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La cena de las mentes

Todos se sentaron a cenar. Cada cual había traído su plato favorito para compartir. Era una cena especial, Nochebuena del 2020. Había sido un año interesante, y tenían muchos asuntos que discutir. 

“Steve, tú predijiste algo parecido a lo que actualmente está ocurriendo, aunque tu estilo siempre ha sido más macabro y dramático.” El fantasma de Orwell había decidido ser el primero en abrir el tema.

“No creas que es algo de lo que me enorgullezco, aunque, por alguna extraña razón, este año las ventas de La Danza de la Muerte se han remontado. No sé si es porque tal vez la gente busca respuestas a sus preguntas, o acaso les da algo de consuelo saber que, de alguna manera, todo se soluciona.” Respondió éste.

“Jamás pensé que llegara a ésto, siempre creí que una sedición de robots ocurriría antes que lo que está acaparando al mundo en estos momentos.” Añadió el fantasma de Asimov. 

“Realmente no me sorprende. Los seres humanos estamos destinados a cometer los mismos fallos y no aprender de ellos hasta que, finalmente, explota en nuestras narices. No es la primera pandemia, aunque, claro está, es la más global.” Sugirió el fantasma de Philip K. Dick. 

“¿Y qué papel nos queda por hacer? ¿Seguimos avisando con nuestra literatura de posibles destinos que sufre la humanidad si no espabilamos, o cambiamos de táctica?” Preguntó Atwood por primera vez. Su mirada inteligente y sagaz, observando a sus compañeros. 

“Creo que debemos seguir fieles a nuestros propósitos. Nuestros géneros alimentan la imaginación de los lectores y tal vez les preparen mejor para situaciones incómodas o difíciles de imaginar.” Agregó el fantasma de Butler con voz suave y serena. Era, junto con Atwood, la única mujer presente.

“¿Y qué podemos hacer?” Cuestionó reflexivo el fantasma de Huxley. 

“Seguir siendo los filósofos que somos, disfrazados de autores de ficción, y alimentando las mentes de quienes las tengan abiertas para aceptar nuestros mensajes.” Añadió el fantasma de Herbert tras permanecer en silencio gran parte de la noche. 

“¿Por qué es nuestra responsabilidad? Si juego el papel del abogado del diablo, déjenme oírles decir, ¿por qué nosotros?” El más joven de los presentes, Palahniuk, decidió participar en la conversación.

Un sigilo ensordecedor absorbió el ambiente. Cada cual miró su plato con tranquilidad, más concentrados en sus propios pensamientos que en la comida. En el exterior soplaba un viento infernal, que presagiaba la llegada de una tormenta invernal. 

“¿Por qué tuvimos que hacer esta cena en Maine? ¿Qué tiene de romántica la nieve?” Declaró, bromeando, más que lamentándose, Orwell. “¿No podíamos hacerlo en Hawaii, en la casa de Herbert? Bastante frío pasé en vida.” Continuó con una queja fingida. 

“No seas tan quejica, anda. No hay nada como una Navidad blanca, y más en época de pandemia. Al menos tiene más sentido encerrarse en casa y no salir. Resulta mínimamente más soportable.” Celebraban la cena en casa de King, así que no podía sino defender su hogar y el Estado que tantas ideas le había dado para sus novelas. 

“Volviendo a la pregunta de Chuck…” Interrumpió Atwood. 

“Sí, es una buena pregunta. Yo personalmente pienso que tenemos un don. No sólo el don de la palabra, pero el don de observar y entender la naturaleza humana. Somos conscientes de lo que somos capaces, tanto en una capacidad positiva como negativa. Es nuestra responsabilidad llevar a cabo ese regalo ‘cósmico’” y aquí Dick pausó momentáneamente guiñándole un ojo a Asimov “y entrar en el subconsciente de cuantos estén disponible a alimentar sus almas con nuestras palabras.” Orwell abrió la boca para empezar a decir algo, pero el interlocutor le detuvo, anticipando lo que éste iba a declarar. “Antes de que digas nada, sé que resulta pedante, o tal vez engreído o altivo decirlo así, pero soy un fantasma y me reservo el derecho a proponer tales observaciones.” Con lo cual todos rieron. 

“Es una pena que Wells no pudiera estar con nosotros esta noche. Él hubiese encontrado la mejor manera de contestar tal pregunta.” Sugirió Butler. 

Se miraron los unos a los otros como si comunicándose telepáticamente. Era un grupo que, aún sin decir una palabra, revelaban mucho. En un silencio sosegado y natural, volvieron a sus platos, cada uno preñado con sus propias cavilaciones. 


8 de enero, 2021

De la calle a un hogar

“¡Ven aquí, Quijote!” Es la voz de ‘mi’ Eider, utiliza ese tono cuando vamos a salir a pasear. Le conocí hace un par de estaciones. Recuerdo que los días empezaban a extenderse y no hacía tanto frío en mi jaula. Ahora es la estación cuando las noches son más largas y el aire más frígido. La sustancia blanca que me produce frío en las patas cubre las aceras y la superficie en los parques.  Los humanos adornan sus casas con luces brillantes, tanto por fuera como por dentro. 

Llevo meses sintiendo que los humanos están más nerviosos y estresados, incluido ‘mi’ Eider. Cuando siento que sus niveles de cortisol aumentan, me acerco a él, pongo mi hocico sobre su regazo e, instintivamente, pasa su mano sobre mi cabeza y sus niveles se estabilizan. No falla nunca. 

Estoy divagando. Lo dicho, nos conocimos en esa estación anterior a la que es muy cálida y agradable, previamente había vivido en una jaula donde me cuidaban relativamente bien. Tenía de comer, se aseguraban de que me mantenía sano, y tenía otros compañeros —que iban y venían— con los que podía charlar. Creo que ése había sido mi hogar durante cuatro o cinco estaciones. Allí es donde viví durante la última época de decoraciones. Los humanos que nos cuidaban en esa época disfrutaban engalanando el lugar. Nos traían algunas golosinas especiales y nos hacían compañía con más frecuencia. 

Aún así, podía resultar desolador, aunque reconozco que era mejor que vivir en las calles, que era donde había pasado la época de decoración anterior a la que viví en la jaula. La calle no es lugar para vivir. Conocí algunos humanos con los que me encariñé que acababan desapareciendo. Algunos estaban enfermos (me lo decía mi olfato). Algunos me daban de comer y pasaba la noche con ellos, compartíamos así el calor en las noches más frías. Durante el día hacía mis rondas por la ciudad, buscando algo de comer y algún compañero con el que comunicarme. Añoraba la compañía de otros perros. Mi vida no había sido siempre tan desesperanzadora. Recuerdo que hubo un período en el que había compartido un hogar con otro compañero y con humanos. Un día desaparecieron y unas personas con una energía indeseable vinieron a buscarnos. Me asusté y escapé corriendo. No era más que un cachorro entonces, aunque parece que hace de ello miles de estaciones, aunque dudo que fuese tanto. 

Como iba diciendo, después de vivir en las calles y mientras vivía en la jaula, hubo una temporada en la que venían muchos humanos a vernos. Ocurría a diario y con frecuencia. Mis compañeros más jóvenes desaparecían primero. Yo procuraba hablar con los humanos… sonreía, saltaba y daba vueltas en mi espacio, procurando llamar la atención y comunicarme con ellos. No muchos me prestaron atención, hasta que llegó Eider. Era una persona nostálgica, triste. Cuando le conocí tenía un vacío dentro que le consumía. Soledad y pérdida. Sí, podía intuir que había perdido a alguien que le importaba. Conocía muy bien ese sentimiento. Cuando puso su mano en las rejas, me acerqué cuidadoso y lamí sus dedos. Sonrió y, desde entonces, hemos sido inseparables. 

Nunca antes había conocido un amor como éste. Un amor en el que sólo quería hacerle sentir bien y ayudarle a rellenar ese vacío. Desde que le conocí me he percatado de que su espíritu taciturno ha ido disminuyendo con cada crepúsculo que transcurre. Su personalidad alegre brilla con un poco más de luz con cada alba nuevo. 

Esta estación con los ornamentos es la mejor que recuerdo. Tal vez estén ocurriendo hechos en el mundo humano que no entiendo, pero sea lo que sea, ha sido la causa por la que ‘mi’ Eider y yo nos hemos encontrado y hemos aprendido a sanar y a comenzar a sentirnos completos. 


8 de enero, 2021