Historias, poesías, reflexiones y críticas literarias. Todo por el amor a la literatura…

Month: July 2011

Conocerse

Gran error es huir del pasado
para percibir un nuevo futuro.
El tiempo se ha hecho dueño de mi vida,
las horas pasan y así los días.
Todo se me escapa de las manos,
la dependencia que tanto buscaba,
ahora aborrezco.
Los sueños con los que me ilusionaba
se convirtieron en pesadillas.
Sueño despierta, muero soñando.
Lágrimas desconocidas se deslizan por mi rostro.
No las conozco, jamás las había visto.
Pensé que era feliz,
pero en esta felicidad estoy perdida.
Vivo en un mundo más grande,
nuevo, rodeada de extraños.
No me conozco, olvido quien soy.
Vestigios del pasado procuran
con cautela llenar huecos vacíos
que en mi memoria habitan.
Cuándo me fui, no lo recuerdo…
Quién tomó mi lugar,
es ahora mi dueña.
Preñada de confusión y tormento
se encuentra mi mente,
celosa de mi corazón
porque apenas siente.
El dolor del deber
me miente, me confunde,
me enreda en una red
en la cual mi alma se encuentra ausente.
Estoy perdida en un océano de ilusiones,
me hundo en la profundidad del desengaño.
He de flotar nuevamente
al mundo trascendental del que provengo.

Mayo 2003

Escribir

Tomo este bolígrafo
por primera vez en mucho tiempo.
El olvido de escribir
se ha convertido en tormento.
Sustituir una pasión
por un etretenimiento es pecado.
No ser consciente de ello es traición
que ataca al corazón.
El tiempo se ha acumulado,
mi corazón parece haber marchitado,
y la esperanza de dar a luz
a una poesía nada vagamente en mis entrañas.
Mi amor hacia el instrumento
de mis sentimientos no ha muerto.
Mis manos tiemblan cuando tocan
el ligero material en que mis
palabras descansan.
La inseguridad se hace dueña de mi mento, mi corazón.
El pánico cunde en mi interior
y me siento fracasada.
¿Dónde se escondió la poesía?
o, ¿hacia dónde se ha ido la inspiración?
Temo escribir sin sentirlo,
llorar sin derramar lágrimas.
¿Acaso el desierto ha inundado mi alma?
¿Acaso no puedo crear, unir palabras?

Mayo 2003

La ausencia de las estrellas

Este cuento lo escribí a los 15 años. Mi abuelo yacía en el hospital tras un accidente de coche a causa de un derrame cerebral. Quería hacerle sentir mejor cuando lo fuera a visitar, así que le escribí “La ausencia de las estrellas”. Hace años que no lo leo, así que será tanta sorpresa para mí como para ti, querido lector. Aquí lo presento sin ediciones desde que lo escribí hace 18 años.

Era una mañana de primavera. Una mañana en la que el sol mostraba su infinita belleza posando en el siempre y brillante azul cielo.
Los cirros jugueteaban a través de la lejanía más alta en el firmamento. Los bosques cantaban una dulce melodía a compás de la tierna brisa que acariciaba, a su vez, la hierba y los pétalos de las flores.
Las olas lloraban la triste canción de su soledad mientras lamían las duras y grices rocas.
Allí, sentada, se encontraba Nina. Pensaba en qué podría hacer.
De pronto alzó su mirada al profundo cielo y posó todo su cuerpo sobre las rocas. Acomodó sus manos tras su cabeza y meditó. Quería que oscureciese para observar las estrellas y encontrar en ellas una siempre sincera respuesta.
Sí, le gustaban las estrellas. En ellas veía la esperanza de lo divino y lucía en su brillo la eterna felicidad de la humanidad. Cada vez que las veía, sentía como si algo bonito y esperanzador invadiera cada rincón de su corazón.
Cada estrella era para ella como una gota de felicidad. Pensaba que cada persona tendría su estrella menos ella, y es que a ella todas las estrellas le parecían hermosas. Le parecía injusto tener que elegir una entre tantas.
Era como pedirle a un cantante que renunciara a la melodía de la canción teniendo sólo la letra.
Elegir una estrella, era hacerle daño a la naturaleza, que tan divinamente había colocado tantos astros luminosos en su oscuro manto lleno de magia, y a sí misma, ya que la belleza no se puede medir de mayor a menor. Porque cuando hay varias cosas bellas, no hay dónde elegir.
La astronomía le fascinaba, sabía que aunque no le diera dinero de mayor, sí le daría felicidad y sabiduría. Ella consideraba riqueza al saber, y ella quería aprenderlo todo acerca de lo desconocido fuera de su planeta.
Estando allí acostada, en las rocas y pensando, se quedó dormida.
De pronto y escandalizada se despertó. Ante sí se encontraba la cosa más horrible que jamás hubiera visto. El cielo “no brillaba”. No, no tenía estrellas, ni luna, ni a la siempre visible Venus. Sólo quedaba la negra seda de la noche, que envolvía a todo aquello que la rodeaba.
En un principio, Nina pensó que era una de esas nochees en que no se veían las estrellas ni nada, aunque seguía algo asombrada y preocupada, ya que lo que sí se veía siempre era la hermosa Polar, que ese día, precisamente, no brillaba por su luz, sino más bien por su ausencia.
Nina pensó que lo mejor sería volver a la casa, comer algo y acostarse nuevamente, ya que le invadía un pesado sueño.
Comentó con los demás, mientras comía, lo extraño de la inesperada desaparición de sus más valiosos diamantes nocturnos, aunque ellos le dieron poca importancia, lo cual la tranquilizó algo… aunque su tranquilidad no duraría mucho (…)
Se acostó.
El despertador la despertó a las nueva y media del siguiente día. Como cada mañana, lo primero que hizo fue estirar un poco su cuerpo y frotarse los ojos para despertar mejor. Secundariamente se dirigió al baño a lavar la suave tez de su rostro para, así, despertar completamente.
Cuando por fin estaba totalmente despierta, se enfadó. Aún era de noche (…)
“¡Rayos y truenos! Ese despertador las va a pagar”. Pensó enfadada.
Lo cogió con enfado y se dirigió a otro reloj de la casa, luego a otro y otro (?). Todos marcaban las nueve y media.
“Entonces, ¿qué pasaba?” El sol ya debería de haber salido, en un día de primavera, el sol amanecía más temprano que nunca.
Encendió el televisor, miró la hora… “las nueve y media”.
Los demás se despertaron y miraron extrañados a su entorno. Todo estaba oscuro y triste. Nada lucía, mas que las bombillas de la casa.
En las noticias comentaban que ese día el sol no había salido aún. Toda la sociedad se derrumbaba. No había luz y por lo tanto, tampoco vida. Todos permanecían en sus casa, a la espera de su más preciado tesoro, el sol.
Nina pensaba que si supiera algo más de los astros, podría explicar lo sucedido, pero nadie sabía lo suficiente.
Nada era ciencia cierta, ni tan siquiera el sol. ¿Quién podría afirmar ahora que éste alguna vez existió? Nadie, y eso era lo preocupante.
Nina tenía la teoría, por lo poco que sabía, que quizás el sol y su luz que les había llegado, era tan sólo la luz de un astro que permaneció hasta… entonces y que por su velocidad en años luz, habría alcanzado otra galaxia.
Había pasasdo una semana, y ni Nina ni su familia tenían buen aspecto. Aparentaban cansados y desanimados. Pronto las bombillas se fundirían y ni siquiera sabían cuándo dormir. En las noticias habían anunciado que los satélites no habían detectado ningún astro por ningún lado, ¿y si se los había tragado algún agujero negro desconocido? ¿Sí, ese conjunto de electrones magenéticos?
Lo cierto es que no habían astros ni planetas que se vieran y todo por la oscuridad.
Estaba claro que lo que eran los astros, ya no eran. No existían, nadie tenía certezas ni seguridad… todo era nada.
Tampoco podían comer porque la comida se estropeaba… sin luz… no hay vida.
Todo era horrible… si Nina hubiera sabido algo más de los astros… su naturaleza… su origen… su intensidad… pero… allí estaba, sintiéndose inútil.
Había logrado superar una semana más, aunque dudaba de su resistencia para llegar más allá de uno ó dos días. Por eso decidió apoderarse de la situación, no permitir que el pánico se apoderara de sus temores, por eso, una brillante idea surgió de su cabeza. Habló con sus padres y demás, les había advertido lo que tenía previsto para salvar al mundo, aunque sin lugar a dudas, no pretendía ser ninguna heroína, sólo, salvar a la humanidad… que tenía mucho que aprender.

La joven cogió todas las estufas que enchufó a un satélite, éstas estaban enchufadas a su vez al sistema eléctrico de la casa.
Había como una cantidad aproximada de ocho ó diez estufas que se veían unidas a un enorme satélite. Las encendió, el calor propagado por las mismas era tan ferviente que el satélite empezó a calentarse y enrojecer, empezaba a salir humo y, como el satélite estaba, a su vez, conectado a la red televisiva, seguía recogiendo ondas. Pero como ahora su funcionamiento era transversal, pues acumulaba todas las ondas que, al llegar a un punto límite de calor, dejó salir con un color rojizo directamente al infinito del espacio.
De pronto, empezó a brillar la seda negra. Las perlas más caras habían vuelto a la vida. Cada vez había más y, de pronto, no se veía ninguna. Un color azul claro se había apoderado de la noche.
Enseguida apareció el sol, cada vez se acercaba más y calentaba mucho, demasiado. Estaba muy cerca, quizás bastante.
Todo se quemaba y se secaba. Nina empezaba a sentir el calor en sus huesos. Veía cómo sus familiares se iban derritiendo poco a poco, al igual que ella… había cometido un error. Había conectado demasiadas estufas y el calor provocado había sido superior al que transmitía el sol en esa zona.
Se derretía, por lo menos le quedaba la esperanza que al otro lado del mundo no le ocurriese nada de eso.
Se quemaba, sentía calor, mucho calor… calor, calor…
“Me quemo, me quemo”, repetía Nina sobre las rocas de la playa. Abrió los ojos. Ante sí lucía el brillante sol, a la misma distancia de siempre. El mar dejaba paso a la tranquilidad y la brisa marina recordaba a Nina que todo había sido una pesadilla.
Era mediodía, el sol quemaba y sus tripas resonaban como el choque de las olas con las rocas.
¡Era hora de comer! Luego lo estudiaría todo acerca de los astros, pero paciencia, amigos. Toda una vida de saber la espera. Ya aprenderá.

Abril 1994

Es obviamente un cuento bastante juvenil, pero pese a ello, con su moraleja. Se podría editar y pulir, pero he preferido dejarlo como estaba cuando lo escribí por primera vez.

3/11 No más

Escribí esta opinión para la revista de marzo de 2004 de la HSA (Hispanic Student Association) en la universidad donde estudiaba en Montreal. Han pasado siete años desde entonces, y muchas cosas han cambiado en España, aunque, de vuelta al PP, siento que se me encoge el corazón al ver una sociead perder la esperanza y depositarla ciegamente en un gobierno que les ha jodido tanto. Veremos qué ocurre en los próximo siete años.

 

Parecía una mañana como otra cualquiera, excepto que estaba despierta antes de las siete. El sol nacía en el horizonte, con su dulce aurora y sus cálidos brazos acariciando las paredes del salón.

En ese momento desconocía que lo que para mí resultaba una nueva bienvenida a la vida, para otras personas había resultado ser la despedida. Ignorar lo que en pocos instantes conocería me mantenía alegre y positiva, sin temor a la vida y con miles de razones para amarla. Empezaba un nuevo día y, precisamente, una nueva línea se dibujaba en mi futuro. Necesitaba conectarme a Internet para averiguar el horario del transporte público, cuando mi mejor amigo me mandó un mensaje e interrumpió el regocijo de mi mañana:

-Doscientas personas han muerto esta mañana- me dijo – en un atentado terrorista perpetrado en unos trenes de Madrid durante la hora punta. Maldita ETA – prosiguió – esta vez se han pasado.-

Incapaz de salir de mi asombro, desconcierto y horror, navegué por el inmenso mundo de Internet para averiguar más. Efectivamente, en El País digital informaban al mundo de los atentados terroristas que tuvieron lugar en Madrid el 11 de marzo de 2004.

Leía en un estado de ansiedad y dolor. “¿Cuándo va a acabar todo esto?” Pensé. Aquella mañana me fui a mi nuevo empleo meditando en todas esas vidas que habían llegado a un fin tan repentivo, violento e inesperado; esas vidas inocentes, perdidas por alguna razón ajena a ellas mismas.

Estaba enfadada, inútilmente frustrada y furiosa con la sociedad y la violencia (paradójicamente). Sentía cómo un odio instantáneo nacía en mi corazón, acrecentándose con cada minuto que pasaba y cada víctima que e imaginaba yaciendo en el suelo.

Llegué a casa aquella noche deseando saber más; no por el morbo que situaciones como esas crean en la mente de cada uno de nosotros, sino porque mi país había sido atacado en el corazón. Un corazón que, pese a mi alineación del mismo, palpitaba en concordancia con el mío.

Las fotos publicadas en los periódicos digitales me perturbaban y molestaban. Quería verlas e, igualmente, ignorarlas. Una tras otra revolvían mi estómago… Entre foto y foto leía las descripciones de algunos de los paramédicos que se encontraban en el lugar de las explosiones, contando el desoladory sobrecogedor sentimiento que les inundaba cuando el móvil de alguno de los fallecidos sonaba. Se me empeñaban los ojos, pensando en esos pobres amigos/familiares intentando localizar a sus seres queridos en vano. Una y otra vez la misma pregunta asomaba mi mente: ¡¿POR QUÉ?! ¿Qué necesidad había de tal atrocidad? Y me sentí culpable e hipócrita… ¿Por qué no lloraba por las víctimas de Irak o de Afganistán? ¿Por las víctimas de la globalización en el mundo entero? ¿De la explotación? ¿Víctimas de cualquier tipo de dictadura y represión? Se me hizo un nudo en la garganta, mi corazón se estremeció y todo mi ser quería explotar en un grito tan sonoro que me oyeran en el mundo entero. Porque un hecho que me afectaba tanto me golpeó en la espalda, y un antiguo fantasma del pasado me susurró al oído, recordándome lo frágil que es nuestro mundo, nuestra sociedad establecida… Y se apoderó de mi alma el pánico y me inundó un temor repentino. “¡No quiero más violencia! ¡No quiero más guerras!” Pensé. “Que acabe todo y vivamos en harmonía.” Si tan sólo fuera así de simple…

Todos mis amigos canarios mostraban indignación con la situación y los hechos acontecidos. El gobierno manipulaba los medios de comunicación (en un país supuestamente democrático) para mantener al pueblo bajo la impresión de que los atentados habían sido obra de ETA, cuando representantes de Al Q’aeda ya habían reconocido ser los responsables.

España entró en una guerra que no le incumbía – y dicho sea de paso, una guerra injusta; pues es bien sabido que la violencia sólo engendra violencia.- Una guerra contra la que sus ciudadanos se manifestaron (tal vez incluso alguno de los estudiantes o trabajadores entre las múltiples víctimas había sido uno de los manifestantes). Una guerra que Aznar apoyó con su ideología fascista, ignorando la voluntad de aquellos que le habían votado. ¡Maldito despotismo disfrazado de democracia!

El próximo año será el 30º aniversario de la muerte de Franco, y parece que España retrocede dos pasos por cada uno que avanza. Los socialistas tuvieron la ocasión de demostrarle al pueblo cansado que Franco dejó atrás que existía la justicia, pero la corrupción les pudo -obviamente, mi mejor amigo me ha recordado que no todo lo que crearon acabó en corrupción; también arreglaron bastante el país, aunque esos detalles se olvidan siempre. Uno tiende a recordar lo negativo y olvidar lo positivo.- Cuando tras trece años (no se cumplieron los catorce que le correspondían) Felipe González, o más bien, el PSOE, perdió las elecciones contra el entonces joven Aznar, una nueva historia se escribía. ¡Y qué mal trató José María Aznar al país que depositó sus esperanzas en él!: el Prestige, el AVE, su “amistad” incondicional con Mr. George Jr., su ideología fascista (apoyó a la fundación francisco franco -mayúsculas omitidas conscientemente-) y un largo etcétera.

Pese a todos esos problemas, tuvieron que morir cerca de doscientas personas (aunque la cifra oficial, según El Instituto Anatómico Forense y la policía científica (bitacoras.com) es de 190 fallecidos) un triste día de invierno, para que los españoles abrieran los ojos y votaran por un nuevo gobierno. ¿Será Zapatero mejor presidente que Aznar? Dicen que “vale más malo conocido que bueno por conocer”, aunque en este caso, peor que Aznar no creo que lo haya (excluyendo a Mr. George Jr. y su perrito faldero Blair; ¡¡¡¡¡¡¡ambos nominados al premio Nobel de la paz!!!!!!!) Como dijeron los españoles el 14 de marzo durante las elecciones generales: “mentirosos, vuestra guerra, nuestros muertos”. Efectivamente son nuestros muertos. Ellos y los miles que mueren a diario en cualquier parte porque, amigos, vivimos en un planeta llamado Tierra, y todos somos ciudadanos del mismo.

 

Marzo 2004