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Aprender no conoce fronteras

Jamás creí que aprender pudiese resultar tan desafiante y frustrante. Claro que cuando uno tiene que aprender materias familiares en un idioma no tan conocido, estudiar entra en una dimensión inexplorada. 

Un mes tras llegar a no sólo un país nuevo, sino a un continente completamente ajeno a mis experiencias, en un entorno absolutamente desconocido, no podía sino sentir frustración cada vez que entraba en un aula diferente.
Las clases se dividían por aulas; los estudiantes se desplazaban por los pasillos con calma —o, en ocasiones, con premura— pasando por las taquillas para dejar los libros de la asignatura anterior y recoger el material para la siguiente lección. Era una experiencia absolutamente extraña para mí, vivida tan solo a través de la pantalla del televisor desde mi casa en la pequeña isla de la que provenía. La ventaja era que el instituto se encontraba en California, por lo que era un campus bastante abierto con edificios solitarios que acaparaban un aula única. Resultaba fácil desplazarse de una clase a otra sin perderse.

Sí, intentar comprender algo en un idioma que uno no domina no es tan simple como puede parecer y, cuando al cabo de dos meses aún no entendía exactamente lo que me decían, mis notas en matemática dejaban mucho que desear y las demás asignaturas eran jeroglíficos desconocidos.
Me preguntaba qué demonios me había impulsado a estudiar mi último año del instituto —el equivalente de C.O.U. en España por aquel entonces— en Estados Unidos. Siempre había creído que mi nivel de inglés era bastante elevado, pero esa burbuja no tardó en estallar poco después de aterrizar en el aeropuerto Internacional de San Francisco.

He de admitir que, a pesar de perder la paciencia conmigo misma y castigar mi ineptitud con el idioma, mis profesores hacían lo opuesto. Puedo afirmar con certeza que todos los maestros que tuve en ese año fueron de gran ayuda. Un año en el que había decidido mejorar mi conocimiento del inglés y expandir mi mente viviendo como estudiante de intercambio en un país absolutamente diferente al mío. No hubo ni uno que me hiciera sentir torpe, ignorante o tonta por no entenderles cuando me hablaban, o por no seguir el ritmo de sus clases al comienzo del curso. No, todos mostraron gran compasión y paciencia con mi falta de vocabulario y entendimiento. Varios profesores sobresalieron con el ánimo e integridad que me mostraban, pero uno en especial brilló como lo hace Sirius en el firmamento cuando viste su manto oscuro.
Era mi profesor de literatura y era una de las personas más encantadoras y carismáticas que he tenido el placer de conocer en mi vida. Si tuviera que describirlo diría que podría ser el hermano gemelo de Jim Carrey pero con unos cuantos kilos de más.

Tal vez también destacó porque siempre he sentido inclinación hacia la literatura y leer, y su pasión hacia dicha asignatura era evidente. Creo que ese año que estudié en California y que, por vez primera, leí a Dickens en su idioma original, aumentó mi aprecio hacia el uso de las palabras, el significado que los autores le dan a sus obras y lo bonito que es valorar cómo entrelazan las palabras para crear conjuntos de frases, párrafos y novelas enteras llenas de metáforas y símiles que bailan en las páginas aguardando que el lector las descubra.  

En el tercer trimestre del curso entendía el idioma con tal habilidad que dicho maestro no tuvo reparo en dejarles saber a todos en la clase que, aún tratando con un idioma que no era mi lengua materna, era la segunda en la clase con las notas más altas en una clase de treinta y pico alumnos. No voy a decir que mi ego no se inflamó y por un momento sentí que mi cabeza se expandía hasta alzarme a las nubes. No voy a negar que siempre ha vivido en mí un ser competitivo con las ansias de complacer, y más a los diecisiete años. Y más en un país con un complejo de superioridad obvio. Seguí trabajando duro con esa asignatura hasta el final del curso, no sólo porque me gustaba, sino porque quería que él, mi profesor del instituto favorito, estuviese orgulloso de mí. 

Creo que lo conseguí, el día de graduación me dijo:
“You are a good kid!” Me abrazó y me deseó lo mejor para mi futuro. Fue la última vez que le vi, pero pienso en él con frecuencia y me pregunto cuántas vidas habrá cambiado con su personalidad y su amor a la literatura. 


28 de enero, 2021

El primer año

Tenía miedo. Me asustaba la posibilidad de tener la misma experiencia que el año anterior, cuando nuestra maestra había utilizado tácticas extremas para mantenernos concentrados en las lecciones, sentados cada uno en su sitio y pretendiendo olvidar que éramos niños de cinco años. 

Con mis escasas primaveras, aún no había decidido si ir al colegio era algo que me gustaba o no, si atender un aula llena de niños de mi edad con una figura autoritaria que nos trataba como individuales de  menor inteligencia sería una vivencia que fuese a disfrutar. No estaba segura. Siempre había creído que aprender era algo divertido, algo que alimentaba a esa personita dentro de mí que ansiaba expander su horizonte. Había aprendido a leer por mi cuenta y era una de mis actividades favoritas. Mi primer encuentro con la educación obligatoria no había sido lo más placentera. 

Sin embargo, mis temores se vieron disipados con mi primer encuentro con Juan. Mi primer profesor de primaria. Sería quien guiaría mi amor hacia el aprendizaje y la curiosidad que, aunque innata, se encendió del todo con él. Desde un principio me sentí sosegada y feliz en su presencia. No era la única, todos mis compañeros sentían esa afinidad hacia él. Nos trataba como a sus iguales. Nos respetaba y nos hablaba como personas, algo que a los seis años era difícil encontrar. En un mundo de mayores, siempre nos miraban como estorbos, o como criaturas que tenían que seguir ciertas reglas o estar a la altura de ciertas expectativas. 

En la clase de Juan no era así, en cuanto entrábamos en su aula, nos platicaba como si pudiésemos entenderle, como seres inteligentes capaces de construir nuestras propias ideas y conclusiones que nos facilitaba con un empujón sutil de su parte. 

Seis meses tras empezar el curso, no entendí cómo podía haber sentido tanto miedo aquel primer día. Ya había olvidado a María, nuestra profesora anterior. No sentía el rencor o temor que había sufrido cuando el año con ella acabó. No, Juan nos había mostrado que un profesor podía ser más que alguien que nos alimentaba información de diferentes ámbitos. Nos enseñó también que no era lo que nos enseñaba, sino cómo lo enseñaba, lo que nos hacía mejores individuos, lo que nos preparaba para el futuro y lo que rompería o crearía un amor hacia el aprendizaje. 

Me sentía feliz. Cada día saltaba de la cama para asistir a clase. Si sentía fiebre, me ponía un trapo frío en la frente con la intención de bajar la temperatura para que mis padres no me impidieran atender al colegio. Esas horas que pasaba en clase no sólo aprendía asignaturas, sino también a convertirme en un individuo que quería dejar el planeta en mejor estado que lo encontró. 


27 de enero, 2021