De pronto estaba en tus brazos, y desde ese momento hemos sido inseparables. Es cierto que a veces me sentía algo atosigada, pero no puedo negar que la atención me gustaba. Y mucho.
Recuerdo nuestro primer paseo, nuestras salidas a los bosques para ir de caminata. Sé que no podías ir sin mí. Yo era tu compás y dirigía el camino con orgullo, siempre delante para que no te perdieras.
Recuerdo cuando me llevabas de viaje allí adonde tú fueras. La primera vez que subí a un avión fue una experiencia de los más irreal. Te notaba nerviosa, supongo que no sabías si me pondría a ladrar de la excitación, el miedo o ambas. También creo que pensabas que utilizaría mi cama como retrete, pues me pusiste algo muy raro alrededor de mis partes privadas. No te lo reprocho, ¿pero no había otra manera?
Lo siento por aquella vez que te preocupé tanto cuando me comí las barras de avena con chocolate oscuro. Me puse malísima. Me hinché como un globo y me llevaste con urgencia y hecha una bola de nervios al lugar ese donde íbamos alguna vez y me pinchaban, observaban, o me daban algo que me hacía dormir. No me gustaba mucho ese sitio, aunque siempre me trataron bien. También lo siento por todas las veces que no podía evitar sino escapar de casa por la puerta trasera para aventurarme al mundo exterior. Descubrir por mí misma y sin tu tutela lo que se ocultaba en el mundo fuera del hogar. Sé que te preocupabas inmensamente cuando desaparecía así, aunque siempre regresaba, sobre todo cuando oía mi bolsa de la comida llamándome. ¡No se te escapaba una! ¡Qué aventuras! Recuerdo cada vez que tenías el corazón roto por alguna razón u otra. Entendí que se debía a que el humano con un olor específico había dejado de aparecer por casa. Nunca entendí por qué dejaban de venir ciertos humanos. Yo jamás te hubiese abandonado… excepto ahora que no tengo otra opción. Sé que me lo perdonarás. En esos momentos me acercaba a ti y me acurrucaba junto a tus piernas, me echaba en tu regazo e intentaba lamer las lágrimas que corrían por tus mejillas. Entonces me abrazabas y me sentía tan afortunada de tenerte a mi lado, que mi corazón se aprieta en mi interior sabiendo que no sé quién te cuidará de aquí en adelante.
Tú sabes que ha llegado el momento. Después de 15 años juntas, mi cuerpo ya no puede más. Hace seis meses descubrieron la razón por la que tenía sangre en la orina, o eso creo, pues después de aquella visita al lugar ese con olor a muchos animales, empezaste a darme unas pastillas con la comida. Me hacían sentir algo mejor, pero tanto tú como yo sabíamos que eso sólo aplazaba ligeramente lo inevitable.
Como sé que la muerte está pisándome los talones, me acerco a ti todo lo que puedo. Me recibes con lágrimas en los ojos, conociendo la razón de mi necesidad de tenerte cerca. No sólo por mí, sino también por ti. Sé que te va a doler, sé que vas a sufrir y posiblemente te prometas no adoptar a otra criatura como yo. Pero yo sé que eres fuerte. Sé que lo superarás y que recordarás todas las aventuras que hemos pasado juntas y tu corazón se llenará de amor y de luz. Sé que querrás repetir la experiencia con un perro nuevo.
Ahora voy a posar mi cabeza aquí sobre tu regazo… Me entra un cansancio abismal… Me pesan los párpados…
15 de octubre, 2019
Leave a Reply