—¡Ja!— Pensé que me había salido con la mía.
Poco después empecé a vomitarlo todo. No solo mi captura furtiva, sino lo que había desayunado. De pronto no me sentía tan bien. Perdí el apetito y solo quería dormir. No me apetecía levantarme. Oliver me miraba con inquietud. Me acariciaba más de lo normal y me preguntaba incesantemente si todo estaba bien. Cuando volví a expulsar los contenidos de mi estómago (o lo que en él quedaba), vi rastros de preocupación en su rostro. Los humanos son fáciles de leer. Enseguida se les dibuja una luz diferente a su alrededor dependiendo de su ánimo: amarillo si están felices, blanco si están sosegados, rojo o naranja si están enfadados, violeta si están preocupados…
Soy muy perceptivo para estas cosas.
La cuestión es que enseguida cogió el objeto ese del que nunca se despega, se lo llevó al oído y en breve me estaba llevando al coche. Estábamos de camino a… bueno, no tardaría en saberlo. Curiosamente, a pesar de que siempre me excitaba y emocionaba cuando íbamos de excursión, me sentía terriblemente apático y desganado. Sólo quería cerrar los ojos y dormir.
Llegamos a nuestro destino.
—¡Oh, no! Reconozco ese olor.— Era el lugar a donde Oliver me llevaba cuando me inyectaban con objetos desagradables y luego me sentía medio raro. Intenté resistirme, pero no tenía fuerzas. Mis patas flaquearon y me derrumbé.
Lo próximo que recuerdo era estar en casa. Oliver echado junto a mí, en el suelo, junto a mi cama. No me sentía muy bien, aunque sí mejor que antes de nuestra pequeña aventura al sitio que no será nombrado. Oliver me miraba con cariño. Su luz era azul claro —preocupación mezclada con tranquilidad—. Le lamí la mano lentamente. Me miró, sus ojos hinchados. ¿Había estado llorando?
—Mi perro tonto— Me dijo y me acarició con cariño la cabeza. Me miró tiernamente y me dio un beso justo donde más me gusta, por encima del hocico, entre ceja y ceja. Cerré los ojos e intenté dormir. Me sentía más tranquilo, aunque como ya he dicho, no logré dormir mucho.
Hoy me siento mejor. Me reconozco más a mí mismo y Oliver me mira sonriente.
En su mano tiene la correa para salir a pasear.
Creo que me siento con ganas y fuerzas para ello.
12 de octubre, 2019