Historias, poesías, reflexiones y críticas literarias. Todo por el amor a la literatura…

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Entre dos mundos

Semana tras semana, e incluso meses, Gabriela se embarcó en la búsqueda de su primer apartamento. Cada noche, se retiraba con una sonrisa en el rostro, convencida de que finalmente había descubierto el lugar ideal: con vistas al mar, espacio para sus mascotas y para sí misma, y, sobre todo, un refugio donde podía ser verdaderamente ella misma.

Había ocurrido un día en el que realmente no tenía planeada ninguna visita para explorar un piso más, pero su agente inmobiliario la había llamado con un listado de última hora que sabía le interesaría. 

—Es fenomenal. Sé que te vas a quedar con la boca abierta. Está un poco por encima de tu presupuesto, pero creo que vale la pena… Lo acaban de publicar, y no quiero que te lo pierdas.—

Bueno, había pensado ella. No tenía otros planes y había terminado todo el trabajo que tenía pendiente. Con optimismo y gratitud, se encaminó a su cita inesperada con el agente. 

La primera noche en su piso nuevo —sin decorar y sin tan siquiera tenía una cama hecha y derecha, sino un simple colchón que su madre le había proporcionado— había abierto la puerta del balcón para sentir la brisa recorrer su nuevo espacio y escuchar el canto de las olas según acariciaban con delicadeza la orilla. La luna vigilaba atenta como un centinela que debe llevar la guardia, redonda y brillante como una moneda de plata. 

Fue durante esa primera noche que escuchó un susurro extraño que la atemorizó ligeramente. Películas de terror recorrían con furor su mente para encender su imaginación que recorría caminos posibles e imposibles. 

“Cálmate,” pensó, “seguramente es uno de los bichos haciendo de las suyas.” Pero al mirar a su alrededor, descubrió que todos dormían en su cercanía. No, no eran ellos. 

“El viento, tal vez…” Se dijo, esta vez menos segura de sus palabras. 

—¿Cómo te llamas?— Oyó, como si alguien le hablase del otro lado de la pared. Se sentó en la cama, de repente sin sueño alguno. Primero creyó haberlo imaginado. O tal vez… ¿algún vecino? Pero era imposible. Su agente le había asegurado que las paredes eran gruesas y, aparte, ese lado daba a la calle. 

Pensó en gritar, pero recapacitó y decidió que gritar nunca le había ayudado a ninguna heroína en esas películas de miedo que tanto disfrutaba viendo. 

—¿Quién eres?— Preguntó, la voz le temblaba más de lo que hubiese querido. Decidió que posiblemente estaría soñando, así que le seguiría el juego a esa voz misteriosa.

—¿Me oyes? ¿De verdad me oyes?— La voz parecía alegre y, de cierta manera, inofensiva. Parecía pertenecerle a alguien sosegado.

Gabriela entabló una conversación que se extendió hasta el alba con su desconocido de la pared, que parecía llamarse Isma. Hablaron hasta que los rayos del sol bañaban la superficie del salón, donde había dejado las persianas abiertas. Había sido la mejor noche que había pasado con alguien del sexo opuesto sin estar con él.

Fue la primera noche de muchas, aunque no siempre tan largas. Isma le explicó que, de alguna manera, se había quedado atrapado en ese apartamento, que le había pertenecido a su hermano. Una noche, durante una cena entre amigos en dicho apartamento, un fuego accidental había cobrado su vida. Por suerte, los demás habían escapado. Su hermano, deshecho, había decidido vender el lugar tras renovarlo completamente. Gabi había llorado durante el relato, lágrimas silenciosas que recorrían sus mejillas y humedecían su almohada. 

—Lo siento.— Había dicho con palabras prácticamente inaudibles y que Isma había capturado, así como el sonido que sus lágrimas hacían al caer en la almohada. Gabi sintió cómo una mano invisible le secaba las lágrimas y acariciaba su rostro con ternura. —¿Cómo… ? ¡Te he sentido!— Exclamó sorprendida. 

La manó se apartó precipitadamente, con temor. 

—Lo siento… no era mi intención… no pensé que… No quise incomodarte… Perdona.—

—No lo has hecho… de lo contrario. Simplemente no pensé que fuera posible. Lo cierto es que… bueno… me ha agradado. Por favor, vuelve a hacerlo…— Y sintió su mano nuevamente, dulcemente trazando su mandíbula, sus mejillas, sus labios… donde pausó… ella sintió el aliento de su compañero invisible, y por un segundo percibió una luz ligera, y una leve electricidad recorrió su cuerpo cuando sus labios se unieron en un beso etéreo que les unió en un amor infinito. 

Gabriela descubrió, sin asombro, que estaba enamorada del espíritu que albergaba su apartamento. 


Un amor inesperado

Cuando grité en silencio que estaba preparado para el amor, jamás pensé que el universo me mandaría tal ser para llenar mi corazón. 
No creas que lo vi de esa manera, ni siquiera se me pasó por la cabeza. Solo el tiempo decidiría que era amor, amor verdadero y amor como nunca había sentido antes. Mi corazón estaba lleno, tan lleno de luz y regocijo que… bueno, me estoy adelantando. Voy a empezar por el principio. 
Todo empezó con el final. Al llegar a casa había encontrado una nota en el recibidor junto a sus llaves del apartamento que habíamos compartido durante dos años juntos. 

No puedo más. No estoy feliz. 
Lo siento

Esas habían sido sus últimas palabras. Al intentar llamarla, el número estaba fuera de servicio. Si llamaba a alguno de sus amigos o a su hermana, solo me contestaban que lo dejara y pasara página. Así, como si nada. Como si no hubiésemos compartido sueños, momentos, estragos… y experiencias inolvidables durante más de cinco años. Debía olvidarme de todo ello como si no fuera más que el humo que se desprendió de esa maldita nota que quemé en el fregadero. Un amor esfumado como si nunca hubiese existido. Y tal vez nunca lo hizo. Tal vez lo imaginé. Tal vez lo viví como si hubiese estado encerrado en una burbuja, aislado de lo real y de un mundo que seguía existiendo, apático a mis sentimientos. 

Los próximos seis o siete meses fueron pésimos. Existía pero sin vivir. Era como si funcionara en modo auto-control. Mi mente estaba apagada y mi corazón arrugado como una pasa insípida. Mis amigos procuraban sacarme de mi letargo, bromeando y diciendo que la mejor manera de superarla era liándome con otra… sí, como si me apeteciera meterme en líos ahora. 

Empecé a evitar a todos, incluso ignoraba mi móvil cuando veía que era alguno de ellos. No tenía capacidad emocional más que para mi propio sufrimiento. Según escribo esto me doy cuenta de lo destructivo que era mi comportamiento… y no sé dónde hubiese acabado si no la hubiese encontrado a ella. 

Una mañana desperté, ahogado en una pesadilla en la que pedía amor. En la que rogaba por un amor nuevo que me salvara de mí mismo. El día estaba nublado cuando decidí salir. La tormenta no tardó en despertar. La lluvia golpeaba con fuerza las calles, violenta y sin piedad. A lo lejos los truenos amenazaban con acercarse despacio y traer los rayos con ellos. Me encaminaba a comprar un paquete de Lorazepam, sin los que era incapaz de pegar ojo y que me temía me tenían bien cogido por los cojones en una adicción sutil que había penetrado lentamente en mi vida. Caminaba aprisa, pues había olvidado el paraguas y hacía frío, cuando oí un vago maullar. Venía de un callejón. Un tímido maúllo, como una súplica, un último clamor de ayuda. Me acerqué hacia donde se encontraban unas cajas y cubos de basura, y escuché el gemido más definido. Rebusqué como un ser desesperado ansioso por encontrar la luz al otro lado del túnel. Era como si el gimoteo procediera de mi propia mente, pues era un grito de tal desesperación que resonaba en mi corazón disecado. 

—¿Dónde estás? Bsbsbsbsbsbsbssssss. Gatitoooooooo…. Bsbsbsbsbsbsbsbs….— Silencio… y el maúllo aumentó. Primero prácticamente inaudible, pero con cada bsbsbsbs mío, el grito de desesperación de mi interlocutor de cuatro patas creció. Y, de pronto, apareció. De entre lo que parecían miles de cajas de cartón, apareció una pequeña cabecita blanca con unos ojos enormes, azules como el mar. Seguidos por un cuerpo moteado de manchas grises, dos patas delanteras blancas, como botas que le cabían a la perfección, y dos patas traseras negras. Jamás había visto una criatura tan extraordinaria. Un gato… perdón, una gata, con un vestido tan insólito. 

—¿Estás aquí sola?— La miré con compasión y ternura. ¿Quién habría abandonado a tal criatura? Sorprendentemente, se acercó a mí y se restregó, temblando, contra mis piernas, como si me recordara de otra vida. No se apartó ni se asustó cuando me agaché a recogerla. Decidí llamarla Maisha, que significa vida en suajili. Porque, desde ese momento, mi corazón empezó a latir de nuevo, empezó a inflarse y a palpitar. El amor volvió a correr por mis venas cuando esa criatura inofensiva me miró por primera vez y su pequeña y áspera lengua lamió con ternura mi mano. Ella me devolvió la vida. Ella me salvó. Aquella noche no necesité los somníferos. Tras llevarla al veterinario y asegurarme de que estaba sana, llegar a casa, darle de comer y lavarla, ver una película juntos, nos dormimos hasta la siguiente mañana, cuando un tímido maúllo me despertó para avisarme de que alguien requería su desayuno. 

Mi nueva vida había comenzado. Mi nueva compañera de apartamento había decidido que quería quedarse conmigo. 

Han pasado tres años desde aquel encuentro fortuito. No sé si ella me eligió a mí, o yo a ella, o fue uno de esos momentos de sincronía de los que tanto había oído hablar, pero aquel momento me trajo un amor que jamás supe existía. Un amor absolutamente desinteresado en el que, con estar presente, compartir mi cariño y preocuparme, siendo yo mismo, sin necesidad de fingir, es reciprocado. 


El espejo

Llevaba un largo rato observándome al espejo. No, no era vanidad, era un intento más bien inútil de encontrarme en mi mirada. O, mejor dicho, encontrar a la niña que se escondía en mí a través de mis ojos. Siempre escuché que los ojos eran la ventana al alma, así que me decidí a poner dicha teoría en práctica. Creo que habrían pasado como quince minutos, desesperadamente buscando lo que no lograba encontrar. Tal vez eso es lo que pasa cuando una siente que la vida se le echa encima, los años la ahogan y las arrugas empiezan a asomar en un rostro que no deja lugar a dudas el paso de los años. Tal vez es lo que ocurre cuando el último intento al amor se esfuma, dejando un vacuo tan oscuro y abismal, que parece que un agujero negro se ha introducido para no permitir que la luz, la alegría o la esperanza puedan penetrar. 

Fuera lo que fuese lo que esperaba hallar en aquel ejercicio, no lo conseguí, o tal vez hacer tal afirmación sea algo prematuro, pues algo sí que ocurrió, empero no lo que confiaba descubrir. 

Como he dicho, habían pasado ya varios minutos largos, cuando un destello inesperado apareció en el centro del espejo, justo donde se reflejaba mi nariz. No entendí de dónde procedía aquel brillo extraño, pues ninguna lumbre se reflejaba en ese ángulo, ni tan siquiera la del poderoso astro solar. Intenté ignorarlo y volver a concentrarme en mi mirada. “Venga, venga, venga, Alba, ¿dónde estás?” Insistí frustrada. También había leído en algún lugar que cuando una fuerza las cosas a que ocurran, lo que consigue es lo contrario. Me froté los ojos, y al volver la mirada al espejo, se había creado una especie de ilusión como si el centro fuera líquido y unas ligeras ondulaciones se formaran a partir del centro, cual agua que cambia de forma cuando una gota hace contacto con su superficie. Parecía que el centro del espejo se hubiese derretido y estuviese formado por una capa líquida de plata. Mi primer instinto era tocarlo, pero mi cerebro me avisaba que lo desconocido era peligroso, ¿o no había visto suficientes películas de terror y ciencia ficción en las que alguien mete la mano en algo extraño y se convierte en un ser líquido, o en piedra, o desparece o qué se yo? Pero la curiosidad luchaba con la razón. Por esta vez, la primera ganó la batalla. Recordé el dicho que Stephen King había utilizado en algunas de sus novelas: “la curiosidad mató al gato, pero la satisfacción le devolvió la vida.” Veamos si es verdad, me dije, y metí la mano hasta el hombro, recibiendo un cosquilleo agradable recorrer mi cuerpo, seguido de una fuerza poderosa que me absorbía. Sentí miedo y, asombrosamente, también me sentí exaltada e increíblemente revitalizada. Tal vez, al fin y al cabo, había encontrado a mi niña interior… ella hubiera metido el brazo. 

Cerré los ojos como un reflejo de protección, como si cerrarlos me salvaría la vida si fuese a caer en manos de algún monstruo hambriento o una reina amargada de las de los cuentos de hadas. 

Al abrirlos, me encontré en una casa moderna y amplia. Miré a mi alrededor, esperando encontrarme a los habitantes de tal hogar con algún arma para protegerse de tal intrusa. Al no oír ni ver a nadie, busqué algún lugar donde esconderme, o la puerta de la calle, o un espejo por el que volver a mi humilde vida que tanto dolor me producía en esos momentos. Tal vez me había desmayado y estaba soñando porque me había golpeado la cabeza, muriéndome en esos momentos en el suelo del baño de mi casa. “Qué morbosa eres, por dios,” pensé. Bueno, si estoy en el limbo, podré indagar un poco, ya que estamos. De pronto oí pasos que se apresuraban hacia mí, pero no eran pasos humanos, sino la carrera de un perro que se apresura a la puerta cuando siente la presencia de su amo. Me asusté, pensando que el perro de la casa habría oído algo que mi sentido auditivo no lograba percibir. Desesperada volví a buscar una puerta de salida. Vi la de un balcón y me apresuré a salir, pero según cerraba la puerta, un precioso pastor australiano saltó hacia mí como si fuese lo mejor que le hubiera pasado en todo el día. Aquel que ha tenido un perro sabe lo que es ser recibido por un can que no ha visto a su dueño en horas (¿días?). Caí al suelo sonriendo, y el animal se me subió encima, lamiéndome como si me conociera de toda la vida. Al sentarme descubrí que el balcón tenía vistas al mar: un extenso manto esmeralda cuya superficie se extendía hasta el horizonte. 

Me levanté, acaricié la cabeza de mi fiel amigo, que se había sentado junto a mí. Miré a mi alrededor. Respiré un aire tan puro que sentí que mis pulmones se purificaban con cada aliento. Decidí entrar en la casa e investigar. 

Cuál no sería mi sorpresa al descubrir mis libros favoritos en las estanterías, unas habitaciones y una decoración que reflejaban lo que siempre había soñado que mi hogar ideal sería, y fotos… de mí… mi familia y, por lo visto, una pareja que me hacía sonreír. 

Entré en el baño, pensando que igual me había reencarnado en otra persona, o tal vez esperando encontrarme tirada en el suelo, dispuesta a despertarme. Me miré en el espejo… y allí la vi. A la niña que había intentado encontrar con tanto esfuerzo. Cuando el destello y las ondulaciones volvieron a aparecer, sonreí, salí del cuarto, cerré la puerta, y fui a jugar con mi perro. 


27 de noviembre, 2022

Una puerta inesperada

—Bromeas, ¿verdad? Me estás tomando el pelo. ¡Venga ya!—

—Joder, ¡que no, tía! ¿Por qué iba a inventarme algo así?—

—Vamos a ver… pues para vacilarme un rato… ¿no será hoy el día de los inocentes, verdad?— Hizo un gesto como si estuviera reflexionando, colocando el pulgar y el índice en la barbilla, intentando seguirle la corriente a lo que, sin duda era, una broma estúpida. —¿Has estado leyendo H.G. Wells otra vez? ¿O tal vez te has vuelto a ver la serie esa alemana que tanto te gusta del viaje en el tiempo? Que, por cierto, ¿cómo se llamaba?— Frunció el entrecejo forzando una memoria que no parecía presentarse.

—No, mira, eso da igual. Lo que te digo es serio. Sabía que no me ibas a creer, pero estoy preparado a llevarte para que lo veas por ti misma. ¿Qué tienes que perder? Si me lo estoy inventando… uhmm… limpio tu habitación por un mes… — Contestó, temeroso de que su hermana le ignorara y le dejara sin poder compartir su secreto. ¿Acaso era un secreto? Sin duda alguien más debía haberlo descubierto… claro que el lugar, bueno, no era de lo más conspicuo, a ser sinceros. 

—Un año.— Dijo Amara sonriente, segura de que, si su hermano era tan ingenuo como para aceptar, se libraría de sus tareas hogareñas por todo ese tiempo. Ya estaba imaginando la de cosas que podría hacer con el tiempo libre que ganaría con dicha apuesta.

—Está bien. Vamos.— Respondió seguro de sí mismo. 

Amara se quedó un poco paralizada por la convicción con la que actuaba su hermano, y un tanto preocupada de su estado mental. 

—Tú sabrás. ¿Dónde dijiste que era? ¿En la cueva en la que buceamos aquella vez…?— Su memoria le fallaba de nuevo, pues no lograba recordar exactamente la fecha. 

—Sí, venga, ¡vamos!— Contestó impaciente Ismael. 

Al llegar, el mar bailaba con una calma hipnotizante, los rayos del sol acariciando con ternura su superficie, como si estuviera meciendo sosegadamente sus tenues olas. Su nitidez exponía el fondo que intentaba ocultarse del mundo, arena suave y rocas preparadas a atacar. Se podía, incluso, divisar la abertura de la cueva. Los hermanos estaban preparados, cada cual con sus aletas, gafas y tubo de buceo, listos a pegarse el chaparrón e investigar las alegaciones que Ismael parecía creer firmemente. 

Cuan peces acostumbrados al ritmo del océano, nadaron hacia la cueva. Ismael cogió a su hermana con su mano derecha, y con la izquierda hizo un gesto hacia un lado para indicarle el lugar al que se dirigían. Ella se dejó guiar, hasta que alcanzaron un espacio donde las rocas brillaban con una intensidad sobrenatural, como si estuvieran cubiertas de oro, o un polvo de diamantes. ¿Cómo no había visto antes tal fenómeno? Observó con intriga cómo su hermano apretaba una roca que parecía hecha de cuarzo rosado. De repente, se sintió impulsada hacia las rocas y un miedo invadió su ser. Iba a morir estampada contra esa pared geológica en el fondo del mar. Sin embargo, Ismael seguía sujetando con fuerza su mano, y de pronto notó tierra firme bajo sus pies y aire a su alrededor. Miró a su hermano a través de sus gafas, asombrada e incapaz de creer lo que veía. Ismael se quitó rápidamente los accesorios de buceo, abrió su mochila y sacó de ella una bolsa donde había puesto ropa y zapatos. Le tendió otra bolsa a su hermana. 

—Cámbiate antes de que nos vea nadie— Le dijo, un tono urgente visible en su voz. 

Su hermana le obedeció automáticamente, su cerebro seguía sin poder procesar que se encontraba, en bañador, aún con la piel húmeda del agua que la había rodeado no más de diez minutos antes, en un callejón en lo que parecía una ciudad —¿pero cuál?— estadounidense. 

—Lo sé… parece un sueño, o una pesadilla, dependiendo de tu perspectiva.— Su hermano la observaba con delicadeza, satisfecho de que obedecía sus órdenes y vestía algo que ni siquiera le pertenecía. 

—¿De dónde has sacado estas prendas?—Preguntó embobada, entendiendo por primera vez por qué su hermano había llevado consigo una mochila.

—Ahora te enseño.—Guardó lo que llevaban puesto al entrar en el agua en la bolsa de plástico y metió lo que pudo en la mochila. Lo escondió todo detrás de unos ladrillos sueltos en una pared detrás de unos contenedores de basura. 

—¿Dónde… ? ¿Cómo…?— Empezó a balbucear la joven.

—Jajajaja… espera a que veas el cuándo.— La interrumpió Ismael. Un destello de satisfacción y, más aún de emoción, bailaba en su mirada.

Cogidos de la mano, salieron del callejón como quien sólo ha entrado a indagar por algún ruido que le llamara la atención. Nadie mostró interés alguno por ellos. Amara no podía evitar sino mirar por doquier, encontrando edificios y vehículos que le recordaban a películas de ciencia ficción que había devorado toda su vida. 

—Pero… Es que… no entiendo… ¿cuándo?—

—Creo que la cueva en el mar esconde un portal que nos traslada en el tiempo y el espacio. Estamos en Chicago, de todos los sitios, en 2312.—Esperó la reacción de su hermana con una sonrisa que abordaba una victoria infalible. 

—Pero… yo… y… vamos… ¿siempre vuelves aquí?— Preguntó, algo temerosa e insegura. 

—Sólo he venido dos veces. La última vez me quedé medio día. Pero deberíamos volver pronto. Mamá y papá nos habían dicho de cenar fuera hoy, y no deberíamos tardar. Puedes volver cuando quieras. Parece bastante seguro. Tal vez podamos volver en otra ocasión y quedarnos unos días. Tendremos que planearlo.— Y cogiendo a su hermana de la mano nuevamente, la arrastró unos pasos hasta que ésta volvió algo en sí, asintió con la cabeza, aún algo anonadada, y regresaron al punto de partida, dispuestos a descubrir en el futuro próximo lo que escondía el futuro lejano. 


27 de noviembre, 2022 

El pozo del tiempo

No conseguía dormir. En la calle había algún tipo de vituperio que iba aumentado con cada minuto que pasaba. A lo lejos ya se podían distinguir las sirenas de los automóviles policíacos. La ventana del dormitorio se encontraba en el tercer piso y de cara a la avenida. Normalmente me gustaba quedarme en un piso mucho más elevado cuando visitaba Nueva York, pero mucho había cambiado después del 2022… Y muchas de las opciones que antes tomábamos por sentadas ni siquiera existían.
Miré la hora. Eran las 3:34 de la madrugada. Me dolía la cabeza y debía despertar en menos de cuatro horas.
Decidí levantarme. Tal vez pudiese trabajar un poco. Tenía una entrega en unos días y aún no había comenzado a escribir.
Sabía que procurar dormir a estas alturas sería inane, así que me levanté, vestí y salí subrepticiamente a la calle en busca de un café.

Era una noche de verano cálida y húmeda. Siempre me gustaron las noches veraniegas de Nueva York.
Los policías ya habían aparecido para calmar la situación que me había sacado de mi ligero sueño.
A pesar de tanto escándalo, no parecía sino un baladí. Aún así me dirigí en dirección opuesta. El alba no tardaría en presentarse, así que paseé sosegada y meditativa.

Encontré una pequeña cafetería en una esquina con ambiente europeo. Todas las cadenas de cafeterías habían caído como moscas unos años atrás, empezando con Starbucks. Personalmente, siempre había preferido lugares más acogedores y originales.
Había cogido mi portátil para escribir fuera de la habitación. Necesitaba un entorno nuevo y diferente, tal vez así las ideas fluirían mejor por mi cerebro bloqueado.
Había pasado un callejón donde dos hombres —posiblemente vagabundos— se apaleaban con violencia.

Los eventos de la noche seguían vigentes en mi mente mientras mi mirada se perdía en el infinito de una página en blanco, alimentando la frustración que ya me consumía.
Cada palabra que aparecía en el folio digital resultaba forzada, produciéndome una hiel inmensurable.

Sentada, intentando no estresarme porque las palabras seguían sin aparecer, recordé la cita de Picasso: “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando.” Pues bien, inspiración, aquí me tienes… esperando que tus delicados dedos vengan a masajear mi subconsciente para poder producir frases coherentes.
Tenía que luchar el impulso de echarle un vistazo a mi correo electrónico o averiguar lo que ocurría por Instagram.
Un fuerte estallido me sacó de mi humor taciturno.

“Es la segunda explosión este mes.” Comentó uno de los trabajadores del café, más para sí mismo que para su compañero.
“Deben de ser esos putos nihilistas de nuevo.” Era un hombre de unos sesenta años, con pelo gris, casi blanco y cejas frondosas que le daban un aspecto peculiar a su rostro.

Me debatía si volver a mi habitación o permanecer donde me encontraba, al fin y al cabo, a mi amiga la inspiración parecía importarle poco dónde me había decidido a escribir. Su ausencia me mortificaba.
A través de las amplias ventanas del local se podía observar que el firmamento empezaba a cambiar su vestimenta de un traje oscuro a uno degradado con varios tonos de azul de opaco a más claro.
Había determinado encaminarme al Parque Central antes de que amaneciera. Según me levantaba, el señor con las cejas gruesas salió impetuoso de la cafetería, dejando que la puerta se cerrara estrepitosamente tras él.

Según me movía por las calles de esa jungla de metal y cristal urbana, me fascinaba observar cómo las manos del sol empezaban a acariciar los puntos más elevados de los edificios, destellando su luz a través de los rascacielos como por arte de magia. El reflejo de la luz en el horizonte de cada calle y avenida hacía imposible divisar el lento despertar de un tráfico que en breve plagaría cada rincón de la ciudad.
Era una mañana formidable a pesar de todo. Me resultaba imposible no sentirme bien con esa luz y con la expectativa de pasar gran parte del día en el parque.
En un rincón se encontraba un hombre, vestido con traje de negocios, peinado a la moda, y zapatos que brillaban tanto que uno podía verse reflejado en ellos, gritando a todo pulmón profanidades como si su vida dependiese de ello — tal y como estaban las cosas, tal vez lo hacía.

No se asemejaba a un réprobo, aunque vivíamos en una época en la que nada era lo que parecía. Era como vivir en un universo paralelo.
Según me acercaba al parque, la luz del día había madrugado y el alba traía consigo toda una gama de colores pasteles que iban explotando a través de edificios y árboles en colores más vibrantes y energéticos.
Me sentía más relajada y entusiasmada con la idea de pasear por el parque. Por lo menos algunas partes de la ciudad no habían cambiado. No podía decirse lo mismo de “Lower Manhattan”.

El Parque Central siempre me había resultado un lugar mágico y encantador. Un sitio en el que cualquiera podía encontrar un rincón que proclamar como favorito. Un parque lleno de vida, de cultura y de carisma y, si tenías suerte, hasta podías observar halcones. Sí, Olmstead había conseguido algo increíble al diseñar semejante lugar en el corazón de una de las metrópolis más latentes del mundo.
Me tranquilizaba saber que se había escapado del damnable destino que otras partes de la ciudad no habían sido tan afortunadas de prevenir.

Sentada en un banco del parque junto al lago, cerré los ojos para poder captar mejor lo que me rodeaba. El aire matutino, el canto de los pájaros, el sonido ligeramente lejano del tráfico, el baile de las hojas de los árboles cuando la brisa les susurraba una dulce canción. Aún era bastante temprano y no había casi nadie en el parque.
A lo lejos distinguí una madre exclamando imperiosamente a un niño que parecía estar ocupado con travesuras.
Aún no siendo persona de madrugar, me encantaba la magia de las mañanas.
Allí sentada, disfrutando el momento, prácticamente meditando, perdí esa sensación jodidamente perentoria de escribir. Por primera vez en varias semanas me sentía calmada, tranquila y sosegada.
Respiré hondo y sonreí.

Seguía con los ojos cerrados, aunque era imposible saberlo pues llevaba las gafas de sol puestas.
“¿Irene?” Preguntó una voz familiar. “¿Eres tú?” Esa voz familiar continuaba cuestionando. Me resultaba difícil darle un rostro a mi interlocutor, aunque sabía que me era conocido. Tal vez porque no pertenecía al entorno, tal vez porque no le había escuchado en mucho tiempo. Simplemente no pertenecía a una pauta dada de mis viajes a Nueva York.
Abrí los ojos y, a través de las gafas de sol, cuál no sería mi sorpresa al descubrir al dueño de dicha voz.
“Vaya, vaya. Pero si no es otro que Marcus. Dichosos los ojos que te ven. Han pasado… ¿qué, quince años?”
“Casi dieciseis, para ser exactos.” Respondió éste, su sonrisa tan brillante y bonita como todos esos años atrás. Una de esas sonrisas que iluminan tanto el rostro de quien la viste, como su entorno.
Me levanté apresuradamente (tal vez con demasiado ahínco) para encontrarme con él a medio camino.
Tras un fuerte abrazo entre pasados amantes, Marcus me tomó por los hombros y me alejó de sí a un brazo de distancia para observarme más detenidamente.
“Apenas has cambiado. Tan guapa como siempre.”
“La adulación te abrirá muchas puertas.” Sonreí guiñándole un ojo. Era algo que solíamos decirnos cuando habíamos estado juntos.
“¿Sabes? Leí varios de tus artículos y tus libros. Bravo. Realmente plausibles.” Esa sonrisa otra vez, el contraste entre su piel oscura y esas líneas de perlas ordenadas.
“¿Qué te trae por Nueva York? Eras la última persona que esperaba encontrarme por aquí. Quise cambiar de tema para evitar hablar de mi carrera y el bloqueo creativo que llevaba persiguiéndome meses.
“Jajajajaja… Veo que algunas cosas no cambian nunca.” Respondió éste leyéndome como si yo fuese un libro abierto.
“Bueno, vale, me has pillado. Pero eso es para otro momento. Lo cierto es que estoy realmente interesada en saber por qué te encuentras aquí. Espero que no tenga nada que ver con tu madre.”
“En parte, pero no como crees. Ya sabes cómo es, no ha dejado de trabajar con todo lo que ha pasado, a pesar de que se acerca a los ochenta años. Pero fuerte como un búfalo, es mi madre.” Noté orgullo en su voz. “No es por nada que descendemos de una rama de mezcla de afro-americanos y cheroquis.” Marcus siempre había estado orgulloso de sus raíces, y muy curioso siempre por saber más de ellas.
“Hay un grupo de disidentes que están causando problemas a la organización donde mi madre trabaja actualmente. Cuando me lo comentó, decidí venir e investigar y ver si había algo que pudiera hacer para ayudar.”
“Ya veo yo que algunas cosas no cambian nunca.” Sonreí.
“¿Tienes planes?”
“Lo cierto es que… No. Realmente no.” Sabía que no podría escribir y necesitaba desconectar de mi mente. “¿Qué tienes pensado?”
“Iba a la biblioteca para investigar un poco el asunto de mi madre. Pero no corre prisa, y encontrarte a ti aquí ha sido fortuito. Prefiero pasear contigo y ponernos al día.”
“Sí, creo que me vendría bien. Lo que tenía planeado era, al fin y al cabo, una contingencia que posiblemente me hubiera frustrado más.”
Me miró inquisitivo. Conociéndome bien sabía que yo misma compartiría lo que me sintiera preparada a divulgar.
“Vamos a desayunar algo y luego podemos seguir paseando. Conozco un lugar no muy lejos de aquí.” Miró su reloj, eran cerca de las ocho.

Tras el desayuno decidimos volver al Parque Central y pasear en ese día veraniego tan cálido y agradable.
“Ven, te quiero enseñar un rincón que descubrí no hace mucho.” Marcus me cogió de la mano y, de pronto, sentí como si estuviésemos viviendo en el pasado. No pensé y me dejé llevar.
Después de unos treinta minutos de caminar encontramos un espacio lleno de flores silvestres, un pequeño lago y, juntos a éste, un pozo que parecía desplazado de la era Medieval.
“Juraría que este lugar no aparece en ningún mapa del parque. Mira que me he paseado por este lugar y jamás había visto esto. Y esas flores… No son ni nativas de Norteamérica.
“Lo sé. Es impresionante.” Respondió Marcus maravillado. “Y cada vez que vengo hay flores diferentes.”
Lo miré incrédula. “¿Así que es aquí donde traes a tus ligues cuando vienes a Nueva York?”
“Pues claro, ¿qué, pensabas que eras especial?” Me guiñó el ojo siguiéndome el juego.
Me acerqué al pozo y me senté en el borde de la boca. Era una estructura con un brocal de piedras antiguas como jamás había visto antes.
Me balanceé en la boca del pozo. Me puse en pie y caminé por la misma, reclinándome para ver si lograba ver algo, pero solo conseguía divisar un infinito de oscuridad.
“Cuidado, no te vayas a ca…” Y como si una mano invisible tirara de mí, caí en ese infinito de oscuridad que imaginé sería mi fin.
“¡¡Ireneeeeee!!” Escuché de lejos a Marcus según descendía a mi muerte.
Me vino a la mente el perfecto personaje pérfido y el comienzo del contorno de una historia.
‘Ahora.’ Pensé resignada. ‘Irónico.’
Cerré los ojos y me dejé llevar por lo que no podía controlar.
Cuando los volví a abrir, me encontraba nuevamente en el campo de flores silvestres. El pozo a mi lado, el cielo azul… No entendía lo que había ocurrido.
“Mierda, mierda. ¡Ireneeeeee!” No sé dónde estaba Marcus, pero le oía como a través de una pared.
“¿Marcus? ¿Dónde estás?” Miré a mi alrededor. Me sentía desorientada.
‘¿Qué estulticia es está? Debo estar medio muerta al fondo del pozo imaginando todo esto.’ Sin embargo, algo en mi interior me susurraba que le siguiese llamando con más fuerza.
“¡¿Marcus?!”
“¿Irene? ¿Dónde estás? ¿Estás bien?”
“Sí, eso creo. Sí es que no estoy soñando…”
“Voy a por ayuda. ¿Tienes algo roto?”
“No, mira… Escucha… Estoy aquí… En el campo de flores… No entiendo… Pero tú no estás… Pero el resto es igual… Ojalá pudiera explicarlo mejor, pero no lo comprendo ni yo.”
“Irene, creo que te has dado en la cabeza, lo que dices no tiene sentido.” Aunque procuraba disimularlo, su tono acarreaba un vestigio de condescendencia. No le culpaba, yo misma me preguntaba si acaso no estaba delirando o si sufría una contusión cerebral.
Mi intuición me decía que había algo importante en juego y que lo que me estaba ocurriendo era extraordinario. También sentí que era algo que no podía (o quería) hacer sola.
“¡Marcus! ¡Salta dentro del pozo!” Grité sin pensar.
“¿Qué dices? ¿Cómo saldríamos de allí si no nos encuentra nadie?”
“Escucha. No lo puedo explicar, pero confía en mí. No creo que haya sido coincidencia que nos hayamos encontrado hoy en el parque. Por favor, Marcus, es acuciante que lo hagas ahora.”
“Debo estar loco.” Fue su única respuesta. En un instante estaba junto al pozo.
“¿Qué…?”
“Lo sé, tampoco lo entiendo.” Ayudé a Marcus a levantarse. Miró a su alrededor, intentando colocarse en el entorno.
“Pero si… Es que…”
“Lo sé.” Sabía lo que pensaba porque los mismos pensamientos habían cruzado mi mente.
“¿Qué hacemos?”
“Salgamos de aquí, a ver qué encontramos. Seguimos en el Parque Central, así que supongo que seguiremos en Nueva York.”
“Pero, ¿en qué Nueva York?” Había pensado lo mismo pero no me había atrevido a comunicarlo en voz alta. Nos miramos con una mezcla de nervios y temor. No podía sino pensar en las novelas de ciencia ficción que había leído a lo largo de mi vida.
“Cuando no conseguía dormirme esta mañana, mi día prometía ser prosaico, pero con cada hora se aleja cada vez más de serlo. Me alegra haber salido de mi habitación cuando lo hice.” Le dí un empujón cariñoso con mis hombros.
Según salíamos del parque, Marcus puso su brazo alrededor de mis hombros.
“¿Estás bien?” Me miró, y vi esos ojos verdes castaños que tanto me habían enamorado años atrás, observándome atentamente. “Recuerdo cuando te bloqueabas creativamente, permanecías despierta durante el continicio hasta el amanecer. Comentaste antes que no habías podido dormir…” Su mirada compasiva me invitaba a compartir mis incertidumbres.
“Yo… Veamos a dónde nos lleva esta aventura. Ya te contaré todo cuando hayamos resuelto este misterio.” Vestí una sonrisa cálida sin necesidad de pretensión.

No tardamos mucho en descubrir la aventura en la que habíamos aterrizado. De alguna manera, habíamos viajado al pasado. No un viaje tan ominoso e inquietante como el del Viajero del Tiempo de H.G. Wells, pero mentiría si dijese que no tenía los nervios a flor de piel. Era una noción tan desequilibrada que las garras de mi conocimiento escoriaban con intensidad mi cordura.
“1984…” Dijo de pronto Marcus aun cuando no le había preguntado.
“Eso sería irónico, pero mejor buscamos un periódico para cerciorarnos.”
Marcus no pudo evitar rebuscar en sus bolsillos una dádiva para un vagabundo que dormía arropado en la calle. Encontró una chocolatina y unos cuantos dólares que dejó junto al cuerpo del otro, procurando no molestarlo.

15 de julio, 1984. Esa era la fecha exacta en el periódico.
“¡¿Cómo…?!” Miré a Marcus con una mezcla de admiración y sorpresa.
“Era indefectible. Bueno….más o menos. Pasamos junto al Marriott Marquis que estaba bajo construcción, casi acabado entonces. Adiviné y acerté.”
“Listillo. Bueno, y ¿ahora qué? ¿Sabes lo que significa esto?”
Allí estábamos, aproximadamente cuarenta años en el pasado, capaces de cambiar el futuro y, seamos sinceros, existen en la historia hechos que a muchos nos gustaría poder modificar.
Nos encontrábamos en una situación imposible de dilucidar. No entendíamos la mecánica, ni la teoría… Lo que estábamos viviendo ese día carecía de sentido.
“¿Qué sabes de la teoría de la relatividad?”
“No mucho. Ya sabes que la ciencia ficción nunca fue el género que se me daba bien escribir, así que nunca leí nada de Einstein. “¿Tú?”
“Leí un poco durante mis años universitarios, me interesaba el tema. Aún así, esto no cabe dentro de mi entendimiento y el lado izquierdo de mi cerebro lo rechaza violentamente. Todavía estoy esperando a despertar de este sueño tan extraño. Oye, ¿estás bien? Te noto estaferma.”
Me había parado en la acera. No estaba segura de nada. No podía permitir que el pánico me hiciera presa. Cerré los ojos. Respiré hondo un par de veces. Volví a abrir los ojos. “Sí, ahora estoy bien.”
Pero me asustaba estar en 1984 en Nueva York… Con Marcus. Era una ciudad muy diferente a la del 2023.
“Estoy un poco cagada, si te soy sincera. Esto es 1984, las cosas eran (son) muy diferentes entonces… Que, aunque mejor que hace veinte años desde esta década, sigue siendo difícil. Nueva York no era la ciudad más segura… Y una pareja interracial tampoco lo más común.” Observé que Marcus me observaba de soslayo. “Ya, ya sé que no somos pareja, pero eso no lo puede saber cualquiera que nos vea.”
“¿Quieres regresar al pozo?”
“Sí… Y no.”
“Entiendo. También comprendo tu vacilación. Por una parte podemos dejar una huella que prevenga ciertos acontecimientos, por otro lado podemos jodernos bien jodidos y tal vez perder la oportunidad de regresar. Pero soy algo más optimista que tú y creo que podemos apear cualquier circunstancia que se nos presente por muy ardua que sea.” Afirmó risueño, su sonrisa desplazándose hacia sus ojos claros. De pronto sentí un impulso por besarle que me llevó varios instantes contener.
“¿Sabes a qué me recuerda ésto?”
“22/11/63.”
“Jajajajaj… ¡Cómo me conoces!”
“Demos una vuelta. Tal vez podamos pillar algo para comer. Yo no sé tú, pero a mí me ha entrado un hambre feroz con toda esta emoción.”
Asentí taciturna.
Nos encontrábamos cerca del Empire State Building, tras pasar por Times Square, queríamos evitar esa parte de la ciudad. En 1984 no era la atracción turística en la que se convirtió más adelante. Siempre me había gustado pasear en Manhattan, pero era diferente ahora. No me sentía segura.
“¿Qué te gustaría elidir de los últimos cuarenta años? ¿O borrar por completo?” Pregunté por fin tras un largo silencio caminando, cada cual perdido en su propio mar de pensamientos.
“¿Sabes lo que se me acaba de ocurrir?” Estábamos de camino a 39th St., donde Marcus creía recordar que se encontraba un buen lugar de bocatas.
“Díme.”
“Aquí nadie tiene móviles. No existe la necesidad de ser tan ubicuo.” Sonreí de oreja a oreja. “Es agradable desconectar de todo ese mundo.”
“Cierto. Me pregunto si de algún milagro tenemos cobertura.” Según metió la mano en su bolsillo, puse mi mano con fuerza en su antebrazo.
“¿Qué haces, estás loco? Si alguien te ve te secuestran para estudiarte.” Reí.

El lugar que Marcus recordaba no se encontraba donde su memoria le guiaba.
“Uhm… Juraría que estaba en la 39… Claro que de eso hace mucho y mi memoria no es de lo más fiable.”
“Deja que le pregunte a alguien.” Miré a mi alrededor, una señora mayor, cargando un par de bolsas que parecían bastante pesadas, se nos acercaba despacio.
“Perdona que la moleste, ¿pero conoce un lugar de bocadillos por aquí?” Me dirigí brevemente a Marcus. “¿Recuerdas el nombre?”
“Nueva York algo, algo.” Contestó con una mueca.
La señora miró a Marcus y luego se dirigió hacia mí. Nos observó con reticencia.
“No sé…” Gruñó y se apresuró a alejarse.
“¿Soy yo o los newyorquinos son más amables en nuestra década?”
“No, no creo que seas tú… Había olvidado lo hostil que había sido esta ciudad.”
“Oye, ¿y si no conseguimos regresar a nuestro tiempo? Imagínate que al volver al parque encontramos un pozo vicario?”
“Hablas de eso como si fuese un ser vivo.” Le miré preocupada.
“Tal vez lo es, ¿quiénes somos nosotros para juzgar? Pero, piénsalo. Tal vez el pozo al que regresamos en esta década nos desplaza a una década (¿un siglo?) distinto al nuestro.”
“No me asustes.” No quería ni imaginarlo. ” We’ll cross that bridge when we get there.” Una de mis expresiones favoritas en inglés y que habíamos utilizado mucho cuando habíamos vivido juntos.
“Tienes razón. Al fin y al cabo, hasta un reloj parado acierta la hora dos veces al día.” Bromeó sacando la lengua.
“Graciosillo. Bueno, ¿dónde está ese sitio? Me está entrando hambre.”

Encontramos un lugar, Marcus no estaba seguro si era EL sitio, pero tenía unos bocadillos deliciosos.
Decidimos ir paseando hacia las torres gemelas. Sería toda una experiencia volver a verlas, sintiendo en nuestros corazones el peso de lo que ocurriría en diecisiete años de la fecha en la que nos encontrábamos.
“Podríamos pensar en una manera de pararlo.” Dijo con su mirada posada en la cumbre de los edificios que tenían sus días contados.
“Me encantaría… Y sin parecer pesimista… ¿cómo?”
“No lo sé, pero como Jake Epping en la historia de King, encontró una manera de parar lo que había decidido cambiar. Piensa, tenemos la ventaja de saber el cómo, cuándo y quién. Imagínate el impacto que podríamos tener. Podríamos hasta evitar la presidencia del individuo más contumaz que puso pie en la Casablanca.”
Seguía escéptica. Me encantaba la idea, pero me quedaba atascada en el cómo.
El tiempo era tan abstracto y, en ocasiones, impetuoso.
“También está eso de que no es recomendable cambiar algo en el pasado por cómo puede afectar al futuro de una manera completamente impredecible. Ya sabes, eso de ‘las consecuencias de que una mariposa que aletee en Brasil se sienten en el Amazonas’, o algo así.” Me miró de soslayo. No se lo tragaba.
“Señorita Irene, ¿se ha vuelto usted miedocilla con los años? O tal vez sea que te sientes atascada en el cómo aún.”
Nos acercábamos al lugar donde casi veinte años antes se habían erguido dos rascacielos idénticos. Miré hacia el cielo, incrédula de ser testigo de algo que ya no existía. Nunca había tenido ocasión de verlas en persona antes.
“De todas formas, no sé yo cómo podríamos evitar la destrucción de las Torres Gemelas… O evitar que cierto personaje ocupe la Casa Blanca. Me intriga la posibilidad… pero, ¿cómo?”
Marcus me miró suspicaz. “¿Tú estás segura de que eres escritora? ¿Qué pasó con la Irene de antaño? Realmente estás pasando por una época de sequía creativa, ¿eh?” Dijo entre bromeando y compasivo. No había desdén ni indignación en su tono, sin embargo me sentí pequeña y miserable. Sentía que la imaginación se escapaba de mi poder.

Llegados a West St. nos plantamos prácticamente frente a las torres que, por casi un año habían sido las más altas del mundo, y subimos nuestras miradas al tope de las mismas.
“Son —eran— impresionantes, ¿no crees?”
“Todo un logro arquitectónico. ¿Te puedes creer que sólo hace once años desde este momento que se terminaron de construir? Imagínate el vigor con que debieron trabajar para completarlas.” Asentí, una lágrima tímida deslizándose por mi mejilla al recordar cuál sería su destino final.
“Hagámoslo. ¡Cambiemos la historia!” Teníamos que intentarlo. No sabía cómo, pero sentía que era lo necesario… Y nuestro viaje al pasado no podía ser en vano.
“¡Por fin! Ésta es la mujer que conozco.” Puso una mano en mi cintura, tirándome hacia él, con la otra tomó mi rostro, y me plantó un beso en los labios, tal cual, como cuando habíamos estado juntos. Cuando terminó — ya sea dicho de paso que el beso fue correspondido— me quedé donde me había dejado, estupefacta por unos momentos. “Perdona, no lo pude evitar. De pronto una avalancha de sentimientos y recuerdos me atropellaron y, bueno… “
No pude más que sonreír.
“Manos a la obra. Borremos los acontecimientos más violentos de nuestros tiempos.” Sentía una nueva seguridad en mí misma. Sí, ésto era posible.
De pronto el firmamento se tornó de un gris hosco. Las nubes, preñadas de lágrimas impacientes por escapar, comenzaron sus violentos alaridos que predecían una tormenta típica de los veranos neoyorquinos.
“¡Busquemos cobijo que va a caer la de Dios.” Marcus me cogió de la mano y arrancamos corriendo en busca de protección contra la lluvia inminente.
Entramos corriendo, vagamente mojados, a una de las Torres Gemelas.
Nos abrazamos con cariño. La lluvia veraniega era especial. Durante mis años universitarios había disfrutado paseando por las calles con mis trajes ligeros y mis sandalias, permitiendo que la precipitación se apoderara de mi ser. El aire cálido y las manos húmedas de la ducha natural eran la combinación perfecta en esos días de deleite sin preocupaciones. La nostalgia se apoderó de mí.
Nos miramos, y con mis brazos alrededor de su cuello, le besé con pasión.
Me separé despacio de Marcus.
“Yo no lo siento, es lo mejor que he hecho en todo el año.” Sonreí coqueta.
“¿Me oyes quejándome?” Contestó con humor.
“¡Venga! Busquemos un lugar donde comer. Toda esta emoción me ha abierto el apetito. Por cierto, ya se hace tarde… O buscamos un lugar donde pasar la noche,” una mueca pícara apareció en el semblante de mi compañero, “o regresamos al pozo con la esperanza de volver a nuestro tiempo.” Continué, ignorando la mirada pilla de Marcus.
Se puso serio.
“Creo que nos beneficiaría regresar a nuestro tiempo. Yo no sé tú, pero por regla general no suelo llevar mucho dinero encima, y ninguna de nuestras tarjetas funcionaría en este año, a no ser que te abrieras tu cuenta de niña.” Sacó la lengua burlonamente. “En serio, creo que en nuestro tiempo estaríamos más preparados para elaborar un plan de acción y así tenemos un poco más de espacio y tiempo para rumiar sobre las implicaciones de esta experiencia y de las posibilidades que se nos presentan.”
“Sí, tienes razón. Comamos y regresemos al parque.”

Decidimos coger el metro de Lower Manhattan a Midtown East. Estábamos exhaustos, tanto física como emocionalmente. Cada uno perdido en sus propios pensamientos. Los silencios prolongados con Marcus nunca habían sido incómodos o extraños. Nunca habíamos sentido la necesidad de rellenarlos con cháchara.
Creo que ambos estudiábamos la mejor manera de encarar el desafío y, en cierta manera, la responsabilidad que se nos había presentado con este nuevo conocimiento del viaje en el tiempo.

El metro no era lo que recordaba. Me hacía pensar más bien en el que montaba Akeem en de El Príncipe de Zamunda. Incómoda no describía bien cómo me sentía, era más que eso. Nunca pensé que añoraría mi época, pero lo hacía.
Me sentía dubitativa respecto a volver a está década tras volver a nuestro año.
“Marcus, no sé si es falta de escrúpulos o qué, pero me temo que una vez volvamos a nuestro momento en la historia, si es que podemos, me va a costar encontrar las agallas para regresar al pasado. Son tantas las variables que desconocemos…”
“Es normal que sientas eso, yo también tengo mis dudas. Pero busca aquí,” señaló con el índice hacia el lugar donde se encontraba mi corazón, “y no permitas que tu coco secuestre tu intuición y la persona que ambos sabemos que eres.” Sonrió y le devolví el gesto. Tenía razón, a veces cavilaba demasiado sobre las cosas, lo que muchas veces me incapacitaba actuar.
“A veces creo que me tomo a mí misma demasiado en serio. ¿Fue siempre así?” Pensé en voz alta. Marcus me observaba en silencio, esperando. Le miré melancólica.
“No, no ha sido así siempre. Simplemente estás pasando por una batalla interna que te tiene un poco atascada.” No pasó desapercibido su cambio de forma verbal. Me sentí esperanzada.
En ese momento llegamos a nuestra parada. En breve —y si todo salía bien— volveríamos al verano del 2023.
Al salir del metro observamos que el crepúsculo había adornado el firmamento con colores extraordinarios que explotaban como llamas contra las finas nubes cercanas al horizonte. Era un atardecer cálido, Marcus me cogió de la mano y se acercó hacia mí, sus labios tan cerca de mi boca que sentí cómo se me erizaban los pelos de la nuca. Al oído me susurró:
“Dime, ¿me vas a invitar a una copa cuando lleguemos a tu hotel?”
“¿Y quién dice que te voy a dejar que me acompañes?” Pronuncié socarrona, desprendiéndome juguetona de su agarre. Me di media vuelta según le guiñaba un ojo y seguí caminando hacia el parque.
Podía imaginarme la expresión de Marcus, una ceja enarcada y una semi sonrisa en su semblante.
Llegamos al pozo. Le dirigí una mirada despectiva, más por temor que otra cosa. Los sentimientos son una cosa curiosa, cuando las garras del miedo atrapan nuestras entrañas, los sentimientos negativos se mezclan en nuestro interior y hacen acto de presencia en todo tipo de disfraces. El mío, en ese momento, llevaba puesto el traje del desprecio.

Decidimos saltar al pozo juntos. Echamos una mirada avizora a nuestro alrededor, asegurándonos de que no nos veía nadie.
“Espero que esto funcione.” Apreté la mano de Marcus, le miré nerviosa y, con los ojos cerrados, saltamos juntos.

Al aterrizar al otro lado, era como si el tiempo se hubiese detenido. Allí seguía siendo media mañana. Observamos nuestro entorno, los rascacielos y cualquier otro objeto que pareciera fuera de lugar. Al contrario que el DeLorean que Marty McFly conducía para transportarse en el tiempo, el pozo carecía de reloj para marcar la fecha precisa que deseábamos. Ésto se acercaba más a las entradas misteriosas que llevaban a Narnia.
“Busquemos un lugar donde ver la fecha.”
“Saca tu móvil, si estamos en nuestro tiempo debería funcionar. Los edificios parecen los de nuestra época, al menos desde aquí.” Recomendé. Habíamos empezado a caminar en dirección a Times Square, aunque aún faltaba un largo trecho para salir del parque.
“15 de julio… ¡¡Del 2020!!” Pronunció Marcus. De pronto se formó un nudo en mi garganta y no podía tragar, y mucho menos respirar. “Nooooooo… Pero tampoco es nuestro año… Se nos adelantó un año. Estamos en el 2024.” Dijo al ver que todo el color de mi rostro se desvanecía.
“No jodas. Marcus, es broma, ¿no?” Pregunté, pero vi en sus ojos que no bromeaba.
Me senté en el banco más cercano. Sentía como si me hubiesen dado un puñetazo en el vientre. Respiré hondo. Cerré los ojos. “Bueno, no es tan grave, supongo… Acabar en Nueva York en el verano del 2020 hubiese sido mucho peor. Además, es solo un año.” Volví a abrir los ojos. Sonreí.
“Cierto. Seguro que nuestras tarjetas y demás siguen funcionando, a no ser que nuestros familiares las cancelaran por darnos por desaparecidos.”
“No lo sabremos hasta comprobarlo.” Añadí. A mi izquierda había un sendero maltrecho apenas visible. Me picó la curiosidad.
“Eso no estaba allí antes. Vamos a ver a dónde nos lleva.” Comenté.

Un grito despavorido en la distancia rompió mi flujo creativo. Miré la hora, eran las cinco de la mañana. Llevaba escribiendo horas. Había estado tan absorta en mi historia que había perdido la noción del tiempo. Me percaté de que me dolía el cuello, tenía el cuerpo rígido y el sueño empezaba a adentrarse en mi conciencia.
Huckleberry estaba echado a mis pies, patas extendidas, tal vez soñando que perseguía ardillas.
De pronto sentí unos brazos a mi alrededor. Shawn.
“¿Cómo te va?” Me dijo, plantándome un beso en la mejilla.
“Bastante bien. Mis personajes estaban a punto de adentrarse en un sendero misterioso cuando un grito asustó a mi musa. ¿Qué haces levantado?”
“Ese mismo grito me despertó a mí. Deben de ser los vecinos otra vez con la tele a tope.” Frunció el ceño. “No sé si levantarme y hacer café o volver a la cama.”
“Deja el café. Es sábado. Volvamos a la cama. Mi personaje masculino está basado en ti… Y de tanto escribir sobre ti y tus besos me han entrado ganas de ti (válgame la redundancia).” Le cogí de la mano y le conduje al dormitorio. Huck levantó perezoso la cabeza para investigar a dónde nos dirigíamos, al ver que ninguno de los dos íbamos ni a la cocina ni a buscar su correa para salir a pasear, volvió a bajarla para seguir soñando con lo que fuera que soñaba.


Terminado el 27 de febrero, 2021 (editado el 1 de abril, 2021)

Aprender no conoce fronteras

Jamás creí que aprender pudiese resultar tan desafiante y frustrante. Claro que cuando uno tiene que aprender materias familiares en un idioma no tan conocido, estudiar entra en una dimensión inexplorada. 

Un mes tras llegar a no sólo un país nuevo, sino a un continente completamente ajeno a mis experiencias, en un entorno absolutamente desconocido, no podía sino sentir frustración cada vez que entraba en un aula diferente.
Las clases se dividían por aulas; los estudiantes se desplazaban por los pasillos con calma —o, en ocasiones, con premura— pasando por las taquillas para dejar los libros de la asignatura anterior y recoger el material para la siguiente lección. Era una experiencia absolutamente extraña para mí, vivida tan solo a través de la pantalla del televisor desde mi casa en la pequeña isla de la que provenía. La ventaja era que el instituto se encontraba en California, por lo que era un campus bastante abierto con edificios solitarios que acaparaban un aula única. Resultaba fácil desplazarse de una clase a otra sin perderse.

Sí, intentar comprender algo en un idioma que uno no domina no es tan simple como puede parecer y, cuando al cabo de dos meses aún no entendía exactamente lo que me decían, mis notas en matemática dejaban mucho que desear y las demás asignaturas eran jeroglíficos desconocidos.
Me preguntaba qué demonios me había impulsado a estudiar mi último año del instituto —el equivalente de C.O.U. en España por aquel entonces— en Estados Unidos. Siempre había creído que mi nivel de inglés era bastante elevado, pero esa burbuja no tardó en estallar poco después de aterrizar en el aeropuerto Internacional de San Francisco.

He de admitir que, a pesar de perder la paciencia conmigo misma y castigar mi ineptitud con el idioma, mis profesores hacían lo opuesto. Puedo afirmar con certeza que todos los maestros que tuve en ese año fueron de gran ayuda. Un año en el que había decidido mejorar mi conocimiento del inglés y expandir mi mente viviendo como estudiante de intercambio en un país absolutamente diferente al mío. No hubo ni uno que me hiciera sentir torpe, ignorante o tonta por no entenderles cuando me hablaban, o por no seguir el ritmo de sus clases al comienzo del curso. No, todos mostraron gran compasión y paciencia con mi falta de vocabulario y entendimiento. Varios profesores sobresalieron con el ánimo e integridad que me mostraban, pero uno en especial brilló como lo hace Sirius en el firmamento cuando viste su manto oscuro.
Era mi profesor de literatura y era una de las personas más encantadoras y carismáticas que he tenido el placer de conocer en mi vida. Si tuviera que describirlo diría que podría ser el hermano gemelo de Jim Carrey pero con unos cuantos kilos de más.

Tal vez también destacó porque siempre he sentido inclinación hacia la literatura y leer, y su pasión hacia dicha asignatura era evidente. Creo que ese año que estudié en California y que, por vez primera, leí a Dickens en su idioma original, aumentó mi aprecio hacia el uso de las palabras, el significado que los autores le dan a sus obras y lo bonito que es valorar cómo entrelazan las palabras para crear conjuntos de frases, párrafos y novelas enteras llenas de metáforas y símiles que bailan en las páginas aguardando que el lector las descubra.  

En el tercer trimestre del curso entendía el idioma con tal habilidad que dicho maestro no tuvo reparo en dejarles saber a todos en la clase que, aún tratando con un idioma que no era mi lengua materna, era la segunda en la clase con las notas más altas en una clase de treinta y pico alumnos. No voy a decir que mi ego no se inflamó y por un momento sentí que mi cabeza se expandía hasta alzarme a las nubes. No voy a negar que siempre ha vivido en mí un ser competitivo con las ansias de complacer, y más a los diecisiete años. Y más en un país con un complejo de superioridad obvio. Seguí trabajando duro con esa asignatura hasta el final del curso, no sólo porque me gustaba, sino porque quería que él, mi profesor del instituto favorito, estuviese orgulloso de mí. 

Creo que lo conseguí, el día de graduación me dijo:
“You are a good kid!” Me abrazó y me deseó lo mejor para mi futuro. Fue la última vez que le vi, pero pienso en él con frecuencia y me pregunto cuántas vidas habrá cambiado con su personalidad y su amor a la literatura. 


28 de enero, 2021

El primer año

Tenía miedo. Me asustaba la posibilidad de tener la misma experiencia que el año anterior, cuando nuestra maestra había utilizado tácticas extremas para mantenernos concentrados en las lecciones, sentados cada uno en su sitio y pretendiendo olvidar que éramos niños de cinco años. 

Con mis escasas primaveras, aún no había decidido si ir al colegio era algo que me gustaba o no, si atender un aula llena de niños de mi edad con una figura autoritaria que nos trataba como individuales de  menor inteligencia sería una vivencia que fuese a disfrutar. No estaba segura. Siempre había creído que aprender era algo divertido, algo que alimentaba a esa personita dentro de mí que ansiaba expander su horizonte. Había aprendido a leer por mi cuenta y era una de mis actividades favoritas. Mi primer encuentro con la educación obligatoria no había sido lo más placentera. 

Sin embargo, mis temores se vieron disipados con mi primer encuentro con Juan. Mi primer profesor de primaria. Sería quien guiaría mi amor hacia el aprendizaje y la curiosidad que, aunque innata, se encendió del todo con él. Desde un principio me sentí sosegada y feliz en su presencia. No era la única, todos mis compañeros sentían esa afinidad hacia él. Nos trataba como a sus iguales. Nos respetaba y nos hablaba como personas, algo que a los seis años era difícil encontrar. En un mundo de mayores, siempre nos miraban como estorbos, o como criaturas que tenían que seguir ciertas reglas o estar a la altura de ciertas expectativas. 

En la clase de Juan no era así, en cuanto entrábamos en su aula, nos platicaba como si pudiésemos entenderle, como seres inteligentes capaces de construir nuestras propias ideas y conclusiones que nos facilitaba con un empujón sutil de su parte. 

Seis meses tras empezar el curso, no entendí cómo podía haber sentido tanto miedo aquel primer día. Ya había olvidado a María, nuestra profesora anterior. No sentía el rencor o temor que había sufrido cuando el año con ella acabó. No, Juan nos había mostrado que un profesor podía ser más que alguien que nos alimentaba información de diferentes ámbitos. Nos enseñó también que no era lo que nos enseñaba, sino cómo lo enseñaba, lo que nos hacía mejores individuos, lo que nos preparaba para el futuro y lo que rompería o crearía un amor hacia el aprendizaje. 

Me sentía feliz. Cada día saltaba de la cama para asistir a clase. Si sentía fiebre, me ponía un trapo frío en la frente con la intención de bajar la temperatura para que mis padres no me impidieran atender al colegio. Esas horas que pasaba en clase no sólo aprendía asignaturas, sino también a convertirme en un individuo que quería dejar el planeta en mejor estado que lo encontró. 


27 de enero, 2021

Fruta de oro

“¡¡Corre. Vamos. Está cada vez más cerca!!”
Gritaba Manuel en la distancia. Cada vez se alejaba más; había perdido el rastro de Adrián y Petra como quince minutes antes. Oliver apenas veía de frente, entre el sudor que se deslizaba por su frente hasta caer en sus ojos, y la tormenta de nieve que borraba con furia cualquier vestigio de la ciudad, su mente empezaba a preñarse de pánico.
A sus espaldas sólo lograba escuchar el viento, lo cual le estremecía aún más.
Se encontraba en una situación precaria, si dejaba llevarse por el miedo, sabía que estaría perdido.

Agotado y apenas sin aliento, Oliver cayó desplomado al suelo. Cerró los ojos y prácticamente los volvió a abrir en ese mismo instante. Bajo su peso no se encontraba el asfalto frío de la calle, ni la nieve húmeda. Vestía su pijamas, empapado de sudor.
“¿Dónde…? ¿Qué…?”
Tardó un momento en ajustarse a su entorno. A su derecha estaba la cama… De la que se había caído y por lo cual había dejado aquel mundo onírico atrás para regresar al mundo real. Tenía la boca seca y un dolor en el brazo, que parecía haber amortiguado la caída. A través de la ventana caía la nieve sin recato alguno.
“Otra vez la misma pesadilla…” Suspiró agitado Oliver.
Aún era de noche, pero Oliver no lograba pegar ojo. Era una pesadilla recurrente que nunca terminaba mostrándole al perseguidor, aunque tan solo pensar en ello le producía escalofríos en el espinazo. No era un niño timorato, pero algo en el aire le perturbaba y creaba una atmósfera tenebrosa que transformaba su naturaleza afable y tranquila.
Se acercó a su estantería de libros. Pasó los dedos cuidadosamente por los lomos, intentando elegir uno que le acompañara en la insomnia. Observando un título tras otro, se percató de un sutil baile cacofónico entre ellos, que le deleitó y despejó en parte el malestar que la pesadilla había dejado en su subconsciente.
Se decidió por La Historia Interminable. El mundo que Ende había creado en su maravillosa novela de fantasía siempre despertaba un bienestar en su interior.
Sonrió y, sosegado, volvió a la cama con la mejor compañía posible.

Despertó con la boca abierta y la almohada babeada. El libro había caído al suelo. Miró la hora en su despertador y descubrió que eran las ocho.
El sol había amanecido perezoso poco antes, cubierto de una niebla mística que producía una dicotomía de colores neutros y cálidos, como un baile entre fantasmas y diablos.
Era domingo, día que generalmente pasaba con Manuel, Petra y Víctor. Hoy, sin embargo, le abrumaba un presentimiento ominoso.
Bajó con pereza a la cocina, esperando encontrarse allí a sus padres desayunando. Su madre leyendo el periódico o haciendo crucigramas con su padre mientras tomaban café y escuchaban la radio. Cada domingo durante el mes de diciembre emitían un especial navideño.
Su hermano se había quedado a dormir en casa de su mejor amigo y no volvería hasta la tarde. Estaba solo en casa… El malestar regresó con más rigor y, exasperado, se sentó en el sofá, cubrió su rostro con una almohada y, sin saber por qué, gritó entre sollozos y lamentaciones.
Mientras desayunaba, procurando recordar dónde habían dicho sus padres que estarían, sonó el teléfono. Sobresaltado, miró hacia el responsable del susto, considerando si contestar o no. Se decidió por el afirmativo. Tal vez era Manuel o Víctor, con planes para este domingo frígido.
Al contestar, reconoció la voz de su madre al otro lado del auricular. Le contaba que habían decidido ir temprano al mercadillo navideño. No habían querido despertarle; volverían en unas horas.
“Te hemos dejado unos crepes en el horno.” Dijo con ternura y semi excusándose por dejarle solo.
Tras la conversación, desconcertado, volvió a la mesa, aunque ahora con la ilusión de lo que le esperaba en el horno.

La niebla se había levantado, era una mañana con un cielo azul impecable.
Oliver decidió llamar a Víctor para acercarse a su casa y así disfrutar del domingo. Les restaba una semana de clases antes de comenzar las vacaciones de Navidad. Había mucho que planear.
El teléfono sonó cuatro veces antes de que alguien contestara.
“¿Sí?” Era la voz de Víctor.
“Soy Oliver, ¿qué haces?”
“No mucho. Mis padres han ido al mercadillo navideño y nos han dejado a Silvia y a mí en casa. ¿Y tú?”‘Curioso’, pensó Oliver. Los padres de Víctor habían decidido hacer lo mismo que sus propios padres.
“¿Llamamos a Manuel y Petra y vemos unas pelis?”
Oliver hubiese preferido salir a patinar sobre hielo o deslizarse por las colinas cubiertas de nieve, pero Silvia solo tenía cuatro años y era mucha responsabilidad hacerse cargo de ella cuando andaban fuera. “Me parece bien. ¿Llamas tú? ¿Yo llamo a Adrián?”
“No, Adrián no está. No te acuerdas que nos dijo que sea iba con sus padres a Bora Bora?” Se oyó un silencio al otro lado del auricular. Oliver casi podía escuchar la mente de Víctor cavilando.
“¡Ah! Sí, es verdad. Se fueron ayer, ¿verdad? Bueno, venga, yo los llamo y así les convido a todos a un pastel que hizo mi madre ayer.
Oliver colgó el teléfono. El malestar de la pesadilla regresó.
Poco sabía Oliver que jamás llegaría a casa de Víctor ese día.
Cogió su chaqueta, guantes, bufanda, se puso su gorra roja y, tras dejarle una nota a sus padres, salió por la puerta de camino a casa de Manuel y Petra. El aire frígido acariciaba su rostro con aspereza, mientras los rayos del sol bañaban la nieve virgen que juguetona repartía su brillo por doquier.
Iba caminando por la calle con la mente presa en nimiedades, cuando pasó por un parque cuyo topónimo le hizo sonreír.
De pronto la memoria de la pesadilla regresó a él. El recorrido por el parque junto con el nombre del mismo engarzó una serie de pensamientos y emociones que había tenido durante meses. Se percató de que el mercadillo navideño estaba a medio camino entre la casa de Manuel y Petra y la de Víctor. Sintió una punzada en el pecho que se desplazó con rapidez a su cabeza, y cayó de rodillas en la nieve.
Se levantó con aplomo, pasó por un puente que se elevaba sobre un río que actualmente se encontraba congelado. De repente, observando la belleza del agua en estado sólido, experimentó saudade tan sobrecogedora que le oprimió el pecho.
‘¿Pero qué me pasa hoy?’ Pensó, frotándose con la manga de la chaqueta las lágrimas que aparecieron sin aviso.

Llegando a la puerta de sus amigos decidió que, fuera lo que fuese lo que estaba sintiendo —o presintiendo— iba a confiar en su intuición y su agibílibus.
Con sus catorce años siempre había sabido desenvolverse en situaciones complicadas.
Era una mañana nítida, el firmamento infinítamente azul. Sintió una necesidad desproporcionada de llegar a casa de sus amigos. Su sexto sentido le apresuraba. Se movió impetuoso, como alma que lleva el diablo. ‘Debo estar allí ya’, pensó desasosegado.
Tocó un par de veces a la puerta de sus amigos antes de que vinieran a abrirla.
“Hola Oli. Ya ibas tardando.” Era Petra. Le miraba sonriente con sus enormes ojos verdes de una profundidad perturbadora. ” Venga, entra.” Le hizo paso para que pudiera acceder al interior.
“Gracias. Ya empezaban a caérseme los dedos del frío.” La tele se oía de fondo… Japonés. Los gemelos estarían viendo alguno de sus animés favoritos. “¿Los caballeros del Zodiaco?” Preguntó curioso Oliver al llegar al salón, donde Manuel miraba embelesado la serie japonesa.
“No, Kuromukuro. ¿La has visto?” Respondió Petra cuando Manuel no contestaba.
“Sí. Es buena.”
“No está mal. Pero yo las prefiero con personajes más insidiosos, como lo es Melascula de Nanatsu no Taizai, por ejemplo.” Petra y Oliver se miraron y se encogieron de hombros.

“¿Recuerdan la pesadilla de la que les hablé?” Preguntó Oliver a sus amigos. Se habían reunido en la cocina para tomar un chocolate caliente antes de dirigirse a casa de Víctor.
“Sí, ¿ha vuelto a suceder?” Fue Petra la primera en inquirir, la preocupación presente en su tono.
“Anoche. Lo peor es que llevo todo el día presintiendo que algo ominoso se acerca.”
“¿Qué piensas, Manu?” Le preguntó Petra a su hermano. Se había quedado tácito y pensativo. Oliver y Petra lo miraban con curiosidad, esperando impacientes alguna reacción.
“¡Ey! Planeta Tierra a Manu.” Dijo por fin Oliver, rompiendo el silencio que les ahogaba.
“Perdón… Es que… Resulta que anoche tuve exactamente la misma pesadilla… No le dí demasiada importancia. Supuse que eran vestigios de la memoria de cuando nos hablaste de ella la primera vez. Pero anoche había detalles nuevos. Fue algo portentoso y, asimismo, perturbador.” Oliver y Petra lo miraban con temor en la mirada. ¿Qué significaba todo esto?
“Tal vez sea un anatema.” Sugirió de pronto Petra.
“¿A qué te refieres?” Preguntaron simultáneamente los otros.
“Piénsenlo… La primera vez que Oli tuvo la pesadilla fue la primera noche en la que llegó el mercadillo navideño. ¿Y de dónde vino? ¿Y por qué? Es la primera vez que viene a esta parte de la ciudad. Normalmente suele tener lugar en el centro. ¿Y cómo es que todos nuestros padres decidieron ir TAN temprano el mismo día? ¿No les parece singular?” Petra los miraba expectativa. Sus grandes ojos verdes abiertos como platos, procurando absorber cualquier reacción de sus compañeros. “Sugiero que pasemos por el mercadillo para indagar un poco a ver si descubrimos algo extraño que pueda relacionar todos estos sucesos.” Prosiguió Petra.
“De acuerdo. Creo que ése es un plan congruente. Podemos ir de paso a casa de Víctor.” Añadió Manuel.

Salieron de la casa decididos por descubrir el misterio que les acaecía.
Según se iban acercando al mercadillo, Oliver volvió a sentir una punzada en el pecho, acompañada esta vez de una presciencia.
“Déjà vu!” Exclamó Petra.
Manuel y Víctor la miraron boquiabiertos. Todos habían sentido lo mismo.
“¿Ustedes creen que se lleva a cabo algún tipo de propiciación en el mercadillo?” Preguntó Manuel.
“Tienes que dejar de ver tantas pelis de terror.” Respondió su hermana.

Cuando llegaron al mercadillo descubrieron algo estremecedor. No había ni un adulto. Se movían como personajes en una película a cámara lenta.
Los tres amigos se miraron completamente perplejos. No podían creer lo que veían sus ojos.
En cada puesto había seres que parecían personas normales, excepto que las orejas eran puntiagudas. Oliver imaginó que así debían de ser los Elfos en El Señor de los Anillos. Eran altos y todos tenían el pelo largo y recogido en trenzas.
“¿Qué es esto?” Preguntó Manuel.”¿Dónde se encuentran nuestros padres?”
“¿Qué tipo de calumnia es ésta? Esto ni es un mercadillo ni cuatro pollas.” Dijo Petra alterada.
Oliver no reaccionaba.
“¿Qué han hecho con nuestros padres?” Prosiguió aterrorizada.
De pronto todos dejaron de moverse, excepto las criaturas que Oliver consideraba Elfos. Todos ellos en cada puesto se concentraron en Oliver y sus amigos. “¿Qué está pasando?” Preguntó Petra.
“Vámonos de aquí, por favor.” Imploró Oliver.
La mañana pareció congelarse en ese momento del tiempo y un sigilo abrumador se apoderó de ese instante, en ese frío día en el último mes del año mil novecientos ochenta y seis.
“Tranquilos, no teman.” Susurró la voz armoniosa de uno de los extraños. Los amigos se miraron y buscaron la procedencia de dichas palabras. Mientras observaban para descubrir quién hablaba, la voz volvió a platicar. “No es lo que parece. Nos gustaría explicarles tranquilamente nuestro propósito.” Se percataron entonces que la voz se originaba en sus mentes… Se comunicaban mediante telepatía.
“¿Cómo… ? Esto… ¡Pero no es posible!… ” Se decía Oliver a sí mismo. “¡¡Sicofantas!! ¡¿Cómo están haciendo esto?!” Exclamó furioso y atemorizado.
En un instante el mercadillo, la ciudad y todo lo que conocían desaparecieron. En su lugar apareció un castillo completamente blanco, hecho de mármol. Se encontraba suspendido sobre una nube y, alrededor, nubes por doquier. En cada una había pinos con decoraciones navideñas. Los amigos se quedaron lívidos, boquiabiertos y, por primera vez, sin palabras.
“Mi nombre es Luma.” Era el líder. En el mercadillo había parecido casi humano, pero en su propio entorno, lo veían en su forma natural. Era alto, su piel era de tono anaranjado tirando a castaño, semejante a la arena húmeda de la playa al atardecer, con un brillo especial, como diamantes en la luz. Sus ojos eran grandes y almendrados, de un color esmeralda claro, vivaces e inteligentes. “Nuestra cultura ha existido durante miles de años. Fuimos nosotros quienes originamos la Navidad.”
“¿Qué es ese ruido?” Preguntó Petra. Todos se giraron en dirección a Oliver. Había comenzado a himpar; algo que le ocurría siempre que se ponía nervioso.
“Entiendo que todo esto sea difícil de entender… Y que han aprendido otras versiones de lo que hoy les cuento. Nuestras intenciones son nobles. Sin ánimo de sonar untuoso, nuestro deber es traer felicidad y paz a los planetas bajo nuestra jurisdicción. Procuramos hacerlo sin entrometernos, pero este año hemos necesitado intervenir. Los sueños que han ‘sufrido’ fue un intento fallido por nuestra parte de mantenerles alejados del mercadillo.” Continuó Luma.
“Todo esto carece de incongruidad.” Masculló para sí misma Petra.
“¿Qué andas murmurando…?” Preguntó su hermano.
“Tu hermana tiene dificultad creyendo lo que digo.” Sonrió benevolente Luma. “Comprendo que son ideas disyuntivas y difíciles de asimilar. La única razón por la que necesitábamos mantenerles apartados del mercadillo era porque requeríamos la presencia de sus padres sin hijos, ya que olvidan rápidamente lo que es ser niño. Olvidan la ingenuidad, la pureza y la inocencia de lo esencial de la Navidad. Fue por ello también que montamos el mercadillo exento de las multitudes, nos era más fácil controlar a un número menor de personas. Sentimos la decepción y los trucos, pero es muy importante que el sentimiento que se despierta por Navidad, el de la gratitud, regalar por amor, pasar tiempo con seres queridos y aumentar esa energía que está especialmente vigente durante las Fiestas. Es importante porque su planeta depende de ello.” Los jóvenes empezaban a sentirse más seguros y su confianza hacia Luma y su gente había crecido.
“¿Pero por qué suplantarse en el mercadillo como humanos?” Preguntó Petra que aún era la que más reticencia sentía.
“No nos suplantamos… Los adultos, que ustedes vieron como niños, nos ven tal como somos. Son solo los que se presentan sin invitación, como ustedes, que nos ven como seres humanos, o casi.” Explicó el interlocutor. A pesar de la desconfianza, era prácticamente imposible no creer a Luma. Su energía era pura y exudaba fiducia. No quiero resultar locuaz… Así que hagamos algo. ¿Ven ese árbol a cinco metros a la derecha?” Cuando los jóvenes asintieron, Luma prosiguió.”En él crece un fruto de oro. Es comestible, pero nunca perece. Les invito a que cojan uno y se lo lleven. Lo pueden guardar como souvenir (y tiene mucho valor en su planeta), o si lo ingieren, les trasladará directamente aquí. Cuando vuelvan a su mundo, conscientemente no recordarán nada de esto, aunque en su subconsciente siempre existirá una semilla de lo ocurrido que brotará cuando regresen — SI regresan.” Explicó, concluyendo Su discurso. Los amigos se miraron, asintieron y, satisfechos, pidieron regresar a sus casas.

*********

Oliver despertó en su cama el día de Navidad. Había dormido mejor que nunca y no podía esperar a celebrar el día con su familia. Bajó a la cocina prácticamente saltando como un duende. Sus padres estaban despiertos, preparando un desayuno especial para los hermanos.
“Buenos días”, dijo risueño. Su madre sonrió y le dio un abrazo. Su padre le miró con ternura y pasó su mano por el pelo de su hijo, alborotándoselo.
“Hola, campeón. ¡Ah! Antes de que se me olvide, te llegó un paquete esta mañana. No tiene remitente, pero estaba junto a la puerta. Lo he dejado en la mesa en el salón.” Dijo su padre.
Intrigado, Oliver fue en busca de su paquete. En la mesa encontró una pequeña caja de cartón blanco, con una cinta dorada. La abrió, y dentro había un objeto dorado, del tamaño de una fresa gigante, pero con la forma semejante a la de una cereza. Junto al objeto, una nota: ‘Cómeme para recordar’.
Sin saber por qué, Oliver sonrió, guardó el objeto y la nota en su bolsillo, y se encaminó hacia la cocina.
“En otro momento.” Murmuró para sí mismo. La vida era maravillosa.


4 de enero, 2021 (editado el 24 de enero )

El último superviviente

Llevo caminando sin parar desde ayer. En busca de comida. Hace un par de días tuve la suerte de encontrarme con una foca moribunda que no tenía las fuerzas para huir, luchar o esconderse. Creo que en el fondo le hice un favor. La devoré prácticamente en unos minutos. Si llegó al estómago lo dudo, pues en breve sentí hambre nuevamente. Esta vez más ferozmente y sin piedad. Cuando el cuerpo recibe sustento tras varios días sin probar bocado, no puede sino sufrir más la escasez y la necesidad del alimento.

El otro día casi dejo este planeta. Me quedé aislado en un trozo de hielo que se había separado de la superficie terrestre. Empecé a ir a la deriva, cual náufrago en un bote abandonado, y me asusté. Miré desesperadamente hacia el territorio que dejaba atrás, ansioso y agitado. No pude sino saltar, el agua fresca era un alivio en el calor que llevaba meses sufriendo. Poco antes de llegar a tierra divisé el cachorro de una foca que parecía haberse extraviado. Tenía hambre y tras ese ejercicio me sentía enormemente debilitado. Tuve suerte.
A pesar de esos momentos fortuitos en los que la comida aparece por intervención divina, he aprendido a vivir con la inanición, aunque desconozco cuánto tiempo podré aguantar. Cada vez hay menos nieve, menos hielo. Incluso la temperatura del mar parece haber aumentado. No me he topado con otro de mi especie en mucho tiempo. No hace mucho descubrí la carcasa de uno de los míos.

No entiendo qué pudo haber pasado para llegar a este punto. No comprendo por qué mi hábitat ha ido desapareciendo. Me pregunto… ¿cuando el alimento desaparezca, o el calor me pueda… caeré en el olvido? ¿Yo y los míos? ¿Quedará alguien para recordarnos?
Me temo que son preguntas cuyas respuestas desconozco. Sólo puedo seguir caminando, un pie delante del otro… en espera de lo inevitable.

13 de diciembre, 2019

La última reunión

Su reticencia a confiarle su situación era natural. En su vida la habían juzgado y abandonado suficientes veces como para crear esa paranoia y desconfianza inherente a su persona. Eran tiempos de insatisfacción y sedición. No era solo ella… Sabía que las circunstancias eran desafiantes para la gran mayoría. Se sentía débil, frustrada y abatida. Su última pareja la había conminado incesantemente hasta el punto que se había perdido a sí misma. No le apetecía hacer nada. Había quedado en encontrarse con Álex en la tarde para planear y discutir siguientes pasos. Sabía que era arriesgado, pero algo había que hacer. Sin embargo, su amigo había comentado que Lidia le acompañaría. Ésta era una joven insípida y con un alto complejo de superioridad. A ser sinceros, Sara no la soportaba ni aún cuando no abría la boca. Aún así, Lidia al menos pensaba por sí misma. No se la podía acusar de ser gregaria, como la gran mayoría de la gente por esa época. Era prácticamente imposible hablar con alguien de la situación actual sin recibir una mirada extraviada y confusa.
En los últimos cinco años la gente había empezado a cambiar. Cada vez más y más personas aceptaban lo que el gobierno y los medios de comunicación les ofrecía. Era como si un enchufe en el cerebro se hubiese apagado permanentemente. No había otra manera de explicarlo, era incongruente.
Unas semanas antes se había manifestado un grupo de gente —cosa que ocurría cada vez con menos frecuencia y con grupos cada vez más exiguos— lo cual había tenido un final cruento. Pensar en ello le provocaba náuseas. La vida, la sociedad… Se habían convertido en una realidad especular. Lo suficientemente parecida a lo que había sido, pero sin realmente adaptarse del todo.
Esa tarde, durante la reunión, querían encontrar la manera de encauzar una solución apropiada a la organización que luchaba por combatir la presente situación.
El gobierno, con el apoyo de los medios de comunicación, fustigaban a cualquiera que se les opusiera, por lo que las reuniones furtivas en grupo eran cada vez más difíciles de organizar. Tal vez su punto de vista estaba algo enturbiado, pues no le cabía duda de que era una misantrópica. Tal vez misantrópica no era la definición justa. Había numerosas razones por las que sentir gratitud hacia la humanidad, aunque dichas razones eran cada vez más limitadas. No, Sara era más bien una persona taciturna, introvertida y melancólica. Muy inteligente, aunque podía parecer pedante a quienes no la conocían.
Se preparaba para salir a encontrarse con Álex y Lidia. Era un día otoñal y frío. Salió apresuradamente a la calle, donde se encontró con una ligera lluvia en el oscuro atardecer. De camino a la cafetería donde había planeado encontrarse con Álex, fue testigo de un encuentro entre un policía y un transeúnte, donde el agente escupió y empujó al señor, un hombre de una ya avanzada edad. Tal ignominia era común en la nueva sociedad que se había ido formando durante años.
En un poste de electricidad vio un anuncio, o lo que parecía un anuncio. Pero Sara lo reconoció inmediatamente. Era uno de esos mensajes secretos de la sociedad clandestina. Una nota lacónica que escondía el punto de encuentro para la próxima reunión. La noche del día siguiente. Llegó a la cafetería antes que Álex y Lidia. Tenía una idea en mente para discutir con los demás. Una idea que obcecaba el resto.
Lo que la diferenciaba a ella, Álex, Lidia y, en definitiva, gente como ellos, era su interés en escudriñar las circunstancias actuales así como cada noticia publicada en los medios de comunicación masivos.
Álex llegó poco después. Venía solo. Parecía nervioso y agitado. Llevaba las gafas torcidas y el pelo completamente alborotado, como si deseara despegarse de su cabellera. Le perspiraba la frente y su mirada permanecía ausente y furtiva.
—¿Qué ha pasado?— Preguntó Sara alarmada.
—Ssshhh. No grites. Creo que nos vigilan. Se han llevado a Lidia a un vedado.— Respondió casi susurrando.
—¿Pero qué dices?— Contestó Sara. Se tenía que contener para no gritar. —¿Qué podemos hacer?—
—No estoy seguro.— Contestó ausente. A lo lejos un oficial postulaba a todos los transeúntes. Algo común y, en muchos casos, de manera forzada.
Decidieron dejar la cafetería, se sentían muy conspicuos allí sentados, conversando en secreto. Álex quería dictaminar los siguientes pasos a tomar. Había que ser precavidos.
Llegaron a la casa de Álex y se sentaron en silencio en el salón. Álex decidió encender la tele, donde el presidente peroraba un nuevo dictamen acerca de algún evento u otro. No tenía relación con lo que había ocurrido con Lidia.
Era obvio que las autoridades sólo deseaban crear un sentimiento de imprecación en la multitud hacia gente como Lidia… Como Sara.
Sara estaba preocupada por Álex, había tomado una postura pusilánime, lo cual afectaría su plan. Sabía que necesitaba su ayuda, no podía permitir que se echara abajo.
—Tenemos que olvidar este proyecto— Dijo Álex de repente. —Lidia ya les habrá contado todo—
Sara lo miró perpleja. —Vamos a ver, Álex. No puedes elucubrar sobre lo que ha sucedido con Lidia. Tal vez haya ocurrido algo más de lo que no somos conscientes. Creo que lo mejor será esperar unos días.—
De pronto pensó en el mensaje secreto que había divisado de camino a la cafetería, y decidió que asistiría la noche siguiente para recibir más información sobre acontecimientos recientes.
Sara regresó a su casa esa noche preocupada, dejando a Álex sedado en su apartamento. Le había tenido que administrar tranquilizantes, pues había perdido la compostura por completo.

Se sentó en la cama y se llevó las manos a la cara y empezó a llorar. Se sentía completamente inconexa de todo y todos. Un nudo había empezado a formarse en su garganta desde el momento en que había visto a Álex entrar en la cafetería.
El gobierno consideraba cualquier manifestación, encuentro o debate para mejorar la calidad de vida de la mayoría como una ponzoña, por lo cual era increíblemente arriesgado asistir a cualquiera de estos eventos.
Tras haberlo consultado con la almohada, Sara sabía que era la única decisión con sentido que podía tomar. Se encaminó al lugar donde la reunión secreta tenía lugar. Las últimas semanas habían resultado ser una retahíla que parecía conducir a esa noche. A ese momento. A esa reunión furtiva. Llegó al lugar convenido en el mensaje secreto.

Había bastante gente, más de lo que había imaginado. Intentó escuchar una conversación. Los interlocutores hablaban de los últimos prisioneros, así que afinó los oídos en caso de que Lidia fuese nombrada.
—¿Es tu primera vez?— Le preguntaron a sus espaldas.
Sara se dio la vuelta para descubrir un semblante ameno y plácido. Era un señor mayor, alto y en buena forma. Su barba gris, casi blanca, le daba el aspecto de un Papá Noel atlético.

Sara había aprendido a desconfiar de prácticamente cualquiera, y aunque los ojos del desconocido sonreían, no podía estar segura.
—No. He visitado otras juntas en el pasado.— Contestó con reticencia.
Sara observaba con cautela el comportamiento de los presentes. Estaba más atenta a la postura de cada cual, que a lo que se decía. Algo no cuadraba. En lugar de divisar enfado y ansiedad, la mayoría parecían tranquilos y faustos.
Sin duda, había caído en una trampa.
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