufriendo. Tal vez […]
Sea lo que sea, no puedo. Recojo el teléfono como si pesara una tonelada. Miro la pantalla: ¿Escuchar o borrar?
Si quieres decirme algo que valga la pena, escríbeme una carta.


La criatura más bella

Crecí en una isla anclada en el Atlántico, al oeste de la formidable África. Era una isla tan pequeña que desde cualquier punto de la misma podía olerse la salitre del océano y verse el mar expandirse por doquier. El azul nítido lamiendo las orillas con la espuma de sus olas por un lado y besando el furtivo horizonte por el otro.

Vivir mis aventuras en tal entorno era una fantasía digna de las peripecias de Huckleberry Finn, especialmente aquel verano que jamás olvidaré.

Las clases habían acabado unas semanas antes y mis amigos y yo esperábamos ansiosos el día de nuestra acampada en la playa. Cuando éramos menores siempre nos acompañaban adultos, pero ahora éramos “mayores” y no necesitábamos su supervisión. Con trece años uno es capaz de defenderse contra cualquier peligro que una acampada pudiese atraer.

Mi mejor amigo pasó a buscarme para encontrarnos con los demás en la parada del bus, que nos llevaría a nuestra playa favorita. El alba asomaba su semblante sonriente y cálido según nos encaminábamos a nuestro destino. Al llegar, la mañana nos acogió con brazos tiernos, acariciándonos con manos frescas. Esa brisa matutina siempre me motivaba a levantarme temprano, así como recibir el día con una explosión de colores emanando del horizonte.

La arena bajo nuestros pies no había despertado aún, pues su tacto gélido se hundía profundamente bajo nuestros pies. Era típico en esa época del año, al principio del verano, cuando las mañanas eran aún frescas y por las noches era necesario estar abrigado para no pasar frío.

Habíamos empaquetado todo lo necesario: tiendas de campaña, sacos de dormir, chucherías, comida — bocatas de tortilla y ensalada (lo cual habían metido nuestros padres para asegurarse de que comíamos algo sano). —

Ese primer día pasó a la velocidad de la luz. En lo que llegamos, preparamos las casetas, nos organizamos, paseamos, nos bañamos, jugamos en la playa bajo la vigilancia solemne del sol, y dormimos nuestras siestas—sólo para despertarnos y volver a bañarnos—había transcurrido la mañana y gran parte de la tarde. Nos percatamos que no habíamos comido cuando nuestros estómagos nos avisaron con sus gruñidos que querían sustento. ¡Ah! ¡Comer cuando uno está muerto de hambre! No hay nada mejor. Garantizado.

Con la llegada del sepulcro preparamos una hoguera y nos sentamos alrededor, comiendo “chuches” y contando chistes, historias de miedo, y riéndonos los unos de los otros. Obviamente no faltaron los pedos y eructos de los más groseros. De recordarlo, sonrío. La felicidad e inocencia de ser niño. Cuando todo era más simple y las angustias de ser adulto pertenecían a otra generación.

Yo dormía en una caseta con tres de mis amigos. Tardamos en dormirnos, contando chistes y bromeando. No faltaron los comentarios rudos e insensibles contra algunos de nuestros profesores. No era maldad, simplemente ignorancia infantil.

Me desperté al oír un zambullido. No sabía qué hora era. No tenía reloj y mis amigos dormían. Miré a mi alrededor y decidí que había sido parte de mi sueño. Cuando ya casi me había sucumbido el sueño nuevamente, lo volví a oír. Esta vez estaba segura. Me senté y me froté los ojos. Medio dormida salí hacia fuera. Pensé que tal vez alguno de mis amigos más traviesos había decido ir a por una zambullida en medio de la noche. La luna observaba serena con su rostro redondo, parecía sonriente. El firmamento estaba bañado de estrellas formando constelaciones o brillando por su cuenta. Todo estaba apacible a mi alrededor.

Cuando decidí regresar a mi caseta, volví a oír el movimiento en el mar y vi cómo se formaban ondas no muy lejos de un grupo de rocas, a unos metros de nuestras casetas.

Decidí acercarme más para satisfacer mi curiosidad. En mi mente oía la voz de mi madre susurrándome “la curiosidad mató al gato, Amaya” y yo, molesta, le contestaría “sí, pero Stephen King dice que la satisfacción lo revivió.” Una sonrisa pícara se dibujó en mi semblante ante mi imaginada victoria.

Escalé por las rocas, esperando encontrar un gran pez curioso por el mundo que existía en la superficie, o tratando de conversar con la sabia luna. Fuera como fuese, no apareció nada. Me senté y empezaba a quedarme dormida cuando un sonido me sacó de mi cansancio. Cuando dirigí la mirada al lugar del que provenía el ruido, me tuve que frotar los ojos varias veces. ¡No podía creer lo que veía: ante mí se encontraba una sirena! No la típica sirena de las películas de Disney, ni siquiera sé si es una caracterización justa. Era un ser mágico, de eso no cabe duda. Era la criatura más bella que había visto jamás. Sus escamas, que le cubrían por encima de la cintura y bajando hacia donde deberían estar sus piernas si fuese humana, brillaban y se reflejaban contra la luz de la luna como si fuesen diamantes. También se cubría con escamas su pecho, codos y la parte posterior de las manos y dedos. Su piel brillaba como si fuese plata y sus ojos eran azul-grisáceos, inmensos y expresivos en el rostro más hermoso que pueda existir. No tenía nariz, era más bien como una especia de branquias paralelas, apenas visibles. Sus labios… ¿Cómo los puedo describir? Carnosos, pero formados de una especie de escamas doradas. Era una especie de piedra preciosa viviente. No pareció perturbarse al verme, más bien, me miró profundamente y tanto su mirada como sus labios sonrieron y volvió a sumergirse en la profundidad del mar. Esperé, atrapada en un encanto, sin poder moverme de mi sitio, esperando impaciente que volviera a salir. No lo hizo. Ni las noches siguientes. Jamás olvidaré esa noche. A veces me pregunto si lo soñé, aunque lo que sentí fue real. Un encantamiento y un respeto renovado hacia ese mar infinito.

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