Historias, poesías, reflexiones y críticas literarias. Todo por el amor a la literatura…

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Carta del otro lado

Querida Mariana,

Espero que no llores al leer esto, aunque poco te puedo pedir desde donde te escribo. Es curioso, simplemente la noción de estar escribiéndote desde aquí me resulta inverosímil. Yo, que siempre pensé que “aquí” no existía.
Quiero espiarte cuando leas esto. Será mi manera egoísta de descubrir si realmente te importé. Ni siquiera sé por qué te envío esta carta a ti. ¿Qué explicaciones te puedo dar? Supongo que jamás me creíste tan escrupuloso, o tal vez sea cobarde la palabra correcta.
El caso es que aquí estoy y, ¿sabes qué? No me arrepiento. Supongo que el miedo se apoderó de mí antes de por fin volarme los sesos, como muchas veces había fantaseado hacer. Tantas otras veces en las que no tuve las agallas para llevarlo a cabo. ¿O es cobardía? No estoy seguro. En vida siempre oí que los que que se suicidaban —qué palabra más fea— eran unos cobardes. Que se habían dado por vencidos y ya no querían seguir luchando. Que habían tomado el camino más simple. Déjame decirte, simple no fue. Y tampoco estaba deprimido. Triste, posiblemente. Pero, ¿no eras tú quien me decía siempre que una pena infinita se traslucía a través de mis ojos? Sí. Triste, seguramente. Una tristeza sin cura, crónica, supongo. Tal vez estaba deprimido. ¿Qué sé yo?
Tal vez supuse que ya había vivido lo suficiente. Que había alcanzado muchas metas que jamás pensé lograría. Estarás pensando que cómo pude estar tan seguro… No te lo vas a creer, pero desde este lado puedo oír los pensamientos de la gente. Puedo caminar entre ustedes y escuchar lo que ronda sus mentes. Así que, cuando lo pienses, lo sabré.
Tendrás tantas preguntas. La luz blanca y las memorias que atropellan nuestra conciencia en el momento justo en que el último latido parte de nuestro corazón. Cielo o infierno. Almas perdidas, almas conocidas. ¿Y por qué sigo por aquí? ¿Estoy en el limbo?
No sé qué decirte. Ojalá pudiera explicarte que, desde esta perspectiva, todo tiene más sentido. Las nimiedades que nos preocupaban en vida ni siquiera existen en este espacio. Me veo como era, pero sé que no lo soy. No sé lo que soy, pero tengo mis memorias intactas. De hecho, las recuerdo mejor que ese día, cuando cumplí los treinta y decidí que ya había vivido lo que quería vivir.
¿Fui egoísta? No lo sé. Sin embargo, sé que no fue una decisión que me tomé a la ligera. Fue una decisión que me llevó años ejecutar. Tal vez porque siempre pensé que había algo más. Y, cuando te conocí a ti, realmente lo creí. ‘El amor de mi vida’, me dije. ‘La mujer con la que querría tener un hijo’, me aseguré. Estaba equivocado, como ambos sabemos.
Tal vez toda esta lógica la esté creando para justificar ese acto tan definitivo. Irrevocable. Tal vez me asuste pensar que treinta años no eran suficientes para alcanzar todo mi potencial, por lo que me justifico y digo a mí mismo que lo que hice fue la mejor opción para mí. Curioso cómo los pensamientos no se apagan en este lugar. Tal vez esto sea el infierno: una batalla incesante contra mis pensamientos. La teoría que rondaba en mi mente cuando chupaba la boca de la escopeta, era que, puesto que tú no me querías, y yo a ti más que a la vida misma, no merecía seguir adelante. Me dije que sería imposible amar tan apasionadamente de nuevo. Me convencí de que mi amor hacia ti era puro y real. Ahora lo veo a través de un cristal nítido. Creo que en vida lo miraba todo a través de un cristal de esos gruesos, como los de las botellas de Coca-Cola, donde el cristal es tan grueso y con un tono algo verdoso, que lo que está al otro lado no se distingue con certeza. Mi perspectiva de lo que era amor podía estar algo adulterada por el cristal por el que había decidido observar mi vida. No, no quiero pensar en ello. Sí, debí de amarte tanto que sin ti la vida no tenía sentido. Cuando me confesaste que te habías enamorado, sentí cómo una mano invisible se introdujo en mi pecho, apretó con fuerza mi corazón, y lo estrujó como una esponja vieja y gastada, lista para la basura. Exactamente donde creo que fue a parar mi corazón. En la papelera de lo inservible. Desde ese momento, creo que todo a mi alrededor se convirtió en un manto blanco y negro. Todo carecía de sabor, color, olor, sentido. Mis amigos intentaban animarme, diciendo que había muchos peces en el mar. ¿Qué coño significa eso? ¿Acaso no entendió nunca nadie que no se trataba de cantidad, sino de calidad? Nunca fui uno de esos tíos que buscaban enrollarse con la mayor cantidad de mujeres posibles. Tenía amigos que tenían una lista: las más guapas, las rubias, las morenas, las asiáticas, las negras, las pelirrojas, las gordas, las flacas, las que servían para más de una noche… etc. No todos mis amigos eran así, pero los había, como hay de todo. Yo, sin embargo, me enamoré de ti. Nunca fui muy extrovertido ni iba buscando el amor de mi vida. Simplemente pasó. Nos conocimos casualmente, mediante amigos. Entablamos amistad, nos enrollamos unas cuantas veces. Yo me quedé colgado, y tú saciabas tus deseos carnales. No te lo reprocho, que conste. Eso no es lo que estoy haciendo con esta carta. Perdona si lo ha parecido. Sólo quiero explicarme, tal vez intentar que calces mis zapatos por un corto tiempo para ver a través de esa puñetera botella de cristal. Es cierto que poco después de que me contaras lo de tu nuevo amante sentí desdén hacia ti. Sentí que te perdí el respeto. No me preguntes por qué. Tal vez porque paradójicamente me creía a la altura del mayor altruista de la historia o el mejor novio que pudieras tener. No lo sé. Pero te desprecié durante meses. Sé que te percataste de mi comportamiento y me dejaste, no porque te desagradaba, sino porque no pensabas que sentirte cerca me beneficiara. También por ello te desprecié. ¿Cómo te atrevías a ser más madura que yo? ¿A entender mejor lo que necesitaba? Que no iba realmente de la mano con lo que quería. A menudo lo que necesitamos y lo que queremos no compaginan.
Así seguí varios meses. Ahogándome en mi propio papel de víctima, olvidando el encanto de todo lo que la vida podía regalarme si me abría a la posibilidad. Ya me había encerrado en un cuarto oscuro, había cogido la llave y me la había tragado… y allí dentro se había quedado. Me fui distanciando cada vez más del mundo, de los demás. De mi familia, mis amigos o cualquiera. Cuando lo pienso, no creo que realmente tuviera que ver contigo. Creo que en mí existía un rincón oscuro. Creo que todos lo tenemos, claro que en cada uno se proyecta de manera diferente. En mi caso, me llevó a un aislamiento, una tristeza y un malestar abrumador. Un sentimiento de menosprecio propio, de no valer. Perdí mi trabajo porque no me podía concentrar en lo que hacía, lo que resultó en más tiempo dentro de mi propia mente. Tiempo que realmente no necesitaba. Cada pensamiento que cruzaba mi consciencia se quedaba allí. Lo agarraba como si fuera la verdad absoluta, y me apegaba a él como si mi vida dependiera de ello. ¿Que el pensamiento me decía que era un fracaso y que tenías suerte de no haberte enamorado de mí? Lo sujetaba con fuerza, lo dejaba convencerme un poco más, y me lo metía en el bolsillo para sacarlo en la posteridad cuando necesitaba convencerme nuevamente del desastre andante que era. ¿Que un pensamiento agresivo tocaba a la puerta a punto de echarla abajo y me decía que mi vida era una mierda y que todos en ella estarían mejor sin mí?
“Oye,” le decía “cuánta razón tienes. ¿Te quedas aquí y desarrollas más esa noción para entender mejor en todo lo que he fracasado?”
“Con gusto.” Me respondía, y allí tenía otro compañero disponible a maltratarme y darme de palos cuando se lo pidiese. Estos pensamientos se convirtieron en mis mejores amigos en este cuarto oscuro del que no lograba escapar.
Mis fieles compañeros.

Te comenté antes que este lugar parece real —yo me siento real— pero no lo es. Estoy solo. Al menos, desde que llegué no he visto a nadie. Estoy esperando a ver a todos mis seres queridos, o tal vez los que nos volamos los sesos con una escopeta no tenemos esa opción. No sé qué creer. Lo único de lo que estoy seguro es que dejé el mundo que conocía y estoy aquí. Te explico. Te conté que podía ver y escuchar los pensamientos de los vivos. Pues bien, este lugar es como un paralelo de ese lugar, pero como si estuviese cubierto de una neblina borrosa y blanquecina, o una de esas redes para dormir. Puedo ver, escuchar y sentir, pero no puedo tocar, no puedo ser ni escuchado ni sentido. Como un espejo/cristal de una sala de interrogación policial. No es desagradable. Sé que mis palabras no le hacen justicia a la experiencia de por sí, pero siento calma. También te comenté que los pensamientos aquí no parecen haberse olvidado de mí, pero no son los mismos que me acompañaban en mi cuarto oscuro. No. Estos son más reflexivos. Siento que son lo opuesto a lo que eran. Como si se tratara del yin y el yang. ¿Me entiendes? No me atacan. Aparecen, se sientan en un rincón de mi mente unos instantes, hasta que reconozco su presencia, los escucho y los dejo ir. No me aferro a ellos.
Es curioso sentir calma cuando uno ha decidido dejar el escenario de una manera tan violenta.

He de confesarte que te mentí. Sí que me arrepiento. Cuando paseo por este paralelo de lo que una vez fue, veo la vida de otra manera. Veo que había una solución para cualquier problema. Nada era realmente vano, a pesar de que había momentos en que lo parecía. Los momentos en los que me sentía solo y tenía que elegir entre pagar el alquiler o comer… esos momentos me parecía que no tenían solución. No podía ver cómo salir de esa situación. Me ahogaba en mis propios fracasos y me convencía a mí mismo de que ése era yo: el que nunca conseguía nada de lo que quería. No pude tenerte a ti, perdí mi trabajo, nunca tenía dinero… Sentía como si cada problema contribuyera a la destrucción de la posibilidad de la otra. Sin embargo, aquí, envuelto en una soledad diferente, veo el mundo sin distracciones. Lo veo, pero no lo vivo. No lo siento como cuando era parte de los seres a quienes le latía el corazón. No, paradójicamente, con esta red a mi alrededor, veo más claramente de lo que había visto jamás antes.
¿Cómo voy a conseguir que recibas esta carta? ¿Cómo voy a hacer que llegue a ti? Tengo la certeza de que hay un vínculo entre este mundo y el tuyo, en el que puedo dejar esta carta para que la leas. No quiero que sientas lástima por mí. Tal vez empecé a escribirla con esa intención. Sé que mi pluma era el odio y el rencor en un principio, pero a lo largo de mi relato, y cuanto más tiempo llevo aquí, la compasión se ha apoderado cada vez más de mi corazón rencoroso. Tal vez pienses que he escrito esto de una sola sentada. Te equivocarías en semejante suposición. Empecé a escribir nada más llegar, pero de eso hace treinta años. O al menos treinta años en mi mundo. No sé cuál es el equivalente en el tuyo.

Lo cierto es que te extraño, claro que ya te extrañaba incluso cuando estaba con vida. Te extrañaba porque yo mismo me había alienado del mundo y me había mudado a mi cuarto oscuro. Añoro a todos aquellos a quienes quise; y especialmente siento pudor al saber el sufrimiento que causó no sólo mi muerte tan violenta, sino que mi padre me tuviese que encontrar en el estado en que lo hizo.
Perdona mis palabras tan impetuosas —o si parecieron serlo— al principio de esta carta. Perdóname por haberte empujado de la manera que lo hice. Espero que seas feliz y que sepas que estoy bien donde estoy. Aunque sé que es inútil arrepentirse de lo ya ejecutado, quiero que sepas que el mayor motivo de hacerte llegar esta carta es prevenir que recibas otra de alguna otra persona a la que estimas. No me malentiendas; ni te culpo ni pienso que era tu responsabilidad salvarme. La soledad es así de desgarradora y maldita. Te engaña y te atrapa entre sus garras y te susurra al oído que no le importas a nadie. Sólo te pido que si ves a alguien a quien quieres alejarse poco a poco de ti, extiéndele una mano para que la soledad no le atrape primero. Tal vez eso le ayude a no tragarse la llave del cuarto oscuro.

Cuídate y gracias por tu amistad.
Sinceramente,
Yo.

Si tú o alguien que conoces sufre de depresión y tiene pensamientos suicidas, por favor marca este número:

717 003 717

Allí darás con el Teléfono de la Esperanza para atención en crisis.


20 de octubre, 2019

Las cenizas

Así que a esto se reduce tu existencia. O tal vez sean nuestros recuerdos que acaban de esta manera, en una bolsa que pesa unos cuantos gramos. Hace dos semanas te tenía en mi regazo, ronroneando tranquilamente. Acariciaba tu cabecita y, es cierto, estabas más delgado, más débil y tus días parecían cada vez más pesados. Empero te veía vital y con ánimos. 
Hasta que de pronto tu cuerpo ya no pudo más… y me dejaste. Ahora, lo único que me queda de ti es una cajita con una bolsita que posee tus restos. El polvo de lo que fuiste. Eso, y el vacío que dejó tu ausencia. Tu lugar favorito en el sofá o en el suelo junto a la puerta del balcón no son sino lugares del apartamento.

Te extraño, amigo mío, aunque mantengo con cariño el lazo que nos unió durante todos esos años. Todas nuestras experiencias juntos y todo lo que viviste conmigo: mi primer marido, mis subsecuentes parejas, todas las mudanzas que tanto te estresaban, incluyendo de una provincia a otra, las visitas al veterinario, el susto que me diste cuando unos años antes casi mueres. Eras una criatura resistente… hasta que dejaste de serlo. 

Gracias por haberme elegido para cuidarte. Te quise, te quiero, te querré.


14 de octubre, 2019

Goodbye, my friend.

Death. The silent partner of life. That which only comes out to play when all your cards have been dealt and you have no more moves left, not even a trick up your sleeve. That’s death. Always sneaking up on everyone, neither out of spite nor maliciously. That’s just who she is; and she has a very hard time being accepted or feeling welcome. We fear her so much that we try all sorts of maneuvers to avoid her; because we know that once you go out to play with her, you never come back. You don’t return to explain what kind of friend she is, or the type of games you played together. You don’t come back to tell us if there were others to play with; whether the game room was dark or a paradise of beautiful sites. And because we don’t know, we don’t want you to go with her. It scares us; and it saddens us not knowing if we’ll ever see you again. When it comes to death, all we know is that she will always come to play with each and everyone of us at some point. That’s the moment when life decides we’ve played long enough with her and proceeds to introduce us to her partner.

When death came to play with you, my friend, I wasn’t even aware life had made that introduction. I stumbled onto that knowledge as a drunk stumbles into the night after one too many drinks.
I thought you were still happily playing with life and enjoying many of her wonderful gifts.
What a slap in the face!
What a sudden notion!

That’s death for you. She takes your hand and drags you away to have you all to herself; even if you haven’t said all your goodbyes, even when you haven’t had a chance to talk to some friends in years.
She just doesn’t care. She has a schedule to follow and many souls to play with.

The suddenness of it all; of finding out you had changed playmates… it made my heart shrink and ache. It made my mind drown in the memories I kept of you.

As I write this, I hope that your new surroundings include a massive movie screen with your favorite movies. I hope your new playground allows you to share your anecdotes, great stories and jokes.
I hope that when we meet again, you can keep your promise to go watch a good movie for once.

Rest in Peace, my friend. Thank you for the memories and for your friendship. You’ll always have a place in my heart!


Adiós, amigo mío.

La muerte. La socia silenciosa de la vida. Aquélla que sólo sale a jugar cuando ya no te quedan más partidas, ni tan siquiera un truco de ases en la manga. Ésa es la muerte. Siempre acercándose a cada cual furtivamente, sin rencor ni maldad. Simplemente es como es; y le cuesta ser aceptada o sentirse bienvenida. La tememos tanto que intentamos todo tipo de maniobras para evitarla; porque sabemos que una vez que sales a jugar con ella, nunca regresarás. No vuelves para explicar qué tipo de amiga es, o qué juegos jugaron juntos. No vuelves para informarnos si habían otros con los que jugaste; si la habitación de juego era oscura o un paraíso de paisajes maravillosos. Y, al no saber, no queremos que te vayas con ella. Nos asusta; y nos entristece no saber si volveremos a verte. Cuando se trata de la muerte, lo único que sabemos con certeza es que siempre vendrá a jugar con todos y cada uno de nosotros en algún momento: cuando la vida decide que hemos jugado suficiente tiempo con ella y pasa a presentarnos a su socia.

Cuando la muerte vino a jugar contigo, amigo mío, ni siquiera era consciente de que la vida ya te la había presentado. Tropecé con ese conocimiento cual borracho tropieza en la noche tras una bebida de más.
Pensé que seguías jugando con la vida y disfrutando de todos sus maravillosos gestos.
¡Menudo bofetón!
¡Menuda noción repentina!

Esa es la muerte. Te coje de la mano y te lleva consigo para tenerte para sí misma; aún si no te has despedido de todos, aún si ni siquiera has tenido la oportunidad de hablar con algunos amigos en años.
A ella eso le es indiferente. Tiene un horario que seguir y muchas almas con las que jugar.

La brusquedad del asunto; de enterarme que cambiaste de amiga de juego… mi corazón se encoge y se acongoja. Mi mente se preña de las memorias que mantengo contigo.

Según escribo esto, espero que tus nuevos alrededores consten de una gigantesca pantalla de cine donde puedas ver tus películas favoritas. Espero que tu nueva zona de juego te permita compartir tus anécdotas, tus historias fantásticas y tus bromas.
Espero que cuando nos veamos de nuevo, puedas mantener tu promesa de ver una buena película por una vez.

Descansa en paz, amigo mío. Gracias por las memorias y por tu amistad. ¡Siempre tendrás un lugar en mi corazón!


8 de septiembre, 2019

Soledad

La soledad es un tema que me persigue desde muy temprana edad. Puede que sea por ello que me gusta escribir sobre esta amiga tan fiel. Me ayuda escribir cuando me siento baja de ánimos y, como la soledad se me acerca de vez en cuando, le dedico unas líneas como agradecimiento por la inspiración que me ofrece.

Soledad, soledad
Triste y amarga soledad.
Te despoja de toda libertad
y te aparta de la verdad.
Tan fría y sombría
que te absorbe todo tu ser
y te deja sin ningún querer.
Te sientes abandonado
gran amigo de lo odiado
y sin respuestas a tus preguntas,
llorando y pensando te acuestas.
Música de fondo
que te hace reflexionar
llegas a lo más hondo
y no dejas nunca de pensar.
¡Oh, maldita soledad,
ladrona de amistad,
desgarra tu dignidad
y te envuelve sin piedad!
Si tú supieras
que lo que más temo
es que te fueras…
que me quedara sin ti.
No piensas sin llorar,
sólo quieres que te quieran,
sólo deseas amar,
deseas no sentirte así.
No hay nada peor
que sentirse solo
no se le comprara ningún temor,
porque no hay otro.
La muerte a tu lado
es todo un regalo
yo prefiero morir
que de este modo vivir.
Cómo odio sentirme así
te quiero a ti,
quiero que estés junto a mí
y que me digas que no estoy sola, como creí.
Ojalá todo se basara
en la compañía del amor,
no habría vida amarga
contigo en mi corazón.

Mayo, 1994

La más fiel compañera de la vida

Recuerdo la primera vez que la conocí, esa extraña sin rostro, apática y cruel. Cruel porque era egoísta y se llevó lo que una vez era parte de mi vida. Cruel porque, aunque no la invitaba, seguiría apareciendo por mi vida para arrebatarme a quienes más quería. Cruel porque, algún día, el suyo sería el último semblante que vería.
Debía tener no más de cinco años y, aunque de eso hace ya mucho tiempo, no lo he olvidado; como si estuviera grabado en una cinta oculta en algún recóndito rincón de mi memoria y, sin problemas, rebobino cuando quiero y revivo cada detalle como si fuera la primera vez.
Me acerqué lentamente a mi padre, lágrimas furtivas recorriendo mis mejillas. Escapaban con rapidez, empañando mi vista, desdibujando su figura. Allí estaba, observándome con cautela, sentado en su sillón favorito. Sus gafas reposaban firmemente sobre su aguda nariz, tras cuyas lentes sus ojos oscuros me examinaban con interés y cariño.  El periódico que había estado leyendo hasta entonces descansaba sobre sus piernas, una cruzada sobre la otra.
Estirado en mis manos se encontraba el cuerpo inanimado de mi pequeña mascota, un ratoncito blanco que había encontrado un día mientras jugaba en el jardín, y que mis padres no habían podido negarme mantener al ver en mis ojos la ilusión de cuidar un ser más débil que yo mismo.

-¿Qué te pasa, Daniel? ¿Qué es lo que llevas en las manos?- Preguntó interesado y preocupado.
Me acerqué hacia él y, sin palabras, le mostré la pequeña criatura que yacía sobre mis manos.
Mi padre se quitó las gafas, colocándolas sobre la mesilla junto al sillón. Cogió el periódico, lo dobló y lo situó junto a las gafas. Observó con cautela al pequeño roedor, y con su mano derecha, me invitó a sentarme sobre sus rodillas.
Yo sollozaba, incapaz de pronunciar una sola palabra. Me miró con ternura y, sin decir nada, me sostuvo en su regazo hasta que las lágrimas iban desapareciendo y el sollozo no era sino un gemido. Mis párpados se sentían pesados y, aunque no quería dejar de observar a mi animalito con la vaga esperanza de que abriría sus pequeños párpados para empezar a mover sus patitas delanteras con el mismo énfasis de cada día, la energía consumida en mis llantos se había convertido en sueño… y el sueño en una oscuridad pasajera que no me traería nuevas aventuras.
Cuando desperté, mi padre estaba sentado junto a mí. Me había llevado a mi cama y había esperado pacientemente a que abriera nuevamente los ojos.
En una pequeña cajita en mi mesilla había colocado a Momo, mi mascota. Descansaba apaciblemente sobre un pequeño trapo verde. Junto a la cajita había una pequeña nota, aunque no sabía lo que en ella había escrito.
-Ven, Daniel, vamos a decirle adiós a tu amiguito-.

Entendí entonces que no volvería a abrir sus ojitos brillantes, que no volvería a jugar con la rueda que había colocado en su jaula, que no volvería a masticar su comida y, entonces, reanudé mi llanto.
Recogió con delicadeza la cajita y la pequeña nota y me esperó junto al marco de la puerta. Cuando llegué a su lado, extendió su brazo y abrió la palma de su mano, invitando la mía a unirse con la suya.
Me guió hasta el jardín, junto a un pequeño agujero que, según mi memoria, no había existido unas horas antes. Mi padre lo había excavado con el propósito de enterrar a la pequeña criatura que descansaba pacíficamente sobre su pequeño trapo. Tan delicado, tan inmóvil. Me resultaba increíble pensar que, la noche anterior, había corrido en su jaula y comido su trocito de queso. Le había dado el que sería su último beso en su peluda y suave cabecita. ¡Qué abstracto era ese sentimiento desconocido! Sentía un hueco en mi interior… parecía provenir del lado izquierdo de mi pecho. Mi corazón palpitaba con rapidez y no entendía por qué. Nunca había sentido un vacío como aquél, que se apoderaba de mi sano juicio y me llenaba la mente con memorias de mi difunto amiguito. Recordaba sus ojitos brillantes y su júbilo (o lo que yo interpretaba como tal) cuando le daba su comida. Recordaba el día que lo encontré, huyendo del gato, su corazón palpitando con rapidez, un pequeño bulto que chocaba incesantemente contra mis dedos infantiles.
Ahora lo miraba y parecía otra criatura… no podía ser Momo. Momo reaparecería en un segundo, con sus juegos y los gemidos típicos de un roedor.
Perdido en mis pensamientos, mis sollozos y el dolor que se intensificaba con cada lágrima, oí las palabras de mi padre como si me hablara a través de una radio; lejano e irreal.
-Daniel, ¿me oyes?- Dijo con delicadeza y paciencia.
Asentí lentamente, como si unas manos invisibles moviesen mi cabeza con precisión y cordura.
-¿Estás preparado para despedirte?-
-S… s… sí, papá… creo que sí- Aunque no sabía muy bien lo que quería decir o cómo me iba a despedir.
Mi padre sacó de su bolsillo la nota que había estado sentada junto a la cajita. Estaba arrugada y parecía que había algo escrito en ella; aunque no le presté mucha atención porque miraba al suelo, a la punta de mis pies, esperando que, cuando volviera a subir la cabeza, Momo estaría nuevamente vivo.

Más de veinte años y numerosos encuentros con esa maldita hermana de la vida han pasado desde aquel día. Hoy no es por mi primera mascota que corren las lágrimas, sino es el tuyo, papá, el ataúd que la tierra se va tragando cautelosamente, enterrando eternamente tu cuerpo.
Mi mano derecha, hundida en la profundidad del bolsillo, aprieta en su puño aquella nota que hace tanto tiempo escribiste para Momo (¿o era para mí?) con tanto cariño y elocuencia.
Mi mente se preña de memorias enternecedoras, e incluso violentas. Nuestras discusiones cuando no era más que un adolescente y soñaba con poseer la luna y comerme el mundo. No más que un muchacho que no distinguía su culo de su cara. Un sabelotodo, como me solía llamar Emma, ¿recuerdas? Emma que ahora llora a mi lado; sus ojos rojos e hinchados, su rostro húmedo cubierto por su llanto. Esa hermana que tanto soportó durante nuestra adolescencia, que me llamó de todo, desde mocoso a come mierda… a fiel amigo. Ella, que me enseñó a ser mejor persona y que, como tú, me pulió para convertirme en el hombre que soy hoy. Y ahora está a mi lado, y ni mis abrazos ni mis caricias pueden disolver ese dolor que la abruma.  ¡Qué impotente me siento! Pero no me avergüenza llorar y que otros descubran las lágrimas que se arrastran por mis mejillas. Tú me enseñaste que un hombre no se avergüenza jamás de sus sentimientos. ¡Cómo te odio! ¡¿Cómo te atreves a dejarnos así?! Siento como si una mano invisible me desgarrara las entrañas y el nudo que sentí aquel día que mi pequeño roedor dejó de ser… ese nudo es ahora más profundo, más insoportable. Apenas puedo respirar, apenas puedo pensar sin volverme loco. Siento como si una parte de mi se hubiese evaporado el mismo momento que me comunicaron que, que.. en fin, que nos dejaste y, en su lugar, no hay sino un vacuo mundo de incertidumbre.
¿Cómo sigue girando el mundo después de esto? Sé que lo hace… la muerte captura a pobres almas inesperadas (a veces incluso aquellas que la ven venir) y, aún así, el mundo sigue girando, el sol sigue brillando, las nubes siguen volando libres y ágiles en el firmamento… todo continúa como si, seamos sinceros, no importara.
Sin embargo… yo, Emma, mamá… seguiremos con el vacío y nuestras vidas nunca serán las mismas porque tú ya no estás.
¿Pero sabes qué? Me consuela el saber que, por haberte tenido en mi vida, ésta ha sido mejor. Mi tristeza fue la tuya, mi regocijo el tuyo, mis incertidumbres morían con tus palabras y tus consejos e, incluso, mis dudas se veían resueltas siempre que, sentado en tu sillón favorito, estabas dispuesto a escucharme. Nunca decías nada, me dejabas deducirlo a mi manera y llegar a mis propias conclusiones, aún cuando sabías que me estamparía… Ésa era tu magia, confiabas lo suficientemente en mí como para saber que volvería a levantarme y, con la cabeza erguida y la mirada fija hacia delante, tomaría la decisión correcta… a lo largo. ¡Cómo te añoro!

Hoy, papá, no te voy a decir adiós, porque, no te has ido. Siempre estarás conmigo, en mi corazón. Tu voz me guiará en mi subconsciente y me animará cuando todo parezca un vasto prado cubierto por un sólido manto de desesperación, temor y oscuridad.
Tú serás mi estrella polar y nuestras memorias juntos (las buenas y las malas) seguirán conmigo hasta que mi mente me traicione.
Hoy, papá, te quiero devolver aquel primer sentimiento de paz que conocí cuando leíste aquella nota para Momo.
Hoy papá, te doy las gracias.
Porque no celebramos la despedida de un ser querido, sino las memorias que nos dejaron compartir con ellos.

“Sé que no volveré a verte y no sé qué sentir.
Sé que lo que siento ahora es tristeza, pesar y un tremendo dolor.
Ya no estás
Te has ido
Me has dejado solo
y todo carece de sentido
No siento mis manos,
ni mis pies sobre el suelo.
Una distancia infinita
se abre entre mi cabeza y la Tierra
Me siento nauseabundo
y, asimismo, abatido y abandonado.
¿Por qué te has ido?
No estaba preparado, no ha habido despedida
Todo acaba con este vacío
que me traga sin piedad.
Paro un momento
y recapacito
Estoy equivocado,
No todo está perdido…
Me queda el recuerdo
alimentado por las memorias
y los momentos juntos vividos.
Espera que pienso y miro
hacia un pasado preñado
de imágenes que ambos compartimos.
Espera que indago y encuentro
tus ojos cariñosos y un sentimiento divino
Porque el amor no tiene fronteras
y aunque no disfrute de tu presencia
el lazo que nos unió
seguirá siempre vivo.”

Según pronuncio las últimas palabras, siento cómo una lágrima se lanza al infinito desde el lado derecho de mi rostro. El papelito tiembla en mis manos. Nadie más que tú y yo conocemos su origen y lo que en él realmente está escrito y por qué. No quise robar todas tus palabras y, he de admitir, tuve que editarlo un poco para que se acogiera más a ti, y no al pequeño roedor que, en otra vida, fue mi mejor amigo.
¡Cómo te echo de menos! Aún me resulta inverosímil que no pueda darte otro abrazo, o ir contigo a una cafetería y hablar de política, deportes o mujeres.
¡Dios, papá… ¿por qué?!

Han pasado ya varios meses desde tu entierro y, aunque sigo añorándote, sé que la vida sigue y así te hubiera gustado verme: dispuesto a continuar, a seguir adelante pese al dolor y a tu ausencia.
Cuando la nostalgia me invade decido volver a las fotos que congelaron en el tiempo nuestros momentos juntos. Pero ya apenas lloro. Al contrario, una sonrisa nace en mi semblante, pues recuerdo todas las memorias que me unen a ti y me recuerdan que, mientras yo siga adelante, tú nunca dejarás de existir.

-Papá… te quiero- susurro mientras vuelvo a guardar nuestras fotos.


Esta historia está dedicada a todos aquellos que han perdido a un ser querido.

Noviembre 2010