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Morfar

Mi abuelo fue la primera persona que falleció a la que me sentía realmente unida. No sería la última, de eso no cabe duda. Si algo es certero en esta vida, es que la muerte nos llega a todos tarde o temprano. Si tenemos suerte y vivimos una vida de la que nos podamos enorgullecer, tarde será el número que nos toque.
Era un hombre mayor, ya pasado los ochenta años, pero lo suyo no fue una muerte natural. Sus células se infectaron, tal cual virus infecta un disco duro y destruye todo su contenido hasta que lo hace inservible. Las células de mi abuelo se transformaron de partes íntegras para el funcionamiento de su cuerpo, en monstruosidades de la naturaleza. Partes de su cuerpo que se corrompieron y empezaron a comerse el resto de sus células saludables. Cáncer, señores y señoras.
Curiosa palabra, cáncer. También es el séptimo símbolo del zodíaco y no olvidemos el trópico de Cáncer. Se dice que fue Hipócrates que empezó a utilizar la palabra —proveniente del griego karkinos— para denominar tumores y otras lesiones dentro de tal categoría. Karkinos, bonita palabra. Cangrejo. ¿Por qué se le hizo responsable al pobre cangrejo de llevar la carga de tal palabra? ¿Qué relación tienen esos simpáticos artrópodos crustáceos que caminan de lado para desplazarse con el deterioro de las células humanas? Curiosa coincidencia, supongo. O tal vez haya allí una historia que escapa mi razonamiento. Sea como fuere, esa fue la causa de la salida de mi abuelo de este plano al siguiente. Realmente no puedo decir que dejara este mundo, ¿quién puede saber con certeza dónde acabamos cuando nuestros ojos se cierran por última vez, nuestro corazón deja de palpitar y nuestros pulmones no inhalan más aire? Tal vez mi abuelo, o su energía, siga viajando en este mundo, en otro plano, en otra dimensión. Tal vez le vuelva a ver de alguna forma cuando me toque adentrarme a ese mundo desconocido.

Dejémonos de morbo, y déjenme que les hable un poco de mi abuelo. No era un hombre perfecto, déjenme aclarar eso desde un principio. Claro que nadie lo es. Lo importante es querer a quienes tenemos cerca con todas sus imperfecciones. Lo que sí puedo decir con toda certeza es que mi abuelo me quería. Mi abuelo fue la figura masculina que más me influenció y que mejor ejemplo fue para mí de niña. Era curioso, inteligente, energético y muy impaciente. ¡Extremadamente impaciente! Y no olvidemos tozudo.
También tenía sus defectos. Mi abuelo padecía de alcoholismo. No sé si eso es un defecto, una debilidad, una enfermedad o una combinación de todo eso. Supongo que es más justo decir que era una enfermedad; dicho sea de paso, una que corría en la sangre de su familia. Pero mi abuelo era un borracho alegre.
—Ven aquí. Dame un beso.— Nos decía a mis hermanas y a mí cuando había bebido no una, no dos, sino media docena de cervezas de más. Nos acercábamos a él, nos sentaba en su regazo y nos llenaba la cara de besos mojados.
—Mooooooooooorfar!!! (abuelo en sueco, sin tantas “o”, solo una)— Nos quejábamos. Con la parte posterior de la mano nos secábamos toda la saliva que había dejado plasmada en nuestras mejillas.
Mi abuelo dejó de beber. Cuando realmente importó, mi abuelo eligió a su familia antes que a la bebida.

Todos los años, por su cumpleaños, venían decenas de personas a la casa de campo de mis abuelos para celebrarle un año más. Le encantaba ser el centro de atención, o al menos era la impresión que me daba. Un grupo de sus amigos de un club de vikingos llegaban en un barco vikingo que se lo llevaban para recorrer las aguas del Báltico en el precioso barco (porque realmente era una estructura maravillosa). No recuerdo bien cuánto tiempo pasaba en esas aventuras, lo que recuerdo es que eran esos momentos que le daban un poco más de visibilidad a mi abuela. Mi abuelo era una persona que cautivaba la atención de quienes le rodeaban, lo cual creaba que mi abuela desapareciera un poco. Pero mi abuela le quería, me lo dijo no hace mucho tiempo. Hace unos años, mientras visitaba a mi familia en Suecia, me quedé con mi abuela (ahora ya tiene casi noventa y siete años) y hablamos de tópicos trascendentales que nunca antes habíamos tocado. Hablamos de mi abuelo y de lo mucho que había significado para ella. Compartieron una vida juntos de más de cincuenta años. No sé exactamente cuántos, pero más de los que yo he estado en este mundo. La historia de ellos es suya y no quiero contar algo de lo que no sé mucho, con lo que sí puedo contribuir es con la noción de que había amor, cariño y amistad.

Cuando me mudé a Canadá, mi abuelo siempre hacía el esfuerzo de escribir, de mantener contacto. Incluso se había comprado un ordenador para aprender a utilizarlo y comunicarnos mediante correos electrónicos. Siempre mostró interés por mi vida y por mis aventuras. Era una de las razones por las que le quería. Otra razón que no puedo dejar pasar, es que mi abuelo y yo jugábamos ferozmente al ping-pong. Era muy bueno y me desafiaba jugar con él. Eran momentos agradables. Mis memorias de mi infancia en Suecia son felices y las mantengo con cariño. Mi abuelo fue en gran parte responsable de ello.
Me siento afortunada por haber tenido un abuelo al que quise tanto y me quizo a mí. Un abuelo que a sus sesenta y pico años viajó de Suecia a Lanzarote en bicicleta y apareció como quien vive en el pueblo de al lado. A mi madre casi le da un infarto cuando lo vio.

Era una persona excepcional y soy mejor persona por haberle conocido. En los años desde que nos dejó también he tenido ocasión de conocer mejor a mi abuela.

Tal vez no todo lo aquí escrito sea verdad del todo, pero es mi percepción de mi abuelo y mi experiencia con él, y hacía mucho tiempo que quería compartir algo sobre él —una mota nimia de quien fue—.

Con cariño, le dedico esto a mi abuelo (1919-2001).


10 de octubre, 2019

Hermanas

A mis hermanas

Cuando me senté a leerme mis antiguos escritos (poemas, reflexiones, cuentos y demás), se me hizo obvio que una gran mayoría iba dedicada a diferentes sujetos que, en algún momento u otro, significaron algo para mí y ocuparon un lugar en mi corazón. Para mi pesar, descubrí que no había dirigido ninguno de estos escritos a las más significantes constantes en mi vida, mis tres preciosísimas y fabulosas hermanas.

Al fin y al cabo, me he percatado de que amores van  y vienen, amistades (no las más profundas, pero la gran mayoría) no duran para siempre e ídolos pierden prioridad con los años. Sin embargo, el lazo que se comparte con una hermana es indescriptible y, aún así, aquí estoy, intentando describir lo imposible.

Cuando era aún una niña, y mi hermana mayor, Gabi, empezó un noviazgo, le pregunté si le quería a él más que a mí. Entonces, para mí el amor sólo tenía un significado, pues desconocía aquél de aspecto romántico. Gabi me contestó con dulzura, -Es diferente, Nati. A ti te quiero mucho de una manera, y a él también, pero en otro sentido-. Al no entenderlo, me sentí herida, pues pensé “¿Cómo puede ser? ¡Nosotras somos hermanas!”. Pero uno crece y, para bien o para mal, va comprendiendo diferentes realidades de la vida. Las variables siempre serán variables, pero sin las constantes, esas variables pierden un poco de brillo.

Y aquí me encuentro, sentada frente al ordenador, con miles de ideas de cómo empezar a organizar y desarrollar estos pensamientos que necesitan ser expresados.

Gabi

Gabi es una de esas personas con un instinto maternal innato. Es una de sus cualidades más destacadas. Está presente cuando la veo con sus hijos y estaba presente en mi niñez cuando nos cuidaba a Caro y a mí en la ausencia de nuestros padres. Gabi es una persona tan bondadosa que siempre ha puesto a los demás antes de sí misma. Es generosa y le abre el corazón a todo aquel que se lo merezca. Es vulnerable y fuerte al mismo tiempo. Y, más que nada, Gabi es alguien con quien se puede hablar de cualquier preocupación con el conocimiento de que no te juzgará por tus decisiones o actos.

Cuando tuve el placer de compartir piso con ella a los 16-17 años, se convirtió en una de mis mejores amigas. Y para mí ese paso significó mucho porque, al existir 8 años de diferencia entre nosotras, nunca sentí (antes de esa fase en que me iba convirtiendo en una mujer) que éramos más que hermanas. Pero llegó el momento en que ese lazo se formó y nada lo destrozaría, aún con la distancia que nos separa y el gran océano que nos divide actualmente.

Anteriormente comenté que Gabi era una persona fuerte. Y lo es. Ha vivido muchas adversidades en su vida y, aún así, nunca ha sentido lástima por sí misma. Siempre ha seguido adelante aún cuando parecía que la vida le daba la espalda. Sí, es una persona digna de respeto y  cualquiera que tenga el privilegio de conocerla, sabrá que mis palabras no le hacen justicia a ese alma que emana tanto amor y cariño.

Gabi ha sido y es un pilar en el que me he apoyado y sé que siempre podré apoyarme. Es mi agua cuando tengo sed, mi calor cuando tengo frío, mi frescor cuando tengo calor y la mano que me ayuda a salir de los hoyos más profundos en los que caiga.

Te quiero, Gabi, y espero darte tanto a ti como tú me has dado a mí.

Caro

Caro es una de esas personas que no se dejan ver por lo que tienen que ofrecer hasta que hayan establecido una confianza con alguien. Es dura y frágil al mismo tiempo. Es difícil encontrarle ese lado dulce, pues lo esconde tras una máscara impenetrable.

Sin embargo, nosotras, sus hermanas, la conocemos y entendemos su carácter. Es increíblemente generosa con lo que tiene y siempre comparte con quienes quiere. Le gusta ayudar y regalar y ver la alegría reflejada en los ojos de aquellos a quienes tiene el placer de asistir.

A veces creo que tiene un corazón tan grande que es imposible que le pueda caber en el pecho.  Su sonrisa es tan sincera y bonita, que ilumina cualquier lugar al que va.

Caro y yo compartimos mucho durante nuestra infancia. Descubrimos y jugamos juntas. Éramos las mejores de las amigas, aunque no faltaran las peleas y los piques entre nosotras. Nos queríamos y odiábamos simultáneamente, pero siempre estábamos allí la una para la otra.

En la escuela, Caro era mi protectora. Si algún niño (o niña) se metía conmigo, ella venía al rescate. A pesar de llevarme poco más de dos años, siempre fue físicamente más fuerte y directa que yo. Nadie pisoteaba a mi hermana. Es una de las características que más he envidado de ella, sabe defenderse y no aceptar el abuso de nadie. Si algo le parece injusto, lo dice. La respeto inmensamente por ello.

Caro es generalmente justa, y sus hermanas somos su más preciado tesoro. No hay nada que no haría por nosotras si a su alcance está ayudarnos.

Caro, te quiero inmensamente y espero ser tanto para ti como tú lo has sido para mí.

Yure

Yure llegó a mi vida bastante tarde. Reconozco que en un principio no me hizo la menor gracia perder mi estatus de hermana menor y “peque” de la familia, pero en cuanto la vi, me enamoré de ella.

Recuerdo el primer momento que me abrazó. Tenía dos años y fue en la casa de campo de mis abuelos en Suecia. Yo estaba sentada en el suelo, jugando con ella. Se me acercó, caminando como cualquier infante a esa edad, torpe e impaciente. Llevaba una gran sonrisa en el semblante, con sus mejillas rechonchas, su pelo rubio y lleno de rizos. Se me acercó y abrazó mi cabeza como si fuera lo más importante en su vida. En ese momento sentí que el corazón me dio un vuelco, pues sentí algo que jamás había sentido jamás. Un amor infinito e incapaz de reconocer fronteras.

Yure me salvó de mí misma. Al dejar de ser la más pequeña de la familia, me convertí en una persona y aprendí a madurar. La cuidé gran parte de su infancia. Cuando mis padres se separaron, me convertí en una figura paterna. La llevaba a la guardería (y más adelante a la escuela), la iba a recoger, le daba de comer, la acostaba. En cierto sentido, tuve la experiencia de ser como una especie de madre sin serlo.

Uno de los hechos más dolorosos de mi vida, es el no haber estado junto a Yure cuando crecía y se convertía de niña en adolescente y de adolescente en mujer. Aún así, estamos muy unidas. Hablamos con frecuencia y compartimos muchos secretos y experiencias, aún con la distancia.

Yure es una mujer joven muy sabia. A veces me sorprende cómo reacciona a momentos e instancias de su vida o los consejos que me da sobre la mía. Es increíblemente madura en algunos sentidos y, a pesar de la edad que nos separa, me resulta fácil hablar con ella.

Yure, te quiero y espero significar para ti tanto como tú para mí.

Conclusión

Dicen que uno no elige a su famila. Bueno, claramente, es así. Tenemos el fortunio de elegir a nuestros amigos, parejas e incluso compañeros de piso, pero la familia es algo con lo que nacemos. O, tal vez, sea más propiamente dicho que son un grupo de personas a las que llegamos al mundo. Puede que ya estén allí cuando nacemos (como hermanos mayores, tíos, padres, abuelos…) o puede que lleguen más tarde (hermanos, primos, sobrinos…). En cualquier caso, no tenemos dicho en quiénes nos tocan.

Yo he tenido la suerte de nacer en una familia donde mis hermanas son fantásticas. Cada una con una personalidad brillante y algo distinto que ofrecer. Cada una con un corazón de oro y un hombro disponible si necesito llorar. Hermanas que, no sólo son hermanas, son mejores amigas. Les puedo contar cualquier cosa y sé que no me juzgarán. Es posible que en ocasiones no estén de acuerdo con mis decisiones o actos, así como yo con los de ellas, pero no nos juzgamos. Escuchamos, entendemos y, si es necesario, aconsejamos.

La mayor dificultad en mi vida es la lejanía que me separa de mis hermanas. Pese a ello, siempre las siento cerca y ubicadas muy profundamente en mi corazón, con memorias, momentos y conversaciones compartidas.

No hay nada más preciado que tener tres pilares en los que apoyarme cuando me flaquean las rodillas y pienso que ya no puedo seguir adelante y, asimismo, convertirme en ese pilar para darle fuerzas a ellas.

Gabi, Caro y Yure, gracias por ser mis hermanas y estar allí para mí en lo bueno, lo malo y lo peor. Gracias por ser mis amigas y quererme como yo a ustedes. Gracias por hacerme en parte la persona que soy y recordarme siempre de lo que valgo y lo mucho que tengo que ofrecer.

Con todo mi amor y cariño, esto es para ustedes.

La ausencia de las estrellas

Este cuento lo escribí a los 15 años. Mi abuelo yacía en el hospital tras un accidente de coche a causa de un derrame cerebral. Quería hacerle sentir mejor cuando lo fuera a visitar, así que le escribí “La ausencia de las estrellas”. Hace años que no lo leo, así que será tanta sorpresa para mí como para ti, querido lector. Aquí lo presento sin ediciones desde que lo escribí hace 18 años.

Era una mañana de primavera. Una mañana en la que el sol mostraba su infinita belleza posando en el siempre y brillante azul cielo.
Los cirros jugueteaban a través de la lejanía más alta en el firmamento. Los bosques cantaban una dulce melodía a compás de la tierna brisa que acariciaba, a su vez, la hierba y los pétalos de las flores.
Las olas lloraban la triste canción de su soledad mientras lamían las duras y grices rocas.
Allí, sentada, se encontraba Nina. Pensaba en qué podría hacer.
De pronto alzó su mirada al profundo cielo y posó todo su cuerpo sobre las rocas. Acomodó sus manos tras su cabeza y meditó. Quería que oscureciese para observar las estrellas y encontrar en ellas una siempre sincera respuesta.
Sí, le gustaban las estrellas. En ellas veía la esperanza de lo divino y lucía en su brillo la eterna felicidad de la humanidad. Cada vez que las veía, sentía como si algo bonito y esperanzador invadiera cada rincón de su corazón.
Cada estrella era para ella como una gota de felicidad. Pensaba que cada persona tendría su estrella menos ella, y es que a ella todas las estrellas le parecían hermosas. Le parecía injusto tener que elegir una entre tantas.
Era como pedirle a un cantante que renunciara a la melodía de la canción teniendo sólo la letra.
Elegir una estrella, era hacerle daño a la naturaleza, que tan divinamente había colocado tantos astros luminosos en su oscuro manto lleno de magia, y a sí misma, ya que la belleza no se puede medir de mayor a menor. Porque cuando hay varias cosas bellas, no hay dónde elegir.
La astronomía le fascinaba, sabía que aunque no le diera dinero de mayor, sí le daría felicidad y sabiduría. Ella consideraba riqueza al saber, y ella quería aprenderlo todo acerca de lo desconocido fuera de su planeta.
Estando allí acostada, en las rocas y pensando, se quedó dormida.
De pronto y escandalizada se despertó. Ante sí se encontraba la cosa más horrible que jamás hubiera visto. El cielo “no brillaba”. No, no tenía estrellas, ni luna, ni a la siempre visible Venus. Sólo quedaba la negra seda de la noche, que envolvía a todo aquello que la rodeaba.
En un principio, Nina pensó que era una de esas nochees en que no se veían las estrellas ni nada, aunque seguía algo asombrada y preocupada, ya que lo que sí se veía siempre era la hermosa Polar, que ese día, precisamente, no brillaba por su luz, sino más bien por su ausencia.
Nina pensó que lo mejor sería volver a la casa, comer algo y acostarse nuevamente, ya que le invadía un pesado sueño.
Comentó con los demás, mientras comía, lo extraño de la inesperada desaparición de sus más valiosos diamantes nocturnos, aunque ellos le dieron poca importancia, lo cual la tranquilizó algo… aunque su tranquilidad no duraría mucho (…)
Se acostó.
El despertador la despertó a las nueva y media del siguiente día. Como cada mañana, lo primero que hizo fue estirar un poco su cuerpo y frotarse los ojos para despertar mejor. Secundariamente se dirigió al baño a lavar la suave tez de su rostro para, así, despertar completamente.
Cuando por fin estaba totalmente despierta, se enfadó. Aún era de noche (…)
“¡Rayos y truenos! Ese despertador las va a pagar”. Pensó enfadada.
Lo cogió con enfado y se dirigió a otro reloj de la casa, luego a otro y otro (?). Todos marcaban las nueve y media.
“Entonces, ¿qué pasaba?” El sol ya debería de haber salido, en un día de primavera, el sol amanecía más temprano que nunca.
Encendió el televisor, miró la hora… “las nueve y media”.
Los demás se despertaron y miraron extrañados a su entorno. Todo estaba oscuro y triste. Nada lucía, mas que las bombillas de la casa.
En las noticias comentaban que ese día el sol no había salido aún. Toda la sociedad se derrumbaba. No había luz y por lo tanto, tampoco vida. Todos permanecían en sus casa, a la espera de su más preciado tesoro, el sol.
Nina pensaba que si supiera algo más de los astros, podría explicar lo sucedido, pero nadie sabía lo suficiente.
Nada era ciencia cierta, ni tan siquiera el sol. ¿Quién podría afirmar ahora que éste alguna vez existió? Nadie, y eso era lo preocupante.
Nina tenía la teoría, por lo poco que sabía, que quizás el sol y su luz que les había llegado, era tan sólo la luz de un astro que permaneció hasta… entonces y que por su velocidad en años luz, habría alcanzado otra galaxia.
Había pasasdo una semana, y ni Nina ni su familia tenían buen aspecto. Aparentaban cansados y desanimados. Pronto las bombillas se fundirían y ni siquiera sabían cuándo dormir. En las noticias habían anunciado que los satélites no habían detectado ningún astro por ningún lado, ¿y si se los había tragado algún agujero negro desconocido? ¿Sí, ese conjunto de electrones magenéticos?
Lo cierto es que no habían astros ni planetas que se vieran y todo por la oscuridad.
Estaba claro que lo que eran los astros, ya no eran. No existían, nadie tenía certezas ni seguridad… todo era nada.
Tampoco podían comer porque la comida se estropeaba… sin luz… no hay vida.
Todo era horrible… si Nina hubiera sabido algo más de los astros… su naturaleza… su origen… su intensidad… pero… allí estaba, sintiéndose inútil.
Había logrado superar una semana más, aunque dudaba de su resistencia para llegar más allá de uno ó dos días. Por eso decidió apoderarse de la situación, no permitir que el pánico se apoderara de sus temores, por eso, una brillante idea surgió de su cabeza. Habló con sus padres y demás, les había advertido lo que tenía previsto para salvar al mundo, aunque sin lugar a dudas, no pretendía ser ninguna heroína, sólo, salvar a la humanidad… que tenía mucho que aprender.

La joven cogió todas las estufas que enchufó a un satélite, éstas estaban enchufadas a su vez al sistema eléctrico de la casa.
Había como una cantidad aproximada de ocho ó diez estufas que se veían unidas a un enorme satélite. Las encendió, el calor propagado por las mismas era tan ferviente que el satélite empezó a calentarse y enrojecer, empezaba a salir humo y, como el satélite estaba, a su vez, conectado a la red televisiva, seguía recogiendo ondas. Pero como ahora su funcionamiento era transversal, pues acumulaba todas las ondas que, al llegar a un punto límite de calor, dejó salir con un color rojizo directamente al infinito del espacio.
De pronto, empezó a brillar la seda negra. Las perlas más caras habían vuelto a la vida. Cada vez había más y, de pronto, no se veía ninguna. Un color azul claro se había apoderado de la noche.
Enseguida apareció el sol, cada vez se acercaba más y calentaba mucho, demasiado. Estaba muy cerca, quizás bastante.
Todo se quemaba y se secaba. Nina empezaba a sentir el calor en sus huesos. Veía cómo sus familiares se iban derritiendo poco a poco, al igual que ella… había cometido un error. Había conectado demasiadas estufas y el calor provocado había sido superior al que transmitía el sol en esa zona.
Se derretía, por lo menos le quedaba la esperanza que al otro lado del mundo no le ocurriese nada de eso.
Se quemaba, sentía calor, mucho calor… calor, calor…
“Me quemo, me quemo”, repetía Nina sobre las rocas de la playa. Abrió los ojos. Ante sí lucía el brillante sol, a la misma distancia de siempre. El mar dejaba paso a la tranquilidad y la brisa marina recordaba a Nina que todo había sido una pesadilla.
Era mediodía, el sol quemaba y sus tripas resonaban como el choque de las olas con las rocas.
¡Era hora de comer! Luego lo estudiaría todo acerca de los astros, pero paciencia, amigos. Toda una vida de saber la espera. Ya aprenderá.

Abril 1994

Es obviamente un cuento bastante juvenil, pero pese a ello, con su moraleja. Se podría editar y pulir, pero he preferido dejarlo como estaba cuando lo escribí por primera vez.