Viajar siempre fue una especie de terapia para mi alma. Esta vez, necesitaba terapia para mi corazón. Me lo habían vuelto a romper, y no tenía ni fuerzas ni ganas de volver a arreglarlo, así que decidí que mi mejor opción era huir. Escaparme de la miseria, de un trabajo que odiaba, de una relación que me había dejado ahogada en inseguridad y desgana. No podía más, pero sabía que a partir de ese momento era simplemente ir hacia delante.
Muchos años atrás había descubierto un viaje que había puesto en mi lista de viajes por completar. Se trataba del Zephyr, un viaje que me llevaría de Chicago a San Francisco en tren. Había leído artículos y opiniones muy positivas de la experiencia, así que decidí indagar en mis ahorros, empaquetar una mochila ligera, y encaminarme hacia mi nueva aventura —o sea, mi intento de encontrarme a mí misma nuevamente—.
Al llegar a Chicago me encaminé a la estación de tren preparada a absorber una experiencia como ninguna otra. Siempre me había gustado viajar en tren: era relajante y ameno. Era primavera, y la naturaleza empezaba a volver a la vida, así que no tenía más que expectativas de una experiencia positiva.
Había reservado una habitación: mejor que un asiento y no tan lujoso como un dormitorio. Para mí era suficiente y necesitaba la privacidad. Quería reflexionar sobre mi vida mientras me perdía en el paisaje.
El tren pasó por más de la mitad del país, recorriendo Illinois, Iowa, Nebraska, Colorado, Utah, Nevada y California. Contemplé paisajes para los cuales no hay palabras que les hagan justicia. Colores que sólo la Naturaleza es capaz de crear, lugares vírgenes y libres del contacto humano.
Lo que más me impresionó fue el impacto que el viaje tuvo en mí. Sin duda, recibí el efecto que andaba buscando, pero nunca imaginé que llegaría a tal profundidad de mi alma.
Por fin me vuelvo a sentir completa, yo misma. No necesito pretender ser quien no soy y no necesito impresionar a nadie. Ese viaje me mostró lo que yo sola no lograba ver.
22 de septiembre, 2019