Ana despertó pasado el mediodía. Cuando las cinco de la madrugada habían venido e ido, aún no había conseguido pegar ojo. La insomnia se había convertido en una fiel amiga que la acompañaba desde las últimas semanas. El estrés y la ansiedad la consumían, preñando su mente con pensamientos e ideas corrosivos que carcomían su alma con una lentitud tormentosa. Desconocía el momento en que sus párpados por fin se dieron por vencidos y el sueño consiguió arrastrarla al mundo del subconsciente.
Se levantó perezosa, desganada, sentada al borde de la cama, planteándose volver a meterse entre las sábanas y olvidar el mundo por el momento.
Habían pasado seis meses desde la pandemia y su rutina consistía, en los últimos tres, en despertar sintiéndose medio muerta y sin ganas de nada. Empezaba a entender cómo debían sentirse los zombies. Había perdido su trabajo y a su pareja en la misma semana, y la soledad era la única acompañante que parecía preocuparse por ella. Con treinta y nueva años se encontraba en la boca de un abismo, seducida con la idea de saltar de una vez y que le dieran por culo a todo.
El confinamiento obligado había exacerbado todos aquellos problemas con Toni que en su momento habían parecido simples nimiedades, puesto que entonces estaba al alcance la opción de alejarse para no echarle más leña al fuego. El espacio restringido de dos personas propensas a reaccionar antes de pensar no era una situación óptima para la prosperidad de una relación.
Todas las palabras nunca dichas, o aquellas pronunciadas en un pronto que era imposible tragarse, culminaron en una explosión prepotente de gritos, resentimientos y acusaciones. La espalda de Toni era lo último que Ana había visto de él, poco antes de cerrar la puerta de un portazo. Con la simple memoria de su presencia las lágrimas inundaban sus ojos, desesperadas por escapar de su celda, dispuestas a hacer el trayecto por sus mejillas y perecer en sus pies desnudos. No estaba segura si le añoraba a él, o a la idea de él o, simplemente, el no estar sola. Nunca había sido muy apta en la soledad.
Cogió su móvil que descansaba sobre la mesilla de noche. Eran las 12:43. Ufff. Entró en Instagram para evitar de momento sus sentimientos, solo para encontrarse con imágenes de amigos y conocidos que parecían encontrar la manera de no solo sobrevivir, pero vivir la vida, a pesar de las circunstancias externas. Siempre le había fascinado la facilidad con la que algunas personas seguían hacia delante. Era un dilema para ella. Siguió navegando la página principal mecánicamente, cuando de pronto se paró en una imagen donde unos ojos verdes miraban en la lente (y a través de ella), penetrando el alma de Ana. El gatito que buscaba un hogar no podía tener más de unos meses, era precioso. Una luz se encendió en su interior y una voz le susurró: “Ve, ahora. Te está esperando”.
Al cabo de unos meses, Ana se despertaba cada mañana sintiendo el ligero “masaje” en el pecho de unas pequeñas patitas, acompañado de un ronroneo delicado y paliativo. Luna, cuyo nombre había recibido por la mancha entre sus orejas que asemejaban una luna menguante y algunas manchitas alrededor que parecían estrellas, tenía su rutina matutina que incluía el masaje y un maullido apenas perceptible que emitía cuando estaba segura de que Ana había despertado. Ana la miraba entonces, y acariciaba su cuerpo gris que, aparte de la luna y estrellas en su frente, vestía un guante blanco en una de sus patas delanteras y una cinta blanca que recorría su rabo cual el de un tigre. Sin embargo, lo que más le atraía de ella eran sus ojos verdes, profundos como el océano y expresivos como los cuadros de Monet. Le fascinaba observar las pupilas que se contraían o dilataban según la hora del día.
Ana había aprendido a reconocer sus variados maullidos y las distintas vibraciones de sus ronroneos. Luna era paciente. Parte de su estrategia con el masaje era despertar a Ana, y una vez conseguido, emitía el tímido maullido, acompañado por el ronroneo que iba escalando con cada minuto, hasta asemejarse al lejano sonido de un motor. Quería comer.
Cuando por fin Ana hacía ademán de levantarse, Luna se adelantaba, saltaba de la cama y sus maullidos, ya más convincentes, parecían decirle: “Vamos a desayunar. Vamos a comer.” Ana sonreía cuando se frotaba entre sus piernas que, según había leído, era un gesto de dominación, aunque prefería pensar que era una combinación entre amor y dominación.
Su vida había cambiado enormemente en las semanas que habían transcurrido tras la adopción de Luna. Se sentía útil y querida. Sus días habían empezado a abrazar una rutina que compaginaba con su carácter. Había encontrado un equilibrio emocional y unas ganas renovadas de vivir. Había empezado a trabajar para conseguir realizar su sueño, montando su propio negocio que, aunque aún en la infancia, iba progresando.
Luna se acostaba en su regazo o junto a su ordenador mientras trabajaba y dondequiera que se hallaba en su piso, Luna no estaba muy lejos de su lado. El aislamiento no se hizo solo tolerable, sino también ameno. Se había convertido en una de esas personas que tanto le fascinaban. Alguien que había conseguido desechar su papel de víctima para tomar responsabilidad de su vida y sus decisiones. Sabía que se lo debía a Luna. Ella la había rescatado y le había devuelto la fe en el amor y en lo bonito que es vivir.
24 de julio, 2022
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