Historias, poesías, reflexiones y críticas literarias. Todo por el amor a la literatura…

Month: May 2024

Un amor inesperado

Cuando grité en silencio que estaba preparado para el amor, jamás pensé que el universo me mandaría tal ser para llenar mi corazón. 
No creas que lo vi de esa manera, ni siquiera se me pasó por la cabeza. Solo el tiempo decidiría que era amor, amor verdadero y amor como nunca había sentido antes. Mi corazón estaba lleno, tan lleno de luz y regocijo que… bueno, me estoy adelantando. Voy a empezar por el principio. 
Todo empezó con el final. Al llegar a casa había encontrado una nota en el recibidor junto a sus llaves del apartamento que habíamos compartido durante dos años juntos. 

No puedo más. No estoy feliz. 
Lo siento

Esas habían sido sus últimas palabras. Al intentar llamarla, el número estaba fuera de servicio. Si llamaba a alguno de sus amigos o a su hermana, solo me contestaban que lo dejara y pasara página. Así, como si nada. Como si no hubiésemos compartido sueños, momentos, estragos… y experiencias inolvidables durante más de cinco años. Debía olvidarme de todo ello como si no fuera más que el humo que se desprendió de esa maldita nota que quemé en el fregadero. Un amor esfumado como si nunca hubiese existido. Y tal vez nunca lo hizo. Tal vez lo imaginé. Tal vez lo viví como si hubiese estado encerrado en una burbuja, aislado de lo real y de un mundo que seguía existiendo, apático a mis sentimientos. 

Los próximos seis o siete meses fueron pésimos. Existía pero sin vivir. Era como si funcionara en modo auto-control. Mi mente estaba apagada y mi corazón arrugado como una pasa insípida. Mis amigos procuraban sacarme de mi letargo, bromeando y diciendo que la mejor manera de superarla era liándome con otra… sí, como si me apeteciera meterme en líos ahora. 

Empecé a evitar a todos, incluso ignoraba mi móvil cuando veía que era alguno de ellos. No tenía capacidad emocional más que para mi propio sufrimiento. Según escribo esto me doy cuenta de lo destructivo que era mi comportamiento… y no sé dónde hubiese acabado si no la hubiese encontrado a ella. 

Una mañana desperté, ahogado en una pesadilla en la que pedía amor. En la que rogaba por un amor nuevo que me salvara de mí mismo. El día estaba nublado cuando decidí salir. La tormenta no tardó en despertar. La lluvia golpeaba con fuerza las calles, violenta y sin piedad. A lo lejos los truenos amenazaban con acercarse despacio y traer los rayos con ellos. Me encaminaba a comprar un paquete de Lorazepam, sin los que era incapaz de pegar ojo y que me temía me tenían bien cogido por los cojones en una adicción sutil que había penetrado lentamente en mi vida. Caminaba aprisa, pues había olvidado el paraguas y hacía frío, cuando oí un vago maullar. Venía de un callejón. Un tímido maúllo, como una súplica, un último clamor de ayuda. Me acerqué hacia donde se encontraban unas cajas y cubos de basura, y escuché el gemido más definido. Rebusqué como un ser desesperado ansioso por encontrar la luz al otro lado del túnel. Era como si el gimoteo procediera de mi propia mente, pues era un grito de tal desesperación que resonaba en mi corazón disecado. 

—¿Dónde estás? Bsbsbsbsbsbsbssssss. Gatitoooooooo…. Bsbsbsbsbsbsbsbs….— Silencio… y el maúllo aumentó. Primero prácticamente inaudible, pero con cada bsbsbsbs mío, el grito de desesperación de mi interlocutor de cuatro patas creció. Y, de pronto, apareció. De entre lo que parecían miles de cajas de cartón, apareció una pequeña cabecita blanca con unos ojos enormes, azules como el mar. Seguidos por un cuerpo moteado de manchas grises, dos patas delanteras blancas, como botas que le cabían a la perfección, y dos patas traseras negras. Jamás había visto una criatura tan extraordinaria. Un gato… perdón, una gata, con un vestido tan insólito. 

—¿Estás aquí sola?— La miré con compasión y ternura. ¿Quién habría abandonado a tal criatura? Sorprendentemente, se acercó a mí y se restregó, temblando, contra mis piernas, como si me recordara de otra vida. No se apartó ni se asustó cuando me agaché a recogerla. Decidí llamarla Maisha, que significa vida en suajili. Porque, desde ese momento, mi corazón empezó a latir de nuevo, empezó a inflarse y a palpitar. El amor volvió a correr por mis venas cuando esa criatura inofensiva me miró por primera vez y su pequeña y áspera lengua lamió con ternura mi mano. Ella me devolvió la vida. Ella me salvó. Aquella noche no necesité los somníferos. Tras llevarla al veterinario y asegurarme de que estaba sana, llegar a casa, darle de comer y lavarla, ver una película juntos, nos dormimos hasta la siguiente mañana, cuando un tímido maúllo me despertó para avisarme de que alguien requería su desayuno. 

Mi nueva vida había comenzado. Mi nueva compañera de apartamento había decidido que quería quedarse conmigo. 

Han pasado tres años desde aquel encuentro fortuito. No sé si ella me eligió a mí, o yo a ella, o fue uno de esos momentos de sincronía de los que tanto había oído hablar, pero aquel momento me trajo un amor que jamás supe existía. Un amor absolutamente desinteresado en el que, con estar presente, compartir mi cariño y preocuparme, siendo yo mismo, sin necesidad de fingir, es reciprocado. 


Islas Afortunadas


En algún lugar en el Océano Atlántico, junto a la costa africana (a unos cien kilómetros al oeste de Marruecos y unos mil kilómetros al sur de España), se encuentran ocho hermosas hermanas bañándose en las aguas vigorosas del Atlántico. Allí descansan sosegadamente, sin perturbarse por lo que ocurre en el mundo, disfrutando de su relación simbiótica con el océano que tan tiernamente acaricia sus cuerpos volcánicos y precipitosos. Estas hermosas tierras, cada una con su personalidad distintiva y sus bellas cualidades, se conocen como Las Islas Canarias. 

Tuve la suerte de crecer en la isla situada más al este, Lanzarote: rodeada de un océano donde habitan criaturas increíbles e interesantes, cubierta de playas con una arena cálida, sedosa y suave, capaz de abrazar tu piel al echarte sobre ella con gozo absoluto. Una isla cubierta de lava y volcanes que te recuerda a películas de ciencia ficción pretendiendo ser Marte o mundos desconocidos que nadan libremente en las corrientes del universo (donde, de hecho, películas como “Enemigo Mío” (1985) fue rodada).

Una isla tan pequeña que la podrías recorrer en coche en un día y encontrarte con paisajes tan diferentes y enriquecedores que resultaría increíble creer que te encuentras en el mismo lugar. ¡Sí! Allí es donde crecí yo. No cambiaría ninguna de esas tardes al volver de la playa —mi madre gritándonos a mi hermana y a mí para que saliésemos del agua antes de convertirnos en delfines y así poder regresar a casa— por nada en este mundo. El sol escondiéndose tras el horizonte, mezclándose con el mar, creando una explosión de colores, despidiéndose del cielo con un abrazo que solo los amantes más íntimos entienden, uniendo sus fuerzas y transcendiendo esa orgía de tonos en llamas  a las nubes próximas y cualquier otra superficie que sus brazos dilatados alcanzaban. No podría imaginarme un lugar mejor en el que pasar mi infancia y crecer: mis memorias de esa vida me causan regocijo cuando me visitan.

No fue sino el año en el que estuve en California como estudiantes de intercambio en mi último año del bachillerato que recapacité sobre el nombre de las islas. Conocidas también como Las Islas Afortunadas (retomaré este punto más adelante), nunca consideré demasiado la razón por la que el grupo de islas a las que pertenece Lanzarote se llama Islas Canarias. Algunos chicos en mi clase de cálculo en Estados Unidos se metían conmigo por parecerles un nombre cómico. 

—¿Hay muchos (pájaros) canarios allí?— Me preguntaban, procurando provocarme. 

—Pues… no, la verdad.— Contestaba perpleja. Pero se había despertado en mi una curiosidad intensa de averiguar por qué, de hecho, tal nombre. 

Cuando decidí buscarlo por aquel entonces (hay que tener en cuenta que no existía ni Google ni ningún buscador, así que la enciclopedia era nuestro “buscador análogo”), decía que el nombre provenía del latín canis, que significa perro. Así que las Islas Canarias se convirtieron en mi mente en las Islas de los Perros. Cuando empecé a escribir esta reflexión, indagué un poco más, dando así con diferentes teorías en relación a la procedencia de dicho nombre. 

Se dice que las llamaron Islas de los Perros porque cuando los primeros exploradores llegaron, encontraron allí muchos perros salvajes (lo cual es cuestionable e imposible de probar). Otra teoría afirma que se debe al amplio número de lobos marinos (también conocidas como focas monjes) que se encontraban en el mar alrededor de las islas (inexistentes actualmente en las islas puesto que son una especie en peligro de extinción). Otra hipótesis es que puede provenir de la tribu beréber “Canarii”, puesto que se cree que la población de las Canarias proviene del noroeste de África. En cualquiera de los casos, ninguna de estas teorías se puede comprobar del todo, así que lo dejo en manos de tu imaginación para que adoptes la que más te agrade. A mí, personalmente, me gusta la idea de las focas, puesto que me encantan los animales marinos, y pensar que compartí esas mismas aguas donde me bañé con tanta frecuencia con esas preciosas criaturas me resulta fantásticamente enternecedor. 

Prometí volver al nombre de Islas Afortunadas, algo que se las llama afectuosamente hoy en día y cuyo origen es aún más difícil de comprobar, puesto que dicha teoría está mezclada con la mitología —¡genial, un tema que me fascina!—.

He aquí la historia que se esconde tras el telón de ese nombre. 

En la mitología griega, se creía que existía un grupo de islas donde crecía cualquier cosa sin mucho esfuerzo, algo más allá de las Columnas de Hércules (lo que hoy en día es el Estrecho de Gibraltar).  Dice la leyenda que Hércules se encaminaría hasta el fin del mundo en busca de unas manzanas doradas protegidas por las Hespérides (diosas ninfa de la tarde y del oeste, hijas de Atlas). Hércules triunfó con su tarea, que le llevó al otro lado de las Columnas de Hércules, llegando así al hogar paradisíaco de dichas doncellas. Se cree que ese lugar eran las Islas Canarias. 

Yo siempre creí que se llamaban Islas Afortunadas por el clima templado, siempre tan agradable —ni con demasiado calor, ni demasiado frío— y en un lugar que nunca enojaba demasiado a la madre Naturaleza, aunque en los últimos años han habido más tormentas y fuegos forestales. 

Con este pequeño ensayo he procurado explicar el nombre tan elocuentemente como he podido y con la intención de mantener tu atención y no aburrirte a muerte, querido lector. Empero, a ti que tal vez no conoces muy bien las islas o su situación socio-política, tal vez te preguntes que si se encuentran tan cerca de África deberían pertenecer a dicho continente. No es así. Las Canarias, como tantos otros lugares alrededor del mundo, fueron parte de la expansión del imperio español durante sus años de conquista por la época de los Reyes Católicos. Durante mucho tiempo, España y Portugal se pelearon, como niños con un juguete nuevo, por tomar el control de las islas —su situación geográfica era muy propensa al comercio marítimo—. Durante mis años en el instituto, mi profesora de historia nos contó —bromeando— que, básicamente, durante el Tratado de Alcazobas, echaron una moneda a cara y cruz y a ver a quién le tocaba. Como sabemos, a España le tocó Canarias, mientras que Portugal se hizo con Madeira, Azores y Cabo Verde. Tiene gracia, si te paras a pensarlo. 

Espero que te haya resultado una lectura amena y, tal vez, hayas aprendido algo nuevo que no conocías. Si nunca has visitado, te recomiendo unas vacaciones en esas hermosas islas, llenas de belleza y cultura. Descúbrelas y la magia que esconden en sus rincones. 

Gracias por leer.