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El pozo del tiempo

No conseguía dormir. En la calle había algún tipo de vituperio que iba aumentado con cada minuto que pasaba. A lo lejos ya se podían distinguir las sirenas de los automóviles policíacos. La ventana del dormitorio se encontraba en el tercer piso y de cara a la avenida. Normalmente me gustaba quedarme en un piso mucho más elevado cuando visitaba Nueva York, pero mucho había cambiado después del 2022… Y muchas de las opciones que antes tomábamos por sentadas ni siquiera existían.
Miré la hora. Eran las 3:34 de la madrugada. Me dolía la cabeza y debía despertar en menos de cuatro horas.
Decidí levantarme. Tal vez pudiese trabajar un poco. Tenía una entrega en unos días y aún no había comenzado a escribir.
Sabía que procurar dormir a estas alturas sería inane, así que me levanté, vestí y salí subrepticiamente a la calle en busca de un café.

Era una noche de verano cálida y húmeda. Siempre me gustaron las noches veraniegas de Nueva York.
Los policías ya habían aparecido para calmar la situación que me había sacado de mi ligero sueño.
A pesar de tanto escándalo, no parecía sino un baladí. Aún así me dirigí en dirección opuesta. El alba no tardaría en presentarse, así que paseé sosegada y meditativa.

Encontré una pequeña cafetería en una esquina con ambiente europeo. Todas las cadenas de cafeterías habían caído como moscas unos años atrás, empezando con Starbucks. Personalmente, siempre había preferido lugares más acogedores y originales.
Había cogido mi portátil para escribir fuera de la habitación. Necesitaba un entorno nuevo y diferente, tal vez así las ideas fluirían mejor por mi cerebro bloqueado.
Había pasado un callejón donde dos hombres —posiblemente vagabundos— se apaleaban con violencia.

Los eventos de la noche seguían vigentes en mi mente mientras mi mirada se perdía en el infinito de una página en blanco, alimentando la frustración que ya me consumía.
Cada palabra que aparecía en el folio digital resultaba forzada, produciéndome una hiel inmensurable.

Sentada, intentando no estresarme porque las palabras seguían sin aparecer, recordé la cita de Picasso: “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando.” Pues bien, inspiración, aquí me tienes… esperando que tus delicados dedos vengan a masajear mi subconsciente para poder producir frases coherentes.
Tenía que luchar el impulso de echarle un vistazo a mi correo electrónico o averiguar lo que ocurría por Instagram.
Un fuerte estallido me sacó de mi humor taciturno.

“Es la segunda explosión este mes.” Comentó uno de los trabajadores del café, más para sí mismo que para su compañero.
“Deben de ser esos putos nihilistas de nuevo.” Era un hombre de unos sesenta años, con pelo gris, casi blanco y cejas frondosas que le daban un aspecto peculiar a su rostro.

Me debatía si volver a mi habitación o permanecer donde me encontraba, al fin y al cabo, a mi amiga la inspiración parecía importarle poco dónde me había decidido a escribir. Su ausencia me mortificaba.
A través de las amplias ventanas del local se podía observar que el firmamento empezaba a cambiar su vestimenta de un traje oscuro a uno degradado con varios tonos de azul de opaco a más claro.
Había determinado encaminarme al Parque Central antes de que amaneciera. Según me levantaba, el señor con las cejas gruesas salió impetuoso de la cafetería, dejando que la puerta se cerrara estrepitosamente tras él.

Según me movía por las calles de esa jungla de metal y cristal urbana, me fascinaba observar cómo las manos del sol empezaban a acariciar los puntos más elevados de los edificios, destellando su luz a través de los rascacielos como por arte de magia. El reflejo de la luz en el horizonte de cada calle y avenida hacía imposible divisar el lento despertar de un tráfico que en breve plagaría cada rincón de la ciudad.
Era una mañana formidable a pesar de todo. Me resultaba imposible no sentirme bien con esa luz y con la expectativa de pasar gran parte del día en el parque.
En un rincón se encontraba un hombre, vestido con traje de negocios, peinado a la moda, y zapatos que brillaban tanto que uno podía verse reflejado en ellos, gritando a todo pulmón profanidades como si su vida dependiese de ello — tal y como estaban las cosas, tal vez lo hacía.

No se asemejaba a un réprobo, aunque vivíamos en una época en la que nada era lo que parecía. Era como vivir en un universo paralelo.
Según me acercaba al parque, la luz del día había madrugado y el alba traía consigo toda una gama de colores pasteles que iban explotando a través de edificios y árboles en colores más vibrantes y energéticos.
Me sentía más relajada y entusiasmada con la idea de pasear por el parque. Por lo menos algunas partes de la ciudad no habían cambiado. No podía decirse lo mismo de “Lower Manhattan”.

El Parque Central siempre me había resultado un lugar mágico y encantador. Un sitio en el que cualquiera podía encontrar un rincón que proclamar como favorito. Un parque lleno de vida, de cultura y de carisma y, si tenías suerte, hasta podías observar halcones. Sí, Olmstead había conseguido algo increíble al diseñar semejante lugar en el corazón de una de las metrópolis más latentes del mundo.
Me tranquilizaba saber que se había escapado del damnable destino que otras partes de la ciudad no habían sido tan afortunadas de prevenir.

Sentada en un banco del parque junto al lago, cerré los ojos para poder captar mejor lo que me rodeaba. El aire matutino, el canto de los pájaros, el sonido ligeramente lejano del tráfico, el baile de las hojas de los árboles cuando la brisa les susurraba una dulce canción. Aún era bastante temprano y no había casi nadie en el parque.
A lo lejos distinguí una madre exclamando imperiosamente a un niño que parecía estar ocupado con travesuras.
Aún no siendo persona de madrugar, me encantaba la magia de las mañanas.
Allí sentada, disfrutando el momento, prácticamente meditando, perdí esa sensación jodidamente perentoria de escribir. Por primera vez en varias semanas me sentía calmada, tranquila y sosegada.
Respiré hondo y sonreí.

Seguía con los ojos cerrados, aunque era imposible saberlo pues llevaba las gafas de sol puestas.
“¿Irene?” Preguntó una voz familiar. “¿Eres tú?” Esa voz familiar continuaba cuestionando. Me resultaba difícil darle un rostro a mi interlocutor, aunque sabía que me era conocido. Tal vez porque no pertenecía al entorno, tal vez porque no le había escuchado en mucho tiempo. Simplemente no pertenecía a una pauta dada de mis viajes a Nueva York.
Abrí los ojos y, a través de las gafas de sol, cuál no sería mi sorpresa al descubrir al dueño de dicha voz.
“Vaya, vaya. Pero si no es otro que Marcus. Dichosos los ojos que te ven. Han pasado… ¿qué, quince años?”
“Casi dieciseis, para ser exactos.” Respondió éste, su sonrisa tan brillante y bonita como todos esos años atrás. Una de esas sonrisas que iluminan tanto el rostro de quien la viste, como su entorno.
Me levanté apresuradamente (tal vez con demasiado ahínco) para encontrarme con él a medio camino.
Tras un fuerte abrazo entre pasados amantes, Marcus me tomó por los hombros y me alejó de sí a un brazo de distancia para observarme más detenidamente.
“Apenas has cambiado. Tan guapa como siempre.”
“La adulación te abrirá muchas puertas.” Sonreí guiñándole un ojo. Era algo que solíamos decirnos cuando habíamos estado juntos.
“¿Sabes? Leí varios de tus artículos y tus libros. Bravo. Realmente plausibles.” Esa sonrisa otra vez, el contraste entre su piel oscura y esas líneas de perlas ordenadas.
“¿Qué te trae por Nueva York? Eras la última persona que esperaba encontrarme por aquí. Quise cambiar de tema para evitar hablar de mi carrera y el bloqueo creativo que llevaba persiguiéndome meses.
“Jajajajaja… Veo que algunas cosas no cambian nunca.” Respondió éste leyéndome como si yo fuese un libro abierto.
“Bueno, vale, me has pillado. Pero eso es para otro momento. Lo cierto es que estoy realmente interesada en saber por qué te encuentras aquí. Espero que no tenga nada que ver con tu madre.”
“En parte, pero no como crees. Ya sabes cómo es, no ha dejado de trabajar con todo lo que ha pasado, a pesar de que se acerca a los ochenta años. Pero fuerte como un búfalo, es mi madre.” Noté orgullo en su voz. “No es por nada que descendemos de una rama de mezcla de afro-americanos y cheroquis.” Marcus siempre había estado orgulloso de sus raíces, y muy curioso siempre por saber más de ellas.
“Hay un grupo de disidentes que están causando problemas a la organización donde mi madre trabaja actualmente. Cuando me lo comentó, decidí venir e investigar y ver si había algo que pudiera hacer para ayudar.”
“Ya veo yo que algunas cosas no cambian nunca.” Sonreí.
“¿Tienes planes?”
“Lo cierto es que… No. Realmente no.” Sabía que no podría escribir y necesitaba desconectar de mi mente. “¿Qué tienes pensado?”
“Iba a la biblioteca para investigar un poco el asunto de mi madre. Pero no corre prisa, y encontrarte a ti aquí ha sido fortuito. Prefiero pasear contigo y ponernos al día.”
“Sí, creo que me vendría bien. Lo que tenía planeado era, al fin y al cabo, una contingencia que posiblemente me hubiera frustrado más.”
Me miró inquisitivo. Conociéndome bien sabía que yo misma compartiría lo que me sintiera preparada a divulgar.
“Vamos a desayunar algo y luego podemos seguir paseando. Conozco un lugar no muy lejos de aquí.” Miró su reloj, eran cerca de las ocho.

Tras el desayuno decidimos volver al Parque Central y pasear en ese día veraniego tan cálido y agradable.
“Ven, te quiero enseñar un rincón que descubrí no hace mucho.” Marcus me cogió de la mano y, de pronto, sentí como si estuviésemos viviendo en el pasado. No pensé y me dejé llevar.
Después de unos treinta minutos de caminar encontramos un espacio lleno de flores silvestres, un pequeño lago y, juntos a éste, un pozo que parecía desplazado de la era Medieval.
“Juraría que este lugar no aparece en ningún mapa del parque. Mira que me he paseado por este lugar y jamás había visto esto. Y esas flores… No son ni nativas de Norteamérica.
“Lo sé. Es impresionante.” Respondió Marcus maravillado. “Y cada vez que vengo hay flores diferentes.”
Lo miré incrédula. “¿Así que es aquí donde traes a tus ligues cuando vienes a Nueva York?”
“Pues claro, ¿qué, pensabas que eras especial?” Me guiñó el ojo siguiéndome el juego.
Me acerqué al pozo y me senté en el borde de la boca. Era una estructura con un brocal de piedras antiguas como jamás había visto antes.
Me balanceé en la boca del pozo. Me puse en pie y caminé por la misma, reclinándome para ver si lograba ver algo, pero solo conseguía divisar un infinito de oscuridad.
“Cuidado, no te vayas a ca…” Y como si una mano invisible tirara de mí, caí en ese infinito de oscuridad que imaginé sería mi fin.
“¡¡Ireneeeeee!!” Escuché de lejos a Marcus según descendía a mi muerte.
Me vino a la mente el perfecto personaje pérfido y el comienzo del contorno de una historia.
‘Ahora.’ Pensé resignada. ‘Irónico.’
Cerré los ojos y me dejé llevar por lo que no podía controlar.
Cuando los volví a abrir, me encontraba nuevamente en el campo de flores silvestres. El pozo a mi lado, el cielo azul… No entendía lo que había ocurrido.
“Mierda, mierda. ¡Ireneeeeee!” No sé dónde estaba Marcus, pero le oía como a través de una pared.
“¿Marcus? ¿Dónde estás?” Miré a mi alrededor. Me sentía desorientada.
‘¿Qué estulticia es está? Debo estar medio muerta al fondo del pozo imaginando todo esto.’ Sin embargo, algo en mi interior me susurraba que le siguiese llamando con más fuerza.
“¡¿Marcus?!”
“¿Irene? ¿Dónde estás? ¿Estás bien?”
“Sí, eso creo. Sí es que no estoy soñando…”
“Voy a por ayuda. ¿Tienes algo roto?”
“No, mira… Escucha… Estoy aquí… En el campo de flores… No entiendo… Pero tú no estás… Pero el resto es igual… Ojalá pudiera explicarlo mejor, pero no lo comprendo ni yo.”
“Irene, creo que te has dado en la cabeza, lo que dices no tiene sentido.” Aunque procuraba disimularlo, su tono acarreaba un vestigio de condescendencia. No le culpaba, yo misma me preguntaba si acaso no estaba delirando o si sufría una contusión cerebral.
Mi intuición me decía que había algo importante en juego y que lo que me estaba ocurriendo era extraordinario. También sentí que era algo que no podía (o quería) hacer sola.
“¡Marcus! ¡Salta dentro del pozo!” Grité sin pensar.
“¿Qué dices? ¿Cómo saldríamos de allí si no nos encuentra nadie?”
“Escucha. No lo puedo explicar, pero confía en mí. No creo que haya sido coincidencia que nos hayamos encontrado hoy en el parque. Por favor, Marcus, es acuciante que lo hagas ahora.”
“Debo estar loco.” Fue su única respuesta. En un instante estaba junto al pozo.
“¿Qué…?”
“Lo sé, tampoco lo entiendo.” Ayudé a Marcus a levantarse. Miró a su alrededor, intentando colocarse en el entorno.
“Pero si… Es que…”
“Lo sé.” Sabía lo que pensaba porque los mismos pensamientos habían cruzado mi mente.
“¿Qué hacemos?”
“Salgamos de aquí, a ver qué encontramos. Seguimos en el Parque Central, así que supongo que seguiremos en Nueva York.”
“Pero, ¿en qué Nueva York?” Había pensado lo mismo pero no me había atrevido a comunicarlo en voz alta. Nos miramos con una mezcla de nervios y temor. No podía sino pensar en las novelas de ciencia ficción que había leído a lo largo de mi vida.
“Cuando no conseguía dormirme esta mañana, mi día prometía ser prosaico, pero con cada hora se aleja cada vez más de serlo. Me alegra haber salido de mi habitación cuando lo hice.” Le dí un empujón cariñoso con mis hombros.
Según salíamos del parque, Marcus puso su brazo alrededor de mis hombros.
“¿Estás bien?” Me miró, y vi esos ojos verdes castaños que tanto me habían enamorado años atrás, observándome atentamente. “Recuerdo cuando te bloqueabas creativamente, permanecías despierta durante el continicio hasta el amanecer. Comentaste antes que no habías podido dormir…” Su mirada compasiva me invitaba a compartir mis incertidumbres.
“Yo… Veamos a dónde nos lleva esta aventura. Ya te contaré todo cuando hayamos resuelto este misterio.” Vestí una sonrisa cálida sin necesidad de pretensión.

No tardamos mucho en descubrir la aventura en la que habíamos aterrizado. De alguna manera, habíamos viajado al pasado. No un viaje tan ominoso e inquietante como el del Viajero del Tiempo de H.G. Wells, pero mentiría si dijese que no tenía los nervios a flor de piel. Era una noción tan desequilibrada que las garras de mi conocimiento escoriaban con intensidad mi cordura.
“1984…” Dijo de pronto Marcus aun cuando no le había preguntado.
“Eso sería irónico, pero mejor buscamos un periódico para cerciorarnos.”
Marcus no pudo evitar rebuscar en sus bolsillos una dádiva para un vagabundo que dormía arropado en la calle. Encontró una chocolatina y unos cuantos dólares que dejó junto al cuerpo del otro, procurando no molestarlo.

15 de julio, 1984. Esa era la fecha exacta en el periódico.
“¡¿Cómo…?!” Miré a Marcus con una mezcla de admiración y sorpresa.
“Era indefectible. Bueno….más o menos. Pasamos junto al Marriott Marquis que estaba bajo construcción, casi acabado entonces. Adiviné y acerté.”
“Listillo. Bueno, y ¿ahora qué? ¿Sabes lo que significa esto?”
Allí estábamos, aproximadamente cuarenta años en el pasado, capaces de cambiar el futuro y, seamos sinceros, existen en la historia hechos que a muchos nos gustaría poder modificar.
Nos encontrábamos en una situación imposible de dilucidar. No entendíamos la mecánica, ni la teoría… Lo que estábamos viviendo ese día carecía de sentido.
“¿Qué sabes de la teoría de la relatividad?”
“No mucho. Ya sabes que la ciencia ficción nunca fue el género que se me daba bien escribir, así que nunca leí nada de Einstein. “¿Tú?”
“Leí un poco durante mis años universitarios, me interesaba el tema. Aún así, esto no cabe dentro de mi entendimiento y el lado izquierdo de mi cerebro lo rechaza violentamente. Todavía estoy esperando a despertar de este sueño tan extraño. Oye, ¿estás bien? Te noto estaferma.”
Me había parado en la acera. No estaba segura de nada. No podía permitir que el pánico me hiciera presa. Cerré los ojos. Respiré hondo un par de veces. Volví a abrir los ojos. “Sí, ahora estoy bien.”
Pero me asustaba estar en 1984 en Nueva York… Con Marcus. Era una ciudad muy diferente a la del 2023.
“Estoy un poco cagada, si te soy sincera. Esto es 1984, las cosas eran (son) muy diferentes entonces… Que, aunque mejor que hace veinte años desde esta década, sigue siendo difícil. Nueva York no era la ciudad más segura… Y una pareja interracial tampoco lo más común.” Observé que Marcus me observaba de soslayo. “Ya, ya sé que no somos pareja, pero eso no lo puede saber cualquiera que nos vea.”
“¿Quieres regresar al pozo?”
“Sí… Y no.”
“Entiendo. También comprendo tu vacilación. Por una parte podemos dejar una huella que prevenga ciertos acontecimientos, por otro lado podemos jodernos bien jodidos y tal vez perder la oportunidad de regresar. Pero soy algo más optimista que tú y creo que podemos apear cualquier circunstancia que se nos presente por muy ardua que sea.” Afirmó risueño, su sonrisa desplazándose hacia sus ojos claros. De pronto sentí un impulso por besarle que me llevó varios instantes contener.
“¿Sabes a qué me recuerda ésto?”
“22/11/63.”
“Jajajajaj… ¡Cómo me conoces!”
“Demos una vuelta. Tal vez podamos pillar algo para comer. Yo no sé tú, pero a mí me ha entrado un hambre feroz con toda esta emoción.”
Asentí taciturna.
Nos encontrábamos cerca del Empire State Building, tras pasar por Times Square, queríamos evitar esa parte de la ciudad. En 1984 no era la atracción turística en la que se convirtió más adelante. Siempre me había gustado pasear en Manhattan, pero era diferente ahora. No me sentía segura.
“¿Qué te gustaría elidir de los últimos cuarenta años? ¿O borrar por completo?” Pregunté por fin tras un largo silencio caminando, cada cual perdido en su propio mar de pensamientos.
“¿Sabes lo que se me acaba de ocurrir?” Estábamos de camino a 39th St., donde Marcus creía recordar que se encontraba un buen lugar de bocatas.
“Díme.”
“Aquí nadie tiene móviles. No existe la necesidad de ser tan ubicuo.” Sonreí de oreja a oreja. “Es agradable desconectar de todo ese mundo.”
“Cierto. Me pregunto si de algún milagro tenemos cobertura.” Según metió la mano en su bolsillo, puse mi mano con fuerza en su antebrazo.
“¿Qué haces, estás loco? Si alguien te ve te secuestran para estudiarte.” Reí.

El lugar que Marcus recordaba no se encontraba donde su memoria le guiaba.
“Uhm… Juraría que estaba en la 39… Claro que de eso hace mucho y mi memoria no es de lo más fiable.”
“Deja que le pregunte a alguien.” Miré a mi alrededor, una señora mayor, cargando un par de bolsas que parecían bastante pesadas, se nos acercaba despacio.
“Perdona que la moleste, ¿pero conoce un lugar de bocadillos por aquí?” Me dirigí brevemente a Marcus. “¿Recuerdas el nombre?”
“Nueva York algo, algo.” Contestó con una mueca.
La señora miró a Marcus y luego se dirigió hacia mí. Nos observó con reticencia.
“No sé…” Gruñó y se apresuró a alejarse.
“¿Soy yo o los newyorquinos son más amables en nuestra década?”
“No, no creo que seas tú… Había olvidado lo hostil que había sido esta ciudad.”
“Oye, ¿y si no conseguimos regresar a nuestro tiempo? Imagínate que al volver al parque encontramos un pozo vicario?”
“Hablas de eso como si fuese un ser vivo.” Le miré preocupada.
“Tal vez lo es, ¿quiénes somos nosotros para juzgar? Pero, piénsalo. Tal vez el pozo al que regresamos en esta década nos desplaza a una década (¿un siglo?) distinto al nuestro.”
“No me asustes.” No quería ni imaginarlo. ” We’ll cross that bridge when we get there.” Una de mis expresiones favoritas en inglés y que habíamos utilizado mucho cuando habíamos vivido juntos.
“Tienes razón. Al fin y al cabo, hasta un reloj parado acierta la hora dos veces al día.” Bromeó sacando la lengua.
“Graciosillo. Bueno, ¿dónde está ese sitio? Me está entrando hambre.”

Encontramos un lugar, Marcus no estaba seguro si era EL sitio, pero tenía unos bocadillos deliciosos.
Decidimos ir paseando hacia las torres gemelas. Sería toda una experiencia volver a verlas, sintiendo en nuestros corazones el peso de lo que ocurriría en diecisiete años de la fecha en la que nos encontrábamos.
“Podríamos pensar en una manera de pararlo.” Dijo con su mirada posada en la cumbre de los edificios que tenían sus días contados.
“Me encantaría… Y sin parecer pesimista… ¿cómo?”
“No lo sé, pero como Jake Epping en la historia de King, encontró una manera de parar lo que había decidido cambiar. Piensa, tenemos la ventaja de saber el cómo, cuándo y quién. Imagínate el impacto que podríamos tener. Podríamos hasta evitar la presidencia del individuo más contumaz que puso pie en la Casablanca.”
Seguía escéptica. Me encantaba la idea, pero me quedaba atascada en el cómo.
El tiempo era tan abstracto y, en ocasiones, impetuoso.
“También está eso de que no es recomendable cambiar algo en el pasado por cómo puede afectar al futuro de una manera completamente impredecible. Ya sabes, eso de ‘las consecuencias de que una mariposa que aletee en Brasil se sienten en el Amazonas’, o algo así.” Me miró de soslayo. No se lo tragaba.
“Señorita Irene, ¿se ha vuelto usted miedocilla con los años? O tal vez sea que te sientes atascada en el cómo aún.”
Nos acercábamos al lugar donde casi veinte años antes se habían erguido dos rascacielos idénticos. Miré hacia el cielo, incrédula de ser testigo de algo que ya no existía. Nunca había tenido ocasión de verlas en persona antes.
“De todas formas, no sé yo cómo podríamos evitar la destrucción de las Torres Gemelas… O evitar que cierto personaje ocupe la Casa Blanca. Me intriga la posibilidad… pero, ¿cómo?”
Marcus me miró suspicaz. “¿Tú estás segura de que eres escritora? ¿Qué pasó con la Irene de antaño? Realmente estás pasando por una época de sequía creativa, ¿eh?” Dijo entre bromeando y compasivo. No había desdén ni indignación en su tono, sin embargo me sentí pequeña y miserable. Sentía que la imaginación se escapaba de mi poder.

Llegados a West St. nos plantamos prácticamente frente a las torres que, por casi un año habían sido las más altas del mundo, y subimos nuestras miradas al tope de las mismas.
“Son —eran— impresionantes, ¿no crees?”
“Todo un logro arquitectónico. ¿Te puedes creer que sólo hace once años desde este momento que se terminaron de construir? Imagínate el vigor con que debieron trabajar para completarlas.” Asentí, una lágrima tímida deslizándose por mi mejilla al recordar cuál sería su destino final.
“Hagámoslo. ¡Cambiemos la historia!” Teníamos que intentarlo. No sabía cómo, pero sentía que era lo necesario… Y nuestro viaje al pasado no podía ser en vano.
“¡Por fin! Ésta es la mujer que conozco.” Puso una mano en mi cintura, tirándome hacia él, con la otra tomó mi rostro, y me plantó un beso en los labios, tal cual, como cuando habíamos estado juntos. Cuando terminó — ya sea dicho de paso que el beso fue correspondido— me quedé donde me había dejado, estupefacta por unos momentos. “Perdona, no lo pude evitar. De pronto una avalancha de sentimientos y recuerdos me atropellaron y, bueno… “
No pude más que sonreír.
“Manos a la obra. Borremos los acontecimientos más violentos de nuestros tiempos.” Sentía una nueva seguridad en mí misma. Sí, ésto era posible.
De pronto el firmamento se tornó de un gris hosco. Las nubes, preñadas de lágrimas impacientes por escapar, comenzaron sus violentos alaridos que predecían una tormenta típica de los veranos neoyorquinos.
“¡Busquemos cobijo que va a caer la de Dios.” Marcus me cogió de la mano y arrancamos corriendo en busca de protección contra la lluvia inminente.
Entramos corriendo, vagamente mojados, a una de las Torres Gemelas.
Nos abrazamos con cariño. La lluvia veraniega era especial. Durante mis años universitarios había disfrutado paseando por las calles con mis trajes ligeros y mis sandalias, permitiendo que la precipitación se apoderara de mi ser. El aire cálido y las manos húmedas de la ducha natural eran la combinación perfecta en esos días de deleite sin preocupaciones. La nostalgia se apoderó de mí.
Nos miramos, y con mis brazos alrededor de su cuello, le besé con pasión.
Me separé despacio de Marcus.
“Yo no lo siento, es lo mejor que he hecho en todo el año.” Sonreí coqueta.
“¿Me oyes quejándome?” Contestó con humor.
“¡Venga! Busquemos un lugar donde comer. Toda esta emoción me ha abierto el apetito. Por cierto, ya se hace tarde… O buscamos un lugar donde pasar la noche,” una mueca pícara apareció en el semblante de mi compañero, “o regresamos al pozo con la esperanza de volver a nuestro tiempo.” Continué, ignorando la mirada pilla de Marcus.
Se puso serio.
“Creo que nos beneficiaría regresar a nuestro tiempo. Yo no sé tú, pero por regla general no suelo llevar mucho dinero encima, y ninguna de nuestras tarjetas funcionaría en este año, a no ser que te abrieras tu cuenta de niña.” Sacó la lengua burlonamente. “En serio, creo que en nuestro tiempo estaríamos más preparados para elaborar un plan de acción y así tenemos un poco más de espacio y tiempo para rumiar sobre las implicaciones de esta experiencia y de las posibilidades que se nos presentan.”
“Sí, tienes razón. Comamos y regresemos al parque.”

Decidimos coger el metro de Lower Manhattan a Midtown East. Estábamos exhaustos, tanto física como emocionalmente. Cada uno perdido en sus propios pensamientos. Los silencios prolongados con Marcus nunca habían sido incómodos o extraños. Nunca habíamos sentido la necesidad de rellenarlos con cháchara.
Creo que ambos estudiábamos la mejor manera de encarar el desafío y, en cierta manera, la responsabilidad que se nos había presentado con este nuevo conocimiento del viaje en el tiempo.

El metro no era lo que recordaba. Me hacía pensar más bien en el que montaba Akeem en de El Príncipe de Zamunda. Incómoda no describía bien cómo me sentía, era más que eso. Nunca pensé que añoraría mi época, pero lo hacía.
Me sentía dubitativa respecto a volver a está década tras volver a nuestro año.
“Marcus, no sé si es falta de escrúpulos o qué, pero me temo que una vez volvamos a nuestro momento en la historia, si es que podemos, me va a costar encontrar las agallas para regresar al pasado. Son tantas las variables que desconocemos…”
“Es normal que sientas eso, yo también tengo mis dudas. Pero busca aquí,” señaló con el índice hacia el lugar donde se encontraba mi corazón, “y no permitas que tu coco secuestre tu intuición y la persona que ambos sabemos que eres.” Sonrió y le devolví el gesto. Tenía razón, a veces cavilaba demasiado sobre las cosas, lo que muchas veces me incapacitaba actuar.
“A veces creo que me tomo a mí misma demasiado en serio. ¿Fue siempre así?” Pensé en voz alta. Marcus me observaba en silencio, esperando. Le miré melancólica.
“No, no ha sido así siempre. Simplemente estás pasando por una batalla interna que te tiene un poco atascada.” No pasó desapercibido su cambio de forma verbal. Me sentí esperanzada.
En ese momento llegamos a nuestra parada. En breve —y si todo salía bien— volveríamos al verano del 2023.
Al salir del metro observamos que el crepúsculo había adornado el firmamento con colores extraordinarios que explotaban como llamas contra las finas nubes cercanas al horizonte. Era un atardecer cálido, Marcus me cogió de la mano y se acercó hacia mí, sus labios tan cerca de mi boca que sentí cómo se me erizaban los pelos de la nuca. Al oído me susurró:
“Dime, ¿me vas a invitar a una copa cuando lleguemos a tu hotel?”
“¿Y quién dice que te voy a dejar que me acompañes?” Pronuncié socarrona, desprendiéndome juguetona de su agarre. Me di media vuelta según le guiñaba un ojo y seguí caminando hacia el parque.
Podía imaginarme la expresión de Marcus, una ceja enarcada y una semi sonrisa en su semblante.
Llegamos al pozo. Le dirigí una mirada despectiva, más por temor que otra cosa. Los sentimientos son una cosa curiosa, cuando las garras del miedo atrapan nuestras entrañas, los sentimientos negativos se mezclan en nuestro interior y hacen acto de presencia en todo tipo de disfraces. El mío, en ese momento, llevaba puesto el traje del desprecio.

Decidimos saltar al pozo juntos. Echamos una mirada avizora a nuestro alrededor, asegurándonos de que no nos veía nadie.
“Espero que esto funcione.” Apreté la mano de Marcus, le miré nerviosa y, con los ojos cerrados, saltamos juntos.

Al aterrizar al otro lado, era como si el tiempo se hubiese detenido. Allí seguía siendo media mañana. Observamos nuestro entorno, los rascacielos y cualquier otro objeto que pareciera fuera de lugar. Al contrario que el DeLorean que Marty McFly conducía para transportarse en el tiempo, el pozo carecía de reloj para marcar la fecha precisa que deseábamos. Ésto se acercaba más a las entradas misteriosas que llevaban a Narnia.
“Busquemos un lugar donde ver la fecha.”
“Saca tu móvil, si estamos en nuestro tiempo debería funcionar. Los edificios parecen los de nuestra época, al menos desde aquí.” Recomendé. Habíamos empezado a caminar en dirección a Times Square, aunque aún faltaba un largo trecho para salir del parque.
“15 de julio… ¡¡Del 2020!!” Pronunció Marcus. De pronto se formó un nudo en mi garganta y no podía tragar, y mucho menos respirar. “Nooooooo… Pero tampoco es nuestro año… Se nos adelantó un año. Estamos en el 2024.” Dijo al ver que todo el color de mi rostro se desvanecía.
“No jodas. Marcus, es broma, ¿no?” Pregunté, pero vi en sus ojos que no bromeaba.
Me senté en el banco más cercano. Sentía como si me hubiesen dado un puñetazo en el vientre. Respiré hondo. Cerré los ojos. “Bueno, no es tan grave, supongo… Acabar en Nueva York en el verano del 2020 hubiese sido mucho peor. Además, es solo un año.” Volví a abrir los ojos. Sonreí.
“Cierto. Seguro que nuestras tarjetas y demás siguen funcionando, a no ser que nuestros familiares las cancelaran por darnos por desaparecidos.”
“No lo sabremos hasta comprobarlo.” Añadí. A mi izquierda había un sendero maltrecho apenas visible. Me picó la curiosidad.
“Eso no estaba allí antes. Vamos a ver a dónde nos lleva.” Comenté.

Un grito despavorido en la distancia rompió mi flujo creativo. Miré la hora, eran las cinco de la mañana. Llevaba escribiendo horas. Había estado tan absorta en mi historia que había perdido la noción del tiempo. Me percaté de que me dolía el cuello, tenía el cuerpo rígido y el sueño empezaba a adentrarse en mi conciencia.
Huckleberry estaba echado a mis pies, patas extendidas, tal vez soñando que perseguía ardillas.
De pronto sentí unos brazos a mi alrededor. Shawn.
“¿Cómo te va?” Me dijo, plantándome un beso en la mejilla.
“Bastante bien. Mis personajes estaban a punto de adentrarse en un sendero misterioso cuando un grito asustó a mi musa. ¿Qué haces levantado?”
“Ese mismo grito me despertó a mí. Deben de ser los vecinos otra vez con la tele a tope.” Frunció el ceño. “No sé si levantarme y hacer café o volver a la cama.”
“Deja el café. Es sábado. Volvamos a la cama. Mi personaje masculino está basado en ti… Y de tanto escribir sobre ti y tus besos me han entrado ganas de ti (válgame la redundancia).” Le cogí de la mano y le conduje al dormitorio. Huck levantó perezoso la cabeza para investigar a dónde nos dirigíamos, al ver que ninguno de los dos íbamos ni a la cocina ni a buscar su correa para salir a pasear, volvió a bajarla para seguir soñando con lo que fuera que soñaba.


Terminado el 27 de febrero, 2021 (editado el 1 de abril, 2021)

Fruta de oro

“¡¡Corre. Vamos. Está cada vez más cerca!!”
Gritaba Manuel en la distancia. Cada vez se alejaba más; había perdido el rastro de Adrián y Petra como quince minutes antes. Oliver apenas veía de frente, entre el sudor que se deslizaba por su frente hasta caer en sus ojos, y la tormenta de nieve que borraba con furia cualquier vestigio de la ciudad, su mente empezaba a preñarse de pánico.
A sus espaldas sólo lograba escuchar el viento, lo cual le estremecía aún más.
Se encontraba en una situación precaria, si dejaba llevarse por el miedo, sabía que estaría perdido.

Agotado y apenas sin aliento, Oliver cayó desplomado al suelo. Cerró los ojos y prácticamente los volvió a abrir en ese mismo instante. Bajo su peso no se encontraba el asfalto frío de la calle, ni la nieve húmeda. Vestía su pijamas, empapado de sudor.
“¿Dónde…? ¿Qué…?”
Tardó un momento en ajustarse a su entorno. A su derecha estaba la cama… De la que se había caído y por lo cual había dejado aquel mundo onírico atrás para regresar al mundo real. Tenía la boca seca y un dolor en el brazo, que parecía haber amortiguado la caída. A través de la ventana caía la nieve sin recato alguno.
“Otra vez la misma pesadilla…” Suspiró agitado Oliver.
Aún era de noche, pero Oliver no lograba pegar ojo. Era una pesadilla recurrente que nunca terminaba mostrándole al perseguidor, aunque tan solo pensar en ello le producía escalofríos en el espinazo. No era un niño timorato, pero algo en el aire le perturbaba y creaba una atmósfera tenebrosa que transformaba su naturaleza afable y tranquila.
Se acercó a su estantería de libros. Pasó los dedos cuidadosamente por los lomos, intentando elegir uno que le acompañara en la insomnia. Observando un título tras otro, se percató de un sutil baile cacofónico entre ellos, que le deleitó y despejó en parte el malestar que la pesadilla había dejado en su subconsciente.
Se decidió por La Historia Interminable. El mundo que Ende había creado en su maravillosa novela de fantasía siempre despertaba un bienestar en su interior.
Sonrió y, sosegado, volvió a la cama con la mejor compañía posible.

Despertó con la boca abierta y la almohada babeada. El libro había caído al suelo. Miró la hora en su despertador y descubrió que eran las ocho.
El sol había amanecido perezoso poco antes, cubierto de una niebla mística que producía una dicotomía de colores neutros y cálidos, como un baile entre fantasmas y diablos.
Era domingo, día que generalmente pasaba con Manuel, Petra y Víctor. Hoy, sin embargo, le abrumaba un presentimiento ominoso.
Bajó con pereza a la cocina, esperando encontrarse allí a sus padres desayunando. Su madre leyendo el periódico o haciendo crucigramas con su padre mientras tomaban café y escuchaban la radio. Cada domingo durante el mes de diciembre emitían un especial navideño.
Su hermano se había quedado a dormir en casa de su mejor amigo y no volvería hasta la tarde. Estaba solo en casa… El malestar regresó con más rigor y, exasperado, se sentó en el sofá, cubrió su rostro con una almohada y, sin saber por qué, gritó entre sollozos y lamentaciones.
Mientras desayunaba, procurando recordar dónde habían dicho sus padres que estarían, sonó el teléfono. Sobresaltado, miró hacia el responsable del susto, considerando si contestar o no. Se decidió por el afirmativo. Tal vez era Manuel o Víctor, con planes para este domingo frígido.
Al contestar, reconoció la voz de su madre al otro lado del auricular. Le contaba que habían decidido ir temprano al mercadillo navideño. No habían querido despertarle; volverían en unas horas.
“Te hemos dejado unos crepes en el horno.” Dijo con ternura y semi excusándose por dejarle solo.
Tras la conversación, desconcertado, volvió a la mesa, aunque ahora con la ilusión de lo que le esperaba en el horno.

La niebla se había levantado, era una mañana con un cielo azul impecable.
Oliver decidió llamar a Víctor para acercarse a su casa y así disfrutar del domingo. Les restaba una semana de clases antes de comenzar las vacaciones de Navidad. Había mucho que planear.
El teléfono sonó cuatro veces antes de que alguien contestara.
“¿Sí?” Era la voz de Víctor.
“Soy Oliver, ¿qué haces?”
“No mucho. Mis padres han ido al mercadillo navideño y nos han dejado a Silvia y a mí en casa. ¿Y tú?”‘Curioso’, pensó Oliver. Los padres de Víctor habían decidido hacer lo mismo que sus propios padres.
“¿Llamamos a Manuel y Petra y vemos unas pelis?”
Oliver hubiese preferido salir a patinar sobre hielo o deslizarse por las colinas cubiertas de nieve, pero Silvia solo tenía cuatro años y era mucha responsabilidad hacerse cargo de ella cuando andaban fuera. “Me parece bien. ¿Llamas tú? ¿Yo llamo a Adrián?”
“No, Adrián no está. No te acuerdas que nos dijo que sea iba con sus padres a Bora Bora?” Se oyó un silencio al otro lado del auricular. Oliver casi podía escuchar la mente de Víctor cavilando.
“¡Ah! Sí, es verdad. Se fueron ayer, ¿verdad? Bueno, venga, yo los llamo y así les convido a todos a un pastel que hizo mi madre ayer.
Oliver colgó el teléfono. El malestar de la pesadilla regresó.
Poco sabía Oliver que jamás llegaría a casa de Víctor ese día.
Cogió su chaqueta, guantes, bufanda, se puso su gorra roja y, tras dejarle una nota a sus padres, salió por la puerta de camino a casa de Manuel y Petra. El aire frígido acariciaba su rostro con aspereza, mientras los rayos del sol bañaban la nieve virgen que juguetona repartía su brillo por doquier.
Iba caminando por la calle con la mente presa en nimiedades, cuando pasó por un parque cuyo topónimo le hizo sonreír.
De pronto la memoria de la pesadilla regresó a él. El recorrido por el parque junto con el nombre del mismo engarzó una serie de pensamientos y emociones que había tenido durante meses. Se percató de que el mercadillo navideño estaba a medio camino entre la casa de Manuel y Petra y la de Víctor. Sintió una punzada en el pecho que se desplazó con rapidez a su cabeza, y cayó de rodillas en la nieve.
Se levantó con aplomo, pasó por un puente que se elevaba sobre un río que actualmente se encontraba congelado. De repente, observando la belleza del agua en estado sólido, experimentó saudade tan sobrecogedora que le oprimió el pecho.
‘¿Pero qué me pasa hoy?’ Pensó, frotándose con la manga de la chaqueta las lágrimas que aparecieron sin aviso.

Llegando a la puerta de sus amigos decidió que, fuera lo que fuese lo que estaba sintiendo —o presintiendo— iba a confiar en su intuición y su agibílibus.
Con sus catorce años siempre había sabido desenvolverse en situaciones complicadas.
Era una mañana nítida, el firmamento infinítamente azul. Sintió una necesidad desproporcionada de llegar a casa de sus amigos. Su sexto sentido le apresuraba. Se movió impetuoso, como alma que lleva el diablo. ‘Debo estar allí ya’, pensó desasosegado.
Tocó un par de veces a la puerta de sus amigos antes de que vinieran a abrirla.
“Hola Oli. Ya ibas tardando.” Era Petra. Le miraba sonriente con sus enormes ojos verdes de una profundidad perturbadora. ” Venga, entra.” Le hizo paso para que pudiera acceder al interior.
“Gracias. Ya empezaban a caérseme los dedos del frío.” La tele se oía de fondo… Japonés. Los gemelos estarían viendo alguno de sus animés favoritos. “¿Los caballeros del Zodiaco?” Preguntó curioso Oliver al llegar al salón, donde Manuel miraba embelesado la serie japonesa.
“No, Kuromukuro. ¿La has visto?” Respondió Petra cuando Manuel no contestaba.
“Sí. Es buena.”
“No está mal. Pero yo las prefiero con personajes más insidiosos, como lo es Melascula de Nanatsu no Taizai, por ejemplo.” Petra y Oliver se miraron y se encogieron de hombros.

“¿Recuerdan la pesadilla de la que les hablé?” Preguntó Oliver a sus amigos. Se habían reunido en la cocina para tomar un chocolate caliente antes de dirigirse a casa de Víctor.
“Sí, ¿ha vuelto a suceder?” Fue Petra la primera en inquirir, la preocupación presente en su tono.
“Anoche. Lo peor es que llevo todo el día presintiendo que algo ominoso se acerca.”
“¿Qué piensas, Manu?” Le preguntó Petra a su hermano. Se había quedado tácito y pensativo. Oliver y Petra lo miraban con curiosidad, esperando impacientes alguna reacción.
“¡Ey! Planeta Tierra a Manu.” Dijo por fin Oliver, rompiendo el silencio que les ahogaba.
“Perdón… Es que… Resulta que anoche tuve exactamente la misma pesadilla… No le dí demasiada importancia. Supuse que eran vestigios de la memoria de cuando nos hablaste de ella la primera vez. Pero anoche había detalles nuevos. Fue algo portentoso y, asimismo, perturbador.” Oliver y Petra lo miraban con temor en la mirada. ¿Qué significaba todo esto?
“Tal vez sea un anatema.” Sugirió de pronto Petra.
“¿A qué te refieres?” Preguntaron simultáneamente los otros.
“Piénsenlo… La primera vez que Oli tuvo la pesadilla fue la primera noche en la que llegó el mercadillo navideño. ¿Y de dónde vino? ¿Y por qué? Es la primera vez que viene a esta parte de la ciudad. Normalmente suele tener lugar en el centro. ¿Y cómo es que todos nuestros padres decidieron ir TAN temprano el mismo día? ¿No les parece singular?” Petra los miraba expectativa. Sus grandes ojos verdes abiertos como platos, procurando absorber cualquier reacción de sus compañeros. “Sugiero que pasemos por el mercadillo para indagar un poco a ver si descubrimos algo extraño que pueda relacionar todos estos sucesos.” Prosiguió Petra.
“De acuerdo. Creo que ése es un plan congruente. Podemos ir de paso a casa de Víctor.” Añadió Manuel.

Salieron de la casa decididos por descubrir el misterio que les acaecía.
Según se iban acercando al mercadillo, Oliver volvió a sentir una punzada en el pecho, acompañada esta vez de una presciencia.
“Déjà vu!” Exclamó Petra.
Manuel y Víctor la miraron boquiabiertos. Todos habían sentido lo mismo.
“¿Ustedes creen que se lleva a cabo algún tipo de propiciación en el mercadillo?” Preguntó Manuel.
“Tienes que dejar de ver tantas pelis de terror.” Respondió su hermana.

Cuando llegaron al mercadillo descubrieron algo estremecedor. No había ni un adulto. Se movían como personajes en una película a cámara lenta.
Los tres amigos se miraron completamente perplejos. No podían creer lo que veían sus ojos.
En cada puesto había seres que parecían personas normales, excepto que las orejas eran puntiagudas. Oliver imaginó que así debían de ser los Elfos en El Señor de los Anillos. Eran altos y todos tenían el pelo largo y recogido en trenzas.
“¿Qué es esto?” Preguntó Manuel.”¿Dónde se encuentran nuestros padres?”
“¿Qué tipo de calumnia es ésta? Esto ni es un mercadillo ni cuatro pollas.” Dijo Petra alterada.
Oliver no reaccionaba.
“¿Qué han hecho con nuestros padres?” Prosiguió aterrorizada.
De pronto todos dejaron de moverse, excepto las criaturas que Oliver consideraba Elfos. Todos ellos en cada puesto se concentraron en Oliver y sus amigos. “¿Qué está pasando?” Preguntó Petra.
“Vámonos de aquí, por favor.” Imploró Oliver.
La mañana pareció congelarse en ese momento del tiempo y un sigilo abrumador se apoderó de ese instante, en ese frío día en el último mes del año mil novecientos ochenta y seis.
“Tranquilos, no teman.” Susurró la voz armoniosa de uno de los extraños. Los amigos se miraron y buscaron la procedencia de dichas palabras. Mientras observaban para descubrir quién hablaba, la voz volvió a platicar. “No es lo que parece. Nos gustaría explicarles tranquilamente nuestro propósito.” Se percataron entonces que la voz se originaba en sus mentes… Se comunicaban mediante telepatía.
“¿Cómo… ? Esto… ¡Pero no es posible!… ” Se decía Oliver a sí mismo. “¡¡Sicofantas!! ¡¿Cómo están haciendo esto?!” Exclamó furioso y atemorizado.
En un instante el mercadillo, la ciudad y todo lo que conocían desaparecieron. En su lugar apareció un castillo completamente blanco, hecho de mármol. Se encontraba suspendido sobre una nube y, alrededor, nubes por doquier. En cada una había pinos con decoraciones navideñas. Los amigos se quedaron lívidos, boquiabiertos y, por primera vez, sin palabras.
“Mi nombre es Luma.” Era el líder. En el mercadillo había parecido casi humano, pero en su propio entorno, lo veían en su forma natural. Era alto, su piel era de tono anaranjado tirando a castaño, semejante a la arena húmeda de la playa al atardecer, con un brillo especial, como diamantes en la luz. Sus ojos eran grandes y almendrados, de un color esmeralda claro, vivaces e inteligentes. “Nuestra cultura ha existido durante miles de años. Fuimos nosotros quienes originamos la Navidad.”
“¿Qué es ese ruido?” Preguntó Petra. Todos se giraron en dirección a Oliver. Había comenzado a himpar; algo que le ocurría siempre que se ponía nervioso.
“Entiendo que todo esto sea difícil de entender… Y que han aprendido otras versiones de lo que hoy les cuento. Nuestras intenciones son nobles. Sin ánimo de sonar untuoso, nuestro deber es traer felicidad y paz a los planetas bajo nuestra jurisdicción. Procuramos hacerlo sin entrometernos, pero este año hemos necesitado intervenir. Los sueños que han ‘sufrido’ fue un intento fallido por nuestra parte de mantenerles alejados del mercadillo.” Continuó Luma.
“Todo esto carece de incongruidad.” Masculló para sí misma Petra.
“¿Qué andas murmurando…?” Preguntó su hermano.
“Tu hermana tiene dificultad creyendo lo que digo.” Sonrió benevolente Luma. “Comprendo que son ideas disyuntivas y difíciles de asimilar. La única razón por la que necesitábamos mantenerles apartados del mercadillo era porque requeríamos la presencia de sus padres sin hijos, ya que olvidan rápidamente lo que es ser niño. Olvidan la ingenuidad, la pureza y la inocencia de lo esencial de la Navidad. Fue por ello también que montamos el mercadillo exento de las multitudes, nos era más fácil controlar a un número menor de personas. Sentimos la decepción y los trucos, pero es muy importante que el sentimiento que se despierta por Navidad, el de la gratitud, regalar por amor, pasar tiempo con seres queridos y aumentar esa energía que está especialmente vigente durante las Fiestas. Es importante porque su planeta depende de ello.” Los jóvenes empezaban a sentirse más seguros y su confianza hacia Luma y su gente había crecido.
“¿Pero por qué suplantarse en el mercadillo como humanos?” Preguntó Petra que aún era la que más reticencia sentía.
“No nos suplantamos… Los adultos, que ustedes vieron como niños, nos ven tal como somos. Son solo los que se presentan sin invitación, como ustedes, que nos ven como seres humanos, o casi.” Explicó el interlocutor. A pesar de la desconfianza, era prácticamente imposible no creer a Luma. Su energía era pura y exudaba fiducia. No quiero resultar locuaz… Así que hagamos algo. ¿Ven ese árbol a cinco metros a la derecha?” Cuando los jóvenes asintieron, Luma prosiguió.”En él crece un fruto de oro. Es comestible, pero nunca perece. Les invito a que cojan uno y se lo lleven. Lo pueden guardar como souvenir (y tiene mucho valor en su planeta), o si lo ingieren, les trasladará directamente aquí. Cuando vuelvan a su mundo, conscientemente no recordarán nada de esto, aunque en su subconsciente siempre existirá una semilla de lo ocurrido que brotará cuando regresen — SI regresan.” Explicó, concluyendo Su discurso. Los amigos se miraron, asintieron y, satisfechos, pidieron regresar a sus casas.

*********

Oliver despertó en su cama el día de Navidad. Había dormido mejor que nunca y no podía esperar a celebrar el día con su familia. Bajó a la cocina prácticamente saltando como un duende. Sus padres estaban despiertos, preparando un desayuno especial para los hermanos.
“Buenos días”, dijo risueño. Su madre sonrió y le dio un abrazo. Su padre le miró con ternura y pasó su mano por el pelo de su hijo, alborotándoselo.
“Hola, campeón. ¡Ah! Antes de que se me olvide, te llegó un paquete esta mañana. No tiene remitente, pero estaba junto a la puerta. Lo he dejado en la mesa en el salón.” Dijo su padre.
Intrigado, Oliver fue en busca de su paquete. En la mesa encontró una pequeña caja de cartón blanco, con una cinta dorada. La abrió, y dentro había un objeto dorado, del tamaño de una fresa gigante, pero con la forma semejante a la de una cereza. Junto al objeto, una nota: ‘Cómeme para recordar’.
Sin saber por qué, Oliver sonrió, guardó el objeto y la nota en su bolsillo, y se encaminó hacia la cocina.
“En otro momento.” Murmuró para sí mismo. La vida era maravillosa.


4 de enero, 2021 (editado el 24 de enero )

La última reunión

Su reticencia a confiarle su situación era natural. En su vida la habían juzgado y abandonado suficientes veces como para crear esa paranoia y desconfianza inherente a su persona. Eran tiempos de insatisfacción y sedición. No era solo ella… Sabía que las circunstancias eran desafiantes para la gran mayoría. Se sentía débil, frustrada y abatida. Su última pareja la había conminado incesantemente hasta el punto que se había perdido a sí misma. No le apetecía hacer nada. Había quedado en encontrarse con Álex en la tarde para planear y discutir siguientes pasos. Sabía que era arriesgado, pero algo había que hacer. Sin embargo, su amigo había comentado que Lidia le acompañaría. Ésta era una joven insípida y con un alto complejo de superioridad. A ser sinceros, Sara no la soportaba ni aún cuando no abría la boca. Aún así, Lidia al menos pensaba por sí misma. No se la podía acusar de ser gregaria, como la gran mayoría de la gente por esa época. Era prácticamente imposible hablar con alguien de la situación actual sin recibir una mirada extraviada y confusa.
En los últimos cinco años la gente había empezado a cambiar. Cada vez más y más personas aceptaban lo que el gobierno y los medios de comunicación les ofrecía. Era como si un enchufe en el cerebro se hubiese apagado permanentemente. No había otra manera de explicarlo, era incongruente.
Unas semanas antes se había manifestado un grupo de gente —cosa que ocurría cada vez con menos frecuencia y con grupos cada vez más exiguos— lo cual había tenido un final cruento. Pensar en ello le provocaba náuseas. La vida, la sociedad… Se habían convertido en una realidad especular. Lo suficientemente parecida a lo que había sido, pero sin realmente adaptarse del todo.
Esa tarde, durante la reunión, querían encontrar la manera de encauzar una solución apropiada a la organización que luchaba por combatir la presente situación.
El gobierno, con el apoyo de los medios de comunicación, fustigaban a cualquiera que se les opusiera, por lo que las reuniones furtivas en grupo eran cada vez más difíciles de organizar. Tal vez su punto de vista estaba algo enturbiado, pues no le cabía duda de que era una misantrópica. Tal vez misantrópica no era la definición justa. Había numerosas razones por las que sentir gratitud hacia la humanidad, aunque dichas razones eran cada vez más limitadas. No, Sara era más bien una persona taciturna, introvertida y melancólica. Muy inteligente, aunque podía parecer pedante a quienes no la conocían.
Se preparaba para salir a encontrarse con Álex y Lidia. Era un día otoñal y frío. Salió apresuradamente a la calle, donde se encontró con una ligera lluvia en el oscuro atardecer. De camino a la cafetería donde había planeado encontrarse con Álex, fue testigo de un encuentro entre un policía y un transeúnte, donde el agente escupió y empujó al señor, un hombre de una ya avanzada edad. Tal ignominia era común en la nueva sociedad que se había ido formando durante años.
En un poste de electricidad vio un anuncio, o lo que parecía un anuncio. Pero Sara lo reconoció inmediatamente. Era uno de esos mensajes secretos de la sociedad clandestina. Una nota lacónica que escondía el punto de encuentro para la próxima reunión. La noche del día siguiente. Llegó a la cafetería antes que Álex y Lidia. Tenía una idea en mente para discutir con los demás. Una idea que obcecaba el resto.
Lo que la diferenciaba a ella, Álex, Lidia y, en definitiva, gente como ellos, era su interés en escudriñar las circunstancias actuales así como cada noticia publicada en los medios de comunicación masivos.
Álex llegó poco después. Venía solo. Parecía nervioso y agitado. Llevaba las gafas torcidas y el pelo completamente alborotado, como si deseara despegarse de su cabellera. Le perspiraba la frente y su mirada permanecía ausente y furtiva.
—¿Qué ha pasado?— Preguntó Sara alarmada.
—Ssshhh. No grites. Creo que nos vigilan. Se han llevado a Lidia a un vedado.— Respondió casi susurrando.
—¿Pero qué dices?— Contestó Sara. Se tenía que contener para no gritar. —¿Qué podemos hacer?—
—No estoy seguro.— Contestó ausente. A lo lejos un oficial postulaba a todos los transeúntes. Algo común y, en muchos casos, de manera forzada.
Decidieron dejar la cafetería, se sentían muy conspicuos allí sentados, conversando en secreto. Álex quería dictaminar los siguientes pasos a tomar. Había que ser precavidos.
Llegaron a la casa de Álex y se sentaron en silencio en el salón. Álex decidió encender la tele, donde el presidente peroraba un nuevo dictamen acerca de algún evento u otro. No tenía relación con lo que había ocurrido con Lidia.
Era obvio que las autoridades sólo deseaban crear un sentimiento de imprecación en la multitud hacia gente como Lidia… Como Sara.
Sara estaba preocupada por Álex, había tomado una postura pusilánime, lo cual afectaría su plan. Sabía que necesitaba su ayuda, no podía permitir que se echara abajo.
—Tenemos que olvidar este proyecto— Dijo Álex de repente. —Lidia ya les habrá contado todo—
Sara lo miró perpleja. —Vamos a ver, Álex. No puedes elucubrar sobre lo que ha sucedido con Lidia. Tal vez haya ocurrido algo más de lo que no somos conscientes. Creo que lo mejor será esperar unos días.—
De pronto pensó en el mensaje secreto que había divisado de camino a la cafetería, y decidió que asistiría la noche siguiente para recibir más información sobre acontecimientos recientes.
Sara regresó a su casa esa noche preocupada, dejando a Álex sedado en su apartamento. Le había tenido que administrar tranquilizantes, pues había perdido la compostura por completo.

Se sentó en la cama y se llevó las manos a la cara y empezó a llorar. Se sentía completamente inconexa de todo y todos. Un nudo había empezado a formarse en su garganta desde el momento en que había visto a Álex entrar en la cafetería.
El gobierno consideraba cualquier manifestación, encuentro o debate para mejorar la calidad de vida de la mayoría como una ponzoña, por lo cual era increíblemente arriesgado asistir a cualquiera de estos eventos.
Tras haberlo consultado con la almohada, Sara sabía que era la única decisión con sentido que podía tomar. Se encaminó al lugar donde la reunión secreta tenía lugar. Las últimas semanas habían resultado ser una retahíla que parecía conducir a esa noche. A ese momento. A esa reunión furtiva. Llegó al lugar convenido en el mensaje secreto.

Había bastante gente, más de lo que había imaginado. Intentó escuchar una conversación. Los interlocutores hablaban de los últimos prisioneros, así que afinó los oídos en caso de que Lidia fuese nombrada.
—¿Es tu primera vez?— Le preguntaron a sus espaldas.
Sara se dio la vuelta para descubrir un semblante ameno y plácido. Era un señor mayor, alto y en buena forma. Su barba gris, casi blanca, le daba el aspecto de un Papá Noel atlético.

Sara había aprendido a desconfiar de prácticamente cualquiera, y aunque los ojos del desconocido sonreían, no podía estar segura.
—No. He visitado otras juntas en el pasado.— Contestó con reticencia.
Sara observaba con cautela el comportamiento de los presentes. Estaba más atenta a la postura de cada cual, que a lo que se decía. Algo no cuadraba. En lugar de divisar enfado y ansiedad, la mayoría parecían tranquilos y faustos.
Sin duda, había caído en una trampa.

Historia de una noche

Era una noche oscura, acompañada de una lluvia fuerte e incesante. Por los callejones desolados se deslizaba una figura furtiva. Vestía una gabardina tan lúgubre como la misma noche. Por su expresión se infería que su propósito era más que dudoso.
Encontró protección de la lluvia en un portal. Sacó un papel del bolsillo derecho, arrugado y amarillento. Lo desenvolvió y miró el nombre epiceno escrito en el mismo.
Volvió a meter el papel en el bolsillo correspondiente, se preparó para entregarse nuevamente a la lluvia que seguía castigando a todo aquel que se hallara a su alcance. Caminaba con ímpetu hacia su destino. Ya faltaba poco.
Mientras sentía la lluvia azotar sus hombros, imaginaba con tranquilidad el momento en que extirparía el problema en cuestión. Según se iba adentrando aún más en la noche, sentía presciencia de cómo acabaría todo.
Su plan comenzaba a tomar forma en su mente. Una sonrisa maligna se dibujó en su semblante. Se felicitaba a sí mismo por crear un escenario aparentemente inocuo.
Era una noche ominosa. Nubarrones preñados de agua que no dejaban de escupir sobre tanto lo animado como inanimado. La luna llena y amarillenta se dejaba ver tímidamente cuando las nubes se desplazaban brevemente.
“Mi tipo de noche.” Pensó satisfecho.
La incidencia de lo que le traía a ese rincón de la ciudad esa noche venía cocinándose desde años atrás.
Ya estaba cerca. Un pensamiento salaz atravesó su mente. La lujuria por el crimen que acechaba se preñaba en sus entrañas.
Su pasado no le atormentaba jamás. No sentía contrición por ninguno de sus actos. De hecho, fantaseaba con el momento que le había llevado a aventurarse a una noche como aquélla.
No era una persona irascible. Lo que hacía, lo hacía con gusto y calma.
Estaba iracundo por tener que aplazar sus planes anteriores para ocuparse del asunto que le traía a este momento.
“El imbécil ése me había soltado una letanía de sandeces para evitar la misión que me trae a este momento.” Pensó.
Había platicado del asunto con un individuo menudo y enjuto, con quien había trabajado en el pasado. Aquél tampoco había quedado impresionado con las palabras del imbécil.
Entendía que el problema del imbécil era simple: se creía un émulo digno. No lo era. Ni lo más remotamente.
Nuestro protagonista, que ya entraba por la puerta de su destino, no era un caballero. Era, sin más, un pérfido. Un personaje sin escrúpulos y, podría decirse, sin conciencia.
Su alma era un espacio vericueto donde no había lugar para la compasión.
Mientras se adentraba en la oscuridad del almacén abandonado al que por fin había llegado, intentó afinar el oído a cualquier sonido fuera de lugar. La gabardina goteaba con cada movimiento, dejando una pista de su presencia sobre el suelo polvoriento. El eco de sus pasos resonaba en el lugar.
No sentía oprobio alguno por lo que se sentía justificado a hacer esa noche.
La insidia era inminente. El peligro latía en la noche.
“Veo que te decidiste por venir.” Dijo con voz meliflua el extraño de la gabardina.
Entre las sombras se distinguía una silueta. La luz de la luna llena que entraba conspicua por la ventana, descansaba sobre el suelo.
El otro salió de entre las sombras. Lo miró con desdén mientras tiraba el cigarrillo al suelo con el dedo índice y el pulgar.
El hombre de la gabardina miró al otro de soslayo. Era consciente de que sus intenciones era inicuas.
El tipo de las sombras quería denigrar al otro. Tocarle la fibra para hacerle explotar y tener la excusa perfecta para pegarle un tiro entre ceja y ceja con su Smith & Wesson.
Aunque sabía que lo más congruente era dejarlo estar y terminar el trato que le había llevado a ese rincón de la ciudad.
Sin duda, el asunto incipiente, y que los llevaba a ambos a reunirse bajo circunstancias tan sospechosas, era más importante que el desagrado que el hombre de entre las sombras sentía por el otro.
La luna ingente observaba en silencio el intercambio que transcurría entre nuestros misteriosos personajes. La tormenta había acabado y las nubes se habían disipado. Sólo la moneda de plata en el firmamento era testigo de los sucesos nocturnos.
El intercambio tuvo lugar sin incidents, a pesar del desagrado que sentían el uno hacia el otro.
“Al menos el imbécil ése se mordió la lengua y no hizo ningún comentario mordaz.” Se dijo el tipo de la gabardina según salía del almacén.
Toda este asunto era —o parecía— un ovillo de trampas inextricable. Aún así, se dirigía a su destino final con firmeza y determinación. Simplemente se trataba de intercalar sus misiones como si todas formaran parte de un todo común.
Tenía prisa. La iniquidad de su carácter era sin igual.
Se aflojó el cinturón de la gabardina. Tiró el sombrero que le cubría la cara. La luna había vuelto a esconderse tras las nubes que coquetas bailaban con el viento. Cuando se quitó el cinturón de la gabardina, lo arrojó en un callejón por el que pasaba y con fuerza arrancó la gabardina y la echó en el mismo rincón que el sombrero.
Solo el manto oscuro de la noche y algún gato callejero presenciaron la transformación.

En dirección de la luna volaba ahora una extraña criatura de camino a una misión indescriptible.

31 de octubre, 2019