Este cuento – o relato – lo encontré mientras buscaba cosas de mi juventud que añadir a este blog. Me parece que tiene potencial, pero parece que no logré escribir mucho y lo dejé sin terminar. Así que aquí lo voy poniendo y tal vez a los lectores se les ocurran ideas para seguirlo. Tal vez podamos hacer de éste, un relato de colaboración. Me encantará oir ideas y sugerencias. Yo, por mi parte, intentaré añadir algo para seguir el relato y no dejarlo así, sin un medio ni un final.
Lo he editado desde el original, para mejorarlo (o eso creo que he hecho).
Allí estaba sentado. Apartado del resto, ojeaba en silencio y con cautela las destrozadas páginas de un periódico de agosto.
Corrían lágrimas por su rostro. ¿Le extrañaba, quizás? Sin duda, algo sentía. Su corazón palpitaba con fuerza cada vez que su mirada caía sobre esa página.
La foto, el reportaje. Todo le decía que el morbo se hallaba presente, que quien lo había escrito lo había hecho con el subjetivismo propio de ese tipo de artículos. Tal vez no. Probablemente su imaginación le jugaba una mala pasada.
No podía dejar de pensarlo. Al fin y al cabo, se sentía culpable y reinaba en su interior un profundo sentimiento de frustración y desasosiego. ¿Por qué? Él no era responsable de lo ocurrido.
Volvió a mirarlo. El título. Le volvía a decir que el artículo era lúgubre, funesto, sombrío y cargado de mucho desagrado que despertaba un sentimiento de hostilidad en su persona.
Lo pensaba de nuevo; no podía ser cierto. Al observar nuevamente la foto se percató que sus ojos se humedecían cada vez más y las lágrimas corrían rápidamente por sus mejillas. Acariciaba la foto, a su hijo. Yacía en la acera. Muerto.
“¿Cómo? ¿Por qué él?” Se preguntaba incesablemente.
“Si no hubiésemos discutido, entonces él…” Decía murmurando, con la voz entrecortada y apenas audible.
“Quizás haya sido un error traerte aquí. Pensé que te animaría estar entre amigos y socializar con nuevos contactos.” Le echó una mirada de soslayo al periódico que apretaba su amigo entre las manos.”Pero veo que eres incapaz de despojarte de ese viejo periódico sucio”. Concluyó resignado y con algo de resentimiento.
“Yo…” sollozó. Parecía un niño inmaduro y frustrado. No sabía ni siquiera dónde estaba o cómo había llegado allí. Permanecía demasiado ensimismado como para tratar de hablar.
“Vamos, Jose” le dijo Marco, su mejor amigo. Le había apoyado desde el principio, desde que hacía casi dos meses le habían notificado de la muerte prematura y presuntamente accidental de su hijo.
“Sí… creo que sea lo mejor. Yo… lo… siento” Se disculpó taciturno.
Volvió a su taller en el centro de la ciudad. Pensó que posiblemente podría olvidar si se daba la oportunidad. Nublar su mente con proyectos futuros. Dejar el pasado en manos de lo inevitable y proseguir con su vida, aún siendo consciente que el vacío que le había dejado la pérdida de su hijo no se llenaría jamás.
Sin embargo, había algo que le daba vueltas en un recóndito lugar de la mente. Era un malestar, un sentimiento que iba más allá de su pérdida. Algo en su mente le convencía de que aquella maldita noche no transcurrió como lo relataba el dichoso artículo. No cuadraba del todo.
Esos pensamientos le llevaron a la última discusión que mantuvo con su hijo, la cual transcurrió, precisamente, la noche de su muerte.
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